20. Sentimientos
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Estaba enamorada de él. Se había enamorado de Naruto Namikaze. Había tenido un montón de avisos; el zumbido que experimentaba cada vez que aparecía, el deleite que suponía hacerlo reír, las reglas que había transgredido por él.
¿Cómo podía no haber identificado correctamente la intensa oleada de emociones que la envolvía en los momentos más inesperados?
Se sintió tan mareada que puso la cabeza entre las rodillas, lo que solo sirvió para empeorar la situación. Las señales habían estado allí, pero se había negado a prestarles atención. Se había creído que era inmune, que no podía enamorarse. Y tal vez había sido así. Era inmune a enamorarse de alguien que no fuera Naruto Namikaze.
Pero ver cómo se lo llevaban esposado había abierto la trampa de acero que había enjaulado su corazón durante toda su vida... Hasta ese momento.
Se obligó a incorporarse. Ella no se enamoraba. No tenía recursos para gestionarlo. ¿Cómo iba a ser capaz de salir por esa puerta y actuar como si todo fuera normal? Él era muy perspicaz, sabía leer su mente demasiado bien. Naruto percibiría sus sentimientos en cuanto la mirara a la cara. Y si los viera... Sería amable. Así era él.
Pasaron unos minutos. En cualquier momento Naruto entraría para ver cómo estaba. Hinata quiso esconderse allí para siempre, pero no podía hacerlo, y se obligó a ponerse de pie. Solo existía una manera de salvarse a sí misma. Una sola manera de evitar su piedad, su bondad.
Tenía que salir y poner fin a eso.
Él salió de la cocina con la camisa arremangada. Sus labios parecían tan hinchados como los de ella. ¿Le había mordido? Vio que había dispuesto los cubiertos en la mesa que había junto a los taburetes, junto con dos ensaladas de rúcula y manzana tan perfectamente emplatadas que estaba segura de que no eran obra de él.
—Risotto con langosta —anunció Naruto al tiempo que dejaba los dos cuencos que llevaba en las manos—. Directo desde el calientaplatos. Extracremoso. —La recorrió de arriba abajo con los ojos entrecerrados—. Igual que tú.
El estremecimiento erótico que la atravesó le demostró exactamente lo vulnerable que era. Se dejó caer en el taburete.
Obligarse a comer fue todavía más difícil que actuar como si no hubiera cambiado nada.
—Eres un auténtico chef —lo alabó.
Ella sabía —y él sabía que lo sabía— que no había preparado ninguna de esas delicias, pero Naruto le siguió el juego.
—Me he hecho un corte en el dedo al preparar la carne.
—Gajes del oficio. Todos los grandes chefs se lesionan.
Él sonrió. Ella atacó de forma implacable el risotto. Estaba cremoso, justo como él había apuntado. Con cuerpo, salpicado de suculentos trozos de langosta que amenazaban con deshacerse en la boca.
Hablaron, o principalmente, habló él, de todo lo que había ocurrido con Parks. A la postre, ella le explicó cómo había obtenido el portátil de Taruho, pero ni siquiera eso era tan difícil como lo que tenía que decirle, así que finalmente dejó de intentar comer.
—¿No está bueno? —preguntó él.
—El embarazo me quita el apetito.
Él dejó caer el tenedor, y su cruda expresión de terror fue la prueba evidente de que se estaba esforzando demasiado para actuar con normalidad.
—Estoy bromeando —aclaró.
—¡No me parece divertido! —rugió él.
—Ya sabes que me paso de lista cuando estoy nerviosa.
—Me da igual que estés nerviosa. No vuelvas a bromear sobre... ¿Por qué estás nerviosa?
Quizá podía dejarlo estar durante unos días. Unas pocas semanas... La posibilidad resultaba tan seductora como la serpiente en el Jardín del Edén, e igual de destructiva. Tenía que cortar por lo sano. De forma rápida.
Ser tan implacable consigo misma como acostumbraba serlo Hiashi cuando ella lloraba porque se le había pinchado un globo o tenía un rasguño en la rodilla. Era hija de su padre, y se obligó a mirarlo a los ojos.
—Porque quiero cortar contigo.
—Sí, claro.
«Háblale racionalmente. Los hombres entienden la lógica.»
—Mi trabajo se ha terminado. Por fin tengo un poco de dinero en el banco. Incluso tengo otro lugar donde alojarme.
—Ya tienes un lugar donde alojarte.
—Un lugar mejor. Tenten se va dentro de un par de días con el coro, y no volverá a cantar en Konoha hasta diciembre, así que me mudaré a su casa. —No había hablado con Tenten. Ni siquiera se le había ocurrido alojarse allí hasta ese mismo momento.
