15. Sospechoso


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


El lunes por la mañana, Hinata recibió la llamada del propietario de un pequeño supermercado de barrio que había visto el folleto publicitario de la agencia. El hombre quería que investigara lo que sospechaba que era una demanda fraudulenta de lesiones por parte de un empleado que había despedido —un tipo llamado Wylie Hill—, y se dirigió hacia la zona sur de la ciudad para comprobarlo.

Pilsen era el barrio mexicano por excelencia de Konoha, donde se podía encontrar el arte y la tradición de los emigrantes. Vio a dos hombres apoyados en un mural de la Virgen de Guadalupe y a una pareja de hipsters paseando. En otra parte, una anciana en zapatillas subía los escalones desde su apartamento en el sótano para barrer la acera.

Por fin, apareció Wylie y se sentó a fumar en el porche de la casa en hilera donde había alquilado una habitación. Hinata se sentía feliz de tener un nuevo cliente, pero las vigilancias eran la parte que menos le gustaba de su trabajo. En primer lugar porque eran aburridas, y en segundo porque dejaban mucho tiempo para pensar. Y ese era un mal día para darle vueltas a la cabeza.

Naruto y ella habían pasado la mayor parte del día anterior en la cama, y no se había visto afectada ni una vez por aquel vacío que siempre se apoderaba de ella cuando estaba con un hombre, no había sentido aquel brote de pánico que la hacía buscar excusas para alejarse.

Con Naruto, había habido casi tanta conversación como sexo. Ella le había descrito algunas de las investigaciones más interesantes de Hiashi. Y él le había hablado sobre la vida en el rancho y los huertos urbanos.

Habían intercambiado puntos de vista sorprendentemente similares sobre política y religión, e incluso había compartido algunas historias sobre la esquizofrénica educación que había recibido de su padre, algo de lo que ahora se arrepentía. Había hablado de más. Existían muchos lugares en su interior que no quería que él viera. A partir de ahora, saldría de su apartamento pitando en cuanto se volviera a vestir.

Wylie Hill o bien se había lesionado de verdad la espalda descargando cajas o era el hombre más perezoso del mundo, porque apenas había hecho nada más que permanecer sentado en el porche.

Al caer la tarde del día siguiente, cuando ya no era capaz de soportar el aburrimiento, hizo un rápido viaje a su despacho para trabajar un poco en su página web. Cuando estaba guardando una copia de seguridad para regresar a la vigilancia, apareció Naruto acompañado de una nube de testosterona. Él miró a su alrededor, fijándose en los carteles de portadas de revistas de detectives que tenía colgados en las paredes.

—Así que tienes de verdad un despacho.

—Es un poco más humilde que el tuyo, pero no me queda más remedio que trabajar aquí hasta que disponga de una suite de lujo en el Hancock —replicó al tiempo que daba la vuelta disimuladamente al bloc de notas donde había estado escribiendo—. ¿Qué haces aquí?

—Sentía curiosidad por ver cómo vivía la otra mitad. —Naruto se inclinó sobre el escritorio y giró el bloc de notas que ella había tratado de ocultar—. ¿Tus notas?

Su intención era guardarse para sí misma lo que había averiguado hasta obtener más información, pero ahora ya no era posible.

—He localizado por fin a tu antiguo barman. Está trabajando en un pub en Bridgeport.

—¿No tenías pensado decírmelo?

—Quería hablar antes con él. Te recuerdo que para eso me pagas.

—Cierto. —Él rodeó la alfombra para acercarse a la orquídea que tenía en el alféizar de la ventana, regalo de Tenten—. ¿Cuándo piensas ir a verlo?

—Esta noche. Empieza el turno a las nueve. Te llamaré por la mañana.

—No será necesario. Iré contigo. Y esta orquídea tiene exceso de agua.

—Gracias por la información, y si vienes solo complicarás las cosas. Ahora vete. Me toca hacer una vigilancia para un nuevo cliente. —«Y respirar un poco de oxígeno antes de que se me empañe el cerebro.»

