Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra del gran Masashi Kishimoto.
Resumen: La complejidad de sus sentimientos reveló ante sus ojos lo que por mucho tiempo permaneció dormido en su interior. Su amistad se había transformado en algo incierto, constreñida en los últimos años. Tenía miedo de que no compartieran algo, era como una especie de habito antiguo, no obstante ella lo sabía antes que él ¿no?, era como acercarse a algo tan grande que no lo contemplaba. Ni siquiera ahora estaba seguro de verlo, pero tenía la certeza de que estaba ahí: su unico deseo era estar así a lado de Sakura.
Ikigai
Capítulo 1: Nostalgia
Al ocaso, las nubes altas en el cielo del oeste formaron una fina capa amarilla que poco a poco se adensaba según avanzaba la hora, filtrando un fulgor naranja que se cernió sobre los techos de los edificios de la aldea. La mezcla de pinceladas anaranjadas, rojas y amarillas le conferían al paisaje un toque quimérico, difícil de ignorar.
— ¿Tan pronto?, ¿estás seguro que no prefieres quedarte en la aldea un par de días más?
La voz de Naruto surgió desde su costado izquierdo, detectando la melancólica inflexión trazada por la mal disimulada decepción que lo embargaba.
—No seas tan persistente, Usuratonkachi— susurró sin mirarlo, hilvanando una etérea sonrisa, perceptible solo para los más allegados, aquellos a quienes consideraba su familia.
—Por cierto— espetó el rubio, obligándolo a frenar el paso—, gracias por tus buenos deseos— musitó sin querer sonar tan abatido por la repentina partida de su amigo.
El azabache guardó silencio, fijando los ojos sobre la mirada cerúlea de Naruto; la templada brisa primaveral rozó sus mejillas intensificando el ambiente cetrino de la despedida.
Sin decir una palabra más, descendió del techo con un expeditivo salto, aterrizando limpiamente sobre el concreto. Tomó un atajo por el sendero que rodeaba un extremo de los cerezos y enlazaba con el camino principal en el punto donde se curvaba hacia los campos de entrenamiento. Luego de abandonar la aldea por primera ocasión, rememoraba con frecuencia hasta el ínfimo detalle de la villa, desde las calles transitadas hasta el embriagante preticor del verano, sin embargo, todo se había desvanecido tras la invasión de Pein, convirtiéndolas en reminiscencias que con el paso del tiempo se tornaban ininteligibles, condenándolas al olvido. Para su consuelo aún conservaba ciertos aspectos que despertaban una dolorosa nostalgia, la cual estrujaba su pecho.
La añoranza inmediata y la incertidumbre se fundían con la exuberancia de aquellos minutos; el crepúsculo decadente y rojizo, el aire cálido, saturado del aroma de las hierbas secas y la tierra lozana. De pronto tuvo la impresión de que le aguardaba una nueva aventura, en cierto modo un exilio. Una palabra resumía todo lo que sentía: libertad.
—Sasuke-kun— lo llamó la pelirosa a su espalda; la voz dulce y suave.
Aun con el transcurso de los años, encontraba la presencia de Sakura tranquilizadora, como un linimento para su alma atormentada. Detuvo el paso, mas no se inmutó en contemplarla, tenía la certeza de que si atisbaba aquellos fanales esmeraldas sería incapaz de marchase.
Admiró el atardecer, aguardando, expectante, a que las palabras brotaran de los bienaventurados labios de su compañera. La curiosidad y el temor que le inspiraba la presencia de Sakura eran una especie de placer indescriptible, una euforia general: quizás le doliera aquello, nada bueno podía depurar, pero había descubierto por sí mismo los sentimientos que lo unían a ella y eso lo exaltaba.
La luz agonizante agrandaba la extensión crepuscular de la villa, el tenue fulgor amarillo en las ventanas del confín más lejano del sendero daba al bosque un aspecto bello y grandioso.
La escuchó aproximarse, las suelas de sus sandalias resonaban fuertemente en el camino engravado, tuvo la impresión de que retrocedía diez años en el tiempo, cuando ambos eran unos niños; él cegado por la idea de venganza y ella envuelta en lágrimas, dispuesta a sacrificar su propia felicidad con tal de retenerlo.
Ahuyentó estas imágenes vívidas y diurnas de Sakura, pues no quería irse con un aire trastornado.
—Esta vez…por favor— musitó, intentando no sonar tan desalentada—, por favor— balbuceó de nueva cuenta. Hizo una pausa, tratando de encontrar las palabras adecuadas—.Por favor, llévame contigo—dijo con firmeza.
En la quietud del atardecer estival, un cálido vendaval acarició sus mejillas. Por encima de su hombro la contempló de reojo; la determinación trazada en la mirada lemanita, el rostro ligeramente enrojecido y una sonrisa triunfante curvando la comisura de sus labios, fueron suficiente aliciente para hacerlo cambiar de parecer.
Al cabo de unos segundos, desvió la mirada hacia el sendero que conectaba el camino de grava con la entrada principal. Le había prometido a Sakura llevarla consigo cuando su viaje de expiación terminara. La propia complejidad de sus sentimientos le confirmó que estaba adentrándose en un terreno de emociones y disimulos adultos, al cual nunca prestó atención hasta ese instante.
Lejos de considerar su petición como un suceso inadmisible, la idea de tenerla como compañera de viaje acababa con la profunda e imperturbable quietud de sus sentimientos adormecidos, avivando el abrupto sobresalto de extrañas emociones, tan inéditas como la vida misma.
Cerró los ojos durante un segundo o dos, degustando el tacto dúctil del viento contra su faz. Incapaz de mentirse, se dio cuenta que durante su corta estadía en la aldea había aguardado por ese momento. Nada le causaba más revuelo que permitirle a Sakura transitar sin rumbo por el mundo a su lado, lejos de los fantasmas del pasado y los pecados que lo mantenían atado al eterno sentimiento de culpa y arrepentimiento.
