1. Un buen Día…¿O no?


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


La ciudad era suya. Naruto Namikaze poseía esa ciudad, y el mundo era perfecto. Al menos eso era lo que se decía a sí mismo.

Una morena con voz de gatita sexy se arrodilló ante él y le rozó el muslo desnudo con su larga melena oscura.

—Esto es para que no te olvides de mí —ronroneó ella.

La punta del rotulador Sharpie le hizo cosquillas en la cara interna del muslo mientras miraba la parte superior de la cabeza de la chica.

—¿Cómo iba a olvidarme de una mujer tan hermosa como tú?

—Será mejor que no lo hagas. —La vio apretar los labios contra el número de teléfono que había escrito con tinta negra en su pierna. Tardaría una eternidad en conseguir que desaparecieran aquellas cifras, pero apreciaba a sus admiradores; por eso no la había apartado.

—Lamento no poder quedarme a charlar contigo —le dijo educadamente a la joven mientras la ayudaba a levantarse—, pero tengo que seguir entrenando.

Ella llevó las manos con reverencia a los lugares que él había tocado.

—Puedes llamarme en cualquier momento del día o de la noche.

Naruto le brindó una sonrisa mecánica antes de seguir trotando por la ruta pavimentada que recorría la costa del lago Michigan por debajo del magnífico skyline de Konoha. Era el hombre más afortunado del planeta, ¿verdad? Claro que sí. Todo el mundo quería ser su amigo, su confidente, su amante... Incluso los extranjeros sabían quién era. Berlín, Nueva Delhi, Osaka... Daba igual. No había nadie que no conociera a Naruto Namikaze.

Dejó los embarcaderos de Burnham Harbor a la derecha. Era septiembre, por lo que los barcos saldrían pronto del lago pero, por el momento, se balanceaban anclados a los muelles. Aceleró el paso, asegurándose de que sus zapatillas de correr botaban sobre el camino frente al lago con un ritmo perfecto. La coleta rubia de una mujer se balanceaba delante de él en la pista de running. Piernas fuertes. Buen trasero. Desafío cero. La adelantó sin alterar su suave cadencia.

Era un buen día para ser Naruto Namikaze, aunque todos los días lo eran. Se podía preguntar a cualquiera. La bandada de gaviotas que sobrevolaba la costa de Konoha bajaba las alas en su honor.

Las hojas de los gigantescos robles que daban sombra al sendero se agitaban como si estuvieran aplaudiéndole de forma frenética. Incluso los pitidos de los taxistas que iban a la carrera por Lake Shore Drive lo alentaban. Adoraba esa ciudad, y ella lo adoraba a él.

El hombre que corría delante de él poseía la fisonomía de un atleta y avanzaba a buen ritmo.

Aunque no lo suficiente. Le adelantó. Aquel tipo no aparentaba ni treinta años; Naruto tenía treinta y siete y su cuerpo estaba un tanto deteriorado tras una larga carrera como jugador de fútbol americano, pero no lo suficiente como para dejar que nadie le superara.

Naruto Namikaze había hecho el draft con los Oklahoma State, donde lo habían fichado los ojeadores de Houston. Tras ocho años como quarterback titular en los Miami Dolphins, se había convertido en el fichaje millonario de los todopoderosos Konoha Stars, a los que, después de tres temporadas, había impulsado a ganar el anillo de diamantes de la Super Bowl.

Una vez que tuvo en su dedo aquel ansiado trofeo, hizo lo más inteligente y se retiró cuando todavía seguía en lo más alto. Y era lo mejor que había podido hacer: abandonar el juego antes de convertirse en uno de esos patéticos deportistas que trataban de aferrarse de forma desesperada a sus días de gloria.

—¡Hola, Naruto! —le saludó un corredor que se acercaba en dirección contraria—. Los Stars van a echarte de menos este año.

Naruto le devolvió el saludo poniendo el pulgar hacia arriba.

Los tres años que había estado con los Stars habían sido los mejores de su vida. Era posible que sus raíces estuvieran en las tierras de Oklahoma, podía haber madurado en Miami, pero había sido en Konoha donde había demostrado su valía. El resto era historia del fútbol americano.

—¡Naruto! —La preciosa morena que venía directa hacia él apenas logró mantener el equilibrio cuando lo reconoció.

Él le ofreció su sonrisa para fans.

—Hola, cariño. Estás muy bien.

—No tanto como tú.

Su cuerpo había sufrido duros golpes en los últimos años, sin embargo seguía siendo fuerte, con los mismos reflejos rápidos y la actitud ganadora que había llamado la atención durante su época universitaria.