—¡Genial! Te acompaño. Será interesante echar un vistazo al lado más sórdido de tu vida.

—Las vigilancias son demasiado aburridas para ti.

—Puedo con ello.

Y al principio lo hizo. Pero, después de unas horas, comenzó a parecer inquieto y se puso a hurgar en el asiento trasero.

—¿Llevas algo de comer?

—Relájate, anda.

—¿Qué es esto? —él levantó el Tinkle Belle de color rosa.

—Una cuchara para servir helado.

—Pues es una cuchara para servir helado muy rara. —Se puso a sacarla de la bolsita de plástico.

—Deja eso. —No había necesitado utilizar el artilugio recientemente, pero aun así...

Él se iluminó de pronto. Estudió concienzudamente la bolsa de plástico donde estaba el Tinkle Belle y luego la miró a ella.

—Siempre me había preguntado cómo hacían las mujeres para...

—Pues ahora ya lo sabes. Déjalo donde estaba.

Había aparcado en la esquina más cercana a la destartalada casa en hilera de Pilsen donde vivía Hill. Los acordes de música tejana resonaban en una tienda de ropa vintage que había al lado mientras Naruto abría la caja donde ella guardaba los guantes y se ponía a examinarlos.

Cuando se cansó de eso, se puso a juguetear con un botón suelto del salpicadero. Ella quería que se estuviera quieto para tratar de olvidar que estaba allí. Como si eso fuera posible.

—¿Cómo sabes que tu hombre está dentro? —preguntó él.

Ella señaló el piso superior.

—Ha pasado ante la ventana de la esquina un par de veces.

—Quizá ya no salga hasta mañana.

—Es posible.

—¿Y si es cierto que se lesionó la espalda haciendo el trabajo?

—Entonces se merece el dinero.

En la calle rugió una moto. Naruto puso el brazo encima de su asiento y le rozó el hombro con los dedos.

—No siempre tienes que ser el vikingo más valiente del barco, lo sabes, ¿verdad?

No debería haberle hablado de la forma en que Hiashi la había educado. Tenía que replegar sus fuerzas.

—No soy una romántica, si es a eso a lo que te refieres. No sueño con tener un marido y una casa llena de mini-yos. Tuve más que suficiente de la vida hogareña aguantando a mi padre mientras crecía. — Además de no poder gemir, llorar o admitir la incertidumbre.

—Es comprensible que tu padre fuera demasiado protector si tenemos en cuenta lo que le pasó a tu madre, pero se equivocó por completo cuando le dejó todo a tu madrastra.

Ella se encogió de hombros como si aquello no fuera nada del otro mundo.

—¿Cómo era tu madre? —preguntó Hinata.

—Una aventurera. Divertida. No demasiado hogareña. Más o menos lo contrario que mi padre. Un poco como tú, pero más dulce.

Ella sonrió. Justo entonces, se abrió la puerta principal de la casa en hilera y surgió un tipo con aspecto nervioso, el rostro huesudo y el pelo por los hombros. Hinata se enderezó.

—Es ese.

Hill se sentó en el porche iluminado y encendió un cigarrillo. Naruto le observó durante un rato con los ojos entrecerrados y luego miró la hora en el móvil.

—Esto es como ver secar una pintura, y apenas son las siete.

—No tenías por qué acompañarme.

—Tenía la esperanza de disfrutar de una persecución a toda velocidad.

Y ella.

Wylie se levantó y estiró. Hinata recogió la Nikon, enfocó y sacó un par de fotografías.

—No es que prueben nada —comentó él.

—A los clientes les gusta saber que te ocupas de su caso.

Wylie estaba terminando el tercer cigarrillo cuando sacó el móvil del bolsillo y lo acercó a la oreja, como si hubiera recibido una llamada. Dijo algunas palabras, lanzó la colilla a la cuneta y comenzó a caminar por la calle, moviéndose demasiado rápido para un hombre con lesiones en la espalda.

Lo vieron subirse a un viejo Corolla gris y Hinata pegó la cámara a la ventanilla y le sacó otra foto mientras se alejaba.

