19. LA BARCA DE NÓE


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


La orden de detención provenía de Konoha. Una mujer había acusado a Naruto de haber abusado de ella en el club el último miércoles por la noche.

Shion lo miró con algo parecido a la repulsión.

—No seas ingenua —dijo Hinata con dureza—. Él no ha abusado de nadie. Por el contrario, están abusando de él.

Naruto la observó con una expresión indescifrable.

Los agentes se lo llevaron esposado, lo que la habría dejado devastada si no estuviera tan enojada. Estaba hablando con su abogado antes de que el coche patrulla abandonara la granja.

A Shion le temblaba la mano mientras se servía una bebida fría.

—N-no puedo imaginármelo haciendo nada por el estilo.

—Los deportistas profesionales siempre se consideran por encima de la ley. —Taruho parecía casi satisfecho—. Cuanto más sé sobre el mundo de Naruto Namikaze, menos me gusta.

Y entonces fue cuando Hinata recordó.

ARARAT.

Naruto había sido detenido fuera de la ciudad, por lo que pasarían algunas horas antes de que se pudiera pagar la fianza para liberarlo, pero Hinata no pensaba quedarse en la comisaría esperando a que lo soltaran. Por el contrario, se había cubierto la cabeza con la capucha de la sudadera negra y se había dirigido a casa de Taruho Parks.

Fue bastante fácil abrir la cerradura, pero la renovada urbanización de Streeterville disponía de un sistema de alarma y la sirena solo le proporcionaría unos minutos antes de que apareciera la policía.

El interior olía a pintura fresca. El temporizador que iluminaba el pasillo y la sala le proporcionaba la suficiente iluminación para ver por dónde iba.

ARARAT.

Había visto esa matrícula la noche del jueves, cuando Shion visitó Rasengan, y ella la acompañó al coche. Al volver al club, un Lexus rojo había acelerado de una forma tan irresponsable que había tomado nota del vehículo. Aquel modelo llevaba la matrícula ARARAT. La montaña donde se había posado el Arca de Noé.

El Arca...

Taruho Parks había seguido a Shion esa noche hasta el club. Quizás estaba preocupado por su seguridad, pero la señora Mōryō era más que capaz de cuidar de sí misma. Lo más probable era que no hubiera querido perderla de vista. Y después de haberlo visto con ella unas horas antes y de notar su mal disimulado rechazo hacia Naruto, creía saber la razón.

Los minutos estaban pasando demasiado rápido. El portátil no estaba en el despacho de la parte posterior de la casa. Corrió escalera arriba y asomó la cabeza en los dormitorios. Parks era demasiado adicto al trabajo para no disponer de ordenador en casa, pero ¿dónde estaba? ¿Y qué tenía en él?

Había sustraído el móvil de Taruho del bolsillo de su chaqueta justo después de que la policía se marchara y se había ocultado para examinarlo en una sala vacía del primer piso. Como la mayoría de las personas que dependían del teléfono para todo, Taruho se había descuidado a la hora de ponerle una contraseña y ella había encontrado y memorizado con rapidez cierta información interesante.

Pero necesitaba más y solo podía permanecer en aquella sala vacía por un tiempo limitado. Dejó el móvil en el patio, donde él pensaría que se le había caído, y se excusó diciendo que pasaría la noche en la ciudad. Donde estaba en ese momento, perpetrando su primer robo.

Corrió otra vez escalera abajo mientras la alarma le taladraba los tímpanos. No podía permitirse el lujo de permanecer allí mucho más tiempo. Una ojeada más. Entró en la sala de estar. Nada. Tenía que marcharse antes de que llegara la policía. Ya. Pasó de nuevo por la cocina... Y allí estaba. En la encimera de granito. Lo agarró y corrió hacia la puerta posterior, y luego por el callejón hacia su coche.

Una vez en su despacho, cuando había dejado de temblar, se hizo una taza de café cargado para mantenerse despierta. A continuación se instaló detrás del escritorio y comenzó a hacer una copia del disco duro del portátil.

Una hora después, lo tenía.


El sonido del móvil la despertó. Levantó la cabeza del escritorio para mirar la pantalla. Eran las ocho.

Se había quedado dormida hacía solo una hora.

—Hola —respondió con la voz ronca.

