6. Asesinos de Pius


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


Hinata vio que Namikaze tropezaba. No por la bala, que rebotó y saltó por encima de su brazo, sino por haber sido empujado sin previo aviso.

Una segunda bala pasó zumbando desde la dirección opuesta cuando Wasabi disparó.

—¡Estás muerto! —exclamó la chica.

—No es justo —protestó el muchacho.

—Claro que es justo —replicó Wasabi.

Namikaze, mientras tanto, había caído en medio del callejón, aterrizando con la cadera en un bache lleno de agua sucia y el pie en otro.

—¿Qué mierda...? —exclamó.

Derrotada, la víctima de Wasabi desapareció por la esquina. La chica contuvo el aliento cuando finalmente se dio cuenta de lo que le había ocurrido a Namikaze. Hinata corrió hacia él. Tenía la piel y la ropa salpicada por riachuelos de agua sucia. Un poco de barro había caído también sobre la barbilla. Tenía los vaqueros sucios y las manos llenas de tierra. Se arrodilló a su lado.

—¡Oh, Dios...! ¿Estás bien?

Wasabi se acercó corriendo por el callejón.

—¡Naruto! Por favor, no se lo cuentes a mamá. ¡Por favor! —Se volvió hacia Hinata—. Me hubiera matado si no hubiera sido por ti.

Y ahora el que iba a matarla era Namikaze. No con una pistola Nerf; si la expresión de su cara era una indicación, lo haría con sus enormes manos sucias.

Sintió que el agua turbia le empapaba las rodillas de los vaqueros cuando se sentó sobre los tobillos.

— Wasabi..., será mejor que vayas adentro.

La chica no necesitaba que la animaran a desaparecer. Tras una última mirada a Naruto, guardó su pistola, recogió la bolsa de la compra y desapareció en el interior del edificio.

Hinata se había quedado sola en el callejón con un hombre que había forjado su carrera sobre el único objetivo de destrozar a sus oponentes. Cuando él intentó incorporarse, el zapato le resbaló en una monda de pomelo. Ella le tendió la mano.

—Deja que te ayude a levantarte.

—No. Me. Toques. Más. —Naruto se puso de pie con la gracia y las intenciones mortales de un leopardo. ¿Quién podía echarle en cara a ella que hubiera vacilado un poco mientras él se levantaba? Lo vio apretar los dientes—. ¡No vuelvas a tocarme otra vez! ¿Lo has entendido?

El brillo asesino que apareció en sus ojos resultaba bastante desconcertante.

—Sí..., señor.

La gélida rabia de Naruto pareció arder.

—¿Qué cojones te pasa? —espetó él.

—¿Que soy una máquina de combate perfectamente sincronizada? —Hinata hizo una pregunta en vez de una afirmación, pero, en cualquier caso, fue un gran error, porque la expresión de Namikaze se volvió más estremecedora todavía—. Actué por instinto —rectificó con rapidez—. Estabas en el camino de la bala y reaccioné de forma automática para proteger a Wasabi.

—¡Solo era una puta pistola Nerf!

—Sí... Lo sé, pero... —Ahora no parecía el momento más oportuno para explicarle todo lo referente a los Asesinos de Pius, por lo que se decidió por una explicación abreviada—. Se trata de un juego. Tiene que ver con dinero y la aceptación de una chica nueva por parte de sus iguales.

—En caso de que no te hayas dado cuenta, yo no soy uno de los participantes.

—No, claro que no. Si no hubieras estado donde estabas, me hubiera movido para recibir el disparo.

Vio que él entornaba los ojos.

—Hace apenas diez minutos presumías de que serías capaz de interponerte entre una bala y yo. ¿Cómo me lo explicas ahora?

—Bueno... —Ella tragó saliva—. Ahora sabes lo rápidos que son mis reflejos. Eso puede suponer una especie de consuelo. ¿Cuántos seres humanos en este planeta son lo suficientemente veloces para tomarte desprevenido?

«¡Oh, oh...!» No debía haber dicho eso porque casi vio cómo le salía humo por las orejas.

—¡No me has tomado desprevenido! ¡Me tendiste una emboscada!

—Perdona la confusión, ya he captado tu punto de vista. —Él no se había dado cuenta de que estaba sangrando por la palma de una de sus manos millonarias, pero ella sí—. Entremos, así podrás limpiarte y yo tomaré ese café que me prometiste. —Trató de pensar algo para apaciguarlo—. Podemos hablar de negocios al mismo tiempo. Te haré el primer informe.

