14. Reunión
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Kiba sacó el arma mientras Naruto avanzaba primero hacia el pasillo. Hinata le siguió y miró por encima de su hombro para ver a Mitsuki acurrucado en el suelo, con los ojos cerrados, sin moverse. Wasabi estaba ante la puerta de su apartamento, con el pelo alborotado. Tenía subida una de las perneras del pantalón del pijama y una pistola Nerf naranja y azul colgando de la mano.
—Lo he matado —gimió la niña.
En ese momento, resonaron unos pasos en el pasillo de la planta baja.
—¡Naruto! —gritó Obito desde la parte inferior de la escalera—. ¿Puedes bajar? Alguien ha llamado a Inmigración. Han solicitado al personal de cocina para comprobar sus visados.
Naruto alzó sus enormes manos.
—¡Genial! ¡Jodidamente genial! ¿Puedes ocuparte del cantante mientras yo me encargo de Inmigración? —Pasó con rapidez la mirada de Kiba a Hinata y luego volvió a mirar al poli—. ¿Me acompañas? Podría venirme bien tener un testigo creíble.
—Gran idea —aseguró ella. Con un poli uniformado al lado, nadie intentaría nada contra Naruto.
Agradeció mentalmente que Obito hubiera comprobado las tarjetas de residencia antes de contratar a nadie, pero eso hacía que se formulara otra pregunta: ¿Quién había llamado al Servicio de Inmigración?
Kiba enfundó su arma y se inclinó para recoger una bala Nerf.
—Queda confiscada para balística —le dijo a Wasabi.
La niña abrió los ojos horrorizada, pero él sonrió y le arrojó la bala por el aire. Hinata contuvo la risa.
Quizá sí podría acostarse con él.
Cuando Naruto y Kiba ya habían desaparecido en la planta baja, Mitsuki se agitó y miró a Hinata.
—¿Quieressss hafer un viaje n'avión?
—Lo siento, aviador, tengo que trabajar.
—'Tá bien. —Dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—¡Ay dios mío! —chilló Wasabi —. ¡Es Mitsuki Stray!
—Ojalá lo hubieras sabido antes de dispararle —dijo Hinata
—.¡Estamos en medio de la noche! —Algo me despertó y ya sabes que los Asesinos de Pius son muy ingeniosos. —Se dejó caer en el suelo de rodillas, al lado de Mitsuki —. ¡Ay dios mío! ¡No puedo creerme que sea Mitsuki Stray! Estaba loca por él.
Su madre apareció en la puerta. El pelo brillante, aunque despeinado por el sueño, caía sobre sus hombros, y los botones desabrochados del pijama revelaban una columna de piel como caramelo caliente. Tamaki, con la cara lavada y su cuerpo adecuadamente femenino, resultaba más atractiva que docenas de rubias de bote pintadas como puertas. Hinata se alegró de que Naruto hubiera bajado.
— Wasabi, ¿qué haces aquí? —exclamó Tamaki.
Hinata no vio necesidad alguna de delatar a la adolescente.
—Lo siento. Estábamos haciendo demasiado ruido y eso la despertó.
Wasabi movió el brazo para ocultar la pistola Nerf detrás de su pierna, donde su madre no podía verla.
Hinata clavó los ojos en Mitsuki.
—Ya que estáis despiertas, ¿por qué no me ayudáis a moverlo?
—¡Claro! —exclamó Wasabi.
Lograron llevar a Mitsuki de nuevo al apartamento y tumbarlo en el sofá de Hinata. Ella fue a buscar el cubo que guardaba debajo del fregadero y lo puso a su lado, por si acaso.
Wasabi se acercó a él.
—¡Aydiosmío! Si está enfermo, alguien tiene que cuidarlo. ¿Puedo hacerlo yo? ¡Por favor, Hinata! No me importa dormir en la silla. ¿Puedo, mamá? ¿Por favor?
—De ninguna manera.
Hinata recordó que Wasabi quería encajar en la nueva escuela y pensó que eso haría que subiera su consideración entre sus compañeros.
—Por mí está bien, Tamaki —intervino—. Yo también estaré pendiente. Es una oportunidad única en la vida para que Wasabi aprenda de primera mano los peligros de la fama.
