5. Nuevo Trabajo
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata reaccionó de forma automática. Agarró el brazo de su agresor, le desequilibró la pierna y lo hizo caer con un ruido sordo. Solo cuando oyó el grito de dolor se dio cuenta de que la voz que la había considerado «muerta» procedía de una mujer en lugar de un varón.
En el suelo de madera había una adolescente sujetándose el brazo. A su lado, vio una pistola Nerf de color amarillo brillante; la bala de espuma dura que la había golpeado descansaba junto al zócalo pintado.
La chica tenía la piel blanca; los ojos color verde brillante; el pelo corto, rizado y castaño; y la promesa de convertirse en una belleza cuando dejara atrás la adolescencia.
—¡Ay, Dios mío! ¡Lo siento! —exclamó la muchacha, dejando al descubierto unos braquets plateados.
Hinata se arrodilló a su lado.
—¿Estás bien?
—¡Pensé que eras un asesino!
—¿Hay muchos por aquí? —preguntó mientras examinaba el brazo de la chica.
—Estoy bien —dijo la joven al tiempo que se sentaba.
Hinata se sintió aliviada al ver que el brazo no estaba roto, pero también irritada.
—¿Qué creías estar haciendo?
—Te tomé por otra persona. —La adolescente recogió la pistola Nerf, que había tuneado con bandas de goma roja para modificar la intensidad del disparo.
—¿Tienes licencia para llevar eso? —le preguntó ella.
—Lo sé. Es una estupidez. Ya pasé mucha vergüenza cuando las compré.
—¿Las?
—Se necesita más de una. Es una especie de juego. Pero, al mismo tiempo, es serio. —Hinata miró cómo se apoyaba en el suelo. La chica estaba muy bien proporcionada, a pesar de que, siendo una adolescente, pensaría que estaba gorda—. Tú debes de ser la nueva vecina. Naruto le dijo a mi madre que iba a mudarse alguien pero, como puedes ver, se me olvidó por completo. Me llamo Wasabi.
—Yo soy Hinata. Entonces ¿por qué vas atacando por sorpresa a gente inocente?
—Ahora voy al Pius. —Hinata reconoció el nombre de un instituto parroquial—. Soy uno de los Asesinos de Pius.
—¿Y el Papa lo sabe?
—Eres muy graciosa. —Lo dijo en serio, como si la hubiera evaluado y la hubiera incluido en una categoría especial—. Nosotras vinimos desde St. Louis justo antes de empezar el curso, quizás esta sea la forma en la que pueda conocer a otra gente.
«E intentar encajar», pensó Hinata
—Te voy a enseñar tu apartamento —añadió Wasabi—. Es más pequeño que el nuestro, pero está bien. — Señaló una de las tres puertas que había en el pequeño vestíbulo cuadrado—. Por ahí se va al club.
— Donde ahora está Rasengan antes había un restaurante italiano. —Apuntó con el dedo la puerta que estaba frente a ellas—. Yo vivo aquí con mi madre. No es tan agradable como el apartamento en el que vivíamos en St. Louis, pero mi madre quería que nos fuéramos y Naruto la invitó a mudarse aquí. Mi padre murió en un accidente de tráfico cuando yo tenía nueve años. Trabajaba como entrenador personal, y Naruto y él eran muy buenos amigos. Naruto pagó su funeral y todo.
—¡Qué duro! Yo también perdí a mi madre cuando era pequeña.
—También le ocurrió a Naruto. Este es tu apartamento. —La chica dejó la pistola Nerf a un lado y se dirigió hacia la puerta más lejana para girar la manilla. Estaba abierta.
El espacio no era demasiado grande, pero sí decente, con paredes color mostaza, suelos de parquet de los setenta y un par de ventanas pequeñas que daban al callejón trasero del club. Una barra de formica blanca separaba la modesta cocina del salón, donde había un conjunto de sofás reclinables de color musgo, así como un par de mesitas de roble con lámparas.
—El dormitorio es lo mejor. — Wasabi desapareció por una puerta.
Y lo era. Hinata se detuvo en el umbral para asimilarlo. La mayor parte del espacio estaba ocupado por una cama enorme con el cabecero acolchado y un edredón de color blanco. En la pared opuesta había una enorme pantalla plana. En la mesilla de noche había una estación de cargadores de diferentes aparatos electrónicos, y un par de lámparas colgantes con forma de embudo a cada lado de la cama remataban el conjunto.
