18. Reunión
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata se sentó en la cama, apagó la luz y colocó la sábana a su alrededor. Su vida era un desastre. Estaba durmiendo con su jefe, o tal vez su ex jefe, que podía ser o no también su ex amante, pero entonces ¿por qué iba a estar allí, y por qué dejaba que fuera él quien tomara las decisiones?
Se sentía demasiado deprimida con el rumbo que había tomado su vida para tener una buena respuesta. Tampoco disfrutaba de una estabilidad financiera ni podía decir que tuviera un hogar. Y, en el único caso que le importaba, estaba resultando ser una investigadora de mierda.
Dejó de correr el agua de la ducha y la puerta se abrió con un chirrido. Cuando notó que el colchón se hundía a su lado, se alejó todo lo que pudo, aunque él no hizo ningún intento para tocarla.
Hinata se sintió a la vez ofendida y aliviada.
Despertó en medio de un sueño increíblemente erótico y se lo encontró en su interior. Estaba mojada y excitada, y su cuerpo palpitaba. El peso de Naruto la presionaba hacia abajo, como si estuviera todavía medio dormido, ambos más animales que humanos. Cuando terminaron estaban despiertos y se separaron sin hablarse para, finalmente, volver a dormir a pesar de lo que había ocurrido.
Cuando Naruto despertó a la mañana siguiente, estaba solo y tenía resaca. Se puso un brazo sobre los ojos. Se había emborrachado por primera vez desde que había abierto el club. Todo comenzó unas horas antes de cerrar, cuando empezó tomando un par de copas, luego otras dos... Y después unas cuantas más, hasta que supo que ya no podía conducir hasta casa.
Jamás había sido bebedor; en su juventud prefería los porros y, cuando se hizo mayor, se contentaba con un par de cervezas. Pero la noche anterior, cuando había visto a Hinata de un lado para otro de la discoteca, algo se le había ido de las manos.
Ella parecía estar en todas partes a la vez, vigilando a los clientes, a los camareros y a él. Hinata se había salido con la suya con respecto a los guardias, y siempre veía a alguno cerca de él. Era más cómodo que andar mirando por encima del hombro, pero se oponía a ello por principios.
El hecho de que estuviera fuera del juego, no quería decir que no pudiera cuidarse solo. Había gruñido a A por haber dado esas órdenes a sus muchachos, pero el muy imbécil tenía más miedo de ella que de él, y no había cambiado de actitud.
Deseó poder echarla del apartamento. Necesitaba un lugar donde pasar las noches como esa.
Necesitaba recuperar su vida tal y como era antes de que Hinata irrumpiera en ella.
Notó que algo le retorcía las entrañas, algo que no quería examinar. Algo que cada día empujaba más cerca de la superficie. Y no había ninguna razón que lo explicara. Tenía todo lo que quería. Dinero. Reputación.
Físicamente no estaba tan bien desde hacía años. En cuanto a Rasengan... El club había estado lleno desde la reapertura, hacía tres noches. Y, lo mejor de todo, Shion lo había invitado a su finca el lunes próximo. La juguetona forma en que le entregó la invitación sugería que la espera estaba a punto de terminar. Todo seguía su cauce.
Y aun así..., no estaba contento.
Por culpa de Hinata.
Ella tenía un sueño... Igual que lo tenía él. Un solo objetivo por el que levantarse de la cama y luchar cada día. Una pasión. Entonces ¿por qué se sentía como si su vida se hubiera convertido en un reflejo empañado de la de ella?
Hinata apareció en la puerta con vaqueros y una mueca. Tenía el pelo húmedo, así que debía de haberse duchado, aunque él no la hubiera oído. Ella se quedó mirándolo.
—No puedo seguir con esto, Naruto.
Él se incorporó de las almohadas.
—¿Podrías dejar que antes me espabilara?
—No duermo con hombres que no me respetan.
Eso le puso furioso.
—¿Quién dice que yo no te respeto?