Tamaki vaciló y luego consintió, quizá porque había llegado a la misma conclusión que ella.
—Si hubiera algún problema, envíala a casa de inmediato.
«¿Problemas? ¿Cómo va a haber más problemas?», pensó Hinata, pero no lo dijo.
No pensaba permitir que Wasabi durmiera en la misma habitación que Mitsuki a pesar de que él estaba en estado de coma, así que envió a la adolescente al dormitorio. El club estaba cerrando, así que no tenía que regresar abajo. Después de lavarse la cara y cambiar el vestido por una sudadera, se acurrucó en el otro sillón de la sala.
Parecía que acababa de quedarse dormida cuando un fino haz de luz seguido de un golpe en la puerta la despertó. Abrió los párpados. Al otro lado de la sala, Mitsuki Stray yacía sobre su estómago, con las manos y los pies colgando por el borde del sofá hasta la alfombra. En la habitación, Wasabi seguía durmiendo.
Hinata sintió el cuello rígido y dolorido cuando se incorporó en el sillón. Se tropezó con la alfombra y maldijo a quien estuviera al otro lado de la puerta.
Dos mujeres con los ojos brillantes y alegres sonrisas en la cara irrumpieron en el interior del apartamento. Una sostenía una bandeja de cartón con cafés, la otra una caja de donuts. Hinata se agarró al pomo de la puerta para sostenerse.
—Las voy a matar.
—¡Buenos días a ti también!
—¿Cómo han entrado? —gruñó Hinata.
—Nos abrió la puerta el equipo de limpieza. —Kurenai dejó la caja de donuts en el mostrador y Tenten hizo lo mismo con el café.
—Váyanse.
—No podemos —se disculpó Kurenai—. El tonto del culo me ha invitado a salir.
Tenten parecía inflada por la ira.
—Y está pensando en ir, y sabes tan bien como yo que le va a decir que debe acostarse con él para conservar el trabajo.
—Seguramente. —Kurenai abrió la tapa de la caja de donuts y sacó un Bismarck.
Hinata bostezó.
—¿Qué hora es?
—Las ocho —repuso Tenten—. Y tú siempre estás despierta a esta hora.
—¡No cuando me he pasado la noche en vela!
En ese momento, Mitsuki se dio la vuelta y el resto de su cuerpo que no estaba en el suelo se deslizó
hasta allí. Aunque eso no lo despertó.
—¡Es Mitsuki Stray! —exclamó Kurenai. Y luego, tras una larga pausa—. ¿Está vivo?
Hinata se apoyó en el respaldo de una silla.
—Supongo.
—Si lo has matado, podemos ayudarte a ocultar su cuerpo.
—¡Sé quién es Mitsuki Stray! —Parecía como si Tenten hubiera conocido la respuesta de la final de Jeopardy.
Otra persona llamó a la puerta.
—¿Es que va a venir aquí todo el mundo? —gritó Hinata.
Pero Kurenai ya había abierto y Chiyo hizo su aparición. Su pelo parecía un géiser morado estallando alrededor de su rostro, y los pantalones de chándal rosa sobresalían por debajo de otra de las viejas chaquetas de punto de Sakumo.
—¡Lo sabía! Han venido aquí para poder hablar a mis espaldas. —Vio a Mitsuki en el suelo—. ¿No es un poco joven para ti, Hinata?
La aludida se cubrió la cara con las manos.
—Por favor, ¿puede matarme alguien?
Chiyo se volvió hacia Tenten.
—Eres tú quien está detrás de esta reunión secreta. ¿Crees que soy demasiado mayor para saber lo que vi con mis propios ojos? ¿Lo siguiente será tratar de que me ingresen en un asilo? Hinata se lanzó a por el café.
—Tranquila, Chiyo —dijo Kurenai—. Deja de portarte tan mal con Tenten.
—¿Yo? ¿Por qué no le dices a ella que deje de ser tan odiosa conmigo?
Quizá fuera por el café o por el azúcar de los donuts, pero Tenten, en el más puro estilo Tosca a punto de arrojarse desde la almena, se alzó en toda su estatura y avanzó hacia la anciana.
—Señora, nunca me he portado mal con usted, pero usted, sin embargo, ha actuado como si no existiera desde el día que nos conocimos, o me ha tratado con...
—¡Me llamaste señora!
