16. El Anillo de la Super Bowl.
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
South Beach era un carnaval de palmeras durante las veinticuatro horas del día; rock latino; edificios art déco del mismo color que los huevos de Pascua; y paseando a lo largo de Ocean Drive muchas mujeres bien formadas, con el pelo largo, pendientes de aro del tamaño de pulseras y tangas de colores que se transparentaban con los ceñidos pantalones cortos blancos.
Naruto y Hinata llegaron a primera hora de la tarde del día siguiente al hotel Setai, en la elitista Collins Avenue, donde Naruto había reservado una suite por la que pagaría cada noche dinero suficiente para que ella se comprara un juego de neumáticos nuevos y un ordenador portátil.
El príncipe Toneri había dejado Londres con destino a Miami tres días antes en su yate de ciento cincuenta metros de eslora. Ella había querido ir sola a verlo, pero Naruto se lo había prohibido taxativamente, señalando que no podría llegar hasta Toneri sin él. Hinata había tratado de disuadirlo, pero Naruto no era hombre que se escondiera de sus enemigos, y ella no podía obligarlo a que se comportara así de corazón.
Naruto no tuvo problema para conseguir una invitación al yate y, justo un mes después del día que la contrató para vigilar el club, se encontraban en la ciudad que había visto crecer a Naruto profesionalmente.
Cada uno de los botones del hotel y de los vendedores de comida ambulantes lo recibieron como a un hijo pródigo. Hinata hizo todo lo posible para permanecer en un segundo plano y la horrorizó darse cuenta de que una parte de ella quería gritarle al mundo que era su amante.
Mientras él entrenaba en el gimnasio del hotel, ella contempló la vista del océano a través de la enorme cristalera que había en la habitación y se cambió la ropa de viaje por uno de los vestidos que había adquirido en una visita relámpago a la tienda. Iban a reunirse con algunos de los ex compañeros de Naruto para cenar, una invitación de la que había intentado escaquearse sin éxito.
—Solo voy a fingir que soy tu novia mientras estemos mañana en el yate —le había recordado ella—. Esta noche estarás con tus viejos colegas del equipo, no necesitas una novia falsa.
Por alguna razón, eso lo había irritado.
—No eres una novia falsa. Estamos durmiendo juntos.
—Un detalle sin importancia.
—Vas a acompañarme —replicó él.
Ella salía del cuarto de baño de lujo de la suite justo cuando Naruto regresaba del gimnasio. Hinata había vuelto a sentirse culpable una vez más. Si no lo hubiera convencido para ayudar a Ayame a escapar, él no se encontraría en esa situación.
Naruto se detuvo en la puerta de la suite y la miró.
—¿De dónde has sacado eso?
Ella lanzó un vistazo a su ropa, un vestido rosa muy corto que resultaba bastante sexy.
—¿Qué tengo de malo? —Los tirantes que se cruzaban en la espalda no se habían torcido y las pulseras de plata ocupaban el lugar adecuado en su muñeca. Se había maquillado de forma correcta y las zapatillas de deporte que llevaba en el avión habían sido reemplazadas por unas sandalias.
Incluso se había peinado con lo que le quedaba en un tarro de gel para cabello. Entonces ¿qué más daba si había comprado el vestido en H&M en vez de en una de esas boutiques tan ridículamente caras?
—No tienes nada malo —aseguró él, caminando a su alrededor—. Creo que el mundo está a punto de acabar. Pareces muy femenina.
Él era uno de esos inusuales hombres dispuestos a poner su vida en peligro para encontrarse con un poderoso príncipe que podía estar esperando la oportunidad de devolvérsela, pero cada vez que ella trataba de disculparse por ponerlo en una situación tan peligrosa, él parecía molesto, por lo que le lanzó su mirada más borde.
—Tú más que nadie deberías saber que soy muy femenina.
—No con la ropa puesta. Al menos en la mayoría de las ocasiones.
Apreció su puntualización.
—Sé combinar la ropa, igual que sé cocinar. Pero prefiero no hacerlo.
—Por culpa de Hiashi Hyūga.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Solo por curiosidad, ¿alguna vez te dijo que eres muy guapa?
—¿Por qué iba a hacerlo? —No le gustaba la forma en que él la estaba observando, como si hubiera descubierto algo que ella no sabía—. Tengo que resultar al menos tan atractiva como una de tus fans. Es difícil, lo sé, pero...
