2. Sasaengs
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Namikaze había conocido a muchos locos a lo largo de su vida profesional, pero esa mujer se llevaba la palma. Parecía haber salido de una casa llena de murciélagos con los cristales tintados y un gran agujero en el techo. Sin embargo, debía reconocerle una cosa, iba de frente. Había expuesto su locura delante de todo aquel que quisiera verla.
Tenía que volver a bajar al club, pero siguió sentado detrás del escritorio. Después de dos meses en ese negocio el olor que había en su despacho seguía resultándole extraño, era demasiado diferente al del caucho, el sudor, el de los preparados especiales que se usaban para el dolor, el del cloro de las bañeras de hidromasaje.
En ese lugar flotaba en el aire el olor a papel y a pintura, a tapizado nuevo y tinta de la impresora. Pero por mucho que echara de menos esos olores familiares, no iba a aferrarse al pasado. La inauguración de Rasengan había sido su forma de anunciar al mundo que no se había convertido en un fracasado sin otra cosa mejor que hacer que participar en algún programa de radio para retransmitir partidos que ya no podía jugar.
El negocio de las discotecas era su nuevo campo de juego, y Rasengan era solo el principio. Tenía intención de levantar un imperio, e igual que en el mundo del fútbol, fracasar no era una opción.
Se inclinó de nuevo sobre su ordenador y escribió «Natahi Crocker» en la barra de búsqueda de Google. En la Green Card ponía que tenía treinta y tres años, pero parecía mucho más joven. Pasó de una página a otra y, por fin, encontró su nombre en una lista de ex alumnos de la Universidad de Middlesex, en Londres. No había más datos. Ni tampoco ninguna foto que le mostrara aquella boca por la que solo salían locuras, la mandíbula firme o esos ojos astutos casi del mismo color de una perla que le exigían que se dejara atraer por su mundo de locura.
Si no hubiera estado tan irritado, se habría reído de su ofrecimiento para proporcionarle «satisfacción sexual». No necesitaba más chiflados en su vida. Además, después de ocho años viendo cómo su nombre salía en las páginas de la prensa rosa, estaba tomándose un descanso en lo que a las mujeres se refería.
No tenía intención de convertirse en un cliché, en otro quarterback retirado de la NFL liado con una hermosa actriz de Hollywood. No era su intención caer en eso y así habría sido si se hubiera limitado a acostarse con una. Pero después de que esa primera relación hubiera fracasado debido a las agendas de ambos, a la excesiva publicidad y a las infidelidades (de ella, no de él), había conocido a otra mujer de esa elitista lista. Y luego a otra. Y otra más.
En su defensa debía decir que las cuatro estrellas con las que se había enrollado habían sido tan inteligentes como guapas. Le gustaban las mujeres brillantes y agudas, con éxito, y tan hermosas que detenían el corazón. ¿A qué hombre no le gustaban? Y ser quarterback en la NFL le daba acceso a las mejores uvas de la cosecha.
Sin embargo, ahora toda su atención estaba centrada en hacer crecer un imperio de discotecas. Las mujeres traían aparejado demasiado drama, demasiados medios de comunicación y demasiado perfume. Si era el quarterback del mundo, debía ser una eminencia en la materia, y pensaba que las mujeres debían oler a mujeres.
Natahi no se había puesto perfume, y dados los disfraces que usaba, ¿quién sabía cómo sería su cabello? Pero tenía una cara interesante y unas piernas bien torneadas. Aun así, todo aquel episodio estaba haciendo que notara una incómoda picazón en la nuca, justo como le ocurría siempre que se le escapaba algo.
Hinata se quitó la peluca y condujo rumbo hacia su casa desde Rasengan mientras los pensamientos daban vueltas en su cabeza. Otro enfoque. Un disfraz mejor. Pero a él no le llevaría mucho descubrirla. Si no se le ocurría algo con rapidez, pronto volvería a estar trabajando en un cubículo frente a un ordenador, algo en lo que no soportaba pensar.
Su último trabajo como directora de estrategia digital para una cadena local de venta de coches había sido interesante al principio, pero después del segundo año empezó a parecerle aburrido, y el quinto año se había encontrado soñando con un apocalipsis zombi.