—Si tú lo deseas— dijo por fin, ocultando la sonrisa de la vista de Sakura.
Permaneció inmóvil, y presumió que lo estaba observando. Cuando reanudó el paso, la escuchó aproximarse a él, presurosa. El sonido de su andar lo hizo pensar en el tiempo, en todo lo que dejo pasar por alto y lo que deparaba para él en un futuro incierto.
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Parpadeó un instante luego de sentirse extrañamente reconfortado por la presencia de Sakura junto a él. Llevaban cerca de un mes viajando, deambulando por distintos caminos, atisbando la serie de paisajes que solo la naturaleza podía ofrecerles, desde imponentes montañas nevadas hasta cristalinas aguas en la orilla del mar.
Atisbar por primera vez la beldad de aquellos panoramas era sin lugar a dudas conmovedor. Aun recordaba a la perfección la extraña mezcla de aflicción y desahogo que lo dominó al advertir el espectáculo de auroras boreales surcando el oscuro firmamento del norte. Mientras yacía recostado bajo el danzante espectro de luces, permitió que sus penas fluyeran, notando como la calma renacía poco a poco en su interior.
Había llegado a la conclusión de que el exceso de dolor, como el exceso de alegría era una cosa violenta, pero que duraba poco. El corazón de un hombre no era capaz de permanecer mucho tiempo en un extremo. Asi que después de pasar gran parte de su existencia absorto en un pérfido tormento, ya no le quedaba más que el asombro.
No obstante, hoy en día se encontraba deslumbrado por otro tipo de paisaje denominado: Haruno Sakura.
Desde el inicio de su travesía, pasaba demasiado tiempo observando con detenimiento cada gesto, cada movimiento. Tenía la impresión de que su antigua compañera de equipo no era nada más que un ser extraño, tan irreal y fantástico para los ojos de cualquier ser humano.
Memorizó todos y cada uno de sus rituales. Se había percatado que a pesar del transcurrir de los años y su magnífica transformación, Sakura era la misma niña rutinaria obsesionada con el orden de su época como inexpertos genins. Ejecutaba una serie de pasos para efectuar hasta la actividad más mundana, y aunque en su pubertad eso lograba exasperarlo, actualmente lo consideraba catártico y sumamente interesante.
Cada mañana al despertar, se removía como un gato entre su saco de dormir, estiraba los adormecidos músculos y se reincorporaba en el suelo, tallando los parpados para apartar el molesto rastro de las lagañas, eventualmente, lavaba su rostro y después los dientes, todo en ese mismo orden, sin deformar un paso. Dedicaba alrededor de cinco minutos para cepillar su cabello hasta dejarlo tan brillante y suave como la seda. La melena rosada siembre había sido de su agrado. Solo cuando contemplaba el carnaval de hilos magenta se percataba de cuánto tiempo trascurría; llevaba la guedeja más larga, uno o dos centímetros por debajo de la barbilla, las puntas acariciaban sus hombros descubiertos, al mismo tiempo que el largo flequillo enmarcaba sus aristocráticas facciones con gracia.
Después de realizar la meticulosa y rudimentaria querencia de belleza, se disponía a buscar hierbas, el hipérico y lavanda abundaban en los verdes bosques del País de la Hierba, por lo tanto, en los últimos días consumían té de alguno de esos dos herbajes a la hora del desayuno. Otra pantomima que lo subyugaba era el hecho de que la pelirosa bebiera la infusión tibia o fría, dependiendo de cuántos minutos lo dejara reposar, normalmente degustaba el primer sorbo del contenedor humeante para después abandonarlo en algún punto fuera de su campo de visión, solo lograba terminarlo cuando él se lo recordaba.
—Estoy lista para continuar, Sasuke-kun— dijo, interrumpiendo la maraña de pensamientos que deambulaban por su mente.
Con un adusto movimiento de cabeza, reanudaron la marcha, desplazándose por la enmarcada vereda, bajo los cálidos rayos del sol y la templada brisa matinal.
Cuando ella le pidió unirse a su viaje, accedió sin pensarlo dos veces; el denuedo de sus palabras y la determinación en su mirada esmeralda fueron incentivos suficientes para convencerlo.
Durante su provisoria y súbita permanencia en Konoha, y tras pasar la última noche en vela, admitió para sus adentros el profundo pesar que le ocasionada dejarla una vez más. La opresiva sensación que inflama su pecho le decía que si lo hacía iba a lamentarse por el resto de su existencia. La conocía desde que eran niños, sin embargo, hasta ahora contemplaba una extraña beldad cincelada en su faz; había algo esculpido y quieto en su cara, un destello silvestre sobre sus pómulos y una boca llena, reluciente como un botón de cerezo. Sus ojos eran brillantes y contemplativos. Su mirada era cálida, pero mortífera e impaciente cuando el peligro la asechaba. Caviló sobre la dulzura y delicadeza de su amiga de la infancia, hoy en día en peligro de volverse inaccesible.
La frustración lo golpeaba al repasar su hostil comportamiento en el pasado; Sakura era pura bondad y él no podía condescender de ella. Estaba cegado por la ira, la errada animadversión hacia su hermano lo había empujado a obsesionarse con ganar poder, aun si eso significaba sacrificar a sus amigos. Renunció al amor que le profesaba la pelirosa solo para adentrarse en el lóbrego camino de la perdición, aquel donde muchos genios deambulaban buscando impartir su propia justicia.
Que fuesen antiguos compañeros y amigos constituía una barrera: estaba avergonzado. Después de la guerra, su amistad se había transformado en algo incierto, constreñida en los últimos años a causa de sus erradas decisiones, pero era como un habito antiguo, romperla para convertiré en desconocidos en una situación de intimidad exigía una claridad de propósito de la que mamertamente carecía.