—Me alegro de saber lo mucho que te preocupas. —El inusual tono de mal humor en la voz de Naruto le indicó lo mucho que importaba.

—Sí, ya, es que tenía cosas que hacer. Y llamé a tu abogado, ¿verdad? —Cogió la taza, dio un sorbo al café frío y se estremeció.

—¿No vas a preguntarme nada?

Ella se frotó los ojos.

—¿Sobre qué?

—¡Me han acusado de violación! —exclamó él—. ¡Estoy fuera de la cárcel porque he pagado una fianza!

—Ah, eso...

—¿Es que piensas que es una especie de broma?

—No vayas por ahí. —La rabia que había reprimido a duras penas hervía a fuego lento en su interior, rozando la superficie—. Hay miles de mujeres que no denuncian que han sido violadas porque temen que les digan que mienten. Y luego está esto. Es demasiado, Naruto. Te juro que voy a ir a por la que te acusa.

Hubo una larga pausa, tan larga que pensó que él había colgado. Pero luego lo oyó aclararse la garganta.

—Gracias. —La voz de Naruto sonaba extraña. Constreñida.

—De nada.

—¿Qué es lo que has estado haciendo? —No lo dijo como si fuera un casual «¿Qué pasa?». No. Era más bien un «Quiero un informe completo de tus actividades».

—Tengo cosas que hacer. Te llamaré más tarde. —Colgó y apagó el móvil. A la diablo el trabajo en equipo.

Mientras trataba de aliviar la postura del cuello, se concentró de nuevo en el portátil, donde los boletines de noticias se hacían eco de la detención de Naruto. La injusticia del hecho la espabiló por completo.

En la papelera de reciclaje del ordenador de Taruho había encontrado un correo electrónico de la Granja de Insectos Bendah, Gracias por su pedido. Aquello era tan satisfactorio que palidecía al lado del resto de la información que había descubierto.

Cuando examinó el móvil de Taruho, había encontrado un número al que él llamaba a altas horas de la noche, a veces incluso a las dos de la madrugada. El número aparecía con tanta frecuencia que ella había ignorado todos los principios éticos en los que creía y entrado en su casa para robarle el portátil, un equipo informático que le facilitaría todavía más información sobre la vida secreta de Taruho Parks.

Pocas horas después, la investigación digital le había dado lo que quería: un vínculo entre el número y un nombre, Rochelle Mauvais, nacida Hotaru. En el móvil no había fotos, pero sí en el ordenador que le había robado. Se trataba de una joven rubia muy guapa. En las imágenes aparecía sola... y desnuda. Luego, al amanecer, había dado con la veta madre. Una misteriosa transferencia bancaria de diez mil dólares realizada dos días antes.

Los restos de la inyección de adrenalina todavía no se habían desvanecido. Desde que asumió la dirección de la agencia, nada había sido tan satisfactorio como el trabajo que acababa de realizar con sus dedos y un teclado. Pero esa sensación de victoria no podía borrar la certeza de que Taruho Parks no era la única persona involucrada en los hechos.

Clavó los ojos en los pósters de True Detective que colgaban de las paredes del despacho. Jamás se había imaginado a sí misma transgrediendo la ley y, sin embargo, lo había hecho. Había vuelto la espalda a sus propios principios e ignorado las leyes como si hubieran sido escritas para otras personas.

Cuando todo eso terminara, necesitaba echar una larga y desagradable mirada a eso en lo que se estaba convirtiendo.

—No te pido que me des su nombre —dijo a Kiba al hablar con él por teléfono unos minutos después—. Lo único que quiero es que mires si el nombre que te he dado coincide con el de la mujer que acusó a Naruto. Solo se trata de un simple sí o no.

Él la llamó diez minutos más tarde.

—¿Cómo has conseguido esa información?

En lugar de responder a su pregunta, ella le dio la dirección de Rochelle / Hotaru y quedó con él allí al cabo de media hora.

La entrevista con Hotaru fue corta y brutal. Hotaru había comenzado a trabajar como acompañante para pagar el préstamo universitario, pero pronto descubrió que esa labor era una forma más lucrativa de ganarse la vida que en los puestos de trabajo que podría conseguir cuando se licenciara.

Taruho había sido uno de sus primeros clientes. Aunque Hinata no tenía ninguna prueba de que los diez mil dólares hubieran terminado en la cuenta de Hotaru, había suficientes detalles para determinar que así había sido y, finalmente, la joven se derrumbó y admitió que había mentido sobre Naruto.