—¿Cómo vas a respetarme después de la forma en que metí la pata?
—Te aseguro que sí. —Se levantó desnudo de la cama y se metió en el cuarto de baño, donde volvió a ducharse. Odiaba que lo acorralaran, y eso es lo que ella estaba haciendo.
No había sido capaz de despedirla porque confiaba en ella, no podía confiarle su anillo, de eso no cabía duda, pero sí su vida. De alguna manera, ella se había convertido en la salsa que hacía que todo valiera la pena. Quizás eso explicaba por qué se sentía tan infeliz.
Tenía ropa limpia en el despacho, así que salió con una toalla alrededor de las caderas. Ella, por supuesto, estaba esperándolo.
—Lo siento —dijo ella.
—Deberías. A veces estoy seguro de que vives solo para hacerme pasar un mal rato.
—No te pido disculpas por eso, sino por tratar de mantener una conversación seria contigo antes de que hayas tomado un café. —Le tendió una taza humeante.
Él la aceptó, y se dio cuenta de que ella estaba mirando algo. A él. Su pecho de nuevo. Sin duda tenía debilidad por su torso. Y él solo llevaba una toalla. Tomó un largo trago de la taza y permitió que recreara su mirada.
Ella volvió a subir la vista a sus ojos.
—No entiendo que no me hayas despedido, y no me gusta la sensación de que quizá me mantengas en mi puesto porque yo quiero que me eches.
Su estupefacción fue tal que bien podría haberle dado un puñetazo.
—¡Eso es mentira! ¿Qué clase de imbécil crees que soy?
—No pienso que seas un imbécil.
—Entonces ¿por qué insinúas algo así?
—Porque no se me ocurre ninguna otra razón.
—¿Qué te parece esta? Eres la mejor guardia de seguridad que tengo.
Él supo en el momento en que salieron de su boca que era lo peor que podía haber dicho. Ella lo miró con la expresión más triste del mundo antes de darse la vuelta y alejarse.
Naruto la detuvo cuando estaba colgándose el bolso de bandolera para salir.
—Lo eres, Hinata. Pero no es por eso por lo que no te echo. —El café caliente le salpicó el dorso de la mano y se lo chupó—. Quería despedirte —aclaró dejando la taza a un lado—. Tú has cometido un gran error, y yo me he enfadado. Pero la cosa es que... Tú estás dispuesta a trabajar el doble que cualquiera. Y ese es el tipo de jugadores que me gusta tener en mi equipo.
Hasta ese momento, no había sido capaz de expresarlo, ni siquiera ante sí mismo, pero ahora que lo había dicho, se sintió mejor.
Hinata pareció un poco ilusionada, lo que le gustó, y luego preocupada, lo que no le gustó.
—Soy consciente de ello —aseguró ella—, pero la brutal realidad es que no estoy más cerca de llegar al fondo de este asunto que cuando me contrataste. Y no sé qué más hacer.
—Ya se te ocurrirá algo.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque es lo que pasa siempre.
La fe que Naruto tenía en ella hizo que Hinata sintiera un nudo en la garganta del tamaño de una pelota de fútbol. Le duró todo el fin de semana. No podía fallar. No podía. Pero entonces se preguntó si aquella determinación por demostrar a Naruto su valía era tan diferente a la interminable batalla por conseguir la aprobación de Hiashi.
No, era diferente. El extraño —e incorrecto— miedo que mostraba Hiashi por su seguridad había impedido que él le diera la oportunidad que ella había anhelado, la oportunidad de que la viera crecer. A diferencia de su padre, Naruto sí le daba la oportunidad de la que Hiashi le había privado, y no podía defraudarle.
El lunes por la mañana se encontraba en el edificio principal del complejo de los Konoha Stars en el condado de DuPage. El logo del equipo —consistente en tres estrellas doradas formando un arco en el interior de un círculo azul cielo— estaba grabado en la pared de cristal de la oficina de Relaciones Públicas a la que se accedía desde el vestíbulo principal del edificio.
