3. Cliente
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata sintió que le daba un vuelco el corazón. El bárbaro estaba ante su puerta.
—¿Cómo has entrado en el edificio?
Él clavó en ella unos ojos azules como los de un lobo, listo para devorar a su presa, no porque tuviera hambre, sino por el placer de hacerlo.
—Tus vecinos de abajo son seguidores de los Stars.
Y no eran los únicos. Chiyo cacareó como si hubiera puesto un huevo.
—¡Naruto Namikaze! —La anciana se levantó de un brinco del sofá, ágil como una adolescente—. ¡Oh, cómo me gustaría que Sakumo estuviera aquí! ¡Oh, Dios mío!
Naruto la saludó con un gesto de cabeza.
—Señora.
— Sakumo era fan de los Bears como Hinata —explicó Chiyo—, pero nació en los suburbios en los días en los que casi nadie vivía allí. Soy Chiyo. Seguidora de los Stars desde siempre. Y Sakumo siempre simpatizó con ellos... A no ser que jugaran contra los Bears —se corrigió.
—Es comprensible. —Él parecía una amable celebridad esperando pacientemente a que su fan dejara de divagar. Kurenai, sin embargo, cruzó sus bien torneadas piernas y dejó que le colgara el zapato de la punta del pie mientras se echaba hacia atrás el pelo oscuro, esperando a que él la viera. Tenten, por el contrario, parecía desconcertada. Podía nombrar a cualquier compositor de los últimos cuatro siglos, pero apenas conocía Konoha, ni siquiera estaba al tanto de que allí había equipos deportivos profesionales.
Chiyo seguía farfullando.
—¡Oh, Dios mío! Hinata dijo que tenía un cliente importante, pero nunca imaginé que...
—No soy cliente de la señorita Hyūga. —Naruto pisoteó su nombre como si se tratara de una cucaracha—. Soy la persona que tiene que investigar.
«Gracias, agente buenorro, por ser tan chismoso.»
Chiyo se atragantó y luego volvió hacia Hinata su mirada acusadora.
—¿De verdad, Hinata? ¿Por qué estás investigando a Naruto?
Mientras ella trataba de encontrar las palabras, Kurenai se levantó con gracia felina del sofá.
— Kurenai Yūhi. Presento el tiempo en el Canal Ocho. Nos conocimos en una cena benéfica para recaudar fondos para chicos sin hogar el año pasado, pero estoy segura de que no me recuerda.
—Claro que me acuerdo de usted —aseguró Naruto tomando su mano—. Me alegro de verla de nuevo, señorita Yūhi, aunque no puedo decir lo mismo de la compañía que frecuenta.
Tenten se precipitó hacia la puerta.
—Me voy.
—No va por ti, Tenten —intervino Kurenai—. Se refiere a Hinata.
Namikaze asintió.
—Es cierto.
Hinata apuró un sorbo de cerveza, deseando que fuera Stoli. Parecía que Chiyo no podía soportar la ignorancia de Tenten.
—Tenten, este hombre es Naruto Namikaze. Uno de los jugadores de fútbol americano más famosos del mundo. Incluso tú tienes que haber oído hablar de él.
—Oh, indudablemente lo he hecho —replicó Tenten, aunque no parecía muy segura de ello.
—Tenten es cantante de ópera —explicó Kurenai—. Su desorientación resulta sorprendente.
—Apuesto algo a que la he oído cantar —dijo Namikaze.
«Sí, claro, ¿y qué más?», pensó Hinata. Naruto no oscurecería con su presencia los salones de la Ópera Lírica más de lo que fallaría a propósito un pase.
—Señoras, a pesar de que me ha encantado conocerlas, tengo que hablar con la señorita Hyūga. — Volvió a pisotear su nombre como a una cucaracha—. Se trata de un asunto de negocios.
Tenten comenzó a volverse hacia la puerta, pero luego se detuvo y se colocó junto a Hinata. Kurenai hizo lo mismo.
—Quizá podamos ayudar —indicó con firmeza.
Sus amigas se pegaron a ella, ninguna se alejaría hasta que se lo dijera. Chiyo se unió a ellas con renuencia. Formaban una unidad: una meteoróloga de la televisión, una cantante coreana con voz de ángel y la fan número uno de los Stars. ¿Cómo podía irle mal en la vida cuando se tenían amigas así?