—... con absoluta grosería. Me educaron para ser respetuosa con mis mayores, pero...
—¡No! —Chiyo las señaló a todas con un dedo acusador—. ¿Han oído lo que ha dicho? ¿Han oído lo que me ha llamado?
La suave ira educada de Tenten era todo un espectáculo para la vista. —Sea cual sea su edad, no existe ninguna excusa para tener ¡prejuicios raciales!
Chiyo si hinchó.
—¿Quién ha dicho nada de prejuicios raciales? Deja de cambiar de tema. Y ¿cómo se puede hablar de respeto después de la forma en la que me has tratado?
Kurenai las miraba sin habla, pero Hinata estaba empezando a marearse.
—¡Siempre la he tratado con mucho respeto! —exclamó Tenten.
—Como si estuviera en un ataúd. ¿A eso le llamas ser respetuosa? Apresurándote delante de mí para abrirme la puerta... Corriendo por mi periódico en invierno porque crees que soy demasiado vieja y débil para ir a buscarlo yo misma... Aunque pienses que no, todavía tengo ojos para ver lo que haces. Hinata no se comporta así. Ni Kurenai. ¿Eso es ser respetuosa?
Tenten abrió la boca para soltar la siguiente frase, pero Kurenai se rio. Alguien tenía que ser el adulto, y Hinata dedujo que le tocaba a ella.
—Tenten —pronunció con forzada paciencia—. Chiyo no te odia porque seas coreana...
—¿Qué tiene que ver Corea en todo esto? —la interrumpió Chiyo.
—... sino porque te han educado para que seas respetuosa con tus mayores —siguió Hinata—, como ella.
—Las dos últimas palabras no eran necesarias —protestó Chiyo, subiendo la punta de la nariz—. Y yo no la odio.
Hinata brindó a la anciana una sonrisa edulcorada.
—Chiyo es demasiado vieja para cambiar sus ideas, y demasiado orgullosa para explicarte lo que le ha molestado, así que, de ahora en adelante, no tengas ninguna consideración con ella. De hecho, puedes tratarla como si fuera basura. Quizás entonces te aprecie tanto como a Kurenai y a mí.
—No sé por qué estás diciendo todo eso —se quejó Chiyo—. Tenten es una chica inteligente. Ya lo sabe.
—¡No lo sabía! —explotó Tenten—. ¿Cómo iba a saberlo?
Chiyo esbozó lo que parecía un mohín.
—No me gusta sentirme vieja.
—Bueno —intervino Hinata—, quizá te consuele saber que te estás comportando como una niña de cinco años.
La rígida educación coreana de Tenten volvió a hacer su aparición.
—Hinata, no debes hablarle así y... —Se contuvo y respiró hondo—. Chiyo, de ahora en adelante, tendrás que ir tú misma por el periódico.
Naruto atravesó la puerta. Miró a las cuatro mujeres y luego el cuerpo en el suelo.
—¿Sigue vivo?
—Ni idea —repuso Hinata—. ¿Es que nunca duermes?
—¿Le has comprobado el pulso?
—No me importa lo suficiente. —Hinata miró a su alrededor. Ahora tenía a cuatro adultos no invitados metidos con calzador en la pequeña sala, a una adolescente todavía dormida en su cama y a un ídolo del pop en estado comatoso tendido en el suelo.
—¡Fuera todos!
—Mira que eres borde —observó Naruto.
Chiyo se apresuró hacia él.
—¡Naruto! ¡Señor Namikaze! Tenía la esperanza de volver a verlo. Tengo un poco de mi espectacular toffee casero en el coche. Iba a dejárselo a Hinata, pero ya que puedo dárselo personalmente...
Mitsuki eligió ese momento para darse la vuelta, mirarlos a todos y vomitar.
Kurenai era la más cercana, pero llegó demasiado tarde al cubo.
Pasaron unos largos instantes antes de que Naruto mirara a Hinata.
—Sí... —reconoció lentamente—, quizá debería darte un aumento de sueldo.
Chiyo se llevó las manos a las mejillas arreboladas.
—¡Oh, Hinata! ¡Me encanta tu vida!
