21. Adiós
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata curvó su cuerpo sobre Wasabi para mantenerla a salvo. Temía levantar la cabeza y dejar expuesta cualquier parte de la niña. Fueron segundos de pesadilla. ¿Estaba muerto Naruto o había sido Zabuza el que recibió la bala?
Quizás había dado en la pared. O en el suelo. En cualquier lugar menos en Naruto. Tenía que seguir con vida. Tenía que seguir vivo porque ella lo amaba —lo amaba con todo su corazón—, y porque ella tenía que proteger a Wasabi y debía ser él quien terminara el trabajo.
«Tiene que estar vivo.»
Se oyó un grito femenino. No era suyo. Ni de Wasabi. Tamaki.
—¡Eres una puta! —El aullido furioso de Zabuza hizo que Hinata se quedara helada.
Una salvaje obscenidad de Naruto.
«¡Está vivo!»
Hinata se levantó de encima de Wasabi. ¿Dónde estaba el arma? Tenía que conseguirla. Giró la cabeza.
Naruto tenía atrapado a Zabuza contra el suelo. Y había sangre por todas partes.
Empujó a Wasabi a un lado y se hizo con la pistola. Mientras se ponía de rodillas sujetando el arma con las dos manos, vio a Tamaki de pie junto a la puerta. Su boca estaba abierta en un óvalo de terror. Le gritó que llamara a la policía.
Lo que ocurrió después fue breve y brutal. Naruto arrastró a Zabuza por el cuello y lo golpeó contra la pared. Siguió lanzándolo una y otra vez hasta que Zabuza se desplomó inconsciente en el suelo.
Wasabi sujetó su pistola Nerf y, sin poder detener los sollozos, se precipitó hacia Zabuza para disparar a su arrugada figura. Una bala de espuma tras otra.
Hinata vio primero la mancha de sangre en la pared y luego, unos segundos más tarde, algo mucho peor.
Una rosa carmesí brotaba a través del tejido de la chaqueta de Naruto.
Los paramédicos tuvieron que impedirle que subiera a la ambulancia con él. Pero ella se metió en el coche y los siguió, sin pensar en los límites de velocidad, solo en las partes de él que podían haberse visto alcanzadas por la bala. Cuando llegaron a Urgencias, se negó a dejarlo solo un solo momento.
Naruto había recibido un disparo en el costado. Había un orificio de entrada y otro de salida, lo que era bueno. No había afectado ningún órgano vital. Lo que también era bueno. Pero lo habían herido y eso era horrible. Inconcebible.
Hizo guardia junto a su camilla, interrogando a cada médico, enfermera, bedel o sanitario que se acercaba. Incluso trató de entrar con él en la sala de rayos X hasta que la amenazaron con llamar a seguridad.
Naruto era plenamente consciente de todo, pero no hizo ningún intento de calmarla, limitándose a mirar con una especie de desconcierto.
Mientras hacían las radiografías a Naruto, Hinata comenzó a juntar las piezas. Había asumido que solo había un enemigo, Taruho Parks, y se había equivocado. Taruho era responsable de haber saboteado el club del dron y de la falsa acusación.
Pero el ex novio celoso de Tamaki era el psicópata responsable del resto. Zabuza pensaba que Naruto estaba liado con Tamaki. Fue él quien atacó a Naruto la noche que regresaron de llevar a Ayame a Canadá.
Y también quien cortó los neumáticos. Sospechó que era la persona que estaba detrás del volante la noche que acosaron al Audi en la carretera. Si Tamaki no estaba con él, quería asegurarse de que no la tenía ningún otro hombre.
Ella le contó todo a la policía y trató de no imaginar lo que les podía haber ocurrido a Tamaki y a Wasabi si Zabuza no se hubiera confundido de apartamento. O lo que habría sido de todas ellas si Naruto no se hubiera presentado cuando lo hizo.
Esperó hasta las ocho de la mañana para llamar a Shikamaru, que apareció corriendo en Urgencias apenas media hora después, con el rostro tan pálido como una sábana de hospital. Sus preguntas fueron concisas pero completas, y en cuando asumió que Naruto se pondría bien, volvió a recuperar su comportamiento habitual y señaló a su cliente, que permanecía tendido sobre la cama.
—Bonito camisón.
—Déjalo en paz —gruñó Hinata.
Naruto y Shikamaru se miraron, pero ella los ignoró. No quería que nadie ni nada molestara a Naruto en ese momento.