Providencialmente, aquello pareció conseguir que se tranquilizara un poco, a pesar de que sujetó la puerta y la empujó con no demasiada suavidad hacia el pasillo. Solo entonces vio su mano ensangrentada y soltó una obscenidad.

—Es solo un rasguño. —Ella se adelantó para abrir la puerta de la cocina—. Te curaré en un

Santiamén.

—Eso no lo harás ni de coña.

—Lo único que necesito es un botiquín.

—Sí, claro, y una licencia para matar. —Pasó junto a ella—. ¿O quizá ya la tienes?

—Divertido y elegante a la vez. Qué afortunada soy de estar trabajando para ti...

—Cállate ya. —Sin embargo, su rencor parecía un poco menos intenso.

La pequeña cocina tenía un mostrador de acero inoxidable, horno, freidora y una parrilla para preparar el limitado menú que se servía en el club a base de entremeses, patatas fritas de vinagre de Malta y, a las dos de la madrugada, las bandejas de mini brownies de bourbon y azúcar que se ofrecían de forma gratuita.

Como Namikaze se había detenido ante el fregadero, fue ella la que encontró un botiquín de primeros auxilios en la bien organizada despensa, aunque él la apartó a un lado cuando lo vio.

—Dame eso. Llámame codicioso si quieres, pero quiero conservar la mano.

—Sin insultar.

Cuando él abrió la tapa de plástico, ella vio la arena clavada en su palma.

—Lo siento de verdad. —Iba a tener que hacer algo más que disculparse para apaciguarlo—. Bien, tengo buenas noticias. Por lo que he observado hasta ahora, el personal de la zona VIP es ejemplar. Tal y como debe ser, considerando las propinas que van a recibir, pero resulta tranquilizador haberlo confirmado. —Él no pareció apaciguado. Necesitaba más. No era el momento adecuado para hablarle sobre sus perezosos porteros y no tenía ninguna evidencia que respaldara sus sospechas sobre Konan, la camarera. Lo que hacía que sus posibilidades fueran muy limitadas—. Sé que esto te hará feliz... Voy a actualizar personalmente tu club de fans en internet.

Él se puso a revolver en el interior del botiquín.

—Ya tengo una persona que hace eso.

—Sí, pero al contrario que ella, conozco la diferencia entre sujeto y predicado. —Vio que le bajaba un hilo de sangre por la muñeca y cogió una toalla de papel para dársela, pero decidió no decirle nada todavía de la gota de barro que seguía alojada en su barbilla—. Ahora que eres una gran celebridad en Konoha, ¿no te has planteado cuánto tiempo seguirás en el candelero si no sigues presente en las redes sociales? Solo has estado tres años con los Stars, no eres Bonner, Sarutobi o Uchiha, que desarrollaron aquí toda su carrera. La fama se desvanece, y si quieres que tu negocio triunfe, tienes que mantener tu ventaja.

Fue evidente que no le gustaron sus palabras.

—Tienes que recordar una cosa, siempre que juego, soy el mejor.

Ella quería apaciguarlo, no insultarlo, así que se armó de valor.

—Durante las próximas semanas también voy a revisar y responder a las reseñas on-line de Rasengan. — Exactamente el tipo de trabajo del que creía haber escapado—. Y eso, amigo mío, es un justo pago por haber caído en un par de charcos de fango.

Él retiró del botiquín unas pinzas.

—Sigue hablando.

—¿Quieres algo más?

Naruto se encogió de hombros.

—Dámelas —dijo ella al tiempo que le quitaba las pinzas.

No parecía un hombre rencoroso y, cuando se las entregó, dio la sensación de estar más pensativo que enfadado.

—Eres como un tren sin control, lo sabes, ¿verdad?

—Solo contigo.

—¿Por qué?

Porque él controlaba su futuro.

—Porque eres una leyenda.

—Inténtalo de nuevo, Natahi.

—Soy humana. —Limpió las pinzas con una de las toallitas desinfectantes—. Y tú... eres sobrehumano.

—¿En serio? ¿Vas a volver a intentar que me crea eso de «eres un Dios»?

Era justo lo que había estado a punto de hacer.

—Claro que no. Solo estoy indicándote que me pongo nerviosa cuando estoy contigo porque soy una persona normal y tú eres más grande que la vida.

—No te pondría nerviosa ni una víbora. —Se iluminó ante el cumplido, pero él continuó con patente satisfacción—. Estás adulándome porque soy el que firmo los cheques, y porque necesitas mi dinero para seguir adelante con tu negocio.

