17. Cucarachas
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Las copas en aquel bar eran baratas, los turistas, escasos. La gente no parecía interesada en la mujer que, sentada en la esquina con la mirada perdida, atendía a un partido de fútbol europeo televisado que se desarrollaba en algún lugar del mundo. Eran las dos de la madrugada. Aunque se le habían acercado algunos hombres, Hinata les había lanzado una mirada tan torva que se habían alejado con rapidez, dejándola sola.
Estaba más hundida que nunca, y se dedicaba a hacer lo que hacían todos los detectives del mundo cuando tocaban fondo: emborracharse.
No debería haber tomado su anillo. Y no lo habría tomado si hubiera sido lo suficientemente inteligente como para idear otro plan. Pero no había sido inteligente, no tanto como él. Menuda detective estaba resultando ser. Y ahora se encontraba allí, ahogando su ineptitud en alcohol.
Terminó la tercera copa y pidió la cuarta. Estaba bebiendo a la antigua, pero sin cereza ni naranja, solo whisky puro, de los ásperos y amargos que hacen salir pelo en el pecho.
Hiashi Hyūga jamás hubiera hecho eso ni usando la mitad de su cerebro. Pero, claro, Hiashi había sido un profesional, ella solo era una aficionada.
Le sirvieron la copa y pensó que estaba viendo doble, aunque eso no impidió que tomara otro sorbo. Los cubitos de hielo tintinearon en el vaso al tiempo que alguien arrastraba la silla contigua, haciendo chirriar las patas contra el suelo de madera. No levantó la mirada.
—Piérdete.
Una mano familiar —familiar y sin anillo— dejó un botellín de Sam Adams sobre la mesa. Otro error por su parte: haber pedido referencias al portero del hotel sobre los bares más económicos de los alrededores. Jamás había pensado que Naruto iría a buscarla.
Siguió mirando el partido de fútbol.
—No juego en equipo —dijo finalmente, con una voz solo un poco pastosa.
—Ya me he dado cuenta. —Las palabras contenían bastante hostilidad.
El nuevo vaso lucía una huella de labios que no era suya. Bebió por el otro lado.
—No sé cómo hacerlo.
—Tú sola contra el mundo, ¿verdad?
—Así ha sido siempre. —Ella metió el dedo índice en la bebida y removió los cubitos de hielo—. Hoy he tocado fondo.
—Un fondo muy hondo.
—No estoy buscando que te apiades de mí, si es eso lo que estás pensando. Hice una estupidez porque no se me ocurrió una idea mejor. Encontraré la manera de devolverte el dinero.
Él pasó la uña del pulgar por el centro de la etiqueta de la cerveza, rasgándola en dos.
—Como has dicho, no juegas en equipo.
No pudo soportarlo más y empezó a levantarse para escapar al cuarto de baño de señoras. Cuando se tambaleó, él la agarró del brazo y la hizo sentarse de nuevo.
—No seas amable conmigo —dijo ella con firmeza—. Cometí un error y lo sé.
—Sí, cierto. —Él apretó los dientes como hacía cuando estaba furioso—. Esto es lo más difícil de ser un líder. Comprender que no siempre se puede saber lo que es mejor para el equipo.
—En este momento, todo lo que sé es que tengo un cliente (o lo tenía) que está siendo amenazado, y no sé quién está yendo a por él.
Esa no era una buena manera de tratar de salvar su trabajo —un trabajo que no se merecía— y él no la tranquilizó.
Naruto se reclinó en la silla.
—Vas a regresar al hotel.
Tenía que deshacerse de ella. Naruto sabía lo mal que sonaba, pero tenía que hacerlo. Hinata se había pasado por el forro todo el puto libro de jugadas y eso significaba que estaba fuera del partido.
Las ruedas del 747 golpearon la pista de O'Hare mientras ella seguía durmiendo. Hinata era impulsiva, aunque no tenía un pelo de tonta, así que tenía que saber lo que iba a ocurrir, era consciente de que no podían seguir juntos. Él no tenía lugar para una tipa dura de ojos gises que hacía lo que le venía en gana.
Sin embargo, a pesar de que no era capaz de prever lo que podía hacer, se fiaba de ella más que de nadie. Nunca se había preocupado tanto por él ninguna de las personas que tenía contratadas. Sin duda, importaba a sus compañeros de equipo y a sus entrenadores, pero habían tenido sus motivos.
