Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra del gran Masashi Kishimoto.
Ikigai
Capítulo 2: Lluvia de primavera
Para ser el nuevo líder de la aldea, jamás imaginó que viviría en un sitio tan parvo e incauto. Contrario a lo que muchos conjeturaban, Kakashi era un hombre sencillo, de deseos llanos y aspiraciones mortales. No fue una sorpresa, al menos para sus más allegados, que se rehusara a instalarse en la opulenta residencia erigida especialmente para la Sombra del fuego.
El apartamento del Rokudaime era un lugar pequeño, pero acogedor. Contaba con una habitación, donde en el centro de la limitada geografía se ubicaba un antediluviano sofá azul glauco, un discreto baño al final del pasillo y un vestíbulo rectangular que distribuía el espacio entre la sala y la cocina. Lo suficiente para una persona y ocho ninken.
Resultaba insólito, incluso para Sasuke, verlo desenvolverse con tanta soltura entre esas cuatro paredes, como un pez en el agua.
Mientras el anfitrión se encargaba de preparar la cena para sus compañeros perrunos, la mirada disímil del azabache viajó por toda la estancia hasta situarla sobre una de las repisas del saturado librero, donde reposaban algunos portarretratos que enmarcaban las efigies de momentos especiales en la vida del Kopi Ninja.
Sin embargo, solo una logró capturar su atención, obligándolo a abandonar su asiento, enfilando los pasos hacia el anaquel, como una polilla atraída a la luz. Más allá de la fotografía con su antiguo sensei y la del equipo siete, estaban sus ejemplares de Icha Icha, algunos tratados teóricos y manuales prácticos de astronomía, pero solo enfocó los fanales en el retrato donde aparecía Sakura; él, ataviado con el nuevo uniforme ninja de Konoha, con una sonrisa oculta tras la habitual mascara que escondía la mitad de su rostro, su brazo, posicionado formalmente alrededor de los hombros de la pelirosa; Sakura, el cabello rosado perfectamente acicalado con su hitai ate, los hermosos ojos esmeralda demasiado abiertos, ya que siempre parpadeaba en el último momento y estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no hacerlo, acompañando su expresión con una genuina y amplia sonrisa de algarabía. Era el día en que había ascendido a Jōnin.
—Al inicio se rehusó a posar para la fotografía, la hacía sentir nostálgica que tanto tú como Naruto no estuvieran presentes— masculló el peliblanco a sus espaldas, vertiendo té caliente en una taza. Dejo la tetera sobre la parrilla de la estufa y recorrió los pasos que separaban la angosta cocina de la sala.
Frunció ligeramente el entrecejo. Naruto se había encargado de notificarle la promoción de Sakura un par de semanas después, mientras recorría la cadena montañosa de Iwagakure, persiguiendo la expiación de sus pecados.
—No le hagas caso, muchacho, Kakashi solo está siendo dramático como de costumbre— habló Pakkun; la voz profunda y ronca reverberando desde el otro extremo de la sala—, ¿Cómo has estado, Sasuke?, has cambiado bastante desde la última vez que te vi— agregó, situándose a un costado del pelinegro, al mismo tiempo que le dedicaba una mirada contemplativa.
—Pakkun— saludó Sasuke, adusto. Lo recordaba como uno de los fieles compañeros de su maestro.
—Todos sabemos que Sakura es la alumna favorita de Kakashi-san— agregó Shiba, avivando los murmullos de sus compañeros.
—Basta ya— impuso orden el peliblanco, acallando el barullo generado por la escandalosa revelación—. Naturalmente, Sakura siempre será mi alumna preferida, a diferencia de Naruto y Sasuke, ella jamás causo tantos problemas— admitió.
Sasuke dejó escapar un largo y sonoro suspiro. No iba a poner en tela de juicio lo evidente; en contraste con ellos, Sakura era brillante, la única integrante del equipo en ascender de rango antes que ellos.
Tomo asiento en la silla que minutos atrás ocupada, rodeando la taza con sus largos y finos dedos a la par que el Hokage se postraba frente a él, exhalando con fuerza.
—Hablando de Sakura… ¿permitirás que te acompañe esta vez?— preguntó, atisbándolo de reojo, cauteloso.
No respondió inmediatamente, dando acuse del dilema sostenido en su cabeza. Se marcharía de la aldea al día siguiente, no encontraba un motivo para prolongar su estancia, asi que solo se presentaba para otorgar un informe personal al Hokage. Aun asi, la inquietud deambulaba por su pecho; hace dos años le había prometido a Sakura llevarla consigo, cuando la calma hubiese renacido en su interior y tuviese todo en claro.
—Ambos sabemos que deseas hacerlo— declaró Kakashi, haciendo uso del particular sexto sentido que le permitía detectar las cosas a la distancia.
Severamente agotado, recargó la espalda contra el respaldo de la silla, dejando la taza humeante sobre la superficie de madera desgastada.
—Vamos, Kakashi, no seas tan duro con él— dijo Pakkun, uniéndose a la conversación—.El chico está lidiando con problemas amorosos— señaló, intentando sosegar la ansiedad del azabache.