Esa misma mañana, Hinata habló con Tamaki y Wasabi por teléfono. Zabuza estaba en la cárcel por intento de asesinato entre otros cargos. Tamaki se echó la culpa de todo.
—Cuando empezamos a salir era un hombre muy tierno, y cuando me di cuenta de lo mal que estaba, era ya demasiado tarde. Por eso me fui de St. Louis. Para alejarme de él. Jamás se me ocurrió que podría seguirme.
Hinata trató de consolarla, y luego habló con Wasabi. Su conversación resultó bastante tranquilizadora.
—Mamá quiere que visite a un terapeuta durante un tiempo para asegurarse de que no tengo ningún trauma por lo que ocurrió, pero estoy bastante segura de que estoy bien. Y, ¿sabes qué? Después de que la poli se fuera, mamá me llevó a tomar tortitas y, con todo lo que había pasado, no presté atención y Clara me disparó. Estoy oficialmente muerta.
—¡Oh, no! Lo siento mucho.
—Ya, ya. Pensaba que me sentiría más deprimida, pero al final todo ha ido bien, porque fue Clara quien me disparó, y estamos a punto de ser amigas.
—Aun así, después de todo lo ocurrido hoy, es una pena.
—Sí, pero me di cuenta de que se sentía mal por ello, y ella necesita el dinero incluso más que yo, así que le dije que no pasaba nada. Mañana pasaremos el día juntas y trabajaremos en nuestro proyecto sobre el tráfico sexual. La parte buena es que ya no tengo que llevar esas estúpidas armas Nerf.
Los médicos ignoraron las protestas de Naruto e insistieron en tenerlo toda la noche en observación. Naruto ya había conseguido darle la patada a Shikamaru, pero parecía esperar que ella siguiera revoloteando a su alrededor. Como si ella fuera a permitir que la alejara de él.
El paramédico que llevó a Naruto desde Urgencias hasta su habitación privada parecía un buen chico, pero Hinata permaneció junto a la silla de ruedas mientras subía en el ascensor y recorría varios largos pasillos más. Naruto echaba humo todo el rato, y no por el dolor, sino porque el personal médico no le permitía caminar.
Hinata vio que había demasiada gente merodeando en las cercanías de la habitación y no dio tregua.
—Si no es médico o enfermera, no debería estar aquí, circulen.
Míster Buen Chico levantó la mano de la silla de ruedas y mostró su mejor sonrisa.
—Agradecemos la preocupación.
La adrenalina que la había estado sosteniendo desapareció finalmente, dejándola exhausta y abatida. Lo único que quería hacer era escapar, pero no podía dejar a Naruto solo en un hospital lleno de gente que buscaba excusas para entrar en su habitación.
Necesitaba a alguien que estuviera de guardia ante su puerta hasta que le dieran el alta, y mientras una enfermera comprobaba sus constantes vitales, llam le contó lo ocurrido.
A Naruto le habían dado la versión hospital de un ático con vistas. Cuando ella regresó después de hablar con A, él estaba sentado en la cama, que había puesto casi en posición vertical.
—Deberías estar acostado —dijo ella.
Él la miró de una forma extraña, como si fuera una desconocida a la que estuviera tratando de ubicar, pero luego adoptó una expresión normal.
—No digas tonterías. Tuve lesiones peores en el instituto. No me puedo creer que no me dejen ir a casa hasta mañana.
—Es por tu bien. —Le dio la espalda y se dirigió a la ventana.
—Gracias, por cierto —añadió él—. Te agradezco que te preocupes por mí.
Parecía de mal humor, y ella se preguntó cuánto debía haberle costado decir esas palabras. ¿Cómo podía haberse hecho eso a sí misma? ¿Cómo podía haberse enamorado de alguien tan diferente?
—Soy yo la que te da las gracias —dijo ella—. Si no hubieras venido otra vez al apartamento... —Se volvió hacia la ventana—. ¿Por qué regresaste?
Él dejó caer la cabeza sobre la almohada.
—Quería hablar contigo.
—¿Y no podía esperar a mañana? —Hinata se rodeó con los brazos, abrazándose a sí misma.
—Era importante —se limitó a decir él.
Ella lo miró con curiosidad.
Tenía la mandíbula apretada de esa forma obstinada que había llegado a conocer muy bien.
—Esperaba que te hubieras calmado lo suficiente como para darte cuenta de que todo eso de nuestra separación no tiene sentido. De hecho, creo que debemos dar el siguiente paso. Esto era lo que quería decirte en la cena, la noche del miércoles, antes de que te diera por soltar esa estupidez. Que nos fuéramos a vivir juntos. En mi casa, no en la tuya.