«Esto —pensó mientras Kiba se llevaba a la amante de Taruho a la comisaría— va por todas las mujeres que dijeron la verdad y nadie las creyó.»

Shion había regresado a la ciudad, así que Hinata llamó a sus oficinas y concretó una cita para las tres. Eso le daba tiempo justo para ducharse y cambiarse. Al salir de la agencia, se imaginó la multitud de reporteros que habría apostados ante el apartamento de Naruto y deseó poder interponerse entre él y cada uno de ellos.

La necesidad de protegerlo era tan feroz que la asustaba. Trató de planificar su próxima reunión con Shion, pero estaba tan atontada por la falta de sueño que tomó automáticamente un desvío a través de Lincoln Square. Y allí, sentado junto a la fuente, había un hombre mayor con un casco con cuernos de los Vikings.

Un casco de aficionado a los Minnesota Vikings.

No podía encargarse ahora de eso, pero, en lugar de seguir adelante, detuvo el coche en un lugar donde estaba prohibido aparcar, saltó del vehículo y se dirigió hacia él. El hombre no la detectó hasta que estaba a unos cinco metros de distancia, y luego, cuando él se levantó y empezó a correr, ella se precipitó delante de él.

—¡Policía!

Resultaba deprimente lo difícil que era detenerse una vez que se había traspasado la línea.

En cuanto lo acorraló, vio que no era Sakumo Berkovitz. Tenía la cara más delgada y el cabello más blanco. Sin embargo, eran de la misma altura, poseían la misma constitución y edad, y eso se traducía en un aire muy similar.

—No he hecho nada malo —se defendió él, con el familiar acento de alguien nacido y criado en Konoha.

—Ya lo sé. —Trató de parecer amable, así se daría cuenta de que ella no era peligrosa—. Y no soy agente de policía.

—Entonces ¿por qué me sigue? La he visto antes. Usted es la misma mujer que me persiguió hace un par de semanas.

—Es una larga historia, pero le juro que soy inofensiva. ¿Podría hacerme el enorme favor de permitir que le invite a una taza de café para poder explicárselo?

—No me gusta hablar.

—No será necesario que hable. Por favor. Apenas he dormido, y he tenido unos días horribles. Lo apreciaría muchísimo.

Él entrecerró los ojos, lo que hizo que sus pobladas cejas grises se unieran todavía más.

—Está bien, pero nada de chistes.

—Se lo prometo.

Muy pronto estuvieron sentados ante una mesa en una de las cafeterías de Western Avenue, con paredes de color púrpura y resistentes suelos de madera. Ella no le preguntó nada, ni su nombre o por qué había elegido caminar por Lincoln Square con tocados de hincha deportivo. Sin embargo, le habló de Chiyo.

—¿Y esa mujer pensó que yo era su marido muerto? —preguntó él, cuando ella terminó—. Me parece que está un poco loca.

—Chiyo es un poco excéntrica, pero no está loca. Solo echa de menos a su marido.

Él se frotó la barbilla, moviendo el casco de los Vikings lo suficiente como para que los cuernos quedaran torcidos.

—Creo que la entiendo. Perdí a mi mujer el año pasado.

—Lamento escuchar eso.

—Debería haberla apreciado más.

Hinata mantuvo su expresión neutra. El tiempo pasaba volando. Tenía que poner punto final a la conversación si esperaba poder darse una ducha antes de presentarse en el despacho de Shion.

—Debe de ser muy aficionado al fútbol americano.

—Lo cierto es que me gusta más el béisbol. Soy seguidor de los Sox. Puedes sacar al niño del South Side, pero no el South Side del niño.

—Entiendo. —No lo hacía y señaló el tocado con un gesto de cabeza.

—Oh, ya. ¿Lo dice por esto? —Se quitó el casco con cuernos y lo dejó sobre la mesa, entre ellos—. Me pongo estas cosas para evitar que la gente me moleste. Desde que Ellie murió, no me gusta hablar con nadie.

Hinata empezaba a entenderlo.

—El casco, la porción de queso... Son para mantener alejada a la gente.

Él asintió, satisfecho.

—Porque así piensan que estoy loco.