Su padre siempre le había negado la carrera para la que nació —trabajar con él en Investigaciones Hyūga— o incluso a las órdenes de alguno de sus competidores, algo que él se había asegurado que no ocurriera. Era bien conocido en el mundillo y Hiashi Hyūga había sido tajante: «Cualquiera que contrate a mi niña o le encargue una investigación que la obligue a no estar delante de un ordenador tendrá que vérselas conmigo.»
Pero Hiashi había muerto y ella era ahora la propietaria del negocio que él no había querido que tuviera; un negocio por el que había pagado demasiado a su madrastra solo para descubrir, demasiado tarde, que la lista de clientes de Hiashi ya no estaba actualizada y las prácticas de contabilidad de su madrastra eran, si no fraudulentas, lo más cercano a ello.
Hinata había comprado poco más que un nombre, aunque era un nombre precioso para ella, y no se rendiría sin luchar para sacarlo adelante.
En el momento en que se durmió, había tomado una decisión. Iba a seguir siendo Natahi Crocker y que fuera lo que Dios quisiera.
A la mañana siguiente se duchó, se puso unos vaqueros y una camiseta y se pasó los dedos por su cabello e intento arreglar su flequillo; ya no era necesaria ninguna peluca. Después de coger un café y un trozo de pizza de tres días, estaba lista para marcharse.
Su apartamento —que no podía permitirse el lujo de mantener mucho más tiempo— estaba en el segundo piso de una casa de piedra rojiza de cinco plantas en el vecindario de Andersonville, y se jactaba de tener su propia plaza privada en el aparcamiento. Mientras dejaba la bolsa en el asiento del copiloto junto con el termo de café y el trozo frío de pizza, se preguntó si acabaría el día en la cárcel. Era un riesgo que tenía que asumir.
Namikaze ocupaba los dos últimos pisos de un antiguo seminario rehabilitado, en una calle arbolada de Lakeview. Lakeview no era el barrio más caro de Konoha, pero atravesaba su mejor momento con muchas tiendas importantes, restaurantes de moda, un trozo de costa y el Wrigley Field. Hinata estacionó el Sonata en una especie de aparcamiento junto a una oficina de correos y comenzó a mordisquear la pizza acompañándola de tragos de café. Los días de darse la buena vida desayunando en Starbucks habían terminado.
Apartó un mechón de su cabello de verdad, del mismo color negro azulado que Hiashi decía había heredado de su madre antes de que la asesinaran en un robo callejero. En aquel momento, Hinata tenía cuatro años, por lo que apenas se acordaba de ella, aunque su violenta muerte había tenido como efecto un sustancial cambio en su crianza.
Hiashi le había enseñado a ser dura. La había inscrito en una clase de autodefensa tras otra, además de enseñarle todos los trucos que él había aprendido en los últimos años. La había obligado a ser fuerte incluso cuando era muy pequeña, y nunca se había inmutado si se le ocurría llorar. Sin embargo, él había recompensado su tenacidad al aprender a disparar y asistir a los partidos de toda clase de deportes de pelota dejando que lo acompañara al bar de la esquina y riéndose de su terquedad.
Pero no había tolerado lágrimas, ni lloriqueos, ni le había dejado ir a jugar a casa de una amiga hasta después de verificar todos los antecedentes.
Así de desconcertante y contradictoria había sido su crianza. Exigiéndole una gran fortaleza al tiempo que se mostraba exasperantemente protector. Lo que había sido una fuente constante de conflictos entre ellos cuando ella creció y él se plantó con firmeza entre ella y sus ambiciones.
Le había enseñado a ser tan dura como era posible y luego había tratado de envolverla entre algodones.
«Este negocio es demasiado sucio para una mujer. No me he gastado una fortuna en tu educación para ver cómo te dedicas a fotografiar desde un coche a un idiota engañando a su esposa.»
Sintió un nudo en la garganta. Lo echaba de menos. La inquietante combinación de dureza y sobreprotección había provocado estragos y años de discusiones entre ellos, y siempre la había hecho sentir como si no fuera suficiente para él. Aun así, nunca había dudado de su amor, y seguía esperando oír su voz por teléfono advirtiéndole que no se le ocurriera caminar por la ciudad por la noche o meterse en un taxi sin asegurarse que el taxista tenía la licencia en regla.