Esa tarde, Hinata localizó a una amiga de Konan y descubrió que se había desplazado de Konoha a Las Vegas para trabajar en un casino. Su amiga no conocía el paradero de Nagato, solo que Konan había roto con él porque era «un perdedor». Aunque todavía tenía que verificar la historia, sonaba verdadera, y colocó a Konan al final de la lista de sospechosos.
Esa noche, en el club, echó a dos ruidosas participantes en una despedida de soltera tras pillarlas esnifando coca de una tarjeta de crédito en el cuarto de baño de señoras. Habían aparecido más mentiras on-line sobre el club, y no necesitaba que Naruto le recordara que la reputación de Rasengan tenía que ser impecable.
A la detuvo cuando regresó después de acompañar a aquellas mujeres a la puerta.
—¿Dónde estabas anoche?
Con todo lo ocurrido, se había olvidado de que le había retado para que se encontrara con ella en el callejón.
—Estuve ocupada haciendo de niñera de nuestra estrella favorita del pop.
Él sonrió.
—No te preocupes. No le diré a nadie que te dio miedo.
—Es increíble. He viajado en el tiempo hasta el recreo de quinto curso.
Él la miró sin comprender. Pensó en explicárselo, pero era demasiado complicado, así que se obligó a tomar el camino más fácil.
—Lo reconozco. Eres más grande y más fuerte.
—Seguro como que hay un mañana.
Aquella sonrisa de suficiencia fue más de lo que podía soportar.
—Pero yo soy más inteligente y más rápida.
—Una mierda, eso es lo que eres.
—Entonces, creo que tendremos que descubrirlo, ¿no crees? —Odiaba esa parte de sí misma. ¿Por qué no podía alejarse sin más? Pero no, no era capaz. No sabía poner la otra mejilla—. No pienso pelearme con el vestido puesto, así que dame unos minutos para cambiarme una vez que se haya cerrado el club.
—Tómate todo el tiempo que desees.
Él pensaba que no se iba a presentar, pero estaba equivocado. Estaría allí y, saberlo, la deprimió. No porque tuviera miedo de enfrentarse a él. Eso podía ir bien o no. Era debido a que todavía se veía poseída por esa compulsión de demostrar que era mejor que un hombre. Incluso cuando se trataba de un cretino como A.
«Gracias, Hiashi.»
Culpar de sus inseguridades a un padre que la había querido, que le había prohibido mostrar sus debilidades y asfixiado con su sobreprotección, la hacía sentir todavía peor. ¿Cuándo sería lo suficientemente madura para no considerar que todas las situaciones de la vida eran una prueba que debía superar para demostrar su valor?
Por desgracia, ese no era el día porque se había acorralado a sí misma otra vez, y era emocionalmente incapaz de no hacerlo.
Después de que el club cerrara, se puso unos vaqueros, unas zapatillas deportivas, una sudadera de los Bears y, llena de asco hacia sí misma, se dirigió abajo. Se asomó al callejón para asegurarse de que el coche de Naruto había desaparecido, y luego salió al exterior.
A estaba allí, junto al contenedor de basura, fumando un cigarrillo con Jūgo su mejor amigo. Los saludó con la mano.
—Hola, A. Ya veo que te has traído protección.
No había esperado que ella apareciera, y Hinata vio que apretaba el cigarrillo entre los labios. Su amigo contuvieron el aliento.
—No me sorprende que no quieras enfrentarte solo a mí. —Quien la oyera pensaría que no tenía más de once años, edad en la que había luchado contra Dugan Finke por arrancarle la camiseta. Dugan tenía el doble de su tamaño y le había ganado, pero jamás volvió a ponerle un dedo encima.
A tenía un dilema. Dado que era una mujer, no podía sacudirle de la forma en que quería. Su única opción era dejar caer el cigarro y mirarla de forma amenazadora.
Ella creía en el juego limpio, así que se apiadó de él. Se acercó y, con una sonrisa en la cara, le plantó las manos en el pecho, enganchó su pierna con la de ella y lo hizo caer.
¡Mierda! Él se puso en pie al instante, con una expresión de ira, a punto de lanzarse a por ella. Hinata se preparó, pero antes de que pudiera llegar a ella, su amigo se adelanto y lo agarro por los brazos.
—No lo hagas, A. ¡No puedes pegarle!
A luchó para liberarse.
