Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra del gran Masashi Kishimoto.
Ikigai
Capítulo 3: Shoganai
Quiere decir que no se puede evitar, y anima a que la gente se dé cuenta de que algo que ha pasado no ha sido culpa suya, y que ha de seguir adelante sin remordimiento.
No podía recordar el momento exacto en que sus sentimientos hacia ella se volvieron tan complicados. Durante años se había empeñado en mantenerla alejada, intentó con todas sus fuerzas no establecer un lazo, porque sabía, demonios, sabía que aquello solo complicaría su insensata encomienda personal. Pero sucedió, y cuando pretendió eliminar sus conexiones de tajo, se percató que estaba solo y perdido, vagando en un sendero de oscuridad sin sentido, carente de propósitos.
Fue en el Valle del Fin, mientras él y Naruto yacían en silencio, con la mirada fija en el cielo atestado de estrellas que se percató del daño que había causado. La idea de morir nunca le pareció aterradora, tenía la certeza que algún día llegaría, tal vez dentro de muchos años, cuando fuese demasiado viejo para moverse o realizar cualquier actividad por su cuenta, o demasiado joven, tirado entre las rocas, el pasto y su propia sangre. Sin embargo, lo que más le horrorizaba era marcharse de ese mundo sin tener atisbo de esos hermosos fanales esmeraldas por última vez, debía pedirle perdón, decirle lo mucho que se arrepentía al haberle causado tanto daño, puesto que no lo merecía. Dudaba que aquella disculpa borrara el menoscabo de los últimos tres años, pero nada perdía con intentarlo.
No obstante, arribó a su rescate; envuelta en llanto, se aseguró de detener la hemorragia. Intentó decir algo, mas no fue lo suficientemente valiente para recitar palabra.
Durante largo tiempo, tumbado sobre de espalda, estuvo mirando la negrura del cavernoso techo de la tienda. Los ronquidos de Naruto formaban un contrapunto. Estaba exhausto, pero no tenía sueño. Le incomoda la puntada precisa y tensa de la herida. Sentía el cuerpo magullado, molido. Tenía un par de huesos rotos y algunas hemorragias internas, Tsunade había mencionado que era un milagro que ambos continuaran con vida, tomando en cuenta su deplorable estado. Cada célula de su ser estaba sometida a una caótica agonía, tan impetuosa que podría perturbarle el descanso a cualquiera. La extenuación lo volvía más vulnerable a los pensamientos que quería evitar. Estaba pensando en los lazos que lo unían a ciertas personas, en las situaciones que lo habían empujado a tomar una serie de decisiones erradas, imprudentes y peligrosas.
Mientras reflexionaba sobre el curso de su ambigua y anárquica existencia, el sueño le iba venciendo, pero solo durante algunos segundos. Luego despertaba en el catre, bañado en sudor, tal vez por la fiebre, con un nudo atascado en su garganta y una sensación de opresión constriñéndole el pecho.
Despegó la mirada del techo, irritado. La bruma de pensamientos confinados en lo más recóndito de su mente avivaba el ardor en su garganta; sentía culpa, por más que intentase negarlo, su subconsciente se encargaría de restregárselo, ya fuese con alguna serie de recuerdos o una violenta oleada de sentimientos.
La respiración se le cortó y se solidifico en sus pulmones al percatarse de la figura que permanecía de pie cerca de la entrada. No estaba asustado. Los ANBUS que custodiaban el ingreso solo habían admitido a tres personas durante el transcurso de la tarde; La Hokage en turno, su mentor, Kakashi y, por supuesto, Sakura. El aire comenzó a desvanecerse lentamente, el mundo a su alrededor daba vueltas; el desesperado palpitar de su corazón le indicaba que tal órgano vital se retorcía entre vuelcos desesperados mientras sus procesos mentales se reducían a niveles increíblemente bajos.
Contemplarla era más doloroso de lo que había pensado.
—Lo lamento— dijo en un susurró apenado, asegurándose de establecer una remarcada distancia entre ellos—.No era mi intención perturbarte.
Absorto en la oscuridad, la observó de pies a cabeza: aun portaba el típico uniforme de la aldea, sucio y desgastado por las demandas de la batalla. Su brazo derecho estaba envuelto en una manga de vendas, perfectamente colocadas para proteger la piel dañada por el ácido de alguna infección ambulatoria. Dubitativo, reparó en su rostro exiguo; las bolsas bajo sus ojos delataban la falta de descanso y el tiempo que había pasado envuelta en llanto, la punta de su nariz estaba enrojecida y sus carnosos labios, resecos y pálidos. La extenuación le confería un aspecto enfermizo. Estaba, determinó tras su rápido escrutinio, derruida.
—No podía dormir de cualquier forma— respondió a secas, reincorporándose paulatinamente sobre la camilla, sintiéndose un poco mareado por el esfuerzo.
—Solo quería asegurarme que ambos estuviesen bien— musitó Sakura, acercándose a la cama con pasos renqueantes.