Hinata sintió como si le clavaran un cuchillo en el pecho.
—¿Por qué debería irme a vivir contigo?
Él entrecerró los ojos.
—Menos mal que tengo un ego a prueba de bombas, porque si no, lo habrías destruido por completo. —Ella se tragó el nudo que tenía en la garganta cuando él se levantó—. No sé por qué te muestras tan obstinada con esto. Es de sentido común.
¿Era posible que él se hubiera convencido a sí mismo de que podía funcionar algo tan equivocado?
—No sé por qué lo dices.
—Esta semana he tenido un montón de ideas con respecto a nosotros. —Ella notó que Naruto estaba recuperando el color—. Mírame a los ojos y dime que no es la mejor relación que has tenido, porque para mí, sin duda, es la mejor.
Eso hizo que ella se detuviera y tuviera que aplastar una peligrosa chispa de esperanza.
—¿De veras? Si esta es la mejor relación que has tenido, necesitas terapia con urgencia.
Vio que él la miraba con terquedad. La misma terquedad con la que se negaba a perder. La cualidad que lo convertía en un campeón, pero que también la hacía desconfiar. Tenía que hacer algo con rapidez. Algo definitivo.
Sabía muy bien qué era, pero no estaba segura de poder llevarlo a cabo. Respiró hondo. Tenía que hacer eso porque lo amaba lo suficiente como para hacer lo mejor para él..., incluso aunque ella acabara con el corazón roto.
—Las cosas están así, Naruto... —Respiró hondo—. En cuanto todo esto se tranquilice, es necesario que llames a Shion.
Él se volvió a incorporar en la cama.
—Ya no quiero hacer negocios con ella.
—Lo que ocurrió con Taruho no es culpa suya, y no estoy refiriéndome a los negocios. Hablo de vuestra relación personal. —Se obligó a decir las palabras—. Es mucho mejor que todas esas actrices de Hollywood. Están hechos el uno para el otro. Y está medio enamorada de ti. Si podemos sacar alguna conclusión de lo ocurrido anoche, es que la vida puede ser muy corta. Si sigues perdiendo el tiempo con otra mujer, o sea, conmigo, vas a arruinar la oportunidad de dar con la mujer perfecta.
Él la miró como si tuviera un agujero en el cerebro, y volvió a subir la cama.
— Shion Mōryō no es la mujer perfecta para mí.
¿Cómo era posible que no se diera cuenta?
—¡Lo es! Inteligente, triunfadora, guapa, el tipo de mujer que siempre te respaldará. Y está loca por ti.
Además es agradable, una buena persona.
—Ya es oficial —declaró él—. Estás loca.
—Tienes treinta y siete años. Ha llegado el momento de que sientes cabeza.
—A ver si lo he entendido bien. Estás tratando de cortar conmigo y emparejarme con otra mujer. Las dos cosas a la vez. ¿Es eso?
—No se trata de cualquier mujer. Shion y tú son perfectos. He visto la manera en que actúas cuando están juntos. Podrías enamorarte de ella si te das la oportunidad. Puede que tú no veas demasiado claro lo que debes hacer con tu vida, pero yo sí.
—Venga, adelante —la animó con algo parecido a una mueca—. Dímelo, sé que te mueres por hacerlo.
—De acuerdo. Tienes que dejar todo eso de la discoteca. No es lo tuyo. Compra un terreno, plántalo, mímalo. Haz que crezcan esas cosas tuyas... Asiéntate... con la mujer adecuada. Siendo tan deslumbrante como eres, tiene que ser espectacular. Inteligente, hermosa y con éxito, pero que esté en conexión con el mundo. Como tú.
—Sin duda —dijo él en un tono casi maravillado—, esto es tan abrumador como fascinante. Bien, pues ahora dime... ¿Qué hago con el hecho de que podría estar... —su mirada pareció vacilar un instante— un poco enamorado de ti?
Hinata supo que estaba a punto de caer presa de los sollozos, pero, de alguna manera, se las arregló para soltar una carcajada áspera y sin humor.
—No lo estás.
—¿Y tú qué sabes?
Ella lo sabía. Estaba segura de ello. «Un poco enamorado.» Como si pudiera existir tal estado. No iba a llorar delante de él. «Jamás.»