La vorágine de sentimientos y emociones galopaba sobre él de manera opresiva. La garganta se le estrecho de solo imaginarlo. Contemplaba todo extraño, como por primera vez. Todo le parecía distinto, demasiado intenso, demasiado real; Era como acercarse a algo tan grande que no lo contemplaba. Ni siquiera ahora estaba seguro de verlo, pero tenía la certeza de que estaba ahí; el lazo que lo unía a Sakura era más fuerte y especial que cualquier otro establecido.
—Sasuke, ¿te encuentras bien?— preguntó Sakura arqueando una ceja—, ¿Por qué estas mirándome asi?
Enrojeció como un niño pequeño al verse descubierto. Realizó una nota mental sobre ser más cuidadoso la próxima ocasión, sus escrutinios comenzaban a tornarse descarados, era de esperar que más pronto que tarde Sakura se percatara de ellos.
—Por nada— dijo, logrando sacar la voz con un disimulado carraspeo—, por ningún motivo— aclaró, sonando más rudo de lo que pretendía. Desvió la mirada hacia el despejado que comenzaba a vislumbrarse ante ellos.
—He conocido más lugares de los que jamás habría imaginado— espetó alegre, sin reparar demasiado en a la osca respuesta del azabache.
Sasuke la vislumbro de reojo: una exquisita sonrisa agrandaba sus mejillas, tenuemente sonrojadas por la prologada exposición a los rayos del sol, o tal vez por su descuidado escrutinio. Una conmoción de templanza se expandió en su pecho, obligándolo a efectuar un extraño movimiento de apnea mientras realizaba un esfuerzo sobrehumano para contener un suspiro. Jamás había sido testigo de su genuino entusiasmo. Cuando la evocaba en sus pensamientos siempre la veía envuelta en llanto, las lágrimas descendiendo por sus mejillas, la respiración entrecortada y su cuerpo temblando. Estaba consciente del todo dolor infligido, ya fuese de forma directa o indirecta, solo él era el causante de sus males, de las pesadillas que la aquejaban durante las gélidas noches y de la profunda tristeza trazada en su mirada.
No obstante, a medida que iban cerrándose las llagas internas, volvían a florecer la gracia y la belleza en su rostro, más recogidas, más serenas. Su antiguo carácter renacía también, incluso algo de su alegría, los graciosos mohines y el pudor.
Verla genuinamente feliz avivaba la agonizante esperanza reposando en el espacio más recóndito de su corazón.
— ¿No saliste de la aldea después de la guerra?— se aventuró a cuestionar, notando como la bonanza de sus facciones comenzaba a diluirse en un aspaviento atrabiliario.
—Lo hice solo en una ocasión, cuando acudí a Sunagakure en compañía de Ino para establecer las bases de la clínica de salud mental para los niños— Sakura hizo una pausa, tratando de encontrar las palabras correctas—. Después de eso permanecí en la villa, trabajando en el hospital. Cuando decidí tomar un descanso, me percaté que mis labores eran tan grandes y tan importantes que simplemente desistí.
Jamás había exteriorizado sus pensamientos acerca de Sakura en voz alta, pero lo cierto era que estaba orgulloso de ella. En contraste a él o Naruto, la pelirosa se vio delegada del equipo durante la problemática etapa de genins. No se inmutó al disimular su sorpresa al enterarse por boca de Kabuto que la quinta Hokage la había acogido como su aprendiz. El legado de la princesa Tsunade reposaba en buenas manos. Su impecable actuación durante la guerra y eventualmente en el campo de batalla, la llevaron a adjudicarse el sobrenombre de segunda Tsunade, haciendo alusión a sus impecables habilidades como ninja médico y mortífera kunoichi.
Todos alrededor eran testigos del clemente carácter de Sakura. Comprometida con su trabajo, buscaba la manera de cambiar la vida de los demás, aun si sobrepasaba sus posibilidades. La guerra suponía un interminable ciclo de dolor, quienes tuviesen la desdicha de presenciarla en cuerpo y alma terminaban marcados por la brutalidad de tales actos barbáricos perpetuados en pos de alcanzar la gloria. Su hermano, Itachi, era el claro ejemplo de un ser atormentado, cuyo fin en la vida se encausaba a frenar los ciclos de violencia emergentes en cada generación.
En ocasiones, se permitía imaginar que es lo que hubiese acontecido si en el pasado, alguien al azar, algún brillante medico como Sakura, hubiese remarcado la importancia de la problemática, otorgando ayuda a todos los niños afectados por la guerra. Sin lugar a dudas, el destino de su hermano habría sido distinto.
—Gracias por permitirme acompañarte, Sasuke-kun.
El aludido asintió.
Un inusitado, mas no incomodo silencio, osciló entre los dos. Aquella era otra cosa que lo había fascinado el hecho de permanecer en afonía sin sentirse inoportunos uno al lado del otro. Ambos disfrutaban de los lapsos de mutismo, no era necesario vociferar trivialidades para llenar el vacío, las palabras estaban implícitas.
— ¿Hacia dónde nos dirigimos?— preguntó Sakura, curvando una ceja en señal dubitativa.
—Existe un poblado no muy lejos de aquí, dos kilómetros al Oeste para ser exactos. Los pobladores del lugar poseen vital información sobre Kaguya Ōtsutsuki— explicó con detenimiento.
Nuevamente, los dos dirigieron su atención hacia el camino, deambulando sosegadamente entre la brisa primaveral, mientras el pelinegro tamizaba sentimientos en medio de incongruentes pensamientos.
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Transitaban por las orillas de un arroyo pardo. El cielo comenzaba a despejarse poco a poco y resplandecía, augurando un buen clima exento de lluvias, lo cual les permitiría acampar en el bosque sin problemas. Con habilidad, escaló el último peldaño irregular y rocoso, expulsó un suspiro de genuino alivio al plantar ambos pies sobre el terreno plano, había olvidado lo complicado que era escalar las engorrosas escarpas de greda.