Ella, por el contrario, lo protegería a su excéntrica manera, incluso aunque no le estuviera pagando un centavo. Porque así era Hinata. Leal hasta el fin. Y eso era todo. El fin.
El avión se detuvo en el finger correspondiente, y ella comenzó a moverse. Que fuera su amante complicaba la situación mucho más de lo que debiera. Había sabido desde el principio que esa relación era un error, y había seguido adelante de todas formas. Ahora tenía que romper con ella.
Había tomado decisiones difíciles antes, pero ninguna tan dura como esa.
¿QUÉ ESTÁ MOLESTANDO A NARUTO NAMIKAZE?
¡Cucarachas! Miles de cucarachas pululan a su antojo por Rasengan, la discoteca de moda que posee el ex quarterback de los Stars.
«Están por todas partes —nos ha explicado un empleado que pidió permanecer en el anonimato—. Jamás había visto nada igual.»
El club permanecerá cerrado mientras los exterminadores realizan su misión de erradicar a los parásitos, pero la gran pregunta es si sus clientes volverán a frecuentar el local. ¿Quizá debería cambiar su nombre a Rasengan Mortal?
La noticia había corrido como la pólvora por internet. Hinata se sentó detrás del escritorio y hundió la cabeza, todavía palpitante, entre las manos. Solo recordaba vagamente haberse derrumbado en el sofá de la habitación la noche anterior, sin embargo se acordaba muy bien de la tensión que había entre ellos en el aeropuerto. Apenas se habían hablado.
Deseaba que la hubiera despedido en el avión para poder acabar de una vez, pero no lo hizo. Dado que se habían convertido en amantes, lo haría con cierto tacto. Seguramente le diría que podía quedarse un tiempo en el apartamento. Casi con toda certeza, le ofrecería una generosa indemnización. Pensar que podía ser tan magnánimo le daba ganas de vomitar.
Se dio unas palmaditas en la mejilla (una mala idea teniendo en cuenta la magnífica resaca que tenía). Bien, hasta que la despidiera, tenía un trabajo, y lo seguiría haciendo hasta el amargo final. Le debía eso y más.
El modus operandi no cuadraba: un atraco, los neumáticos, el dron... Que hubieran llamado a Inmigración resultaba casi irrelevante. En cuanto a las cucarachas... Obito les había dicho a sus empleados que tenían que cerrar la discoteca para realizar unas reparaciones en los conductos de aire acondicionado, por lo que el pitazo no había sido de ningún miembro del personal.
Naruto había trasladado a Tamaki y a Wasabi a un hotel mientras realizaban las labores de fumigación.
Ellas sabían la verdad, pero no iban a contarla. Cualquier trabajador de la empresa de exterminio podría haberse ido de la lengua, pero pensaba que era mucho más probable que la filtración procediera de la misma persona que había arrojado los insectos.
Había llegado a un punto muerto, y no tenía ni idea de por dónde tirar, salvo asegurarse de que Rasengan tuviera un sistema de vídeo mucho más seguro. Llamó a Obito para hablar sobre ello. Si fuera la semana anterior, habría hablado directamente con Naruto, pero ya no era la semana anterior.
No supo nada de Naruto ni el sábado ni el domingo. No podía regresar a su apartamento hasta que acabaran de hacer la fumigación, así que estaba durmiendo en el sofá de la agencia, no solo porque no quería imponer su presencia a Kurenai o Tenten, sino porque se sentía demasiado deprimida para estar con gente.
Los folletos que había distribuido consiguieron que recibiera una llamada el lunes por la mañana de una mujer cargada de sospechas y, al día siguiente, Hinata tuvo la desagradable tarea de confirmarlas. Como siempre, Hiashi estaba en lo cierto: cuando una mujer decidía contratar a un detective, más o menos estaba segura de la verdad.
Ayudar a los demás suponía, por lo menos, una cura parcial a su depresión, por lo que trató de conseguir ayudar a alguien cuyas iníciales no fueran NN. Pensó en los problemas que tenía Kurenai con el tonto del culo y se asomó a los rincones más oscuros de internet durante unas horas, pero no consiguió nada interesante.
Llegó el miércoles y la llamó el propietario de un servicio de limpieza de conductos de aire acondicionado. El tipo se había enterado de que ella era buena desenmascarando a asquerosos empleados que afirmaban que se habían lesionado en el trabajo, pero eran unos malditos mentirosos. Sin duda parecía un poco capullo, aunque de todas formas fue hasta Rogers Park para reunirse con él.