Allí estaban expuestos los grandes títulos del equipo, en unos nichos enormes protegidos por un cristal a prueba de balas, y era también donde se atendía a los visitantes, en el impresionante mostrador de recepción, construido en granito negro en forma de media luna.
Como la temporada de fútbol americano estaba bien avanzada, la oficina de Relaciones Públicas rezumaba actividad; los teléfonos sonaban sin parar, los monitores de ordenador brillaban con intensidad y la gente iba de un lado para otro.
Naruto había movido finalmente los cables para que le pasaran el correo que habían acumulado para él y una joven publicista muy femenina, con los ojos pintados como los de un gato, la llevó hasta un escritorio vacío y le explicó el procedimiento a seguir.
—Nos hemos ocupado de la mayoría de los correos de admiradores de Naruto, enviando por correo fotografías con su autógrafo, respondiendo preguntas y todo eso. Tenemos un paquete especial para los niños que le escriben. Nos ponemos de acuerdo con su agente para gestionar las invitaciones donde requieren su presencia. A pesar de que se ha retirado, sigue recibiendo una gran cantidad de correos electrónicos.
—¿Alguno de ellos es hostil?
—No muchos. Hubo algunos en la primera temporada con los Stars, después de un par de malos partidos. «Vuelve a Miami.» y cosas así. Los aficionados no sabían que estaba jugando con un dedo roto.
—¿Y las mujeres?
—Tangas, fotos de desnudos... Hemos visto casi de todo. Y me refiero a todo, todo. —Hizo un gesto señalando la mesa—. Adelante. Tómese su tiempo y, por favor, dígame si necesita cualquier otra cosa.
—Gracias.
Hinata se instaló detrás de un montón de papeles; se trataba tanto de correo convencional como copias impresas de los correos electrónicos. La mayoría eran peticiones de autógrafos y fotos.
Algunos eran muy tiernos; niños que lo adoraban, aficionados que habían seguido su carrera desde el principio. Uno era de un hombre que había perdido a su hijo en un accidente de coche y encontraba alivio a su dolor al recordar la forma en que el chico había idolatrado a Naruto.
Ese lo apartó, pensando que era algo que Naruto debía responder personalmente. También había otros de padres con muchachos que poseían talento deportivo en busca de consejos.
Y luego estaban los de las mujeres. Notas acompañadas de fotos de la remitente como si mostraran sus credenciales para ser la próxima novia de Naruto: carácter deportivo, carrera de modelo, título universitario en gestión deportiva, experiencia en felaciones.
Mientras seguía estudiando el papeleo, se dio cuenta de que había un sutil cambio en la atmósfera de la estancia. Y buscó el origen.
En el umbral estaba Tsunade Senju Katō, la propietaria de los Konoha Stars, esposa del ex entrenador jefe y actual presidente del club, Dan Katō, madre de cuatro hijos y la mujer más poderosa de la NFL, e incluso del universo.
Hinata se levantó cuando la propietaria de los Stars se acercó a la mesa donde estaba trabajando.
—Señora... er... señora Katō...
Tsunade Senju Katō la miró de arriba abajo.
—Así que tú eres la detective de Naruto.
El hecho de que Tsunade Katō conociera su existencia era tan surrealista que Hinata no fue capaz de hacer otra cosa que asentir de forma temblorosa con la cabeza.
—Mis quarterbacks suelen liarse con mujeres inusuales —comentó.
Esos compromisos habían sido material publicado y, como todo el mundo en Konoha, Hinata conocía la historia. Menma Bonner se había casado con una física de renombre mundial. Konohamaru Sarutobi estaba casado con una laureada escritora de libros infantiles. Una excéntrica artista formaba una inusual pareja con Sasuke Uchiha. Y no solo habían sido los quarterbacks, el legendario receptor, Shino Aburame, estaba casado con la alcaldesa de Telarosa, Texas.