El ceño de Naruto se hizo más profundo.
—Eso es completamente innecesario.
—Ya he terminado el trabajo para el que me contrataste.
—Eso no tiene nada que ver con nosotros dos.
Hinata se tragó el nudo que tenía en la garganta.
—Claro que sí. El trabajo ha terminado y, por tanto, nosotros también.
Él cerró el puño sobre la mesa.
—¿De qué estás hablando? Estamos genial juntos. El sexo es fabuloso. Eres la única mujer con la que quiero estar.
—La única mujer con la que quieres estar en este momento.
—¿Y eso tiene algo de malo?
Otro pedazo de su corazón se quebró.
—Para ti, nada. Pero para mí es muy malo. —Permitió que la verdad asomara la cabeza—. No puedo soportar tanto bombo publicitario. Ese no es mi mundo. Soy una chica normal de Konoha y tú... Tú eres de los Stars. —Esbozó una sonrisa temblorosa—. Una estrella brillante, y todo eso.
—Eso no tiene sentido. —Él abrió la mano y la apuntó—. Me has contado cuál es tu visión de la vida, no estás buscando un anillo de compromiso.
La forma en que lo dijo fue como si le clavara una navaja en el corazón. Hinata no era romántica. No lo era. No quería anillos y velos de novia. Ella no era así. Pero renunciar a esa clase de futuro le había secado la boca.
Tenía que ser dura. Eso es lo que era, lo que se esperaba de ella. Respiró hondo.
—Jamás te ha dejado una mujer, ¿verdad?
—No se trata de eso.
—En otras palabras, no. Eres tú el que se aleja. No sabes cómo enfrentarte a otra posibilidad. ¿No lo ves? Esto no es por mí ni por nuestra relación. Viene dado por tu necesidad de ganar. —Era la verdad y quizás él también lo supiera, porque su hostilidad creció.
—No necesito que me psicoanalices.
—Es por tu propio bien y, sí, estoy cortando contigo de verdad.
Lo vio apretar los labios.
—Eres una cobarde, Hinata Hyūga. Jamás pensé que diría eso de ti, pero estás huyendo de nuestra relación como una adolescente asustada.
Muy cierto. Pero, cuando la supervivencia emocional estaba en juego, ¿qué otra cosa podía hacer?
—No estoy huyendo. Estoy siendo realista. Pertenecemos a mundos diferentes, Naruto. Ha llegado el momento de que vuelva al mío y que tú continúes en el tuyo.
—¿Es lo que quieres de verdad?
—Sí, lo es.
Él se levantó y arrojó su servilleta. Jamás le había visto una expresión tan fría.
—Puedes irte al infierno.
Naruto se fue directo a su despacho. ¿Cómo había podido ella distanciarse así? Se suponía que esa noche sería una celebración. Había planeado darle la sorpresa de pedirle que se fuera a vivir con él, una invitación que jamás había hecho a ninguna otra mujer. ¿Y qué hacía ella? Echarlo todo a perder.
Dejar algo sencillo en manos de Hinata Hyūga era convertirlo en un problema. Se divertían juntos. Veían la vida de la misma manera. ¿Por qué le resultaba tan difícil entenderlo? Pero no, en vez de apreciar lo que tenían, le daba por meter la pata.
Sin embargo, ella tenía razón en algo. No le gustaba perder. Sobre todo cuando no había necesidad de ello. Tomó una decisión. La ignoraría durante un par de días, le daría un poco de tiempo para que echara de menos lo que tenían. Sí, tendría mano dura con ella. La dureza era un lenguaje que sí entendía Hinata Hyūga.
Las últimas cuatro noches en el club fueron un infierno, pero le había prometido a Obito que se quedaría hasta el final de la semana y no podía dejarlo en la estacada. La historia de Naruto y la falsa acusación había resultado una buena medida publicitaria y Rasengan se estaba llenando todas las noches. Cada vez que se daba la vuelta, allí estaba Naruto.
Por fin llegó el sábado. Su última noche. Toda la publicidad, las discusiones sobre si dejar solo a Naruto o no había terminado. A había organizado que siempre estuviera a su lado uno de los guardias. Hasta esa noche, Hinata había podido pedirle que cubrieran a Naruto porque siendo la única mujer del cuerpo de seguridad, ella tenía demasiado terreno del que ocuparse. Pero el sábado, Jūgo se puso enfermo y ella tuvo que cubrir su puesto.
