Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra del gran Masashi Kishimoto.

Ikigai

Capítulo 4: Sakurafubuki

Lo primero que contemplaba al echar un vistazo por encima de su hombro era el perfil de Sakura; la nariz fina y puntiaguda resaltaba por encima de los pómulos redondeados. Los mechones de cabello rosado enmarcaban su faz, haciéndola lucir más afilada y llamativa. La guedeja lucia lisa, tan bonita y agradable al tacto; sus manos eran pequeñas y frías; los labios suaves y carnosos. Sin lugar a dudas, su compañera era poseedora de una belleza sublime, difícil de digerir.

No era la primera vez que llegaba a esa conclusión, al menos no recientemente. Desde su desafortunado paso por el Bosque de la Muerte, era como si estuviese más consciente de su presencia y eso lo ofuscaba.

Frente a ellos se extendía el prado glauco y despejado; el viento acarreaba a su paso un fresco olor a hierba mientras la quietud le confería a la atmosfera un toque extrañamente apacible.

Resguardó las manos dentro de los bolsillos de su pantalón. Hacía días que una sensación de expectación lo asediaba. Era incapaz de precisar si aquella inquietud se debía a los últimos acontecimientos suscitados en la aldea. El ataque orquestado por Orochimaru demostró su abrumante poderío y lo mucho que podía ofrecerle si accedía a marcharse con él; era un diminuto atisbo, demasiado tentador para ignorarlo, pero lo suficientemente peligroso para encausarlo a un sendero de perdición sin retorno.

Aquellos pensamientos azoraban su mente de manera recurrente. El futuro le parecía tan incierto que ni siquiera estaba seguro de perseguir su propósito inicial, pero de lo que si tenía certeza era del hecho de volverse más fuerte para proteger a quienes consideraba importantes, y una de esas personas era Sakura.

— ¿Sucede algo malo, Sasuke-kun?

La pelirosa se volvió hacia él, sonriente, ladeando ligeramente la cabeza mientras lo miraba fijamente a los ojos. Esperaba ver en ellos el rastro de algún pez que cruzaba, raudo como un relámpago, el fondo de un arroyo de aguas cristalinas.

Permaneció un minuto en silencio, avizorando el semblante calmado de su compañera. El cabello que alguna vez llegaba hasta su cintura ahora ondulaba sobre sus hombros. Sabía lo importante que había sido para ella mantener una melena larga, el cortarlo suponía despojarse de sí misma, obligándola a adentrarse en un proceso de búsqueda que implicaba dejar de ser lo que se es.

Tanto él como Naruto, habían fallado monumentalmente en su encomienda por protegerla. Lo acontecido durante la primera fase de los exámenes Chûnin solo era una dolorosa revelación de lo que sucedía cuando el trabajo en equipo fallaba.

—No— respondió categóricamente, retornando la mirada atizada al frente.

La escuchó soltar un largo y pausado suspiro que traslucía su decepción. Parecía que habían transcurrido siglos desde la última vez que se embarcaron en una misión como equipo. Naruto acababa de marcharse en búsqueda del próximo Hokage, mientras él continuaba entrenando bajo el meticuloso escrutinio de Hatake Kakashi. Ciertamente los dos estaban tan absortos en sus propios asuntos que olvidaron incluir a Sakura en ellos.

La realización provocó que el corazón golpeara sus costillas. No era de extrañarse si ella albergaba resentimiento en contra de ellos, hasta el momento solo le habían demostrado lo mal que actuaban como compañeros.

—Todo ha cambiado tan rápido— masculló Sakura, dejando pasar desapercibido el deje hostil de su lacónica respuesta—.Ahora tú y Naruto entrenan constantemente para volverse más fuertes.

—Siempre puedes hablar con Kakashi-sensei al respecto— le recordó, refiriéndose al tema de solicitar entrenamiento extra para mejorar sus habilidades.

—No soy tan fuerte como tú o Naruto— respondió con tristeza, entrelazando los dedos detrás de su espalda, tal como solía hacerlo cuando comenzaba a sentirse inquieta—.Prometo que entrenare arduamente para estar a su altura y no continuar siendo una carga.

La contemplaba por el rabillo del ojo, notando como el viento vapuleaba el carnaval de hilos rosados que caían a ambos costados de su faz. Escuchó atento sus palabras, reconociendo la forma en la que la tribulación se apoderaba de ella.

Sintió remordimiento por sus palabras, obligándolo a detener el paso bajo la mirada expectante que aquellos fanales esmeraldas le dedicaban. Quería hacerle saber lo equivocada que estaba, de no ser por ella, tanto él como el Usuratonkachi habrían muerto en el bosque. Era una de las chicas más brillantes que conocía y no iba a permitir que su luz se apagara a causa de una presunción totalmente errada.

—Estaba pensando…— masculló, escogiendo cuidadosamente las palabras.

— ¿Hn?

—Tal vez me convierta en ninja médico— esbozó una sonrisa triste—. Si tú y Naruto continúan mintiéndose en problemas, alguien debe mantenerlos a salvo.

Una ráfaga de viento discurrió entre ellos. Aun cuando sus palabras carecían de seguridad, tenía la absoluta certeza de que lo lograría y, podría apostar, que se convertiría en una Kunoichi excepcional.

Consideraba que Sakura era como el botón de una flor y solo necesitaba algo de tiempo para florecer.

Su memoria se había alejado de aquella tarde en el prado al igual que sus sentimientos.

Tras su partida, se aseguró de enterrar los lazos que en algún momento lo unieron a Naruto y Sakura. No podía permitirse albergar emociones que le impidieran alcanzar su objetivo. El amor era una carga pesada.

