Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla esta historia no me pertenecen ni son creaciones mías, todo es obra del gran Masashi Kishimoto.

Ikigai

Capítulo 8: Bajo el cielo estrellado

Konohagakure

8 años atrás

Al igual que muchas otras trivialidades en la vida, las festividades nunca fueron de su agrado. Detestaba la algazara y las calles atestadas; personas caminando entre los estrechos pasajes, ataviados en elegantes kimonos, los cuales, probablemente, sacaban del fondo del armario para las ocasiones especiales. Los puestos se disponían a las orillas de las banquetas, ofreciendo una serie de amenidades abordas que terminarían desechando dentro de uno o dos días.

Paseó la mirada con la asumida apatía de quien ha estado en ese lugar demasiadas ocasiones para impresionarse por su extravagancia, resguardó las manos dentro de los bolsillos de su pantalón y prosiguió con su camino, con la vista al frente y el rostro mortalmente serio.

Desinteresado, pateó una pequeña piedra al mismo tiempo que soltaba el aire contenido en sus pulmones. Habría permanecido en su apartamento, pero por alguna extraña razón se sentía inquieto, demasiado abrumado para resguardarse entre cuatro paredes, inmerso en la soledad, atrapado en la agonía de los recuerdos.

Tanto Sakura como Naruto habían insistido en arrastrarlo al festival Hanabi con la excusa de fraternizar. Estaba claro que ambos acudirían; su tonto amigo con la excusa de aproximarse a la pelirosa y, Sakura, por la emoción que le causaba contemplar el espectáculo de fuegos artificiales que se llevaría a cabo adentrada la noche. Como era de esperarse, se rehusó, argumentando que tenía cosas mejores en las cuales podría invertir su tiempo. Una excusa, en definitiva, patética.

Aquella noche de verano, caminando por ese anochecer iluminado y alegre, se percató de la presencia de Sakura no muy lejos de donde estaba. Quizá debería marcharse antes de que ella lo notara, aun podía recordar la mueca de decepción que se hilvanó en sus facciones cuando rechazó la invitación. Se dijo a si mismo que poco debían importarle los sentimientos de sus compañeros, a final de cuentas, no contemplaba pasar más tiempo en la aldea, tan pronto como consiguiera más poder, se lanzaría a la búsqueda de Itachi y no pararía hasta encontrarlo.

Había aprendido que cuantas más personas amara, más débil seria; comenzaría a hacer cosas que no debería, actuaria de forma imprudente para hacerlos felices, mantenerlos a salvo.

— ¿Sasuke-kun?

La voz de Sakura surgió entre las risas y el rumor de las charlas, poco segundos después, apareció ante él, con las mejillas arreboladas, el rostro dulce y la mata de cabello rosado escapándose del peinado, ojos atrabiliarios que transmutaban en una expresión burlona y chispeante cuando reía, con una sonrisa franca y abierta, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Acortó la distancia entre los dos, sin dar muestras de timidez.

—Pensé que no vendrías— espetó, arqueando una delgada ceja para conferirle un ápice de interrogante a su aseveración.

—Sakura— masculló, no muy seguro sobre qué hacer o decir.

—Nunca creí que esta escena seria de tu agrado— añadió, haciendo un mohín con las manos.

Apesumbrada, cerró los ojos un instante y se encogió de hombros. Restregó una mano contra su nuca y dejó escapar un suspiro. Lo último que deseaba era encontrarse con ella esa noche, no porque la detestara, sino todo lo contrario. Desde hace un par de semanas algo entre los dos había cambiado, un aspecto que era incapaz de detectar; se percató de lo mucho que le gustaba pasar el rato con Sakura, disfrutaba de las caminatas a casa y las salidas infraganti a beber té o comer; podía pasar horas escuchándola hablar sobre los temas que le apasionaban, desde las particularidades de los jutsus hasta las trivialidades del clima. Sakura había encontrado la manera de llamar su atención y, por alguna extraña razón, al final del día, se encontraba deseando contemplarla una vez más.

—No lo es— le aseguró, sonando más tajante de lo que pretendía—, simplemente daba un paseo.

La pelirosa tensó los labios, tal vez en señal de resignación. Sabía que era imposible tratar con él, pero aquello no parecía afectarle, sino todo lo contrario, se mostraba empática y paciente. En definitiva, no era merecedor de tanta amabilidad.

— ¿Dónde se encuentra Naruto?— echó un vistazo por encima de su hombro, esperando encontrar al escandaloso rubio deambulando por los puestos de comida o suvenires.

—Se marchó hace unos minutos. Al parecer le dolía el estómago. Le advertí que comer otro plato de ramen era demasiado, pero me ignoró— explicó.

—Eso quiere decir que estás sola— dijo.

Sakura lo miró detenidamente, la sonrisa breve resbalándole de los labios.

—Asi es— admitió apenada—.Estaba a punto de marcharme a casa cuando te vi en medio de la calle.

Sasuke sintió como el corazón le golpeó las costillas. Decidió cambiar de tema, el único que pudo encontrar fue uno relacionado con el festival.

— ¿Por qué tanto alboroto?— cuestionó, intentando lucir desinteresado.

La gente que minutos atrás rodeaba los puestos, emprendía la marcha hacia el claro despejado, cerca del campo de entrenamiento.

—Pronto comenzaran los fuegos artificiales— no pudo evitar sonrojarse un poco después de vociferarlo.

