13. Estrella Pop.


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


La calle a la que daba la terraza estaba tranquila; solo había a la vista una persona paseando un perro y una chica haciendo footing.

—Quédate aquí —le ordenó Hinata mientras se ponía la camiseta por la cabeza y abría la puerta de cristal.

—¡Ni hablar! —repuso Naruto.

Pasaron la hora siguiente recorriendo la zona. Hubiera sido más eficiente dividirse, pero ella no quería perderlo de vista. En la calle, nadie había visto a ninguna persona manejando un dron, pero todos querían hablar con él sobre su carrera.

En el ascensor de vuelta al apartamento le hizo por fin la pregunta que había estado esperando.

—¿Vas siempre armada?

—No en el club, si es eso lo que quieres saber.

Era justo lo que quería saber. La imagen de Hinata convertida —ella sola— en una unidad de los SWAT para protegerlo de lo que ella definía como una amenaza, era algo que no le importaba contemplar.

—No más armas —añadió él después de que ella hubiera recogido en la terraza las piezas del dron.

—Te has criado en un rancho —protestó ella.

—Y sé disparar. Pero eso no significa que quiera tener armas a mí alrededor en la ciudad.

Ella lo miró y sonrió.

—Admítelo. Fue un disparo increíble.

Un disparo que dudaba haber podido hacer él.

—Fue bastante respetable.

Hinata soltó otra risita al tiempo que retiraba su cazadora del taburete de la cocina.

—Buenas noticias. He decidido aceptar el trabajo que me has ofrecido como guardia de seguridad.

Debería haberlo esperado.

—Olvídalo. He retirado la oferta.

—¿Y eso por qué?

—Solo deseas el trabajo porque has decidido que necesito un guardaespaldas. ¡En mi propio club!

—Tonterías. Puedes cuidarte solo.

Lo dijo con una sinceridad absoluta que no significaba nada. Estaba atrapado en un dilema. La necesitaba, la deseaba, pero en sus propios términos, por lo que le apretó un dedo contra la frente.

—Si te contrato, tu trabajo será proteger solo a las mujeres.

—Por supuesto.

—Yo no necesito un guardaespaldas. No lo necesito.

—Entendido. Completamente entendido.

—Bien. Entonces puedes aceptar el trabajo.

—Genial.

Cuando se dirigió a la cocina, en lo único que Naruto podía pensar era «¡Vaya mierda, ahora tengo un guardaespaldas!».

Ella se puso la cazadora y volvió a ser la mujer de acero.

—No habrá más contactos físicos entre nosotros. Al menos mientras esté trabajando para ti. ¿De acuerdo?

Ella no era la única que podía esparcir mierda. Naruto apoyó el hombro en la puerta de la nevera.

—Bueno, querida... —dijo con su acento más perezoso—, ¿de verdad piensas que vas a poder mantener las manos alejadas de mí?

Luego la echó.

Hinata tocó el ala rota del dron. Había reconstruido el aparato lo suficiente como para averiguar el modelo y el fabricante, pero una búsqueda on-line y un par de llamadas telefónicas había revelado que la compañía había vendido miles como ese.

Lo más espeluznante era saber que ese modelo en concreto ofrecía un vídeo en streaming. La persona que lo había enviado había visto en directo cómo Naruto y ella se metían mano.

Lanzó una mirada malhumorada por la ventana del despacho hacia el aparcamiento. Lo que casi había pasado entre ellos esa mañana había sido, de alguna forma, peor que lo ocurrido en el faro, porque ahora debería estar preparada. Sabía el efecto que Naruto tenía sobre ella, y sin embargo había vuelto a cometer una estupidez. Ya no lo volvería a hacer.

Ese magnífico cuerpo masculino estaba prohibido para ella. Se dio una regañada mental. La llamada de Ayame interrumpió su autoflagelación. La joven estaba mareada con su nueva libertad, y llena de historias que le arrancaron una sonrisa. Apenas habían finalizado la llamada cuando volvió a sonar el móvil por un mensaje de texto de Kiba.