Naruto había conseguido que le resultara fácil mantener la distancia al actuar como si no existiera. Le estaba demostrando lo que ya sabía; que odiaba perder. Ella echaba de menos tanto su cercanía que le dolía, extrañaba las miradas íntimas que intercambiaban, la diversión compartida sobre algunas cuestiones que solo ellos encontraban hilarantes. Todo había desaparecido.
También sería la última noche que dormiría en el apartamento encima del club. Tenten se había mostrado feliz de que alguien le cuidara el piso, y Hinata se mudaría por la mañana. Al día siguiente, aquel capítulo de su vida habría terminado. El peor capítulo de su existencia.
No, el mejor capítulo.
Mientras observaba a las rubias de bote cayendo sobre él como pirañas, acercándose lo suficiente para mancharle de maquillaje la camisa, A le dio un golpecito en el hombro.
—Ha llegado el momento de que te ocupes de Naruto —le indicó mirando al jefe—. Por cierto, ¿qué les pasa? No han hablado en toda la semana.
Ella se marchaba, y Naruto se quedaba. Tenía que hacerle quedar bien.
—Naruto me ha dejado. De la mejor manera posible, claro está. Es un caballero.
—¿En serio? Se les veía muy bien, pensé que durarían más.
—No pasa nada. Tenía que ocurrir. Mejor cuanto antes.
A le dio una torpe palmadita en la espalda. A pesar de que era un cretino, había desarrollado un reacio afecto por él. Poco después de que se alejara el jefe de seguridad, la multitud volvió a presionar a Naruto y ella tuvo que hacer su trabajo.
—Este hombre necesita algo de espacio.
La gente no le dio problemas, y los pocos que se negaron estaban borrachos y eran fáciles de manejar. Tuvo suerte de que nadie se fijara en ella, porque necesitaba un desahogo para aquellas crudas y dolorosas emociones que se arremolinaban en su interior. Solo faltaban unas horas...
Un tipo con sombrero de fieltro y jersey de cuello de pico se plantó ante Naruto. Ella se puso cada vez más furiosa al escuchar cómo aquel tarado revivía todas las jugadas en las que Naruto había perdido el balón y cada pelota que había lanzado mal. Naruto estaba llevándolo bastante bien, pero ella no. Cuando el hombre comenzó a criticar las pésimas habilidades de liderazgo de Naruto, todos los horribles sentimientos que se agitaban en su interior encontraron una vía de escape y explotó. Se coló entre los colegas del tipo, subida a sus tacones de aguja, y agarró al hombre por la pechera.
—Mira, imbécil, lárgate o te arranco la cabeza, ¿me has entendido?
Naruto arqueó las cejas. El tipo parpadeó y luego adelantó la mandíbula con falsa valentía.
—¿Sí? ¿Tú y quién más?
—Es mi guardaespaldas —intervino Naruto en tono neutro—. Será mejor que no te metas con ella.
El chico empezó a alejarse.
—¿Quién necesita estar en este lugar de mierda?
Rock Lee alejó al imbécil entre la multitud y Naruto la miró con desagrado.
—Mucho tacto.
—Me estaba irritando.
—Corta el rollo.
Ella no iba a poder manejar aquello durante más tiempo, y se alejó. Solo quedaba una hora para poner punto final a su trabajo.
Comprobó la sala de señoras y la zona VIP. Todo estaba en orden. Cuando por fin llegó a la planta baja, se encontró a Naruto rodeado por un grupo de hombres cerca de la escalera. Un tipo de constitución especialmente fuerte era el que más próximo estaba y se dedicaba a hacerle gestos con su cerveza.
—Tú y yo, Naruto, sabemos lo que se siente. Una zorrita trató de joderme una vez... Justo como te ha ocurrido a ti.
—No sigas... —Naruto se dio la vuelta.
Pero el tipo no le hizo caso.
—Esa zorra se lo buscó. Ella quería. Cualquiera podía verlo.
Y luego, el idiota cometió el error de agarrar el brazo de Naruto. Este se volvió y, sin más advertencia, llevó el puño atrás y golpeó al muchacho, enviándolo hacia la multitud.
«¡Mierda!» Hinata salió disparada. El chico cayó al suelo y se puso de rodillas con una mano en la mandíbula. Ella se arrodilló a su lado y alzó la mirada hacia su ex amante.
—Mucho tacto, Naruto.
Él la miró fijamente.
—Me estaba irritando. —Le devolvió también las palabras.
A pesar de su expresión feroz, estuvo a punto de abrazarlo.
«Esto va por todas esas mujeres que dijeron la verdad, pero nadie las creyó.»
Las tres de la madrugada llegaron finalmente. Hinata se quitó los zapatos de tacón y se arrastró escalera arriba para pasar la última noche en el apartamento. Al día siguiente dormiría en la cama de matrimonio de Tenten debajo de un póster de Aída.