—¡Suéltame! ¡Le voy a arrancar la cabeza!
—¡Inténtalo! —replicó ella.
Él gritó más insultos pero, dado que no podía llegar a ella, no sería honorable seguir burlándose de él, por lo que también le pidió a Jūgo que lo soltara. Estaban tan absortos gritándose unos a otros que ninguno se dio cuenta de que el Tesla de Naruto rugía en el callejón.
Así que cuando A logró zafarse de sus amigos, Naruto se interpuso entre ellos.
—¿Qué mierda está pasando aquí?
No esperó una respuesta. Propinó un puñetazo con fuerza en la mandíbula de A, haciendo que rebotara contra el contenedor de basura.
—Estás despedido, cabrón. No quiero volver a ver tu cara por aquí.
—¡Fue ella la que empezó! —exclamó A, al tiempo que llevaba la mano a la zona maltratada.
La adrenalina que había inundado la sangre de Hinata empezó a disolverse, dejándola cansada y desanimada.
—Es cierto —confirmó.
Naruto se volvió y la miró. Cuando por fin habló, cada una de sus palabras parecía un misil tierra-aire.
—¿Qué es cierto?
—Yo le pegué primero.
Jūgo asintió.
—Ella atacó antes, jefe.
—Es que no se me da bien controlarme —dijo ella, como si no fuera de una claridad meridiana—. Y te agradecería que no despidieras a A.
Naruto arqueó una ceja de forma peligrosa.
—¿En serio? —intervino A, que parecía haberse quedado sin habla.
—Al menos no quiero que lo hagas por mi culpa —aclaró ella.
Naruto parecía furioso.
—¿Crees que debería despedirte a ti en su lugar? Porque es evidente que no puedo quitarte el ojo de encima.
—Si puedo mostrar respetuosamente mi desacuerdo... —dijo Jūgo—, diría que ella ha hecho nuestro trabajo más fácil.
Para su sorpresa, A tomó la palabra sin mover la mano con la que se acunaba la mandíbula.
—Esta noche hubo una despedida de soltera. Un par de mujeres estaban provocando problemas, y ella se encargó de todo.
Naruto parecía a punto de explotar.
—¡Quiero que todo el mundo se vaya de aquí!
Ella estaba más que dispuesta a desaparecer.
—Menos tú. —El dedo de Naruto apuntaba a su sien—. Tú quédate dónde estás.
La hizo esperar hasta que los dos hombres estuvieron lejos, luego la agarró por el brazo y comenzó a arrastrarla hacia el coche.
Ella trató de clavar los talones en el suelo.
—Estoy segura de que sería mejor que me fuera ahora a mi apartamento.
—Vienes a mi casa. —Naruto le plantó la mano sobre la cabeza como si fuera un policía y la empujó al asiento del copiloto del Tesla—. No quiero que Wasabi y Ayame escuchen tus gritos.
«Esto no es nada bueno.»
Él arrancó haciendo que los neumáticos levantaran polvo. Era un conductor agresivo incluso cuando estaba calmado y, ahora que no lo estaba, podía decirse que era el diablo sobre ruedas.
Mientras aspiraba el olor de la cazadora de ante marrón de Naruto, Hinata hizo una lista mental de todas las formas en que había fallado. Había mostrado una actitud poco madura y profesional, demasiado exaltada para una investigadora. Y todo porque no había sido lo suficientemente segura de sí misma para comportarse como una adulta ante meras inseguridades infantiles. Naruto tenía derecho a estar furioso con ella.
La zona que rodeaba el garaje de Naruto estaba, gracias a Dios, libre de depredadores; a no ser que lo contara a él. Como Hinata no consiguió salir del coche con la suficiente rapidez —¿por qué iba a darse prisa?—, él la arrastró afuera.
En cuanto sus pies tocaron el suelo de cemento, Naruto la apretó contra el coche y recorrió su cuerpo con las manos de arriba abajo, tocando todo lo que quiso, con la mandíbula rígida como el acero templado.
—¿No vas armada?
—Quería darle una lección, matarlo no entraba en mis planes.
Él deslizó las manos por el interior de sus muslos y luego las llevó a su cintura pasando por su trasero.
Cuando se sintió satisfecho, la llevó fuera del garaje.
—Vámonos.