Sakura intentaba seguirle el paso. Al echar un vistazo para comprobar si la pelirosa se encontraba a su lado, se percató de la ardua batalla que libraba contra el peñasco; las suelas de sus sandalias brillaban por el chakra, pretendiendo mantener el equilibrio. Se aproximó al borde, extendiéndole una mano a la par que un mohín de regodeo decoraba sus lindas facciones. Ella sonrió, un tanto apenada, pero a la vez agradecida, tomó su mano con firmeza, sintiendo como su cuerpo adquiría el peso de una pluma al ser elevada con tanta facilidad.
Detuvieron la marcha solo un instante para admirar la ciudad bajo sus pies. Era hermoso toparse con tales escenas dignas de algún bello cuadro al final de una excursión por los peligrosos riscos del País de la Hierba.
— ¿Ya habías estado aquí?— articuló Sakura, bastante extrañada por la improvista y encantadora acción del Uchiha. No pudo evitar sonrojase al rememorarlo.
—Un par de veces— suspiró con cierto cansancio—.Algunas de las bases de Orochimaru se encuentran ocultas en este lugar.
La vista era hermosa: las colinas se extendían ampliamente ante ellos. El paisaje poseía ondulaciones, hábiles ecos de vastas altitudes, cada cresta sucesiva era de un tono más claro que la anterior, creando un efecto cromático que iba desde el pigmento más claro al más oscuro.
Al cabo de media hora después, mientras se internaban aún más en el oeste, el intrincado sendero de rocas sueltas los condujo hasta otro valle y un pequeño arroyuelo; el caudal era apacible y lo cruzaron por un puente de piedra tapizado por una espesa capa de musgo. Al pasar por debajo del torii, tuvieron atisbo de los irregulares techos de las casas de barro y arcilla. Nada más al ingresar, los perros comenzaron a ladrar, anunciándoles a los pobladores sobre su presencia. Asagao era una aldea relativamente pequeña, nada comparada con las imponentes villas que la rodeaban.
Sasuke y Sakura continuaron caminando bajo las miradas inquisitivas de los aldeanos. Algunos de ellos lo reconocían de vista, y solo cuando sus ojos heterocromáticos se topaban con los de ellos, bajaban la cabeza a manera de reverencia, no porque sintiesen respeto, sino por miedo a que pudiese hacerles algo.
Dejo pasar por alto el deje de desestimación, elevando la barbilla un poco y con la mirada fija al frente.
—Sakura— la llamó, lo suficientemente bajo para que las demás personas no lo escucharan, rodeando su antebrazo con la suficiente delicadeza para atraer su atención—.Antes de continuar, debes saber que no soy del todo bienvenido aquí— agregó, sus ojos viajaron por el rostro impasible de la pelirosa, detectando un destello de ardor surcando su faz.
—Entiendo— sentenció la pelirosa luego de un largo periodo de silencio. Abrió los labios para decir algo, pero después se arrepintió, resguardándose las preguntas para sí misma.
Deseaba explicarle todo, contarle hasta el más mínimo detalle de su turbulenta vida. No obstante, las heridas internas aún no saben, evocar los desagradables recuerdos de su pasado solo avivaría el suplicio que acometía eliminar.
—Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te vi, Uchiha Sasuke.
Cualquier cosa que pretendiese decir se vio interceptada por el súbito advenimiento de aquella misteriosa dama. Soltó a Sakura como si de repente su piel se hubiera convertido en una ardiente brasa.
—Enenra— habló Sasuke. Su voz era monótona, carente de inflexiones.
La interpelada poseía el cargo de líder y protectora de la aldea, sus obligaciones no diferían a las de los Kages, no obstante, distaba de convertirse en uno. Era una mujer madura, los pobladores se referían a ella como "Dama araña". Llevaba la melena azabache aprisionada en una larga coleta, sus ojos verde olivo contrastaban con el pálido todo de su piel, acentuando las facciones fuertes y prominentes.
—Veo que trajiste compañía— espetó al reparar en la presencia de la pelirosa.
—Ella es Haruno Sakura— moduló con neutralidad.
Una mirada sorpresa apareció en la faz de la mujer.
—La segunda Tsunade— murmuró.
—Es un placer— dijo Sakura al cabo de un rato, efectuando una discreta reverencia a manera de saludo.
—Espero no sonar demasiado descarada, pero creo que tu presencia nos serviría de mucho ahora mismo— indicó, mostrándole una nimia sonrisa, mientras su voz adquiría un tono esperanzador.
Encogiéndose de hombros, la pelirosa lo contempló; bajo la espesa cortina de largas pestañes se encontraban sus hermosos iris color esmeralda; tan transparentes como para dejar fluir sus incongruentes emociones, tan oscuros como para verter sus penas.
—Me asegurare de conseguirles la mejor habitación disponible en la posada— sentenció Enenra, intentando persuadirlos a ambos.
Posó la mirada en el cielo; al día le quedaban pocas horas de luz, por lo que, de una u otra forma, se verían obligados a pasar la noche en la periferia de la aldea. Consideró apropiada y ventajosa la propuesta de la mandataria, una noche de descanso apropiado le serviría para desentumecer su cuerpo magullado, por la mueca contemplativa de Sakura sabía que sopesaba las distintas posibilidades dispuestas sobre la mesa. Absortó en el hechizo de aquellos lindos ojos, carraspeó un poco y dijo:
—Ve, yo estaré en el viejo edificio del archivo, te encontrare en el hospital dentro de un par de horas— explicó, señalando la arcaica edificación situada a escasos metros del bosque donde la calle principal finalizaba.
— ¡Hai!— replicó entusiasmada, dirigiendo el paso hacia la clínica en compañía Enenra.