Y la atención que recibía entonces solo se había hecho más intensa con el paso de los años. Era posible que se hubiera retirado del fútbol profesional, pero eso no quería decir que su juego no fuera el mejor, aunque ahora lo desarrollaba en un nuevo campo, uno que estaba decidido a conquistar.

Corrió dos kilómetros. Y dos más. Solo los ciclistas eran más rápidos que él. Los demás eran sus cortesanos, despejando el camino para que él lo disfrutara esa tarde de septiembre. Nadie podía igualarlo, ni los jóvenes brokers que movían la bolsa de Konoha ni las ratas de gimnasio llenas de tatuajes que presumían de bíceps.

Superó con éxito dos kilómetros más y un corredor fue capaz de seguir finalmente su ritmo. Era joven. Quizás universitario. Se sintió provocado y aceptó el reto. Nadie le superaba. Y eso era todo.

El joven lo miró de reojo y, cuando vio quién estaba junto a él, casi se le salieron los ojos de las órbitas. Naruto apretó los dientes y siguió corriendo, dejándolo atrás.

«¿Viejo yo? Ni hablar.»

Oyó unas pisadas a su espalda. Otra vez el mismo muchacho, que se puso a su altura como si quisiera pavonearse.

«Hoy me encontré a Naruto Namikaze haciendo footing y le di una buena lección.» «Olvídalo, nene. Eso no va a pasar.»

Aceleró. No era de esos jugadores idiotas que se creían que los Stars habían ganado el anillo de la Super Bowl gracias a él, pero era plenamente consciente de que no podrían haberlo hecho sin su ayuda. Y eso era así porque, por encima de todo, era un ganador nato.

Ahí estaba de nuevo aquel joven. Era alto y flaco. Con piernas y brazos como palillos, demasiado largos para su cuerpo. Debía de tener quince años menos que él, pero eso no era una excusa, así que apuró el paso.

Cualquiera que dijera que ganar no lo era todo es que estaba loco. Ganar era lo único importante, y cada una de las veces que había perdido había sido tóxica para él. Sin embargo, no importaba lo mucho que perder le hiciera hervir por dentro, siempre se conducía como un deportista modélico: autocrítico, galante al elogiar al adversario, sin quejarse por los insultos, los compañeros de equipo, los ineptos o las lesiones.

No importaba lo amargos que fueran sus pensamientos, cada palabra venenosa moría en su boca, jamás la dejaba salir. Los lloriqueos era lo que distinguía a los auténticos perdedores. Pero, ¡joder!, odiaba perder. Y no iba a ocurrir en ese momento.

El joven poseía una zancada larga y constante. Demasiado larga. Él entendía el arte de correr de una forma que no lo hacía ese joven, por lo que era capaz de reprimir el impulso de dar pasos demasiado largos. No era estúpido. Los corredores estúpidos acababan lesionándose.

De acuerdo, sí era estúpido. Un punzante dolor le abrasaba la espinilla derecha, tenía la respiración demasiado agitada y le palpitaba la cadera mala. Su mente le susurró que no tenía que demostrar nada. Pero no podía permitir que ese muchacho le ganara; no estaba preparado para ello.

El trote se convirtió en una carrera. Había luchado contra el dolor durante toda su vida profesional y no iba a ceder ahora ante él. Y menos el primer septiembre después de retirarse, mientras sus antiguos compañeros se partían el culo ejecutando simulacros para estar a punto un domingo más. No pensaba ser como otros jugadores retirados, que se contentaban con disfrutar de su dinero mientras se ponían cada vez más gordos y ociosos.

Diez kilómetros. Lincoln Park. El joven estaba de nuevo a su lado. Le ardían los pulmones, la cadera le mataba y tenía las espinillas en llamas. Comenzaba a sufrir síndrome de sobrecarga tibial, el más vulgar de los calambres en las piernas, pero no había nada ordinario en esa clase de dolor.

Dejó atrás al joven, pero este volvió a alcanzarlo. Lo hizo rezagarse de nuevo, pero el muchacho lo atrapó una vez más. Estaba diciéndole algo. Él lo ignoró. Bloqueó el dolor como hacía siempre, concentrándose en seguir moviendo las piernas, en aprovechar cada molécula de aire que entraba en sus pulmones. Su objetivo era ganar.

—¡Naruto! ¡Señor Namikaze!

«¿Qué carajo...?»

—¿Podría... hacerme... un... selfie... con... usted? —jadeó el joven—. Es... para... mi... padre.

¿Solo quería hacerse un selfie con él? Sudaba por cada poro de su piel. Sus pulmones estaban a punto de explotar. Disminuyó la velocidad, y el muchacho le imitó hasta que los dos se detuvieron. Naruto quiso tirarse al suelo para acurrucarse en posición fetal, pero el joven seguía de pie, y antes se pegaría un tiro en la cabeza que ceder delante de él.