Sasuke parpadeó dos veces, como si estuviese saliendo de una ensoñación. Él e Itachi solían contemplar el espectáculo de luces desde el tejado de su casa; la última vez que lo hicieron fue unas cuantas semanas antes de la masacre; aquella noche, su hermano mayor había discutido con su padre, tal como sucedía desde su anexión a ANBU. Cuando acudió a buscarlo, lo encontró postrado al borde del techo, con la mirada fija en el cielo; intentó reconfortarlo, pero Itachi sosegó sus inquietudes con una sonrisa, prometiendo que se lo contaría en otra ocasión.

El recuerdo le removió las entrañas.

—Sasuke-kun, ¿te encuentras bien?— preguntó Sakura genuinamente consternada.

Aun medió atrapado en la bruma de la remembranza, el azabache parpadeó, aturdido. Justo enfrente de él estaba la pelirosa; su llamativa guedeja rosada resaltaba desordenada sobre el yukata rojo mientras lo observaba con el ceño arrugado.

—Lo estoy, Sakura, deja de preocuparte por mí— al detectar su propia rudeza reflejada en la expresión espantada de su compañera, se envaró, respiró profundo y soltó el aire paulatinamente mientras hablaba—. No sucede nada malo.

La pelirosa se alejó, no muy convencida con la escueta explicación.

Sus miradas se encontraron brevemente. Al poco, la kunoichi lanzó un suspiro largo y pausado, herida de silencio. Sasuke se maldijo internamente por haberla tratado de esa forma, ella solo estaba consternada e intentaba ayudar, no obstante, como cada vez que sucedía algo similar, él terminó arruinándolo todo. El aliento de la calle aleteaba alrededor de ellos. No tenía sueño, ni ganas de tentarlo. Tal vez pasaría el resto de la noche en vela, deambulando por los rincones más inhóspitos de la aldea.

—Sakura— susurró lo suficientemente bajo para que solo ella lo escuchara.

— ¿Si?— articuló la Haruno, bastante extrañada por el imprevisto llamado del Uchiha.

Carraspeó un poco para disipar la triza de contrariedad atascada en su garganta, sintiéndose torpe.

— ¿Quieres ir a ver los fuegos artificiales?— cuestionó; su tono de voz cambió a uno más trémulo, desvelando el nerviosismo. No pudo evitar sonrojarse un poco luego de murmurarlo.

Sakura lo contempló con los ojos muy abiertos a causa de la conmoción.

— ¡Oh, por dios!, ¿te sientes mal?— se inclinó hacia el frente, frunciendo el entrecejo en señal de preocupación— ¿Tienes fiebre?, ¿estas mareado?, ¿sufriste de alguna contusión antes de venir aquí?

— ¿Pero qué demonios pasa contigo, Sakura?— resopló Sasuke, retrocediendo un paso.

—No lo sé, supongo que algo verdaderamente malo pasa contigo como para invitarme a ver los fuegos artificiales— conjeturó—, o tal vez soy yo la que está soñando, creo que debería pellizcarme para despertar.

—Sakura—volvió a llamarla, envuelto por una mezcla de rabia, frustración y una porción de gracia. Le parecía insultante que su compañera atribuyera sus acciones a acontecimientos inverosímiles que solo apreciaría en un sueño.

—Asi que no es un sueño— susurró a la vez que sonreía con alivio desmesurado. Su risa se sintió como una cálida brisa en su oído.

— ¿Quieres hacerlo o no?— indagó impaciente.

El pelinegro notó un brillo un brillo irónico en sus pupilas esmeraldas.

—Por supuesto que quiero— dijo sonrojándose.

Al escuchar la respuesta de Sakura, notó como la opresión en su pecho disminuía, la atribulación que lo embargaba poco a poco se transformaba en calma.

Caminaron por un sendero bañado por la luz irreal de la luna, cruzaron el campo de entrenamiento hasta adentrarse en el bosque. Bajo el pálido fulgor, todos los sonidos adquirían una extraña reverberación. El ruido amortiguado de sus pasos sonaba lejano, como si estuvieran andando por el fondo del mar.

—Sasuke-kun, espera— solicitó Sakura a sus espaldas—, es difícil seguirte el paso con esto— señaló el kimono, recordándole que no llevaba un atuendo apropiado para desplazarse con libertad entre las ramas y el follaje.

El Uchiha arrugó el entrecejo. La ignoró por un momento y elevó la mirada al firmamento, donde miles de puntos refulgentes guarnecían aquella noche estival.

Sonrojada, la pelirosa aferró los largos y finos dedos al borde de su camiseta. Desde esa distancia, Sasuke notaba la calidez que emanaba de su cuerpo. Un extraño corrientazo lo recorrió de pies a cabeza; sus mejillas empezaron a arder, y su corazón se aceleró, golpeándole con fuerza las costillas.

—Estoy lista— le anunció en voz baja, demasiado ofuscada para contemplarlo a la cara.

Sasuke tragó grueso.

Haciendo un esfuerzo sobrehumano, e imponiendo el ultimo ápice de raciocino por encima de sus sentimientos, ambos se las apañaron para proseguir con su trayecto.

Salieron del bosque, tomaron asiento en la suave pendiente de la colina y, desde allí, vislumbraron el cielo cuajado de estrellas.

No hubo necesidad de llenar el silencio; tan pronto como como arribaron al prado, un espectáculo de colorares surcó el firmamento.