—¡Guau!
—Naruto duerme a veces aquí.
«Pues ya no lo va a hacer», pensó Hinata.
—Le gusta estar cómodo —explicó Wasabi.
—Ya veo. —Hinata se sentó a los pies de la cama y sintió el soporte de un colchón cómodo y caro. Wasabi contempló con anhelo el iPad que había en la estación de cargadores mientras se mordisqueaba el barniz negro —ya casi inexistente— que le cubría las uñas.
—Naruto es muy rico.
—Ser rico no es para tanto —repuso Hinata, aunque era mentira.
—Supongo.
—Háblame de los Asesinos de Pius.
Wasabi se puso un largo mechón de pelo detrás de la oreja.
—Comenzó hace un par de días. Es algo así como un ejercicio de unión para todos los alumnos de segundo.
—Esas monjas están más locas cada año.
—A los profesores no les gusta demasiado, pero siempre y cuando no llevemos las Nerfs al colegio, no pueden hacer nada al respecto. Todos los alumnos que querían participar tuvieron que pagar cinco dólares. En el curso somos ciento veinte chicos y se apuntaron noventa y dos.
—Y el objetivo es...
—Ser el que quede en pie.
Hinata estaba empezando a entenderlo.
—Como en Los juegos del hambre.
—Y ganar los cuatrocientos sesenta dólares. —Wasabi se acomodo su castaño pelo rizado —. Lo cierto es que necesito el dinero porque mi teléfono es... Digamos... Una vergüenza. No se lo digo a mi madre, pero ella lo sabe y me hace sentir mal, porque no podemos permitirnos algo mejor. —Bajó la barbilla—. No debería habértelo contado. Mi madre me ha dicho que nunca se debe hablar de dinero.
A Hinata se le encogió el corazón.
—Dime, ¿cómo funciona el juego?
—No se puede matar a nadie en el colegio o en los alrededores, tampoco en ninguna actividad escolar o en el trabajo o en un coche en movimiento, porque, si se hace, algún niño puede resultar herido.
—Qué consolador...
—No se puede matar tampoco en el autobús o en la parada. Ni en el recorrido hacia o desde el colegio, pero está permitido en cualquier otro momento.
—No quiero imaginar lo que piensan los pasajeros al tener que esquivar las balas Nerf. En especial en Konoha. Es una suerte que nadie te haya disparado de verdad.
—Se supone que debemos ser respetuosos con otras personas.
—¿Y lo consigues? —preguntó ella con solo un poco de sarcasmo.
Wasabi frunció el ceño.
—Lamento mucho lo ocurrido. La cosa es que ninguno tenemos derecho a matar a nadie en su casa a menos que nos haya invitado a entrar. Y también vale si alguno de mis compañeros se presenta aquí, dice que es mi amigo y alguno de los porteros o los camareros les dejan entrar.
—Es mejor que hablemos con ellos sobre eso.
—Mi madre no me deja. Como Naruto nos deja vivir aquí sin pagar nada, le debemos mucho y mamá no quiere dar problemas.
¿Sin pagar nada? Su naturaleza sospechosa hizo que Hinata se preguntara si el altruismo era el único motivo de Naruto para proporcionarles alojamiento gratuito.
—Si vuelve a ocurrir —esgrimió—, podría hacerte daño de verdad.
Ahora que sabía que no le había roto un brazo, tuvo que admitir que se sentía satisfecha consigo misma.
Wasabi meditó sus palabras.
—Quizá podríamos tener un código. Si te parece bien, podrías dar dos golpes rápidos y uno lento antes de subir la escalera, así sabré que eres tú. Necesito de verdad esos cuatrocientos sesenta dólares.
—Ayúdame a descargar el coche y me lo pienso.
Wasabi bajó delante al piso inferior. Subió la Nerf y echó un rápido vistazo al callejón antes de salir. Hinata había metido todas sus pertenencias en dos maletas y en un par de cajas. Wasabi agarró una de las maletas, con la pistola todavía levantada, y giró la cabeza. Hinata se ocupó de la otra.
—¿De verdad crees que alguien va a venir por aquí?
Wasabi la miró como si fuera idiota.
—Estás de broma, ¿verdad? Este lugar es ideal para ponerme una emboscada. El tercer día de clase, unos niños llamados Daniel y Tasha se escondieron detrás del coche de Naruto. Estaban trabajando en equipo.
—¡Qué malditos!