¿Has visto mi mensaje? ¿Cenamos juntos?

Kiba era su salvador sexual, y comenzó a pensar sobre dónde podían hacerlo. No le gustaba la idea de que la siempre vigilante Wasabi viera que metía a un hombre en su apartamento.

Pero Kiba compartía piso, y Hinata había pasado la edad de mantener relaciones sexuales mientras un amigo de su pareja jugaba al Call of Duty al otro lado de la pared.

Volvió a concentrarse en su trabajo. Una verificación on-line rutinaria para ver si había aparecido algo nuevo sobre Rasengan reveló un post reciente en un foro local sobre el ambiente en el club, que había sido escrito por alguien que se hacía llamar Homeboy7777.

Rasengan es el mejor lugar de Konoha para conseguir todo tipo de mierda sin que te disparen o apuñalen.

Estaba dispuesta a apostar su reputación a que nadie conseguía nada en Rasengan ahora que Deidara había sido despedido. Se registró en el foro como Wastoid69, y escribió una respuesta apropiadamente obscena, contradiciendo a Homeboy7777 y afirmando que en Rasengan no había drogas, solo las chicas más explosivas de la ciudad.

A las cinco de la tarde del viernes, Hinata se encontró con Kurenai y Tenten en Big Shoulders. Era una de sus cafeterías favoritas; había buen café, camareras amistosas y poemas de Carl Sandburg escritos en las paredes.

Carnicero para el mundo entero,

Fabricante de herramientas, almacenador de trigo...

Hinata llevaba dos semanas sin ver a sus amigas, y llevaba todo el día esperando el encuentro, pero encontró a Kurenai inusualmente sombría.

—Tonto del culo me llamó a su despacho y me preguntó qué me parecería hacerme un lifting.

Tenten bajó la palma de la mano sobre la mesa con la fuerza suficiente como para hacer temblar la taza de té de la casa.

—Tienes la cara perfecta —exclamó—. ¡Pregúntale qué tal le sentaría a él recibir una demanda por discriminación sexual!

Hinata se rio al oír hablar con tanta vehemencia a la cantante de ópera, normalmente tan suave, e incluso Kurenai sonrió, aunque solo un instante.

—Pero estoy atrapada —dijo—. No quiero irme de Konoha, y qué otra emisora local contrataría a una meteoróloga de cuarenta y dos años.

Los días en octubre eran más cortos y había una farola encendida fuera de la ventana.

—Quizá deberías recordarle cuántas mujeres de más de cuarenta están viendo las noticias —intervino Hinata—. ¿Cómo crees que reaccionarían si se enteraran de un caso de discriminación como el que estamos comentando?

—Sí, seguro que eso funciona —se burló Kurenai—. Retorcerían la historia contra mí por haber sido reemplazada por alguien más joven, más guapa y más barata. Después, estoy segura de que todas las emisoras que fueran propiedad de un hombre aprovecharían la oportunidad de contratar a una conocida delatadora.

Tenía su parte de razón.

Tenten distrajo a Kurenai con los últimos chismes de la Ópera. Cuando no estaba Chiyo lanzándole sus miradas amenazadoras, Tenten se mostraba muy relajada y resultaba divertida. Hinata decidió que hablaría con Chiyo sobre su actitud, y le daba igual lo que opinara Tenten al respecto. Por fin, dejó caer la bomba sobre lo que había visto en Lincoln Square.

Tenten y Kurenai la inundaron a preguntas que no podía responder porque dos días antes había permitido que un tipo con una porción de espuma en forma de queso se le escapara Buffy las interrumpió. Se trataba de Naruto y ella se excusó para atender la llamada.

—¿Qué pasa, jefe? —«Jefe», no amante.

— Mitsuki Stray.

—¿La estrella del pop adolescente?

—Ya no es adolescente. Esta noche celebrará en el club su vigésimo primer cumpleaños, y quiero que estés de guardia.