La perdió de vista durante unos segundos y luego la vio al otro extremo de la calle, realzada contra la masa más oscura de los árboles. Al cabo de unos segundos, el rombo lejano de luz que encerraba su silueta se ensanchó hasta esfumarse cuando Sakura ingresó al sanatorio y la puerta se cerró tras ella.
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La luz agonizante del atardecer besaba con premura el pico de las montañas al oeste.
Bajo los últimos halos de refulgencia del día, se desplazaba entre las calles adoquinadas de la pequeña localidad. Los convecinos salían a la calle y observaban con detenimiento cada uno de sus movimientos, atentos y temerosos. Procuró no prestar demasiada atención, había saldado su deuda cuando ayudó a derrocar al corrupto gobernante impuesto por Orochimaru hace unas cuantas décadas.
Intentó mantener la calma. Detestaba sentirse vulnerable. Al igual que en Konoha la gente murmuraba a sus espaldas mientras le dedicaban miradas atiborradas de lastima, las cuales removían sus entrañas al punto de despertar el reflejo nauseoso situado en la parte posterior de la garganta, donde un nudo prieto se estrujaba. No pretendía ignorar sus errores, las contravenciones acometidas en el pasado las llevaría consigo como una eterna penitencia.
Desterró aquellos pensamientos paranoicos rodeando por su mente, mostrándose escéptico, puesto que conocía las jugarretas que su cerebro perpetuaba en los lapsos de decaimiento psicológico. Dobló por la calle a la izquierda; los establecimientos cerraban sus puertas, dando por finalizada la extenuante jornada laboral que comenzaba desde temprano y concluía al ocaso.
Las ansias de encontrarse con Sakura incrementaban a medida que se acercaba a la improvisada clínica de hormigón gastado. La deteriorada fachada le confería un aspecto funesto, al igual que la mayoría de los edificios que continuaban en pie desde los estragos de la Tercera Gran Guerra Ninja.
Situó una mano en la gélida superficie de aluminio, empujándola hasta desvelar una sencilla sala de espera. Reticente, ingresó al lugar con pasos renqueantes, se trataba de una habitación uniforme, compuesta por cuatro enormes paredes grisáceas, descolorida por el paso del tiempo y las inclemencias de la naturaleza. A los extremos, las personas aguardaban su turno postradas en una especie de bancas metálicas, oxidadas por la humedad que se filtraba por el techo y entre las esquinas de los antepechos.
Un momentáneo sobresalto de alivio lo envolvió al pasar desapercibido, aquellas personas ya tenían bastante en mente como para reparar en su presencia. La lámpara tintineante que colgaba del techo bastaba para iluminar hasta el ángulo más recóndito del cuarto.
Caminó por la geografía del sitio, preguntándose en dónde demonios se encontraba. Cuando de trabajo se trataba, la pelirosa no reparaba en el tiempo, era capaz de recluirse en el sanatorio durante días y noches enteras con tal de cumplir diligentemente con su labor, no por nada administraba, con ayuda de Ino, la clínica de salud mental infantil de Konohagakure.
Se detuvo bajo el marco de la puerta al escuchar la melodiosa voz reverberar al fondo del consultorio. Los doseles que rodeaban cada lado de la cama le impedían contemplarla con claridad.
Su corazón dio un vuelco al auscultar su armoniosa risa; un retozo de algarabía estiraba sus mejillas, al mismo tiempo que elevaba las cejas, mostrándose impresionada a medida que el relato de la anciana avanzaba. El característico chakra verde de los ninjas médicos centellaba entre sus hermosas y fuertes manos, un poco maltratadas por la esterilización continua, y callosas por el prolongado manejo de armas. El cabello color cereza acariciaba sus mejillas mientras los mechones se escapaban detrás de sus orejas.
Tal como sucedía durante los últimos días, la realización recayó sobre su cuerpo como un balde de agua helada. Hacía mucho tiempo que no la atisbaba en ese estado, tan despreocupada, risueña… feliz. Aun cuando ella se empeñaba en negar a capa y espada los estragos de la guerra, percibía su propio suplicio a través de las grietas de su sonrisa ausente o en la profundidad de sus ojos, allá donde el alma se apreciaba desnuda e inerme.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos tras sentir la colisión de un objeto extraño contra sus piernas, en un gesto casi reflejo, clavó la mirada atizada en la pequeña niña que yacía desplomada a sus pies, intentando contener el inminente llanto. Consternado, estiró la mano para ayudarla, pero como era de esperarse la impúber se alejó, temerosa. No estaba impresionado por la abrupta reacción de la infanta, sabía que su aspecto pulcro yacía enterrado junto a su perjuro del ayer. Ahora llevaba el cabello más largo, lo suficientemente luengo para ocultar el rinnegan de su ojo izquierdo, ya había descubierto que el aspecto de aquel poderoso iris perturbaba a cualquiera, en especial a los niños.
—Oh, por los dioses— dijo una mujer a sus espaldas, mortificada. Por el aspecto flagelado, dedujo que debía tratarse de la madre de la pequeña—. Realmente lo lamento— se disculpó, obligando a la niña a ponerse de pie, no sin antes cerciorarse que se encontraba bien.
Aun medio atrapado en la efigie de Sakura, parpadeó, aturdido.
—Hmp— se aclaró la garganta—, no hay problema— indicó, sonando más tajante de lo que pretendía.
Avergonzada, la mujer efectuó un lánguido movimiento de asentimiento, y sin más preámbulos rodeó la muñeca de la pequeña emitiendo una serie de reprimendas al desplazarse hacia la puerta.