Una gota de sudor le resbaló por el cuello.

—Supongo que no debería... interrumpir su entrenamiento... aunque... significaría mucho... para mi padre.

La respiración del joven era casi tan jadeante como la de él, pero la disciplina aprendida tras quince años en la NFL hizo que Naruto esbozara una sonrisa.

—Por supuesto. Hazlo feliz.

El muchacho sacó el móvil del bolsillo y lo colocó en la mano mientras le contaba que su padre y él eran sus mayores fans. Naruto se concentró en hacer funcionar sus pulmones. El joven resultó ser un atleta de primera división, lo que le hizo sentirse un poco mejor. Tendría que ponerse hielo en la cadera durante un par de días, claro está, pero ¿qué más daba? Había nacido para ganar.

Así y todo, seguía siendo un buen día para ser Naruto Namikaze.

Salvo por aquella molesta mujer.

La volvió a ver en el Museum Campus cuando regresó a recoger el coche. Allí estaba, sentada en un banco, fingiendo leer un libro.

El día anterior ella se había disfrazado de sin techo, con el pelo blanco. Sin embargo, hoy llevaba unos pantalones cortos negros, mallas y camiseta larga, lo que la hacía parecer una estudiante del Art Institute. No veía su coche, pero no le quedaba ninguna duda de que estaba estacionado en algún lugar no muy lejos de allí. Si no se hubiera fijado en aquel Hyundai Sonata de color verde oscuro con el intermitente trasero roto —uno que había aparecido aparcado en las cercanías demasiadas veces durante los últimos cuatro días—, no se hubiera dado cuenta de que estaban siguiéndole.

Pero ya estaba harto.

Sin embargo, cuando se dirigió hacia ella, se interpuso un autobús. Quizás aquella mujer tuviera un radar, porque se subió al transporte urbano, y él perdió la oportunidad de atraparla. No le molestó demasiado; estaba bastante seguro de que volvería a verla.

Y así fue. Dos noches después.

Hinata cruzó la calle hacia la entrada de Rasengan, la discoteca que Naruto Namikaze había abierto en julio, seis meses después de retirarse de los Konoha Stars. La ligera brisa de septiembre le rozaba las piernas desnudas y se colaba por debajo de la falda del vestidito negro, corto y sin mangas.

Lo llevaba encima del que debía ser su penúltimo conjunto de ropa interior limpia. Le tocaba poner ya la lavadora, pero por ahora lo único que le importaba era captar cada movimiento de Naruto Namikaze.

Le picaba el cuero cabelludo; había escondido su cabello, largo y oscuro, debajo de una peluca rubia que había encontrado en una tienda de segunda mano. Rezó para que la melena dorada, el vestido de escote redondo, el eyeliner que hacía que sus ojos parecieran los de un gato, y el lápiz de labios color escarlata fueran el impulso que necesitaba para traspasar a la forma de vida primitiva que vigilaba la puerta de Rasengan. Un obstáculo que no había logrado vencer en los últimos dos intentos.

Esa noche estaba de guardia el mismo portero. Tenía la forma de un torpedo del siglo XIX: cabeza gorda, cuerpo alargado y dedos extendidos como aletas. La primera vez, la había despedido con un gruñido al tiempo que dejaba traspasar las puertas dobles de bronce a un par de rubias. Ella, por supuesto, lo había desafiado.

—¿Qué quiere decir que está lleno? A ellas las has dejado pasar.

Él había mirado su cabello largo, su mejor blusa blanca y sus vaqueros con los ojos entrecerrados.

—Justo lo que he dicho: que está lleno.

Eso había sido el sábado anterior por la noche. Hinata no podría llevar a cabo su trabajo a menos que entrara en Rasengan, pero dado que el club solo abría cuatro noches a la semana, no había podido volver a intentarlo hasta el día anterior.

A pesar de que se había peinado y puesto una blusa y una falda, no había impresionado al gorila en lo más mínimo, y eso significaba que había tenido que elevar las apuestas. Así que había comprado aquel vestidito negro en H&M y cambiado sus cómodas botas por unos tortuosos tacones de aguja, que había combinado con un diminuto clutch de su amiga Kurenai.

La cartera no era lo suficientemente grande para contener otra cosa que el celular, un carnet de identidad falso y un par de billetes de veinte dólares. El resto, todo lo que la identificaba correctamente como Hinata Hyūga, estaba a salvo en el maletero de su coche: el portátil; una bolsa de lona en la que llevaba los sombreros, gafas de sol, chaquetas y bufandas que utilizaba con los disfraces; y un dispositivo de aspecto semi-obsceno llamado Tinkle Belle que le evitaba tener que buscar un baño.