Consideraba el significado de la palabra bien demasiado ambiguo para su gusto. La mayoría de sus heridas fueron atenidas con diligencia, sin embargo, estaba envuelto en dolor; sentía la piel envuelta en llamas, tenía la impresión de que sus huesos se quebrantaban conforme ejecutaba cualquier movimiento. Los parpados le pesaban, pero cuando se sumergía en la negrura de estos, los recuerdos acudían a él, perturbándolo de nuevo. No era más que un patético despojo humano. Podía considerarse afortunado al solo haber perdido un brazo, pero aquello no le brindaba ni el más ínfimo consuelo.
Por primera vez en la vida se quedó sin palabras. No se le ocurrió nada mejor que decir, temió que el silencio pudiera instaurarse, y la torpeza sería un preludio del momento en que ella dijera otra absurda disculpa y optara marcharse.
—Ni siquiera es capaz de dormir tranquilo— masculló ella, con la mirada lemanita clavada en la figura del cuerpo que reposaba en la camilla situada al otro extremo de la tienda. Trataba de mostrarse frívola sobre toda esa catastrófica coyuntura.
—Ya conoces a Naruto— replicó monótono. Su voz sonaba más ronca que de costumbre, quizás por los sentimientos galopados en su garganta.
La escuchó lanzar un sonoro suspiro de resignación mientras situaba la única silla disponible a un costado de la camilla. Notó como las dudas surcaban su rostro, estaría debatiéndose si era apropiado permanecer un rato o regresar al campo. No obstante, se decantó por la primera opción, dejando caer élegamente su cuerpo sobre el metálico escabel.
—También deberías dormir un poco, al menos intentarlo— terció, frunciendo ligeramente el entrecejo en señal de preocupación.
—No puedo dormir— zanjó, sonando más tajante de lo que pretendía.
Quizás estaban demasiado turbados para bajar la guardia.
—Tú deberías considerarlo— señaló, reparando en el rostro extenuado de la pelirosa.
—No puedo hacerlo, me necesitan allá afuera— espetó con una ligera sonrisa, indicando con un movimiento de cabeza la dirección mencionada.
Su labor como ninja medico era crucial en esos momentos.
Ambos recayeron en un inusitado e incómodo silencio; ¿Cómo era posible que se trataran como dos desconocidos?, deseaba que todo fuese como antes, que nada de eso hubiese ocurrido, que las cosas sucedieran de forma distinta, pero era demasiado tarde para eso. Quería decirle cuanto lo lamentaba, pedirle perdón no solo por los últimos acontecimientos, sino también por todas las malas decisiones en su vida. Pero era incapaz de hacerlo, sentía las palabras atravesadas en su garganta como la filosa hoja de una daga.
Notó el liviano peso instalado en el delgado colchón de la cama; la mano de Sakura se ubicaba a unos cuantos centímetros de su muslo, cuidadosamente apartada, entreabierta, incitándolo a aferrarse a ella.
Vacilante, escurrió sus largos y callosos dedos por la longitud de aquella nívea y endurecida palma, aprehendiéndose de su muñeca como si su vida dependiera de ello. Apartó la mirada de sus manos y la posó sobre su rostro, notando como una expresión despavorida ensombrecía las delicadas facciones de Sakura. Tal como lo había previsto, intentó alejarse, el contacto la tomó por sorpresa. Sin embargo, se encargó de retenerla, no iba a permitir que se escabullera como la arena.
—Sasuke…— masculló con dificultad, haciéndose eco en su estremecimiento. Lo contemplaba con los ojos muy abiertos debido a la conmoción. Las siguientes palabras que abandonaron sus labios no fueron más que incoherentes tartamudeos, oraciones inconclusas que rayaban en el borde de la incoherencia.
—Lo siento…lo siento, lo siento tanto— recitó en un hilo de voz.
Ambos recayeron en una afonía consternada. El tiempo se detuvo y cuando retomó la marcha lo hizo de una forma tan vertiginosa que sus oídos comenzaban a zumbar. Sakura cerró los ojos con fuerza en un patético intento por contener las lágrimas. La tristeza alcanzó la base de su regia mirada al contemplarla. Anhelaba tenerla cerca y sentir sus delgados brazos aprisionándolo contra su cuerpo, mientras acariciaba su cabeza y mascullaba en su oído que todo estaría bien, aun cuando aquello fuese mentira.
Eso no iba a suceder. Estaba demasiado asustada y confundida para acercarse.
—Desearía que nada de esto hubiese ocurrido— recitó, exponiendo la sinceridad de sus pensamientos en cada palabra recitada.
—No…— dijo ella en un trémulo susurro; las lágrimas descendían por sus mejillas como una tempestuosa tormenta. El llanto era tan violento que sus palabras quedaron suspendidas en el aire, transformándolas en dolorosos sollozos.
—Sakura…— volvió a llamarla, tal vez para asegurarse que todo estaba bien. Sin embargo, aquella pretensión le pareció sumamente absurda, y optó por desistir.