—¿Es ahora cuando viene la persecución a toda velocidad? —preguntó Naruto.

—Quizá la próxima vez.

Hinata era una buena conductora, siempre alerta y ágil con el volante. Naruto se había dado cuenta de eso en el viaje a Canadá. Ella se mantuvo alejada del Corolla, que se dirigía hacia el norte, a pocas manzanas giró en Racine y recorrió la Decimoctava.

Por fin, Wylie detuvo el coche en una calle cortada por obras. Había una tienda de licores y un sitio donde servían tacos, pero poco más. Hinata se detuvo en una zona de carga y descarga, dejó la Nikon a un lado y la sustituyó por el móvil.

—Quédate aquí —dijo mientras abría la puerta del coche—. Lo siento, Naruto, eres demasiado visible.

Odió que ella tuviera razón, pero hacía una noche agradable y había bastante gente en la calle, mucha de la cual podría reconocerle. Aun así, era una zona poco recomendable y no le gustaba que fuera sola. Miró el reloj mientras ella desaparecía detrás de las casetas de la construcción.

Llevaba con ella un par de horas y todavía no le había contado lo que había ocurrido. Necesitaba acabar de una vez en lugar de seguir con el suspense, pero estaba claro cuál sería la reacción de Hinata.

Tamborileó con los dedos en la rodilla sin apartar la mirada de la esquina por la que ella había desaparecido. Sabía lo competente que era, que podía cuidar de sí misma. Seguramente llevaba la Glock en el bolsillo de la cazadora, pero él se sentía como un cobarde sentado en el coche mientras ella se buscaba la vida ahí fuera.

Pasaron unos minutos más hasta que no pudo soportarlo durante más tiempo. Registró el asiento trasero en busca de una gorra de béisbol o cualquier otra cosa que pudiera ayudarle a enmascarar su identidad, pero solo encontró unas gafas de sol de color púrpura.

«A la mierda.»

Se bajó del coche.

Justo en ese momento, ella dobló la esquina. Él volvió a deslizarse en el interior, pero Hinata ya lo había visto.

—Tenía un calambre en la pierna —mintió cuando ella se sentó detrás del volante.

La vio poner los ojos en blanco antes de arrancar el motor.

—Parece que el problema en la espalda de Wylie va mejor —comentó, pasándole el móvil.

Buscó la galería de fotos y descubrió en la primera imagen que había una casa de empeños al lado del bar de tacos. Hill salía de allí cargando con un televisor de unas treinta pulgadas. Incluso a la tenue luz del anochecer, las instantáneas habían capturado todos los detalles.

La forma en que la apoyó en el guardabarros trasero mientras abría el maletero y, más concluyente todavía, cómo se las arreglaba para maniobrar en el maletero sin ningún esfuerzo aparente.

—El prestamista salió para sostenerle la puerta abierta —comentó ella—. Los he oído hablar. Wylie había avisado de que quería un televisor nuevo y le llamaron para decirle que había uno pasado de fecha.

—Caso resuelto.

—Eso parece. —Ella no se mostraba demasiado feliz—. Tenía la esperanza de que durara un par de días.

—Es el precio a pagar por ser bueno en lo que haces. —Le devolvió el móvil—. Hubiera sido mucho más interesante si hubieras tenido que dispararle.

—La vida a veces es muy cruel.

Cuando llegaron al apartamento, ella hizo más fotos a Hill descargando el aparato. Era casi la hora de que Nagato empezara a trabajar, pero Naruto le dijo que se detuviera en un Taco Bell, donde él se ventiló dos menús de burritos de siete capas y ella la mitad de un taco con pan de pita. Incluso con las ventanillas bajadas, el coche olía a chile, comino y lujuria.

Ella se lo había adelantado. Le había dicho que usaba a los hombres con fines sexuales, pero no daba la imagen de devoradora de hombres cuando clavaba en él aquellos ojos del color grisáceos. Sus propios escrúpulos para acostarse con una empleada habían desaparecido convenientemente. Hinata nunca había sido una empleada más. La mitad del tiempo se sentía como si fuera él quien trabajaba para ella.