—Yo no soy guardaespaldas, ¿recuerdas?

—Esta noche lo serás. No quiero que le pase nada a ese cuerpecito de noventa millones de dólares mientras esté en mi territorio.

—¿No tiene sus propios guardaespaldas?

—Los guardaespaldas de las estrellas del pop no saben decir «no» al niño que les paga el sueldo. Quiero que tenga cerca a alguien en quien yo confíe. El club no va a tener mala publicidad.

—Ya estás teniéndola. —Le puso al corriente del mensaje que había visto aquella tarde.

A él no le gustó.

—Sigue controlando eso. No quiero que Shion tenga ninguna excusa para no firmar el acuerdo.

—Entiendo. Seguramente el mensaje lo haya puesto alguien que fue rechazado en la puerta, pero me mantendré ojo avizor.

—Muy avizor.

A pocos metros comenzó a zumbar un martillo neumático y ella se metió el dedo en el oído para poder escuchar lo que decía Naruto.

—Usa el vestido azul esta noche, y trata de resultar sexy. En lo que se refiere a Mitsuki y su séquito, tú eres una anfitriona especial.

—Eso suena como si fuera una puta.

—En cuanto te vea, sabrá que no lo eres.

Hinata no pudo decidir si eso era un cumplido.

Mitsuki Stray y su séquito, como les llamaba Naruto, se presentaron un poco después de medianoche. La estrella del pop apenas tenía la altura de la propia de Hinata, pero parecía incluso más pequeño junto a sus corpulentos guardaespaldas.

Un gorro de lana negro dejaba al descubierto una franja de pelo celeste. Las gafas de sol con montura oscura eran innecesarias en la penumbra de la sala VIP, y ella contuvo una sonrisa al ver que se tropezaba con una mesa. Podía ir a la última, pero sin duda no era listo.

Las tres mujeres que llevaba colgadas del brazo vestían prendas de lycra que hacían que el vestido azul cobalto pareciera recatado a pesar de su escasa longitud. El grupo se instaló en una gigantesca cabina con vistas a la pista de baile.

Hinata se presentó al guardaespaldas más cercano como la coordinadora VIP del club, porque sonaba mejor que «anfitriona especial». Y también saludó a Mitsuki, que no se dignó mirarla dos veces.

Poco tiempo después, el grupo había pedido un par de botellas dobles de Armand de Brignac, dos litros de Grey Goose, algo de Gran Patrón Platinum y un montón de Red Bull. Naruto tardó su tiempo en saludar a la estrella del pop.

Mitsuki dio un salto y le propinó un par de palmaditas en la espalda de forma varonil. Había pasado solo unos días desde que atacaron a Naruto, pero ella percibió el casi imperceptible gesto de dolor. Sin embargo, cuando se adelantó para intervenir, él le lanzó una mirada paralizante.

Hinata se fue sintiendo cada vez más frustrada por las innovadoras maneras en que Naruto le impedía que se acercara a él. Esa era la tercera noche que ejercía de guardia con las mujeres del club, y sus intentos para conseguir que los demás gorilas se espabilaran solo habían servido para incrementar su hostilidad.

Ya estaban enojados antes, pero ahora, después de que Naruto les informara de que la había contratado como perro guardián, lo estaban más. No podía evitar sentir inquietud por la seguridad de Naruto. Se habría sentido mucho mejor si hubiera sido capaz de localizar la nueva dirección de Nagato y su novia.

Había corrido la voz de que Mitsuki Stray estaba en el club y la multitud había alcanzado la capacidad máxima. Naruto estuvo sentado con el grupo durante un rato, consumiendo agua mineral con gas y odiando cada minuto, a pesar de lo cual actuó con la misma cordialidad de siempre, así que quizás ella se lo estuviera imaginando. Pero cada vez estaba más segura de que Naruto no debería dedicarse al negocio de las discotecas.

Lo detuvo cuando se excusó.

