4. Una oportunidad.
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Él entró en la sala como si fuera una bomba de energía hostil.
—Nagato está robándome.
—¿El barman pelirrojo? Sí, lo sé.
Un metro ochenta de hombre enfadado se plantó en medio de la alfombra.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Ella alzó la barbilla.
—¿Qué mierd...? ¡Te lo dije!
—¡Pero no lo hiciste de forma que pudiera creérmelo!
Ella clavó los ojos en él y le sostuvo la mirada un buen rato.
Fue él quien apartó la vista primero y se pasó los dedos por el pelo que, al instante, volvió a su posición inicial.
—Está bien, quizá no estaba de humor para escucharte.
Ella empujó la puerta para cerrarla antes de que todos sus vecinos acudieran a ver qué pasaba.
—Dudo mucho que alguna vez estés de humor para escuchar a nadie.
—¿Qué quieres decir?
—Que estás tan acostumbrado a sentirte superior que se te ha olvidado que hay personas que pueden saber algo que tú no sabes. —La frustración le aguzaba el ingenio.
Él se puso una de aquellas manos enormes en la cadera.
—¿Y qué me dices de ti? ¿Acaso te sientes tan frustrada que necesitas atacar a los que tenemos éxito?
—No. Quizá. No lo sé. ¡Que te den!
Él se rio. Fue una carcajada auténtica que pareció sorprenderlo tanto como a ella y se desvaneció con rapidez.
—¿Cómo te diste cuenta?
«Nunca permitas que nadie crea que es superior a ti —solía decir Hiashi—. A menos que sea tu padre.»
—Simple poder de observación. —Se obligó a seguir comiendo el sándwich a pesar de que ya no le apetecía—. Algo en lo que soy muy buena.
Inclinó la cabeza hacia ella.
—Enséñame.
—Págame —replicó.
Hinata le vio sacudir la cabeza, pero no como si se estuviera negando, sino más bien como si quisiera deshacerse de una idea que le había provocado una conmoción. Luego, él miró a su alrededor, observando el apartamento, y vio la maleta abierta medio llena de ropa y la caja de cartón en la que ella había cargado los alimentos no perecederos: cereales, sopas de lata, sobres de pasta con queso precocinados.
Aunque Hinata sabía cocinar, nunca parecía encontrar el momento para hacerlo.
—Vas a mudarte —afirmó él—. ¿Por qué? Este es un buen sitio.
—Está bien. —Estaba más que bien. Y sería ella quien lo disfrutara si se rindiera y regresara a su antiguo trabajo. Pero no quería hacer promociones online de aceite para coches ni manejar reseñas de una estrella porque a un cliente le había fallado un inyector de encendido. Ese tipo de trabajo le había sorbido el alma.
Él cogió a Oinky.
—Bonito cerdo.
Hinata contuvo el impulso de arrebatarle a su querido cerdito.
—La mascota del colegio.
Él no soltó a Oinky cuando se sentó sin que nadie le invitara en el sofá de color cacao. En comparación con la magnífica sexualidad de modelo de calendario que exudaba el agente buenorro, Namikaze era más bruto, sus rasgos eran más bastos, y tenía una cicatriz en la frente y otra en la mandíbula, fruto de las batallas sufridas.
Y esos ojos tan azules. Parecía duro como un clavo, a pesar de que sujetaba su cerdito. En tiempos de guerra, Namikaze sería uno de esos comandantes a los que los hombres seguían a la batalla. En tiempos de paz, hacía que su equipo alcanzara la gloria. Siempre, un hombre con el que no se podía jugar.
—Nagato y yo éramos amigos desde la universidad —confesó Naruto—. Confiaba en él de una forma que no había confiado en nadie.
—Un error. —Pero había algo en la forma en que él hundió sus anchos hombros de guerrero y en la azulina sombra que apareció en sus ojos de lobo que le llegó al alma.
«Nunca te dejes atrapar —decía siempre Hiashi—, cada asno tiene una historia triste.» El sándwich se le había pegado a los dedos. Lo dejó caer en la basura.
—No eres el primer empresario que se ha visto estafado por un empleado de confianza. Pasa todo el tiempo.