Ella se limpió una gota de salsa de la barbilla.

—Esta era la idea que tenía Hiashi de la buena mesa. Un menú de Taco Bell y un buen trago. Te habría gustado.

Eso era discutible. Proteger demasiado a una hija con espíritu aventurero al tiempo que la intimidaba había sido una idiotez por parte de Hiashi Hyūga. Naruto metió los envoltorios vacíos en la bolsa.

—No tenía buen gusto en cuestión de fútbol americano.

Ella le brindó su mirada más malvada.

—Los Bears es un equipo de hombres, los monstruos del Medio Oeste, opuestos por completo a las nenazas glamurosas de los suburbios.

—A pesar de que las estadísticas hablan en nuestro favor.

—Las opiniones de Hiashi no siempre se veían apoyadas por hechos.

—Como las tuyas. Te lo juro, como vuelva a verte con una camiseta de los Bears, te la arranco.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, flotando entre ellos. Naruto no pudo soportarlo ni un momento más y se inclinó hacia ella. Hinata se apoyó en él, pero fue solo un segundo antes de apartarse.

—Mientras no me esposes.

Ella era irreverente. Terca, sexy, atrevida, divertida...

Trató de convencerlo para que se fuera a casa, pero él no cedió y ella acabó rindiéndose.

—El pub está a las afueras de Bridgeport —le dijo ella mientras se dirigían al sur por Halstead—.Justo al lado de Bubbly Creek.

—¿De Bubbly Creek?

—No me digas que llevas tanto tiempo viviendo en Konoha y no lo conoces.

—Es que he estado muy ocupado.

—Es el South Fork del río Konoha, pero nadie lo llama así. Hace unos cien años, todas las empresas que envasaban carne en los alrededores de Union Stock Yards vertían allí sus desechos. Hice un trabajo sobre el tema para clase de biología. —Ella se detuvo y lo miró—. Los trabajos eran esas cosas que teníamos que hacer los que íbamos de verdad a la universidad.

Él sacó a paseo su acento de cowboy.

—No sé de qué me hablas. Estaba demasiado ocupado atravesando la ciudad en el reluciente Corvette rojo que me compraron los que me ficharon.

Ella le lanzó una mirada fulminante que hizo que le pareciera tan condenadamente guapa que le habría besado la punta de la nariz si fuera otro tipo de mujer.

—Sigue, ¿Bubbly Creek? —la animó él.

—Los mataderos arrojaban los restos de cadáveres al agua, tripas, sangre, pelo, lo más asqueroso que se te pueda ocurrir, y luego vertían también los productos químicos que usaban en los procesos. Después de un tiempo, el arroyo comenzó a burbujear por la descomposición. Así fue como se le puso el nombre. A veces, el lodo era tan espeso que se podía caminar por encima. El gobierno ha invertido millones de dólares en la limpieza, pero en los días calurosos todavía se pueden ver burbujas.

—La madre naturaleza tarda mucho tiempo en dejar de estar enojada.

—Las mujeres son así. —Hinata detuvo el vehículo en un aparcamiento en ruinas junto a un edificio con un letrero estilo antiguo colgado encima de la puerta.

—Nagato se ha puesto el mundo por montera —comentó ella.

Él supo que era el momento de lanzarse.

—Antes de entrar... Tengo que decirte que hoy fui al club a cubrir un papeleo y, cuando salí, alguien me había cortado los neumáticos.

—¿¡Cómo!?

Había sabido que se pondría hecha una furia, y le demostró que no se equivocaba.

—¿Por qué no me lo has dicho antes?

Porque odiaba admitir que ella tenía razón sobre que los incidentes no eran casuales. Peor que eso, odiaba que alguien estuviera yendo a por él.

—Podría ser una casualidad... —dijo.

—No te atrevas a empezar con eso.