—No es nada difícil.
Aquella conversación estaba poniéndola nerviosa.
—Esta ropa es estrictamente de trabajo, y supone un gasto extra. Así que cuando termine mi labor, será toda tuya. Con excepción de las sandalias. Y las pulseras, que son un regalo de un antiguo novio que no me conocía bien.
—Evidentemente, no. —Vio que Naruto olfateaba el aire como si hubiera percibido un olor que no le gustara—. ¿Te has puesto perfume?
—Una muestra que venía en una revista.
—Pues déjala estar entre las páginas. Tú hueles muy bien sin nada.
Igual que él, incluso después de entrenar; olor a sudor masculino en un cuerpo limpio. Quiso despojarlo de la camiseta sudada y arrastrarlo al dormitorio.
Él la miró pensativo.
—Si soy el propietario de ese vestido, significa que puedo arrancártelo cuando quiera, ¿verdad?
—Supongo que sí. Aunque te agradecería que esperaras hasta que terminara el trabajo.
—Eso —dijo él— va a ser difícil.
Hinata bajó la vista.
—Entiendo.
Él sonrió, pero la culpa que ella llevaba sobre los hombros empañó su propia diversión. Debería haber encontrado la forma de ayudar a Ayame sin tener que recurrir a Naruto.
—Basta ya, Hinata —ordenó él, que volvía a parecer irritado—. No me obligaste a hacer nada que no estuviera dispuesto a hacer.
—Lo sé —repuso con demasiada vehemencia.
Él arqueó una ceja, leyéndole la mente de una manera que nadie más había sido capaz de hacer.
Hinata tomo el celular de Naruto.
—Uno de los sirvientes del príncipe llamó mientras estabas fuera. Era para concretar cuándo nos enviarán la barca para subir mañana al yate.
Naruto se quitó la camiseta.
—Inaceptable. No voy a permitir que ese imbecil me diga cuándo tengo que subir y bajar de su barco.
—Exacto. Por eso he dispuesto alquilar nuestra propia barca.
—Claro que sí. —La levantó del suelo, por lo que los dedos de sus pies dentro de las sandalias quedaron sobre la punta de sus zapatillas de deporte. El beso, largo y profundo, destruyó la mayor parte de su maquillaje, y el vestido rosa pronto se convirtió en un charco en el suelo. Él quería llevarla a la ducha, pero ella lo arrastró hasta el dormitorio.
Hicieron el amor... No, no era amor. Y aunque no se oponía a usar —bien usada— la palabra con F, lo que hicieron tampoco fue eso. Simplemente tuvieron... sexo —mucho sexo— en una cama con vistas al mar, lo que hacía que la habitación se convirtiera en un nido de águilas sobre el océano.
Quería seguir desnuda durante el resto de la noche. Y, al parecer, él también quería, porque tuvo que darle una patada para que saliera de la cama.
Si sus compañeros de equipo se sorprendieron por ver a Naruto con una mujer que no había aparecido nunca en el programa de cotilleos sobre celebridades TMZ, no lo demostraron. Él la presentó abiertamente como una detective privada que había contratado para investigar la mala conducta de los empleados del club.
Eran un grupo entretenido. Hinata se sentía cómoda con los hombres de ese tipo, y también con sus mujeres, que mostraron una sincera curiosidad hacia ella y hacían un gran esfuerzo por incluirla en sus conversaciones.
Dado que la mayoría eran madres, la charla se centró en los hijos, pero a Hinata le gustaba ver las fotos de niños en los móviles. Al mismo tiempo, se sentía más que agradecida de no tener sus propias fotos que mostrar..
Naruto la tocaba con frecuencia, poniéndole el brazo sobre los hombros, rozándole el lóbulo de la oreja. Y a ella le gustaba demasiado. Hacía que se preguntara si... Cuando la relación terminara, ¿sería posible mantener aquella amistad?
Quizá podrían verse de vez en cuando para tomar comida mexicana o ver un partido de los Blackhawks. Sabía que acabaría echando de menos el mejor sexo que hubiera tenido nunca, pero ¿y si echaba todavía más de menos su amistad?
Era demasiado deprimente pensarlo.