«Me volvías loca, papá. Pero te quería.»
Se obligó a tomar un sorbo de café para tragar el nudo que tenía en la garganta y trató de concentrarse en transferir al portátil la última de las notas que había manuscrito el día anterior en vez de pensar en su ruin madrastra, que ahora disfrutaba de una casa en Bonita Springs, comprada con el dinero que ella le había pagado. Pasó una hora. Quería tomar más café, pero eso significaría usar el Tinkle Belle.
También había empezado a preguntarse si Namikaze aparecería en algún momento cuando vio que su enorme Tesla azul metalizado de más de cien de los grandes emergía del callejón donde estaba situada la salida del garaje del edificio. Pero en vez de perderse en la calle, se detuvo. La luz del sol que se reflejaba en el parabrisas no le permitía ver mucho, pero estaba aparcada a la vista y él tenía que haber detectado su presencia.
«Ha llegado la hora de la verdad.» ¿Llamaría él a la policía o no?
Se obligó a bajar el cristal de la ventanilla y hacerle un gesto de saludo con el pulgar hacia arriba. Esperaba que eso le hiciera pensar que Natahi estaba loca, pero no era peligrosa, y que debía limitarse a ignorarla mientras seguía con sus asuntos.
El Tesla seguía parado y ella no sabía si Namikaze estaría hablando por el celular. Si se alejaba ahora, sin que él la hubiera detenido, estaría cediendo y eso no formaba parte de su carácter.
Vio que el otro coche comenzaba a moverse y puso en marcha el Sonata para seguirlo hacia Uptown, aguzando el oído por si oía una sirena. Mantuvo tres vehículos de distancia entre ellos, sin tratar de ocultar su presencia, pero sin atosigarle. Vio que el Tesla giraba bruscamente hacia el carril derecho y trazaba una curva cerrada para enfilar hacia una calle residencial. Ella puso el intermitente y repitió la maniobra.
Había coches aparcados a ambos lados de la calle y un hombre con una camiseta naranja empujaba un cortacésped sobre la alta hierba que crecía en su jardín delantero. Condujo otro par de manzanas hasta que vio el Tesla en una calle perpendicular, a la derecha. Otro giro rápido y el coche desapareció.
Namikaze quería hacerla creer que podía perderla de vista cuando le diera la gana. Pero él no sabía que ella había asistido a millones de cursos de ataque y defensa, y de conducción a alta velocidad, otro buen pellizco en su presupuesto, pero eran habilidades que consideraba que debía dominar. Un exceso de presión por parte de Natahi transmitiría un mensaje equivocado, así que retrocedió. Además, estaba bastante segura de dónde terminaría.
En efecto, cuando él llegó no mucho más tarde al gimnasio que frecuentaba, ella le saludó desde el otro lado de la calle. Namikaze la miró y ella hizo el signo de la paz, «Estoy loca pero no soy peligrosa», mientras él caminaba hacia el edificio.
Lo siguió durante el resto de la tarde. Le dio suficiente distancia para que no estuviera tenso. Se quedó lejos cuando él se dirigió hacia las zonas menos recomendables de la ciudad, donde ella lo había visto un par de veces manteniendo conversaciones con unos camellos en las esquinas de las calles. Era difícil creer que tuviera que adquirir la droga en la calle, pero había anotado cada encuentro en su registro para que lo viera su cliente.
A última hora de la tarde, él desapareció en el interior de un edificio con la fachada de cristal de espejo, en North Wacker, donde tenía sus instalaciones un importante grupo de inversiones. Sabía que Namikaze estaba buscando patrocinadores para poner en marcha una franquicia a nivel nacional de discotecas para mirreyes, asociándose con otros deportistas famosos.
Como tenía más dinero que el tesoro de Illinois, seguramente podría financiar él mismo una gran parte, pero quería que el mundo de los negocios se implicara también. Le gustaría entender qué le impulsaba a ello. ¿Por qué no se retiraba a una isla paradisíaca y se pasaba el resto de su vida fumando porros en la playa?