En cuanto vertió la primera lagrima, el llanto fue imparable. Las gotas saladas resbalaban por sus mejillas, cayendo en grandes goterones sobre sus pantalones. Era la primera vez que contemplaba a alguien sollozar con tanta desesperación. Ella continúo llorando en silencio, aferrada a su mano, con los dedos entrelazados. También quería hacerlo, sentía la impetuosa necesidad de dejar fluir las penas a su lado, pero no podía, sus ojos estaban tan secos como cenizas. Durante sus cortos sueños había llorado, y las lágrimas se convirtieron en vapor al rozarle las mejillas.
—Sakura-senpai— llamó alguien al exterior de la tienda.
Aun atrapada entre sollozos, se las arregló para rectificar la espalda. Restregó una mano contra su rostro, intentando disipar el engorroso rastro de lágrimas.
—Tengo que marcharme— espetó. Trago grueso, aun sin poder contemplarlo directamente a los ojos. — Debes descansar.
Sasuke asintió, aquello más allá de sonar como una sugerencia era una orden. Cuando se puso de pie soltó su muñeca, extrañando el cálido tacto de su mano.
En silencio, la contempló desde el confinamiento de la camilla. Ella se detuvo durante un segundo o más cerca de la entrada, y en un parpadeo, la vio precipitarse al exterior sin desvelar tentativa de mirar atrás, tal cual lo había hecho él cuando la dejó en aquella banca tres años atrás. Sakura se adentró en la espesura de la noche, tan tormentosa como sus sentimientos; tan umbrosa como su alma.
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La luz proveniente de las llamas comenzaba a extinguirse. De la fogata solo quedaban las brasas y la ceniza, privándolos de la única fuente de calor disponible en medio de la umbrosa y gélida noche. El firmamento se había privado de la presencia de la luna, pero sobre su cabeza parpadeaban un millón de estrellas.
A su alrededor, revoloteaba una luciérnaga que brillaba con luz mortecina; era demasiado débil y pálida. En la oscuridad de la noche se oía el ruido del agua, habían montado el campamento no muy lejos de la orilla. Los alrededores estaban sumidos en penumbra, una oscuridad tan profunda que, tras apagarse el fuego, no vislumbraba sus pies siquiera.
Aquella era una de esas noches donde era incapaz de conciliar el sueño. Se removió rígidamente en el duro catre de hierba, al cerrar los ojos, agudizó los oídos percatándose del viento con una claridad meridiana. El tacto de la fría brisa envió escalofríos por todo su cuerpo, obligándolo a levantar los parpados de nuevo para clavar la mirada en el cielo.
Echó un vistazo en dirección a donde Sakura dormía; estaba recostada dándole la espalda, envuelta en la calidez que le brindaba el saco de dormir, su cuerpo estaba tan rígido que parecía congelado. Sin embargo, de su boca brotaban palabras, jadeos; las bocanas de aire que tomaba eran desesperadas. No necesitaba ser un genio para deducir que la pelirosa estaba teniendo una pesadilla. Aquellos sueños eran comunes entre los shinobis, algunos más recurrentes que otros, e incluso más perturbadores y tormentosos. Él también los experimentaba, con mayor frecuencia de lo que le gustaba admitir. Se trataba de una reacción rudimentaria ante los traumas.
Por alguna extraña razón detestaba atisbarla en ese estado, tan derruida y astillada que era capaz de atisbar las grietas en su alma.
Indeciso, abandonó el franco catre y acortó la distancia que los separaba. A pesar de la negrura que los rodeaba, vislumbró el entrecejo fruncido y la forma en que la comisura de sus carnosos labios se curvaba hasta formar un puchero; aferraba sus largos y nimios dedos al borde del saco, al mismo tiempo que convulsionaba bajo las cobijas. Cayó de rodillas en el suelo, justamente a un costado de aquel trémulo cuerpo.
—Sakura— la llamó en voz baja, realizando un esfuerzo sobrehumano para no tocarla—, despierta.
De no ser el shinobi de elite y poseer afilados reflejos, el escalpelo de chakra habría atravesado su garganta. Los dedos se tensaron alrededor de la delgada muñeca, ejerciendo la fuerza necesaria para llamar su atención. Aquellos ojos esmeraldas lo vislumbraban con una ira divina; las finas cejas rosadas solo acentuaban el gesto de acusación a la par que fruncía los labios hasta formar una fina y tensa línea recta.
Sintió una punzada de dolor, pero no físico, sino mental, al ser testigo de aquella ira desnuda que sabía debía haber incitado, pero que siempre intento evadir. Las entrañas se le removieron a causa de la culpa inquietante que llevaba estrangulándolo durante los últimos años.
Sabía que era el protagonista de sus más sórdidas pesadillas: él enroscado los dedos alrededor de su pálida garganta, amenazando con robar su último aliento; la luz electrizante emana de su amaestrada palma, mientras el sonido distante del trino de los pájaros se ahogaba bajo el impetuoso palpitar de su corazón. Aquella imagen quedaría grabada en su mente como un hierro ardiente. Sintió ganas de vomitar con solo evocarlo, percatándose del escozor y el amargo sabor de la bilis al subir por el tubo digestivo, haciendo un esfuerzo sobrehumano para contenerlo en el fondo de la garganta.