—No pasa nada —les aseguró—. Puedo ocuparme yo sola.
—¿De verdad? —preguntó Tenten, que de pronto parecía tan formidable como la Brunilda de Wagner.
Aunque no estaba completamente convencida, Hinata asintió.
—Solo son negocios.
—Estoy segura de que se trata de un simple malentendido —aseguró Chiyo, antes de bajar la voz hasta convertirla en una especie de susurro—. Te dejaré el cheque de la renta en el buzón, Hinata. Es así como se hace, ¿verdad?
—Ni se te ocurra, Chiyo. Hablaremos mañana. —Aunque superar el día en curso ya era todo un reto.
—¿Hinata? —la interrogó Kurenai.
Por mucho que apreciara la preocupación de su amiga, no podía permitir que Namikaze la considerara un ser débil. Se obligó a hacer un perezoso gesto señalando la puerta.
—Hasta luego.
Al salir, Chiyo miró fijamente a Namikaze.
—Hinata es muy buena persona.
—Ha sido un placer conocerla, señora Chiyo —se despidió él.
La anciana le tocó el brazo.
—Preparo genial la pechuga. Si alguna vez le apetece pechuga, avíseme.
—Eso haré —repuso él con la odiosa sonrisa que reservaba para los fans.
—Y, si le gusta el dulce, hago un toffee para chuparse los dedos.
Él sonrió, pero cuando la puerta se cerró tras ellas, cualquier rastro de afabilidad desapareció. Hinata sabía que la única defensa era un buen ataque, así que irguió los hombros y cargó hacia él.
—La vigilancia que llevaba a cabo era legal. Sí, puede que no esté del todo claro en el caso de Rasengan, pero es un espacio público, y tendrías que demostrar que mi presencia te provocaba una angustia extrema. Y no creo que ningún juez se creyera eso de un ex jugador de la NFL.
Él se cernió sobre ella, su uno ochenta contra su uno sesenta y tres.
—¿Quién te ha contratado?
Ella enderezó la espalda, tratando de ganar unos centímetros
—No te lo puedo decir. Pero te aseguro que no desea hacerte daño.
—¿Y por qué será que eso no me consuela?
—Es la verdad.
—Y tú eres experta en la verdad, ¿no es cierto, Natahi?
Ella se esforzó en mantener la calma.
—A nadie le gusta que le engañen. Lo entiendo. Pero estaba haciendo mi trabajo.
—No me vengas con cuentos. ¿Para quién trabajas?
—Como te he dicho, para nadie que suponga una amenaza para ti.
—Eso lo decidiré solito.
—No tengo nada más que decir.
—¿De veras? —Parecía haberse cansado de ella—. Te lo voy a explicar de otra manera: o me lo dices ya o se lo dirás a mis abogados.
Tenía que saber que una demanda la destruiría. Trató de parecer una próspera empresaria.
—Los juicios son una pérdida de tiempo.
—Entonces, dime lo que quiero.
No podía hacerlo, pero tampoco podía caer de rodillas ante él y suplicarle que no la demandara.
—Mira, haremos un trato. Si retiras esa amenaza, te diré quién es tu verdadero enemigo. Y no es la persona que me contrató.
Él le dirigió su mirada más glacial mientras esperaba. Ella luchó contra la sofocante sensación de que ese hombre cada vez aspiraba más aire de la estancia.
—Esa modelo con la que estabas saliendo —dijo ella—. Pelirroja. Pechos grandes, caderas estrechas y piernas tan largas. Lo sé, solo es un ratoncito en una convención de quesos, pero ese ratón se hace llamar Sāra y tú has tenido un montón de charlas íntimas con ella.
—¿Y qué?
—Después de esnifar unas rayas en el cuarto de baño de señoras, les dijo a todas sus amigas cómo va a jugártela para quedarse embarazada. ¿Quieres saber quién supone una amenaza real para ti? Ahí la tienes.
—Nadie esnifa nada en el cuarto de baños de señoras —afirmó él—. Para eso tengo al equipo de seguridad.
—Les estás pagando demasiado.