La señora Katō le indicó que volviera a ocupar la silla, y luego se sentó en el borde de la mesa. La edad no había disminuido su curvilínea belleza, ni siquiera sus gafas de carey, más propias de una sabionda, podía diluir el aura de sexualidad madura que la envolvía.
—¿Qué intenciones tienes hacia mi chico?
Hinata no estaba acostumbrada a dejarse intimidar por nadie, pero estar en presencia de Tsunade Katō era como estar ante la realeza. Tragó saliva.
—No creo tener ninguna intención hacia él.
La señora Katō arqueó una ceja bien definida con marcado escepticismo.
—Esto... Nosotros... Esa parte ha terminado —repuso Hinata—. Ahora solo queda la parte profesional. Tengo un trabajo que realizar para él. Y..., ¿cómo es que me conoce?
—Estoy al tanto de mis chicos —dijo la señora Katō con una sonrisa irónica—. ¿Lees?
—¿Si leo qué?
—Libros.
—Claro. De suspense. De terror. De procesos policiales. Al menos lo hacía hasta el mes pasado, cuando empecé a trabajar hasta tan tarde —balbuceó—. Me gustan también las biografías y autobiografías. Aunque solo de mujeres. Sí, lo sé, es sexista, pero son las historias que me agradan. Ah, y libros de cocina. No me gusta cocinar, pero me gusta leer sobre ello. Y de tecnología... —Se obligó a callarse.
—Interesante. —La señora Katō descruzó las piernas (unas piernas que todavía podrían formar parte de un coro de Rockets) y se bajó de la mesa—. Ha sido un placer conocerla, señora Hyūga.
Y salió de la oficina, haciendo que Hinata se preguntara qué acababa de suceder.
Hinata no abandonó la sede de los Stars hasta media tarde, momento en el que terminó de estudiar en los registros cualquier comunicación de Naruto. En el camino hacia el coche, experimentó la familiar frustración.
Nada de lo que había leído había hecho saltar sus alarmas. A medida que recorría el camino de doble dirección llamado Stars Drive, trató de averiguar qué era lo que faltaba, pero siguió con las manos vacías.
En vez de dirigirse al este, hacia la ciudad, tomó Reagan Tollway hacia el oeste. No había vuelto a ver a Naruto desde su encuentro bajo las sábanas, hacía dos noches, pero le había llamado el día anterior por la mañana para asegurarse de que no tenía intención de aparecer en eventos multitudinarios ni de realizar caminatas solitarias.
—Voy a ver el partido de los Stars con Shikamaru y Temari —le había respondido él.
Ella le había preguntado por qué no iba a ver los partidos en persona. Y él le señaló que sería muy injusto para el nuevo quarterback ver cómo las cámaras de televisión del estadio seguían la reacción que tenía su antecesor ante cada una de las jugadas.
—Shion nos ha invitado a los dos a una fiesta en la granja que tiene en el campo el lunes por la noche —había anunciado él.
—Eso te hará feliz.
—Lo que me hará feliz es conseguir una unión financiera con ella.
—Entonces ¿vas a seguir adelante con eso? —había respondido ella—. Quieres levantar un imperio.
—Claro que sí. ¿Por qué lo preguntas?
Porque poseer una cadena de discotecas no le parecía adecuado para él, aunque se había reservado su opinión. Tampoco le había mencionado que podría conseguir un compromiso más personal con Shion. Aunque seguramente ya lo sabría.
—Me cae bien Shion —le había comentando de forma casual—. A pesar de que me despidió.
—A mí también me cae bien. Muy bien.
¿Y por qué no iba a ser así?
Hinata salió en Farnsworth y se dirigió hacia el norte. No quería pasar la noche en casa de Shion por culpa de la fiesta, pero tampoco quería perder a Naruto de vista durante dos días, por lo que había accedido a reunirse allí con él.