—Ahora están muertos —repuso Wasabi con expresión de satisfacción—. Traté de que Tasha hiciera equipo conmigo, pero es una de las chicas más populares. Y además le gusta Daniel.
—Otra mujer haciendo el estúpido por un hombre.
Wasabi hizo un gesto de desidia.
—Lo sé. Algún día seré psicóloga.
—Es difícil imaginarte con un gran futuro con un homicidio en primer grado en tu hoja de antecedentes penales, pero sigue soñando.
Wasabi sonrió, su boca ancha y el brillo plateado de sus braquets la hicieron sentir una ternura tal que la perdonó por haberle tendido una emboscada.
Obito, el gerente de la discoteca, tenía una buena voz, una sonrisa enorme y una personalidad arrolladora, pero Hinata se prometió a sí misma no quitarle el ojo de encima, aunque dado que Namikaze le había explicado detalladamente por qué estaba en el club, no sería fácil.
En la reunión con el personal, Naruto la presentó como su nueva estratega digital. Se enteró de que cabeza de torpedo se llamaba A, si simplemente A. Era el jefe de seguridad y había sido linebacker con los Clemson. A pesar de que no pareció reconocerla, su mirada estaba lejos de resultar agradable, bien porque no tenía una disposición natural a ser educado o porque decidió que ella no estaba lo suficientemente buena como para trabajar en Rasengan.
Los otros seis gorilas también parecían ex jugadores de fútbol americano, una teoría que no tardó demasiado tiempo en confirmar.
Obito informó a los camareros sobre las marcas Premium que servían esa noche. Hinata encontró interesante que Naruto interviniera al final para advertirles que no les dieran demasiada bebida a los clientes.
—Caminas sobre una línea muy fina —dijo ella cuando la reunión se disolvió.
—Quiero levantar un imperio haciendo que la gente pase un buen rato, no es mi intención que se maten.
—¿Nunca se te ocurrió dedicarte a los minigolf?
—Qué graciosa...
A las nueve, los clientes empezaron a entrar en la discoteca, mujeres de pelo largo con faldas cortas, vestidos ceñidos, blusas de seda y zapatos increíbles; chicos con cazadoras sport, camisas con el cuello abierto o camisetas de marca que mostraban sus pectorales.
Todos parecían competir por la atención del cowboy de Oklahoma que había llegado a Konoha a través de Miami para llevar la ciudad a la gloria. Todos lo rodeaban como avispas, empujándole y gesticulando. Y los gorilas dejaban que ocurriera.
Una mujer llevaba pantalones cortos de cuero muy ceñidos y otra, un vestido de color escarlata con la cintura al aire. Hinata solo tenía un modelo en su armario que pudiera valer para ese trabajo, el inocuo vestidito negro que había usado ocho días antes, la noche que la pillaron. Lo único bueno de trabajar en el cubículo era que podía usar vaqueros. Tener que arreglarse bien para trabajar era un tormento.
Mientras recorría el club, vio que las nuevas prácticas a seguir con los cócteles ya se habían puesto en marcha, pero una de las camareras, una hermosa llamada Konan, llamó su atención. La primera noche en el club, observó que aquella chica parecía mantener una relación muy estrecha con el barman, Nagato.
Cuando Konan se detuvo en la barra para recoger un pedido, Hinata se le acercó.
—Estoy pensando que podía ser interesante publicar regularmente el perfil de los camareros de Rasengan en la página web. Acompañar una foto de un par de datos curiosos. ¿Crees que los chicos estarán de acuerdo?
Hinata había observado que la mayoría de los camareros parecían contentos con el trabajo. La paga era buena, conseguían propinas decentes y no se les pedía que hicieran bailes eróticos para vender bebidas, aunque quizá Konan no estaba tan contenta como el resto. Dejó las bebidas que le entregó el barman en una bandeja lacada en negro.
—Claro. Harán cualquier cosa que quiera Naruto.
¿Estaba detectando una leve queja en la respuesta?
—¿Los demás? ¿Tú no?
—¡Oh, sí! Yo también. Es un gran trabajo.
Su entusiasmo no parecía real, y tomó nota mental para prestarle más atención de lo habitual.
Naruto seguía siendo presionado para que firmara autógrafos, y ninguno de los porteros hacía nada para intervenir y darle un poco de espacio. Aunque entendía la ventaja de contratar a gorilas que parecían guardias carcelarios, esos chicos estaban llegando demasiado lejos. Todo el mundo quería ser amigo de Namikaze, y aunque la multitud de esa noche era benévola, ese hecho podía cambiar.