—Y tú me estás poniendo las cosas muy difíciles.
—¿En serio? ¿Y cómo llama tu equipo de seguridad al negocio paralelo que ha puesto en marcha al menos uno de tus empleados? A tu costa.
—¿Qué clase de negocio paralelo?
—No metas en esto a los abogados y te lo cuento todo.
—Ya los he metido.
Ella tragó saliva.
—Haz lo que quieras. Pero te recomiendo encarecidamente que hagas tú mismo el inventario de botellas de licor al acabar el trabajo. Y cuando veas las que faltan, recuerda esta conversación.
—Es un farol.
No la creía, y cuando lo vio volverse hacia la puerta, supo que tenía que ofrecerle algo mejor.
—Controla al barman pelirrojo. Luego, llámame y discúlpate.
Eso lo detuvo en seco. Su rostro se endureció con una expresión de ira.
—¿Nagato? Estás mintiendo. Y has elegido mal sobre quién mentir. —Con el dedo extendido señaló a su cabeza—. Te doy veinticuatro horas para que me digas el nombre de la persona que te contrató o tendrás noticias de mis abogados.
La puerta se cerró a su espalda.
Naruto recorrió el trayecto hasta el club hirviendo de rabia. Ella mentía. Nagato era uno de sus más antiguos amigos. Habían jugado juntos en la universidad. Era un hecho conocido que los barman solían sisar a los propietarios de los clubs, y él había llamado a Nagato —que se había desplazado desde Tulsa— solo para tener a alguien de confianza vigilándole la espalda.
En cuanto a Sāra..., él no sentía interés por ninguna de sus clientas, pero si lo hiciera... A diferencia de algunos de sus compañeros de equipo, jamás se dejaría enredar por uno de esos embarazos «accidentales».
Analizo la pregunta más importante. ¿Quién había contratado a un detective para vigilarlo y por qué? Sabía que el negocio de las discotecas era feroz en Konoha, pero ¿qué pretendían averiguar sobre él?
Cuando llegó al club, se instaló detrás del escritorio. No le gustaban los misterios, y le gustaban todavía menos mientras trataba de atraer a un inversor. Y no a un inversor cualquiera, no, al mejor de la ciudad. El único con el que quería trabajar.
Había llegado el momento de poner los pies en la tierra. Él era la tarjeta de presentación ante sus clientes, y aunque otras celebridades que habían invertido su dinero en discotecas solo aparentaban dedicarse al negocio, él jugaba para ganar, incluso aunque eso supusiera ser abordado por admiradoras demasiado entusiastas y verse atrapados por personas que se autoproclamaban expertos en fútbol que se pensaban que eran los únicos que entendían del juego.
Para su disgusto, tuvo que reprimirse para no vigilar esa noche a Nagato, un chico en el que había confiado toda su vida. La hostilidad que sentía hacia Hinata Hyūga se recrudeció. Cuando concentró su atención en un grupo de mujeres que se apretaban contra él, tomó una decisión.
Nadie ganaba un campeonato permitiendo que sus enemigos camparan a sus anchas. Iba a ir a por ella, y su cutre agencia de detectives caería también.
El lunes por la mañana, Hinata se vistió de negro. Estaba segura de que la reunión que le esperaba sería la peor en su corta carrera como propietaria de la agencia. Un suéter negro y unos pantalones de lana negros le parecieron una indumentaria la mar de apropiada. Abrillantó sus viejas botas negras y se puso unos pendientes de plata. Si tenía que caer en las llamas, lo haría pareciendo dura.
La mano derecha de Shion Mōryō y vicepresidente de la empresa la recibió en la zona de recepción del Mōryō Investment Group.
Taruho Parks era su contacto habitual, la persona a la que ella había tenido que llamar para comunicar la fea noticia de que Naruto Namikaze la había descubierto. Taruho Parks la saludó con una leve inclinación de cabeza.
—Shion quiere hablar con usted en persona.
Taruho la guio a través de unas puertas de cristal hasta un pasillo lleno de luz donde los rodapiés eran de mármol color crema y el suelo de madera. Al final del corredor, abrió una puerta donde estaba escrito el nombre de la directora general de la empresa.