Hinata comenzó a acribillarle a preguntas, como él había sabido que haría. ¿Cuándo había ocurrido? ¿Había algún testigo? ¿Se había visto a alguien merodeando por el callejón?

Él le contó todo lo que sabía, que era exactamente nada. Obito y el personal de limpieza estaban en ese momento en el interior del club. Ninguno había visto nada. No había avisado a la policía.

Ella apretó los dientes de esa manera suya.

—Veamos qué tiene que decir tu amigo Nagato al respecto.

Junto a la puerta delantera había un letrero en el que se podía leer:

FUEGO CARGADAS.

Naruto sospechó que el mensaje no estaba escrito en tono irónico.

El lugar olía a cerveza rancia y a humo de cigarrillo como en los años ochenta. Una larga barra, mesas cuadradas, suelo de linóleo amarillo y pósters en la pared eran toda la decoración existente, mientras los Bee Gees cantando How deep is your love en la máquina de discos amenizaban de forma cuestionable el ambiente.

Ningún cliente levantó la vista cuando entraron. Nagato estaba detrás de la barra, de espaldas a la puerta. Hinata se sentó en un extremo de la barra y cuando Nagato se dio la vuelta, los vio a los dos. El trapo que sostenía en la mano se detuvo en el aire.

—Dos PBR —pidió Hinata, abreviando el nombre de la cerveza Pabst Blue Ribbon y demostrando que estaba acostumbrada a frecuentar pubs.

Naruto no había pedido una Pabst desde que tenía catorce años, pero ese no era el tipo de lugar donde se tomaba la cerveza inglesa de moda.

Nagato les llevó las cervezas. Necesitaba un corte de pelo y encogía el hombro izquierdo como siempre que quería parecer duro. Lo mismo que había hecho cuando lo había despedido.

—¿Han venido a reírse? —Nagato dejó las jarras delante de ellos con un fuerte golpe que hizo caer unas gotas de espuma por encima del borde.

—Tú mismo cavaste la fosa, tío. —Naruto todavía no había superado que le hubiera traicionado.

—Me compraré este lugar en cuanto ahorre lo suficiente —se jactó Nagato—. Lo haré.

—Buena suerte.

Nagato dio un par de golpes en la barra con el trapo.

—Hubo un tiempo en el que me hubieras ayudado.

—Sí, pero ese tren hace tiempo que partió.

Nagato nunca había sabido poner cara de póquer, y apretó los labios antes de mirar a Hinata. —¿Qué haces con ella?

—Soy su nueva novia —replicó ella—. Ha madurado.

Teniendo en cuenta las mujeres con las que había salido en el pasado, eso no era del todo cierto. Pero de alguna manera, ella tenía razón.

Nagato pasó de ella y volvió a centrarse en él.

—¿Sabes qué es lo que echo de menos?

—¿Qué?

—Cuando nos sentábamos a hablar. Eso es lo que añoro.

Naruto se encogió de hombros.

—Parecía que valdría la pena —siguió el barman—, cuando a Konan se le ocurrió la idea. Me dejó justo cuando conseguí este trabajo.

Naruto tomó un sorbo de cerveza.

—Solo tenías que haberle dicho que no.

Nagato soltó una risa amarga.

—Tú eres el que tiene carácter, ¿recuerdas? Yo el que siempre mete la pata.

Hinata dejó la jarra.

—Entonces, Nagato, mientras estabas aquí lamentándote... La semana pasada, alguien atacó a tu antiguo amigo, aquí presente. ¿No sabes nada de eso?

Nagato pareció muy sorprendido. Hizo caso omiso a Hinata y le miró a él.

—¿Lo dices en serio?

Naruto asintió.

Nagato subió el hombro izquierdo.

—¿Crees que fui yo?

Lo miró fijamente, considerándolo.

—Lo cierto es que no.

—Pero yo soy de naturaleza más desconfiada —intervino Hinata—. Me enteré de que te cabreaste mucho cuando Naruto te despidió, así que no estaba fuera de las posibilidades.

Nagato se puso rojo de ira.

—He hecho un montón de idioteces en mi vida, pero jamás haría algo así.