La barca que habían contratado los recogió la tarde siguiente para llevarlos al yate del príncipe. Este era una fortaleza del océano con cuatro cubiertas, un helipuerto y un casco tan negro como el de Darth Vader, y cuanto más se acercaban, más nerviosa se ponía. Naruto, sin embargo, tenía los ojos entrecerrados como si estuviera muy concentrado.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Un administrador, que se presentó como Malik, les dio la bienvenida con un café con esencia de cardamomo y dátiles.
—Les mostraré su camarote. Se pueden cambiar allí el bañador, si lo desean. Su alteza no tardará.
En el camino a la segunda cubierta, Malik les indicó la dirección a la piscina, la sala de cine y el gimnasio donde, según les aseguró, los invitados podían encontrar una amplia gama de calzado y ropa para entrenar.
Al pasar por el salón principal, de donde partía la gran escalera que conducía a los aposentos privados del propietario, en la cubierta superior, mencionó también las saunas, la peluquería y la sala de masajes.
Su camarote tenía amplios ventanales al mar y suficiente oropel como para cubrir una catedral.
—Ni siquiera tú eres lo suficientemente rico como para comprar uno de estos barquitos —comentó ella, sin disimular su alegría—. ¿Verdad?
—Es difícil de decir. —Naruto miró con disgusto a su alrededor—. Está bien para un par de días, pero me gusta sentir la suciedad bajo los pies.
—Y saliendo de tu boca.
Sus juegos previos en la habitación habían sido un festival de guarradas verbales, y él se lo recordó rozando la curva de sus pechos con los nudillos.
Después de ponerse el traje de baño, Hinata se rodeó la cintura a modo de pareo con una bufanda de rayas de cebra que había encontrado en la bolsa de disfraces. Él miró de arriba abajo cada centímetro de piel que dejaba al descubierto, antes de bajar los ojos al brillante bolso amarillo que ella no perdía de vista.
—¿Qué es todo lo que tienes está ahí dentro? —preguntó él con recelo.
—El último número de Cosmo y un rizador de pestañas, ¿qué te parece?
Él le lanzó su mirada matadora.
—Creo que deberías calmarte un poco.
—Preocúpate de ti mismo.
—Ojalá fuera así de simple —murmuró.
Se dirigieron hacia la cubierta donde estaba la piscina. Media docena de prístinos toldos en forma de vela protegían del sol los mullidos sofás blancos y las tumbonas. En las mesas había platos llenos de frutas tropicales, quesos, tostadas, nueces y salsas de aspecto exótico, mientras que en la larga barra había muestras de todas las variedades de licores prohibidos en el Reino.
Malik surgió de la nada para preguntarles qué les apetecía beber. Naruto pidió una cerveza, pero Hinata optó por un té helado.
Naruto resultaba desagradablemente increíble con unos pantalones cortos de color verde oscuro que hacían que sus ojos parecieran doblones piratas. Mientras se dirigían hacia la piscina, se quitó la camiseta, dejando al descubierto aquel torso que ella adoraba, no solo por sus impresionantes músculos, sino también porque estaba salpicado de vello suficiente para que pareciera un hombre de verdad en lugar del modelo de una revista masculina con la piel aceitada.
Lo miró con envidia mientras realizaba una elegante inmersión en la piscina. Su traje de baño nuevo era técnicamente de una sola pieza, pero con dos cortes diagonales; una v a la altura de la banda superior y otra en la parte baja, por lo que no se sentía lo suficientemente segura como para arriesgarse a lanzarse al agua.
Hubiera preferido algo más funcional, pero no imaginaba que ninguna de las amigas de Naruto se preocupara por la parte práctica de una prenda. Y ella estaba haciéndose pasar por una. Por una amiguita de Naruto.
Una gran inquietud se le instaló en la boca del estómago. Ser la novia de alguien implicaba que mantenía una relación, quizá con algún tipo de expectativa. Pero eso no era lo que pretendían. Era la pareja sexual de Naruto, su investigadora, su guardaespaldas, quisiera él reconocerlo o no. Y se hacía pasar por su novia.
Naruto salió de la piscina a la cubierta y un montón de riachuelos de agua se deslizaron por sus tensos músculos. Ella quiso lamerlos, pero se limitó a ponerse las gafas de sol en la parte superior de la cabeza y a fruncir los labios.
—Esa inmersión no pasa de un seis con tres como mucho.
—Ya veremos si lo haces mejor.
Así era todo entre ellos. Retos y competencia. Ninguno dispuesto a ceder un milímetro.
Un helicóptero sobrevoló por encima de ellos, y muy pronto un jet negro de Airbus aterrizó en el helipuerto de proa.