Al escuchar la puerta abrirse, en un gesto casi reflejó, elevó los párpados, desvelando el tinte carmesí de sus irises. Se removió en su asiento y clavó la mirada granate en Kabuto, sin estar contemplándolo realmente. A su costado se encontraba Orochimaru, postrado en una amplia silla de madera.

Agudizó el oído ante el sonido de los cubiertos repiqueteando contra la bandeja. El fiel lacayo de su maestro se atrevía a irrumpir el entrenamiento para proporcionarle a su adorado amo la mezcla de medicamentos que lo mantenían con vida.

El peliblanco colocó la charola sobre una mezcla, disponiéndose a realizar la amalgama de sustancias químicas mientras Orochimaru aguarda.

—Uno de mis informantes ha traído inquietantes noticias— recitó el hombre con calma, extendiéndole un vaso con agua al detestable ser que yacía oculto en la oscuridad.

—Habla de una vez, Kabuto— solicitó, tan impaciente como de costumbre.

El aludido dejo escapar un suspiro al mismo tiempo que ajustaba los lentes sobre el puente de la nariz. Carraspeó un poco para aclararse la garganta, intentando ocultar el temblor audible en su voz.

—Sasori de la Arena Roja ha muerto.

Los ojos amarillentos de Orochimaru brillaron como un par de luceros en la oscuridad.

—Eso es imposible. La obsesión de Sasori con las marionetas lo llevo a transformar su cuerpo en una— rebatió el Sannin incrédulo.

—Fue derrotado por una anciana llamada Chiyo y la aprendiz de Tsunade, Haruno Sakura— informó el muchacho, estrujando la bandeja contra su pecho.

Su cuerpo se tensó como la cuerda de un arco ante la mención de aquel nombre. Pese a sus intenciones de permanecer estoico, una expresión de sorpresa se vio reflejada en su rostro.

Sakura se las había apañado para convertirse en la discípula de Tsunade Senju, la Quinta Hokage y la mejor ninja medico en la faz de la tierra. Gracias a sus habilidades, logró derrotar a uno de los integrantes de Akatsuki, otorgándole una ligera noción de las habilidades que poseía.

La pérfida risa de Orochimaru rompió sus pensamientos.

—Sin duda alguna, Tsunade debió ver algo especial en ella— espetó, situando el vaso vacío sobre la arcaica superficie de piedra—.La última vez que la contemple era una niña asustadiza corriendo detrás Sasuke-kun.

Incapaz de contener la furia que aquel comentario burlesco avivó en su interior, taladró el rostro sonriente de Orochimaru con la mirada.

— ¿Escuchaste eso, Sasuke?, parece que tus compañeros han progresado notoriamente— espetó entretenido.

—He finalizado por hoy— dijo, irguiéndose con toda la humanidad que habitaba en su ser.

En silencio, caminó hasta la puerta y tan pronto como estuvo lejos del molesto escrutinio de su maestro, se permitió liberar un suspiro cautivo desde lo más profundo de su pecho.

Sin lugar a dudas, Sakura había cumplido con su propia promesa, la misma que le confió aquella tarde, mientras deambulaban por el prado.

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La afilada punta del kunai atravesó con facilidad la corteza del árbol, asestando en el punto deseado.

El sol se alzaba en lo más alto del firmamento, por encima del pico de las montañas. La luz que irradiaba era clara y cálida, característica de las mañanas de primavera. Por lo que vislumbraba, el clima les permitiría desplazarse hacia su próximo destino sin problemas, lo cual era reconfortante.

Las gotas de sudor resbalaban sobre su cuello y rostro, vestigio irrefutable del arduo entrenamiento que acababa de finalizar. No había reparado cuanto tiempo llevaba en el campo hasta que los primeros halos de luz aparecieron en el este, anunciando el arribo de un nuevo día.

Extrajo el arma de la fárfara con facilidad, contemplando las marcas trazadas por la maltratada extensión del árbol, una muestra clara de las habilidades que había perfeccionado con el paso del tiempo. Estaba satisfecho; notó como el dolor que devenía tras someter al cuerpo a un atenuante nivel de esfuerzo físico, se instaba en sus músculos entumecidos.

Discernió que para ese momento del día Sakura ya se habría percatado de su ausencia por lo que dio por concluido el adiestramiento. Tomó la cangurera que descansaba sobre la hierba, guardó las armas y se dispuso a regresar a la posada.

La luz de la primavera se filtraba a través de las copas de los árboles y danzaba sobre los hombros de su poncho. Escuchó a lo lejos el barullo de un grupo de niños, mas no le prestó atención. Recorrió el mismo camino que lo había dirigido a las intimidades del bosque, abandonado el pinar. Los cálidos rayos del sol acariciaban con delicadeza su piel, enviando un escalofrió por toda la extensión de su columna vertebral al colisionar con la gélidas resguardada en su lienzo níveo.

En un ambiente tan silencioso, se sorprendió a si mismo echando de menos la algazara de la aldea. Añoraba las risas y los gritos que retumbaban por las calles. No lograba sentirse cómodo en aquel extraño mutismo. Había pasado tantos años fuera de su hogar que comenzaba a despertar cierta aflicción resguardada en su interior.

Los músculos de su espalda se tensaron al recordar su rencuentro con viejos conocidos. La experiencia no le resultó demasiado divertida, no porque no le gustaba hablar con ellos. Al contrario, sentía nostalgia por aquellos días en los que solo eran unos niños cuyo único deber consistía en asistir a la academia. Ellos también se alegraban de verle, a pesar de los crímenes cometidos antes y después de la guerra. Sin embargo, le hablaban de cosas que, al fin y al cabo, a duras penas le interesaban. Solo ahí fue cuando se percató de lo alejado que estaba de todo aquello, perdido en el espacio y el tiempo.

Aquellos pensamientos rondaban por su mente cuando se precipitó por la calle principal del pequeño poblado, dirigiendo el andar hacia el sur, donde se localizaba la austera taberna de la localidad.