—Mira, Naruto... Entiendo que estés enfadado, y tienes razones para estarlo.
—¡Oh, no! No estoy enfadado. Estoy más que enfadado. —La agarró de nuevo por el brazo; no le hacía daño, pero la sujetaba con tanta fuerza que le resultaría casi imposible liberarse.
Entraron en su apartamento demasiado pronto, pero ahora que la tenía allí, él parecía no saber qué hacer con ella. Era el momento perfecto para correr hacia la cocina.
—¿Hambriento? Puedo prepararte una tortilla.
—No tengo hambre —dijo pensativo—. Trato de decidir si quiero que esto sea duro o suave.
Ella levantó la mano.
—Yo voto por suave.
—Tú no tienes voto. —Él lanzó la cazadora de ante en el respaldo del sofá—. A ver si me he enterado... Fuiste tú la que comenzó la pelea, ¿verdad?
—Técnicamente.
—¿Técnicamente?
—Es una larga historia, pero...
—¿Y decidiste que la mejor manera de acortarla era quedar con un linebacker de los Clemson en el callejón? ¿Es eso?
—No puedes darle ni un poco de ventaja a un tipo así.
—¡Eso solo es cierto cuando tienes doce años!
Antes de que pudiera decirle que tenía razón, él se dirigió hacia ella.
—Si tenías problemas con A, deberías habérmelo dicho.
De repente, estaba tan enojada como él.
—Soy capaz de resolver mis propios problemas.
—¡Maldición! No puedo decidirme. No sé si despedirte o... O... —Naruto parecía tener dificultades para encontrar palabras más hirientes, a pesar de que despedirla sí formaba parte de su vocabulario—. O... darte unos azotes.
—No lo dices en serio.
En realidad, parecía meditar al respecto.
—Sí —repuso pensativo—. Creo que sí.
Movió con rapidez uno de los brazos, le rodeó la cintura, la levantó del suelo y la arrastró consigo hasta el sofá. Unos segundos después, la colocaba boca abajo sobre su regazo.
Ella parpadeó.
La palma de la mano de Naruto descendió con fuerza sobre la parte más mullida de su trasero y toda la sangre se le precipitó a la cabeza.
—¡Ay! ¡Dios mío! ¡Estás bromeando!
Otro azote.
—¿Te da la impresión de que estoy de broma?
«¡Zas!»
—Me da la impresión de que has perdido la cabeza.
—Jamás me he sentido más cuerdo. —«¡Zas! ¡Zas!»
—Esto está tan mal que no sé por dónde empezar. ¡Ay! ¡Sí, ya sé! Voy a llamar a mi abogado.
—No tienes abogado. —Otro azote—. Además, ¿es que no lees? El sexo duro está de moda.
—¡Solo entre adultos! ¡Basta! ¿Es que tienes la impresión de que esté consintiendo?
—Si no fuera así, sería yo el que estaría tumbado en el suelo en este momento.
«Es cierto.»
No podía negarlo. Ella dejó que le diera otro azote y a continuación apretó los dientes.
—No quiero hacerte daño.
—Preocúpate de ti misma.
Otro azote y entonces él se detuvo. Su palma se curvó sobre la zona que hormigueaba y comenzó a frotarla.
—¡Naruto Namikaze! ¡Estás metiéndome mano!
—Estoy seguro de que no. —Él deslizó los dedos entre sus piernas y los ahuecó sobre el suave algodón de los vaqueros. Su voz tenía un tono más ronco, que hacía que ella se sintiera débil por la lujuria. Primero había participado en una reyerta infantil, y ahora se había excitado con una escena digna de un troglodita. Era una inútil. Y, a pesar de todas las conferencias que se había dado a sí misma, no le importaba.
—Es culpa mía —dijo ella, con la voz tan ronca como la de él.
Naruto deslizó la mano por debajo de la sudadera de los Bears y subió el pulgar dibujando los nudos de su columna vertebral. Se detuvo al llegar al sujetador.
—Llevas encima demasiada ropa.
Hinata no supo si él la ayudó o si se movió sola, pero en cuestión de segundos, estaba sobre su regazo, a horcajadas, con las rodillas hundidas en los cojines del sofá a ambos lados de sus muslos.