— ¿Sasuke?— preguntó en un susurro chorizado. Su piel estaba aperlada por el sudor. Aprisionada bajo sus dedos la notó temblar—. Sasuke, no quise…—mordió su labio inferior, dubitativo, atisbando el terror y la culpa cincelado en su rostro—. Oh, Sasuke.
Un agudo sollozó reverberó de la garganta de Sakura. La soltó como si de pronto su piel se hubiese transformado en hiedra venenosa. Temblaba violentamente, al mismo tiempo que luchaba por recuperar la compostura.
—Lo siento mucho— se disculpó, estrujando los parpados mientras las lágrimas brotaban hacia el frente como torrentes. Inhalaba y exhalaba, procurando reprimir el llanto.
—Sakura, no lo hagas— el corazón le golpeaba las costillas, podía sentir como latía en su piel, bajo la garganta. Por más que se empeñara en negarlo, siempre terminaba transformándose en la fuente del tormento de Sakura.
—Lo lamento, yo…— nuevamente las palabras quedaron atascadas en su garganta. Con el dorso de la mano, ansió borrar el vestigio de las lágrimas.
Jamás habían tocado aquel tema ni siquiera en la intimidad de sus encuentros después de la guerra. Aun cuando lo evocaba entre sus más horridos recuerdos, pretendía dejarlo en el pasado, sobre la vergonzosa pila de estiércol donde acumulaba el resultado de sus desventuras, ahí donde yacía el paso por Akatsuki y las pizcas del odio desmedido.
—Puedes hablarme de ello si lo deseas— dijo, tanteando el temblor en su voz. Se giró para tocarla, aunque finalmente no lo hizo.
—No es nada— señaló, llevando las rodillas hasta la altura de su pecho, sonando más calmada.
Sasuke frunció el entrecejo. Sabía que estaba mintiendo para protegerlo, podía detectarlo en sus palabras, Itachi también solía hacerlo.
Ella intentó continuar, pero ya no quedaba nada. Algo se había perdido. Le clavó una mirada perdida con la boca entreabierta a causa de la impresión, sus hermosos ojos verdes estaban cubiertos por un velo opaco. No deseaba lastimarlo, aun cuando él continuaba infligiéndole dolor, tal vez no de manera indirecta, pero los vestigios del pasado difícilmente se desvanecerían en el viento, perdurarían en la memoria aun cuando la herida hubiese sanado.
La vislumbró inclinar el cuerpo hacia adelante; en cuanto vertió la primera lágrima el llanto fue imparable. Lloraba enhorcada hacia el frente, con las manos apoyadas en el suelo y las uñas clavadas entre la tierra y las hierbas. En un acto reflejo, alargó la mano, posándola sobre su hombro. La miraba atento y con una profunda preocupación danzando en sus ojos color ónix, una consternación que iba más allá del bienestar de Sakura.
Su cuerpo se agitaba por pequeñas convulsiones. Debía sentirse claustrofóbica en su propia piel. Temblorosa, logró ponerse de pie, alejándose del tacto del azabache. Restregó las manos contra sus ojos, expulsando el aire en un intento por contener las erráticas lágrimas. Su llanto era doloroso, no solo para el alma, sino también para el cuerpo.
—En verdad lo lamento— volvió a disculparse, sacando la voz.
—Está bien, Sakura— la tranquilizó, abandonando el incómodo asiento en el que reposaba desde hace rato, sintiéndose extraño consigo mismo—, se cómo se siente.
Si bien la causa de sus pesadillas era diferente, estaba familiarizado con aquella claustrofóbica sensación de encierro, era como si los pulmones se estrujaran dolorosamente, cortando el flujo de aire, presionando el pecho a la par que las lágrimas fluían imparables.
Lo más apropiado sería dejarla un momento a solas, mientras conseguía apaciguar el llanto y sosegar sus pensamientos. Dubitativo, dio un paso al frente, revelando la tentativa de marcharse.
— ¿A dónde vas?— preguntó, contemplándolo fijamente.
La observaba desde una distancia prudente, notando como su cuerpo aún se sacudía como estela del vehemente llanto. Permanecía de pie, inerte, con los pies clavados en la gélida tierra. El rastro desgarrador de la culpa tiraba de su garganta, era como si alguien hubiese atravesado su pecho con la afilada hoja de una katana. Aquel horrible recuerdo permanecía oculto en el interior de ambos y comenzaba brotar como la sangre.
—A caminar— apuntó en un susurro—, de cualquier forma no puedo dormir.
Las piernas le temblaban, tal vez por la impresión. Necesitaba salir de ahí en cuanto antes. No era capaz de contemplarla, puesto que era un cobarde. Su mente estaba envuelta en un enjambre de pensamientos que no era capaz de controlar.
Cuando pasó a su lado, notó un suave tirón; al echar un vistazo por encima de su hombro, se percató como los finos dedos de Sakura se aferraban al borde de la tela, frenando cualquier tentativa de escape que hubiese forjado en la intimidad de su subconsciente.