—¿Igual que usted lo piensa de Chiyo?

Él pareció meditar al respecto.

—Soy un tipo justo, y ese es un buen apunte.

—¿Estaría dispuesto a hablar con Chiyo? Podríamos quedar aquí los tres.

—No me gusta hablar con la gente —repitió él, por si acaso ella no lo había asimilado las otras dos veces que lo mencionó.

—De acuerdo. A Chiyo le encanta hablar. Y todo lo que tendría que hacer es asentir con la cabeza. Creo que necesita verlo para poder dejar marchar a Sakumo.

Él se quedó mirando la taza de café.

—Es difícil dejarlos marchar.

—Me lo imagino.

—Debo reconocer que suena interesante. Mi vida es muy aburrida ahora. Cuando estaba trabajando era diferente...

Aunque había dicho que no le gustaba hablar, una vez que empezó, no quiso detenerse. Se llamaba

Jiraiya Mahoney. Había nacido en Konoha y trabajado en la compañía del gas hasta su jubilación.

Su mujer, con la que había estado casado durante cuarenta y ocho años, había sido su impulso. Sus hijos, ya mayores, vivían fuera del estado. Ahora estaba solo. En el momento en que él terminó de hablar, ella tenía una multa por mal aparcamiento y había perdido la oportunidad de ducharse.

Condujo directamente hacia Lakeview y recogió a Naruto en el callejón, cuatro puertas más allá de la suya. La imagen de él esposado y escoltado por la policía todavía ardía en su mente, y tuvo que agarrar el volante para no abrazarlo. Por suerte, él estaba de mal humor.

—No me gusta salir a escondidas de mi propia casa.

—¿Prefieres dar una rueda de prensa en la explanada que hay delante?

Él gruñó por lo bajo y se encogió en el asiento del copiloto del Sonata.

—¿De qué va todo esto? ¿Adónde vamos?

Ella esquivó las preguntas.

—Gracias por confiar en mí.

—¿De dónde has sacado esa idea?

—Estás aquí, ¿verdad?

Por los pelos. Tenía los ojos rojos y la barba incipiente le cubría la mandíbula. Quiso consolarlo, pero estaba segura de que él no apreciaría el gesto.

—Espero que tuvieras mejor aspecto cuando hicieron la ficha policial.

Él casi sonrió.

—No tienes piedad.

Era lo último que él quería de ella, y Hinata lo sabía.

—Y tú tampoco estás en tu mejor momento —continuó Naruto—. De hecho...

—Han sido dos días muy largos. —Puso KISS FM y subió el volumen para poner fin a la conversación. Esperó hasta estar a punto de aparcar detrás del edificio que albergaba las oficinas del Mōryō Investment Group para explicárselo.

—Hemos quedado con Shion.

—Ya veo. —Él se frotó los ojos—. No quiero ver a Shion.

—Trabajo en equipo, ¿recuerdas?

—Esto no es un trabajo en equipo. No tengo ni idea de qué estamos haciendo aquí, y no me lo has explicado.

Lo estudió en toda su cansada magnificencia.

—Es la última vez que te voy a pedir que confíes en mí. Te lo prometo.

Él abrió la puerta del coche.

—¿Por qué no? ¿Qué más da otro día de mierda?

Ella recogió el portátil de Taruho del maletero. Naruto debió de asumir que era de ella, porque no hizo ninguna pregunta al respecto. Sin embargo, fue lo primero que vio Taruho cuando la secretaria de Shion los hizo entrar en su despacho. Él se puso de pie desde el lado de la mesa en el que había estado revisando unos documentos con su jefa.

Shion, por su parte, recibió a Naruto con una fría inclinación de cabeza, cualquier muestra de calor había desaparecido de ella y se dirigió al escritorio, como si quisiera poner una barrera entre ellos.

—Hinata, no me has dicho que te iba a acompañar Naruto. Me has hecho creer que solo nos reuniríamos contigo.

—¿Fue eso lo que has pensado? Un error por mi parte.

Naruto se colocó entre la puerta y un retrato al óleo del padre de Shion, donde cruzó los brazos y apoyó el hombro contra la pared, dejando que Hinata se adelantara. Ella deseaba hacer eso por él, lo necesitaba, sería como poner a sus pies un trofeo de la Super Bowl. Entregó el ordenador a Taruho.