Rasengan, que recibía ese nombre por el largo pase en espiral que era la marca de la casa de Naruto Namikaze, se había convertido en la discoteca de moda en Konoha, y siempre había cola detrás de los cordones de terciopelo. Cuando se acercó a cabeza de torpedo, contuvo el aliento, enderezó los hombros y elevó los pechos.

—Esta noche pareces ocupado, jefe —le arrulló con el falso acento británico que había estado ensayando.

Cabeza de torpedo se fijó primero en sus pechos, luego en su cara y, por fin, dejó caer la barbilla para tomar nota de sus piernas. Aquel hombre era un cerdo. Bien.

Ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa que dejó al descubierto los dientes blancos y rectos en los que su padre se había gastado miles de dólares cuando ella tenía doce años, a pesar de que le había rogado que utilizara el dinero para comprarle un caballo. Ahora, que ya había cumplido treinta y tres, el caballo seguía pareciéndole mucha mejor opción.

—No dejo de sorprenderme de lo grandes que son los hombres estadounidenses. —Con la punta del dedo índice, se subió las gafas de estilo vintage que había añadido al disfraz en el último minuto para disimular todavía más su apariencia.

Él la miró de soslayo.

—Me mantengo en forma.

—Es... obvio. —Deseó poder estrangular a aquel tarado con el cordón que impedía el paso a Rasengan.

Por suerte, la dejó acceder al lujoso interior negro y dorado del club.

A Hinata jamás le habían gustado las discotecas, ni siquiera cuando tenía veinte años. La alegría desbordada que se manifestaba en su interior la hacía sentirse de alguna forma apartada, desconectada.

Pero en esa ocasión se trataba de trabajo, y Rasengan, a pesar de su megafamoso propietario, no era más que una discoteca normal y corriente. El lugar estaba diseñado de forma inteligente y, además de las dos pistas de baile, había también otros espacios para hablar o ligar sin tener que gritar por encima de la música para hacerte entender.

Taburetes de cuero móviles y rincones más privados con sus mesitas de cóctel, en forma de cubo suavemente iluminado, estaban ya a rebosar con la multitud que llenaba el local la noche del jueves. El DJ de turno ocupaba un stand situado sobre una de las pistas de baile, donde los colores apagados se fundían y movían como amebas calientes.

Pidió una bebida en la barra central; un Sprite por el que le cobraron seis dólares. Por encima de ella flotaba un techo formado por barras LED que parecía un OVNI dorado. Observó durante un rato al camarero y luego se abrió paso a través de la multitud hasta un rincón apartado entre un par de apliques de pared —en color bronce y con forma de carámbano—, desde donde planeaba vigilar al anfitrión en cuanto hiciera acto de presencia.

Un tipo flaco, con el pelo engominado y una botella de cerveza Miller Lite en la mano, se colocó delante de ella, ocultándole la vista.

—No me encuentro bien. Creo que necesito vitamínarme.

—Piérdete.

Él pareció dolido.

—Espera... —Lo detuvo al tiempo que lanzaba un suspiro.

La expresión del hombre se volvió patéticamente esperanzada. Ella se ajustó las gafas y siguió hablando con mucha más amabilidad.

—La mayoría de las frases para ligar que encuentras en internet son demasiado idiotas. Te iría mejor si solo dijeras «hola».

—¿Eres real?

—No, soy una fantasía.

—Zorra —le dijo con los labios apretados.

Eso por intentar ser amable.

El joven se alejó en busca de una presa más fácil. Ella tomó un sorbo de Sprite. Cabeza de torpedo había dejado el puesto de portero y ahora ejercía de gorila. Su especialidad parecía ser conversar con rubias de piernas largas.

La sala VIP del local se encontraba en una entreplanta abierta. Forzó la vista intentando localizar allí a su objetivo, pero él no se encontraba entre las personas que estaban sentadas cerca de la barandilla dorada.

Tenía que conseguir subir allí, pero un guardia rubio se había situado en la parte inferior para mantener alejada a la chusma entre la que, por desgracia, estaba incluida ella. Frustrada, se abrió paso entre la gente y se dirigió sobre los tacones al otro lado. Fue entonces cuando lo vio.

Naruto Namikaze destacaba como un faro en una fábrica de velas incluso en medio de una multitud. Era tan masculino que resultaba ridículo. Más que ridículo. Era el Santo Grial de los hombres, con aquel espeso pelo dorado. Tenía la mandíbula cuadrada, los hombros anchos y en sus mejillas tenía tres marcas de bigotes. Vestía su uniforme habitual: camisa perfectamente abotonada, vaqueros y botas de cowboy.