—Por favor, no te marches— suplicó, buscando desesperadamente el consuelo que solo su mirada era capaz de brindarle—. Quédate conmigo.
Las palabras se le antojaron tan puras como un bálsamo para su alma quebrantada. Le habría gustado tener el valor para recitarlas aquella noche en la tienda, después de la cruenta pelea con Naruto; estaba aterrado, confuso; el futuro le parecía tan incierto que no era capaz de imaginarlo. Pero ahora todo era distinto.
Tomó asiento a lado de Sakura en el duro suelo. La cercanía de sus cuerpos ya no le parecía incomodo o molesta, todo lo contrario, disfrutaba del roce de su tersa piel, aun si perduraba un ínfimo momento. En un gesto casi reflejo, pasó el brazo por encima de sus pequeños hombros, obligándola a reposar la cabeza sobre la amplificación de su pecho. Ella continuó llorando en silencio, temblando bajo la seguridad de su agarre. Para su sorpresa, entrelazó sus dedos con los de él, tal como lo había hecho aquella noche, mientras acudía a ella en búsqueda de desesperado consuelo.
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La mañana era cálida y clara en contraste con la oscura y gélida noche que comenzaba a desvanecerse a medida que el sol se asomaba entre los picos de las imponentes montañas.
Rio abajo, se disponía una hilera de robles cuyas copas resplandecientes ondeaban con la luz danzante de los rayos del sol. Estrujándose, se abrieron paso entre arbustos de hojas gruesas y brillantes. La vegetación despendía un olor dulzón y húmedo, tal vez por el roció de la mañana.
Penetraron en el gélido bosque de cedros. Los árboles se erguían tan altos como las montañas, impidiendo el paso de los rayos del sol al tiempo que condenaban todo a las sombras. El viento circundante se enfrió de repente y la piel se le humedeció. Seguían el curso del rio. Cuando pensó que deambularía la mayor parte del día por aquel paraje, dejaron atrás la sombría vegetación para salir a una especie de cuenca rodeada de montañas. Hasta donde alcanzaba la vista, se extendían campos de verde vibrante, y a lo largo del camino, fluía un rio de aguas cristalinas.
Ninguno de los dos había recitado palabra desde el inicio de su viaje aquella mañana. Sakura aun lucía demasiado perturbado para hablar, y él, demasiado incómodo para brindarle consuelo.
La afonía se rompía de vez en cuando gracias a la sonata de la naturaleza. Entre los árboles se oían a ratos el batir de las alas de algún pájaro; un sonido tan nítido que parecía que parecía amplificado sobre el resto de los ruidos del bosque.
Consideraba que el molesto embrollo de la pesadilla era cruelmente revelador, lo último que deseaba era que Sakura aun resguardara sentimientos de temor y animadversión hacia él. Aquella silenciosa confesión solo le demostró que la herida aún estaba abierta, difícilmente sanaría, si intentaba ignorarla terminaría por desangrarlos ambos.
—Respecto a lo de anoche…— recitó la pelirosa en voz baja, con la mirada fija en el movimiento que efectuaban sus pies al desplazarse hacia el frente.
—No debes disculparte otra vez, Sakura, es molesto— respondió frunciendo el ceño. Durante las últimas horas, cada vez que Sakura abría la boca escuchaba una disculpa y eso lo exasperaba—, lo entiendo.
Continuó analizándola en silencio, tal como lo llevaba haciendo en las últimas semanas. Notó como la confusión fluctuaba entre sus hermosas facciones, obligándola a fruncir el entrecejo y atrapar el labio inferior entre la inclemente cárcel de dientes blancos.
Caminaron por el sendero bañado por la clara luz del día, adentrándose en el bosque mientras vagaban sin rumbo. Gracias al inusitado mutismo, los sonidos a su alrededor poseían una extraña reverberación. El ruido amortiguado de sus pasos parecía llegar desde lejos, como si deambularan por el fondo del mar. Alrededor de ellos flotaba una tensión palpable, como si Sakura aguardara, inmóvil, conteniendo la respiración hasta que él se alejara.
—También he experimentado esas pesadillas durante toda mi vida— confesó, quizás impulsado por la arrebatada coacción de animarla.
— ¿De verdad?— parpadeó en varias ocasiones sintiéndose ligeramente aliviado al tener atisbo de aquellos sublimes ojos verdes.
—Eran constantes después de la muerte de mis padres— dijo, sosteniéndole la mirada—, desaparecieron durante una temporada, pero siempre regresaban.
No era capaz de precisar el impulso que lo arrojaba a hablar con tanta sinceridad, pero Sakura lo incitaba a confesar sus deseos y más profundos temores. La sinceridad era algo que siempre había carecido en su vida. Gran parte de su existencia fue erigida en una mentira, resguardada perfectamente por Hiruzen Sarutobi y su grupo de consejeros.
—Lo lamento— respondió ella encogiéndose de hombros.
—Sakura— la llamó con tono censurador. Comenzaba sonar como la tímida primogénita del clan Hyuga, con quien solo había cruzado cerca de tres palabras durante su niñez y juventud. Era exasperante.