Pensó en lo dañada que estaba su relación con Sakura, y lo mucho que deseaba enmendarla. Sabía que los errores del pasado jamás desaparecerían, al igual que las heridas, dejaban una visible cicatriz difícil de borrar.

Mientras deambulaba por el mundo en la búsqueda de la expiación de sus pecados, concluyó que la vida no era perfecta, la existencia misma suponía un proceso natural atestado de injusticias y sufrimiento. Si bien, no podía cambiar tal hecho, si tenía el poder de remediarlo. No estaba lamentándose por eso, aquello lo ayudaba a no pensar demasiado en las trágicas coyunturas presentes a lo largo de su subsistencia que ya no tenían remedio, centrándose en todo lo que podía transformar para encontrar la felicidad.

Comenzaba a darse cuenta que su relación con Sakura era más problemática de lo que suponía; traspasaba las barreras delimitadas de la amistad, obligándolos a penetrar un intrincado terreno de sentimientos y emociones contenidas.

Se encontraba tan ensimismado en sus pensamientos que arribó al parador antes de lo que esperaba. En silencio, traspasó el umbral de la puerta. Los rumores del ajetreo de los trabajadores y los comensales sonaban apagados en el vestíbulo. Enervado, subió uno a uno los peldaños de la vieja escalera; la madera crujía bajo la planta de sus pies, temiendo que en un parpadeo algún escalón sucumbiera ante el peso de su cuerpo.

Para su fortuna, arribó a la segunda planta sin percances. Se desplazó por el pasillo pobremente iluminado; la luz que irradiaban las antediluvianas bombillas era exangüe y amarillenta, concediéndole al sitio un aire sobrio.

La nebulosa de ponderaciones lo arrastró de nuevo a la efigie de la pelirosa. Quizás era difícil imaginarlo, pero siempre había sentido algo por ella; más de lo que podía sobrellevar. En sus momentos más oscuros, Sakura estuvo ahí. Llevó consigo su inmensa amabilidad, tal generosidad no fue parte de su vida y, daba gracias por su afecto y comprensión. Tanta era la luz que trajo a su existencia que iluminaba su pérfida existencia.

Al ingresar a la habitación, vislumbró a Sakura sentada sobre el desordenado futón, bañada por la luz irreal del sol, luciendo inconcebiblemente hermosa.

Tragó saliva para disipar la sed; aquel sonido reverberó, atronador, en medio de la afonía de la habitación. Entonces la pelirosa, como si ese retumbo hubiese sido una señal, se levantó de un salto, clavando los etéreos fanales esmeralda sobre sus irises dispar.

— ¿Por qué no me despertaste?— le recriminó, colocando ambas manos en sus caderas, atisbándolo expectante.

—No deseaba perturbarte— se disculpó genuinamente apenado, adentrándose en la habitación.

—Estaba preocupada por ti— admitió encogiéndose de hombros. Alargó el brazo para tocarlo, pero al final se arrepintió dejando caer ambas extremidades al costado de su esbelta figura.

—Lo siento— balbuceó con parsimonia mientras estrujaba los parpados, procurando disipar el cansancio. Tal vez debió dejar una nota que le indicara su paradero.

— ¿Hacia dónde nos dirigiremos?— cuestionó entusiasmada, acercándose hasta la mesa para echar un vistazo al mapa.

—Iremos al Norte— señaló Sasuke, trazando una línea imaginaria con la punta del dedo índice—.Es un camino largo, dudo que encontremos un poblado cercano en los próximos días.

—Supongo que por fin haremos uso de la tienda de acampar.

—Hn— asintió.

Cuando se dispuso a mirarla, notó en sus pupilas una transparencia inusual; eran tan transparentes que parecía que, a través de ellas, podría atisbar el más allá. Su rostro quedaba a escasos treinta centímetros del suyo, aunque tenía la impresión de verlo a muchos años luz de distancia.

Empujado por algún arrebato de irracionalidad, alzó la mano para tocarla; sus dedos ahondaron por debajo de las hebras rosadas, su cabello era terso como la sedad. Nervioso, trago grueso, basculando si debía proseguir o no. Podía sentir como la piel de su cuello vibraba en pequeñas pulsaciones al compás de los latidos de su corazón.

—Sasuke-kun— pronunció.

La joven aspiró aire para destrabar su garganta, visiblemente obstaculizada por la emoción que aquella cercanía producía.

Notó el sudor frio que brotaba de su nuca al acunar su cuello, acariciándolo con sosiego. Pasó el pulgar por la protuberancia de la yugular, atisbando como la luminiscencia exageraba la forma de sus labios.

Un pequeño halcón entro volando por la ventana, situándose majestuosamente sobre el respaldo de la silla.

La intimidad del momento se había esfumado por completo. Tan rápido como se percataron de la distancia prácticamente inexistente entre sus cuerpos, retrocedieron un paso, luciendo demasiado consternados para decir algo.

Atrapado en la telaraña de emociones, dirigió la mirada hacia el ave que aguardaba por ellos. Sin mayor dilación, extrajo el mensaje que llevaba resguardado en un contenedor atado a su pata.

— ¿Pasa algo?— cuestionó Sakura al atisbar como la mueca apacible en el rostro del azabache se diluía en una de absoluta consternación.

—Debemos desviar nuestro camino hacia Kumogakure— respondió, extendiéndole el pergamino—.Al parecer precisan de tus habilidades para curar a unos cuantos heridos.

Sakura intercaló la mirada entre el mensaje y Sasuke, frunciendo el entrecejo a medida que sus fanales esmeraldas se desplazaban por las oraciones claves perfectamente plasmadas en el fino papel. La encomienda era una orden directa de Kakashi.