Se desnudó y se puso una camiseta marrón con las bragas. Bajó la vista hacia el callejón por la ventana trasera. Naruto se había marchado; el lugar donde aparcaba el coche estaba vacío, aunque no tanto como el vacío que sentía por dentro.
Se metió en aquella cama demasiado grande y se quedó mirando el techo. Había hecho lo correcto. No podía creer que pudiera estar peor de lo que se sentía en ese momento, pero permanecer más tiempo con él —ocultándole lo mucho que le importaba— solo haría que la inevitable ruptura fuera más angustiosa todavía.
Por fin, concilió un sueño inquieto plagado de figuras con caras de payaso, botas y palos de selfie. En la pesadilla la perseguían por una selva carmesí donde había mujeres muertas colgadas cabeza abajo de los postes de teléfono. Quería gritar, pero no tenía aire. Debía respirar. Se esforzó por encontrar un grito en alguna parte, la que fuera.
Se despertó de golpe. Todavía no había amanecido. Tenía la camiseta pegada a su piel y había babeado la almohada. El corazón le latía desbocado. Solo había sido un sueño... Solo un sueño.
Percibió una presencia en la puerta. Una oscura y silenciosa silueta. Su voz salió como un graznido agradecido.
—¿Naruto?
El extraño se precipitó hacia la cama.
Todo ocurrió muy rápido. Primero estaba atrapada en una pesadilla y luego un hombre la agarraba. Un hombre que no era Naruto.
Se puso a gritar.
—¡Cállate! —Él la agarró por el brazo. La sacudió. Trató de luchar, pero la sábana le coartaba los movimientos.
Él tiró y ella sintió una fuerte sacudida en el cuello. Logró liberar un brazo y le arañó la cara, pero él respondió con una bofetada que resonó en sus oídos. La lucha se volvió frenética; solo oía sus propios jadeos. Después, incluso eso se detuvo, cuando aquellos dedos se cerraron alrededor de su cuello y los pulgares le apretaron la tráquea.
La luz del techo se encendió.
La presión sobre su garganta se aflojó cuando el hombre se dio la vuelta. Ella rodó al lado opuesto de la cama, luchando para liberarse de las sábanas. Cayó al suelo. Unos segundos después, estaba de rodillas, parpadeando para que sus ojos se acostumbraran a la luz repentina.
Wasabi estaba en la puerta, con la pistola Nerf en la mano, mirando al atacante, un hombre que Hinata no conocía.
—¿Zabuza? —balbuceó la niña con la voz temblorosa.
El tipo tenía la cabeza afeitada y una pistola en la mano. Una Beretta de nueve milímetros con el cañón plateado, con la que apuntaba directamente a Wasabi.
Y luego a Hinata.
Él frunció el ceño. Era grande y musculoso. En un tiempo pasado, podía haber tenido un aspecto decente, pero la fealdad del odio había transformado su cara alargada en una máscara llena de maldad.
—¿Qué mierda...? ¿Dónde está Tamaki? ¿Por qué no está aquí?
Wasabi gimió desde la puerta. Él retrocedió hasta la pared del fondo para poder tener a las dos al alcance del arma. Se había colado en el apartamento equivocado. Estaba buscando a Tamaki... Hinata ahogó las palabras.
—Ella... Ella no está aquí. Wasabi se queda conmigo.
Él giró el arma hacia la chica.
—¿Dónde está tu madre?
Hinata rezó para sus adentros, pidiendo que Wasabi no dijera que estaba durmiendo en el apartamento de al lado.
—No... No lo sé —sollozó la muchacha.
—Estás mintiendo, puta.
—Esta noche... Esta noche tenía un seminario —logró decir Hinata—. De unas clases. Ahora, ¡largo de aquí!
—¡Mientes! —El hombre estaba sudando, con la cara muy roja, quizá bajo el efecto de la metanfetamina—. Está con Namikaze. Se acuesta con ese cabrón.
Apuntó a Hinata con el arma.
—Acabaré con ella.
Hinata se acercó a Wasabi muy despacio, que se había quedado paralizada mientras la inútil pistola Nerf caía al suelo. Pasó un brazo por los hombros de la joven y rezó para que la madre de la chica no se despertara.
— Tamaki no está aquí. Vete. Déjanos en paz.
—Me las pagará por ser una puta. Ella me las pagará.
—No hay nada que pagar —repuso muy despacio—. Solo vete.
—Sí, ya sé que todos quieren que desaparezca. Olvidar lo que me hizo.
—Eso forma parte del pasado. Déjalo marchar.