Él curvó los dedos alrededor del tobillo que había apoyado en la rodilla contraria.
—Debería haberme dado cuenta de lo que estaba pasando.
—Son los chicos del servicio de seguridad los que deberían haberse dado cuenta. Para eso los contrataste. Pero es posible que estuvieran entretenidos ligando.
Él alzó la cabeza y la miró con hostilidad.
—Mi servicio de seguridad es de primera categoría.
Ella le lanzó una mirada de lástima.
—Tan rico y, sin embargo, tan tonto... —Le encantó ver que él no decía nada—. Lo cierto es que estás tan acostumbrado a que todos te hagan reverencias que no entiendes que la gente te muestra siempre su mejor cara. Se te ha olvidado cuántos desalmados hay sueltos. Toda esa fama tuya te ha convertido en un ser tan desprotegido como un bebé en el bosque cuando te toca vivir en el mundo real.
Esperaba una réplica ardiente, una buena discusión, pero él se limitó a dejar a Oinky a un lado y a taladrarla con la mirada.
—¿Quién te ha contratado para vigilarme?
Hinata se armó de valor.
—Es confidencial. No vuelvas a preguntármelo.
Él se puso en pie.
—A ver si lo he entendido bien. A pesar de que tengo a los mejores abogados de la ciudad dándote por culo, y a pesar de que tu negocio está a punto de irse a la mierda (sí, he hecho una investigación por mi cuenta), sigues en tu terquedad y no me das el nombre de tu cliente. ¿Es eso?
Tenía que mantenerse firme, no importaba lo mucho que quisiera rendirse o ceder.
—¿Qué parte de «poco ético» no entiendes?
—Oh, lo entiendo perfectamente. Así que permite que te lo diga de otra manera. Dame el nombre y te contrato yo.
—¿Para qué? —preguntó mirándolo fijamente.
—Para beneficiarme de esa naturaleza tuya que sospecha de todo. Soy un principiante. Es evidente que necesito un par de ojos en el club. Solo durante un par de semanas. Alguien que vea lo que yo no he podido ver. Seguridad para comprobar la seguridad que he contratado, si quieres decirlo así.
Era su trabajo ideal. Justo lo que necesitaba en ese momento, un cliente forrado que le ofrecía un asunto interesante que podía resultar todo un desafío. La cabeza le daba vueltas. Solo había un impedimento. Uno muy grande.
—Y todo lo que tengo que hacer es...
—Darme el nombre de tu cliente.
En ese momento, Hinata odió a Shion Mōryō. La terca insistencia de esa mujer por mantener su anonimato iba a ser su ruina. Solo tenía que decirle la verdad.
Pero no podía. Caminó por encima de la alfombra hasta la puerta, intentando digerir el dolor en el pecho.
—Ha sido un placer hablar contigo, Namikaze. Es una pena que tengas que irte.
—¿No vas a dármelo?
El impulso de decirle el nombre que quería saber era tan fuerte que tuvo que apretar los dientes.
—No tengo tu dinero, tu poder ni tu fama, pero tengo ética. —«Ética.» Jamás había odiado tanto una palabra.
«Una vez que se traspasa la línea, jamás se puede retroceder. Recuérdalo.»
Hiashi seguramente se había referido al sexo, pero lo cierto era que si daba ese nombre, dejaría de respetarse a sí misma, y eso era algo que no haría por nada ni por nadie.
Namikaze se acercó, balanceando ante ella aquella zanahoria de oro.
—Piensa en todo el dinero que podrías conseguir con este trabajo...
—¡Créeme, ya lo hago! —Abrió la puerta—. Te he hecho un favor. Ahora házmelo tú a mí y sal de aquí para que pueda terminar de empaquetar mis cosas y trasladarme al asqueroso sótano de mi prima. Que es la única manera que tengo de conservar mi negocio sin tener que vender mi alma al diablo.
Y aquel sádico cabrón sonrió. Una enorme sonrisa que se apoderó de todos los brutales rasgos de su cara.
—Estás contratada.