— ¿Misión rango S?—la pregunta brotó autómata de sus labios. Elevó instintivamente la mirada a la faz del pelinegro, aguardando un momento por la respuesta—. Pensé que solo se trataba de una cuestión médica.

—Kakashi no mencionó nada más al respecto— respondió con cierto pesar—.Aun asi, no debemos bajar la guardia.

—En ese caso no perdamos más tiempo— dijo Sakura, dirigiéndose hacia el otro extremo de la habitación para resguardar sus pertenencias.

—Si nos apresuramos, arribaremos a Kirigakure al atardecer— coincidió, haciéndose a la idea de que su sesión de descanso se vería interrumpida hasta haber zanjado ese asunto.

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Se apeó de la rama del árbol con la misma gracia de un felino, plantando con firmeza ambos pies sobre la húmeda y fina hierba del campo.

El sol despuntaba y había pocas nubes. Disfrutaba del paisaje de aquella zona despejada del país del Rayo; encontraba un efecto linimento entre el verde vibrante del pasto y los coloridos pigmentos de las distintas flores que yacían desperdigadas por la geografía del labrantío.

Prosiguieron su andar a través de campos de vacas y ovejas, tulipanes y trigo joven, apartados del caótico barullo de las grandes aldeas. Conjeturó que estaban a menos de ocho kilómetros de Kumogakure.

— ¿Recuerdas nuestra primera misión?

La voz de Sakura brotó agradable a su costado, rompiendo con el mutismo instalado entre ellos desde hace cuarenta minutos.

—Por supuesto— dijo.

El camino descendía en una sube pendiente salpicada de espigas. Frente a ellos se alzaba una aldea desolada. No se tenía atisbo de un alma y las doce o trece casas que la conformaban estaban en ruinas.

—Fue un infierno— concluyó la pelirosa, dejando escapar una risita discreta. Desde luego en su momento, aquella experiencia fue aterradora. Lo que parecía ser una delegación sencilla término convirtiéndose en una batalla por sus vidas.

—Es parte de nuestro trabajo— le recordó, atisbándola por el rabillo del ojo.

—Lo sé— reconoció, dejando entrever en su sonrisa con un ápice de nostalgia—. Aun me extraña el mensaje de Kakashi-sensei, ¿estás seguro que no había más información en la nota?

—Lo analicé con el Sharingan para asegurarme que no hubiese un mensaje encriptado, pero no encontré nada— continuó con una expresión seria.

—Tal vez el Raikage nos otorgue más detalles una vez que arribemos a la aldea— teorizó con cautela, llevando la punta del dedo pulgar hasta sus labios al mismo tiempo que fruncía ligeramente el entrecejo— ¿Estás nervioso?

La pregunta de Sakura flotó un instante en el aire, perdiéndose en algún rincón de sus oídos al instante que los vellos de su nuca se erizaron. Un pausado suspiró escapó de sus pulmones ante el significado oculto que resguardaba aquel intimo cuestionamiento.

—Nervioso no, inquieto— apuntó.

La hierba crecía por todas partes, alta hasta la cintura. Al adentrarse en el poblado abandonado, observaron algunas casas completamente derruidas; de ellas solo restaban viejos pilares. Otras, invitaban a abrir las puertas del porche y ser habitadas de inmediato. Avanzaron por el camino que discurría entre hogares silenciosos, sin rastro de vida.

Si de algo tenía la certeza era de la animadversión que los pobladores de Kumogakure sentían hacia él. No era de extrañarse. En el pasado intentó capturar a su Jinchūriki y, poco tiempo después, se enfrentó a su líder durante la cumbre de los kages, obligándolo a automutilar uno de sus brazos durante la batalla.

Había aprendido que el perdón no existía, sino que la gente tenía poca memoria.

—Estoy segura que serás bien recibido, Sasuke-kun— un tono esperanzador decoró su voz.

—Tal vez— masculló, observando el perfil de Sakura; sus ojos brillaban como los de una niña pequeña—.Aun asi, no soy yo quien acude con una recomendación directa de Kakashi y la antigua Hokage.

— ¿Tsunade-shishou?— preguntó deslumbrada, abriendo los ojos como platos.

Examinó sus rasgos en silencio durante un segundo o más; le sorprendía que Sakura no fuese del todo consiente de su capacidad como Kunoichi. Después de la guerra, las personas comenzaron a referirse hacia ella como Segunda Tsunade, un título que se ajustaba a la perfección.

—Hn— convino—. Sientes gran admiración por ella, ¿no es asi?

El suspiro de Sakura se fundió con el sonido de la hierba y el viento.

—Más allá de la admiración y el respeto, ella es como una madre para mí— admitió con una ligera sonrisa, aprisionando un mechón de cabello detrás de su oreja. Solía hacer eso cuando estaba nerviosa, un gesto que comenzó a notar desde que eran niños.

—Entiendo— miró hacia el frente, contemplando las líneas irregulares del borde de las llanuras.

— ¿Puedo hacerte una pregunta?— la almibaraba voz de Sakura volvió por encima de la sonata compuesta por la cálida brisa de primavera.

— ¿Qué quieres saber?— rebatió él tras despedir un suspiro que destacaba su derrota.

— ¿Cómo era tu relación con Orochimaru? — se encogió de hombros, apenada—.No debes responder si no lo deseas, solo es una pregunta estúpida— agregó, negando con ambas manos.

A diferencia del lazo que compartían Sakura y Naruto con sus respectivos maestros, Sasuke sabía que la interaccion que tuvo con Orochimaru en el pasado no era ni por asomo cálida o sana.

—Tormentosa.

— ¿En verdad era tan malo?— cuestionó, enmarcando una delgada ceja rosada.

—En algún momento llegue a sentir respeto por él— explicó Sasuke, tratando de dejar en claro ese punto, en especial a Sakura.