—Pakkun— lo llamó Kakashi con tono censurador, al mismo tiempo que cruzaba los brazos a la altura del pecho y estrujaba los parpados.
—Solo mira sus ojos— insistió el can—, son el reflejo del alma, es evidente que esta atormentado.
El estar lejos de ella lo llevó a meditar sobre sus sentimientos. Tenía miedo de que no compartieron algo, que todas sus suposiciones fueran erróneas. Hacía dos años que se había marchado, ¿Cómo era posible que continuara aguardando por él?,
—Por supuesto que quiero llevarla conmigo— confesó para su pesar. Le resultaba extraño hablar con su antiguo mentor sobre esos temas, pero era el único que hablaría de manera objetiva.
— ¿Pero…?— cuestionó, colocando los codos sobre la mesa y entrelazando sus dedos descubiertos.
Suspiró, dándose por vencido.
—No sé cómo actuar cuando estoy con ella— acotó.
—Sasuke, ambos fueron compañeros durante mucho tiempo— profirió el Hokage rayando en el colmo de la originalidad.
—Definitivamente, el muchacho no la ve como una compañera nada más— remarcó Pakkun, descubriendo el verdadero significado detrás del llamado de ayuda de Sasuke.
El Uchiha desvió la mirada y se mantuvo en silencio. Escuchó a Kakashi soltar un suspiro cautivo mientras realizaba una pausa, intentando encontrar las palabras apropiadas.
—Realmente no soy bueno en esto— dijo el peliblanco, encogiéndose de hombros—, pero si quieres acercarte a Sakura debes ser más…
—Romántico, las chicas adoran eso— completó el perro pardo. Sasuke lo miró, atónito.
Era absurdo, toda la situación le parecía incoherente. Consideró que su propia desesperación lo llevó a buscar una respuesta en el lugar equivocado. Aun no tenía en claro lo que sentía por su compañera, y si lo descifraba admitirlo sería una encrucijada. Por supuesto, Sakura y él habían pasado días agradables cuando fueron genins, no obstante, Kakashi olvidaba que ya no eran los puertos de doce años interesados en trivialidades inocuas, sino dos adultos jóvenes, que compartían un lazo constreñido gracias a sus erradas decisiones, amenazando con transformarse en unos desconocidos.
Jamás iba a admitirlo en voz alta, pero desconocía como aproximarse a una mujer. Si bien, durante su paso por la academia y gran parte de la adolescencia capturaba la atención de las chicas, nunca mostró interés, tenía otros planes en mente y no era lo suficientemente indulgente para permitirse establecer vínculos con otras personas. No obstante, todo cambió cuando Sakura ingresó a su vida, y fue ahí donde su visión transmuto, y el laberinto de sentimientos le confirmó que estaba adentrándose en un terreno de emociones y disimulos adultos difíciles de ignorar o disipar.
Cuando regresó a la aldea, descubrió que aquella niña asustadiza se había convertido en un referente dentro del mundo ninja. Era admirada por sus aprendices y respetada por sus colegas; su mente brillante la llevó a extender sus ideales fuera de Konohagakure, mostrando su forma de ser benevolente y despreocupados siempre dispuesta a ayudar a los demás. Sin embargo, el aire se le solidifico en los pulmones al escuchar de la boca de su mejor amigo la popularidad de la que gozaba su linda compañera pelirosada entre los hombres. Sería ingenuo de su parte vislumbrar que una mujer tan arrebatadoramente hermosa e inteligente no despertaría el interés de los demás.
Por alguna extraña razón, le molestaba el hecho de no verse merecedor de su absoluta atención.
—Puede tomarte algo de tiempo, Sasuke, no lo presiones— dijo Hatake en tono conciliador—.Sé que no tienes experiencia en esto, y puede tonarse confuso. Esta clase de asuntos son complicados, incluso para los ninjas más poderosos.
No se atrevió a mirarlo. Sakura invocaba sentimientos que para él eran completamente desconocidos.
—Permite que la situación y las emociones fluyan, Sasuke, como el caudal de un rio— aconsejó Pakkun.
—Eres un hombre inteligente, Sasuke, sabrás percibir ese tipo de acercamientos— confió el peliblanco; las arrugas en los extremos de sus ojos se acentuaron al hilvanar una sonrisa.
— ¿Cómo lo sabré?— preguntó, sintiéndose más confuso e inquieto de lo que ya estaba.
—Es como una corazonada— ejemplificó el Rokudaime—, lo notarás, te lo aseguro, a final de cuentas eres un Uchiha, son más susceptibles a notarlo.
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La madera crepitaba al consumirse entre las llamas.
Una cómoda afonía los rodeaba, mientras el firmamento continuaba atiborrándose de estrechas a medida que las horas pasaban, otorgando un espectáculo armonioso, que confería cierto aire de serenidad a la vida.