—¿Es que estás sordo? ¡Ya te lo he dicho! No voy a delatar a mi cliente.
—Por eso te estoy contratando. Nos vemos mañana a las diez en mi apartamento. Creo que sabes dónde está.
Y eso fue todo.
A la mañana siguiente, Hinata se despertó al amanecer, todavía aturdida por lo que había ocurrido. Tras ventilarse dos tazas de café solo, decidió ponerse la falda caqui, la camiseta de manga corta de color verde militar con un escorpión rojo en el frente y los gastados botines marrones por el tobillo. Resultaba casi profesional y no parecía que estuviera tratando de impresionarlo.
Acabó de prepararse demasiado pronto, por lo que mató el tiempo desviándose por Lincoln Square y deteniéndose en los pocos lugares que estaban abiertos. Como era de esperar, nadie reconoció a Sakumo cuando mostró la fotografía que Chiyo le había dado.
«Porque está muerto.»
Tal y como había pronosticado Kurenai, hacía un calor insoportable para estar a finales de septiembre, y Hinata mantuvo las ventanillas abiertas mientras se dirigía hacia Lakeview.
Exactamente dos minutos antes de las diez, aparcó en una de las tres plazas reservadas para visitas en el callejón que había detrás de la casa de Namikaze.
El edificio de ladrillo, que en tiempos fue un seminario católico, había estado vacío durante años antes de que lo convirtieran en tres apartamentos de lujo. Naruto era propietario del ático de dos alturas, mientras que un titán local de las propiedades inmobiliarias y un actor de Hollywood con raíces en Konoha poseían los otros dos.
Hinata recorrió un camino de ladrillo bordeado por helechos hasta la entrada principal. Entró en un pequeño vestíbulo con un sistema de seguridad dotado de vídeo de alta tecnología del que le gustaría saber más.
Una voz generada por ordenador la guio hasta un ascensor privado que la condujo hasta el ático. Cuando se abrió la puerta, salió a un espacio con paredes de ladrillo y enormes ventanales.
El techo, a doble altura, estaba cubierto por conductos pintados en color carbón. Los suelos de bambú dibujaban un patrón en espiga, pero terminaban en un borde liso, y en las largas estanterías que cubrían una de las paredes había una enorme colección de libros que apostaría lo que fuera a que nunca se habían leído.
Sentados en un sofá curvado de color perla, que tenía el tamaño de tres sofás normales, había dos hombres de espaldas a ella. Uno de ellos —el que había ido a ver— llevaba un albornoz blanco, el otro, una camisa azul y pantalones oscuros. Fue este último el que se levantó y rodeó el sofá para tenderle la mano.
—Shikamaru Nara —se presentó.
Shikamaru Nara, también conocido como la Sombra, era una leyenda en Konoha y uno de los más poderosos agentes deportivos del país. Representaba a dos de los más importantes quarterbacks que habían tenido los Stars, Konohamaru Sarutobi y Sasuke Uchiha, así como a su nuevo cliente.
A pesar de su apariencia de buen chico americano y sus modales educados, ella sabía reconocer a un depredador cuando la veía, y no tenía intención de bajar la guardia ni por un segundo.
—Y usted debe de ser la incorruptible señorita Hyūga —continuó Nara.
—Hinata.
Naruto no se molestó en levantarse, y se limitó a saludarla con un gesto de cabeza.
—Hay café en la cocina.
—Gracias, estoy bien —repuso ella.
—Más te vale —replicó él.
Nara le hizo un gesto señalando el sofá.
—Toma asiento, por favor.
Ella se concentró en la vista a través de las ventanas para no tener que mirar inmediatamente a su jefe. Tres pisos más abajo había un patio en sombras. Estaba rodeado por paredes de ladrillo cubiertas de hiedra punteada de flores amarillas que destacaban como brillantes puntos en la sombra.
Los helechos habían comenzado a marchitarse en las puntas y las hojas que flotaban en la fuente de piedra anunciaban que el otoño se aproximaba.
Se obligó a volverse hacia el sofá. Naruto estaba cómodamente sentado en el centro, con los tobillos cruzados y apoyados en una mesita de café de madera y cristal con forma de platillo volante.