Sasuke dirigió la mirada hacia la joven que yacía a su lado; su vista permanecía clavada en el juego de luces. Tenía las rodillas dobladas y el mentón apoyado en ellas. Llevaba un bonito kimono carmesí y la mitad de su cabellera estaba sujeta por un pasador con forma de flor de cerezo. Su bonita frente resplandecía a la luz de la luna. Parecía un ser irreal hechizado por la luminaria. El Angulo de la luz exageraba la sombra de sus labios, carnosos y rosados, tersos y tentadores.

Tragó saliva para calmar la sed, el sonido resonó, atronador, en el silencio de la noche. La pelirosa dio un salto y, en un acto reflejo, clavó sus ojos en los de él. La miró, pero sus irises no decían nada. Las pupilas poseían una transparencia inusitada; tan claras que, a través de ellas, era capaz de vislumbrar el más allá. Su rostro quedaba a unos treinta centímetros del de él, aunque tenía la impresión de que se encontraba a un millón de años luz de distancia.

Con un ligero temblor en los dedos entumecidos, alargó el brazo para tocarla, sin embargo, no lo hizo.

Los sentimientos que lo unión a la pelirosa le producían un estado de inquietud, una agitación lindante en alegría. Sin embargo, desearía no haberlos reconocido. El lazo que lo engarzaba a Sakura era tan especial que se sentía abrumado cada vez que se encontraba cerca de ella, demasiado irradiado.

Resignado, apartó la mirada de la pelirosa y la clavó en la bóveda celeste; ya tendría tiempo para pensar en la complejidad de sus sentimientos. En ese momento, se dispondría a disfrutar de la tranquilidad de la noche, pero en especial, atesoraría cada segundo de la compañía de Sakura.

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El avistamiento meditabundo del Uchiha viajó con precaución por toda la extensión arrugada del mapa. Estaban cerca de su destino. Las colinas se alzaban indómitas; los pinos se cerraban en torno a ellos como un ejército de silenciosos shinobis de color gris verdoso. Los pueblos y las aldeas que encontraban a lo largo de la orilla de la bahía eran cada vez más pequeños y distantes entre sí.

Según el mapa, el castillo que buscaban se encontraba en esa región de Shimogakure, alejado de la vista de los mortales. Como era de esperarse, Sasuke consideraba que aquello solo se trataba de un cuento, pero Sakura pensaba lo contrario; ambos eran demasiado obstinados para rendirse, asi que, internamente, cada uno se había propuesto localizar la fortaleza a como diera lugar.

—Esta es la aldea— dijo Sasuke.

— ¿Estás seguro?— cuestionó la pelirosa, dubitativa. Admiraba los edificios pintados de un turbio gris bañados por la tenue luz que desprendían los rayos del sol—.No puedo ver el castillo.

Quiso rodar los ojos, pero se las apañó para responder con voz neutral:

—Desde este sitió será complicado. El mapa indica que la fortaleza se encuentra a cinco kilómetros al norte, en la periferia del poblado, tal vez cerca de la bahía.

—Quizá se encuentre en ruinas— inquirió Sakura con divina inocencia, enarcando una ceja.

—O tal vez no existe— musitó.

Molesta por el profundo escepticismo del Uchiha, la kunoichi cruzó los brazos a la altura del pecho y puso los ojos en blanco.

—No estaría de más acercarnos a alguien y preguntarle por la ubicación del castillo.

—Tengo todo bajo control— le aseguró, regresando el miramiento al arcaico plano que se resquebrajaba ante la inclemencia de su agarre—. Continuaremos con la ruta establecida y nos apegaremos al plan.

— ¿Alguna vez te mencionaron que eres demasiado autoritario?— cuestionó la ninja medico a su lado, reanudando la marcha en dirección a las puertas de la aldea.

—Un par de ocasiones— resopló.

Una brisa gélida proveniente del este, tan suave y que olía tan bien como Sakura, le revolvió el cabello alborotado. Oía el canto de los pájaros y veía a las personas transitar entre las calles, demasiado absortas en sus propios asuntos para reparar en la presencia de dos viajeros.

— ¿A qué se debe tanto movimiento?— preguntó Sakura muy seria; tenía el entrecejo fruncido y sus irises verdosos captaban con rapidez el ajetreo alrededor de ellos.

Sasuke observó durante un segundo o dos el panorama, intentando deducir la causa de la algarabía colectiva. Los niños recorrían las calles de un lado a otro, sonrientes, mientras los adultos se dirigían hacia el centro de la plaza, donde una serie de tiendas y puestos improvisados comenzaba a erguirse.

—El festival de las luces— sentenció el azabache tras un corto periodo de afonía—.Se lleva a cabo en esta época del año.

La pelirosa movió la cabeza a manera de entendimiento, mas no hablo; sus delgadas cejas permanecían alzadas al mismo tiempo que la curiosidad comenzaba a bosquejarse en sus delicadas facciones.

Sasuke soltó una enorme bocanada de aire y cerró los ojos un momento tratando de reunir el valor necesario para relatarle el cuento que su madre solía mascullarle cuando era pequeño.

—Hace mucho tiempo, estas tierras fueron azotadas por una gran plaga. En medio de la desesperación, el príncipe envió un mensajero especial al santuario, el cual le dijo que para acabar con aquel mal, debían lanzar setenta lámparas de papel para solicitar la clemencia de los dioses— su voz sonaba tan serena como el rumor de un riachuelo—. Curiosamente, la plaga desapareció.