—Creo que esto te pertenece. Es de lo más extraño; alguien lo dejó anoche ante mi puerta. Pero, bueno, no pasa nada, ya te lo devuelvo.

Taruho apretó los labios de tal forma que las comisuras de su boca se contrajeron, pero no podía acusarla de habérselo robado sin arrojar sospechas sobre sí mismo.

Shion juntó los dedos sobre el escritorio.

—¿De qué va todo esto, Hinata?

—Se trata de tu mano derecha. Es un criminal. ¿Puedo suponer que no lo sabías?

Taruho se puso como un basilisco.

—Largo de aquí.

La expresión de desconcierto que apareció en la cara de Shion resultaba extraña en una mujer acostumbrada a tener el control.

Hinata se encaró con Taruho.

—¿Te suena de algo el nombre de Hotaru?

Taruho se acercó al escritorio de Shion.

—Voy a llamar a seguridad.

—¿Quizá la conoces como Rochelle? —continuó Hinata—. Es un nombre fabuloso para una prostituta.

Taruho se quedó pálido.

—No sé de qué estás hablando.

Shion se había puesto en pie con las manos apoyadas en el escritorio.

— Hotaru es la... novia de Taruho desde hace mucho tiempo —explicó Hinata—. Y también es la mujer que acusó a Naruto de violación. Resulta interesante, ¿verdad?

Naruto se enderezó en su posición contra la pared.

Taruho se inclinó y apretó el botón del intercomunicador que había sobre el escritorio de Shion. —¡Que venga alguien de seguridad!

— Hotaru me lo ha contado todo —dijo Hinata.

Shion parecía aturdida.

— Taruho, ¿es cierto eso?

—¡No! Claro que no es verdad.

—Ahora mismo está en la comisaría —añadió Hinata—. Junto con la copia del disco duro de tu ordenador.

Taruho corrió hacia la puerta, pero Naruto era demasiado rápido para él. Hizo un placaje que consiguió que Taruho se tambaleara hacia atrás. Antes de que pudiera caer, Naruto lo agarró y lo lanzó al sofá que había en el despacho.

—Vamos a escuchar todo lo que Hinata tenga que decir.

Y ella tenía mucho que decir.

— Taruho ha pagado diez mil dólares a la señorita Hotaru para que acuse a Naruto de violación. Taruho quería destruirlo, sacarlo de tu vida. Incluso utilizó un dron para espiarlo. — Taruho se dejó caer en el sofá con la cabeza entre las manos. Shion se quedó paralizada. Hinata continuó—. La policía encontrará muy interesantes los datos de ese disco duro. Por cierto, deberías vaciar de vez en cuando la papelera de reciclaje de tu correo, aunque lo de haber soltado las cucarachas en el club es poca cosa en comparación con el resto.

—Me lo robaste —dijo él, con la cabeza hundida entre los dedos.

—¿Por qué, Taruho? —exclamó Shion—. ¿Por qué hacer algo así?

Él apretó los dientes, negándose a hablar, por lo que Hinata respondió por él.

—Quiere ser el hombre más importante de tu vida. Se acostumbró a que confiaras en él después de morir tu marido. Quizás alberga la esperanza de convertirse en el próximo señor Mōryō, pero ya fuera eso o no, quiso asegurarse de ser tu hombre de confianza. El interés que mostrabas por Naruto suponía una amenaza para él. Así que Naruto y Rasengan debían desaparecer de escena.

Naruto lo escuchó todo sin decir nada.

Shion se dejó caer en la silla. Se pasó las manos por la cara y luego lo miró.

—¿Cómo has podido hacer todo esto?

—¿Qué otra cosa podía hacer? — Taruho torció el gesto con amargura—. No pude evitar que te casaras con Sam, a pesar de que todos veíamos que no era lo suficientemente bueno para ti. No iba a perderte por Namikaze.

—Confiaba en ti más que en ninguna otra persona.

—¡Necesitaba tiempo! —exclamó él—. Te amo. Siempre te he amado.

Lo que él amaba era Mōryō Investment Group.

La puerta se abrió de golpe y aparecieron dos guardias de seguridad. Shion se levantó de la silla, completamente dueña de sí misma.

—Llevadlo a su despacho y retenedlo allí hasta que llegue la policía. —Mientras desaparecían con él, ella se acercó a Naruto—. No sé qué puedo hacer para compensar esto.