Aun así, no era su trabajo proteger a Naruto, y siguió moviéndose. Estuvo un rato en la barra, luego se encaminó a la pista de baile e hizo frecuentes controles en el baño de señoras.
Cuando se acercó la medianoche, se dirigió hacia la zona VIP. El odioso A la detuvo en la parte inferior de la escalera.
—No se puede subir ahí.
Conocía a esa clase de matones. Aunque él sabía que ella formaba parte de la plantilla, quería asegurarse de que comprendía quién mandaba allí. Sus tacones le prestaban unos cuantos centímetros más de altura, y utilizó cada uno de ellos.
—Voy adonde quiero. Si tienes problemas para aceptarlo, habla con el señor Namikaze. Pero no llores después, serás el único que hará el ridículo.
Pasó junto a él y subió a la zona VIP. Su primera noche en el trabajo y ya se había ganado un enemigo. Esa sala estaba decorada en dorado y negro igual que el resto del club, pero con enrejados de madera lacada que separaban zonas de conversación y una barra dorada en un extremo.
Los uniformes de las camareras eran idénticos a los que usaban las chicas de la planta baja: sugerentes pero sin caer en la vulgaridad. Vestidos con dobles tirantes negros que se cruzaban en la espalda y cubrían hasta la mitad del muslo, lo que dejaba a la vista un trozo de liga de encaje negro. Algunas de las chicas llevaban botas altas con tacones de aguja, otras sandalias de gladiador con los cordones cruzados en las pantorrillas, que parecían más cómodas que los zapatos que ella llevaba puestos.
Un hombre que reconoció como el nuevo running back de los Stars estaba sentado con un par de jugadores de los Bears y un predecible cuarteto de rubias de bote de veintitantos años. Hinata se acercó a la barra y conversó con los barmans mientras observaba el entorno.
Allí, la mayoría de los clientes tendían a mantener la atención en las conversaciones que se desarrollaban en sus mesas en lugar de andar mirando a un grupo y a otro como la clientela de la planta de abajo. Los VIPs parecían tener asumido que eran las personas más importantes del lugar.
Después, se dirigió a la sala para señoras que había en la parte de atrás. Cuando entró, vio a una morena de aspecto llamativo que reconoció como la actriz protagonista de una de las series policiales con sede en Konoha. La actriz estaba sentada en un cubo acolchado frente a un espejo ovalado, mirando su reflejo mientras unas lágrimas manchadas por el rímel le resbalaban por las mejillas.
Hinata se detuvo en la puerta.
—¿Estás bien?
—Mi vida es una mierda —aseguró la actriz con la voz ronca, sin apartar la mirada de su reflejo.
A juzgar por el tamaño de los diamantes que lucía en las orejas y el exquisito vestido azul que dejaba un hombro al descubierto, no debía de serlo tanto.
—Los hombres son una mierda. Todo es una mierda. —Las lágrimas de tinta siguieron fluyendo.
Hinata se planteó hacer una huida rápida, pero llevaba horas de pie y los tacones estaban matándola. Se sentó en otro lado del cubo y se acercó a ella.
—Parece que tienes una mala noche.
—Una mala vida. Es una mierda.
—Es mejor que pases de él. Es solo una sugerencia.
La actriz volvió hacia ella unos sorprendidos ojos azules.
—Pero lo amo.
¡Oh, Dios...! ¿Cuántas mujeres idiotas había en el planeta? Trató de sonar compasiva.
—No me quiero poner en plan Zen contigo, pero quizá deberías quererte más a ti misma.
La actriz cogió un pañuelo y se limpió las lágrimas negras.
—No lo entiendes. Él puede ser muy dulce. Y me necesita. Tiene problemas.
—Todo el mundo tiene problemas. Deja que él resuelva los suyos.
La perfecta nariz de la actriz se dilató con hostilidad.
—Es evidente que no tienes ni idea de qué es amar con toda el alma.
—Tienes razón. A menos que hables de Doritos con sabor a taco.
A la actriz no le hizo gracia y se acercó más a ella, envolviéndola en una nube de perfume de un millón de dólares.
—¿Quién eres?
—Nadie. Una empleada. Estoy encargándome de hacer una promoción on-line de la discoteca.