St. Charles era un bonito pueblo a orillas del río Fox, a unos ochenta kilómetros al oeste del centro de Konoha. La granja de la familia Mōryō se encontraba al noroeste de la población.
La entrada estaba marcada por unos pilares de piedra y una valla blanca. Las hojas doradas de los árboles que bordeaban el camino cayeron sobre el capó del coche mientras se dirigía a la enorme casa blanca de dos pisos.
Aparcó el coche entre el Tesla de Naruto y un Lexus rojo. Aquello parecía una granja escuela, con establo, granero y corral. Los campos ya estaban preparados para la siembra del año siguiente.
Su único contacto con las fiestas en granjas en el campo provenía de la lectura de novelas inglesas, pero la casa era típicamente americana, con un porche amplio decorado con calabazas multicolores, mazorcas de maíz y coles rizadas por encima de la escalera.
Había un conjunto de mecedoras de madera con cojines de color naranja y marrón a cada lado de la puerta de entrada de color verde, en la que colgaba una corona natural de hojas, vainas y pequeñas calabazas. Parecía la portada de una revista.
Una gobernanta de mediana edad vestida con vaqueros y camisa blanca la rescató de la familiar sensación de anhelo.
—Ahora están todos montando a caballo —la informó el ama de llaves mientras le enseñaba su habitación—. Pero pronto estarán de vuelta. No se corte, explore lo que quiera.
Dado que había estado sentada la mayor parte del día, se sintió feliz investigando el granero y las demás dependencias.
El ama de llaves le había dicho que en la granja producían maíz, soja y algo de trigo, pero también había un huerto de tamaño considerable donde había algunas calabazas, coles, brócoli y acelgas, un vegetal que jamás hubiera reconocido si Naruto no se lo hubiera enseñado en su huerto urbano.
En el establo descubrió tres boxes vacíos con camas de paja fresca esperando a que regresaran sus ocupantes.
Los vio antes de que la vieran. Shion montaba una yegua ruana que avanzaba entre Taruho y Naruto, que cabalgaba sobre un animal gris moteado.
Con su porte erguido, el pelo rubio recogido en la nuca, sombrerito y pantalones de montar, Shion parecía preparada para un espectáculo ecuestre. En cuanto a Naruto... Ella jamás lo había visto más cómodo. Su cuerpo se movía en perfecta sincronía con la montura, y una vez más se hizo evidente que se encontraba tan a gusto en el campo como en la gran ciudad.
Mientras Hinata permanecía en la puerta, el mozo de cuadras, que se había presentado como Choji, se levantó para realizar su tarea. Naruto desmontó con la misma elegancia que esquivaba a los defensas. Hinata observó la forma en que los vaqueros se ceñían a sus muslos y se obligó a apartar la vista.
Después de que Shion desmontara, Naruto le pasó un brazo por los hombros. Parecía un hombre enamorado. El pelo revuelto. La sonrisa fácil. Una bomba explotó en el corazón de Hinata.
Por fin, él la vio y bajó el brazo con el que había enlazado a Shion, no porque se sintiera culpable, sino para pasar las riendas al mozo de cuadras.
—Deberías haber llegado antes, Hinata. Hemos dado un buen paseo.
—Eres un jinete nato, Naruto. —El elogio de Shion fue simple, sin una pizca de amaneramiento—. Es evidente que pasaste mucho tiempo a lomos de un caballo cuando eras niño.
—Jamás aprendí a montar al uso —confesó él—, pero sí para trabajar.
Shion le brindó una sonrisa de oreja a oreja.
—Creo que lo haces muy bien.
Hinata quiso vomitar.
Por primera vez, notó la presencia de Taruho. Su chaqueta de marca y la camisa vaquera planchada sugería que estaría mucho más feliz detrás de un escritorio.
Muy pronto se hizo evidente que Shion había planeado una fiesta muy pequeña, a la que solo estaban invitados ellos cuatro. Hinata no necesitaba sus habilidades como detective para descubrir que Shion estaba haciendo de celestina.