En cualquier otra persona, usar en Konoha botas de cowboy sería un símbolo de amaneramiento, pero él había nacido y crecido en un rancho de Oklahoma. Sin embargo, a ella no le gustaban aquellas botas, ni las largas y musculosas piernas que parecían surgir de ellas y, como fiel seguidora de los Konoha Bears, tampoco le gustaba el equipo en el que había jugado.

Hinata había tenido que trabajar muy duro para conseguir cada centavo a diferencia del arrogante, egoísta y privilegiado ex quarterback de los Stars y de su larga lista de amiguitas procedentes del mundo del cine.

Llevaba casi una semana siguiéndolo y él había acudido a la discoteca todas las noches que estuvo abierta, aunque dudaba que esa actitud se prolongara mucho tiempo más. Las celebridades que poseían discotecas tendían a desentenderse de sus negocios cuando había que enfrentarse a la rutina del trabajo real.

Vio que Namikaze estaba haciendo una ronda típicamente masculina de palmaditas en la espalda y coqueteos con todas las mujeres que se alineaban a su alrededor como si fueran jets en las pistas de aterrizaje de O'Hare, el aeropuerto de Konoha.

No le gustaba juzgar a los demás miembros de su sexo, pero en ese momento eso era parte de su trabajo, y ninguna de esas chicas parecía poder aspirar a ser un futuro director general de nada; demasiado tinte en el pelo, demasiado aleteo de pestañas y demasiadas sonrisas falsas. Al verlas agradeció no tener ningún deseo de liarse con nadie en ese momento. Lo único que le importaba era su trabajo.

La multitud que rodeaba a Namikaze era cada vez mayor. Miró a su alrededor para ver dónde estaban situados los gorilas, pero los únicos que estaban a la vista parecían ocupados en profundas conversaciones con clientes femeninas. Hasta el momento, ninguno de los clientes de la agencia la había contratado como guardaespaldas, pero había hecho un largo curso de formación, y se dio cuenta de que la falta de seguridad alrededor de Namikaze rozaba la irresponsabilidad, aunque iba a ser la razón de que pudiera acercarse a él.

Él parecía sentirse a gusto, a pesar de la aglomeración, pero de vez en cuando escaneaba la multitud, como si estuviera buscando un receptor para su pase. En un momento dado, su mirada se detuvo en ella, pero luego siguió su camino.

Cuando la multitud que lo rodeaba se acercaba a un nivel peligroso, él consiguió librarse de la situación de alguna manera y se dirigió a la escalera que separaba la planta baja de la sala VIP. Ahora que él estaba dentro del club, su incapacidad para seguirlo iba a hacer que se volviera loca.

Hinata se dirigió al cuarto de baño de señoras, donde no oyó nada más interesante que cotorreos sobre quién había llegado a conocer la colcha de piel de la cama que Naruto Namikaze había confesado que tenía en el despacho. Alguien le tocó el hombro cuando salió.

«Cabeza de torpedo.»

Al igual que el resto de los gorilas, llevaba pantalones oscuros y camisa de vestir blanca que debía de haber sido confeccionada a medida para ajustarse al grueso cuello que lo identificaba, tanto a él como al resto de sus compañeros, como antiguos jugadores de fútbol americano.

—Tiene que acompañarme.

Salvo ofrecer algunos consejos muy necesarios al chico de la Miller Lite sobre cómo ligar mejor no había hecho nada para llamar la atención sobre sí misma, y eso no le gustó. Huir sobre tacones de aguja era algo difícil de conseguir, así que recurrió a su acento falso.

—¡Oh, Dios mío! ¿Por qué?

—Control de identidad.

—¡Cielos! Ya te lo mostré en la maldita puerta. Aprecio mucho el cumplido, pero tengo treinta y tres años.

—Es necesario comprobarlo.

Eso no era un control rutinario. Pasaba algo. Estaba a punto de intentar zafarse con más ímpetu cuando él señaló con la cabeza los escalones que conducían a la entreplanta; estaba dándole, sin querer, la oportunidad que había estado esperando para acercarse a la sala VIP. Le mostró una sonrisa resplandeciente.

—De acuerdo, entonces. Subamos y resolvámoslo de una vez.

Él soltó un gruñido.

En la parte superior de los escalones que conducían a la entreplanta había un par de columnas doradas señalando la entrada de la zona VIP, pero cuando estaban acercándose a ellas, él la agarró del brazo y la empujó hacia la esquina, obligándola a atravesar la puerta sin adornos que había a la izquierda.

Se encontró en un despacho impresionante donde unas persianas plegables de madera cubrían la mitad inferior de un par de ventanas y un televisor montado en la pared emitía en silencio la programación de ESPN.

En el escritorio había un iMac frente a un sillón con dos cojines. Por encima, una camiseta enmarcada de los Konoha Stars con el nombre de Namikaze en la espalda. Los colores de los Stars, azul claro y dorado siempre le habían parecido afeminados en comparación con los de sus amados Konoha Bears: azul marino y naranja.