Un poco después, Namikaze volvió a salir. Mientras se dirigía hacia el aparcamiento, la luz del sol se reflejó en su pelo y la fachada de espejo del edificio reflejó su larga y segura zancada. A ella no le gustaba darse cuenta de esas cosas sobre un hombre con tantos defectos: presuntuosa confianza en sí mismo, aire de soberbia... Una escandalosa fortuna.
Había llegado la hora punta. Él conocía Konoha casi tan bien como ella, y regresó a Lakeview por calles secundarias. Sin razón aparente, el Tesla aminoró la velocidad en una calle de dirección única a pocas manzanas de Ashland.
Vio que él sacaba el brazo por la ventanilla del conductor y lanzaba lo que parecía una pequeña granada por encima del techo del vehículo. Lo que fuera aterrizó en una parcela vacante entre un salón de belleza y una asesoría. Tres misiles después, el Tesla siguió avanzando.
Había ocurrido tan rápido que pensaría que se lo había imaginado si no lo hubiera hecho con anterioridad. Se lo había visto hacer dos días antes, en Roscoe Village. Había anotado el incidente en su registro, pero no sabía qué nombre ponerle. Aquellas pseudo-granadas pasarían desapercibidas a menos que alguien estuviera buscándolas a propósito. ¿Qué pretendía él con eso?
Justo en el momento en que decidió regresar para investigar, oyó una sirena a su espalda. Miró por el retrovisor y vio acercarse un coche patrulla. Se echó a un lado para dejarlo pasar. Pero la poli se detuvo detrás de ella y le hizo luces. Aquellos agentes iban a por ella.
Maldijo por lo bajo y giró hacia un pequeño centro comercial. «¡Menudo cabrón!» Había estado jugando con ella al gato y al ratón. Desde el principio había tenido intención de llamar a la policía.
El coche patrulla la siguió hasta el aparcamiento, y las luces rojas se reflejaron en los cristales de la estación de metro y de una consulta dental. La realidad de la situación la alcanzó. Todo había acabado. Namikaze iba a presentar cargos en su contra. Había perdido cada centavo de sus ahorros y no tenía nada a lo que recurrir, ningún otro cliente rico esperando para ocupar el lugar de la que estaba a punto de perder.
Usó todas las maldiciones que había aprendido en las rodillas de su padre mientras buscaba el carnet de conducir en la cartera. Los documentos de identidad falsos estaban a salvo en el cajón de su ropa interior. Sin embargo, llevaba consigo la Glock. Llevar armas ocultas era legal en Illinois, pero aun así le dio una patada a la pistola para esconderla debajo del asiento del conductor al tiempo que rezaba, pidiendo que ocurriera un milagro.
Mientras el policía examinaba la matrícula, ella sacó el permiso de circulación y el seguro de la guantera. Cuando el hombre se acercó por fin, vio que debía de ser de su edad, treinta y pocos años, y que era uno de esos polis buenorros que podría haber sido míster Enero en un calendario de desnudos del Departamento de Policía de Konoha. Bajó la ventanilla y esbozó su sonrisa más amable e inocente.
—¿Algún problema, agente?
—Señora, ¿podría enseñarme su carnet de conducir, el permiso de circulación y el seguro?
Ella le entregó los papeles. Mientras él examinaba la documentación, el olor de su colonia se filtró por la ventanilla abierta. Hinata se sintió claramente trastornada porque los acordes de It's raining men comenzaron a sonar en su cabeza. Se preguntó si el uniforme se sostendría en su lugar gracias a unas tiras de velcro.
—¿Sabe usted que es ilegal sujetar con cinta adhesiva un intermitente roto?
¿Todo eso era por culpa del intermitente? ¿Namikaze no la había denunciado? El alivio la hizo sentir cierta debilidad.
—Veo que ya fue advertida por ello en agosto —continuó el agente—, pero no lo ha arreglado.
Las rubias que había visto la noche anterior en Rasengan seguramente saldrían del paso con solo abrir la boca, pero ella estaba tan aliviada que ni siquiera lo intentó.
—No podía permitírmelo, aunque sé que no es una excusa. No tengo por costumbre pasar por alto las reglas de tráfico. —Salvo cuando se trataba de los límites de velocidad, pero dado que él había comprobado su matrícula, ya habría descubierto otras transgresiones, además del hecho de que tenía permiso para llevar armas ocultas.