Durante largo tiempo, postrado en el suelo y con la espalda recargada en un tronco, estuvo contemplando la negrura del cielo. Se sentía exhausto, pero no tenía sueño. A unos cuantos metros se encontraba Sakura, con la mirada esmeralda fija entre las páginas de un libro. Desde ese punto solo era posible apreciar su perfil; el fulgor de las llamas iluminaba la mitad de su faz, creando un espectáculo de luces y sombras. Frunció el entrecejo levemente, había identificado aquel gesto como una muestra de entera y absoluta concentración.
Apartó la mirada de Sakura para contemplar una vez más en la bóveda celeste. Los astros de luz le eran de gran ayuda a la hora de orientarse, sin embargo, esa noche estaba presentando dificultades, ya fuese por la nula capacidad de concentración o porque el motivo de su distracción se encontraba postrado a unos metros de él, absorta en la lectura de la medicina antigua, sin prestar atención a lo que acontecía su alrededor.
Rendido, colocó los instrumentos en el suelo. Estaba cansado, pero seguía sin llegar el sueño. Expulsó un largo y sonoro suspiro de genuina frustración, atrayendo los ojos lemanita de su compañera.
— ¿Sucede algo malo?— echó un vistazo en ambas direcciones, intentando descubrir el origen de la subversión.
Se mantuvo en silencio, sopesando si debía expresarle a Sakura la turbación que lo golpeaba, o simplemente dejarlo pasar e irse a la cama. Las estrellas no estaban de su lado esa noche, la constelación que precisaba no era visible, pero podía jurar que la había atisbado la noche anterior.
Tras unos cuantos segundos inmersos en un inusitado, mas no incomodo mutismo, Sakura abandonó su asiento, colocando el viejo libro sobre el tronco en el que reposaba.
Aquel tratado de medicina antigua fue un obsequio de su parte; estaba desgastado, tenía las páginas amarillentas y quebradizas puesto que databa desde la fundación de Konohagakure. Lo encontró cuando deambulaba por uno de los grandes mercados del país de la roca, suponía que sería un presente apropiado para festejar su reciente ascenso como Jounin.
—No es nada— dijo mientras lanzaba un suspiró, tratando de minimizar la coyuntura—.Solo estoy teniendo problemas para ubicar una constelación, eso es todo.
Ella lo observó por el rabillo del ojo y sonrió.
Dentro del campo batalla, contaba con una fuerza y rapidez digna de un ninja de elite. Muchas historias se generaron en torno a él después de la guerra, exaltando sus grandes proezas como oponente, merecedor heredero del poder de los Uchiha. Sin embargo, desde pequeño había reconocido que la estrategia no era su fuerte, un punto en el que Sakura destacaba gracias a su imperiosa capacidad analítica.
Sakura posó una mano sobre su espalda, echando un vistazo al cuaderno de anotaciones por encima de su hombro. La melena rosada caía como una cortina al costado de su faz. Era capaz de percibir el aroma de su piel, una dulce mezcla de lavanda, pino y otros elementos del bosque.
— ¿Es difícil?— cuestionó al cabo de un rato, intercalando el meticuloso escrutinio entre las anotaciones, su rostro y el cielo, intentando comprender lo plasmado en el improvisado mapa astronómico.
—En lo absoluto— negó con la cabeza—, pero no es necesario lo que hagas— aclaró. Su intención no era perturbarla con esos temas.
— ¿Estas subestimándome?— la sangre se le precipito al rostro, avivando sus mejillas con un encantador sonrojo; frunció el entrecejo, acentuando la presencia del sello Byakugō en su frente.
—Por supuesto que no, Sakura— paladeó, degustando con deleite la forma en la que el nombre de la pelirosa rodaba por su lengua.
Disfrutaba verla molesta, se deleitaba al presenciar como su rostros transmutaba con tanta facilidad de una mueca a otra.
Sin más remedio, le entregó la bitácora. Tomó asiento en la tierra, cerca de la fogata. La observó con disimulado entretenimiento, conociéndola no le tomaría más de cinco minutos resolver el enigma.
Una extraña sensación de vacío se aplazó en su estómago cuando ella se alejó, privándolo de disfrutar, durante un par de ínfimos segundos, el calor que emanaba de su cuerpo, asi como el embriagante aroma de su piel y el delicado peso en la punta de sus dedos, presionando ligeramente sobre la extensión de su espalda. Estaba habituado a la cercanía de Sakura. En sus días más oscuros, luego de marcharse de la aldea por primera ocasión, se encontró a si mismo anhelando su tacto; la manera en que rodeaba su cuerpo con sus delgados brazos para atraerlo en un firme abrazo, sus cuerpos encajaban a la perfección, como si estuviesen hechos el uno para el otro. Era la única persona capaz de aproximarse sin necesidad de generar animadversión en él.
—Sakura, de verdad, no es necesario…
— ¡Lo encontré!— dijo entusiasmada.
Sin pensarlo demasiado, se levantó de donde estaba, situándose a un costado, asegurándose de mantener una distancia apropiada entre los dos. Había detectado que la cercanía con Sakura enturbiaba sus procesos mentales.