Hinata siguió interrogándolo: ¿Dónde había estado esa noche? En el bar, trabajando. ¿Dónde por la tarde? Durmiendo, sin coartada. Sin embargo, Naruto sabía la verdad. Nagato no estaba detrás de eso.

Si bien Hinata continuó con sus preguntas, él bebió su cerveza cabizbajo. Odiaba eso, no saber quiénes eran sus enemigos. Quería tenerlos controlados donde pudiera verlos, al otro lado de la línea de ataque.


El fútbol europeo no era el deporte favorito de Naruto, pero Shion Mōryō le había invitado al Toyota Park a ver jugar al Konoha Fire contra el D.C. United, y no iba a rechazar la oportunidad. Le gustaba todo lo relacionado con Shion, desde su personalidad a su reputación, todo salvo el tiempo que le llevaba decidirse a ser su socia.

Echó un vistazo a Hinata, que estaba al otro lado del palco para ejecutivos del estadio. Se las arreglaba para estar guapa y sexy con un jersey de brillante color naranja y unos vaqueros ceñidos. Hinata era la fémina menos necesitada con la que se hubiera enrollado, y su relación estaba funcionando mejor incluso de lo que esperaba.

La había invitado a acompañarlo justo después de regresar del enfrentamiento con Nagato la noche anterior. Ella, como había previsto, lo rechazó argumentando que no estaban saliendo y eso sonaba como una cita, pero cambió de idea al instante y aceptó su invitación. Él sabía por qué.

No quería perderlo de vista. Era totalmente enloquecedor y completamente innecesario. Casi le había retirado la invitación, pero no lo hizo. Respetaba la perseverancia sin importar que estuviera equivocada.

Cuando la recogió, ella había dejado caer una bomba. Había aparecido una avalancha de quejas on-line sobre Rasengan, quejas sobre todo por el grosero comportamiento del servicio, de que los vasos estaban sucios y la música era mala, nada de lo cual era cierto. Los comentarios habían tenido cierta repercusión y aunque había comenzado a intentar minimizar su efecto, ella le había advertido que llevaría su tiempo.

Estaba furioso, y ni siquiera que ella le recordara que tenía años de experiencia lidiando con problemas de ese tipo le había aplacado. Hinata no lo entendía. No podía hacerlo. Él tenía una nueva vida y fracasar no era una opción.

Shion se alejó del grupo con el que había estado hablando y reclamó su atención. Esperaba que no hubiera leído aquellas malas críticas. Forzó una sonrisa y se obligó a unirse a ella.


Hinata miraba el campo de fútbol desde las cristaleras panorámicas del palco de Shion Mōryō, pero la acción que se desarrollaba en el campo estaba en un segundo plano ante las piezas del rompecabezas que se negaban a encajar en su cerebro. No lo entendía.

El atraco, el dron y el corte en los neumáticos eran hechos activos. Pero el sabotaje on-line y la denuncia falsa a Inmigración parecía algo más cerebral. ¿Cómo se podía explicar todo eso?

A su espalda, oyó que Shion se reía de algo que acababa de decir Naruto. Parecían hechos el uno para el otro. Shion, alta y esbelta como una bailarina, y Naruto, alto y delgado, con una inmensa confianza en sí mismo. Una pareja de guapos triunfadores que se sentían cómodos con los lujos que su duro trabajo les proporcionaba.

Era evidente que Shion se sentía atraída por Naruto, pero no era agresiva al respecto.

—¿Disfrutando del partido? —preguntó Taruho Parks acercándose a ella.

Durante toda la tarde lo había visto preocupado por Shion. No era agobiante, pero si la mujer necesitaba una bebida, allí estaba él. Si parecía cansarse de una conversación, él intervenía para cambiar de tema. Hinata pensó que le vendría muy bien tener un Taruho Parks en su vida.

—No es como ver a los Bears, pero sí, me gusta —repuso. En el campo, los locales habían disparado sin éxito a la portería—. Es una experiencia agradable.