Sakura lo contempló por un instante, ligeramente aturdida.

—Acabas de inventar esa historia— lo acusó.

— ¿Acaso tus padres nunca te la contaron?— cuestionó, arqueando una ceja.

La pelirosa negó con un ligero movimiento de cabeza; las hebras sedosas y rosadas danzando al compás del viento.

—Por supuesto que no. Estaba interesada en princesas y guerreros, no en historias de plagas y sacrificios— profirió.

Una imperceptible sonrisa estiró los labios del Uchiha.

Mientras se desplazaban por los senderos adoquinados, Sasuke se percató que la dinámica entre los dos había cambiado. Conforme el tiempo pasaba, comenzaba a desvelarle pasajes de su niñez, recuerdos que merodeaban en el fondo de su memoria, tan lejanos y difusos que era complicado discernir con precisión que había pasado. Le contó todo acerca de Itachi, las conversaciones que mantenían en el porche, a la vez que admiraban el atardecer; le habló sobre las exquisitas comidas que preparaba su madre y de los cálidos momentos que pasó a lado de su padre. Evocar tales efigies ya no causaba un profundo dolor en su interior, y atribuyó tal acaecimiento al hecho de que ya no se encontraba solo, puesto que cada vez que echaba un vistazo a su costado encontraba a Sakura caminando a su lado, dispuesta a acompañarlo en una travesía incierta con el fin de aclarar sus propios sentimientos.

A medida que iban adentrándose en la aldea, Sakura comenzó a andar resuelta sin menciona siquiera adonde se dirigían. Resignado, no tuvo más remedio que seguirla, manteniéndose a un metro detrás de ella. De haberlo deseado, hubiese reducido esa distancia, pero una repentina timidez se lo impidió. Deambulaba detrás de Sakura con la vista clavada en su pequeña espalda y su melena, rosada y lisa. A trechos se volvía para recitarle algo, sin embargo, la mayor parte del tiempo se encontró a si misma incapaz de contestarle algo.

Fue unos cuantos minutos después del largo paseo que ambos se vieron obligados a detener el paso cerca de la hilera de puestos de comida: una pareja de ancianos intentaba bajar la mercancía de la carreta, se trataban de pesadas cajas que a duras penas podrían acarrear entre los dos. Una cesta resbaló de las manos de la octogenaria, desperdigando las manzanas y duraznos y por el suelo. La gente transitaba sin inmutarse, lo cual, generó cierta molestia en el azabache.

—Permítame ayudarla— se adelantó a decir Sakura, colocándose de cuclillas a lado de la apenada dama— ¿Se encuentra bien?

La mujer esbozó una sonrisa tímida, al mismo tiempo que soltaba el aire en una enorme bocanada de aire.

—Mis ojos se han vuelto viejos y mis extremidades torpes.

La pelirosa se encogió de hombros.

— ¿Se lastimó?, la caída fue bastante fea— dijo ella.

—Estoy bien, niña, no hay nada de qué preocuparse.

Dubitativa, la kunoichi ayudó a la anciana a ponerse de pie. Internamente, Sasuke sintió como su corazón se hinchó de alegría al presenciar tal acto de amabilidad. No era la primera vez que Sakura se detenía a auxiliar a las personas, la mayor parte del tiempo eran niños o ancianos, seres indefensos a los cuales se aproximaba con exhilarante felicidad. Todos y cada uno de ellos la contemplaban con la misma devoción que él lo hacía.

—Yo me encargo de eso— espetó él, mientras despojaba al anciano de la pesada arca de madera.

—No es necesario, chicos, en verdad estamos bien— dijo la mujer, nerviosa.

—Los ayudaremos con esto— profirió Sakura, señalando el armatoste atestado de frutas.

—No tenemos cómo pagarles— resurgió una voz trémula a sus espaldas.

—No debe preocuparse por eso, no estamos haciéndolo para recibir un pago, asi que les aconsejo que ambos tomen asiento mientras nosotros nos encargamos.

Sasuke contuvo las ganas de reír. Cualquier persona consideraría inaudito vislumbrar a dos hervores de guerra realizando una misión que solo realizaban los ninjas de rangos inferiores.

— ¿Por qué siempre terminamos enfrascados en estas situaciones?— le preguntó en voz baja. Aferró los dedos al borde de la caja y la levanto con facilidad, al mismo tiempo que la pelirosa apilaba tres arcas, haciendo alarde de su fuerza descomunal.

—Ciento una explicable debilidad por las cosas rotas— respondió, sonriente.

Sasuke sintió como la sangre se le precipitó al rostro, confiriéndole a sus mejillas un tenue sonrojo. Su corazón latió de forma errática, incontrolable. La declaración lo había tomado por sorpresa y, tenía la certeza de que Sakura disfrutaba verlo ofuscado.

Lejos de responder la jugada sucia de su compañera, se limitó a acarrear las pertenencias de los ancianos, ya llegaría su oportunidad, la dejaría sin aliento, de eso estaba seguro.

Colocó la última caja en el suelo; limpió el sudor de su frente con la manga que le cubría el antebrazo derecho. El clima de las costas de Shimogakure era más cálido en contraste con el de la aldea situada en las faldas de la montaña.