—La constelación que describes como un hombre preparando su arco se ubica al suroeste— apuntó Sakura.
—Lo sé— respondió—, sin embargo, la constelación de la serpiente solo puede apreciarse en esta época del año— añadió, apuntando al despejado horizonte.
—Asi es, pero no se ubica en esa dirección, si no al norte— agregó dulcemente.
Sasuke abrió los ojos como platos, atiborrados de auténtico asombro. Durante todo ese tiempo estuvo contemplando en la dirección incorrecta, como en muchas ocasiones durante el transcurso de su vida.
Ambos agudizaron el oído, sumergiéndose en la comodidad del silencio. Conforme pasaba el tiempo, el cielo se desplazaba sobre sus cabezas, perpetuando una espectacular danza de estrellas.
Incapaz de contenerse, esbozó una sonrisa al mismo tiempo que observaba el perfil de Sakura; sus ojos brillaban como los de una niña pequeña. Ella invocaba sentimientos que eran completamente extraños para él, haciéndolo sentir temeroso, confuso.
—Hacemos un buen equipo, ¿no lo crees, Sasuke-kun?— dijo lentamente sin apartar la mirada del firmamento.
—Ah— concedió.
Sakura le clavó los ojos como con expresión de estar observando un objeto extraño. Su mirada era tan profunda y cristalina que el corazón le dio un vuelco. Tragó grueso al prestar especial atención a sus labios carnosos, ligeramente entreabiertos. Una impetuosa necesidad por tocarla se apoderó de él. Se preguntaba cómo se sentiría aquella tersa y nívea piel bajo la punta de sus dedos callosos, endurecidos por el arduo entrenamiento.
Hacía dos años que no la contemplaba. Durante ese tiempo, la pelirosa había adelgazado; el cerne desapareció de sus mejillas y su nuca se afinó. Su delgadez resultaba natural y serena, estaba mucho más hermosa de lo que recordaba. Estuvo a punto de expresárselo en voz alta, pero no sabía cómo y al final condenó las palabras al silencio.
Estiró la mano para tocarla, mas no lo hizo.
Era frustrante la forma en que la inseguridad se apropiaba de él. Temía que Sakura rehuyera su tacto, tal como lo había hecho la noche anterior al percatarse de la escasa distancia que los separaba. Estaba aterrado, no deseaba perderla. No obstante, a medida que los días pasaban encontraba cada vez más complejo aproximarse, tal vez se debía a la tormentosa pluralidades de sus sentimientos, o el miedo al rechazo, se conocían desde que eran unos niños, y aun asi, su compañera se le antojaba intimidante y enigmática, llevándolo al borde de la desesperación.
Una vez más, Sakura se alejó, dejándolo herido y confundido.
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Las nubes grises ocultaron los primeros rayos de la mañana, desembocando un tórrido aguacero sin atisbos de claudicación cercana.
Lo que había comenzado como una llovizna acabo convirtiéndose en un diluvio. A la dupla de viajes no les quedó más remedio que refugiarse bajo un árbol; el follaje les brindaba una protección momentánea que poco a poco iba flaqueando; las gotas comenzaban a filtrarse entre las ramas y las hojas, humedeciendo las capas que los encubría de las destemplanzas climatológicas.
Desde aquel sitio, observaba con detenimiento la caída del agua, absorto en el silencio, ensimismada en sus pensamientos. Tenía la certeza de que la lluvia le imponía a la vida un afán enfermizo que, verdaderamente, detestaba.
—Esta lluvia nos atrasara un día— comentó Sakura en voz baja, extendiendo una mano hacia el solemne manto de cellisca.
—Con suerte encontraremos un sitio para acampar— terció sin apartar la mirada dispar de la inclemencia meteorológica.
Ella dejo escapar un suspiro, resignándose a la incierta suerte que les aguardaba. La cortina liquida no admitiría premura.
Clavó la mirada en el cielo. El melancólico paisaje evocaba en lo más profundo de su memoria el día de la muerte de Itachi. Tragó el nudo que comenzaba a hilvanarse en su garganta. Dos años habían pasado desde aquel fatídico suceso, pero lo llevaba consigo, tan impregnado como el exquisito aroma de Sakura. Le llegaban rápidas inmersiones de las que emergía aturdido, gracia a los pensamientos que no era capaz de elegir ni controlar. Los viejos recuerdos lo perseguían.
—En verdad, detesto la lluvia— confesó.
Sakura parpadeó, impresionada. Era la primera ocasión en la que él, motivado por la confianza, admitía algo en voz alta. Lo observó de reojo, procurando no abrumarlo con el inusitado escrutinio que ella realizaba.
—Mi madre solía decir que era una manifestación de tristeza del cielo— continuó, con la mirada fija en la lejanía, en algún punto perdido en el tiempo y el espacio.
—Tu madre era una mujer sabia— subrayó sus palabras con una media sonrisa.