El príncipe se reunió con ellos media hora más tarde acompañado de tres jóvenes —muy, muy jóvenes— bellezas con los biquinis más minúsculos del mundo. Las niñas se retiraron al otro lado de la piscina sin hablar, ni a él ni entre ellas.
Hinata había visto alguna fotografía del príncipe, pero el pelo teñido platinado le hacía todavía menos apetecible en persona. Una llamativa cresta dorada decoraba el bolsillo de su camisa deportiva blanca, y las bermudas dejaban al descubierto unas piernas flacuchas como patas de paloma. Incluso a seis metros de distancia se podía oler el pesado almizcle de su colonia.
El príncipe saludó a Naruto de forma efusiva, lo que podía significar que todavía no se había dado cuenta de que le había entregado un anillo falso o que era un buen actor. El antiguo quarterback le dio una fuerte palmada en la espalda que suavizó con su sonrisa de chico bueno y el acento de Oklahoma.
—Le aseguro que me alegro de verle de nuevo, Su Alteza. Sin duda tiene un barco muy bonito.
El príncipe lo miró a través de los cristales polarizados de las gafas de sol, oscuros por arriba y claros por abajo.
—Como puede ver, ya no es nuevo.
—Le aseguro que para mí tiene buen aspecto.
—¿Sus amigos no han podido venir?
—No. Uchiha acaba de tener otro niño, y Sarutobi debía hacer algo con su esposa. —El tono de burla de Naruto parecía deletrear su disgusto hacia cualquier hombre que antepusiera las necesidades de una mujer ante las propias.
—Eso es imperdonable. —El príncipe se rio entre dientes—. Dígame, amigo mío, ¿ha disfrutado de mi pequeño regalo? ¿Fue tan dulce como esperaba?
A Naruto le llevó un momento comprender a qué se refería y apretó los dientes con desagrado. Hinata intervino antes de que entrara en erupción.
—Su Alteza —aventuró con demasiada efusividad—. Me siento muy honrada de conocerlo. —Se inclinó hasta tocar el pareo de rayas de cebra en una reverencia que, con toda seguridad, habría divertido a Naruto si no estuviera tan irritado.
El príncipe se dirigió a ella en un grado de arrogancia que indicaba el favor que estaba haciéndole al hablarle.
—Señora. Espero que encuentre cómodo mi barco.
—¡Oh, sí! Es realmente impresionante.
Su alteza volvió a concentrarse en Naruto, olvidando ya su existencia.
—Por favor, Naruto, siéntese conmigo. Nuestro último encuentro fue demasiado corto. ¿Recuerda aquel partido contra los Titans en el que perdió el balón en la línea de treinta y cuatro yardas? Estuve mirando la grabación, y para mí está claro lo que hizo mal.
Hinata quiso volarle la cabeza, pero su amante con voluntad de hierro había recuperado el control, por lo que ella se acercó a las niñas-mujeres.
Eran todas piernas y pechos, ágiles y perfectas, incluso sin el recargado maquillaje de sus ojos, las cadenas que rodeaban sus caderas o las elaboradas manicuras que hacían que sus manos fueran tan inútiles como los pies de las mujeres de la aristocracia china. No parecían muy interesadas en hablar entre sí, pero respondieron a las preguntas que les formuló.
Dos eran de Miami y la tercera de Puerto Rico.
Una de ellas se acababa de graduar en el instituto, otra estaba sacándose la secundaria para adultos y la tercera se había plantado en primero de carrera. Se habían conocido tres días antes, cuando uno de los sirvientes las vio en la playa y les ofreció ser las «invitadas» del príncipe esa semana, a cambio de mil dólares al día por dedicarle su tiempo.
Las tres miraron con envidia a Naruto. Hinata podía palpar su curiosidad sobre cómo alguien que no era tan flexible o perfecta como ellas había logrado atraer la atención de ese espécimen.
—A los dos nos gustan los deportes —dijo ella, como si eso lo explicara todo.
—A mí también me gustan —intervino la que se llamaba Cierra con cierta melancolía.
—Pensaba que conocer a un príncipe de verdad sería emocionante —confesó la belleza de Puerto Rico —, pero es un poco aburrido.
—No lo puede hacer sin pornografía —aseguró la que se acababa de graduar en el instituto en un susurro.