—Estás sufriendo —le susurró—. Pon ese ridículo cuerpo tuyo camino a tu casa y entierra la cabeza en uno de esos libros que finges no leer.

Él pagó su interés con su acento de rompecorazones.

—Parece que te pasas mucho tiempo pensando en mi cuerpo. Es una lástima que haya tomado la decisión de que no vas a verlo más.

Ella tragó saliva.

—De acuerdo. Estoy empezando una relación con... —Por una fracción de segundo se olvidó de su nombre—. Con Kiba. Nuestro amigo el policía. Estamos pensando en pasar al siguiente nivel. —Y quizá lo harían, si alguna vez se decidiera a devolverle los mensajes de texto.

Naruto parecía tenso, o quizá no lo estuviera, porque sonaba tan relajado como siempre.

—Es un juguete.

—Lo sé, ¿sabes? Somos la pareja perfecta.

Él frunció el ceño y se alejó.

No mucho después, se acercó A.

—He oído que has vuelto a decirle a mis chicos cómo tienen que hacer su trabajo.

Ella imitó lo mejor que pudo a una profesional razonable.

—Esta noche el club está lleno y, como sabes, Naruto se lesionó hace un par de días. —Naruto había explicado que sus heridas eran fruto de un accidente mientras entrenaba—. Estoy segura de que apreciará mucho que mantengas alejada de él a toda esa multitud que quiere atosigarle.

Él se acercó tanto que podría haberle contado los pelos de la nariz.

—Estoy al mando del servicio de seguridad, y eso te incluye a ti también. Ahora, haz el favor de meter las narices en tus asuntos.

—No seas idiota.

Eso lo enfureció.

—Desde que llegaste, has querido hacerte cargo de todo. A nadie se le escapa que eres la responsable de que echaran a Deidara.

Ella se irguió sobre aquellos ridículos tacones de aguja y estiró el cuello para mirarlo.

—Deidara estaba haciendo sus propios negocios, pero es probable que lo supieras.

A apretó tanto los dientes que su mandíbula sobresalió hacia delante.

—Ahora te parece que llevas las de ganar, pero una vez que el jefe se canse de ti, ni siquiera recordará tu nombre.

Hinata sintió como si le explotara una bola de fuego en la cabeza y le clavó un dedo en el centro del pecho.

—Nos vemos en el callejón después de cerrar, imbécil. Entonces veremos quién de nosotros dos tiene las pelotas más grandes.

Aquella fanfarronería por fin la había hecho perder los estribos.

—¿Lo dices en serio? ¿Quieres pelear conmigo?

No exactamente. Pero que él fuera grande no quería decir que fuera rápido, y quizá la suerte le sonriera a ella. Quizá no, pero nunca se sabía. Apretó los labios.

—¿Y por qué no?

Él hinchó el pecho.

—No me peleo con mujeres.

—¿Acaso temes que te deje preñado?

A dio un paso atrás, como si fuera contagiosa.

—Estás loca, ¿lo sabías?

Hizo una mueca al verlo marchar. Seguramente él tenía razón.

Las tres mujeres que habían llegado en un principio con Mitsuki Stray se habían multiplicado por dos, todas jóvenes y guapas. Dado que Mitsuki pareció pasar de ella antes, la sorprendió que él le hiciera señas para que se sentara junto a él. Aunque como los tacones estaban matándola, no se opuso.

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó el chico mientras ella se deslizaba en el asiento. Había empezado a arrastrar las palabras, algo poco sorprendente si se tenía en cuenta la cantidad de licor que habían consumido en esa mesa.

—Treinta y tres, cronológicamente.

—¿Qué significa eso?

Ella se quitó los zapatos debajo de la mesa mientras percibía la espinilla que él tenía junto a la barbita tipo mosca.

—No siempre actuó de acuerdo con mi edad.

—¿Lo haces como si fueras más vieja o más joven? —insistió él como si estuviera interesado de verdad.

—Depende de la situación.

—¿Ahora?