Él se acercó a ellas sin bajar la pistola. Tenía la atención concentrada en Wasabi.
—Y tú eres su muñequita, que ya no es tan pequeña.
Hinata sintió que el terror se apoderaba de ella. Y entonces lo oyó. El clic que anunciaba que alguien había abierto la puerta del apartamento. Karah. Él la mataría. Y quizá también a Jada.
Jamás se había sentido más indefensa. Su Glock estaba encerrada en el maletero del coche, y mientras él estuviera apuntando a Wasabi, todos los movimientos de autodefensa del mundo eran inútiles.
Pero no fue la voz de Tamaki la que resonó en la sala. Fue la de Naruto, y el terror la dejó helada.
—No podía dormir —oyó que decía.
Zabuza agarró a Wasabi, apretó la pistola contra su sien y la señaló a ella con la cabeza, indicándole que atravesara la puerta por delante de él.
Naruto se quedó paralizado al verla. Primero salió ella y luego Zabuza con Wasabi.
—Naruto... —sollozó la niña, presa del terror.
—Está buscando a Tamaki. —Hinata intentó adelantarse para que Zabuza apuntara a su cabeza con el arma.
—¡Quédate quieta o te vuelo la cabeza!
Hinata sintió el cañón de la pistola contra el cráneo. Trató de ignorar los sollozos de Wasabi, que parecía enfrentarse a un terror tan intenso que amenazaba con desmayarse. Ella, sin embargo, no apartó la mirada de Naruto.
«Trabajo en equipo.»
—Baja el arma. —La voz de Naruto fue ronca y firme.
—¿Has venido en busca de tu puta? —se burló Zabuza.
—Está hablando de Tamaki —intervino Hinata—, no de mí.
Naruto no preguntó nada. Era un jugador que daba lo mejor de sí mismo cuando estaba sometido a presión, y en ese momento estaban en el último cuarto y solo quedaban unos segundos para anotar.
—Suelta la pistola —ordenó sin apenas mover los labios.
—¿Por qué debería hacerlo? —El arma seguía firmemente clavada en la sien de Hinata—. Voy a castigarla. Me dejó y corrió hacia ti, con las faldas por la cabeza.
—Tienes una mente muy sucia —repuso Naruto—. No hay nada entre Tamaki y yo.
—¡Mientes! ¡Siempre mientes!
—No tengo ninguna razón para mentir. —Naruto estaba actuando con frialdad, con medida despreocupación, tan solo desmentida por la intensa mirada de sus ojos y el músculo que palpitaba en su mandíbula.
Sin ninguna advertencia, Hinata notó que la presión desaparecía. Zabuza había puesto la pistola contra la sien de Wasabi. La niña gimió al sentir el cañón.
—Quería volarle a Tamaki la cabeza, pero eso no es lo suficientemente malo. Voy a hacer que le duela más. —Pasó el otro brazo por la garganta de Wasabi —. Antes le voy a volar la cabeza a su hija.
Wasabi se puso más pálida. Se estremeció.
Hinata notó que un hilo de sudor se deslizaba entre sus pechos. Tenía la piel fría y húmeda, el corazón acelerado.
—¿Por qué piensas que Naruto y Tamaki son amantes? —Necesitaba hablar, decir algo, lo que fuera—. La amante de Naruto soy yo. Siempre lo hemos sido. De hecho, somos más que amantes. Estamos enamorados. —Habló sin cesar. Tratando de ganar tiempo, distrayéndolo de la pistola que apretaba contra la cabeza de Wasabi —. Tamaki ni siquiera le cae bien. Se ríe de ella a sus espaldas.
—Mentirosa.
Con el rabillo del ojo, vio que Naruto se movía. Despacio. Un cuarto de paso hacia la izquierda. Siguió hablando.
—Ya sabes que es una perdedora. Lo sabes mejor que nadie. Ni siquiera se ocupa de Tamaki. De su propia hija. Por eso se queda conmigo. Tamaki odia a su hija. —Naruto dio otro paso. «Trabajo en equipo. Trabajo en equipo.»—. ¿Cómo puedes seguir interesado por una mujer así? Dijo que no quería volver a ser madre. Que Wasabi es una carga. Que quiere ser libre.
Un grito estrangulado salió desde el fondo de la garganta de Wasabi. Zabuza se sacudió y Naruto saltó por el aire. Aquel cuerpo largo y fibroso, extendido... Se lanzó al más importante bloqueo de su carrera. Una trituración, un bloqueo ilegal con el que le golpeó las rodillas y rodó por el suelo.
Hinata agarró a Wasabi y se tiró sobre ella, protegiendo a la chica con su propio cuerpo cuando sonó un disparo.