Sasuke asintió en silencio. Hablar con Sakura respecto a su familia resultó más sencillo de lo que imaginaba. Intentaba evitar el tema tanto como era posible, evocar los recuerdos sobre su clan aún era doloroso: la herida no sanaba por completo.
—Deberíamos continuar con nuestro camino— indicó con determinación.
— ¿De que estas hablando?— cuestionó alarmada—. Si caminamos con esta lluvia alguno de los dos pescara un resfriado.
Sasuke exhaló con fuerza. No podían darse el lujo de permanecer un día más en el País de la Hierba. Estaban cerca de la frontera, un largo sendero aguardaba por ellos si deseaban adentrarse en los paisajes rocosos de Iwagakure.
No obstante, Sakura tenía razón. Era riesgoso adentrarse en la intimidad del bosque con esa tormenta, mas no tenían otra opción.
—Si quieres ganarte el corazón de Sakura, debes mostrar más iniciativa, muchacho— le había dicho Pakkun aquella noche en la que acudió a su maestro, buscando un desesperado consejo.
—No sé cómo hacerlo— admitió, apenado. Para un ninja de su clase no existía proeza imposible, pero en las cuestiones del corazón pocos triunfaban.
—Es sencillo, solo debes actuar en el momento apropiado— agregó con seguridad el canino, depositando un libro sobre su regazo.
—Comienza con pequeños gestos— sugirió el peliblanco—.Como tomarla de la mano mientras dan un paseo, evitar que se moje en la lluvia, ofrecerle tu capa cuando haga frio, prepararle el desayuno— enlistó, acariciando con el dedo índice su barbilla.
—Cualquier chica caería rendida a tus pies— dijo Pakkun, guiñándole un ojo.
—No quiero a cualquier chica— masculló, apenado.
—Inclusive una joven tan temperamental como Sakura.
Dejó escapar un largo y pausado suspiro. Era absurdo seguir los consejos de un hombre que pasaba sus ratos libres absorto en la lectura erótica, acompañado de su fiel y parlante ninken.
Cansado, resolvió proseguir con la travesía, era mejor mojarse y tener la posibilidad de adelantarse antes de que el clima arreciara, a verse obligado a esperar una intervención cosmogónica. Salió del refugio, siendo recibido por la gélida brisa y una fuerte llovizna, que en cuestión de segundos había humedecido su capa.
— ¿Pero qué demonios?— soltó Sakura, terciando si debía seguirlo en su incesante arrebato o ignorarlo.
— ¿Planeas quedarte ahí el resto del día? — indagó. El cabello mojado se le pego desagradablemente al rostro.
Tras unos segundos de cavilación, Sakura lo alcanzo, abandonado el refugio con pasos renqueantes. Contuvo una maldición al enfrentarse a las destemplanzas climatológicas de aquella mañana de primavera. Era entretenido, al menos para los ojos de Sasuke, atisbarla ofuscada.
—Eres tan obstinado, Uchiha Sasuke— se hizo eco en ella, sacando la voz a duras penas.
Antes de permitirle continuar con asiduo parloteo, acalló sus balbuceos al formar el brazo del poderoso ente Susanoo. La extremidad liliácea brotó de su costado derecho, formando un nuevo presidio para resguardarlos del diluvio. Pocas veces recurría a las técnicas concedidas por el Mangekyo Sharingan, la mayor parte del tiempo lo utilizaba en batalla. Era un proceso tormentoso, podía sentir el dolor en cada célula de su cuerpo, pero eso no sería un impedimento para evitar que Sakura se mojara.
Posiblemente sus ancestros estarían decepcionados. El Susanoo era un humanoide espiritual perfecto para la batalla, ningún Uchiha en sus cinco sentidos, recurriría a la técnica con el afán de cumplir meros fines románticos.
Ella lo contempló como si se hubiese percatado de su presencia de repente.
— ¿Haces esto con frecuencia?— preguntó intrigada, y al mismo tiempo preocupada, analizando, maravillada, los detalles de aquellos huesos forjados con chakra.
—Solo en ocasiones especiales— explicó, manteniendo la vista fija en el camino, realizando un esfuerzo sobrehumano para no toparse con aquellos fanales esmeraldas.
Los dos prosiguieron por el estrecho sendero, delimitado por los vehementes troncos de los árboles. La tierra bajo sus pies empezaba a convertirse en lodo, transformado el terreno en una trampa resbalosa.
Cubiertos por el manto del mutismo natural, la avizoró por el rabillo del ojo; su cabello estaba más largo, aun asi siempre mostraba la oreja izquierda. Recordaba que le gustaba la melena larga, había sido su orgullo tiempo antes de ingresar a la adolescencia, hasta el día que lo cortó con el filo de su kunai, buscando protegerlo de aquellos ninjas del sonido.
La pelirosa miro hacia el cielo un momento.
—Aquella noche en la posada, me percate que has dejado crecer tu cabello, ¿hay una razón en específico?— preguntó, hilvanando una pequeña sonrisa.