Hinata no quería conocer los detalles de la vida sexual de aquel odioso príncipe y decidió intentar averiguar lo que le interesaba.
—A Naruto parece caerle bien —mintió—. Incluso le entregó su anillo de la Super Bowl.
La que había conseguido graduarse en secundaria para adultos puso los ojos en blanco.
—Lo sabemos. Se jacta de ello.
—¿En serio? —¿Quería eso decir que todavía no había descubierto que era una falsificación? Hinata fingió ajustarse las gafas de sol—. No lo lleva puesto. Creo que es demasiado pesado.
La chica se encogió de hombros.
—Tiene las manos pequeñas —explicó Cierra.
—Lo tiene pequeño todo —apostilló la otra rubia.
Se rieron como si fueran cortesanas experimentadas.
—Me lo puso anoche en el dedo gordo del pie —anunció Cierra.
—Apuesto a que encajaba mejor aquí que en su dedo flaco —se rio la morena.
—Me dijo que iba a tener que adaptarlo —añadió Cierra con un bostezo—. Como si me importara. Hinata disimuló ajustándose los tirantes del traje de baño. Así que el príncipe no sabía que no era el de verdad. Sin embargo, en cuanto lo viera un joyero, le transmitiría sin duda esa información.
Las chicas volvieron a guardar silencio, y ella trató de ordenar sus pensamientos. Si el príncipe pensaba que el anillo era bueno, no podía ser la persona que amenazaba a Naruto.
Pero ese anillo falso seguía siendo una bomba en potencia. Naruto debería haber sobornado al príncipe de otra manera, pero no, se consideraba invencible.
Se levantó de la silla. Ciñéndose el improvisado pareo alrededor de la cintura, se acercó a los hombres. Le complació interrumpir la conferencia que estaba dando el príncipe sobre el juego de los quarterback y cómo debían pasar al receptor, un error que Naruto había corregido, sin duda, antes de acabar la secundaria.
Su amante tenía puesta su cara de póquer. Le tocó el hombro.
—Voy a aprovechar el gimnasio. Nos vemos más tarde.
Él la miró con desconfianza, pero como acababan de ponerle delante el almuerzo, no podía excusarse con facilidad para ir con ella.
En cuanto estuvo fuera de su vista, Hinata pasó de largo ante el gimnasio y se deslizó por la escalera. En la parte superior, se topó con un miembro uniformado de la tripulación. Sonrió, solo era una de las invitadas explorando el yate.
—No puedo creer que tengas la suerte de trabajar aquí. Todo es tan bonito...
—Sí, señora.
—¿Es cierto que hay una discoteca en el barco? Me parece increíble. Me encantaría verla.
—Está en la tercera cubierta. La llevaré hasta el ascensor.
—¡Oh, no! La encontraré yo misma. Quiero ver primero el salón. ¿Quién sabe cuándo volveré a tener oportunidad de visitar otra vez un barco como este?
—Como desee. —Hizo un gesto señalando la popa.
En el salón principal, otro miembro de la tripulación pasaba el aspirador a la alfombra persa más grande que ella hubiera visto en su vida, echando a perder cualquier posibilidad que tuviera de acercarse sigilosamente a la escalera principal que llevaba a las estancias privadas del príncipe en la cubierta superior.
El hombre apagó el aparato y se inclinó con cortesía. Hinata balbuceó algo sobre lo fantástica que era la nave y, finalmente, se dirigió hacia el ascensor. No había ningún botón que llevara a la cubierta superior, así que pulsó el que conducía a la tercera.
Daba a una sala triangular con una pequeña pista de baile, una bola de discoteca y vistas al mar. Una puerta junto a la barra llevaba a un pasillo más largo, donde descubrió una puerta por la que se accedía a unas escaleras de servicio para comunicar las cubiertas.
Cuando puso el pie en el primer peldaño, oyó a alguien en el hueco de la escalera de abajo, así que corrió hacia arriba lo más silenciosa que pudo para salir, finalmente, a un pasillo para la tripulación, por suerte vacío, que tenía acceso a la cuarta cubierta.
Una puerta en un extremo comunicaba con una pequeña cocina. Pasó a través de ella para llegar a un comedor y de este accedió a un salón dominado por una pantalla gigante de televisión. Oyó voces a su espalda, y se precipitó a la puerta más cercana: el dormitorio del príncipe.