—Hummm... Cuarenta y dos.

—¿En serio? — Mitsuki sonrió—. Eso es increíble. Me gustan las mujeres mayores. —Su aliento tenía el olor demasiado dulce de los Red Bull que había combinado con Grey Goose, y parecía tener problemas para concentrarse—. La gente piensa que todo es una gran fiesta para mí, pero se equivocan. Tengo un negocio que llevar adelante. Muchas personas dependen de mí.

Por un momento pareció un chico solitario de quince años, y sintió un ramalazo de compasión por él. Ella había sido lo suficientemente afortunada de poder celebrar su vigésimo primer cumpleaños en un club de Boystown con un ruidoso grupo de amigos, que la aceptaban como era. Quizá Mitsuki fuera consciente de que sin su fama y dinero ninguna de esas personas estaría allí.

Lo vio tragar lo que quedaba en el vaso.

—Quiero bailar.

No era raro que las celebridades VIP bajaran a la pista de baile, pero esa noche flotaba una energía extraña en el ambiente que no le gustaba un pelo. Había demasiada gente, todo era más intenso de lo normal, los invitados chocaban entre sí, haciendo que cayeran algunas bandejas y que las copas se hicieran añicos. Había estallado ya una pelea, y aunque Jūgo y Rock Lee habían intervenido con tanta rapidez que casi nadie se había dado cuenta, ella no quería que hubiera otra.

—Es mejor que hablemos —sugirió—. Esta noche la pista parece un infierno.

—Ahí está la diversión. —Él la agarró del brazo—. Vamos.

A las chicas no les gustó verlo partir con ella, dejándolas allí colgadas, pero Hinata necesitaba estar cerca de él. Además, a Kurenai iba a encantarle todo aquello cuando se lo contara.

Los clientes habituales de Rasengan eran de más edad que el grupo de admiradores de Mitsuki, pero aun así, seguía siendo una celebridad, y la gente se quería acercar a él. Sus guardaespaldas empezaron a apartar a la multitud y el DJ hizo que empezara a sonar Not witch U now, su último éxito.

Ella se defendía bailando, pero estuviera borracho o sobrio, Mitsuki era un gran bailarín. Hinata no trató de competir con él, sino que se dejó llevar por el ritmo. Él le brindó una sonrisa de borracho. Más gente se dirigió a la pista, tratando de acercarse a su ídolo. Mitsuki se dirigió al borde de la pista, arrancó el vaso de la mano de uno de sus amigos y bebió el contenido.

La música se hizo más fuerte. Las tres mujeres que lo acompañaban la apartaron a un lado y cuando las vio restregarse contra él, se imaginó a un trío de hermosas tiburones devorando a un pequeño arenque. Una le rodeó el cuello con los brazos, otra la cintura. Incluso borracho como estaba, Mitsuki empezó a ponerse nervioso.

Sus guardaespaldas, lo mismo que A y Rock Lee, comenzaron a moverse, pero había algo en la determinación de aquellas mujeres que hizo que Hinata estuviera segura de que habría problemas si los hombres las tocaban. Así que se interpuso entre una de las chicas y Mitsuki, pero ella solo era una y las jóvenes tres...

Y también había un Naruto Namikaze.

—Señoras... —Les dio un golpecito en los hombros al tiempo que le hacía a ella una señal para que se ocupara de Mitsuki —. Me siento un poco solo...

Ellas se acercaron al premio gordo.

Mitsuki perdió el equilibrio en ese momento. Cuando se desplomó sobre la pista de baile, Hinata no supo si alguien lo había empujado o estaba demasiado borracho para mantenerse en pie. Las gafas de sol salieron volando y crujieron bajo los pies de los bailarines.

Dos de los guardaespaldas ebrios se precipitaron hacia él, empujando a todos los que se interponían en su camino, y derribando de paso a dos de los clientes. Uno aterrizó sobre Mitsuki, pero eso no impidió que los miembros del equipo de seguridad trataran de atravesar el grupo de mujeres que les bloqueaban el camino. Hinata se volvió hacia ellos.