Cuando estaba de vuelta, Obito la llamó para decirle que Rasengan volvería a abrir sus puertas esa noche y necesitaba que ocupara su puesto.
—¿Has hablado con Naruto al respecto? —le preguntó.
—¿Sobre qué?
—Sobre mi regreso.
—¿Por qué no ibas a volver?
—No importa, hablaré yo misma con él.
Hinata se dirigió al despacho de Naruto en Rasengan esa noche. No le había encontrado sentido a ponerse la ropa de trabajo, y seguía llevando puestos los vaqueros y una sudadera gris oscuro bastante voluminosa que era lo más parecido que tenía a una armadura.
Él estaba sentado detrás del escritorio con los tobillos apoyados en la parte superior y lanzaba una pelota de goma contra la pared. La luz estaba apagada, salvo la lámpara de la mesa, lo que hacía que un lado de su rostro quedara en sombras. Naruto alzó la vista cuando ella entró, y al instante volvió a concentrarse en la pelota.
Hinata se obligó a reunir valor.
—Deja de ser una nenaza y acaba de una vez. Sabes que tienes que despedirme, y apreciaría que lo hicieras ya para que pueda dejar de pensar en ello.
Él lanzó la pelota de la mano derecha a la izquierda.
—Ya sé que es mucho pedir —dijo ella al tiempo que clavaba las uñas en los puños de la sudadera—, pero me gustaría quedarme un poco más en el apartamento. Te prometo que no volverás a verme.
Naruto lanzó la bola.
—Le daré mis informes a la persona que contrates —continuó—.Y será mejor que lo hagas, Naruto, porque esto no ha terminado. —Ella no se alejaría del caso ni siquiera después de que él la despidiera. Le debía respuestas. Y un anillo de la Super Bowl...
Lo vio poner los pies en el suelo, pero lo que estuviera a punto de decir quedó olvidado por la forma en que Wasabi irrumpió en el despacho, con la pistola Nerf en la mano.
—¡Mamá ha tenido un accidente! —exclamó—. ¡Está en el hospital!
Naruto se apresuró desde detrás del escritorio.
—¿Dónde está? ¿Qué le ha pasado?
—No lo sé. —Wasabi se puso a sollozar—. Me ha llamado una enfermera desde Urgencias. ¿Y si muere?
Naruto agarró su cazadora.
—Vámonos.
Tuvieron que ir en el Sonata porque Naruto había prestado su Audi esa noche. A Tamaki.
La encontraron conectada a un monitor y con una vía intravenosa. El largo cabello castaño se derramaba como una corona alrededor del vendaje de gasa que le rodeaba la cabeza, y había más vendas en la muñeca y el brazo izquierdos. Junto a su cama había dos agentes de policía.
Wasabi corrió hacia su madre. Tamaki hizo una mueca cuando apretó la cabeza contra su pecho.
—Está bien, nena. Está bien. —Por encima de la cabeza de la niña miró a Naruto y se derrumbó—. Te he destrozado el coche, Naruto. Después de todo lo que has hecho por mí.
—No te preocupes por el coche —le dijo él—. Lo importante es que tú estés bien.
Tamaki deslizó la mano por el pelo de Wasabi.
—No debería haberlo conducido. Pensaba que estaba siendo muy cuidadosa.
—Los coches pueden ser reemplazados —respondió él—. Tú no.
Los agentes estaban haciendo todo lo posible para mantener una apariencia profesional a pesar de que Naruto Namikaze estaba en la habitación. El más alto se volvió hacia él.
—¿Tenía permiso para conducir el coche?
Naruto asintió.
—El de ella no arrancaba, y yo iba a estar en el club toda la noche, así que no lo necesitaba.
—Una profesora nos invitó a algunos alumnos a una velada en su casa, en Wadsworth —explicó Tamaki—. Tenía muchas ganas de ir, pero ojalá me hubiera quedado en casa. —Volvió a mirar a Naruto—. Lo siento.
—No más excusas. Para eso está el seguro.
—Cuéntenos de nuevo todo lo que recuerde —dijo el segundo oficial.
—El camino era oscuro, y no había mucho tráfico. — Tamaki miró a Naruto—. No iba a mucha velocidad, lo juro.
—Ya sé cómo conduces —repuso Naruto forzando una sonrisa—. Te creo.