—Espere aquí. —El matón salió y cerró la puerta a su espalda.

La sala VIP estaba a pocos pasos de distancia. Contó hasta veinte y agarró el pomo.

Justo entonces, la puerta se abrió ante sus narices. Trastabilló hacia atrás y se concentró en mantener el equilibro mientras la puerta se cerraba de nuevo antes de que fuera consciente de quién había entrado. Cuando lo vio, un silbido le rompió los tímpanos.

El mismísimo Naruto Namikaze.

Se sintió como si le hubiera golpeado una supernova y odió la sensación. Después de haberlo visto, de seguirlo durante seis días, debería estar más preparada. Pero una cosa era verlo a distancia y otra tenerlo a metro y medio.

Fue como si él absorbiera todo el aire de la habitación, aunque a ella no le dirigía la sonrisa de chico bueno que reservaba para sus seguidores. Esta era la expresión que tenía en el campo de juego. Una cosa era cierta. Si Namikaze quería verla, no se trataba de un simple control de identidad.

Enumeró mentalmente las razones por las que podía estar allí y odió cada una de ellas. Sin embargo, se dijo a sí misma que Namikaze no era el único presente en la habitación que sabía interpretar un papel y, a diferencia de él, ella se lo estaba jugando todo.

A pesar de que el corazón le latía tan fuerte que temía que lo notara, trató de aparentar que eso era lo más emocionante que le hubiera pasado en la vida.

—¡Cielos! Quiero decir..., estoy pasmada.

Los ojos de Namikaze, azules como el mar –un cliché de lo más irresistible-, la recorrieron de arriba abajo, desde la rubia peluca bajaron por sus pechos hasta sus piernas. Hinata sabía que no poseía una belleza deslumbrante, pero tampoco era un adefesio, y, si tuviera una pizca de vanidad, se habría sentido desmoralizada por su evidente desdén. Por suerte, no la tenía y no lo estaba.

Clavó los tacones de aguja en la moqueta cuando él se adelantó dentro del despacho. Llevaba el espeso cabello dorado un poco despeinado. No era producto de ninguna moda, sino el desaliño típico de un hombre que no se preocupaba por cortarse el pelo cada dos meses ni por utilizar un montón de productos de cuidado personal.

«Mantén la calma. No pierdas de vista tu objetivo.»

Sin un aviso previo, él le arrancó el clutch de las manos, haciéndola soltar un suspiro de consternación.

—¡Jolines! —gritó ella, unos segundos demasiado tarde.

Se quedó mirando aquellas enormes manos masculinas, que medían veinticinco centímetros desde la punta del pulgar hasta el meñique. Y lo sabía porque había hecho los deberes. Del mismo modo que sabía que esas enormes manos habían lanzado más de trescientas anotaciones. Y eran las mismas manos que estaban rebuscando en su bolso y sacando la Green Card falsa.

—¿Natahi Crocker?

Un buen investigador tenía que improvisar y cuantos más detalles ofreciera, más convincente sería.

—Me llaman Nat. Lady Nat, en realidad. Natahi es un nombre de tradición familiar.

—¿De verdad? —La voz se derramó de sus labios como el agua sobre una pradera reseca de Oklahoma.

Ella asintió de forma temblorosa.

—Transmitido a través de generaciones en honor a la segunda esposa del quinto conde de Conundrum. Murió en el parto, la pobrecita.

—Mi más sentido pésame. —Él siguió rebuscando en el interior del bolsito—. ¿No llevas tarjetas de crédito?

—Son tan vulgares... ¿No te parece?

—El dinero nunca es vulgar —replicó él, arrastrando las palabras con aquel acento de cowboy.

—Qué americano resultas.

Él volvió a rebuscar de nuevo en el interior del bolso, algo que no llevaba demasiado tiempo ya que había dejado su billetera a salvo en el coche, y era allí donde se encontraba su recién estrenada licencia de investigadora privada, así como media docena de tarjetas de visita.

INVESTIGACIONES HYŪGA

Desde 1958

La verdad trae la paz

Las tarjetas de visita originales ponían: «La verdaz trae la paz.» Su abuelo había sido un brillante investigador con una ortografía pésima.

Namikaze olía a dinero y a fama, no es que ella pudiera describir a qué olía eso exactamente, pero sabía detectar cuándo estaba oliéndolo, igual que sabía que el futuro de su negocio dependía de lo que ocurriera a continuación. Inhaló las pocas moléculas de aire que aquella magnífica presencia masculina no había agotado.

—En realidad no me importa que te dediques a curiosear de esa forma, pero me intriga qué es lo que estás buscando.

Él le devolvió el clutch.