Estaba tan decorado que casi resultaba cómico, pero el espejo que había en el techo, encima de la cama, hacía desaparecer cualquier diversión. Detrás, las voces se acercaron más, hablando en un lenguaje que no podía entender. Se lanzó hacia lo que esperaba que fuera un armario.
Resultó ser poco más que un nicho profundo donde había bastidores llenos de zapatos. Se apretó en el pequeño espacio entre los estantes y la puerta. La oscuridad era espesa y claustrofóbica, con un intenso olor a almizcle, cuero y algo dulzón.
Las voces estaban ahora en el dormitorio. Los bordes de los estantes se le clavaban en la espalda. Si abrían la puerta del zapatero, la verían al instante, y, si eso ocurriera, podría acabar muerta en medio del océano.
Naruto acabaría entonces mucho más irritado.
Naruto rechazó el cigarro que le ofreció Toneri. ¿Dónde diablos se había metido Hinata? No estaba en el gimnasio, eso seguro. Los entrenamientos de esa mujer consistían básicamente en unas flexiones y un par de vueltas alrededor de la manzana.
Ese viaje estaba siendo una colosal pérdida de tiempo. Toneri se había dedicado a jactarse de lo bien que le había salido la jugada al cambiar a una insignificante criada por el anillo. Aunque podía haber hecho muchas cosas reprobables, el príncipe no estaba detrás de él.
Lo vio sacar un cigarro del joyero que había sobre la mesa y señalar a las tres mujeres que se solazaban en la piscina como si fueran objetos inanimados.
—No dude en disfrutar de ellas, amigo mío. No son tan jóvenes como parecen gustarle, pero sí muy flexibles.
Naruto sabía que tenía que contenerse. Aquellas chicas apenas tenían dieciocho años. Pero por muy satisfactorio que fuera dar su merecido a ese degenerado, necesitaba borrarlo para siempre de su vida y que Hinata dejara de darle la lata con el dichoso anillo.
—Me temo que mis días salvajes han pasado a la historia —dijo—. Estoy a punto de convertirme en un hombre casado.
—Desde luego, los estadounidenses siempre igual... —repuso Toneri con diversión—. Resulta tan provinciano.
—Parece mi amigo Pete. Nada logra que ese tipo siente la cabeza. Y cree que nadie debería hacerlo.
—Es que esa no es una opción para la mayoría de nosotros —le confió el príncipe soltando una fina estela de humo.
Naruto sintió lástima por las esposas de Toneri.
—Sí. Pete es todo un personaje. Supongo que, técnicamente, se le podría considerar un mercenario.
—¿Un mercenario? —Aquello despertó el interés del príncipe.
—Ha luchado en África, Oriente Medio, ¿y quién sabe dónde más? Posee un verdadero talento para los explosivos. Y cuanto más grande sea el objetivo, mejor. —Se inclinó hacia Toneri—. ¿Sabe? Una vez hizo volar un barco de este tamaño en pleno golfo de Adén. —Forzó una sonrisa—. Ese es el tipo de amigo que a uno le gusta tener a su lado. Si alguien me tocara un pelo, Pete se encargaría de esa persona antes de que cante un gallo. Es un chiflado, pero su lealtad es admirable.
Mientras Toneri le escuchaba atentamente, Naruto continuó exaltando las habilidades destructivas del inexistente Pete, junto con su inusitada lealtad hacia los amigos.
El príncipe no era hombre de captar sutilezas, y Naruto tenía que esforzarse para que recordara esa conversación si descubriera que le había dado un anillo falso. Cuando sintió que había llegado lo suficientemente lejos, empujó la silla hacia atrás.
—Ahora, si me disculpa, voy a asegurarme de que mi prometida no se ha perdido.
Al príncipe no le gustó perder su atención, pero Naruto ya había hecho el trabajo y lo demás le daba igual. Hizo un gesto a las mujeres que lo observaban desde las tumbonas justo en el momento en que reapareció Hinata. Tenía las mejillas encendidas y respiraba más rápido de lo normal.
—Así que ya estás aquí, cariño. —Sacó el celular y envió un mensaje de texto al propietario de la barca —. Sé que estás pasándolo en grande, pero tenemos que regresar ya.
—¿De verdad? —La forma en que convirtió las palabras en un gemido le indicó que ella estaba tan dispuesta como él a salir de aquel yate de locos.
—Tenemos una reunión con la organizadora de bodas —le dijo—. ¿No lo recuerdas? Ella no se inmutó, salvo porque entrecerró un poco los ojos.