—Muchas gracias por su ayuda, niños, estamos agradecidos con ustedes— dijo la anciana, otorgándoles una sonrisa cálida. Su rostro estaba lleno de arrugas, al igual que sus manos.

—Lo hicimos con mucho gusto— la pelirosa se inclinó hacia el frente a manera de reverencia— ¿Podemos auxiliarlos con algo más?

— ¡Oh, por dios!, por supuesto que no, linda, tu novio y tú ya hicieron suficiente por nosotros dos.

Ambos se otearon de reojo, mas no dijeron nada. Estaban demasiado avergonzados para refutar la aseveración de la anciana.

Irresoluta, Sakura carraspeó discretamente para disipar la fosca de incomodidad instalada entre ellos.

—En realidad me preguntaba si ustedes pudiesen ayudarnos con algo— dijo la pelirosa. La pareja de ancianos intercambiaron miradas nerviosas—, verán, venimos desde muy lejos…

—Lo noté— reconoció el hombre—.Su acento me parece peculiar, tal vez provienen del sur.

La pelirosa esbozó una sonrisa.

—Sakura— la llamó Sasuke por lo bajo. Ya habían hablado sobre el pedir indicaciones. El hecho de que su compañera decidiera ignorarlo era un insulto a su sentido de orientación.

—Estamos aquí buscando el castillo de Ama no Uzume. Las historias indican que se encuentra en esta región, pero no lo hemos contemplado— insistió ella.

La mujer rió y el nonagenario lanzó un suspiro cansado.

—El castillo es un mito— explicó encogiéndose de hombros; lucía apenado, quizá no disfrutaba ser el portador de malas noticias ni la persona que terminara con sus sueños de tajo.

Ambos dieron un respingo abatido; Sakura parpadeó, aturdida; Sasuke permaneció de pie, anonadado.

—Oh cariño, no seas tan duro con ellos— intercedió la dama, propinándole pequeñas palmadas en la espalda a su esposo—.Las historias están en lo correcto, sin embargo, el mito dice que solo pueden contemplarlo aquellos que son afortunados.

Tanto él como Sakura, intercambiaron una mirada silenciosa, persistente e increíblemente calmada. Con esto solo comprobaban que se habían dejado llevar por un cuento infantil.

—Es una lástima que ambos viajaran durante días para escuchar tan decepcionante respuesta— dijo la anciana.

—Oh, no se preocupe— rebatió Sakura haciendo un mohín con las manos; una sonrisa nerviosa estiraba sus mejillas—. Solo intentábamos corroborar su existencia.

—Bueno, ahora que están aquí, deberían disfrutar del festival, es el tercer día asi que pueden pasar por los puestos de comida— explicó el afable hombre—, estoy seguro que les encantaran los platillos típicos de la región.

—También pueden acudir al santuario a recibir la bendición de la diosa del amor y la fertilidad.

Sakura dio un respingo, elevó la cabeza tan rápido que, con más ímpetu, estaría sufriendo de un episodio de latigazo cervical. Sonrojada, giró la mirada hacia él. Aquel comentario hizo que los sentidos de Sasuke centellaran.

Hasta el momento, ninguno de los dos había hablado sobre el elefante en la habitación: sus sentimientos. La mayor parte del tiempo, casi siempre se mostraba frio, distante y orgulloso, tratar con la gente era más complejo de lo que pensaba, por lo que sus interacciones sociales siempre se limitaban a personas cercanas, tales como Kakashi y Naruto. No obstante, con Sakura era distinto. Sus atenciones, sonrisas y compañía hacían tamborilear su pecho sin motivo alguno, considerándola, de esta manera, la persona más extraña y cautivadora que había conocido en toda su existencia.

Ella lo sabía desde hace mucho tiempo, pero era como acercarse a algo tan grande que no lo veía. Ni siquiera ahora estaba seguro de verlo, pero sabía que sus sentimientos estaban ahí, tan puros e intensos como el fulgor de una súper nova.

Aun asi, Sasuke tenía miedo de que no compartieran algo, que todas sus suposiciones fueran erronas y que su palabra y acciones se hubiesen aislado aún más y ella la juzgara un idiota.

—Por la noche, el cielo se llena de linternas de papel— agregó el anciano, intentando otorgarles una razón más para permanecer en la aldea—.La vista desde el lago es encantadora.

La pelirosa lanzó una risita tensa.

—Muchas gracias por su tiempo. Supongo que ya que estamos aquí no nos haría mal dar un recorrido por la aldea, ¿verdad, Sasuke-kun?

—Aa— asintió el Uchiha.

Antes de marcharse, la pareja volvió a agradecerles a ambos. Asi terminó la conversación. Sakura reemprendió la marcha hacia el este, y él la siguió unos pasos detrás.

—Realmente lo lamento, Sasuke-kun— dijo, tragando grueso, como si asi pudiera aclararse la pena—.Te arrastre a este sitio solo por un capricho.

—Está bien, Sakura— respondió con un gesto tranquilo decorándole el rostro—.Podemos ir a revisar.

La aludida no respondió de inmediato. Miró de reojo la faz serena del Uchiha.

—Sé que no te gustan estas cosas, pero deberíamos hacerlo, de cualquier forma ya estamos aquí.

Por esa mujer era capaz de ir hasta el fin del mundo, si ella lo quisiera; o hacer cualquier otra cosa. Pero Sakura no se lo exigiría.