—Algo que me explique por qué has estado siguiéndome.

¡Había tenido cuidado! Sus pensamientos se aceleraron. ¿Qué la había delatado? ¿Había sido algún error de novato lo que la había hundido? Tanto trabajo para nada, dormir en el coche, alimentarse de comida basura, orinar en Tinkle Belle y, lo peor de todo, invertir todos sus ahorros en comprar Investigaciones Hyūga a su falsa y detestable madrastra.

Investigaciones Hyūga, la agencia de detectives que había fundado su abuelo, que su padre había hecho grande y que habría sido suya desde su nacimiento si su padre no hubiera sido tan obstinado.

Cada uno de sus sacrificios habían sido inútiles. Se vería obligada de nuevo a vivir en un cubículo, con la carga adicional de saber que un deportista mimado como Naruto Namikaze lo había hecho mejor que ella.

Notó que se le revolvía el estómago, pero se las arregló para fruncir el ceño como si estuviera desconcertada.

—¿Siguiéndote?

La figura de Namikaze quedó recortada contra la enmarcada camiseta de los Konoha Stars que colgaba en la pared, a su espalda. La camisa azul que vestía hacía que sus hombros, ya formidables, parecieran más anchos, y las mangas enrolladas dejaban al descubierto los fibrosos músculos de los antebrazos.

Los vaqueros le quedaban como un guante —ni demasiado ceñidos ni demasiado flojos— y exhibían a la perfección sus largas y poderosas piernas que habían sido diseñadas por Dios para ser estables, fuertes y rápidas, y muy perjudiciales para los Konoha Bears.

Su mirada era tan sombría como un invierno en Illinois.

—Te he visto aparcada delante de mi apartamento, me has seguido al gimnasio y también hasta aquí. Y quiero saber por qué.

Y ella pensando que había sido imaginativa con sus disfraces. ¿Cómo se las había arreglado para descubrirla a pesar de ellos? Negarlo sería inútil. Se dejó caer en el sofá y trató de pensar.

Él esperó. Con los brazos cruzados. De pie ante el banquillo, viendo cómo se desmoronaba el ataque de su enemigo.

—Bueno... —Ella tragó saliva y lo miró—. Lo cierto es que... —Soltó el aliento con un silbido—. Soy tu acosadora.

—¿Mi acosadora?

Sintió que una descarga de adrenalina atravesaba su cuerpo. No pensaba rendirse sin pelear y eso la hizo levantarse del sofá.

—No soy peligrosa. No, señor. Solo estoy un poco obsesionada.

—Conmigo. —Era una afirmación, no una pregunta. Él ya había sufrido eso antes.

—No tengo por costumbre acechar a la gente. Esto es... involuntario, ¿sabes? —No sabía todavía cómo la iba a salvar esa táctica, pero se dejó llevar—. No es que esté chiflada, ya me entiendes. Solo... un poco desequilibrada.

Él ladeó la cabeza, pero al menos la estaba escuchando. ¿Y por qué no iba a hacerlo? Los lunáticos siempre resultaban fascinantes.

—Te lo aseguro, estoy loca, pero solo un poco —dijo sin aliento—. Soy absolutamente inofensiva. No tienes que preocuparte, no soy violenta.

—Así que tengo una acosadora.

—Me atrevería a decir que no soy la primera. Un hombre como tú... —Se interrumpió e intentó no atragantarse—. Un dios.

La mirada que había en sus ojos indicaba que no era hombre que se dejara influir con facilidad por las adulaciones.

—No quiero volver a verte cerca de mí. ¿Lo has entendido?

Lo había entendido. Todo había acabado. Finito. Pero aun así, no podía darse por vencida.

—Me temo que me resultará imposible. —Hizo una pausa—. Al menos, hasta que empiece a hacer efecto la nueva medicación.

Noto cuando Naruto tensó la mandíbula.

—Lo que haces es ilegal.

—Y humillante. No puedes imaginarte lo mortificante que es estar en mi posición. Nada es más

doloroso que... un amor no correspondido. —Las tres últimas palabras fueron un graznido que esperaba que él atribuyera a la adoración, porque todo lo que se refería a él la irritaba. Su tamaño, su buena apariencia, pero sobre todo aquella arrogancia típica de personas acostumbradas a que les besaran el trasero porque habían nacido con algún talento natural.

Él no mostró ni el más leve destello de simpatía.

—Si vuelvo a verte otra vez, llamaré a la policía.

—L-lo entiendo. —Y lo hacía. La de ella había sido una táctica inútil desde el principio. A menos que... Asintió con la cabeza, mostrando una simpatía fingida—. Entiendo lo terrible que debe de ser para ti.

Él se balanceó un poco sobre los tacones de sus botas de cowboy.