—Una píldora difícil de tragar —reconoció con los dientes apretados—. Ahora estate quieto. — Comenzó limpiando la grava de su mano. Eso tenía que dolerle muchísimo, pero el Capitán América estaba compuesto de vibranium y permaneció impasible, sin quitarle los ojos de encima.

—Cuéntame algo sobre ti —le pidió él como si quisiera conocerla de verdad—. La versión sin adulterar.

Ella habló con la mayor suavidad que pudo.

—Hija única. Mi madre murió en un atraco a mano armada cuando yo tenía cuatro años, lo que me dejó sola con mi padre, que alternó entre tratarme como el hijo que quería tener y sobreprotegerme. Para que veas de dónde me viene la esquizofrenia.

—Sí, explica tu trastorno de personalidad.

—Es mejor que no insultes a la mujer que sujeta las pinzas. —Le retiró de la piel otro poco de grava —. Combiné un grado en informática con otro de sociología en la Universidad de Illinois, y después estuve once años trabajando en algo que llegué a odiar. Pensé en provocar un infarto a mi padre intentando entrar en la policía local, pero no quería ser poli. Quería trabajar para mí misma, así que fui a por ello. Le compré Investigaciones Hyūga a mi madrastra después de la muerte de mi padre.

Lo que no pensaba contarle era la salvajada que le había pagado y que eso había acabado con sus ahorros.

—¿Se lo compraste?

Una de las arenas se había clavado muy profundamente y ella intentó sacarla con mayor suavidad.

—La alternativa era asesinarla. Lo pensé, pero hubiera acabado en la cárcel por ello.

—Bien pensado. ¿Heterosexual u homosexual?

—¿Yo o mi malvada madrastra?

—Tú.

Logró retirar la arenilla y limpió la herida con antiséptico.

—Heterosexual. Por desgracia.

—¿Por qué lo dices?

Hinata limpió las pinzas y las dejó de nuevo en su lugar en el botiquín.

—Aunque hay excepciones, me caen mejor las mujeres que los hombres. Son más interesantes. Más complicadas. Y leales. Una de mis mayores desgracias es no sentirme atraída sexualmente por los miembros de mi propio sexo.

Él sonrió.

—Lo que parece es que has tenido demasiados novios de mierda.

—Lo dice el hombre que ha salido con la mayor parte de Hollywood. ¿Cómo es ir a los Oscar?

—Aburrido como el infierno. —Él movió los dedos como si estuviera comprobando que no le había robado ninguno—. ¿Tienes novio?

—Tu amigo el poli lo está intentando, pero no.

—¿Mi amigo el poli?

—Kiba Inuzuka. El agente buenorro, ¿recuerdas?

Namikaze se rio.

—Estás tomándome el pelo, ¿verdad? No es que quiera insultarte, pero... —En sus ojos azules apareció un brillo que indicó que su intención era ser muy ofensivo—. ¿No crees que está fuera de tu alcance?

Ella sonrió.

—Sería lo lógico, ¿a que sí? Sin embargo, jamás he tenido problemas para atraer a los chicos más guapos.

Él frunció el ceño como si no le gustara que su deliberado desprecio no la hubiera hecho refugiarse en un rincón a llorar.

—¿Tienes alguna teoría al respecto?

—Sí. —Aplicó una de las gasas contra la palma de su mano—. Los chicos creen que soy una de ellos, y eso hace que estén cómodos conmigo. Al final se dan cuenta de que estoy usándolos. No es que sea insensible, al menos a propósito. Pero de verdad, ¿cómo voy a tomarme en serio a un machote?

Él ladeó la cabeza como si no hubiera escuchado bien.

—¿Para qué los usas?

—¿Para qué te parece?

Ella lo había sorprendido de nuevo y parecía perdido. Hinata estaba encantada con su propia ligereza. Él no podía saber el poco tiempo que había dedicado a ligar ni lo sola que la había hecho sentir.

—¿Quieres decir que, básicamente, eres una devorahombres? —preguntó Namikaze.

—Oh, no. No soy lo suficientemente sexy.

Empezó a hablar como si quisiera discutir con ella, pero se detuvo. Ella cerró el botiquín y se levantó en busca de los granos de café.

Naruto observó a Hinata mientras desaparecía en la despensa. No era guapa, sino... ¿Qué? Solo se le ocurría una palabra para describirla: «exasperante». Quizá dos: «exasperante e intrigante».