—Conducir un vehículo inseguro es peligroso —añadió el poli buenorro—, no solo para usted, sino para...
No escuchó el resto del sermón porque un Tesla azul metálico de cien mil dólares entró en el aparcamiento del centro comercial. Cuando se detuvo frente a la consulta dental, ella se estremeció de miedo. El agente conocía su nombre real, y lo que había resultado ser una simple parada de advertencia estaba a punto de convertirse en un desastre mayor.
No fue la única que vio que el antiguo quarterback dejaba el asiento del conductor como una especie de pantera urbana. El agente dejó de hablar. Ella vio que se le expandía el pecho y que toda su sangre fría policial se evaporaba cuando Naruto se acercó con la mano tendida y se presentó, como si tal cosa fuera necesaria.
—Naruto Namikaze.
—¡Sin duda! Soy uno de sus más rendidos admiradores. —El musculoso policía estrechó la mano de Namikaze sacudiéndola como si se tratara de la bomba de una plataforma petrolífera—. No puedo creer que no juegue con los Stars este año.
—Todo lo bueno llega a su fin. —El acento de Naruto parecía sacado de una pradera de Oklahoma. Casi esperaba verle sostener una brizna de hierba con la comisura de la boca para mantener la ilusión de que era inofensivo.
—Como ese partido contra los Patriots de la temporada pasada.
—Gracias. Fue un buen día.
Los dos hablaron de varias jugadas y pases como si ella no estuviera allí. A pesar de ser tan minucioso con respecto a cumplir las reglas de tráfico, el agente buenorro no era tan exigente cuando se trataba de observar el procedimiento policial durante una parada rutinaria.
Namikaze tenía su propio guion cuando se fijó en su cabello, que había estado oculto por la peluca la noche anterior.
—¿Qué ha hecho?
—Tiene roto el intermitente trasero y no lo ha reparado. ¿Conoce a esta mujer?
Namikaze asintió.
—Claro. Es mi acosadora.
El agente lo miró con atención.
—¿Su acosadora?
Namikaze clavó en ella una mirada penetrante.
—Es molesta, pero inofensiva.
De pronto, el agente buenorro mostró una actitud muy profesional.
—Salga del coche, señora.
Ella reprimió una retahíla de obscenidades. El agente ya la había oído hablar; sabía que no tenía acento británico, pero si Namikaze escuchaba su diatriba con su deje del medio oeste, cualquier pequeña posibilidad que le quedara de salir indemne de esa situación se iría al garete.
—Levante los brazos, por favor.
Hinata apretó los dientes para contener todas las palabras que no podía decir. El agente buenorro no ordenó a Namikaze que retrocediera como debería haber hecho. Al parecer los jugadores de fútbol famosos podían hacer su santa voluntad.
Por suerte, el policía solo le hizo un registro visual. Hasta que vio un bulto sospechoso en el bolsillo de sus vaqueros.
—Señora, voy a tener que registrarla.
Ella no podía decir ni una palabra en su defensa, al menos mientras Namikaze estuviera allí, observando la situación con sádica satisfacción. Hinata apretó los dientes cuando el agente buenorro le dio unas palmaditas en el trasero.
Era un profesional y solo utilizó el dorso de las manos. Aun así, era humillante. Allí estaba, a merced de dos hombres viriles, uno estaba tocándola mientras que el otro lo miraba todo, sopesando de cerca lo que estaba viendo.
El policía sacó el paquete de cacahuetes de su bolsillo, lo examinó y luego se lo devolvió.
—Sin duda no apreciamos lo suficiente el gran trabajo que hacen los agentes de policía para mantenernos a salvo. —La falsa sinceridad de Namikaze le dio ganas de vomitar.
—¿Cuánto tiempo lleva acosándolo? —preguntó el macizo.
—Es difícil de precisar. No me di cuenta hasta hace un par de días. Por el intermitente trasero, precisamente. —Mientras ella apretaba los dientes ante su propia estupidez, Namikaze seguía apretando la soga alrededor de su cuello—. Anoche, cuando me enfrenté a ella era una marisabidilla respondona, pero ahora parece no tener nada que decir.