—Vi unos faros detrás de mí, pero no les presté atención. Todo ocurrió muy deprisa. Las luces se
acercaron y yo frené para que pudieran adelantarme. Se puso a mi altura y... Debió de apagar los faros porque todo se oscureció de golpe. Desvió el coche y golpeó el lateral del Audi. Un golpe duro. Perdí... Perdí el control. Las ruedas patinaron y me golpeé contra algo. ¿Contra qué?
—Un poste de electricidad —intervino el policía más alto.
Tamaki se llevó la mano a la mejilla.
—Él ni siquiera se detuvo para saber si estaba bien.
Hinata miró a Naruto y luego se acercó a la cama.
—Has dicho «él». ¿Has podido echarle un vistazo?
—No. No sé a ciencia cierta si era un hombre. Se trataba de una carretera secundaria, no había farolas.
Estaba demasiado oscuro para ver nada.
Hinata volvió a mirar a Naruto, que apretó los dientes y apartó la vista. La policía tenía que saber que estaba sufriendo algunos ataques, pero ella hablaría con él antes de decírselo; ahora era más prudente.
La policía siguió interrogando a Tamaki, pero salvo la vaga sensación de que su atacante había conducido un coche grande, quizás una pickup, no sabía nada más.
No iban a darle el alta hasta el día siguiente, y Hinata le aseguró que Wasabi dormiría en el apartamento con ella.
Naruto tenía que regresar al club porque era la fecha de la reapertura, y, cuando se fue, Hinata le siguió hasta el pasillo. El ding de los botones de llamada, el pitido de los monitores, el olor a antiséptico y enfermedad le hicieron recordar las terribles semanas previas a la muerte de Hiashi.
—Mañana te quiero en tu puesto —ordenó él.
Se deshizo de los recuerdos.
—¿Todavía... Todavía conservo el empleo?
—Eres la única mujer entre los guardias —dijo él con gravedad.
No era eso lo que le estaba preguntando y él lo sabía. Esquivó un carrito de comida.
—Estoy siguiendo tu consejo e intentando ser un jugador de equipo —le informó ella con firmeza.
—Me alegra oírlo —respondió él mientras se dirigía hacia los ascensores.
—Te voy a dar la oportunidad de decirme por qué no debería hablar con la policía sobre los ataques antes de acercarme para contárselo.
Él apretó el botón del ascensor.
—Eso suena más a ultimátum que a que intentes jugar en equipo.
—Poco a poco. Naruto lanzó un largo suspiro.
—Ya he tenido demasiada publicidad negativa con la plaga de cucarachas. No quiero que esto también salga en los periódicos.
—Entiendo. Pero el Audi tiene cristales polarizados y el camino estaba oscuro. Los dos sabemos que pensaron que estaban haciéndotelo a ti.
Él apretó los dientes.
—Debería haber esperado algo así. Pero no, voy y le dejo el coche. Si se me hubiera ocurrido que... — Las puertas del ascensor se abrieron—. Deja a la policía fuera de esto. Es una orden.
Las puertas volvieron a cerrarse, interponiéndose entre ellos.
Hinata acompañó a Wasabi a la escuela a la mañana siguiente y luego llamó a Kiba. El policía todavía no se había dado cuenta de que ella no estaba interesada en salir con él y accedió a llevarla al solar donde habían remolcado el Audi.
Mientras fotografiaba los arañazos de pintura negra que había dejado el misterioso vehículo negro, sabía que aquel accidente era lo que había impedido que Naruto la despidiera. Y, estando así las cosas, no sabía si él quería que trabajara solo como guardia o que hiciera alguna otra función. No es que eso supusiera alguna diferencia. Llegados a ese punto nada la haría renunciar.
Kiba apoyó el codo en el techo del Audi con el sol de la mañana reflejándose en los cristales de las gafas de aviador.
—En Clark hay un italiano nuevo, ¿qué te parece?
Era un buen tipo, y tenía que ser sincera con él.
—No puedo salir contigo, Kiba.
—¿Qué...?
—Resulta que soy tonta, ¿de acuerdo? En lugar de sentirme atraída por un chico magnífico y sólido como tú, me he liado con un... —«Un tipo magnífico y sólido como Naruto Namikaze»—. Con otra persona. Aunque todo acabó ya, necesito un poco de espacio. Creo que ya he dicho que soy tonta.
Él entrecerró los ojos bajo el sol de la mañana.
—Naruto Namikaze. Lo sabía.