—¡Deténganse! ¡Ya!

Milagrosamente, la obedecieron. Naruto ayudó a levantarse a sus clientes, les dio una palmadita en la espalda y les invitó a tomar una copa en la zona VIP. Las tres mujeres-tiburón se abrieron paso entre los bailarines, intentando regresar junto a su arenque del pop.

Naruto se interpuso ante ellas, dispuesto a desplegar todos sus encantos, a pesar de que todos aquellos empujones debían de estar haciéndole daño. Los guardaespaldas del joven ídolo volvieron a ponerse a empujar entre la multitud cuando ella logró poner a Mitsuki de pie.

—Dile a tu séquito que retroceda —le gritó al oído—. Y haré que tus sueños se hagan realidad.

Él la miró de soslayo con expresión de embriaguez.

—¿De veras?

—Un billete al paraíso.

Mientras se lo pensaba, lo agarró por el brazo y tiró de él hasta el borde de la pista para llevarlo a la cocina.

Encima del mostrador había una bandeja de brownies de bourbon en moldes cuadrados de papel. Ella apenas había comido en todo el día y agarró un par, rebosantes de chocolate caliente.

—Una fiesta privada —aseguró a Mitsuki.

Usando una combinación de fuerza y sigilo logró llevárselo hasta la escalera en dirección a su apartamento.

—Qué es eso... —Él arrastraba las palabras.

—El jardín del Edén —respondió ella con sequedad.

Él sonrió de medio lado. Sin las gafas de sol, sus ojos eran grandes, de color ámbar. —¿Qué tienes para beber? —preguntó mientras trataba de sostenerse apoyado en la barra que dividía la sala de la cocina.

Lo único que tenía era un par de cajas de zumo y algo de cerveza. Se quitó los zapatos y le mostró los dos brownies de bourbon y chocolate.

—Tengo algo todavía mejor.

—¡Brownies! —Él se habría apropiado de los dos si ella no hubiera reservado uno para sí misma.

Llamaron a la puerta del apartamento, y Hinata atravesó descalza la estancia.

—¿Quién es?

—Policía. Abran antes de que tire la puerta abajo.

—Muy gracioso... —Ella abrió la puerta y brindó a Kiba una sonrisa cansada.

—Acabo de terminar el turno —explicó él, dejando a un lado las formalidades—. Vi la luz.

Algo que solo podría haber observado si estuviera en el callejón. Lo vio sentarse en el sofá como si tuviera intención de quedarse un rato. Mitsuki, por su parte, vio a un oficial de policía uniformado y comenzó a meterse los brownies en la boca lo más rápido que pudo. Luego apoyó las caderas en la barra y extendió las manos vacías, manchadas de chocolate.

—Fon bonies, dío. Folo bonies. Din dada dento —balbuceó con la boca llena. Ella lo interpretó como «Son brownies, tío. Solo brownies. Sin nada dentro».

Kiba la miró. Ella se encogió de hombros. Justo en ese momento, la puerta se abrió y Naruto entró sin llamar.

Él escaneó la escena con la mirada, el poli buenorro sentado en su sofá como si estuviera en su casa, ella descalza con un vestido de marca, y un ídolo del pop borracho que valía noventa millones de dólares con la cara manchada de chocolate.

Una expresión algo perpleja cruzó por su cara.

—Te pago por esto, ¿verdad?

—No lo suficiente.

—¡Naruto! ¡Me alegro de verte, tío! —Kiba se levantó y le dio una palmada que tuvo que doler.

Naruto se la devolvió con más ímpetu del que era necesario.

—Yo también.

Con todo aquel ritual de las palmadas, ninguno de ellos se dio cuenta de que Mitsuki se había deslizado hacia el pasillo. Al menos hasta que escucharon un disparo y la voz de una adolescente.

—¡Estás muerto!

Y allá iban de nuevo...