El agente buenorro se concentró en ella.
—¿Le importa si echo un vistazo a su coche?
Ella conocía la ley. No podía registrar su coche sin una razón, pero la acusación de Namikaze le había dado una. ¿Naruto seguiría creyendo que era inofensiva si sabía que llevaba una Glock? Tenía que decirles dónde estaba antes de que el agente comenzara el registro.
Empezó a toser, y se golpeó el pecho con el puño para hacer todo lo posible para amortiguar sus palabras y que pasara desapercibida su falta de acento británico.
—Haga... que él se vaya... antes. —Más toses—. Luego puede... mirar...
La falsa tos consiguió que se atragantara de verdad y el policía tomó sus palabras como el permiso que necesitaba para registrar el vehículo, pero estaba disfrutando demasiado codeándose con uno de los deportistas más famosos de la ciudad para decirle a Namikaze que se alejara. Así que el agente buenorro le ordenó que se dirigiera a la parte trasera del coche patrulla.
Ella observó a través de la ventanilla manchada con creciente temor cómo el policía abría la puerta del copiloto bajo la atenta observación de Namikaze.
Al agente le llevó menos de diez segundos encontrar la Glock. Namikaze se volvió entonces hacia el coche patrulla y, a pesar del estado de la ventanilla, su furia fue muy visible.
El agente buenorro abrió el maletero, dejando a la vista la bolsa repleta de disfraces. Observó el Tinkle Belle con cierto desconcierto. A continuación, ambos hombres mantuvieron una larga conversación. Por último, Namikaze estrechó la mano del policía y se dirigió al Tesla sin mirar atrás.
El agente buenorro, que resultó llamarse Kiba Inuzuka, confirmó por fin la profesión a la que se dedicaba Hinata y, después de retenerla tres horas en la comisaría y ponerle una multa por no haber reparado el intermitente, la dejó marchar.
Por regla general le gustaba la hogareña comodidad de su pequeño apartamento con sus techos altos y las ventanas y suelos de madera, pero ese día estaba demasiado enfadada para sentirse cómoda. Mientras sacaba una botella de cerveza Goose Island del frigorífico, escuchó un golpe en la puerta.
—¡Hinata! Hinata, ¿estás en casa, cariño?
Adoraba a la vecina de ochenta años que vivía abajo, Chiyo, pero durante las últimas semanas, Chiyo había comenzado a mostrar algunos signos de demencia, y ella se sentía demasiado derrotada en ese momento para ofrecerle la atención que necesitaba. Aunque tampoco era que tuviera elección. Chiyo estaba sola, pero sus ojos seguían siendo agudos, y sabía que había entrado en casa.
Caminó hasta la puerta para abrirle.
—Hola, Chiyo.
La anciana no esperó una invitación, sino que entró. El corto pelo morado de su vecina mostraba la raíz gris, algo atípico en ella, y sus labios ya no mostraban ni pizca de lápiz labial carmesí, marca de la casa. Antes de la muerte de su marido, Chiyo usaba ropa exótica, pero ahora, en vez de pantalones de harén, camisetas de gondolero o faldas de vuelo, se había puesto una vieja chaqueta de punto de Howard y unos pantalones de chándal.
Hinata alzó la cerveza.
—¿Quieres una?
—No después de un día de trabajo. Pero no rechazaría un vodka con hielo.
Le quedaba una botella de Stoli Elit de sus días de prosperidad y fue a por ella.
—Tu generación sí que sabe beber.
—Es un orgullo.
Forzó una sonrisa. De alguna manera, Chiyo seguía siendo la misma persona que era antes del último crucero, cuando Sakumo sufrió un ataque cardíaco en las costas de Italia. Le gustaría que todo volviera a ser igual para su anciana vecina, pero también deseaba otras muchas cosas que no podía tener.
—Últimamente has estado fuera mucho tiempo, casi no te he visto —se quejó Chiyo.
—Ahora me vas a ver mucho. —Dejó caer un cubito de hielo en el vaso de vodka y se obligó a decirlo en voz alta—. Lo he arruinado en mi gran trabajo. —A pesar de que Chiyo no conocía los detalles del caso, sabía que tenía un cliente importante.