—Estás hecho para ganar. Lo llevas en la sangre. Esa es la mentalidad que te ha llevado al éxito. Pero esto es la vida, no un partido. Y en vez de salirte por la tangente, piensa en lo que te he dicho. Sobre ti. Sobre Shion. Sobre todo lo demás.
Eso pareció ponerlo furioso.
—Entonces ¿qué pasa con nosotros? Me refiero a después de que me haya enrollado con Shion.
—No hay nosotros.
—¿No quieres que seamos amigos? —El movimiento de su brazo provocó que hiciera una mueca de dolor, pero no pareció preocuparle—. ¿Qué quedemos de vez en cuando para tomar unas cervezas? ¿Que vayamos juntos a un club de striptease? ¿Una noche de póquer? Solo nosotros, los chicos.
Ella no pudo aguantar más.
—Esperaré en el pasillo hasta que llegue A.
—Será lo mejor —repuso él.
«Podría estar... Un poco enamorado de ti.»
O se estaba enamorado o no. Ahora lo sabía. Lloró por primera vez desde que era niña. Durante todo el camino a su apartamento, grandes lagrimones brotaron de sus ojos y resbalaron por sus mejillas hasta gotear en su chaqueta. Lágrimas que venían de un pozo sin fondo.
Había esperado demasiado para enamorarse. Por eso le estaba resultando tan difícil. Debería haberse dejado llevar por el amor cuando era una adolescente, como cualquier chica normal. Y haberlo hecho en un par de ocasiones más después de esa primera vez. Si hubiera hecho las cosas de la forma normal, tendría cierta práctica para hacer frente a esa angustia, pero no tenía ninguna. Por eso se había derrumbado su mundo.
La rueda delantera del Sonata subió a la acera cuando giró hacia el callejón detrás de Rasengan. Tenía que recoger todas sus pertenencias, pero no podía hacerlo con la nariz roja y las mejillas manchadas de lágrimas. No podía permitir que nadie la viera tan deshecha. Retrocedió y se dirigió a ciegas hasta la orilla del lago. Cuando llegó allí, se topó con la hierba que cubría los márgenes.
El viento era frío sobre el agua. Le atravesó la sudadera mientras las lágrimas seguían cayendo. Era como si todas las lágrimas que jamás había derramado se escaparan al mismo tiempo. Por una madre que no podía recordar; por un padre que había amado y odiado a la vez, por un antiguo quarterback que le había robado el corazón cuando ella no prestaba atención.
Comenzó a correr. No había muchos corredores en esa parte del paseo y algunos copos de nieve flotaban en el aire. Faltaban un par de días para noviembre, y luego llegaría el invierno. El frío invierno de Konoha. Corrió más rápido, tratando de escapar de la angustia.
Una mujer vestida con ropa deportiva a la moda que empujaba un cochecito corría hacia ella. A medida que se acercaba, la mujer aminoró el ritmo y luego se detuvo.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó mientras su bebé dormía en la silla de paseo.
Hinata sabía que debía parecer una loca.
Se detuvo el tiempo suficiente para agradecer la preocupación de la mujer.
—Mi... Mi perro acaba de morir.
Vio cómo giraba la coleta de la mujer.
—Lo siento —le gritó.
Hinata continuó corriendo. Había dicho otra mentira. Jamás había sido mentirosa, pero estaba convirtiéndose en una profesional. Demasiadas mentiras.
«Me llaman Natahi. Lady Natahi, en realidad. Natahi es un nombre familiar... Lo cierto es que... soy tu acosadora.»
Se dio la vuelta.
—Acabo de dejar al hombre que amo con toda mi alma —gritó a la mujer—, sé que jamás me amará de la misma manera y me duele tanto que no sé qué hacer.
La única indicación de que la joven la había oído fue la forma en que levantó el brazo del manillar del cochecito y lo agitó.
Hinata contempló el lago con los puños cerrados, le castañeteaban los dientes y las lágrimas se helaban en sus mejillas. Tenía que encontrar un nuevo yo. Uno que fuera indestructible y no permitir que nunca, jamás, volviera a ocurrirle algo así.
Pasó una semana. Naruto sabía que Hinata se había ido. Era como si nunca hubiera estado allí. El personal de limpieza había borrado la sangre de la pared del apartamento y había vuelvo a poner los muebles como estaban antes. Naruto solo había entrado allí una vez, y no podía hacerlo de nuevo.
La imagen de Hinata ante él, con una pistola apuntándole a la cabeza, se le había quedado grabada en el cerebro. Ese fue el momento exacto en el que lo entendió. Como si una ráfaga de aire hubiera barrido la niebla que oscurecía una verdad que debería haber reconocido mucho antes.