—Pensé que no te agradaba— señaló, sintiendo nauseas al recordar su grotesco rostro en el Bosque de la Muerte.

Poco después de cruzar la aldea, encontrar un amplio pasto rodeado por una empalizada. A lo lejos se apreciaban varios caballos pastando en el prado.

—No lo hace— se mostró de acuerdo, exhalando con fuerza. El dolor muscular y el cansancio lo ponían irritable, pero no dijo nada—. Lo que no significa que no reconociera sus habilidades como Shinobi.

—Ya veo— musitó, jugando con la cantimplora que acababa de extraer de la mochila.

Estiró los dedos para encontrarse con los de Sakura, colisionando en una trémula y tímida caricia digna de los amantes castos que eran. Se preguntaba cuántos momentos se habría perdido solo por no estar con ella.

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El sol de la tarde inundaba el paisaje montañoso que se vislumbraba a su alrededor. Aquel atardecer tocaba a su fin. El astro carmesí se sumergía bajo los alcores anunciando la llegada de la noche.

En el valle descarnado por un manto perpetuo de tierra destacaba una enorme estructura esférica. El camino de piedra por el que deambulaban bullía de actividades cerca de la entrada principal; shinobis, mercaderes, viajeros; ciudadanos que salían de sus casas para respirar el aire puro de las montañas, madres que jugaban con sus hijos.

A medida que la luz del día desaparecía, las miradas inquietas de los pobladores se posaron sobre ellos. Notó como los músculos de la espalda de Sakura se tensaban imperceptiblemente; al igual que él, estaba inquieta.

La visibilidad del horizonte se recortó por instantes bajo el viento crepuscular que soplaba con fuerza, acompañado por un lúgubre rumor que helaba la sangre.

Bajo el umbral de las pesadas puertas, aguardaban dos hombres. Sasuke reconoció a uno de ellos de inmediato; se trataba C, antiguo escolta del Yondaime Raikage. Se enfrentó a él durante la cumbre de los Kages, atrapándolo en un poderoso Genjutsu que logró inmovilizarlo durante algunos minutos.

—Uchiha Sasuke, Haruno Sakura— los saludó a ambos, adusto, lanzándole una mirada enfurruñada, tal vez recordando su fortuito encuentro añas atrás en el País del Hierro.

—Hemos venido por órdenes del Hokage— anunció el azabache, haciendo caso omiso a los rituales de cortesía. Extendió el edicto promulgado por Kakashi, el cual explicaba el motivo de su presencia.

El pesado silencio se interpuso entre ellos. Las pequeñas moléculas de oxígeno y nitrógeno dispersaban la luz para ofrecer una danza de color en el firmamento, matices y susurros al atardecer.

—Omoi, notifica al Raikage del arribo de Haruno Sakura y Uchiha Sasuke de inmediato— comandó el rubio, apartando la mirada parda del pergamino.

¡Hai!— asintió el muchacho, desapareciendo en una bruma de humo.

—Los escoltare a la base— continuó C—, por aquí.

Ambos intercambiaron miradas inquietas. Por la expresión taciturna trazada en el rostro de Sakura, intuía la incomodidad que sentía al desplazarse por los senderos rocosos de la aldea.

Esperaba que la misión no se prolongara más tiempo de lo estipulado, lo último que deseaba era verse atrapado entre las montañas de Kumogakure durante los próximos días.

—Pensé que nos dirigiríamos al hospital— habló Sakura tras un prolongado lapso de mutismo, expresando su consternación.

—La situación es más delicada de lo que esperamos— respondió el rubio. Sus ojos estaban mirando de lleno a Sakura cuando está le echó un vistazo por el rabillo del ojo.

— ¿En qué sentido?— cuestionó demandante atribuyéndose otro avistamiento atiborrado de desdén por parte del shinobi de Kumogakure.

—El estado de las víctimas es reservado. Creemos que fueron emboscados por un enemigo poderoso en las inmediaciones de la aldea.

— ¿Existe algún enemigo del que debamos estar al tanto?— indagó, tratando de igualar el paso a medida que se desplazaban por las confusas calles de la aldea.

—Aun no contamos con un informe concreto— explicó C desde la delantera, doblando por un callejón a la derecha y, después, uno más a la izquierda—.El único ninja capaz de vociferar palabra dijo que se trataba de Tajima Karasu, un antiguo ninja renegado.

— ¿Qué hay de malo con su declaración?— preguntó Sakura, sosteniendo la mirada fija en Sasuke.

—Karasu murió años atrás. El clan Tajima desapareció durante la administración del Sandaime Raikage. Es inverosímil que él haya sido el causante de toda esta desgracia— explicó con calma.

—En ese caso, ¿Cuál es su teoría?— cuestionó Sakura.

—Creemos que está ligado a otro enemigo, tal vez alguien ligado a la estirpe de los Ōtsutsuki— argumento el hombre de guedeja blonda, deteniendo los pasos frente a una enorme fachada desgastada con puertas metálicas.

— ¿Eso es posible? Pensé que todo esto había terminado con la guerra— dijo la pelirosa acercándose al azabache.

—Kaguya solo era un ínfimo vestigio del peligro— respondió él, realizando un esfuerzo sobrehumano para apartar la mirada de su compañera, volviéndose hacia C.

—Mierda— maldijo ella, más para sus adentros que para los hombres que la acompañaban.

—Es por esa razón que el Raikage solicitó la ayuda de ambos. En caso de que nuestra teoría sea confirmada, debemos notificar a las demás aldeas para que estén alerta— explicó C con voz neutra y balanceada.

Las pesadas puertas se abrieron de par en par, permitiéndoles el ingreso. El color opaco de las paredes craqueladas brillaba bajo la luz tintineante que alumbraba el largo y estrecho pasillo de la estancia. Los dos atravesaron el pabellón con pasos renqueantes, casi como si no quisieran estar ahí.