—Yo no diría eso.

—Pamplinas. —Quizás había encontrado la grieta en su armadura masculina—. Tienes miedo de que me lance a por ti cuando vayas caminando por la calle. Que pueda salirte al paso empuñando una de esas odiosas pistolas que los estadounidenses chiflados insistís en llevar como si fuera un chicle. —Como la Glock que había dejado en el maletero de su coche—. Jamás lo haría. ¡Cielos, no! Pero claro, tú no puedes estar seguro, y ¿cómo te defenderías de mí?

—Creo que podría arreglármelas —dijo él con sequedad.

Ella se las ingenió para parecer desconcertada.

—Si eso es cierto, ¿por qué te preocupa que una idiota inofensiva como yo pueda seguirte de un lado para otro?

Él ya no parecía tan relajado.

—Porque no me gusta.

Ella trató de parecer complaciente y simpática.

—Por lo tanto, te resulta aterrador.

—¡Deja de decir eso!

—Entiendo. Es un terrible dilema.

En sus ojos vio aparecer unas letales chispas doradas.

—No es un dilema en absoluto. Mantente lo más alejada de mí que puedas.

—Sí, ya —insistió ella—, creo que lo he mencionado, pero eso no es tan fácil hasta que la medicación haga efecto. El médico me ha asegurado que no tardará mucho. Pero hasta entonces, no puedo hacer nada. ¿Qué te parece si hacemos un trato?

—Nada de tratos.

—Una semana como mucho. Mientras tanto, si me ves, finges que no estoy. —Se frotó las manos—. ¿Qué? ¿Estamos de acuerdo?

¡Vaya sorpresa! No la creía.

—Cuando mencioné a la policía lo hice en serio.

Hinata se retorció las manos, esperando que el gesto no pareciera tan teatral como creía.

—He oído cosas horribles sobre las cárceles de Konoha...

—Pues habértelo pensado mejor antes de empezar a acecharme.

Podría deberse al estrés que suponían tantas noches sin dormir, o incluso a que tuviera más azúcar en la sangre debido a toda aquella comida basura. Lo más probable era que fuera debido a la amenaza de perder todo aquello por lo que había trabajado. Bajó la cabeza, se quitó las gafas y se secó las mejillas secas con los nudillos como si hubiera empezado a llorar, algo que no haría ni en mil años, no importaba lo horrible que se tornara la situación.

—No quiero ir a la cárcel —dijo con un hipido—. Jamás he tenido siquiera una multa. —Eso era mentira, pero era una conductora excelente que no tenía la culpa de que los límites de velocidad en las circunvalaciones de la ciudad fueran estúpidamente bajos—. ¿Qué crees que me podría pasar allí?

—Ni lo sé ni me importa.

A pesar de sus palabras, detectó cierta vacilación en él, y fue a por todas.

—Sí, bueno, ya puestos, podrías llamarlos ahora, porque no importa cuánto lo intente, sé que no seré capaz de evitarlo.

—No digas eso.

¿Había percibido cierto temblor? Logró fingir otro hipido y se secó los ojos con el dedo índice.

—No te deseo que ames de esta forma a nadie.

—Eso no es amor —replicó él con gesto de disgusto—. Es una locura.

—Lo sé. Es absurdo. —Se limpió la nariz, perfectamente seca, con el dorso de la mano—. ¿Cómo puedes querer a alguien con quien solo has hablado un día?

—No es posible.

Hasta que la echara, no pensaba abandonar.

—¿Y no podrías reconsiderarlo? Solo una semana, hasta que las nuevas pastillas me devuelvan la cordura.

—No.

—Por supuesto que no puedes. Y yo quiero lo mejor para ti. No puedo tolerar la idea de que tengas miedo, que tengas miedo a salir de tu apartamento porque te aterre verme.

—No me voy a sentir aterrad...

—Estoy segura de que seré capaz de sobrevivir en la cárcel. ¿Cuánto tiempo crees que me tendrán allí? ¿Existe la más mínima posibilidad de que puedas...? No importa. Sería demasiado pedir que fueras a visitarme mientras estoy tras las rejas.

—Estás como una cabra.

—Oh, sí. Pero soy inofensiva. Y recuerda, es solo temporal. —Habiendo llegado tan lejos, bien podía ir a por todas—. Si te sintieras atraído por mí físicamente... No lo estás, ¿verdad?

—¡No!

Su indignación era tranquilizadora.

—Entonces, no te ofreceré... satisfacción sexual.

«¡Agggg!» Iba a lavarse la boca con jabón cuando todo esto hubiera terminado.

—Busca ayuda —gruñó él. Lo vio dirigirse a la puerta y llamar a su matón.

Unos minutos después, Hinata estaba en la calle. «¿Y ahora qué?»