Las altas ventanas y los muebles de diseño dotaban a la estancia de una impersonal elegancia. Sin embargo, la pizarra que ocupaba la mayor parte de la pared del fondo anunciaba que se trataba de un lugar de trabajo y no de una sala de exposiciones.
La presidenta estaba sentada detrás de un escritorio imponente, debajo de una pintura de su padre, Clarence Mōryō III. Al igual que ella, Shion Mōryō estaba siguiendo los pasos de su padre, la diferencia estribaba en que esta no se había visto obligada a comprar el negocio a una madrastra celosa.
Shion tenía treinta y seis años, solo tres más que ella, pero parecía que le llevara una generación en sofisticación y experiencia.
Alta y delgada, con unos ojos lavandas, rasgados en los extremos, una larga nariz patricia y el pelo rubio, parecía más una bailarina que una directora general. Iba vestida de negro, igual que en la única reunión anterior que mantuvieron; un vestido de punto con un collar de perlas. Había perdido a su marido en un accidente de moto de nieve el año anterior, por lo que no sabía si el negro era por el luto o una elección personal que la favorecía de forma excepcional.
Shion rodeó la mesa y le estrechó la mano.
—Espero que el tráfico no fuera demasiado horrible esta mañana. —Señaló con un gesto el sofá y las sillas dispuestos a un lado—. Tome asiento.
Taruho permaneció de pie, junto a la puerta, mientras Hinata ocupaba una silla de conferencia de cuero color gris y Shion se acomodaba en una silla cercana. Esta misión se había convertido en algo de vida o muerte para Hinata, y su propósito había sido llevarla a cabo de una manera tan impecable que Shion continuara contando con ella en el futuro. Eso le pasaba por hacer planes.
Ahora se había convertido en una niña desobediente a la que habían llamado al despacho del director.
—Cuénteme lo que pasó. —La directora Shion cruzó sus largas piernas en un gesto teatral.
Ella esbozó los detalles, dejándose en el tintero la aparición de Natahi Crocker. Shion no era partidaria de suavizar las palabras.
—Me siento decepcionada.
Hinata no tenía argumentos para defenderse.
—No tanto como yo misma. Al parecer lo seguí demasiado cerca. No volveré a cometer ese error, pero eso no cambia los hechos.
Podía haber añadido que Shion era la que le había ordenado permanecer cerca de él, pero sonaría a excusa barata.
«Te quiero delante de su casa —había dicho Shion—. Síguelo durante el día y cuando entre en Rasengan por la noche. Averigua cuánto bebe. Qué tipo de mujer está viendo y con cuántas queda. Antes de formar una sociedad de negocios con alguien, tengo que saber con quién estoy tratando.»
Taruho se acercó al lugar donde se sentaba su jefa.
—Estoy seguro de que Namikaze le exigió que le dijera quién la contrató —dijo.
—Lo hizo, pero no se lo dije.
Taruho no ocultó su escepticismo.
—Es un tipo imponente. Eso resulta difícil de creer.
—Según la ley de Illinois, la única manera de obligarme a revelar la identidad de un cliente es con una citación judicial. —No mencionó que había muchas probabilidades de que ocurriera.
Ya tenía demasiados caimanes reales a los que enfrentarse como para empezar a preocuparse por los que se limitaban a acechar en el pantano. Dado que Shion estaba considerando la posibilidad de asociarse con Naruto Namikaze, él seguramente entendería que ella quisiera conocer su vida personal y cómo llevaba sus negocios con anterioridad.
Pero Shion no lo haría de forma voluntaria.
—Esperemos que no se llegue a eso.
—Examinaré el informe. — Taruho extendió la mano, y ya que seguía de pie junto a su jefa, fue ella la que tuvo que levantarse para entregárselo. Había permanecido despierta casi toda la noche revisando hasta el último detalle para asegurarse de que no había olvidado nada. También había incluido un resumen de los gastos que había realizado, rezando para que no intentaran escaquearse de pagarle con la excusa de que no había completado el trabajo.
Shion acarició las perlas que llevaba en el cuello.
—La contraté porque su padre hacía negocios con el mío y me gusta echar una mano a las mujeres que están comenzando sus negocios. Lamento que no haya funcionado.