—Oh, cielo, lo siento. Pero eres muy lista. Conseguirás salir adelante.
Ella quería creerle, pero la realidad era que al día siguiente tenía que comunicar a su cliente que Namikaze la había identificado y que el tiempo empleado había sido un desperdicio, por lo que la despediría.
Sonó otro golpe en la puerta, un sonido que fue puramente de cortesía dado que su vecina Kurenai entró sin esperar invitación. Todavía estaba vestida con el uniforme de trabajo, un ceñido vestido verde esmeralda que se ajustaba a la perfección a su delgado cuerpo. El cabello negro se balanceaba sobre sus hombros y el maquillaje seguía igual de fresco que cuando se lo aplicó por la mañana.
—Mañana habrá lluvias dispersas —comunicó con pesar—. Necesitamos que llueva, así que es bueno, pero va a ser horrible para las alergias. —Olfateó el aire como si ya lo estuviera sufriendo.
Diecinueve años atrás, Kurenai Yūhi había sido la meteoróloga más deseada y sexy de la televisión de Konoha, pero ahora tenía treinta y nueve años, y su rostro ya no era una novedad, por lo que estaba convencida de que el director de la emisora estaba a punto de sustituirla por una chica más joven.
— Sakumo tenía un montón de problemas de alergia —comentó Chiyo—. Me pregunto si seguirá teniéndolos.
Kurenai intercambió una mirada con Hinata y luego se dirigió al sofá. Los tacones de sus zapatos color beis repicaron sobre el suelo de madera.
—Cielo, Sakumo ya no está. Somos conscientes de lo mucho que lo echas de menos, pero...
Chiyo la interrumpió.
—Sé que piensan que está muerto, pero no es así. Ya se lo dije. Lo vi la semana pasada, justo en medio de Lincoln Square. Llevaba una de esas porciones de queso de espuma en la cabeza. Pero Sakumo odiaba a los Green Bay, y no quiero pensar que pudiera ponerse algo que llevaría un seguidor de ese equipo.
Kurenai miró a Hinata en busca de ayuda. Habían escuchado esa historia varias veces, pero dado que las dos habían asistido al funeral de Sakumo, estaban poco dispuestas a creer que había resucitado, y menos como seguidor de los Green Bay.
Mientras Hinata servía a Kurenai lo que quedaba de Stoli, sonó otro golpe en la puerta, en esta ocasión titubeante. Chiyo suspiró.
—Es ella.
—Adelante, Tenten —la invitó Hinata. ¿Y por qué no? Solo la presencia de sus amigas impedía que estuviera llorando.
Tenten Kwan, su vecina de abajo, entró con timidez en el apartamento.
—¿No les importa? No me han invitado, pero...
—A ellas tampoco las invité —señaló Hinata. Tenten tenía la piel de porcelana, el pelo castaño y brillante.. Toda la inseguridad que mostraba desaparecía cuando se subía al escenario como miembro permanente del coro de la Ópera Lírica de Konoha.
La mayoría de las amigas de su infancia ya no vivía en la ciudad y Hinata agradecía poder disfrutar de esas tres.
—Hola, señora Chiyo. ¿Qué tal está?
Chiyo la saludó inclinando la cabeza con los labios apretados. A la anciana no le gustaba Tenten porque era de origen coreano, pero dado que Tenten pensaba que la edad de Chiyo era la responsable de sus prejuicios raciales, no permitía que Hinata o Kurenai la recriminaran al respecto.
—Se me ha acabado el vodka —dijo Hinata—. ¿Una cerveza?
Tenten se sentó en el borde del sofá.
—Nada, gracias. Solo me quedaré un minuto. —Tenten se había instalado en el edificio hacía algo más de un año, pero continuaba comportándose como si fuera una intrusa en el grupo a pesar de que Hinata y Kurenai le habían dado la bienvenida—. Me detuve a preguntarte si sigues pensando en alquilar el apartamento —mencionó en tono de disculpa.
—¡No! —gritó Chiyo—. Hinata no va a ir a ninguna parte, Tenten, no deberías insistir.