Él la agarró por la cintura. Ella entrelazó los dedos sobre su nuca y estudió esa cara tallada en granito.
—¿Vamos a hacerlo de verdad?
Vio que Naruto fruncía el ceño.
—Eso parece.
Y también se lo parecía a ella.
—¿Qué pasa con tus escrúpulos? Sigo trabajando para ti.
Él se inclinó hacia delante y le mordió el labio inferior.
—No eres de ayuda. Más bien eres un obstáculo.
Hinata le acarició el hoyuelo de la barbilla.
—¿Para qué?
—Para mi paz mental.
Eso era algo que, definitivamente, entendía muy bien.
—¿Qué ha pasado con tus escrúpulos? —preguntó él, rozándole los labios con los suyos.
—Tienen un permiso temporal —murmuró.
Él encontró la comisura de sus labios.
—Jamás había pegado a una mujer en mi vida. Ni siquiera se me había ocurrido. Pero, ¡joder!, cómo me ha gustado...
Hinata resistió el impulso de frotarse las hormigueantes nalgas.
—No me ha dolido ni un poquito.
Él se echó hacia atrás de manera que ella se encontró enfrentándose directamente a sus empañados ojos azules.
—Sigo furioso contigo —confesó Naruto.
—Lo entiendo. —Sostuvo su mirada—. Si te sirve de consuelo, estoy más furiosa conmigo misma.
Quizás eso lo satisfizo porque llevó los labios a su cuello.
—Prométeme que no se te volverá a ocurrir luchar contra mis hombres.
Ella ladeó la cabeza para darle más sitio.
—Lo prometo. —«A menos que no estén protegiéndote bien.»
Él la empujó de su regazo.
—Bien. Terminemos con esto.
Ella se levantó. Sin esperanza, pero abandonando cualquier atisbo de prudencia, agarró la parte inferior de su sudadera y la pasó por la cabeza.
No tardaron demasiado tiempo en estar desnudos y tumbados en el sofá. Ni siquiera la breve interrupción para protegerse disminuyó su deseo. Ella quería que fuera así con ese hombre, salvaje y sin tapujos. Y quizá, tal vez, quería hacerle perder el control de la misma forma en que lo había hecho la última vez.
Pero él no cayó en su juego.
—Las manos quietas, señorita —le ordenó cuando se estiró hacia él.
—Y tú también —repuso ella—. No. Espera. Tú puedes ponerlas donde quieras.
Y lo hizo.
Ella quedó a horcajadas sobre él, abierta a la íntima abrasión de sus dedos. Los ojos de Naruto parecían más oscuros ahora, bruñidos por el deseo, pero sus miradas ya no estaban enredadas la una en la otra. Esa era una intimidad que no buscaba ninguno de los dos.
Hinata bajó la boca hacia la de él y se entregó con un profundo beso. Un beso que empezó a ser demasiado para ella. Notó que él enredaba los dedos en su pelo y dejaba allí la mano. Sus bocas, sus dientes y sus lenguas se fusionaron y enfrentaron. Ella bajó la mano para apresarlo, pero no lo consiguió. Naruto la empujó hacia atrás en los cojines y le separó los muslos. Miró todo lo que quedaba expuesto ante él y luego reclamó lo que ella le ofrecía de forma voluntaria.
Naruto le clavó los pulgares en los muslos al tiempo que la sometía a la tierna laceración de su boca, burlándose, atormentándola... Y luego llegó el abandono. El cruel e insensible abandono... Hasta que notó que él se movía.
Esta vez no hubo duda de la fuerza con la que embestía con dolorosa suavidad. Hinata le clavó los dedos en la espalda, resbaladiza ahora por el sudor. Sintió el delicioso peso de su cuerpo sobre el de ella. En su interior. Sumergiéndose más profundamente todavía, dilatándola de forma poderosa.
Un alocado remolino estalló detrás de sus párpados. Remolinos de tinta que giraban en un vórtice cada vez más apresurado hasta que explotaron en una supernova perfecta.
Él se hundió hasta el fondo, haciendo que moviera la cabeza. Ella gritó de nuevo y alzó las caderas para que se clavara más profundamente en su interior. Intentando sosegarlo.
Por fin... Él abrió la boca en un aullido silencioso al tiempo que arqueaba el cuello. Con los músculos convulsos, estremeciéndose de pies a cabeza.