Aquella escena lo conmovió. No. En realidad, lo turbó; produjo una emoción más violenta que de costumbre. Incluso ahora, trece años después, recordaba a su madre en sus pequeños detalles; la primera imagen que se perfilaba en su memoria era el cabello liso, tan bonito y agradable al tacto; su rostro emergía de repente, primero hilvanado su perfil, después ella se volvía hacia él, sonriente, ladeaba la cabeza, hablaba con dulzura mientras lo miraba fijamente a los ojos.
Le llevaba algo de tiempo evocar su rostro, y conforme los años pasaban, más trabajo le costaba. Tras la masacre de su clan la recordaba en cinco segundos, luego estos se convirtieron en diez, treinta, un minuto. El tiempo se alargaba paulatinamente, al igual que las sombras en el atardecer. Su memoria se había distanciado del lugar donde se hallaba Mikoto, y continuaba alejándose de aquel cálido hogar. Las remembranzas palidecían con cada instante que pasaba.
—No te sientas mal por eso— dijo una dama con voz fuerte, pero neutral—, tal vez tenga algo que ver con tu aspecto, es intimidante.
Autómata, clavó la mirada obsidiana sobre el enternecido rostro arrugado de la anciana, aun atrapado en la telaraña del recuerdo. Notó que se trataba de la misma mujer que Sakura atendía minutos atrás, su sonrisa era afable, opacaba la vislumbre de consternación.
Sin pensarlo, su mirada viajó por el suelo de la estancia hasta situarse en la figura de Sakura. La expresión preocupada de la mujer a su costado poco a poco fue diluyéndose en un aspaviento enternecido.
—Es hermosa, ¿cierto?— preguntó, enclavando el miramiento en la misma dirección—, tiene un corazón bondadoso y una forma de ser afable.
Sasuke no pudo estar más de acuerdo con ella. Haciendo uso de su respuesta favorita, guardó silencio. La mujer sacudió la cabeza de un lado a otro en señal de abatimiento.
—No debes buscar más, muchacho, has encontrado a la indicada, asi que no la dejes ir— estrujo su hombro con delicadeza antes de marcharse.
Le tomó un momento encontrarle significado a las palabras de aquella anciana, sin embargo, en el fondo, comprendía a lo que se refería solo que estaba demasiado asustado para admitirlo.
Al levantar la mirada del suelo, contempló a Sakura aproximarse.
— ¿Cómo te fue?— preguntó con cautela.
—Bien— respondió, lacónico.
— ¿Encontraste la información que buscabas?— insistió Sakura, sin apartar la mirada de su perfil, al mismo tiempo que avanzaban por los densos pasillos de la clínica, dirigiéndose hacia la salida.
—Creo que le servirá a Kakashi— hizo una mueca con los labios en señal dubitativa.
—Si ese es el caso entonces podemos marcharnos. No creo que me necesiten más por aquí— dijo ella, encogiéndose de hombros.
El gélido aire de las montañas los recibió al abandonar el hospital. La luz del día había desaparecido, y en su lugar el pálido fulgor de la luna llena iluminaba las calles de la aldea.
Sus pasos resonaban entre la grava, haciendo eco en la premeditaba afonía que los envolvía.
— ¿Cómo estuvo tú tarde?—
Su cuestionamiento la sacó de sus pensamientos, abstraída, parpadeó en dos ocasiones antes de situar la mirada lemanita sobre sus irises ónix.
—Atareada, la atención aquí es decadente y limitada. Me tome la molestia de crear un sencillo plan de entrenamiento para futuros médicos, creo que si al menos dos personas por grupo son instruidos en el ninjutsu medico cubrirían todas las necesidades del lugar— dijo entusiasmada, como una niña pequeña que recibía un sinfín de regalos el día de su cumpleaños.
Escucharla hablar era un linimento para su abatido estado mental. Desde el comienzo de su viaje, resguardaba en su pecho un manojo de sensaciones difíciles de distinguir. Era como un torbellino de proporciones inexplicables, al cual se mostraba incapaz de encontrarle una explicación.
—Estoy seguro que Enenra considerara tu propuesta— dijo. Sakura sonrió y miro de nuevo el cielo. Cuando se trataba de su trabajo era estoica, apasionada y eso lo cautivaba.
— ¿Te encuentras bien, Sasuke-kun?— inquirió ella, frunciendo ligeramente el entrecejo.
— ¿Por qué lo preguntas?— cerró los ojos, disfrutando el tacto del gélido céfiro sobre sus mejillas.
—Me pareció verte aturdido después del incidente con aquella niña— señaló intrigada y, a la par, consternada.
¿Asi que lo había notado?, un suspiro monocorde abandonó sus pulmones. Se cuestionaba en qué momento se volvió tan transparente al intentar ocultar sus emociones. La máscara de estoicismo comenzaba a quebrantarse, dejando al descubierto a un ser herido, entristecido y perturbado. Debía darle crédito a la increíble capacidad analítica de la pelirosa, siempre le había dado la impresión de que ella tenía una forma de saberlo todo, en especial cuando se trataba de él.
—Solo recordé a mi madre, eso es todo— confesó, impulsado por un extraño arrebato de confianza. Notó como los músculos de la espalda de Sakura se tensaban.
— ¿Piensas constantemente en ella?— inquirió, escogiendo cuidadosamente las palabras; el destello de una mirada de agónica sorpresa cruzo el rostro de Sakura
—No del todo— reconoció para su pesar—.A veces su imagen llega a mi mente de la nada, aunque con el tiempo los recuerdos se vuelven incompletos y van palideciendo.
Sakura guardó silencio. Aquella era la primera vez que hablaba con libertad respecto a cualquier miembro de su familia, y eso era un acto, hasta cierto punto, liberador. Notó como la opresión en su pecho disminuía y el peso sobre sus hombros se aligeraba. Jamás conversó de esos temas con nadie ni siquiera con Naruto. Encontraba en su compañera la serenidad necesaria para expresar sus quebrantos en voz alta, sabía que no lo juzgaría.