—Todo comenzó poco después de ya sabes…— comentó cuidadosamente, como si se tratara de un secreto de estado—. Empeoró una vez finalizada la guerra. Había noches en las que era incapaz de conciliar el sueño, podía ver todos esos rostros en el fondo de mi mente, escuchaba claramente los gritos y el llanto.
La voz neutra no traslucía ni la cuarta parte de la preocupación que sentía. El fulgor de una acerba agonía cruzó el rostro de Sasuke, atolondrándolo durante un segundo o más. Las ganas de abrazarla y decirle que ya nada de eso importaba, todo estaría bien, podían dejar el pasado y que él la protegería, lo embargaron. Sin embargo, no hizo tal cosa; en su lugar, se quedó de pie escudriñándola de reojo. Pasó el tiempo suficiente para reconocer sus propios miedos. Temía que en cuanto posara una mano sobre su cuerpo ella lo contemplara aterrada, tal como lo había hecho la noche anterior.
—Oh— murmuró—, no luzcas tan consternado, solo fue un desafortunado lapso de euforia desmedida— intentó tranquilizarlo, levantando la comisura de sus labios hasta formar una sonrisa tensa y fingida.
Cansado de la absurda pretensión de Sakura para sosegarlo restándole importancia a sus problemas, detuvo el paso en medio del sendero, bajo la atónita mirada verdosa.
—Por favor, Sakura, no hagas eso, no intentes fingir que todo está bien cuando ambos sabemos la verdad— el valor se escurrió un instante entre sus pulmones. Cerró los ojos, tratando de evitar la mirada inquisitiva de Sakura sobre él.
—Yo…— entrecerró los ojos, endosando la agonía en una mueca consternada—, no quiero hablar del tema— determinó, sonando más determinada.
—Está bien— concedió. No iba a obligarla a hacerlo.
Con aquella tajante oración, dio por zanjado el asunto. Cortó la conversación aduciéndose al silencio mientras se echaba andar hacia el sendero. Tenía la sensación de haber llegado a un planeta con una gravedad distinta y aquel hecho lo entristeció.
Era como si por más que intentase acercarse a ella, de una u otra manera, Sakura optara por alejarlo, dejando una incómoda sensación resguardada en su pecho.
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El cielo era de un penetrante azul oscuro cuando arribaron a la pequeña aldea. Las nubes grises se difuminaban en lo alto del firmamento como una clara señal de la tormenta que se avecinaba.
Habían realizado el último tramo del trayecto en absoluto e imperturbable silencio. Sakura se negaba a concederle un ínfimo atisbo de su mirada, manteniendo el rostro oculto detrás del carnaval de hilos rosados enhebraban la corta guedeja.
Miraba como la melena lisa oscilaba de derecha a izquierda acariciándole los hombros. De vez en cuando Sakura echaba un vistazo por encima de su hombro, pero cuando sus ojos se topaban con los de él, desviaba los fanales lemanitas al suelo o algún punto impreciso entre los árboles o el paraje, sin inmutarse en reparar en su presencia.
Luego de deambular por el diminuto poblado, optaron por refugiarse en la calidez de la única taberna disponible del lugar. Una afable joven de mejillas redondas y voz aguda los recibió, situándolos en una mesa situada en el rincón del establecimiento, alejada del estrepitoso barullo de los comensales más molestos.
Se aseguró de colocar poco más del monto indicado sobre la mesa, si tenían suerte la chica les concedería el privilegio de pasar la noche en una habitación exclusivamente para ellos, aun cuando aquel hecho fuese un tormento para Sakura.
—Oh, todo sea por la pareja de recién casados— indicó con voz dulce y una expresión de genuina algarabía.
Sakura le dedicó una sonrisa tensa, pero ninguno se esforzó en aclararle a la chica el estatus de su relación. Sin lugar a dudas, distaban de ser un matrimonio amoroso, tampoco eran una pareja de novios que había decidido escaparse de sus hogares para casarse en secreto; no eran nada más que eran un par de shinobis perturbados que buscaban la paz mental.
Cuando la joven regresó a la mesa, lo hizo con una bandeja repleta con dos platillos de sopa miso y una botella de sake. Sakura le agradeció y tan rápido como la mesera estuvo lejos de ellos, tomó la botella de porcelana y vertió una generosa cantidad de licor de arroz en el arcaico tokkuri.
El sake no era nada nuevo para él. Lo había degustado años atrás en compañía de su equipo Taka. Al igual que el resto de las prohibiciones Shinobis, jamás despertó particular interés en él. Se consideraba a sí mismo un hombre de deseos y aspiraciones mundos, detestaba los excesos y repudiaba los efectos que venían arraigados a estos.
Sin embargo, como ser indulgente, degustaba un trago de vez en cuando, en específico durante las ocasiones especiales. La última vez que estuvo en Konoha bebió dos botellas enteras en compañía de Naruto y Kakashi. Aun intentaba imponer un orden a los acontecimientos de aquel día, tenía algunas lagunas mentales y lo poco que recordaba carecía de sentido.