Parecía lamentarlo de verdad, pero Hinata sentía tal disgusto ante su propia impotencia que no era capaz de defenderse.
—Me gustaría haber sido capaz de cumplir sus expectativas.
Taruho señaló la puerta con un gesto, mucho menos comprensivo que su jefa. Mientras le seguía por el pasillo, casi podía sentir las ruinas de su carrera desmoronándose bajo sus pies.
Durante los días siguientes, tuvo que hacer un gran esfuerzo para ir a la oficina en vez de quedarse en el apartamento con las mantas sobre la cabeza. Estaban a mediados de septiembre y, a menos que algo cambiara de una forma drástica, lo que resultaba prácticamente imposible, se quedaría sin fondos antes de Halloween; entonces tendría que cerrar las puertas. Pero todavía no había ocurrido. Tenía que conseguir clientes de una forma u otra.
En tiempos de su padre, Investigaciones Hyūga había ocupado una planta entera del edificio de ladrillo que Hiashi había comprado en los ochenta. Ahora era su madrastra la que poseía el inmueble, y Hinata solo podía permitirse el lujo de alquilar el despacho del antiguo administrador, en la parte posterior.
Cuando se mudó a la oficina, estaba tan sucia como la de un detective de película antigua. Había colocado una alfombra de color verde oliva con un patrón de rayos de sol negros para ocultar las baldosas de vinilo y luego había pintado las paredes en un tono blanco apagado y colgado unos carteles vintage realizados con portadas de viejos números de la revista True Detective.
En una tienda de segunda mano había conseguido una mesa de biblioteca que arregló con esmalte negro para usarla de escritorio. Había añadido una buena lámpara y un par de sillas con armazón de acero negro para que se sentaran los clientes que había esperado atraer.
Su buzón de voz contenía otro mensaje del abogado de Namikaze, exigiendo que se reuniera con ellos la semana siguiente. Lo borró, como si así fuera a conseguir que desapareciera para siempre, y encendió el ordenador. Por costumbre, hizo una búsqueda rápida para ver si había algo nuevo sobre Naruto Namikaze. Sin resultados.
Se obligó a realizar más llamadas impersonales a bufetes de abogados y después continuó enviando copias del folleto publicitario de la agencia.
INVESTIGACIONES HYŪGA
Desde 1958
La verdad trae la paz
Legal, fiscal y apoyo empresarial.
Seguros e investigaciones domésticas.
Investigaciones secretas activas.
Revisión de antecedentes.
Personas desaparecidas.
Había pensado deshacerse del viejo lema de la firma «La verdad trae la paz», pero era parte de la historia familiar, venía de su abuelo, y sentiría que estaba dando carpetazo a su herencia.
Sonó un golpe en la puerta del despacho y se levantó de un salto. Pero, en lugar de ver a un nuevo cliente, fue Chiyo la que irrumpió en la estancia. Se había animado lo suficiente como para atarse una cinta hippie alrededor del pelo morado y usar un chaleco con flecos con los pantalones de chándal.
—Bien, Hinata, antes de que digas nada..., ya sé que no crees que haya visto a Sakumo en Lincoln Square. Apenas podía creerlo yo. Pero viví cincuenta y ocho años con ese hombre y lo conozco bien. — Pasó junto a ella y se instaló en una de las sillas de la zona de recepción. Abrió el bolso y sacó un sobre —.Aquí tienes un adelanto de cien dólares. —Lo puso sobre la mesa con una palmada.
—Chiyo, no puedo aceptar tu dinero.
—Esto es un negocio. Necesito un detective y tú eres la mejor.
—Aprecio tu confianza en mí, pero... —Lo intentó de otra forma—. Estoy demasiado implicada personalmente en el caso. No sería objetiva. Quizás otro investigador podría...
—Otro investigador pensaría que soy una vieja chiflada —dijo, retándola con la mirada a llevarle la contraria.
Hinata se instaló detrás del escritorio con la esperanza de poder persuadir a Chiyo de que renunciara a sus delirantes ideas.
—Analicemos los hechos... Tú estabas en el camarote con Sakumo cuando tuvo el ataque al corazón.