—Ya sabes que prefiero que nos fuguemos. Pero, claro, tú quieres las palomas, las rosas y las niñas con flores.
Él no pudo evitar sonreír. Había tenido suficiente contacto con Toneri para toda una vida, así que arrastró a Hinata hasta la piscina, donde tenía intención de estar con ella hasta que llegara la barca
No pudieron hablar en privado en la barca, y en cuanto llegaron al Setai, Hinata intentó escabullirse.
—Necesito moverme un poco. Iré a dar un paseo por la playa. Nos vemos más tarde. —Se alejó de él, con el vestido silbando alrededor de sus muslos.
Él la retuvo con el brazo antes de que pudiera llegar a la acera.
—Un paseo me parece una buena idea. Te acompaño.
—No es necesario —dijo ella con descaro—. ¿Por qué no llamas a alguno de tus amigos?
—¿Por qué no quieres que te acompañe?
—Da igual. De todas formas, se me han ido las ganas de pasear.
—Genial, ya que no ibas a ir a ninguna parte. —La condujo hacia el hotel, pero de camino al ascensor la hizo cambiar de dirección. Naruto sabía que cuando la tuviera cerca de una cama, ella le haría olvidar que necesitaban hablar, así que la llevó a un rincón donde poder sentarse.
El patio de inspiración asiática del Setai era un lujoso oasis en calma, el olor a esencia a limón flotaba en el aire y los sofás bajos parecían flotar en el agua poco profunda del sereno estanque. A excepción de las bien cuidadas palmas y el centro con naranjas a cada lado de la mesa, el espacio era una composición en tonos grises, del carbón al perla.
Los únicos sonidos provenían del lejano murmullo de voces y el tranquilo goteo del agua corriendo, pero ni siquiera la paz reinante podía convencer a Hinata de que aquello iba a salir bien.
Naruto se acomodó en su lado del sofá.
—Teniendo en cuenta la inutilidad del viaje, no veo lo que tratas de evitar. ¿Por qué no lo escupes?
¿Qué es lo que no me quieres contar?
—No ha sido tan inútil —repuso ella con lentitud—. Hemos eliminado a uno de los sospechosos. Que el príncipe siga mostrando el anillo significa que no tiene ningún motivo para atacarte.
—Sin embargo, te has esfumado.
—Quería echar un vistazo.
—¿Adónde?
Había hecho lo que debía, pero él no lo vería de esa manera, y ella comenzó a sentir dudas.
—A la habitación de Toneri. Me puso los pelos de punta.
Él se incorporó.
—¿Has ido al dormitorio del príncipe? ¿Donde cualquiera podría haberte visto?
Ella se encogió de hombros. El momento en el que estuvo atrapada en aquel claustrofóbico zapatero, con el borde de los estantes clavado en la espalda, había sido aterrador. Por suerte, había dado con lo que estaba buscando antes de que los miembros de la tripulación regresaran.
—Tiene cosas repugnantes en la habitación.
—Deja de escaquearte.
Hinata metió la mano en el bolso y sacó la bufanda de rayas de cebra que había utilizado como pareo. Él la observó mientras lo desdoblaba con cuidado. Dentro estaba el anillo falso.
Él se sentó derecho.
—¿Qué haces con eso?
El patio ya no estaba tan tranquilo, pero se recordó a sí misma que lo que había hecho era lo mejor.
—Una de las chicas me dijo que estaba pensando en adaptarlo a su dedo. Cualquier joyero se habría dado cuenta de inmediato de que no es de verdad y se lo habría dicho. Así que me lo llevé. Toneri podrá ser una comadreja, pero es una comadreja con fondos ilimitados, y no puedes tener esa espada colgando sobre tu cabeza durante el resto de tu vida.
Él la miraba como si hubiera llegado de otro planeta.
—¿Le has robado el anillo?
—Tenía que hacerlo.
Él parecía más horrorizado que enfadado.
—¿Eres consciente de que si no imagina que eres la responsable va a culpar a una de esas chicas o a algún miembro de la tripulación? ¿Te haces una idea de lo que podría hacerles?
—No hará nada.
—Eso no lo sabes.
—Sí, lo sé. —Se obligó a mirarlo a los ojos—. He... He dejado un sustituto.
—No te entiendo.
—He dejado el de verdad —dijo apresuradamente.
Él ladeó la cabeza.