Había cambiado su aspecto radicalmente, cualquiera que tuviese la dicha o desgracia –dependiendo de la circunstancia-, de cruzarse en su camino, jamás apostaría que se trataba de Uchiha Sasuke. Intentaba pasar desapercibido, convertirse en una especie de sombra esquiva. El poncho marrón claro cubría la mayor parte de su cuerpo, ayudándolo a ocultar su brazo faltante.
—El rinnegan acarrea demasiados problemas— respondió, viendo de soslayo a su compañera.
— ¿Qué clase de problemas? — cuestionó, ligeramente escandalizada.
Él suspiró, tarde o temprano llegaría el momento de desvelar el secreto.
—Asustaba a los niños.
El destello de una mirada de divertida sorpresa cruzó el rostro de Sakura, turbándola por un segundo o más.
—Tal vez tengas un aura intimidante— reconoció; su voz sonó suave y cálida, tal como la brisa primaveral—, pero detrás de esa fachada hay un hombre afable.
Su corazón dio un vuelco al escucharla recitar esas palabras. A pesar de todo lo que había hecho, del daño que le causó gracias a sus erráticas y mal dirigidas decisiones, jamás dejo de contemplarlo con cariño.
— ¿A que vino eso tan de repente?— cuestionó, intrigado.
—Nada, solo tenía curiosidad— Sakura se rió, regresando la mirada esmeralda al despejado prado que les aguardaba.
Debía agradecerle a Pakkun y Kakashi, lo haría cuando regresara a Konohagakure.
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Después de una larga racha de lluvia y viento, el cielo comenzó a despejarse poco antes del atardecer. Habían recorrido un largo camino, si sus cálculos no fallaban arribarían a la frontera entre Iwagakure y Kusagakure al anochecer.
La luz caía como joyas a través del follaje fresco, reflejando el ímpetu del glorioso día. El sendero salía del bosque a las anchas riberas herbosas del río. Caminaron corriente arriba y volvieron a adentrarse en la oscuridad de los árboles. De vez en cuando, Sakura llenaba los lapsos de mutismo con algún relato, como nunca fue un hombre de muchas palabras prefería mantenerse callado y escuchar, sobre todo cuando se trataba de su compañera, era una especie de hábito antiguo que lo arrastraba a los inicios del equipo siete.
El viento del sur barría los oscuros nubarrones que cubrían el cielo. Las hojas de los árboles, de un vibrante color verde se mecían al compás de la brisa, reflejando los destellos de los rayos del sol. No existía rastro de la tormenta matutina, salvo las irregularidades esparcidas por el terreno lodoso y el olor a preticor perceptible en cada rincón del bosque.
Mientras deambulaban por la intimidad del boscaje, reparó en la gavilla de sentimientos apilados en su pecho, como una violenta tolvanera. Situó sus ojos sobre la brillante ladera de la montaña; las espigas de gramínea se balanceaban al ritmo del céfiro, al igual que los rosados cabellos de su compañera. Había pasado mucho tiempo inmerso en la oscuridad, persiguiendo una ambición que lo llevó a perder el juicio sin reparos. Se empeñó a romper los lazos forjados con los integrantes del equipo siete sin importarle el dolor que causaría en ellos.
Hoy en día, se consideraba indigno de los sentimientos de Sakura, tal como sucedió años atrás, cuando el dejo recostado sobre aquella banca, inconsciente, mientras él se adentraba en un sendero de dolor sin retorno.
—Supongo que es normal, considerando todo lo que sucedió antes y después de la guerra— concluyó Sakura.
Estaban hablando sobre la repentina temporada de bodas suscitadas poco tiempo después del enlace nupcial entre Naruto y Hinata. Los once de Konohagakure se tomaban un descanso del mundo shinobi para establecerse, consideraban que era el momento apropiado para centrar su atención en otros objetivos, el gran enemigo había sido derrotado; en tiempos de paz permitían vislumbrar el futuro.
—Tal vez—murmuró, manteniendo la vista al frente.
Durante el tiempo de encierro, meditó respecto algunos temas delegados al olvido: el matrimonio y la familia. La ambición de revivir a su clan había muerto el día que descubrió la verdad sobre Itachi; un ninja vengador no podía alojar esa clase de pensamientos, estaba consumido por el odio y la desesperación. Fue en ese preciso instante que se percató que jamás le dijo a Sakura que temía hundirse.
Se había excluido del mundo, y carecía de confianza para proceder en busca de un pensamiento más osado. Tal vez los sentimientos de Sakura hacia él cambiaron. No iba a culparla, entendería si el amor que durante tanto tiempo le profesó se había desvanecido, ya no eran los niños que buscaban cascabeles en los campos de entrenamiento ni los poderosos shinobis que enfrentaron a una diosa durante la guerra, ahora eran dos personas adultas, absortas en el complicado terreno de los sentimientos y las emociones.
— ¿Por qué no lo hiciste?— preguntó sin darse cuenta, tomándola por sorpresa.
Aunque su cuestionamiento no era del todo claro, Sakura entendió lo que quería decir.
—No todos estamos destinados a seguir el mismo camino— respondió resignada, encogiéndose de hombros.