—Shion también tiene un palco en el Soldier Field, y otro en el Midwest Sports Domo.

Donde jugaban los Stars.

—Una chica nunca tiene demasiados palcos.

Él se rio.

—Los utiliza para los negocios. —Él miró el campo a través del cristal—. Es interesante comprobar que te has convertido en parte del círculo íntimo de Naruto, teniendo en cuenta cómo lo conociste.

Seguramente Taruho andaba a la pesca de información, pero no estaba consiguiéndola.

—Está aburrido, y yo soy una novedad.

El Fire anotó el primer gol, y ella se excusó para ir en busca de un perrito caliente en el buffet.

Todos los presentes querían hablar con Naruto, y no fue hasta la segunda mitad que él pudo acercarse a ella.

—Me acabo de enterar de que Shion Mōryō fue la persona que te contrató para que me siguieras.

Ella se puso rígida.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque me lo ha dicho.

—¿En serio? —Lo dijo en voz demasiado alta, y algunas personas se volvieron para mirarlos, pero Hinata estaba indignada. ¿Después de hacerla jurar que mantendría el secreto y de casi destruir su carrera en el proceso, Shion Mōryō le había soltado la información al señor Ojos Azules?

Fue un respiro que su móvil comenzara a vibrar en ese momento. Lo sacó del bolsillo de los vaqueros y echó un vistazo a la pantalla. ¿Por qué la llamaría Obito?

—Naruto ha apagado de nuevo su teléfono —se disculpó el gerente cuando ella respondió—. ¿Está contigo?

—Sí. ¿Quieres que te lo pase?

—No. Dile que tenemos un gran problema y que tiene que venir aquí de inmediato.


La cocina estaba infestada de cucarachas. Naruto no había visto tantas en su vida. Eran cientos las que se dispersaban bajo la luz recién encendida.

Correteaban por el suelo, por los contadores, por los fogones. Un Obito muy pálido estaba acurrucado en el pasillo, justo delante de la puerta.

—Hemos llamado a un exterminador de plagas, vamos a tener que cerrar por lo menos una semana.

La Mujer Maravilla lanzó una mirada a aquel caos de insectos y se dirigió también hacia el pasillo.

—Me largo de aquí —dijo dándose la vuelta—. Si alguno de esos bichos entra en mi apartamento, eres hombre muerto.


Naruto irrumpió en su apartamento unas horas después. Estaba sentada en el sofá, enroscada sobre el portátil. El exterminador ya estaba haciendo su trabajo en la planta baja, pero Obito tenía razón.

Rasengan debía permanecer cerrada una semana. Exactamente siete días más de lo necesario.

—Será mejor que te hayas sacudido bien la ropa antes de venir aquí —le saludó ella.

Él atravesó la estancia.

—Menuda guardaespaldas estás hecha.

—No soy tu guardaespaldas, ¿recuerdas? Y he estado haciendo lo que tenía que hacer.

—¿Ocultarte de los bichos?

Ella se estremeció.

—No es que esté orgullosa de mí misma.

Ahí estaba otra vez. Esa negación a defenderse ante cualquier cosa que percibía como una debilidad personal.

—He estado haciendo algunas averiguaciones —le dijo mientras él caminaba—. Se pueden comprar cucarachas a cientos por internet. ¿Sabías que sus cabezas cortadas pueden sobrevivir si están en la nevera? Es solo unas horas, pero es posible.

—No lo sabía. Y me gustaría no saberlo.

—Mañana voy a intentar localizar algún distribuidor, pero descubrir quién realizó el pedido es una posibilidad remota. Incluso las venden en Amazon.

Pero su mente no estaba en Amazon, y tampoco la de ella.

—Con Nagato fuera del mapa —comentó Hinata—, los dos sabemos quién es el sospechoso más lógico.

No le preguntó a quién se refería. Lo sabía.

La vio cerrar el portátil y ella clavó allí la vista durante un momento antes de frotarse los ojos.

—Está en Miami.


Nota:

Bubbly Creek significa «Arroyo Burbujeante».