—Pero no estaba con él cuando murió. Te lo conté. Salí de la enfermería del barco para ir al baño, y luego me desmayé cuando ese médico charlatán me dijo lo que había pasado. ¿Cómo puedo estar segura de qué había en la urna que enviaron de vuelta?
Si la burocracia no se hubiera interpuesto para que Chiyo viera el cuerpo de Sakumo antes de que lo incineraran, nada de eso estaría ocurriendo.
—De acuerdo, Chiyo. —Discutir con ella era inútil, así que abrió la libreta amarilla—. Necesito hacerte algunas preguntas.
Chiyo sonrió con suficiencia.
—Por cierto, hoy estás muy guapa. Deberías pintarte los labios con más frecuencia. Y casi parece que te has peinado. Tienes un pelo muy bonito y brillante, Hinata. Sé que los estilos largos y con flequillo están de moda, pero un corte a lo paje sería más femenino.
—En serio, Chiyo, ¿tú crees que destaco precisamente por ser femenina?
—Bueno, no. Pero los hombres se fijan igual en ti. Aunque tú no les prestas mucha atención. Todavía no me puedo creer que tengas treinta y tres años y nunca te hayas enamorado.
—Un fenómeno de la naturaleza y una pérdida de tiempo.
—El amor nunca es una pérdida de tiempo —afirmó Chiyo—. Llevaba un tiempo esperando que surgiera la oportunidad de preguntarte... ¿Eres lesbiana?
—Ojalá lo fuera.
—Entiendo. Las mujeres pueden ser mucho más interesantes que los hombres.
Hinata asintió con la cabeza. Confiaba más en sus amigas de lo que había confiado en ningún novio que hubiera tenido en la época en la que todavía estaba interesada en tener uno. Pero esa conversación no estaba ayudando a Chiyo a ver más allá de sus narices.
—Dime... ¿Cuándo viste por primera vez al tipo con la porción de queso de espuma en la cabeza? —¡A Sakumo! Fue el cuatro de septiembre. Hace exactamente dieciséis días. Era el día del partido de los Packers. Salí de la librería y allí estaba. Sentado en un banco de la plaza, mirando las palomas.
—Y usaba una porción de queso de espuma porq...
La seguridad de Chiyo desapareció.
—Eso es lo que no puedo entender. ¿Por qué un seguidor de los Bears como Sakumo iba a llevar una porción de queso? Hubiera podido entender que llevara una gorra de los Stars. Le gustaban los Stars casi tanto como los Bears.
Teniendo en cuenta el hecho de que Chiyo creía que su marido había regresado de entre los muertos, la elección de tocados no debería ser la cuestión principal.
—¿Te vio?
—Sí, lo hizo. Le llamé por su nombre. ¡ Sakumo! Se volvió y se quedó pálido.
Hinata hizo clic con el bolígrafo.
—¿Estabas lo suficientemente cerca como para notar eso?
—Quizá solo me lo pareció. Pero sé una cosa... Me reconoció, porque se levantó de inmediato y se largó corriendo. Traté de seguirlo, pero tal y como está mi cadera, no pude alcanzarle. —Arrugó sus rasgos—. ¿Por qué tenía que hacerlo? ¿Por qué huyó de mí de esa manera?
Hinata esquivó la pregunta y siguió interrogándola como si fuera un caso de verdad.
—¿Sakumo y tú tuvieron problemas matrimoniales mientras estuvisteis en el crucero?
—Discutimos. ¿Qué pareja no lo hace? Ese hombre no se cuidaba nada, y tendrías que haberlo visto en el barco, se atiborró de tocino y pastelitos. Sabía de sobra lo mal que me parecía. Pero nos amábamos. Por eso fue tan terrible perderlo.
A pesar de que Hinata no era nada romántica, no había dudado nunca del amor que se profesaban Chiyo y Sakumo. Tampoco lo envidiaba. Los hombres suponían demasiado trabajo, y cuando sus relaciones pasadas terminaron, se había sentido demasiado aliviada.
Entonces, su padre enfermó y había perdido cualquier interés por nada que no fuera el trabajo. Tenía complicaciones más que suficientes en su vida sin añadir un hombre a la ecuación.