Ella tragó saliva.
—¿De verdad piensas que alguien como él se interesaría en alguien como yo?
—¿Por qué no?
Aquel no era el momento ideal para hablar de que los hombres se sentían atraídos por ella porque era uno más.
—Voy a arreglarte una cita con otra chica.
Eso fue directo a su ego.
—No necesito que nadie me arregle citas.
—¿Ni siquiera una con Kurenai Yuhi? ¿La meteoróloga favorita de Konoha?
—¿La conoces?
—Sí. —Tendría que convencer a Kurenai, pero para eso estaban las amigas—. Así que todavía podemos echarnos una mano de vez en cuando, ¿no te parece?
—¿A qué te refieres?
Esperaba haber percibido su naturaleza ambiciosa de forma correcta.
—Yo soy una ciudadana de a pie. Puedo ir legalmente a lugares vedados para un oficial de policía, y eso puede serte de utilidad en algún momento.
Él escuchaba con atención.
—Quizá...
—Y me gustaría poder llamarte de vez en cuando. Por ejemplo, mira este accidente... Estoy preocupada por Naruto.
Kiba no solo estaba bueno, además tenía cerebro.
—¿Crees que quien hizo eso iba a por Naruto?
—Digamos que tengo la mente abierta al respecto. —«No tan abierta.»
—Interesante... —Él metió el pulgar en el cinturón—. Y sobre esa cita con Kurenai...
El antiguo empleado de limpieza de conductos de aire acondicionado que debía investigar vivía con su novia y su bebé en casa de los padres de ella. Hinata siguió a la familia hasta Brown's Chicken, pero cuando estaban dentro, comenzó a preocuparse por Naruto. En ese momento debería estar en el gimnasio. Cualquiera con dos dedos de frente podía averiguar su horario. No pudo soportar la ansiedad y regresó al coche.
El Tesla estaba ante el gimnasio. Ella sacó del maletero un cochecito de bebé averiado que alguien había echado a la basura y lo empujó de un lado a otro de la acera. Cuando Naruto por fin salió, lo vio reflejado en el escaparate de una tienda de música. El carrito hizo su función y él no le dirigió ni una mirada.
Lo siguió hasta casa de Shikamaru, sin preocuparse si él la veía o no. Una vez que estuvo a salvo en el interior, ella regresó a la parte sur de la ciudad y buscó a la familia en un parque del barrio.
Se acomodó en un banco y los observó. Solo la madre tomaba en brazos al niño, pero eso solo podía resultar representativo si él fuera un padre motivado.
Sin embargo, el instinto le decía que el chico estaba lesionado de verdad y, por supuesto, cuando el crío se cayó y él se precipitó hacia el bebé, a continuación se llevó la mano a la espalda.
El propietario de la empresa de limpieza de conductos de aire acondicionado era tan estúpido como ella había sospechado desde el principio, y no se mostró nada contento ni con su informe ni con la única foto que ella había logrado sacar.
Ella podía haber alargado el trabajo jugando con sus sospechas, pero en su lugar —como la gran mujer de negocios que no era— lo convenció de que así solo desperdiciaría su dinero.
Unas horas después, Hinata recogió a Tamaki en el hospital y la llevó a casa, donde cenaron juntas. Un par de tiritas habían reemplazado el vendaje que tenía alrededor de la cabeza, y el brazo estaba magullado, pero no roto. Podría haber salido mucho peor parada.
Mientras comían, Wasabi les habló sobre un trabajo que estaban haciendo del tráfico sexual infantil. Tamaki no parecía contenta de saber que el plan de estudios en la escuela parroquial incluía que su hija conociera el lado semisalvaje de la vida, pero Wasabi siguió hablando.
—¿Saben que aquí, hay niñas más jóvenes que yo que son obligadas a...?
Tamaki apartó un mechón de pelo de la mejilla de su hija. —Hablaremos de esto después de la cena.
—Pero, mamá... —Los ojos de Wasabi brillaron de indignación—. Algunas de estas chicas son violadas un montón de veces cada día por viejos, pero, cuando aparece la policía, las detienen a ellas por prostitución. ¡Son chicas de mi edad!
Hinata había investigado un poco sobre el tráfico sexual con niños, y encontró el tema tan perturbador que lo había empujado al fondo de su mente. Pero presenciar la rabia de aquella chica de quince años la hizo sentirse avergonzada de su apatía.
Wasabi dejó de comer.