Quizá disfrutaba simplemente mezclando a la gente, o quizás albergaba la esperanza de que Hinata y Taruho se gustaran para tener el camino libre hacia Naruto. Sin embargo, Hinata sabía que jamás entablaría una relación con Taruho Parks. Era inteligente, y sus rasgos bastante atractivos, pero no parecía poseer ni pizca de humor.
Naruto hizo un gesto señalando el huerto.
—Shion, ¿cómo es que se te ha dado tan bien el trigo con todo lo que llovió este verano?
—Me avergüenza decir que no lo sé. Tenemos un arrendatario que cultiva el lugar. Cuando mi marido vivía, sabía todo lo que pasaba por aquí, pero yo solo vengo a pasear y relajarme.
—Sam adoraba la granja —intervino Taruho—. Pertenecía a su familia desde hace tres generaciones.
Al salir del establo, Shion contó cómo su difunto marido y ella habían derribado la antigua casa de labranza para levantar una nueva. Habló de Sam de forma casual. Sin duda Shion Mōryō era una mujer que mantenía las emociones dentro del pecho.
Taruho se colocó junto a Hinata, y ella le hizo un interrogatorio no demasiado sutil.
—Tiene que ser muy difícil para Shion haber perdido a su marido a una edad tan temprana. Fue un accidente con moto de nieve, ¿verdad?
—Iba demasiado rápido.
—¿Cómo era él?
—¿Sam? A su alrededor todo resultaba fácil y divertido. Era un poco irresponsable. Caía bien a todo el mundo, era difícil otra cosa. Solo estuvieron casados cinco años.
—¿Fue un matrimonio feliz?
No esperaba que Taruho le respondiera, pero lo hizo.
—Estaban locos el uno por el otro, pero era ella la que hacía todo el trabajo pesado.
Habían llegado a la casa y Shion anunció que ofrecería un cóctel una hora después, en el patio.
—Naruto, permíteme que te enseñe tu habitación.
Que no estaría cerca de la de Hinata.
Ella aprovechó aquel impasse para maquillarse un poco, pero no se cambió ni el pantalón ni el jersey que había llevado a la sede de los Stars. Al ir a buscar el móvil en el bolso de bandolera para comprobar los mensajes, recordó que lo había dejado en el coche y bajó a por él.
Una ligera brisa agitaba las ramas de los árboles cercanos a la casa. El olor del otoño flotaba en el aire, un aroma que adoraba. Era casi de noche y los reflectores de la esquina del granero iluminaban el Sonata, el Tesla de Naruto y el Lexus. Mientras caminaba hacia los vehículos, se fijó en la matrícula del Lexus: ARARAT.
Sobre su cabeza, ululó un búho antes de precipitarse hacia un grupo de árboles más allá del granero. En su memoria había un fleco suelto que le atormentaba, pero no tomaba forma. Recogió el bolso y envió un mensaje a Kurenai para averiguar si su amiga había respondido a la llamada de Kiba. Luego se dirigió hacia la parte de atrás de la casa.
Los otros tres estaban sentados alrededor de un hogar de piedra. El patio tenía un fogón exterior con parrilla incorporada, un fregadero y una encimera de azulejos. El jardín perimetral estaba iluminado con antorchas que proyectaban una tenue luz sobre la piscina, cubierta para atravesar el invierno. Taruho estaba examinando a Naruto.
—... y también ha habido mala publicidad. Perdóname por ser tan contundente, pero es una señal de mala gestión.
—Solo es una señal de mala suerte —contrapuso Naruto.
—Sabes que he estado en contra de esto desde el principio —confesó Taruho—. Nunca me ha gustado la idea de confiar una gran inversión a los caprichos de deportistas profesionales que tienen más dinero del que pueden gastar. Excluyendo lo presente, por supuesto.