Se miró los vaqueros salpicados de barro. El desgarro de la manga de la chaqueta. La mano vendada. Exasperante, intrigante y... un poco peligrosa. Aquellos rápidos reflejos; el cabello oscuro, largo que le tentaba agarrar; aquellos ojos grisáceos y astutos bajo las cejas gruesas; la ancha y aguda boca; y una mandíbula delicada. Y ese cuerpo... No se veían huesos afilados, solo curvas justo donde debían estar.

Pero... en cuanto se deshizo del desconcierto, ella no estaba. Ese no era un buen momento para tener a nadie impredecible a su alrededor, a pesar de que ella le hacía sentir aquella extraña —y no exactamente precipitada— hiperactividad. Era inesperada, y eso significaba que no tenía que mantener la guardia.

No, tampoco era eso.

Tenía que estar atento cuando estaba con ella, pero no en guardia. En realidad era al contrario. No tenía que medirse. Ni siquiera considerarlo. Él siempre era amable, incluso con las mujeres que le agobiaban. Pero con ella se comportaba como un matón de secundaria que insultaba a una chica solo para ver si podía hacerla llorar. Pero míster Hinata Hyūga no era de las que lloraban. Podía aguantar lo que fuera.

La vio salir de la despensa. Una persona que lograba graduarse en la Universidad de Illinois en dos materias no era precisamente tonta, así que anotó la inteligencia como otra irritante cualidad.

Teniendo en cuenta su sombrío récord académico, resultaba muy irónica su atracción por las mujeres inteligentes. Pero sus pésimos resultados habían sido producto de muchas horas en el campo de entrenamiento, no de la estupidez.

Hinata consiguió poner la cafetera sin mirar las instrucciones. Ella había mentido sobre sus conquistas masculinas. O quizá no, porque sin duda tenía algo. En el momento en que le sirvió el café, supo qué era.

Era un reto.

La forma en la que se comportaba, en la que iba a por aquello que quería. Era una mujer que devoraba la vida en vez de esperar a que se desarrollara a su alrededor. Quizá su indiferencia general hacia él había despertado su necesidad primitiva de ganar. ¿Qué era exactamente lo que veían los demás hombres en ella? Un reto a su masculinidad.

Dudaba que ella lo entendiera, pero incluso aunque lo hiciera, él no era capaz de verla ligoteando. Atraer a los hombres no le importaba lo suficiente como para hacerse la difícil. Su vida estaba centrada en el trabajo y los hombres solo eran para ella un inconveniente necesario. Y por eso...

Iba a liarse con ella.

La idea surgió de la nada... O quizás había estado acechando en su subconsciente desde el principio. Quería tirársela en ese momento. Contra el fregadero. En la encimera. Quería desnudarla y reafirmar el orden natural de las cosas. Hombre sobre mujer.

El dolor en la mano herida le devolvió la cordura. Se sintió irritado consigo mismo. ¿De dónde cojones había salido esa idea?

Ella bajó la taza de café.

—¿Qué he hecho ahora?

Naruto se dio cuenta de que tenía el ceño fruncido.

—Respirar.

—Mis más sentidas disculpas. —Alzó la taza hacia él, inmutable ante su rudeza—. Hoy has hecho una buena acción, Namikaze, tanto si querías como si no. Evitar la muerte prematura de Wasabi te hará tener buen karma.

—Deja de llamarme por mi apellido. —No se liaba con sus empleadas. Nunca. No era necesario. Es más, no quería liarse con Natahi. Todavía no. Al menos mientras trabajara para él. Pero en el momento en que terminara su labor, era un objetivo. Antes de perderla de vista, tenía intención de enseñarle quién de los dos era el mejor hombre.


Hinata bostezó y salió al pasillo con la taza en la mano. A pesar de que era domingo por la mañana y de que había trabajado hasta las tres, no podía permitirse el lujo de dormir. Tenía que ir a la agencia.

Se abrió la puerta del apartamento de Wasabi y salió una mujer delgada, de pelo castaño, que llevaba una mochila a la espalda.

—Eres nuestra nueva vecina —dijo la mujer al verla.

—Hinata Hyūga.

—Yo soy Tamaki Izuno.

Debía de ser la madre de Wasabi, aunque parecía más su hermana mayor. Castaño pelo lacio a la altura de la cintura, cálida piel aperlada que no requería maquillaje. La belleza de la mujer era tanta que sugería que Naruto no le había prestado un apartamento solo porque él hubiera sido amigo de su marido, sino porque eran amantes. Se parecía tanto a Jennifer Lawrence que podía considerársela casi una estrella de cine.

Tamaki cambió la mochila de hombro.

—Wasabi me dijo que te habías mudado. Si te molesta, dímelo.