—Son víctimas de un horrible abuso sexual, y no es justo que sean arrestadas. Vamos a escribir una carta al Congreso.
—Bien hecho —intervino Hinata.
Tamaki apretó la mano de su hija.
—Yo también escribiré una.
Después de la cena, Hinata se puso la ropa para bajar a trabajar. Temía regresar a Rasengan; en realidad temía cualquier cosa que le hiciera estar cerca de Naruto y de ser despedida de forma permanente. Como se merecía...
El local estaba lleno. Naruto y Obito habían hecho una campaña para superar la mala publicidad de la plaga de cucarachas consistente en descuentos especiales en las bebidas y programando la aparición de diversas celebridades a lo largo de la semana: jugadores de fútbol americano, actores y un famoso cantante country.
A recibió a Hinata con un gruñido y una dura palmada en la espalda, una simiesca versión de la consabida rama de olivo. Ella le respondió con un codazo en el estómago, pero se alegró al ver que no había cerca ningún otro compañero porque eso significaba que al menos uno de los guardias se quedaría cerca de Naruto durante toda la noche, algo que al jefe no parecía complacerle.
Shion Mōryō apareció de nuevo por Rasengan, esta vez sola. Naruto y ella desaparecieron. Cuando pasó media hora sin que regresaran, Hinata comenzó a preocuparse.
Primero comprobó el callejón. Habían instalado nuevas cámaras de seguridad como ella había recomendado, y el Tesla de Naruto estaba allí aparcado, ileso. Eso significaba que debía encontrarse en su despacho. Pero ¿Shion estaría con él? No podía imaginarse nada peor que interrumpir lo que fuera que estuvieran haciendo allí, así que llamó con fuerza a la puerta.
—¿Quieres algo? —dijo un irritado Naruto cuando la abrió.
—Es un control rutinario de seguridad. Quería asegurarme de que no hay nadie aquí que no debiera estar.
—¿Eres tú, Hinata? —dijo Shion desde el interior de la habitación.
Naruto abrió más la puerta. Detrás de él, pudo ver a Shion cerca del sofá; el cabello caía en una cascada perfecta y estaba erguida como una bailarina, con los tacones de aguja en tercera posición. Incluso parecía que estaba usando un tutú rosa suavemente drapeado.
Shion era justo el tipo de mujer inteligente por el que Naruto solía sentirse atraído, y no era difícil imaginárselos casados. Entre reuniones de la junta, Shion daría a luz tres preciosos hijos, y los fines de semana, prepararía comidas dignas de un gourmet.
Hinata se preguntó si Naruto recordaría alguna vez su aventura con ella al mirar atrás y se preguntaría cómo podía haber estado tan loco.
—Hace tiempo que busco una oportunidad de hablar contigo —dijo Shion—. Adelante.
Ella avanzó de mala gana.
—Estoy de acuerdo con Taruho, te debo una disculpa —continuó la empresaria—. Me dijo que, en términos inequívocos, te he hecho la vida más difícil al no permitir que le dijeras a Naruto que yo era la persona que te había contratado.
«Se llama Namikaze», pensó Hinata mientras forzaba una sonrisa.
—No pasó nada.
—Salvo que la amenacé con demandarla —intervino Naruto.
—¡Oh, no! No es posible que hicieras eso. —Shion parecía horrorizada—. Lo siento, Hinata. No lo sabía.
Oh, era condenadamente buena. E inteligente. Y triunfadora.
Hinata la odió.
Shion se concentró en Naruto.
—Tengo que levantarme pronto, así que debo irme a casa. Ha sido una agradable conversación. —Le tendió la mano para que se la estrechara, aunque lo que realmente quería era darle un beso de despedida largo y profundo. O quizás eso fuera lo que Hinata quería y lo proyectaba en ella.
Sin duda sabía una cosa: Naruto le gustaba. ¿Y por qué no iba a gustarle?
—Hinata, ¿puedes encargarte de que Shion llega a salvo a su coche? —Naruto estrechó la mano de la empresaria—. Discúlpame, Shion, pero tengo que volver a la planta baja.
Shion sonrió.
—Es una de las cosas que más admiro de ti.
Junto con sus abdominales, su sonrisa, esa increíble boca... «Que yo he probado y tú no.»
El disgusto de Hinata subió un grado..., o bajó, dependiendo de cómo lo viera. Acompañó a Shion a la parcela al otro lado de la calle donde había dejado el BMW.