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Tras quince minutos de caminata, ambos detuvieron el paso frente a un paraje de soba-ya. Encargaron los fideos y comieron en silencio. Él estaba agotado por la caminata, y ella, con las manos descansando sobre la mesa, parecía estar absorta en sus cavilaciones.

Esa mañana había llovido a ratos; al medio día el diluvio cesó y el viento del sur barrió los oscuros nubarrones que cubrían el cielo. Las hojas y las flores de los cerezos, de un fresco color verde y un bonito pigmento rosado, se mecían al viento y reflejaban los destellos de los rayos del sol. Todo el mundo parecía feliz aquella tarde de festival.

Cuando terminaron de comer, el sol declinaba. Era un apacible atardecer de primavera.

Familias y parejas comenzaban a congregarse en el prado para contemplar el espectáculo de luces que se llevaría a cabo dentro de una hora o dos. Tal como lo había mencionado el anciano, la vista del lago era maravillosa y, ciertamente, romántica, quizá por esa razón los jóvenes optaban por congregarse a orillas del cristalino armajal.

— ¡Encontré un sitio!— exclamó la pelirosa entusiasmada; su dedo índice apuntaba a un espacio despejado, no muy lejos de la orilla pero si apartado de las demás personas.

En respuesta, Sasuke frunció el entrecejo, ella pareció decepcionada con su expresión.

—O podemos contemplar las luces desde aquí— dijo, pero no añadió nada más.

El pelinegro clavó la vista en el cielo. Tal vez esperaba encontrar ahí las palabras adecuadas o el valor necesario para recitarlas. Por supuesto, no las halló. Suspiró, cerró los ojos y lanzó un suspiro.

—Tengo una mejor idea. Sígueme.

Sakura levantó la vista y lo miró a los ojos.

— ¿A dónde vamos?

—No hagas preguntas— dijo, sonando más rudo de lo que esperaba. Sakura parpadeó, cohibida—.Encontraremos un mejor lugar.

Caminaron por la periferia de la aldea hasta adentrarse en el bosque, lejos del barullo y la algarabía.

— ¿Tienes idea hacia donde nos dirigimos?— la voz resonó a sus espaldas en un tono estridente.

—Lo sé— rodó los ojos—. Si dejaras de ser tan obstinada ya lo sabrías.

Ella por fin hizo caso y, en lugar de responder, caminó a su lado, intentando emular el ritmo de su apresurada marcha.

Las nubes altas en el cielo del oeste formaron una fina capa amarillenta que se fue condensando conforme transcurrían los minutos y luego se espeso hasta que un fulgor filtrado de color naranja se cernió sobre las copas gigantes de los árboles del bosque; las hojas adquirieron un tono negro aceitoso, el cielo y la tierra adoptaron un esplendor rojizo, los troncos hinchados de los robles se volvieron tan oscuros que empezaron a parecer azules.

Recorrieron aquel tramo en confortable silencio. Cuando salieron del robledal y llegaron al punto en el que el sendero enlazaba con otro camino. La luz menguante agrandaba la extensión crepuscular del bosque, el tenue fulgor amarillo daba a unas ruinas de aspecto bello y grandioso.

—Sakura— la llamó para capturar su atención.

La pelirosa tenía el cuerpo inclinado ligeramente hacia el frente, con ambas manos sobre sus muslos, intentando recobrar la respiración.

— ¿Qué?— rugió molesta.

—Mira allá arriba— le ordenó.

— ¿Qué sucede?— inquirió ella aun sin comprender lo que estaba pasando—.Espero que no sea otro sendero, porque te juro que te obligare a subirlo conmigo en tu espalda—lo amenazó.

Sasuke contuvo una sonrisa.

—Solamente mira en esa dirección— apuntó Sasuke.

La pelirosa obedeció sin comprender. Abrió los brillantes ojos esmeraldas como platos, llenos de auténtico asombro al vislumbrar los muros de piedra intactos. Las murallas blancas y los elegantes tejados en forma de terrazas realzaban la estética inmaculada y prístina del castillo.

—Después de todo…era cierto, no se trataba de un cuento.

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Sasuke.

—Tal vez los ancianos estaban jugando con nosotros.

—O tal vez, nosotros somos afortunados— dijo ella, enrojeciendo.

Sasuke tragó grueso al contemplar la forma en la que Sakura mordía su labio inferior, enturbiando sus procesos mentales hasta delegarlos a niveles mediocres. Sus neuronas dejaron de hacer sinapsis con su cordura.

Sin decir una palabra, los dos subieron uno a uno el centenar de peldaños que conectaba al porche y, consecuentemente, a la puerta principal.

Tomaron asiento sobre una de las escaleras, permitiendo que sus cuerpos extenuados y magullados por el viaje descansaran. Se estaba haciendo de noche rápidamente. Los rayos de sol ya se habían desvanecido cuando la última rodaja de luz se hundió bajo los bosques del oeste. El cielo del atardecer se tornó del gris desteñido de una vieja capa que hubiera sido lavada demasiadas veces, y las primeras tímidas estrellas comenzaban a brillar.

Sakura estaba tan emocionada que parecía una niña pequeña recibiendo un regalo. Sasuke sentía como se caldeaba su corazón. El ángulo de la luz exageraba la forma de sus labios. La sombra vibraba en pequeñas pulsaciones al compás del acompasado palpitar, o tal vez de sus pensamientos. Quizá susurraba plegarias mudas a la noche.