C los condujo hasta una amplia estancia que se asemejaba a la habitación de un hospital. En el centro se alineaban cinco camillas, todas ocupadas por cuerpos inertes, conectados a una serie de máquinas que los mantenían con vida mientras un grupo de médicos deambulaban de un lado a otro como abejas atareadas, tratando de entender que era lo que sucedía.

—El Hokage mencionó en su carta que eres una de las mejores ninja médico no solo de la Hoja, sino también del mundo— comentó el rubio, contemplando con profundo interés a la pelirosa.

—Me temo que asi es— respondió Sakura encogiéndose de hombros, al mismo tiempo que un bonito sonrojo se extendía por sus mejillas.

Sasuke contuvo las ganas de rodar los ojos.

—En ese caso, pondremos a tu disposición todo el equipo y personal médico suficiente para salvar a estos hombres— indicó el rubio, esbozando una ligera sonrisa.

—Gracias, C-san.

Determinada, la pelirosa caminó hasta el centro de la habitación, atrayendo las miradas confundidas de los demás ninjas médicos mientras él se escondía en un lugar dentro del cuarto, alejado de la atención, no deseaba convertirse en un estorbo.

—Informe— su voz resonó como el acero.

Un hombre de contextura mediana dio un paso al frente, titubeante.

—Los cinco ninjas ingresaron a la aldea en estado crítico. La mayoría de ellos presentan órganos dañados y otras partes del cuerpo destrozadas gravemente.

Sakura frunció ligeramente el entrecejo a medida que el grupo de médicos de Kumogakure le otorgaba detalles importantes sobre la delicada coyuntura de aquellos hombres.

—Debemos encargarnos de tratar la contusión pulmonar para evitar un neumotórax y un posible traumatismo cardiaco— en sus manos se concentraba el brillante chakra de color verde.

—Eso es imposible— rebatió una chica a sus espaldas.

—Realizaremos el Jutsu curativo de reanimación y regeneración— dijo—.Comenzaremos el procedimiento de inmediato.

Tan rápido como sus órdenes reverbaron entre las cuatro paredes la movilización comenzó.

Le encantaba la mirada de Sakura cuando se concentraba en alguna tarea. Atisbó con detenimiento la forma en la que enrolló las mangas de la bata hasta la altura de sus codos para después situar sus manos gentiles en el área infectada, infundiendo su chakra; los mechones rosados caían al costado de su rostro enfatizando la beldad de sus refinadas facciones, el ángulo de la luz exageraba la sombra de sus labios e intensificaba el fulgor en sus ojos esmeraldas. Podría pasar horas enteras observándola, era como el paisaje que se cincelaba en el cielo al atardecer, o como el firmamento atestado de estrellas.

Sin embargo, su escrutinio parecía ser demasiado intenso e inapropiado para el gusto de su acompañante, al poco tiempo el cuerpo de C se interpuso en su escrutinio. Ambos intercambiaron miradas irascibles repletas de vilipendio.

—Démosle espacio para trabajar, aun debeos acudir con el Raikage— dijo C a secas, dirigiéndose de nuevo hacia la puerta.

El suspiró que dejo escapar al precipitarse al pasillo fue más de resignación que de alivio. Por mucho que deseara estar con Sakura, el deber llamaba, y como el Shinobi que era debía atender primero las necesidades de la aldea que las suyas.

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Al poner un pie dentro de la oficina del Raikage, lo primero que observó fue el escritorio repleto de pergaminos y cientos de papeles en la superficie. Detrás del mueble, la panorámica de la villa era enmarcada por un enorme ventanal que corría de extremo a extremo.

Cerca de la gaveta se encontraba un chico de tez morena y guedeja platinada. Lo reconoció como el mismo shinobi que aguardaba con C a la entrada de la aldea, el mismo que el rubio había enviado a notificarle al Raikage sobre su llegada.

Notó que todos a su alrededor lo observaban con cautela. Los infortunios del pasado dejaban huella tanto Darui como C, sabían que no podían bajar la guardia en su presencia. Sin embargo, no estaba ahí para causar problemas. En lugar de molestarse por la actitud reticente de los anfitriones, optó por ignorar tales desplantes, centrando la mirada heterogénea más allá de la habitación, detrás de los papeles y las montañas de los libros, donde aguardaba la recién nombrada sombra del rayo.

—Uchiha Sasuke, bienvenido a Kumogakure— dijo Darui con su habitual tranquilidad—.Espero que no sea un mal momento.

Se plantó en el centro de la habitación, lo suficientemente cerca para entrar en el campo de visión del Raikage.

—Recibimos el mensaje esta mañana— habló Sasuke. Su voz era iterativa, como si las palabras brotaran de sus labios de manera programada.

—Supongo que la esquela fue ambigua— añadió, colocando ambos codos sobre la superficie y entrelazando los dedos a la altura de la nariz, dedicándole una mirada contemplativa.

—Asi es— concordó.

Darui y C intercambiaron una mirada, intentando decidir quien tomaría el papel del portador de malas noticias.

—Se han reportado una serie de ataques en distintos poblados del País del Rayo y unos cuantos más en el País de las Aguas Termales. La información con la que contamos es limitada, puesto que el enemigo no deja sobrevivientes.

El sudor frio recorrió la inmensidad de su columna vertebral.

— ¿Pertenece a alguna organización criminal?— cuestionó, tratando de averiguar a qué tipo de oponente se estaban enfrentando y cuáles podrían ser sus propósitos.

—Lo desconocemos, sin embargo, sabemos que va acompañado. Uno de nuestros hombres mencionó que fueron atacados por cinco personas. He enviado un mensaje a los demás Kages para levantar una alerta y emitir una orden de captura— espetó Darui desenlazando los dedos mientras descansaba la espalda contra el respaldo de la silla.