—Yo…lo lamento, no era mi intención obligarte a hablar al respecto— se disculpó, nerviosa.
—No tienes porqué disculparte, Sakura— espetó tan apacible como las calmadas corrientes de un riachuelo—.Solo deseaba hacerlo— explicó sin saber muy bien porque se empeñaba en dejar ese punto en claro.
Ahora fue su turno de desviar la mirada hacia el cielo, encontrando sumamente reconfortante el armonioso espectáculo del firmamento.
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El decorado de la habitación era austero; los desgastados paneles de la pared, conformaban un descolorido patrón de alguna majestuosa representación de la naturaleza. Dos futones se situaban en el centro, y frente a estos una degastada mesa de madera de roble, donde yacían una serie de pergaminos y libros dilapidados. De las paredes colgaban cuadros de naturaleza muerta y bodegones, ininteligibles a simple vista.
Reclinó el peso de su cuerpo hacia atrás, descansando la espalda en el respaldo de la silla, componiendo una sonata crepitante; levantó la vista y admiró la vieja lámpara en el techo, la luz era amarillenta y tintineante, no le sorprendería que en un parpadeo se encontraran sumidos en las penumbras de la noche, privados de cualquier albor.
Acababa de redactar el último progreso de la investigación. Un punzante dolor detrás de sus ojos desveló el innegable cansancio trazado en cada rincón de su hermosa faz. Enviaría a Kakashi el informe al amanecer. Por el momento necesitaba descansar, sentía los músculos entumecidos y las extremidades magulladas, como si se hubiese sometido a una intensa sesión de entrenamiento.
Restregó una mano contra su rostro enervado, realizando un esfuerzo sobrehumano para mantenerse despierto. Sus piernas reaccionaron solas y lo condujeron hacia el tatami apostado a escasos metros de la puerta del baño. Sin pensarlo, dejó caer su cuerpo sobre el arcaico futón, lanzando un largo y pausado suspiro.
Fijó la mirada en el techo, había rastros de vaho y el material comenzaba a craquearse. Suponía que pasar la noche ahí era mejor que dormir en el duro suelo
Durante los tres años que deambuló por el mundo repasó meticulosamente todos y cada uno de los detalles resguardados en los lazos que lo unían a ciertas personas en específico. Se obsesionó con la idea de encontrar respuestas, sin embargo, después de unos cuantos meses se percató de que la revelación estuvo consigo, pero se rehusaba a afrontarla. Su pasado, sus decisiones y acciones lo llevaron a donde se encontraba hoy en día, ya fuese para bien o para mal. Aún estaba aprendiendo a aceptar la ayuda y amabilidad de los demás, tal generosidad nunca fue parte de su vida. El amor por su familia se contorsionó en odio y repudio, pero debajo de todas esas equivocas impresiones yacía el verdadero cariño.
Analizó las bases de sus relaciones, los motivos que lo llevaron a aproximarse a las personas que lo rodeaban, sin duda alguna un hecho que desconcertaría a Naruto y a la mayoría del resto cercanos a él. Su vínculo con Taka surgió en el beneficio del momento; la unión con Orochimaru en su hambre de poder, al igual que con Obito. Todas estas afinidades desaparecieron al instante en que dejaron de parecerle útiles, prescindiendo de sus servicios.
Por otro lado, las sujeciones con la gente de Konoha se construyeron con base en profundas emociones positivas. El odio hacia Itachi era una reacción a la traición del amor que sentía por él, la única persona a la cual adoraba abiertamente. La proximidad con Kakashi surgía del profundo respeto, gran parte de sus habilidades las aprendió de él, perfeccionándolas al punto de utilizarlas sin complicaciones, pero no solo se traba de eso sino de algo subyacente, escondido en el temor de la verdad. Consideraba al sexto Hokage como una especie de guía, sabía que podía acudir a sus consejos cuando la realidad se transformara monumentalmente aterradora. En cuanto a Naruto, la difícil píldora de la empatía y aceptación incondicional los hizo más cercanos de lo que alguna vez llegó a vislumbrar. De entre todos los individuos que lo rodeaban, el rubio era la única persona que compartía su dolor, ambos sabían lo que era vagar solo por el mundo, sin rumbo alguno.
Pero Sakura... Ahí era donde cualquier explicación coherente fallaba, derrumbando la torre de naipes construida en su cabeza.
Al comienzo, consideraba que se había acostumbrado a ella con más resignación que motivación. Sin embargo, después de su reencuentro en la guarida de Orochimaru y eventualmente en la reunión de los Kages despertó el interés acompañado de una profunda incertidumbre, la chica que contemplaba ya no era la niña aprensiva y liviana de los días de academia, sino una mujer fuerte, determinada y estoica.
Una vez que estuvo de regreso en la aldea, cayó en cuenta que la piedra angular de la relación con ella era el apoyo mutuo, el afecto y la comprensión. En sus momentos más aterradores y solitarios estuvo ahí. Tanta era la luz que traía a su vida que no se sentía merecedor de la misma.
Fue asi que mientras se resguardaba en ese antediluviano desván que pensaba en la infinidad de cosas perdidas en el curso de su existencia, en el tiempo perdido, las personas que habían muerto y aquellas que lo abandonaron, pero sobre todo en los sentimientos que jamás regresarían.
El sonido de las bisagras lo sacó de sus pensamientos. Una estela de vapor se hizo presente cuando ella salió del baño. La escuchó lanzar un suspiro de auténtica satisfacción mientras restregaba una toalla contra su cabello, tratando de eliminar cualquier rastro de humedad acumulado en sus lindas hebras rosadas.