Y luego el silencio.
Se serenaron. Cuando pudo respirar, Hinata buscó una posición más cómoda, que acabó enviándolos a los dos al suelo.
Se quedaron allí durante unos segundos, de costado, encajados entre el sofá y la mesita de café con forma de platillo volante. Él le rodeó el seno que había descuidado mientras se ocupaba de otras partes.
—Estabas cerrada como una virgen.
—Hacía mucho tiempo. —Ella apoyó la cabeza en el hueco de su brazo y dijo lo inevitable—. Esto no puede interferir con el trabajo.
—Desde luego —convino él con más vehemencia incluso que ella.
—Porque si así fuera...
—No ocurrirá. Somos demasiado inteligentes para que pase. Y los dos somos conscientes de que tenía que suceder. Ahora vamos a negociarlo.
—Amantes cuando estemos desnudos —sentenció ella—. Profesionales cuando no sea así.
—Ni yo lo habría expresado mejor. —Naruto se apoyó en un codo—. ¿Te he dicho ya lo mucho que me gustas? Cuando no tengo ganas de matarte, claro está.
Ella sonrió.
—Tú también me gustas. Al menos casi todo el rato, y eso es muy raro. Soy muy crítica con los de tu sexo.
Él le pellizcó el pezón.
—Dada la forma en que gritabas, creo que mi sexo lo hizo bastante bien.
—Sin duda mejor que la última vez.
—No vas a dejar que lo olvide nunca, ¿verdad?
—No soy tan decente. —Le tiró con fuerza del pelo—. Y será mejor que no se te vuelva a ocurrir darme unos azotes, porque no vas a conseguirlo dos veces.
—Atesoraré esta ocasión en mi memoria.
Hinata deslizó los dedos por la dura pendiente de su brazo.
—Deberías saber que por lo general no soy egoísta. Me gusta dar tanto como recibir.
—Tendrás que demostrármelo —repuso él acariciándole el cuello—. Vamos a la ducha para que pueda comprobar que lo tuyo no son solo palabras.
—¿Tan pronto?
—Soy un deportista de alto rendimiento. Tengo poderes superiores a los de los demás mortales.
Ella, sin duda, no podía discutírselo. La ayudó a ponerse de pie y se dirigieron a la escalera calada, pero antes de llegar arriba, Hinata tenía que asegurarse de que todo quedaba claro.
—Estamos de acuerdo, ¿verdad? Nada de juegos. Mantendremos esta relación hasta que nos aburramos el uno del otro o hasta que una de esas actrices de belleza deslumbrante decida que necesita colgarse del brazo del quarterback más dulce.
Él sonrió y le apretó el trasero.
—Estamos de acuerdo. Y nada de liarte con ese amigo tuyo policía.
—Al menos hasta que termine contigo.
La cabina de la ducha de Naruto era más grande que cuatro cuartos de baño. Las paredes de mármol, los múltiples chorros y el cabezal móvil la convertían en el campo de juegos sexuales ideal para una pareja con imaginación. Justo lo que ellos eran.
—Sin duda no eres egoísta —murmuró Naruto un poco más tarde mientras se apoyaba en la pared para recuperar el aliento.
«No soy egoísta, pero quizá sí soy estúpida», pensó ella. Apartó la idea a un lado. Por fin sabía lo que estaba haciendo. Había fijado unos límites y había sido clara con respecto a sus necesidades.
Lo más importante era ser consciente de cuáles eran las limitaciones cuando se pretendía mantener una relación con un saludable y superfamoso dios del sexo, un hombre tan alejado de su vida que parecía que no vivían en el mismo planeta. No era hermosa ni sofisticada.
No se preocupaba por la ropa o el maquillaje, y no sabría hacerse un peinado elegante. Él se sentía atraído por ella porque suponía una novedad. Y cualquier novedad era, por definición, temporal.
Hinata les dio dos semanas como máximo antes de que rompieran. Y le parecía bien. Dos semanas de sexo alucinante era perfecto.
Pero cuando estaba envolviéndose en una enorme toalla de baño, una pequeña sombra nubló su corazón; tuvo la premonición de que cuando el sexo acabara, habría perdido a un amigo.
Uno de los mejores que había tenido nunca.