Hinata recordó a Naruto tendido en el callejón la mañana anterior.

—No, no me está molestando. Me parece una chica genial.

—¿La has conocido?

Hinata sonrió.

—Nos entendemos bien.

—Estoy trabajando y, al mismo tiempo, voy a los cursos para obtener el título de contable, así que no puedo ocuparme de ella como debiera. —Su voz rezumaba culpa—. Ahora mismo me voy a la biblioteca.

Vio que la mujer estaba cansada. No debía de ser la amante de Naruto en ese momento, porque si lo fuera, él no le permitiría trabajar tanto.

—Eso suena a mañana dura.

—Podría ser mucho peor. Un placer conocerte.

—Lo mismo digo.

Cuando llegó a su despacho, se terminó el café tibio mientras hablaba con Kurenai por teléfono sobre Chiyo. Luego se concentró en el ordenador. El trabajo en Rasengan era algo temporal, y tenía que mantenerse.

Había utilizado una página web para publicar consejos sobre autodefensa, fraudes con tarjetas de crédito y seguridad personal, y se proponía usar todo lo que había aprendido de su padre y de las clases que había recibido durante los últimos años. Tenía intención de organizar toda esa información y disponerla como promoción extra para su negocio.

Quería captar clientes importantes —bufetes de abogados, grandes compañías de seguros que investigaran bajas fraudulentas—, pero hasta que eso ocurriera la forma más rápida de hacer dinero era con la sospecha. Se puso a teclear con rapidez.

¿Cómo puedes saber si él está poniéndote los cuernos?

¿De verdad ella se va por ahí con sus amigas?

Comenzó a enumerar las señales de que tu pareja te engañaba: demasiadas horas trabajando por la noche, inexplicables obsesiones telefónicas, reciente interés por el aseo personal. Dejaría el folleto en salones de belleza, bares deportivos, cafeterías... En cualquier lugar que se le ocurriera. Y en cada uno de esos folletos estaría impreso su logo y el número de teléfono.

Justo en ese momento le sonó el móvil. Era Kurenai de nuevo.

—¿Adivina quién viene a la ciudad? —le soltó su amiga—. Princesas de uno de esos países productores de petróleo en Oriente Medio. Con todo su séquito. ¡Más de cincuenta personas! Necesitan chóferes para mujeres.

—¿Cómo te has enterado?

—Por el tonto del bote. Le oí hablar con uno de los reporteros. Al parecer, la princesa decidió que prefería gastar unos cuantos trillones en Mag Mile en vez de en Rodeo Drive. Hinata, ¡estas realezas de Oriente Medio necesitan gente!

—¡Estoy en ello! —exclamó ella.

Localizó a uno de los viejos amigos de su padre, que le dio el número del dueño de la compañía de transporte que trabajaba con los VIPs que iban de visita a Konoha, y consiguió el trabajo. No estaba segura de cómo se las arreglaría para satisfacer las necesidades de la familia real y las de Naruto Namikaze, pero pronto lo descubriría.

El martes por la mañana, estaba en O'Hare, sentada detrás del volante de un SUV negro. Jamás se había visto de chófer de nadie, pero el trabajo parecía interesante, el sueldo era bueno y era obvio que podía obtener una buena propina.

Se suponía que debía reunirse con Namikaze por la tarde para hablar sobre la página web del club, pero le quedaba tiempo más que suficiente antes de la hora de la cita para recoger a quien quiera que llegara al aeropuerto hasta el Peninsula Hotel, en el centro.

Según había descubierto, la familia real tenía algo así como quince mil miembros, y podían ser altezas o altezas reales según estuvieran o no en línea con el trono. Siempre viajaban con un enorme séquito: otros miembros de la familia, guardia militar, funcionarios y, cómo no, maletines llenos de dinero. Hinata esperaba de verdad que alguno de los que se cruzara en su camino la gratificara con una enorme propina cuando el trabajo terminara.

El jet privado resultó ser un 747, y su estado como VIP les evitó las largas colas del control de pasaportes. Una legión de SUVs y media docena de furgonetas para el equipaje estaban esperándolos.

Cuando por fin apareció la comitiva, solo los sirvientes llevaban la vestimenta islámica tradicional.

La familia real —al menos una docena de mujeres pertenecientes a la misma que iba desde la adolescencia hasta la mediana edad— iban vestidas a la última moda.

Los diamantes brillaban, los afilados Louboutin repicaban sobre el asfalto, los bolsos de Hermès colgaban de sus hombros.

Las princesas más mimadas de Oriente Medio acababan de llegar a la ciudad.