A Hinata se le ocurrieron algunas ideas, y odió cada una de ellas.


Naruto se sentó detrás del volante del Sonata de Hinata y se dirigió hacia Rasengan.

—¿Cómo has conseguido su portátil?

Hinata se apoyó en el reposacabezas y cerró los ojos. Las palabras se agolpaban en sus labios, las emociones y los sentimientos eran tan contradictorios como dolorosos los agitados pensamientos, así que no podía dejarlos escapar.

—No puedo hablar contigo hasta que haya dormido un poco.

—Necesito respuestas.

—Lo digo en serio, Naruto. No he dormido nada desde el domingo por la noche y tengo que hacerlo.

—Muy bien. Mañana estaré casi todo el día con mis abogados, pero te recogeré a las cinco para llevarte a cenar.

Ella abrió los ojos.

—¿Qué tienes? ¿Ochenta años? ¿A quién se le ocurre querer cenar tan temprano?

—Te pones insoportable cuando no duermes.

—Lo sé. Muy bien, quedamos para tomar el té de las cinco.

—Te voy a recoger a las cinco porque quiero disponer de tiempo suficiente para emborracharte.

—En ese caso... —Volvió a cerrar los ojos.


Cuando Hinata se despertó al día siguiente, la policía había emitido un comunicado diciendo que Naruto había sido falsamente acusado. No nombraron a Taruho, sino que hicieron referencia a «una persona con un gran resentimiento contra el ex quarterback de los Stars».

Al mediodía, los canales locales mostraban imágenes de Hotaru con la cabeza cubierta por la capucha de su sudadera tratando de esquivar las cámaras de los reporteros. Hinata contempló la pantalla con disgusto. La amante de Taruho seguramente terminaría protagonizando un reality show.

El abogado de Naruto convocó una breve rueda de prensa a las tres, en la que, entre otras cosas, Hinata se enteró de que Naruto era miembro desde hacía mucho tiempo de la comisión de la NFL contra la violencia de género.

Su abogado leyó una declaración sobre las graves repercusiones que tenían las falsas acusaciones sobre las víctimas de violaciones reales. ¿Cómo no iba a querer proteger ella a alguien así?

Kiba la llamó un poco después con la desagradable noticia de que Taruho Parks tenía una coartada perfecta tanto para la noche en que Naruto fue atacado al salir del garaje como para la noche en que echaron a Tamaki de la carretera.

Hinata había supuesto que Taruho había contratado a alguien para llevar a cabo el primer ataque, pero que era él quien pilotaba el vehículo misterioso que había estado detrás del volante en el segundo caso. A menos que la policía encontrara otra conexión, Taruho podría salir de la situación con un simple tirón de orejas.

Se obligó a concentrarse en el vestido de punto color naranja que había desenterrado del fondo del armario. La última vez que se lo puso fue en la boda de un amigo de la universidad, hacía ya un par de años. El escote barco destacaba su largo cuello, algo en lo que, por lo general, no pensaba, pero esa noche quería sentirse al menos un poco guapa.

Naruto había cambiado los vaqueros y las botas por una camisa blanca con el cuello abierto y una chaqueta sport de color gris oscuro que se adaptaba a su cuerpo como si hubiera crecido allí. La admiración que él sintió al verla se vio reflejada en sus ojos.

—¡Maldición, Hinata! Sin duda sabes cómo resultar femenina.

—Te dije que sabía hacerlo —repuso ella—. ¿Dónde vamos a cenar?

—Primero vamos a tomar una copa a un sitio del que me han hablado genial.

—Te van a acosar.

—Eso está controlado.

Él tenía razón. El lugar resultó estar justo debajo, lo que explicaba la temprana hora de su cita.

A pesar de que Rasengan tardaría en abrir otras cuatro horas más, una luz suave brillaba desde el interior de las mesas de cóctel en forma de cubo, y las luces que colgaban sobre las barras como estalactitas doradas también estaban encendidas. Las banquetas de cuero resultaban acogedoras y la música sonaba en segundo plano. No había nadie a la vista.

Naruto se puso detrás de la barra.

—Faltan tres horas para que aparezca el personal —dijo—. El lugar está bloqueado por el momento, y he dado órdenes estrictas para que no entre nadie hasta las ocho.