Tal fue la sorpresa que se llevó al contemplar a su inocente compañera engullir el trago sin arrugar la nariz en señal de disgusto, luciendo tan imperturbable como Tsunade a la hora de degustar el Sake. Fue en ese preciso instante que se percató que era la primera vez que bebía en compañía de la pelirosa, sintiéndose sumamente intrigado y asustado.
Sabía que era una mala idea. Al siguiente día terminaría arrepintiéndose de esta decisión, tal vez al resentir los duros efectos del alcohol navegando por su sistema o al experimentar alguna otra desagradable vivencia coaccionada por su falta de tacto hacia la pelirosa.
En silencio, se encargó de preparar su propio trago; más pronto que tarde, lo bebió de golpe, deseando olvidarse de todos los infortunios presentes en la historia de su vida. El paso del licor de arroz por su garganta fue un cálido aliciente para sus trastornados nervios, notando como el escozor comenzaba a diluir el nudo atravesado en su faringe.
— ¿Qué pasa?— preguntó en voz baja. Un bonito sonrojo decoró sus mejillas al verse atrapada bajo el meticuloso escrutinio de su oscura mirada.
—Nada, es solo que jamás te había contemplado beber de esa manera— murmuró, vertiendo más sake en el pequeño tokkuri de su compañera.
—Bueno, cuando eres estudiante de Tsunade-shishou no tienes muchas opciones— rebatió encogiéndose de hombros mientras le dedicaba una de esas sonrisas ausentes que había mejorado con el paso del tiempo.
La pelirosa no solo había heredado el vasto conocimiento del ninjutsu médico o el Byakugō no in que relucía orgulloso sobre su frente; también adquirió el gusto por el sake, demostrando que era capaz de beberlo como si de un trago de agua se tratara.
—Es extraño— dijo ella en bisbiseo silencioso, oteando de soslayo el decadente paisaje enmarcado por la ventana.
— ¿Qué es extraño?— cuestionó él, mostrándose profundamente intrigado. De nueva cuenta, se aseguró de rellenar ambos contenedores de cerámica, plenamente consciente que viajarían con resaca al día siguiente.
—Toda esta situación—moduló, haciendo un mohín con las manos. Lanzó un suspiro frustrado al notar que Sasuke no estaba siguiendo el hilo por completo—. Cuando éramos genins me sentí delegada, tanto tú como Naruto eran extremadamente fuertes en comparación conmigo.
Guardó silencio a manera de respuesta y se tomó el trago, poniendo, por primera vez, extremada precaución de no atragantarse.
—Durante los exámenes Chûnin enfrentaste a los ninjas del sonido por tu cuenta— habló, sintiéndose torpe mientras se aclaraba la garganta con un disimulado carraspeo—. En la guerra golpeaste a una diosa directamente en la cabeza y salvaste incontables vidas. De no ser por ti el Usuratonkachi y yo estaríamos muertos.
—No puedo llevarme todo el crédito— reconoció abatida, situando los fanales esmeraldas sobre la mesa—.En ambas situaciones intervinieron los demás. Sentí que estaba lo suficiente, aun después de eso…inclusive cuando fui incapaz de detenerte.
Se percató de lo que acababa de decir, sintiendo como el corazón le golpeaba las costillas.
—Aun asi te convertiste en una de las kunoichis más poderosas, ¿Qué era lo que solía decir Lee?— espetó, haciéndose el desentendido, al mismo tiempo que engullía de golpe el tercer trago consecutivo, percatándose del agradable cosquilleo danzando por su piel.
—El trabajo duro vence al talento natural— completó ella, ruborizada hasta la raíz del pelo como una niña pequeña.
Tal vez se debía al alcohol, o quizás al hecho de que la pelirosa se le antojaba sincera, pero todo lo que había mencionado era cierto. Estaba deslumbrado por sus magníficas habilidades, tanto las que demostraba en el área médica como las que vislumbró en el campo de batalla.
—Debo admitir que tenía razón— arrugó la nariz ligeramente, pensando en voz alta.
— ¿Estas reconociendo que Lee podría patearte el trasero?— señaló con la clara intención de molestarlo.
—Por supuesto que no— replicó con ese categórico tono tan suyo que podía hacer a creer a cualquiera que la luna era de queso.
—Engreído— le echó en cara ella, dedicándole una cálida sonrisa.
Se percató como la opresiva sensación que le presionaba el pecho iba diluyéndose hasta transformarse en una extraña mezcla de regocijo y nostalgia.
—Hemos llegado bastante lejos, ¿no lo crees?—
Sakura soltó una sonrisa ligera, y aunque sus mejillas no se ruborizaron, si se iluminaron sus ojos. Sasuke sintió como algo en su interior se agitaba.
—Ahh— concedió con un monosílabo, chocando ambos tokkuri como se acostumbraba a la hora de brindar.
—Ahora estoy a la altura de los alumnos preferidos de Kakashi-sensei— canturreó con una expresión pletórica trazada en su faz.