—Es hermoso, ¿verdad?

La voz de Sakura lo sacó de sus pensamientos, obligándolo a que su mente tocara tierra firme.

—Lo es— la observó por el rabillo del ojo y sonrió. Aquel paisaje no se comparaba en absoluto con la arrebatadora belleza de la pelirosa.

Si tan solo Sakura fuese capaz de contemplarse a través de sus ojos, se sorprendería al descubrir lo enamorado que estaba de ella; si pudiera escuchar lo rápido que latía su corazón en ese momento, o cuando le sonreía de esa forma, inocente y cálida. O tal vez cuando estaba tan cerca de él que sentía iba a desfallecer. Tenía un enorme poder sobre él, pero no lo sabía.

—Sakura.

Al escucharlo, en un acto reflejo, giró la cabeza para mirarlo.

— ¿Qué sucede?— cuestionó al apreciar la preocupación trazada en su rostro.

Reconocía que no era la persona más expresiva del mundo, pero ella tenía el poder de detectar cuando algo lo molestaba con solo mirarlo a los ojos.

— ¿Por qué te uniste conmigo en este viaje?— preguntó; su voz gruesa y trémula, a duras penas perceptible.

Las estrellas brillaban en el oscuro manto. Una ráfaga de viento azotó las hebras de cabello rosa que caían al costado de su bonito rostro. La penumbra de la noche y pálida luz de la luna rociaba sus cuerpo, tan distantes y cercanos a la vez.

—Si no lo hubiera hecho, tu estarías solo— su respuesta llegó como el revoloteo de ave, frágil pero inmutable—.Pensé que te vendría bien algo de compañía.

Una brisa más gélida que la anterior volvió a azotarles. Las fosas nasales de Sasuke se llenaron con el aroma del bosque. A pesar del aterido clima, sentía un calor brotando desde el interior de su pecho. Cada fibra de su cuerpo centellaba ante la bruma de sentimientos y emociones incontrolables. En su interior fluían tantas sensaciones que no podía precisar alguna. Su mente estaba sumida en una telaraña de pensamientos, a los que difícilmente les encontraba un sentido racional.

Durante muchos años él fue la causa de su sufrimiento, la razón por la cual derramaba lagrimas por las noches y rompía en llanto hasta quedarse dormida. Cuando se marchó a su viaje de redención, se preguntó en incontables ocasiones si Sakura todavía lo amaría, después del infierno que atravesaron juntos, se dijo a si mismo que si en algún punto ella llegaba a odiarlo no se lo reprocharía. Sus pensamientos, sentimientos y emociones cambiaron en el instante en el que la kunoichi le pidió acompañarlo, derrumbando la torre de naipes erguida en sus inseguridades para instalar un atisbo de esperanza en su interior.

Su pecho convulsionó ante el errático latir de su corazón, porque jamás la había visto de esa forma, tan contenta, genuinamente feliz. Cuando estaba cerca de ella, se sentía el hombre más dichoso en la faz de la tierra.

—También…— la voz de Sakura se alzó por encima de las melodías del bosque. Sasuke permaneció en silencio, tal como lo hizo desde el momento en el que ella comenzó a hablar—.También yo estaría sola si tu no estuvieras cerca.

El imperceptible tono carmesí en sus mejillas se volvió más oscuro, él también podía sentir como su rostro ardía.

Tal vez no todas las preguntas necesitaban una respuesta.

Ni siquiera el creciente martilleo de sus nervios le impidió a Sasuke acercarse instintivamente; el movimiento, sintiéndose como si estuviera bajo el agua. Mirándola a los ojos, tomó uno de sus mechones de cabello en un gesto de absoluta devoción. Eso pareció ser suficiente aliciente para Sakura, quien enrojeció hasta la raíz del pelo como una niña pequeña; el rubor era más intenso sobre la tez de sus pómulos.

El pecho de Sasuke efectuó un extraño movimiento de apnea al notar que la chica frente a él lo contemplaba con tanto amor que sentía estaba atrapado en un sueño, ¿Acaso se encontraban atrapados en el Tsukuyomi infinito?¸ si era asi, esperaba no despertar jamas.

—Sasuke— masculló.

Poseído por una mortal necesidad de tocarla, presionó su frente contra la de ella, mientras hundía sus dedos en la tersa melena; acarició con la punta del pulgar el lóbulo de su oreja la piel estaba fría al tacto.

Sasuke se sentía lo bastante inseguro como para pensar que en cualquier instante ella se escabulliría. Destrozando cualquier mecanismo de autocontrol, presionó su boca contra la de ella para besar sus labios suaves de forma lenta y efímera. Sabía a bálsamo de labios y sal. El contacto fue ínfimo, pero arrebatador.

Se alejaron renuentemente. Al elevar los parpados, sus irises colisionaron en un choque lemanita y oscuro; ahí, en su mirada, estaba trazado el dolor, el deseo, el amor que sentía explícitamente por ella.

Las palabras de la noche anterior retumbaron en los recovecos de su mente, y se sintió como un estúpido al percatarse que todo este tiempo, la chica a la cual amó siempre fue Sakura. Toparse con esa revelación era tan abrumador, que sentía como si le hubiesen desnudado el alma, permitiéndole apreciar cuan vulnerable era.