—No dejas mucho margen para prepararlo todo antes de que abra el club.

—Lo superarán. —Naruto descorchó un Cabernet muy caro y llenó dos copas.

—Lo siento, no podía hacer una jugada de equipo —explicó ella al tiempo que se subía a un taburete—. Y tú no estabas disponible precisamente para consultarte.

—Estás perdonada.

Ella alzó la copa que él le dio.

—Por la inocencia.

—No con ese vestido.

El amplio escote del vestido se extendía hasta su clavícula, pero el resto de la prenda se ceñía a su cuerpo.

—Me refería a ti.

—Lo sé. —Naruto sonrió—. ¿Cómo te diste cuenta?

Le contó lo de la matrícula de Taruho.

—No era mucho de lo que tirar.

—Intuición. Siempre estaba revoloteando alrededor de Shion, y había algo en su actitud hacia ti que parecía más personal que profesional.

Él apoyó la mano en la barra y le lanzó una de sus penetrantes y analíticas miradas.

—¿Cómo te hiciste con su portátil?

Habían llegado a lo que no quería decir.

—No fue demasiado legal. —Hinata miró la copa de vino—. Me estoy convirtiendo en alguien que no respeto. Una persona tan centrada en el objetivo final que no le importa cómo llegar a él.

—A eso se le llama pasión.

Ella tenía otra palabra: «inmoral».

Naruto la observó beber un sorbo de vino. Ella no era feliz, y él quería que lo fuera. Tenía que estar contenta.

Tomó un plato con rodajas de carne, queso, aceitunas y rollitos de primavera de la nevera que había debajo de la barra y lo llevó a la mesa más cercana. Ella lo siguió con las copas de vino tan derecha como podía con aquellos tacones de aguja que detestaba.

Hinata no había creído ni por un momento que él hubiera violado a nadie. Se había mostrado impaciente cuando la presionó al respecto, como si sacar el tema fuera una pérdida de tiempo. Nadie había mostrado nunca esa fe ciega en él. ¿Qué hacía un hombre con una mujer así?

Ella se sentó en el taburete y la falda se tensó sobre sus muslos lo suficiente como para que él dejara de pensar. Incluso sin el rímel que se había puesto esa noche, sus pestañas eran largas y espesas, y su brillante boca de color rosa, una abierta invitación. Adoraba verla con la cara lavada, pero también saber que se había molestado en maquillarse solo para él.

—Esto parece casi una ceremonia —comentó ella.

—Lo es. Es una celebración. —Ella había puesto en peligro su licencia como investigadora al hacer lo que había hecho, y le molestaba todavía más saber que había necesitado a otra persona para resolver sus problemas.

—No pareces muy contento —dijo Hinata.

—Me siento muy contento.

—Entonces ¿por qué estás frunciendo el ceño?

—Porque estoy intentando no actuar como el animal que soy al imaginar lo que hay debajo de tu vestido. No me siento muy orgulloso de mí mismo.

Ella sonrió.

Él dejó la copa a un lado.

—Vamos a bailar.

—¿Lo dices en serio?

—¿Por qué no?

Ella aceptó la mano que le ofrecía y se levantó del taburete. Naruto la llevó hasta la pista. Era muy extraño darse cuenta de que era la primera vez que iba a bailar en su propio club solo por placer.

Y era un placer. Sentir la dulce presión de su cuerpo contra el de él resultaba casi doloroso, aunque deseó haber evitado esa balada de Ed Sheeran tan sentimental cuando programó la música. Sin embargo, por otro lado, se adaptaba a su estado de ánimo.

—Esto es, sencillamente, muy raro —comentó ella, apoyando la parte superior de la cabeza en su barbilla e inclinándose todavía más hacia él.

—Ojalá no fueras tan romántica...

Ella se rio. ¿Por qué seguía preocupándose por cómo debía abordarla cuando ella tenía los pies tan firmemente plantados en el suelo y no tenía la cabeza a pájaros?

Bailaron en silencio, con las manos entrelazadas mientras sus cuerpos se balanceaban, respirando el aire del otro. La canción de Sheeran terminó y Etta James comenzó a cantar At last. Naruto la condujo de nuevo al taburete.