«Sakura-chan pasa días y noches enteras trabajando en el hospital» mencionó Naruto en alguna de sus cartas. Él no podría volver nunca a la aldea, le apenaba pensar que Sakura se estaba destruyendo por su culpa.
—Sakura…—habló, escogiendo cuidadosamente las palabras.
—No me mires de esa forma, Sasuke-kun— espetó, contemplándolo de soslayo al mismo tiempo que fruncía el entrecejo—.Hace tiempo que hice las paces con ese tema.
Estuvo pensando en una respuesta congruente, pero no era capaz de imponer un orden a sus pensamientos. La realidad de que Sakura no considerara a nadie merecedor de sus sentimientos lo tranquilizaba, sin embargo, existía la ínfima posibilidad de que tampoco estuviesen vigentes para él.
Envuelto en la maraña de cavilaciones, frenó el paso sin previo aviso, obligando a Sakura a detenerse.
— ¿Sucede algo malo?— preguntó en un susurro. Los caminos poco transitados eran un peligro, bandidos y otra clase de criminales aprovechaban la soledad de los senderos para interceptar a sus víctimas y despojarlas de sus partencias. Si bien, tanto él como Sakura eran capaces de apañárselas sin mover un dedo, no estaba de más permanecer alerta.
No obstante, aquel sitio le era familiar, había estado ahí con anterioridad, mas no podía remarcar con exactitud el cuándo o el por qué.
—Acompáñame— dijo sin pensar claramente en lo que decía.
— ¿Disculpa?— parpadeó aturdida, enmarcando una delgada ceja rosada.
—No hagas preguntas, solo sígueme— solicitó, aferrándose a la poca paciencia que poseía.
Sakura se encogió de hombros y, sin más dilaciones, enfiló el paso detrás de él. Cuidadosamente se abrieron paso entre las ramas y los matorrales, estaban saliendo del camino, adentrándose en una zona desconocida.
—En verdad detesto cuando utilizas ese tono tan demandante— profirió Sakura, poseída por una mezcla de rabia y frustración.
—Eres bastante obstinada, Sakura.
Un suspiro se elevó por encima del crujir de las ramas al pasar sobre ellas, sabía que estaba en lo correcto, pero era demasiado orgullosa para admitirlo.
Caminaron alrededor de veinte minutos bajo la arboleda, envueltos por el cómodo silencio. El sol besaba las montañas a medida que comenzaba su descenso.
—Por aquí— indicó el Uchiha, situándose con habilidad sobre el tronco del árbol, asegurándose de concentrar la cantidad de chakra necesario en sus pies para mantener el equilibrio.
Pocos segundos después y con un jadeo resignado, la pelirosa lo siguió. Cuando se plantaron sobre una de las ramas más gruesas, ella lo miró sin comprender que era lo que estaban buscando.
— ¿Hacia dónde nos dirigimos, Sasuke-kun?—preguntó clavando la mirada esmeralda sobre su rostro pétreo.
—Ya lo veras— aseguró, procurando sosegar sus nervios.
Nuevamente, la esquelética extremidad del Susanoo brotó como una concentración de chakra liliácea. Sakura lo contempló, evidentemente confundida.
—Toma asiento— ordenó, sonando más osco de lo que pretendía. Ella le dedicó un miramiento escéptico, luciendo insegura ante sus intenciones—.Quiero mostrarte algo— agregó luego de lanzar un suspiro derrotado, extendiéndole una mano en señal de tregua.
Temerosa, deslizó los largos y finos dedos por la extensión de su palma, enviando un latigazo de escalofríos por toda la extensión de su espalda. Su tacto era grácil, tan ligero y delicado como una pluma. Ambos rodearon sus muñecas al afianzarse. Sakura lo contempló fijamente, notando el fulgor resguardado en sus bellos ojos color esmeralda. Durante años, había contemplado el mundo a través de la oscuridad de sus propios fanales ónix, pero hoy se encontraba cautivado por el brillo de aquella mirada lemanita, tan transparente como para permitir que sus oscuros e incongruentes pensamientos fluyeran.
Aquel gesto fue estimulo suficiente para que sus neuronas y se crisparan en respuesta. Después del ínfimo contacto, se puso de puntillas, reposando con elegancia sobre la palma huesuda del humanoide que solo lo acompañaba en batalla, pero que esta vez acudía a él con la misión de auxiliarlo a impresionar a una chica.
Ofuscado, carraspeó un poco para disipar la piquiña contenida en su garganta. Una vez que se aseguró de que Sakura se encontraba en la posición correcta, extendió el brazo del Susanoo, situándolo por encima del precipuo.
— ¡Sasuke-kun!— lo llamó asustada, aferrando las manos a la superficie de los huesos escafoides de la entelequia violácea. Abrió la boca para decir algo más, pero enmudeció al atisbar el paisaje.