« ¿Puedo ser egoísta una vez más?», preguntó para sus adentros, mientras acariciaba la mejilla de la pelirosa. A lo largo de su corta existencia, nunca se consideró a sí mismo como un hombre que realizara buenas acciones. Sus manos estaban manchadas de sangre, arrastraba consigo pecados imperdonables. Perdió la inocencia años atrás, cuando contempló el líquido carmín en la plata de sus pies, o aquella vez en la que atisbó sus manos temblorosas luego de haber asesinado a su hermano. Era un chico solitario buscando consuelo, redimirse de sus acciones.

Estaba enamorado de Sakura, completo, ardiente y perdidamente.

¿Podría ser alguien tan vil como él dichoso?, no era merecedor del amor de Sakura, pero ella solamente lo había aceptado, tal y como era, con todos sus defectos y virtudes, con su oscuro pasado y el futuro incierto.

Él la rodeó con el brazo y se besaron de nuevo con mayor confianza. Todos sus sentimientos brotaron en forma de avalancha, como una oleada incontenible y salvaje. Audazmente, se tocaron la punta de la lengua, y fue entonces cuando ella emitió un sonido de desfallecimiento, un suspiro que, más tarde marcaria una transformación. Aquel gemido pareció penetrarle, perforarlo de arriba hacia debajo de tal manera que la besó libremente.

Una lágrima solitaria resbaló por la mejilla de Sakura. Al percatarse de la humedad contra su piel, interrumpió el contacto, obligándose a retroceder. Preocupado, envueltos por la oscuridad de la noche, la avizoró, a la par que disipaba el rastro del llanto con la punta de su pulgar.

— ¿Sucede algo malo?— cuestionó angustiado.

Ella negó con la cabeza, incapaz de hablar.

Sakura bajó la mirada y él esperó

Al cabo de unos segundos, Sakura aferró sus dedos a la solapa de su camisa y, en un abrir y cerrar de ojos, lo atrajo hacia sus labios besándolo tan gentil como le era humanamente posible, como si tuviese miedo de él se desvaneciera. Sasuke respondió el beso, aferrándose a cintura con temor; todo alrededor de los dos dejó de existir. El castillo a sus espaldas, la noche estrellada, el gélido viento. En ese instante solo perduraban ellos dos. Jamas había sentido algo asi. Era una nueva sensación que lo sacudía de pies a cabeza. Ella lo estaba matando, cada vez que sus dedos se enlazaban en su ropa, pidiéndole más. Su tacto eran caricias febriles que recorrían cada centímetro de su piel.

Por fin eran desconocidos, su trágico pasado quedaba en el olvido. También para sí mismos eran desconocidos que habían olvidado quienes eran o donde estaban, se encontraban más allá del presente, fuera del tiempo y el espacio, sin recuerdos ni futuro. No existía nada aparte de aquella sensación devastadora, emocionante y henchida.

Jamás se había sentido tan en paz consigo mismo. Ya no había más enemigos por vencer, tampoco un hermano del cual tomar venganza ni ancianos que, con sus tramas siniestras, empujaron a Itachi a realizar lo impensable. Todo eso quedaba en el pasado, no eran nada más que ecos y susurros que no volverían.

Contuvieron el aliento al apartarse. Sakura le devolvió la mirada, sorprendida por el hecho de su propia metamorfosis, abrumada por la belleza de un rostro que nunca terminaría de fascinarla. Susurró el nombre del azabache con la parsimonia de un infante que ensaya sonidos distintos. Cuando Sasuke respondió recitando el apelativo de su compañera, sonó como una palabra nueva, como si acabaran de realizar un juramento bajo las estrellas.

Permanecieron inmóviles durante el lapso de medio minuto. Para sorpresa de Sakura, el Uchiha volvió a llamar su atención situando la punta de dos dedos sobre su frente, realizando aquel toque con el que prometió regresar por ella.

Sonriente, Sakura apoyó su cuerpo contra el de Sasuke. Al rodearla con su brazo, reclinó la cabeza en su hombro y le rozó el cuello con la punta de la nariz.

Las luces de las linternas tintineaban en el cielo. Sin más preámbulo, rebuscó el rostro de la pelirosa entre las sombras de la oscuridad para reclamar nuevamente sus labios con un beso tierno, no muy profundo como el anterior, pero si demasiado emotivo para dejar fluir todos sus sentimientos, consagrando su amor.

Continuara

N/A: Estoy de vuelta con una nueva actualización :3

Lamento la tardanza, en esta ocasión demoré más de lo que tenía previsto, como verán, pase los últimos días escribiendo la conclusión de otro de mis fics, para asi concentrarme de lleno con esta historia y proseguir con las actualizaciones constantes :D

Como siempre, mil gracias por su apoyo y, sobre todo, mil gracias por sus reviews 3

Leo todos y cada uno de sus comentarios, tomo en cuenta sus puntos de vista y también las sugerencias que tienen para mí. Es muy reconfortante saber que esta improvisada historia es de su agrado, espero no decepcionarlxs con el desarrollo, ustedes son lo mejor, gracias totales por todo el cariño que me brindan.

Sin nada más que añadir, esto es todo por el momento. Espero regresar la siguiente semana con otro capítulo.

¡Cuídense mucho!, si es que están regresando a esta "nueva normalidad", les mando un fuerte abrazo y mucho cariño.

¡Nos leemos pronto! ¡Bye, bye!

Shekb ma Shieraki anni