El albornoz blanco se había abierto lo suficiente como para revelar sus pantorrillas desnudas y una fea cicatriz en la rodilla derecha. Había otra más pequeña en el tobillo. ¿Cuántas tendría? ¿Y qué llevaba puesto debajo del albornoz?
Aquel eco de conciencia femenina la irritó. Sin duda era debido al exceso de cafeína.
Dejó a un lado su bolso gris de bandolera. El sofá era profundo, diseñado para un hombre de gran tamaño y no para una mujer de proporciones medias. Si se hundía en él, los pies no le llegarían al suelo y las piernas quedarían colgando como si fuera una niña, por lo que se sentó en el borde.
Él señaló el escorpión estampado en su camiseta.
—¿El logo de tu empresa?
—Todavía tengo que decidirme. Era esto o una cara sonriente.
La propia cara de Naruto contrastaba con el blanco del albornoz, y el cuello abierto dejaba al descubierto un poco del vello de su pecho. De mala gana le dio un par de puntos por no depilarse y, a continuación, se los quitó porque quiso.
Él sonrió como si le hubiera leído la mente.
—¿Qué has pensado para mejorar las medidas de seguridad de mi negocio? Sé que tienes un plan.
No pensaba permitir que un cliente apenas vestido la intimidara.
—Antes de la reapertura de la agencia, trabajé como directora de estrategia digital para una cadena de repuestos del automóvil de Konoha.
—¿Qué rayos hace una directora de estrategia digital?
—Hace controles on-line. Me dedicaba a investigar páginas web de negocios y plataformas sociales con mala prensa. Eliminaba los resultados negativos. Apagaba incendios en internet y mejoraba la reputación en las webs.
Naruto las pillaba al vuelo.
—¿Y esa será tu tapadera?
—Es lo más sencillo. A pesar de que el fantasma que tienes en la puerta podría reconocerme.
—Lo dudo.
—Tengo que irme —intervino Nara. Hinata percibió el brillo de una alianza en su mano izquierda y se imaginó que su esposa sería una modelo de página central con abundantes curvas, extensiones de pelo de treinta centímetros y los labios inflados como flotadores de piscina.
—¿Temari y tú se van de la ciudad para un fin de semana romántico? —preguntó Naruto.
Hinata esperó que Temari fuera la esposa con curvas de página central y no una pareja sexual cualquiera.
—No sé de qué estás hablando —repuso Nara.
—Llévate unos tomates. —Namikaze señaló con la cabeza en dirección a la cocina, una eficiente composición de aluminio y acero—. Y cualquier otra cosa que te apetezca.
—No voy a rechazar la oferta. —Nara cruzó la cocina y atravesó unas puertas de vidrio hacia lo que parecía un huerto urbano. Se preguntó cuánto le costaría a Naruto mantenerlo atendido.
Ahora que se había quedado sola con él, el ático no parecía tan amplio. Tenía que ponerse a la tarea.
—¿Cómo averiguaste que tu ex amigo Nagato metía la mano en la caja?
—Seguí tu sugerencia e hice yo mismo el inventario.
—Y no coincidía.
—Para empezar... —Él se levantó del sofá y se dirigió hacia la cocina—, el muy cabrón invitaba a la gente las copas y se llevaba muchas propinas.
—Dejar que los empleados inviten a los clientes es un error de novato —aseguró ella—.Y tener a mano el bote de las propinas lo hace más fácil.
Él dejó la taza en el fregadero y miró hacia el jardín. A Hinata no le gustaba permanecer sentada mientras él estaba de pie, así que se levantó y vio lo que no había visto antes. En el extremo opuesto del ático había una escalera metálica con los escalones calados que conducía hasta un dormitorio tipo loft de tamaño considerable. Se preguntó a cuántas de sus citas se les habrían clavado los tacones en los peldaños.
La cocina tenía aspecto de no haber sido utilizada para mucho más que preparar café, lo que convertía el huerto urbano en un capricho inútil.