Sus discordantes ojos vagaron por el cuerpo de su compañera en reconocimiento de sus atributos femeninos. Desde que la había contemplado en la oficina del Hokage la tarde de su regreso, llegó a la conclusión de lo arrebatadoramente encantadora que era. No e se consideraba a sí mismo como la clase de hombre que reparara con facilidad en las particularidades del sexo opuesto, sin embargo, tampoco era inmune a estos; la larga camiseta de algodón llegaba por encima de sus muslos, dejando al descubierto sus largas y torneadas piernas. La curvatura de sus caderas resaltaba aún bajo la holgada tela imaginando la estreches de su cintura. Se reprimió internamente al rumbo que habían adquirido sus pensamientos.
—El agua estaba deliciosa— canturreó con una mueca pletórica cruzándole el rostro—.Deberías aprovechar el agua caliente, Sasuke-kun.
Su función neuronal redujo a niveles extraordinariamente patéticos. Al mismo tiempo que re reincorporaba para tomar asiento al borde del tatami, la admiró de cuerpo completo hasta que ella tomo asiento elegantemente a su lado. Agudizó el oído en el silencio que los envolvía.
Para su sorpresa, Sakura extendió una mano situando las exquisitas yemas de sus largos dedos sobre su frente, apartando los mechones que caían por encima de sus ojos. Como un acto reflejo, el aliento se le atoró en la garganta mientras su cuerpo se tensaba como un arco.
A medida que los días transcurrían descubrían serie de detalles dispersos en su hermosa faz, los mismos que dejo pasar por alto. Desde ese punto, admiraba con detenimiento las marcas violáceas alrededor de sus ojos y el matiz cerífero sobre la piel salpicada de pequeñas pecas, esparcidas por el puente de la nariz y las mejillas ligeramente sonrosadas. Sus rasgos se tornaban más finos y delicados conforme iba envejeciendo.
Se quedó mirándolo fijamente. La luz de la luna se filtraba a través de las ventanas y danzaba sobre la piel expuesta de sus piernas.
—Tu cabello— advirtió en un susurro a duras penas perceptible para los dos sin ánimos interrumpir el contacto.
— ¿Qué sucede?— logró sacar la voz, sonando más afectado de lo que esperaba.
—Está más largo, solías llevarlo corto, ¿Qué fue lo que sucedió?— preguntó, inclinándose hacia él.
Tragó grueso, percibiendo el dulce aroma que emanaba del lindo cuerpo de la pelirosa, una mezcla de hierbas y albaricoque.
—Me ayuda a ocultar el rinnegan— resopló, lo que hizo que ella dejara escapar una risita. Imaginaba que tal vez el radical cambio de imagen no era de su agrado.
Todos sus pensamientos se apilaron como un aluvión espontaneo en cada nervio justo después de verla apartarse, apenada. Había reparado en la escasa y casi inexistente distancia entre sus rostros. Alicaída por el pudor retrocedió.
Alentado por la oleada de valentía que golpeaba su cuerpo, asió uno de los mechones rosados que enmarcaban la cortés forma de su cara, sintiéndolo tan terso y resbaladizo como la seda. El pecho de Sakura efectuó un extraño movimiento de apnea, notando el violento rubor en sus mejillas.
—Solo me doy cuenta de cuánto tiempo ha transcurrido por tu cabello— habló sin darse cuenta—, tu peinado cambia ligeramente cada vez que volvemos a reencontrarnos.
La mirada de Sakura se suavizo al instante. En el fondo de sus pupilas, el líquido negrísimo y espeso dibujaba un extraño espiral, como el de las nebulosas en el universo.
Presa de la cruenta ingenuidad de sus actos y palabras se alejó de ella, como si de un enemigo se tratara, concentrado en aunar el arrojo. Carraspeó, intentando ganar tiempo.
—Tomaré un baño— indicó, abandonado su asiento.
—E- está bien— dijo con voz trémula, atrapada en las sobras del etéreo momento.
Sin más dilaciones se escabulló al baño. Una vez que la puerta cerró tras de sí, colapsó sobre el suelo, convertido en un enredo de temblores y espasmos contenidos.
¿Qué demonios estaba pasando con él?
Continuara
N/A: Gracias al tiempo libre que me ha conferido este eterno aislamiento generado por una pandemia y tras leer y releer el manga, asi como ver el anime y ponerme al corriente con las distintas novelas, decidí escribir un nuevo fic.
Pero antes de comenzar, me gustaría dejar en claro algunos puntos:
El primero es que la historia se sitúa en el periodo en blanco de nuestra pareja, durante el mencionado viaje que los llevo a consagrar su amor.
El segundo, el fic está plasmado desde la perspectiva de Sasuke. Creo que son pocas las historias donde obtenemos un punto de vista por parte del pelinegro, atisbamos todo desde los ojos de Sakura, asi que tome el riesgo de ahondar en los sentimientos del Uchiha y plasmarlos en esta pequeña historia, por lo que puede adquirir una temática angst.
Tercero y último, aun no tengo en claro (sé que es irresponsable de mi parte) que clasificación otorgarle. Lo cierto es que comencé a escribir el borrador de los primeros capítulos pensando en un fanfic rated M, no por el contenido de smut o lemon que pueda presentar, sino por las diversas situaciones que se irán manejando a medida que la trama se desarrolle. Aun asi, esto lo dejare a su consideración y por el momento, lo mantendré en esta clasificación, en caso de presentar alguna coyuntura de índole adulto se los hare saber en cada capítulo.
No saben lo entusiasmada que me siento al iniciar este nuevo proyecto. Cruzo los dedos para que tenga suerte y espero, de todo corazón que sea de su agrado.
En el pasado ya había escrito una historia con esta temática, pero me gustaría abordarla con mayor madurez.
Sin nada más que agregar, espero que este primer capítulo sea de su agrado, sus comentarios y sugerencias siempre son bien recibidos. Por el momento yo me despido, cuídense mucho, les mando un fuerte abrazo, espero leerlos pronto.
¡Hasta luego!
Shekb ma Shieraki anni