—No es necesario que me acompañes al coche —comentó Shion.
—Así también tomo el aire.
—¿Sabías que Taruho se ha convertido en un rendido admirador tuyo?
—¿En serio?
Shion se detuvo y sonrió.
—Eres la primera mujer por la que muestra interés desde que se divorció.
Hinata soltó un murmullo evasivo.
—Un clavo quita otro clavo... Es un hombre sólido y ambicioso. No sé qué habría hecho sin él después de la muerte de Sam. Es posible que llegue a resultar un poco intenso, te lo concedo, pero tal vez deberías permitir que te lleve a cenar y ver qué ocurre.
—Ahora no tengo tiempo para citas.
Shion ladeó la cabeza.
—¿Es por Naruto? He oído rumores de que mantienen una relación no solo profesional.
No la había visto venir.
—Es fascinante lo que llega a decir la gente.
—¿Es verdad?
—No cree en andarse por las ramas, ¿verdad?
—Desde que perdí a mi marido, no. Es una forma horrible de aprender lo corta que puede ser la vida. —Cambió el clutch de mano y esperó su respuesta con un gesto abierto y paciente—. ¿Y bien?
Hinata se acercó al BMW.
—Creo que es posible que ya sepa que jamás hablo de mis clientes.
—Y lo respeto. —Las cerraduras de su coche hicieron clic. Shion abrió la puerta del conductor y luego se volvió hacia ella—. Pero si es cierto..., quiero que sepas que Naruto me gusta un montón y que voy a ir a por él. —No lo dijo con malicia, sino como si facilitara una información—. Y si no es verdad, dile que soy barata de mantener y fabulosa.
Hinata se rio. No supo si de sorpresa o de diversión. Lo que sí sabía era que Shion Mōryō era una fuerza de la naturaleza.
La empresaria salió del aparcamiento y Hinata cruzó la calle para regresar a la discoteca, evitando a un Lexus cuyo conductor pensaba que tenía derecho a pasar por donde quisiera. Sentaba bien tener dónde volcar las frustraciones, y le hizo un gesto obsceno.
La noche siguiente era viernes, y el club estaba todavía más lleno. Hinata ayudó a Jūgo a deshacerse de algunos hombres que se estaban poniendo desagradables, ordenó a los camareros que dejaran de servir a un par de clientes demasiado contentos, e interrumpió una pelea en el callejón. Estaba demostrando ser una guardiana perfecta. Ojalá se le diera igual de bien ser investigadora.
En el momento en que entró en su apartamento, estaba muerta. Se quitó el vestido, se puso la camiseta de los Bears que usaba para dormir y se cepilló los dientes. Cuando salió del cuarto de baño, oyó que se abría la puerta y asomó la cabeza a la sala.
Naruto tenía manchas de maquillaje en la manga del suéter y huellas de lápiz de labios en un lado del cuello. Estaba despeinado, cansado e irritado.
—Estoy demasiado reventado para irme a casa.
Esa noche se había multiplicado para estar en todas partes y sabía lo cansado que debía de estar, pero Hinata intentó endurecer su corazón.
—No puedes quedarte aquí.
—Claro que sí. El apartamento es mío.
Lo miró mientras vaciaba los bolsillos en la barra que separaba la cocina del salón, y se distrajo de forma momentánea por lo que surgió de ellos: el móvil, un llavero, el envoltorio de un tampón con algo escrito, seguramente un número de teléfono.
Alguien le había tirado una bebida por encima y olía a alcohol.
—Naruto, lo digo en serio. Hemos... Hemos terminado. —Le tembló la voz al decirlo, pero alguno debía pronunciar las palabras. Su relación era como un choque de trenes—. Los amantes deben estar en igualdad de condiciones, y nosotros no lo estamos.
Él agarró su camiseta.
—¿Lavas esta camiseta alguna vez?
—Con frecuencia. Tengo más de una.
—Claro que sí... —Se pasó el suéter por la cabeza, inundando la estancia con el aroma de un millón de perfumes diferentes. Había una marca más de pintura de labios en el otro lado del cuello. Era difícil ser Naruto Namikaze.
Él ya la habría echado si Tamaki no hubiera tenido el incidente con el coche. Seguramente lo haría en un futuro no muy lejano.
—¿Me has oído?
—Voy a darme una ducha, luego me meteré en la cama. —Naruto se dirigió al cuarto de baño—. Intenta no saltar sobre mí.