—Si ese fuera el plan, tendrías razón, Taruho. Pero estás olvidando una cosa. Los deportistas se retiran jóvenes. Claro, algunos se sienten más que felices gastando su dinero, pero no hablo de esos chicos. Quiero a los ambiciosos, a los inteligentes que aceptan un nuevo reto pero no están dispuestos a financiarlo solos. Hay muchos así.
Shion permanecía en silencio, asimilando tanto las respuestas de Naruto como las preguntas de Noah.
—Para nosotros es una inversión demasiado arriesgada —aseguró el ejecutivo—. No conocemos esa industria y no entendemos el mercado.
—¿Entendiste el mercado chino de sistemas de purificación de agua antes de hacer esa operación? — Naruto se volvió hacia Shion—. Asumir algunos riesgos calculados hace que los negocios sean más interesantes, ¿verdad?
Shion habló por primera vez.
—Me encanta la idea de invertir en las denominadas industrias del pecado, a pesar de que Taruho ha planteado algunas buenas dudas. El hecho de que no se suela equivocar es mi única reticencia en realidad.
—Esta vez se equivoca —aseguró Naruto—. Y, Shion, por mucho que esté disfrutando de tu hospitalidad..., y por mucho que me guste trabajar contigo, es el momento de que tomes una decisión. Te voy a dar un par de días. Luego tendré que continuar adelante.
No era eso lo que Naruto quería. Hinata sabía de sobra que solo deseaba tener un socio: Shion.
Lejos de sentirse presionada, la otra mujer sonrió.
—No creo que vaya a necesitar tanto tiempo.
—¡Hinata! — Taruho se puso en pie al verla—. Permíteme traerte algo de beber. ¿Un cóctel? ¿Una copa de vino?
—Prefiero una cerveza. —Salió bajo la luz de las antorchas—. Lo que esté bebiendo Naruto.
—Naruto y tú parecen tener los mismos gustos. No es de extrañar que trabajen juntos. — Taruho se acercó a la barra al aire libre—. Esa es otra pregunta que me hago. Pareces ser la confidente de Naruto y...
¿Era su imaginación o él estaba dotando a la palabra «confidente» todo tipo de significados ocultos? Agarro una jarra helada de la pequeña nevera.
—Sabemos que es un gran estratega, pero ¿es también un gran empresario?
Shion mostró su primer signo de impaciencia.
—¿De verdad crees que ella te va a responder a eso?
—Es una pregunta sencilla —afirmó Taruho—. Hinata le conoce mejor que cualquiera de nosotros, y he llegado a tener un saludable respeto por su opinión. Así que, Hinata, dinos, ¿ves a Naruto como un buen empresario?
—Creo que Naruto alcanzará el éxito en todo lo que se proponga —replicó ella de forma diplomática.
Taruho le ofreció una jarra de cerveza helada.
—Sí, bueno, pero ¿pondría el corazón en alcanzarlo con una cadena de discotecas? Confiesa, ¿qué te dice tu instinto?
«No. Claro que no.»
Naruto arqueó una ceja, leyéndole la mente una vez más.
Ella aceptó la jarra.
—No dudo de los sueños y esperanzas de Naruto, y debo añadir que no hay nadie más honesto y trabajador que él a la hora de hacer negocios.
El ama de llaves interrumpió la conversación. Parecía nerviosa. La razón se hizo patente de inmediato cuando un par de policías uniformados la siguió al patio.
—Shion, estos hombres pertenecen al Departamento de Policía de St. Charles.
Hinata se puso de pie. Shion se limitó a mostrar una leve curiosidad.
—¿En qué puedo ayudarlos?
Ellos la ignoraron, centrándose en Naruto.
—Señor Namikaze, debe acompañarnos. Tenemos orden de detenerlo.
Taruho dio un paso adelante.
—Eso es absurdo. ¿Con qué cargo?
El oficial miró a Naruto con gravedad.
—Agresión sexual.
Nota:
El término Ararat: Monte Ararat, en Armenia, según la Biblia lugar donde se posó el Arca de Noé después del diluvio universal.