—No podías tenerlo. El anillo de verdad está en mi caja fuerte.
Ella no dijo nada. Solo permaneció allí y dejó que se imaginara el resto.
—Hinata... —Su voz era como un tsunami lento que avanzaba sin descanso hacia la orilla.
—Tenía que poner fin a esto. Neutralizarlo.
—Entonces...
Ella respiró hondo.
—Busqué el falso y lo sustituí por el de verdad.
El tsunami golpeó la costa.
—¡Has reventado mi caja fuerte!
—Bueno, no técnicamente. —Hiashi le había enseñado los principios de las cajas de seguridad, cómo trabajaban los múltiples mecanismos internos y las ruedas que los movían. Cuando cumplió quince años, lo habían celebrado abriendo una caja fuerte, y la de Naruto solo había requerido un poco de paciencia. El número había resultado ser la combinación de las cifras que llevaba en la camiseta en el instituto, en la universidad y como profesional. La había abierto y cerrado antes de que él hiciera el café—. Tu combinación es muy fácil.
—Te metiste en mi caja fuerte y me robaste el anillo de la Super Bowl. —La incredulidad estaba impresa en cada palabra—. Después lo llevaste al yate de ese imbécil, te colaste en su dormitorio y lo cambiaste por la copia. ¿Es eso?
—Nunca lo usas —se disculpó ella, más insegura a cada segundo de lo que había hecho—. Quería hacer las cosas bien, Naruto. No sabía cómo, pero lo hice. Tenía que parar esto por tu propio bien.
—Yo ya lo había solucionado. —Él se levantó del sofá, se alejó un paso y luego regresó de nuevo a su lado—. Mientras estabas llevando a cabo ese allanamiento de morada, yo lo estaba neutralizando. ¡Y lo hice sin entregar mi anillo!
—¿A qué te refieres con que lo estabas neutralizando?
Se lo contó. Escupiendo las palabras, poniéndola al tanto de su inexistente amigo mercenario y la amenaza implícita que le había dejado caer. Más furioso con cada palabra.
—Te has pasado tanto de la raya que estás en otro universo.
—Naruto, yo...
Él se inclinó hacia delante hasta que sus narices casi se rozaron.
—No tienes ni idea de lo que pasé para ganar ese anillo. Los entrenamientos, dos cada día. Las cirugías. Ver las grabaciones de las jugadas a las cuatro de la mañana, antes de que las viera nadie más. Los rapapolvos de los entrenadores. ¡Estudié las putas lecciones de termodinámica!
—Yo no...
—Me gané ese anillo con más sangre, sudor y lágrimas que puedas imaginar. —La ferocidad que estaba desencadenando había erigido su leyenda, pero nunca se la había imaginado desatada sobre ella—. He jugado a cuarenta grados y con tanto frío que no sentía las manos. ¿Sabías lo que hacía para estar preparado para jugar cuando hacía tanto frío? Metía las manos en agua helada y las mantenía allí para poder acostumbrarme a la sensación. Y sonreía mientras lo hacía, y ¿sabes por qué? Porque quería ganar. ¡Porque quería que mi vida significara algo!
Ella se puso en pie con el corazón en la garganta. —Sé que...
Él se alejó corriendo, dejándola sola en mitad de aquel pacífico patio que olía a naranjas y limón.
Nota:
¿Sabías que?
Cada jugador recibe un anillo de campeón. Estas joyas suelen realizarse en oro blanco y diamantes, e incluyen nombre del equipo y edición del Super Bowl. La NFL costea 150 anillos para cada equipo, con un coste aproximado de 5000 dólares la unidad. La franquicia vencedora puede regalar anillos a quien quiera, repartiéndose entre cuerpo técnico, jugadores, personal y directiva. En caso de que quieran regalar anillos de más, el equipo asume el coste de cada unidad extra.
La tradición de los anillos del Super Bowl, Proviene del rey de los deportes comenzó la historia al entregar un anillo a cada jugador ganador de la Serie Mundial de 1922. Cuando los Gigantes de Nueva York vencieron a los Yankees. Se extendió a otros deportes, pero llegaría al Super Bowl en su primera edición: 1967. Siendo para los Green Bay "Packers", que se impusieron a Kansas City.
Los primeros anillos se entregaron en 1950 para los ganadores de la AFL y NFL antes de fusionarse y crear la NFL como la conocemos actualmente.
Continuará...