—Eso es mentira— moduló a la par que tragaba grueso para permitirle el paso al último trago—.Tu eres la estudiante favorita de Kakashi. Fuiste la única que logró convertirse en Jounin y la que menos le generó problemas. El dobe y yo solo éramos un dolor en el trasero.
Sakura volvió a reír y Sasuke supo que estaba en un serio problema cuando se encontró perdido en el sonido de sus carcajadas, hipnotizado por el fulgor de sus ojos.
—Soy bastante impresionante, ¿cierto?
Se limitó a asentir con un letárgico movimiento de cabeza, atisbando como una amplia sonrisa alargaba sus mejillas enrojecidas por el alcohol.
Charlaron por un par de minutos, que poco a poco y sin darse cuenta se trasformaron en horas. Cuando echó un vistazo a su alrededor no había nadie más en el lugar, y los únicos sonidos ocasionales eran conversaciones apagadas del tabernero con alguna de las meseras y el traqueteo de los platos que se lavaban cada vez que alguien entraba y salía de la cocina. Sasuke se inclinó hacia el frente, situando la mano sobre la desgastada superficie de madera, peligrosamente situada cerca de la de ella.
—Lamento todo lo que sucedió aquel día en el puente, durante la cumbre de los Kages— dejó en libertad el aire que vejaba sus pulmones mientras desviaba la mirada hacia un punto lejos del rostro de Sakura—. Lamento todo lo que sucedió entre nosotros— hizo una pausa, luchando por encontrar las palabras correctas—. Durante mi vida he tomado demasiadas malas decisiones.
El destello de una dolorosa mirada sorpresa surcó la faz de Sakura. Los mismos labios rosados que moría degustar sin restricciones, trepidaron sin saber muy bien que decir, a la par que sus mejillas se teñían de un fuerte color carmín, como el que aparecía en lo más alto del cielo al atardecer.
—Nunca me disculpé contigo— inhaló profundamente buscando valor, sin apartar la mirada de aquellos bellos ojos verdes que lo vislumbraban de manera hermosa e inocente.
—Lo hiciste— tartamudeó ella, sorteando el vislumbre entre la peligrosa proximidad existente en la punta de sus dedos y al rostro constipado del azabache—, aquella noche en el campamento, ¿lo recuerdas?
Un inusitado mas no incomodo silencio se instaló entre ellos. La odiosa bruma del arrepentimiento lo hizo endurecer repentinamente sus facciones, ensombreciendo sus hombros mientras apretaba la mandíbula.
—Tal vez deberíamos descansar— sugirió, intentado cambiar el tema, demostrándole que aquella cuestión estaba zanjada y jamás volvería a mencionarla.
—Fu un viaje agotador— susurró con más decepción de la que pretendía revelar.
Nuevamente, enfrascados en la calina de sus complicados sentimientos, abandonaron la mesa. Dirigieron el andar hacia las escaleras, él cuidadosamente detrás de ella, asegurándose de mantener una distancia apropiada.
—Desearía nunca haberme marchado de Konoha— susurró. Lo decía de verdad, de lo más profundo de su corazón donde había resguardado una serie de arrepentimientos quedos, mismos que oprimían su alma, acarreando un sentimiento de culpa del que era incapaz de deshacerse—. Te pido perdón por todos mis errores y fracasos.
Sakura se detuvo en el rellano de la escalera. Viró sobre sus tobillos para encararlo, obligándose a sí misma a sostener su mirada. Comenzaba a hiperventilar, tal como lo había hecho la noche anterior, desvelándole lo dolida y herida que estaba, al igual que él en ese preciso momento.
— ¿Sin resentimientos?— se aventuró a preguntar.
No le sorprendería que la pelirosa le cruzara el rostro de un puñetazo. Sin embargo, la vio efectuar un extraño movimiento de apnea al reconocer lo que estaba diciéndole.
—Sin resentimientos— le aseguró, logrando sacar la voz en un susurro a duras penas audible para los dos—. Sin embargo, aquí estamos los dos, lamentándonos.
Se percató que la voz se había perdido en algún rincón de su pecho. Lejos de detenerla la contempló precipitarse en la oscuridad del pasillo. Abatido, recargó su cuerpo contra la pared, sumergiéndose en el indeciso silencio.
Continuara
N/A: Creo que este capítulo estuvo repleto de angst, les prometo que el siguiente será más alegre :3
No saben lo mucho que me conmueve saber que la historia es de su agrado, en verdad, agradezco profundamente el apoyo que me brindan añadiéndolo a sus favoritos, dándole follow o dejando un comentario 3 en verdad no los merezco :')
Espero no decepcionarlxs con el desarrollo del fic, la historia en si es un poco corta, pero estoy centrándome en plasmar los complejos sentimientos de Sasuke a medida que va acercándose a Sakura, desde mi punto de vista, es muy conmovedor y hermoso :')
Sin nada más que añadir, intentare regresar pronto con una nueva actualización. Esto es todo de mi parte por el momento, ojalá lo hayan disfrutado tanto como yo :D
¡Cuídense mucho! ¡Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren!
¡Hasta pronto!
Shekb ma Shieraki anni