—Por lo que he observado... —dijo ella—, y te recuerdo que estaba en Rasengan para vigilarte a ti y no a tus empleados, tu amigo Nagato podría tener un trato paralelo con un par de camareras. Podrían haber dicho que habían devuelto alguna bebida cuando era mentira, luego no anotar la venta y embolsarse el dinero. Ya sabes.
—¿Con que camareras?
Ella no era de las que acusaba a nadie sin pruebas.
—Para eso me has contratado, para averiguarlo.
Shikamaru Nara apareció de nuevo en ese momento con una bolsa de papel en las manos. Por la parte superior asomaban los verdes penachos de las hojas de unas zanahorias.
—Eres el único tipo que conozco que consigue que se le den las coles de Bruselas. Lo de los tomates lo entiendo. Incluso lo de los jalapeños. Pero ¿coles de Bruselas?
—Asúmelo.
Hinata se había olvidado de apagar el móvil y comenzó a sonar el tema de Buffy Caza vampiros.
Namikaze arqueó una ceja.
—Qué profesional...
Ella buscó el móvil en su bolso de bandolera. La estaba llamando el agente Kiba. Silenció el aparato y lo dejó caer en el interior.
—Tengo un contrato tipo y...
Naruto señaló a su agente con la cabeza.
—Que lo mire Shikamaru mientras me pongo algo encima. —Cuando él se dirigió hacia la escalera, ella se imaginó por un momento que se colocaba debajo de los peldaños calados y miraba hacia arriba. Le tendió la carpeta a Nara.
El agente dejó a un lado la bolsa con los productos del huerto para cogerlo. Lo observó con nerviosismo mientras revisaba el contrato. A pesar de que se había resistido a la tentación de inflar su tarifa habitual, aún pensaba que podían considerarla demasiado cara.
Nara sacó un bolígrafo del bolsillo de la camisa y apretó el extremo superior con un clic.
—Él puede permitirse pagar un poco más.
Ella lo miró tratando de asimilarlo.
—¿No se supone que debe proteger sus intereses?
Nara sonrió, pero no respondió.
Namikaze apareció pocos minutos después, vestido con unos vaqueros y una camiseta de macarra de los Stars que servía para destacar de una forma excepcional sus abultados hombros. El agente le entregó el contrato. Mientras él lo estudiaba, arqueó una ceja en dirección a Shikamaru y la miró.
—Descuenta quinientos —dijo— y puedes instalarte en el apartamento que hay encima del club en vez de mudarte a ese asqueroso sótano que mencionaste.
—Eres un cutre —replicó su agente con diversión.
—¿Hay un apartamento sobre el club? —preguntó Hinata.
—En realidad son dos —repuso Naruto—. Uno ya está ocupado, pero el otro está libre. Hay mucho ruido cuando la discoteca está abierta, pero puedes comprarte tapones para los oídos.
—Como mucho descontará trescientos —intervino Nara—. Es todo lo que está dispuesta a bajar.
Naruto miró a su agente.
—¿Puedes recordarme otra vez por qué sigues trabajando para mí?
—Porque necesitas una conciencia.
El antiguo quarterback de los Stars no pareció sentirse ofendido, y se limitó a concentrar su atención en ella.
—Múdate cuando quieras, pero necesito que empieces a trabajar esta noche. —Sacó un juego de llaves de un cajón de la cocina y se las arrojó.
—Quiero presentarte en la reunión del personal. Es a las ocho en punto.
Ella había conseguido un trabajo y tenía un apartamento que no era el asqueroso sótano de su prima. Mientras recogía el contrato, quiso besar a Shikamaru Nara. Pero había una cosa más. Clavó la vista en un punto en el centro de la frente de Namikaze.
—Esto significa que no me vas a denunciar, ¿verdad?
No le gustó nada su rápida sonrisa de cocodrilo enseñando los dientes.
—Ya lo negociaremos.
—Hay algo que no me encaja —dijo Nara cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de Hinata Hyūga.
Naruto examinó el contenido de la bolsa de productos de Shikamaru con más concentración de la necesaria.
—¿A qué te refieres?
—¿Por qué le has ofrecido el apartamento?
—Cuanto más cerca esté de Rasengan, más provecho le saco a mi dinero.