—Haruno Sakura se encuentra ahora mismo en la base atendiendo a los heridos. Con suerte, lograremos obtener más información dentro de algunas horas— agregó C, pretendiendo transmitir tranquilidad a su antiguo compañero.

—La segunda Tsunade ¿eh?— susurró Darui entretenido, elevando la comisura de sus labios hasta formar una imperceptible sonrisa—.Es una suerte que hubiésemos dado con el paradero de ambos. Las habilidades de Sakura pondrán a salvo a esos hombres. Kakashi-san mencionó algo sobre una pesquisa ligada a los Otsutsuki.

Los músculos de su espalda se tensaron. Se sentía demasiado cansado para desvelar los descubrimientos respecto al clan de Kaguya.

—No creo que estos ataques estén ligados a ellos— explicó Sasuke, realizando un esfuerzo sobrehumano para no evocar la imagen de Sakura en el fondo de su mente.

— ¿Cómo puedes estar tan seguro?— bramó C a sus espaldas.

—Lo habría detectado, su presencia no pasa desapercibida— su voz carecía de emoción a la par que empleaba aquel tono profético al que recurría cuando quería convencer a los demás de algo.

Darui expulsó un suspiro cansado.

—Estamos divagando en círculos— declaró desvelando un ápice de decepción en su voz—.Aguardaremos hasta el amanecer para interrogar a los afectados, por el momento todos deberíamos descansar.

El Raikage abandonó su asiento, mostrando sus intenciones de dar por concluida la reunión.

—C, asegúrate de proporcionarles una habitación cómoda a nuestros invitados— ordenó, posando la mirada perezosa sobre el semblante estoico del aludido.

—Solicité que se les permitiera el ingreso a una de las alcobas de descanso de la base— informó el hombre de melena blonda.

—Bien, en ese caso, discutiremos este tema mañana— anunció el hombre en forma de despedida, precipitándose en dirección al enorme pasillo, custodiado por aquel servicial chico.

— ¿Quieres que vaya contigo de regreso a la base?— indagó entre dientes con la mirada fija en él.

—No, memorice el camino— espetó, enfilando los pasos hacia la salida, disponiéndose a regresar con Sakura.

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Llegó a la base antes de lo que esperaba; los pasillos se encontraban vacíos, pero la desazón reinaba en cada rincón de aquel deslucido lugar.

Recorrió el mismo pasillo que había transitado hace no más de dos horas en compañía de Sakura y el molesto shinobi de Kumogakure. Sintió que la inquietud conocida lo perseguía con vigor renovado. Lo único que quería hacer era tomar un baño y dormir hasta que llegara la hora de volver al trabajo, pero sabía que no serviría de nada.

Mientras caminaba por el extenso pasillo de la base, una de las jóvenes se encargó de llevarlo hasta la habitación donde se encontraba Sakura, asegurando con una amplia sonrisa que el procedimiento resultó mejor de lo esperado y, de no ser por la pelirosa, tal vez esos hombres habrían muerto sin esperanza.

Sasuke no pudo evitar sentirse orgulloso; Sakura no era una mujer débil, se lo había demostrado en incontables ocasiones a lo largo de su existencia.

Una sensación extraña provocó que sus músculos se tensaran. Indeciso, mantuvo la mano sobre la perilla de la puerta, basculando si era prudente ingresar o no. Notó el cálido flujo de chakra al otro lado de la habitación, percatándose de la presencia de Sakura.

Abrió la puerta metálica, sin embargo, se quedó en el umbral con el corazón disparado en un tumulto ensordecedor. El interior de la habitación brillaba tenuemente a la blanca luz de la luna. Se trataba de un reducido cuarto, compuesto por cuatro paredes de ladrillos desgastados y una ventana única que daba al exterior de la base, hacia un desolado callejón por el que solo deambulaban algunos gatos sobre las bolsas de basura. Dos camas metálicas se ubicaban en los extremos separadas por un escritorio de caoba y una silla de madera, dispuestos debajo de la lucerna.

Encontró la figura de Sakura postrada sobre una de las camas, con la vista clavada al otro lado de la vidriera. Tenía las rodillas dobladas y el mentón apoyado en ellas. La mirada oscura del azabache bebió cada centímetro de la silueta de la pelirosa, embriagándose de la forma en la que la pálida luz de la luna bañaba su cuerpo de forma irreal.

—Por un momento imagine que estarías dormida— carraspeó, entrando a la habitación por mero acto reflejo, cerrando la puerta tras de sí.

Los ojos lemanita de la pelirosa se clavaron en él. Su cabellera estaba suelta; la bonita frente resplandecía al fulgor de la luna.

—Estaba esperándote— se encogió de hombros, esbozando una sonrisa cansada— ¿Hablaste con el Raikage?

—Si— respondió, situándose en el centro de la habitación—. Al parecer aun no cuentan con información concluyente, todo está basado en suposiciones y testimonios ambiguos.

Sakura siguió todos sus movimientos con la mirada mientras apegaba las rodillas a su pecho.

—Tal vez deberíamos enviarle el informe a Kakashi-sensei hasta que contemos con los datos importantes— sugirió ella.

—Sería lo más apropiado— dijo, restándole importancia a toda la problemática que los había llevado a Kumogakure mientras se quitaba el poncho y procedía a desanudarse la banda atada alrededor de su cabeza—¿Cómo resultó todo allá atrás?

—Fue complejo, pero conseguí tratar a todos y cada uno de los afectados sin liberar el Byakugō no in — replicó con orgullo, acentuando el rubor en sus mejillas

Sin poder evitarlo, él bosquejó una sonrisa particularmente fina.

—Eres una mujer fuerte— le contestó su lengua sin pedirle permiso.