La vio picotear los aperitivos de aquella forma deliciosa que siempre le hipnotizaba. Tenía que decirle lo que aquella confianza ciega significaba para él. En cambio, le pidió que le contara todo lo que había hecho desde el momento en que la policía lo arrestó en la granja de Shion.

—Te voy a dar una exclusiva. —Hinata le contó cómo había encontrado al hombre que la señora Chiyo creía que era su marido muerto.

—Increíble —comentó él cuando terminó la historia—. Y ¿cuánto te paga la señora C para que hagas ese trabajo?

—Doscientos dólares. Tenía intención de llevarla a cenar, pero ahora espero poder llevarlos a los dos.

—Tienes un buen corazón, Hinata Hyūga.

Ella pinchó un cuadradito de queso.

—Y una ética muy flexible.

Naruto se levantó para coger la botella de Cabernet de la barra.

—Adelante, desahógate —le dijo él.

—No quiero.

—¿Tan malo es?

—Depende de lo que pienses de un allanamiento de morada, por no hablar de un robo. También he mentido a la que te acusó sobre la transferencia del dinero, pero por eso no me siento mal. Además está lo de tu anillo...

Él dejó la botella sobre la mesa.

—¿No te parece que estás siendo un poco dura contigo misma?

—¿El fin justifica los medios? Me gustaría creerlo, pero no puedo.

—Eres una mujer cumplidora, Hinata. Así es como eres.

—Así era como la había hecho Hiashi.

Ella esbozó una falsa y brillante sonrisa.

—No hablemos de cosas deprimentes. Háblame de la cárcel. ¿Alguien intentó convertirte en su novia?

—Me llevaron a una sala de conferencias llena de policías que querían que les hablara de la Super Bowl del año pasado. Así que no.

—Vaya decepción.

Él se metió una aceituna en la boca.

La música volvió a animarse y regresaron a la pista de baile. Un rato después, ella se quitó los zapatos de tacón y él se deshizo de la chaqueta. A medida que las melodías se volvían más eróticas, también lo hizo la forma en que ellos bailaban. De Pharrell pasaron a Rihanna; de Bowie a Beyoncé.

Hinata se puso de puntillas. Frotó ese dulce culo con fuerza contra su cuerpo, contoneándose. A continuación, giró hacia él con el rostro encendido y los párpados pesados. Volvió a contonearse de nuevo... A rozarle con el trasero una vez más. Si ella no se detenía, aquello acabaría con una repetición de su primera vez, por lo que la agarró por los brazos y la apretó contra la pared.

La besó. Con la boca abierta. La besó y la volvió a besar una y otra vez. En la boca, en el cuello, y de nuevo en los labios. Exploraciones largas y profundas. Los dos llegando tan lejos como podían. Devorándose. Con la ropa pegada a la piel. Una canción tras otra.

Marvin Gaye... Let's get it on... «Continuemos...»

Missy Elliott... Let me work it... «Déjame hacerlo...»

Y volvieron a besarse. Como si estuvieran haciéndolo pero para todos los públicos.

Do it all night... All night... «Vamos a hacerlo toda la noche... Toda la noche...»

Él agarró el borde del vestido y se lo subió hasta la cintura. Ella le desabrochó el cinturón.

How does it feels... It feels... «¿Cómo se siente... Se siente...?»

Ropa interior. Cremalleras. Lana y nailon desparramados por la pista de baile.

Up against the wall. In the hall... Hot against the wall. «Contra la pared. En el vestíbulo... Desenfrenado contra la pared.»

Freefall... «En caída libre...»

Ella le rodeó las caderas con las piernas. Él le sujetó las nalgas con las manos y sintió su humedad en los dedos al introducirlos en su interior.

Work it. Work it. Work it. «Hazlo. Hazlo. Hazlo.»

Dentro.

Like that. And that. «Así. Y así.» And that. «Y así...»

El vestido de punto había sobrevivido a aquel emocionante abuso, pero las bragas habían desaparecido, y resultaba extraño llevar solo sujetador. Así que se puso el vestido sobre la piel desnuda. Se tocó la boca. Estaba hinchada. Al día siguiente estaría sensible... Y no solo en los labios.

Sintió que le castañeteaban los dientes y que las piernas no le funcionaban correctamente. Se dejó caer en el sofá de la sala para señoras.

Le había ocurrido lo peor que podía ocurrirle en el mundo.