Hizo a Chiyo algunas preguntas más y le prometió que lo investigaría. El agradecimiento que mostró la anciana le hizo sentir que estaba engañándola y, para aliviar su conciencia, se desvió por Lincoln Square de camino a casa.
En la zona había el habitual surtido de niños, parejas, madres jóvenes empujando cochecitos Maclaren y algunos adolescentes, nadie llevaba una porción de queso de espuma y nadie se parecía en lo más mínimo al señor Sakumo.
Se sentía ridícula buscándolo, pero quería enfrentarse a Chiyo con la conciencia tranquila. En cuanto a los cien dólares de Chiyo... La invitaría a una buena cena.
Al día siguiente, la llamó una amiga de Kurenai; pensaba que su novio podía estar engañándola.
Hinata estaba feliz de tener una nueva clienta, pero, por desgracia, el novio era realmente estúpido y, esa misma noche, logró sacarle una foto entrando en un motel con su otra novia. Caso resuelto en menos de veinticuatro horas, resultado: cliente con el corazón roto y poco dinero.
Cuando estaba entrando en el despacho el miércoles por la tarde, seis días después de que Namikaze la hubiera intimidado, sus buitres legales dejaron otro mensaje que ella ignoró. ¿Quién decía que la negación era una mala estrategia?
Había aparcado el coche cerca del modesto letrero verde y negro de INVESTIGACIONES HYŪGA que colgaba sobre la puerta de su oficina y un Dodge Challenger se detuvo a su lado. La puerta se abrió y salió un hombre. Un hombre muy atractivo con vaqueros y una camiseta que ceñía un torso lleno de músculos marcados. No lo reconoció hasta que se quitó las gafas de sol.
De espejo, naturalmente.
—Hola, Hinata.
Era el buenorro. Lo miró con cautela.
—Agente...
—Kiba.
—De acuerdo.
Él apoyó las caderas contra el guardabarros y cruzó los brazos sobre aquel pecho demasiado esculpido.
—¿Quieres tomar un café o algo? —la invitó.
—¿Por qué?
—¿Por qué no? Me gustas. Eres interesante.
Al menos no le había dicho que era hermosa. Era algo que odiaba.
—Me alegra oírte —le respondió ella—, pero no me caes demasiado bien.
—Eh, solo estaba haciendo mi trabajo.
—¿Tu trabajo incluye hacerle la lambisconería a Naruto Namikaze?
Él sonrió.
—Sí, eso estuvo bien. Venga. Solo serán veinte minutos.
Ella se lo pensó un instante. A diferencia de su padre, no tenía amigos en el Departamento de Policía y, si por algún milagro podía conservar la agencia, necesitaría tener alguno. Asintió bruscamente.
—Está bien, vamos. Te seguiré en mi coche.
Al final, su cita duró casi una hora. No estaba demasiado sorprendida por el interés de Kiba, los chicos atractivos habían comenzado a rondarla cuando era una estudiante de primer curso en la universidad.
En un primer momento, se había sentido confundida por su atención, pero al final había descubierto que lo que les atraía era su falta de interés. Uno de sus novios le había dicho que estar con ella era como salir con chicos.
«Te gustan los deportes y te da igual si te llevan flores y esas cosas. Y además estás buena.»
No, no estaba especialmente buena, y no se había enamorado de ninguno de ellos, quizá porque todas las relaciones que había mantenido la habían hecho sentir... Casi vacía, como si en su interior se hubiera abierto un agujero que no comprendía.
En ese momento, su aversión a las relaciones románticas era beneficiosa. Una complicación menos en una vida ya demasiado complicada.
El poli buenorro era un tipo decente. Sus historias sobre la vida en el cuerpo eran interesantes y solo apartó la atención de ella una vez, cuando una morena muy atractiva con un suéter ajustado pasó por delante de su mesa, pero dado que ella misma se había fijado en la chica, no podía recriminarle nada. Kiba la invitó a cenar el fin de semana siguiente. Tenten le había regalado una entrada para ir a la Ópera esa noche, así que se disculpó diciéndole que tenía otros planes.
Ser rechazado por una noche en la ópera pareció sorprenderle.
—Eres una chica inusual —dijo.
—Y tú eres un buen tipo, pero este no es un buen momento para tener citas conmigo.