Su corazón dio un vuelco al percatarse de lo que acababa de decir, se encontró poseído por un extraño brío de complacerla con honestidad.

—Me refiero a que…tu sabes— habló de nuevo sin darse cuenta.

—Entiendo— lo observó, empedernidamente. Aunque sus palabras no llevaban un orden conciso, comprendió lo que quería decir.

Abatido, colocó una mano sobre el borde de la silla, clavando el atisbo heterogéneo en la ventana.

—Espero que estés lo suficientemente hambriento para degustar una cena de microondas— señaló Sakura con algarabía, apuntando con un dedo el pequeño contenedor de cartón que reposaba encima del escritorio.

— ¿Tan mal estaba?— preguntó Sasuke en tono divertido, levantando una ceja.

Sakura arrugó la nariz ligeramente, un gesto que hacía a menudo para expresar su disgusto.

—El sabor continuó atestado en mi garganta después de beber más de cuatro vasos de agua— dijo ella, observándole con aire juguetón.

—Afortunadamente, perdí el apetito horas atrás.

—Lo primero que haremos al amanecer será encontrar un establecimiento que nos sirva un desayuno apropiado, tal vez arroz con un huevo escalfado y salmón— parloteó entusiasmada, dejando escapar una risa ligera. Esta vez sus mejillas no se enrojecieron, pero si se iluminaron sus ojos.

Sasuke supo que estaba completamente perdido cuando se halló cautivado por la eufonía de su risa, deslumbrado por el brillo de sus ojos.

La pelirosa palmeó el sitio vacío sobre la cama, justo a un lado de ella. Sin más remedio, el azabache subió al lecho, postrándose con las piernas cruzadas, disipando el espacio que había entre ambos, notando como sus muslos entraban en contacto con tímidos roces.

—Antes de que arribaras, llegue a la conclusión respecto a un tema que me inquietaba— masculló ella; los fanales esmeraldas fijos en algún punto de pared. No se sentía incomoda por la cercanía del azabache.

— ¿Sobre qué?— preguntó él, contemplándola por el rabillo del ojo.

—Ahora comprendo por qué haces todo esto, ya sabes, pasar mucho tiempo lejos de la aldea— sonrió Sakura, volviendo a sonar más tranquilas, como el rumor de un riachuelo—.Sacrificas tu propia felicidad con tal de evitar que otra amenaza surja y ponga en peligro la paz y la estabilidad que todos nos hemos esforzado en conseguir.

Sasuke sintió que algo dentro de él se agitaba.

—Era el sueño de mi hermano— confesó, evocando la imagen de Itachi en lo más profundo de su mente—. Al inicio me rehusé a entenderlo y, solo después de la guerra lo comprendí.

La faz de la pelirosa, aunque visiblemente extenuado, lucia en paz, atestado de una parsimonia que Sasuke encontraba reconfortante, como si se tratase de un bálsamo para el alma.

—Tu hermano fue un joven sabio— comentó, situando una mano sobre la rodilla de Sasuke ligeramente flexionada.

—Si— dijo, nostálgico.

Sakura apoyó el cuerpo contra el suyo. Sasuke se quedó quieto como una piedra; su corazón latía de manera violenta al mismo tiempo que el aire le corrompía los pulmones.

Inseguro, rodeó los hombros de Sakura con el brazo; ella reclinó la cabeza en su hombro y en el proceso rozó su cuello con la punta de la nariz. Aferrado a la pelirosa, sintió como se caldeaba su corazón.

—Cuando te marchaste de la aldea poco después de la guerra, me sentí un poco decepcionada y triste, temía que jamás regresarías— confesó; el aliento cálido y dulce chocando contra la piel expuesta de su cuello.

—Te hice una promesa antes de irme, y no pensaba romperla— dijo con voz grave.

Una sonrisa queda se formó en los labios de la pelirosa.

Sin importar cuantas veces la empujo con frialdad, ella lo amó fervientemente, tratando de darle a su gélido corazón la luz del sol de primavera.

Después de un corto lapso de mutismo, descendió la mirada para encontrar a Sakura sumida en un profundo sueño; la punta de las pestañas acariciaba sus mejillas, lucia tan tranquila que optó por mantenerse en esa posición.

Sus labios acariciaron la coronilla de la cabeza de la pelirosa, inhalando el aroma a hierbas y flores que emanaba de aquellas hebras rosadas.

Arrullado por la calidez que irradiaba el cuerpo de Sakura, en aquel cuarto impregnado de su presencia, cayó en un sueño profundo, exprimiendo, gota a gota, todo el cansancio acumulado en cada una de sus células.

Continuara

N/A: ¡Feliz inicio del mes SasuSaku! :D aún recuerdo como si fuera ayer las ansias que sentía por saber si nuestro bello OTP se convertiría en canon.

Anyway… regrese a tiempo y que mejor que con una actualización :3

Espero que este capítulo compense el angst del anterior. Me tome la libertad de trasladarnos en los recuerdos muchos años atrás, cuando aún eran unos inexpertos genins, y un poco más adelante, durante el periodo en el que Sasuke estuvo entrenando con Orochimaru.

Como se los he mencionado, la historia es corta, pero intento no escatimar en detalles, puede parecer que el avance es un poco lento, pero la dinámica cambia a partir del capítulo 6, asi que, prepárense, que se vienen momentos muy románticos y tiernos.

Muchísimas gracias por tomarse el tiempo para leer esta historia y dejar un bonito review, en verdad, leo todos y cada uno de sus comentarios que, más allá de la motivación que me brindan, también me impulsan a mejorar, y por eso me siento profundamente agradecida con ustedes 3

Sin nada más que añadir, esto es todo por el momento.

¡Cuídense mucho! Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

¡Nos leemos pronto! ¡Chao!