La mujer miró su poco memorable vestido, tan fuera de lugar en aquel aire enrarecido, y luego se levantó de forma un tanto tambaleante.
—Lo siento por ti. No sabes lo que te estás perdiendo.
—¿Un gran sufrimiento? —repuso con la mayor amabilidad que pudo reunir.
La actriz salió huyendo.
Hinata miró con tristeza su reflejo en el espejo. Demasiado tarde para volver a la casilla de salida en la carrera de la vida.
No estaba acostumbrada a estar hasta altas horas en un club nocturno, y humedeció una de las toallas de cortesía negras con agua fría. La puerta se abrió y entró la más guapa de todas las rubias de bote que habían estado alternando con los jugadores de fútbol americano.
—¿Tú también? —preguntó cuando la vio apretando la toalla empapada en agua fría contra la nuca—. Tengo que salir de aquí. Me muero de sueño y tengo los exámenes orales la semana que viene.
—¿Exámenes orales?
La rubia se inclinó hacia un espejo y se limpió una mancha de barra de labios de uno de los dientes frontales con el dedo índice.
—Estoy haciendo el doctorado en salud pública.
Rubia, hermosa e inteligente...
—No es justo —murmuró para sí misma.
—¿Cómo? —La joven arqueó las cejas con curiosidad.
—Parece un desafío.
—Es más fácil durmiendo la noche completa, te lo aseguro. —La chica se dirigió hacia uno de los tres cubículos.
Mientras se dirigía hacia la planta baja para estar con la gente común, se recordó que un buen detective no hacía suposiciones como las que ella había estado haciendo sobre la rubia de la zona VIP.
Cuando el tema de Buffy la despertó a la mañana siguiente, Hinata se sintió momentáneamente desorientada por el nuevo entorno. Buscó el móvil, pero se le cayó al suelo y tuvo que inclinarse boca abajo sobre el borde de la cama para recuperarlo.
—¿Sí?
—Abre la puerta, Natahi. Tenemos que hablar.
—¿Ahora?
—Ahora.
Ella gimió y se dejó caer sobre el colchón de lujo. Aquella cama era el paraíso y no quería levantarse, y menos en ese momento, cuando no estaba lo suficientemente despejada para mantener un enfrentamiento dialéctico con su cliente.
Miró la hora con ojos legañosos; eran las nueve y media, pero ella no se había acostado hasta pasadas las tres. Gracias a Dios que el club no estaba abierto todas las noches. Cuatro noches a la semana eran más que suficientes.
Había dormido con una camiseta de los Chicago Bears y unos bóxers. Tanteó en busca de sus vaqueros y se los puso torpemente mientras cruzaba la sala descalza. No lo miró cuando abrió la puerta.
—Ni siquiera hablo conmigo misma antes de cepillarme los dientes. —Se dio la vuelta y se dirigió hacia el pequeño cuarto de baño del apartamento, donde hizo pis, se lavó los dientes y se recompuso un poco.
Cuando salió, él estaba sentado en el sofá, con un tobillo apoyado en la rodilla contraria y una taza de Starbucks medio oculta por su mano gigantesca. Miró a su alrededor en busca de otra taza, pero no la vio.
—Solo has trabajado una noche —anunció él—, y ya tengo la primera queja sobre ti.
Hinata no tuvo que pensar mucho para llegar a la conclusión más probable, pero se hizo la tonta.
—No puede ser.
—Has cabreado a Emily Trenton.
—¿A Emily Trenton?
—La actriz de Tercer grado.
—Es una serie pésima —replicó ella—. No sé tú, pero yo estoy harta de ver cuerpos de mujeres degolladas y llenos de agujeros de bala cada vez que enciendo la tele. ¿Qué fue de eso de permitir que el espectador use su imaginación? Y no me refiero a las imágenes de las autopsias. Te juro que si vuelvo a ver...
—Tu trabajo es vigilar al personal, no socializar con los clientes.
Empezó a protestar, aunque se detuvo.
—Tienes razón. No ocurrirá de nuevo.
Él pareció sorprenderse al ver que ella no seguía discutiendo, pero había estado fuera de lugar con la actriz y no tenía sentido que defendiera lo indefendible.
Naruto tomó un sorbo de café mientras la estudiaba.
—De todas formas, ¿qué le has dicho?
—Le dije que debería dejar al tipo que la estaba haciendo sentir tan mal.