Shikamaru le arrancó la bolsa de las manos.
—Espero que solo estés pensando en aprovecharte de tu inversión. Esa mujer no es como tus actrices.
—Ya me he dado cuenta. Además, y ya que eres tan observador, te habrás dado cuenta de que no es mi tipo.
—Me he fijado.
—Y ella me desprecia.
—Definitivamente no es una de tus admiradoras.
—Sin embargo, la cuestión es que esa mujer tiene agallas e integridad.
—Tiene algo más que eso. Ojos grandes, rasgos interesantes y unas buenas piernas.
—No estoy interesado.
—¿Qué pasa? ¿Ya no tienes un séquito de mujeres detrás?
Antes muerto que permitir que Shikamaru siguiera indagando sobre sus antiguas novias o sobre Hinata Hyūga.
—¡Largo! Vuelve con tu esposa.
—Ahora mismo.
Cuando Shikamaru se marchó, Naruto atravesó la cocina hacia el huerto urbano, su lugar favorito del mundo. Siempre le había gustado ver crecer las cosas, y no había ninguna razón para que vivir en la ciudad cambiara eso.
La enorme terraza con múltiples niveles tenía unas paredes lo suficientemente altas como para proteger el jardín del viento, convirtiéndolo en el lugar ideal. Había construido los niveles con sus propias manos, transportando las bolsas con tierra, plantando cada semilla y cada brote.
Durante la temporada de fútbol, sus plantas y el olor a tierra habían alejado de su mente el dolor de sus heridas. Disfrutaba removiendo el terreno, arrancando las hierbas marchitas o cosechando las verduras que llenaban su despensa, allí no escuchaba el choque de los cascos, los gruñidos provocados por los duros golpes ni el rugido de la multitud que se extendía por el campo de juego como una ola gigante.
Allí fuera, había sido capaz de olvidar la adrenalina que controlaba el ballet brutal que se desarrollaba en un partido de la NFL.
Ahora que ya no jugaba, acudía allí para escapar de sí mismo, para alejarse de la constante agitación que envolvía su mente al pensar en el futuro. Sin embargo, hoy no encontraba paz en su huerto.
Había pasado una semana desde el último encuentro con Shion Mōryō y todavía no sabía ni una palabra de ella. Le había dicho que tardaría un tiempo en tomar la decisión, pero a él no se le daba bien esperar.
Al cabo de unos meses, Rasengan habría alcanzado el punto de equilibrio, y él estaría preparado para pasar a la siguiente fase de su nueva carrera, la creación de una franquicia de discotecas que otros deportistas de renombre estaban demasiado ocupados o no eran lo suficientemente inteligentes para crear por sí mismos.
La aparición de Hinata Hyūga había sido una bienvenida distracción a pesar de que suponía una dispersión en muchas direcciones diferentes. Y a ella también le iba bien. A pesar de la farsa como Natahi, poseía una cruda honestidad de la que él pensaba aprovecharse, aunque su idea era esperar a ver cómo reconciliaba su evidente disgusto por él con el hecho de que necesitaba su dinero.
Por desgracia para ella, su cortesía intrínseca hacia las mujeres parecía desvanecerse cuando ella estaba cerca. Y era igualmente lamentable que las operaciones del día a día de una discoteca hubieran empezado a aburrirle. Necesitaba una distracción, y Hinata Hyūga podría ofrecérsela.
Esa misma tarde, Hinata introdujo la llave que Namikaze le había dado en la puerta de metal que había en el callejón trasero de Rasengan. El pequeño vestíbulo tenía paredes gris acorazado y olía a patatas fritas, aunque el suelo estaba limpio. Una puerta al fondo parecía conducir a la zona de servicio del club, mientras que la escalera que quedaba a su derecha llevaba arriba.
Cuando empezó a subir hasta la tercera planta, se sintió feliz de no tener demasiado que transportar. Al alcanzar la cima, pisó el rellano...
Ocurrió muy rápido.
Una oscura figura dio un salto... Sintió una pistola apuntándole a la derecha de la cabeza... Un picotazo en la sien...
—¡Estás muerta!