El cielo comenzaba a teñirse de distintos tonos que comenzaban a difuminarse: el rosa se apreciaba en el contorno de las montañas, y pasaba a cálidos naranjas y álgidos azules cerca del este, por encima de los árboles. El agonizante sol perfilaba la silueta de todo a su alrededor, lanzando los últimos rayos de luz entre las nubes. Al pie de la cordillera, el serpenteante rio transformaba sus cristalinas aguas en un manto de plata, reflejando el espectáculo del firmamento.
Una sensación de quietud se instaló en su pecho. Al igual que Sakura, se encontraba cautivado y no precisamente por el horizonte, si no por ella.
—Es hermoso— dijo Sakura, embelesada por lo que estaba presenciando—.Gracias, Sasuke-kun—recitó al devolverle la mirada; un bonito rubor coloreaba sus mejillas.
—Solo quería compartirlo contigo— admitió, clavando los ojos azabaches al frente, justo en el sitio donde el astro comenzaba a ocultarse detrás de las montañas.
Transcurrieron un par de minutos hasta que los últimos halos de luz desaparecieron. De nuevo esa sensación inexplicable que siempre aparecía justo después de que algo aconteciera algo entre los dos, se extendió en su pecho. Había muchas cosas que no entendía todavía, pero estaba tratando de comprenderlas. La intimidad y el cariño que sentía hacia Sakura jamás los experimentó.
Cuando descendieron del árbol lo único que encontraron fue la oscuridad de la noche. El cielo estaba despejado, sin una luna que iluminara el terreno con su pálido resplandor.
Se apeó del tronco con la misma habilidad que un gato, plantando los pies firmemente sobre la tierra. Mientras contemplaba a su alrededor, concluyó que pasarían la noche en ese lugar, era inútil proseguir con su caminata en medio de la noche, ambos necesitaban recobrar energía antes de continuar.
—Montaremos el campamento aquí— anunció, buscando con la mirada un sitio despejado que les permitiera tender los sacos de dormir. El suelo aún estaba húmedo, lo cual complicaría encender una fogata.
—Está bien, yo iré a…
La respuesta de Sakura se vio interrumpida al resbalar; la tierra aún tenía una consistencia resbaladiza, similar a la del fango. Tan rápido como sus reflejos se lo permitieron, se situó detrás de ella evitando la vergonzosa caída.
No era la primera vez que terminaban en esa posición, y muy en el fondo, esperaba que no fuese la última. Hundió la punta de los dedos sobre la piel cubierta por la tela de la capa, justo en el brazo; la cabeza de Sakura yacía ligeramente recostada sobre su pecho, tenía los labios entreabiertos por la impresión y había enrojecido hasta la raíz del pelo. Sus ojos jades lo avizoraban con detenimiento, transportándolo a aquel recuerdo que todavía rondaba por sus sueños. Sabía que también evocaba efigie: ambos en medio del desierto, demasiado exhaustos para mover un musculo, y sumamente desconcertados para decir algo. Aun rememoraba con exactitud la frustración que lo embargo al no dar con su paradero, tenía el rastro en sus manos, era capaz de olerla y sentirla, mas no la veía. Su corazón latió con fuerza al verla, diluyendo el temor de perderla. Sus sentimientos no eran tan claros en aquel momento, sin embargo ahora lo contemplaba claramente.
—Lo lamento— se disculpó apenada, alejándose de él para darle espacio.
Tal como sucedía cuando ella se apartaba, notó como algo se hundió en su interior, sin nada que pudiera rellenar ese vacío, quedo un hueco en su corazón.
—Iré a buscar algunas ramas para la fogata— anunció sin inmutarse en contemplarla.
Lo que necesitaba era calmar sus nervios en un lugar tranquilo, alejado de Sakura. Un instante más tarde, cruzó los matorrales que formaban una especie de barrera natural, sumergiéndose en la envolvente oscuridad.
Continuara
N/A: Muchísimas gracias a todas las personas que han tomado parte de su tiempo para leer esta historia, añadirla a sus favoritos, darle follow y dejar un bonito review.
No saben cuánto me alegra saber que el primer capítulo ha sido de su agrado. La historia se desarrolla lenta, pero segura, asi que ténganme paciencia, no quiero escatimar en detalles :D
Como ya lo han notado, el capítulo abre con algún recuerdo en específico, me pareció interesante hacerlo de esta forma, puesto que permite añadir más elementos y plasmar ciertas situaciones desde la perspectiva de Sasuke, solo para entrar en contexto :3
También, había olvidado mencionarlo en el capítulo anterior, pero algunos fragmentos del fic están basados en distintas ilustraciones SasuSaku, en especial de Sekibeing, considero que su trabajo es como una brisa de aire fresco y un bálsamo para la inquietud que nos provoca la incertidumbre de este periodo en blanco de nuestra pareja favorita.
Antes de finalizar, quiero agradecerles nuevamente por su paciencia y apoyo, donde quiera que se encuentren, les envió un fuerte abrazo :3
Sin nada más que añadir, yo paso a retirarme.
¡Saludos! ¡Cuídense mucho! Y espero leerlos pronto
¡Hasta la próxima!