—Es uno de los jugadores más sucios que conozco —repuso Namikaze con evidente disgusto—. Entra a destiempo, da puñetazos, cabezazos. Cualquier cosa que se te ocurra, él lo hace. Uno de los TACs craneales que tuvieron que hacerme lleva su firma.
—Sin embargo, lo dejas entrar en el club.
Naruto se encogió de hombros.
—Si excluyera a todos los que me han cabreado alguna vez, no tendría negocio.
—Eso es algo que no entiendo, por qué estás haciendo esto. Es un mundo casi sórdido. No me refiero a que Rasengan sea un local de mala calidad, pero el horario es horrible y tienes suficiente dinero para comprarte un país pequeño. O una isla. Eso es lo que yo haría. Comprarme una isla.
—Las hay a patadas.
La falta de cafeína la volvía estúpida.
—No me gustas. —Rápidamente modificó su declaración—. Deja que te lo aclare. En lo personal, no me gusta tu manera de pensar, pero eres mi cliente y yo soy completamente leal. Incluso me interpondría entre tú y una bala.
—Es bueno saberlo.
Teniendo en cuenta el hecho de que él le había ofrecido trabajo y ese apartamento, estaba siendo muy grosera, incluso para ser ella. Por otra parte, él no parecía demasiado inclinado a censurarla por el incidente ocurrido la noche anterior con la actriz.
—Lo siento. Tengo un problema de actitud si antes no tomo una dosis de café.
—¿Solo en ese caso?
—También en otros casos, pero en ese aspecto soy casi un hombre.
—¿En serio? —La mirada de Naruto cayó sobre sus pechos, y eso la despertó por completo. Se había olvidado de que no llevaba sujetador debajo de la camiseta y, al instante, se encorvó un poco. Él sonrió. ¿Y por qué no? Había visto algunos de los pechos más caros del mundo y los de ella eran de lo más normalitos. Pero aun así, no era nada frecuente que se sintiera consciente de sí misma.
—Hay una cafetera en la encimera —dijo él.
Ella se dirigió hacia la cocina, pero recordó que no había comprado café.
—Da igual. Todavía no pasé por el supermercado.
—En la cocina que hay en el sótano de Rasengan tenemos café en grano y un molinillo. Venga, te abriré la puerta.
—Espera que me calce.
No solo se puso unos zapatos, también aprovechó para ponerse un sujetador. Cuando salió, él había encontrado a Oinky y lo sostenía en lo alto.
—¿Por qué no me explicas por qué en el colegio tenían un cerdo como mascota?
—Era un colegio comunitario. En el campo.
—Ah... —Él le lanzó el cerdo en una breve espiral que estaba segura que no esperaba que pillara. Pero lo hizo.
Saboreó su pequeña victoria mientras la conducía hasta la escalera de servicio. En vez de girar hacia la cocina del club, él abrió la puerta que conducía al callejón.
—No te importa esperar un minuto, ¿verdad? —dijo antes de salir.
Ella asomó la cabeza y vio que el viento de la noche anterior había desperdigado algunas cajas de cartón empapadas de licor por el agrietado pavimento del callejón y sus cráteres de barro. Namikaze no parecía contento.
—Se suponía que debían haber limpiado esto. —Agarró una de las cajas húmedas y la lanzó al contenedor de basura antes de ir a por otra. Ella le dio unos puntos por estar dispuesto a hacer él mismo el trabajo sucio y salió a ayudarle.
Mientras retiraba con cierta cautela una de las cajas de un charco sucio, vio que Wasabi llegaba por el fondo del callejón. La bolsa de la compra que llevaba sugería que tenía que hacer frente a responsabilidades que no muchos niños de su edad tenían.
La adolescente la saludó con la mano y ella respondió a su gesto antes de inclinarse para recoger más cartón empapado.
Con el rabillo del ojo, vio que por la esquina se asomaba un muchacho armado con una pistola Nerf.
Hinata se puso rígida, luego se volvió al tiempo que gritaba el nombre de Wasabi.
La chica intentó alcanzar la Nerf que sobresalía del bolsillo de su sudadera, pero la bolsa que llevaba se interpuso en su camino. El adolescente asesino sostuvo el arma con las dos manos y apuntó como un policía de serial televisivo. La niña iba a morir... Salvo que ella lo impidiera.
Hinata se lanzó hacia delante y empujó lo que tenía más cerca para que se interpusiera en la trayectoria de la bala.
Naruto Namikaze.