—No quiero que lo alquile —se apresuró a aclarar Tenten—. Pero ella dijo que se veía obligada a hacerlo, y tengo un amigo que es profesor invitado en DePaul. Está buscando un apartamento.
Tenía tantas ganas de dejar su acogedor apartamento como de clavarse un puñal en el corazón, pero a diferencia de Chiyo, que quería resucitar a su marido muerto, Hinata era realista.
—Déjame consultarlo con la almohada y te digo algo mañana.
No había mucho que pensar. Ya no podía permitirse el lujo de pagar la hipoteca del apartamento tras años escatimando para comprárselo, y no pensaba imponer su presencia a sus amigas, a pesar de sus ofertas para que se instalara con ellas. Si alquilaba el piso y se mudaba al sótano de la casa de su horrible prima Natsu, en Skokie, sería capaz de evitar tener que venderlo, al menos durante un tiempo, y también conservaría a sus amigas.
—Lo último que necesitamos es un desconocido viviendo aquí —dijo Chiyo—. No lo pienso permitir.
Kurenai no expresó ninguna objeción. Entendía que se trataba de su último recurso.
—Es un amigo de Tenten —señaló—, así que no será un desconocido.
—Fue profesor mío en Eastman —explicó Tenten—. Es un hombre muy agradable.
—Me da igual —afirmó Chiyo—. No necesitamos hombres por aquí.
Al parecer, los recién casados homosexuales de la planta baja no contaban.
—Que Hinata lo alquile es mejor que obligarla a venderlo —intentó razonar Kurenai—. Y sabes que no va a irse a vivir con ninguna de nosotras. Solo será hasta que consiga sacar adelante el negocio. —Descruzó sus largas piernas—. Por desgracia, entonces yo estaré en paro. Es por mí por quien debemos estar preocupadas, no por Hinata. Es más fuerte que yo. Y más joven.
Aquella afirmación no estaba tan centrada en sí misma como parecía. Kurenai estaba echándole un cabo. —Conozco muy bien el mundo de la televisión —continuó Kurenai—. Cuando más rubia y más tonta, más posibilidades hay de que te contraten. Y al tonto del bote le gustan las de veintiún años. —Kurenai llevaba tanto tiempo refiriéndose al director de la emisora como el tonto del bote, que Hinata ya había olvidado su nombre real.
Kurenai dio un sorbo al vodka.
—Estudiar meteorología es la nueva moda entre las chicas guapas que tienen cierto interés por la ciencia. En las universidades están enfocándolas hacia ahí a patadas.
—El talento es más importante que la apariencia —intervino Tenten con lealtad—. Y tú sigues siendo guapísima —añadió con rapidez.
A Tenten la juzgaban solo por su voz de soprano, y eso hacía que se mostrara ingenua sobre la industria televisiva. Hinata trató de animar a Kurenai, pero ser la hija de Hiashi Hyūga le había permitido ver todas las facetas del sexismo masculino. Kurenai estaba siendo sometida a un criterio diferente al que sufrían sus compañeros masculinos en la cadena, y tenía razones para preocuparse.
Chiyo se levantó del sofá.
—¡Ya sé lo que voy a hacer!
—¿Obligar a que el tonto del bote me renueve el contrato? —preguntó Kurenai con tristeza. —¡Voy a contratar a Hinata para encontrar a Sakumo! Hinata la miró llena de consternación.
—Chiyo, eso no...
—Te pagaré. Estaba buscando algo especial en lo que invertir la devolución de la renta de este año. Nada es más especial que esto.
—Chiyo, no podría aceptar tu dinero. Sakumo está...
Hubo otro golpe en la puerta, esta vez más fuerte que los otros. No invitaba a nadie a su casa, y sus visitantes habituales ya estaban allí. Dejó la botella de cerveza y atravesó la alfombra. Giró la manija.
Él llenaba el umbral de la puerta con sus largos músculos, sus anchos hombros y su poderoso pecho.
—Hola, Natahi.
Información:
Sasaengs: En la cultura surcoreana, un sasaeng o sasaeng fan es un fan obsesivo de un ídolo coreano, u otra figura pública, que ha participado en acecho u otros comportamientos cuestionables que constituye una invasión de la privacidad.