—No pasa nada. No tendremos citas. Solo quedaremos para pasar el rato de vez en cuando, ¿de acuerdo?
Él contaba buenas historias, y ella necesitaba un contacto en el Departamento de Policía.
—Bueno, de acuerdo. Nada de citas. —Hizo una pausa—. Y no pienso liarme contigo.
Fue evidente que no la creyó.
La noche siguiente, Hinata estaba haciendo el trabajo ultra deprimente de tratar de averiguar qué debía guardar y de qué debía deshacerse. Alquilar su apartamento ya no era una opción, y el profesor amigo de Tenten se mudaría allí por la mañana.
El alquiler cubriría la hipoteca y los gastos de la comunidad, posponiendo de forma temporal la necesidad de venderlo. Se decía a sí misma que no tenía por qué vivir para siempre en el pequeño apartamento que su prima Natsu tenía en el sótano, un apartamento que no tenía entrada independiente, donde había un cuarto de baño con olor a humedad y, lo peor de todo, cerca de su prima Natsu, que era una quejoso.
En cuanto a los malcriados niños de Natsu... Sospechaba que su prima se había ofrecido a alquilárselo por un precio ridículamente bajo para tener garantizada una niñera, lo que resultaba una perspectiva todavía más deprimente que vivir en un sótano.
Dejaría la mayor parte de sus muebles para que los usara el profesor amigo de Tenten, pero tenía que meter sus pertenencias personales en un par de cajas, incluyendo un cerdito rosa de peluche bastante sucio que había encontrado en uno de los cajones. Oinky. Tenía las costuras gastadas y la felpa rozada.
Había sido el objeto que la consolaba en la infancia, un recuerdo de su madre. Cuando cumplió cinco años, Hiashi anunció que Oinky tenía que desaparecer.
—Solo los bebés andan con una porquería como esa. ¿Quieres que todos piensen que eres un bebé? — Ella le había respondido que no le importaba lo que pensara la gente y que Oinky no se iba a ninguna parte.
A pesar de que fue una presión considerable, se mantuvo en sus trece hasta los siete años. Fue entonces cuando el matón del barrio la derribó y la hizo llorar. Hiashi se puso furioso, no porque le pegaran, sino porque había llorado.
—En esta familia no hay cobardes. Vuelve allí y dale una patada a ese niño en el trasero, y no quiero volver a verte llorar de nuevo.
Ya no recordaba exactamente lo que le había hecho a Justin Termini, que más tarde se convirtió en su primer novio, pero se acordaba muy bien de la sensación de haber fallado a Hiashi. Esa misma noche, agarró a Oinky y se lo tiró a Hiashi a la cara, luego lo pisoteó y lo lanzó a la basura.
Fue recompensada con un gran abrazo, una salida a tomar un helado y una alabanza por ser tan valiente como cualquier chico de la ciudad.
Hiashi no supo nunca que esa noche subió a la terraza, bajó por el poste hasta el porche y recuperó a Oinky del contenedor de basura. Lo había mantenido escondido durante el resto de su infancia.
Hacía mucho tiempo que Oinky había dejado de ser útil, pero no era capaz de deshacerse de él, y lo metió en la caja con sus sudaderas. Hizo un descanso para almorzar y se acercó a la ventana que daba a la bahía para tomar un sándwich.
Al mirar hacia abajo, a la calle medio iluminada, vio un Tesla azul metalizado aparcado en una plaza. El sándwich se convirtió en una bola en su boca cuando vio que se abría la puerta del conductor y que salía Naruto Namikaze. Desapareció cualquier rastro de apetito.
No había devuelto las llamadas de sus abogados, y él había decidido arreglar la cuestión por su cuenta.
Los recién casados de la planta baja caminaban por la acera. Ella había visto a uno de ellos con una sudadera de los Stars, por lo que Namikaze no tendría ningún problema para conseguir que le dejara entrar en el edificio. En menos de un minuto lo tendría golpeando su puerta. Podía negarse a responder o recibir a la bestia.
Era obvio. Ya había tenido suficiente últimamente. No respondería.
Pero esconderse en su propio apartamento fue demasiado para ella y, al tercer golpe, salió disparada de la habitación y abrió la puerta.
—¿Qué quieres?