Pero en lugar de ir a por ella de inmediato, lo había arruinado todo cuando estaba en el hospital. No había dicho lo correcto, lo que resultaba irónico, teniendo en cuenta su reputación de saber decir lo más adecuado en cada ocasión.
Tras años sufriendo que le metieran los micrófonos ante las narices había aprendido a divulgar exactamente lo que quería, a transmitir justo su intención. Pero cuando tuvo que decir las palabras correctas ante Hinata, había metido la pata de una forma increíble, y ahora ella no respondía a sus llamadas.
La herida del costado estaba curando, pero el resto de su cuerpo era un desastre. Llamaron a la puerta de su oficina. Era la primera vez en muchos días que alguien osaba molestarle. No los culpaba por guardar la distancia.
Se comportaba de forma brusca con los clientes, se mostraba descontento con los camareros y abiertamente hostil con los miembros del equipo de seguridad. Incluso había discutido con Obito porque el gerente insistía en que no le pasaba nada malo al sistema de climatización del club.
Pero el aire estaba estancado, no circulaba. Resultaba tan pesado por el perfume y los licores que era como si le hubiera atravesado cada poro de la piel.
Apartó la vista del monitor del ordenador que llevaba mirando solo Dios sabía cuánto tiempo y dirigió su ira hacia la puerta.
—¡Fuera!
Wasabi irrumpió en el despacho.
—¡Has cortado con Hinata! ¿Cómo has podido?
—Fue Hinata la que pasó de mí. Y ¿cómo te has enterado?
—He hablado con ella por teléfono. Al principio no me lo dijo, pero por fin se lo sonsaqué.
Él se reclinó en el sillón intentando parecer casual, a pesar de que quería exprimir cada detalle.
—Entonces... ¿Qué te ha contado sobre mí?
—Que no se han visto desde el día del accidente.
—¿Y has deducido por eso que lo hemos dejado?
—Hinata parecía muy triste. —Wasabi se dejó caer en el sofá—. ¿Por qué ha cortado contigo?
—Porque piensa que no me tomaba en serio nuestra relación. —No pudo permanecer sentado ni un momento más. La miró por encima del escritorio y, a continuación, se puso a ajustar las lamas de la persiana en la ventana que tenía detrás.
—¿Te dijo eso? —preguntó Wasabi.
—No con esas palabras, pero... —Se obligó a ir a la pequeña nevera junto a las estanterías—. Hinata es extremadamente competitiva y piensa que yo también lo soy.
Wasabi se inclinó hacia delante con un pequeño encogimiento de hombros.
—¿Y no es así?
—No con ella. —Sacó una Coca-Cola y la sostuvo en alto—. ¿Quieres una?
Wasabi dijo que no con la cabeza.
—¿Vas a intentar volver con ella?
—Sí.
—No pareces demasiado confiado.
—Tengo confianza.
—Pues no lo parece.
Ella tenía razón. Hizo saltar la lengüeta de la lata a pesar de que no era capaz de beber nada en ese momento.
—No quiere hablar conmigo. No responde a mis mensajes ni a mis llamadas. —No sabía muy bien por qué estaba contándole todo eso a una adolescente, salvo porque había sido la única lo suficientemente valiente para preguntárselo.
—Tienes que ir a su casa y llamar a la puerta —indicó Wasabi —. Está viviendo en el apartamento de su amiga Tenten. O... Podrías esperar junto a su coche y saltar sobre ella cuando aparezca. Podrías conseguir que te escuche.
—Eso está muy bien en las películas, pero en la vida real se llama acoso. Quiero hablar con ella, no molestarla ni enojarla.
Volvieron a llamar a la puerta.
—¡Fuera!
La puerta se abrió de todas formas. Esta vez era Shion Mōryō. Ahora no le quedaba más remedio que ser educado, si todavía recordaba cómo se hacía.
—¿Llego en mal momento? —preguntó ella.
—Lo siento, Shion. Pensé que era Obito.
—Pobre Obito.
Se volvió hacia Wasabi.
—Podemos seguir hablando más tarde.
La joven se levantó de un salto del sofá.
—De acuerdo. Pero no se lo digas a mamá. No le gusta que te moleste.
—Es una pena que no todo el mundo piense igual —murmuró.
Shion cerró la puerta después de que Wasabi se fuera. Él se dio cuenta de que todavía sostenía la lata de Coca-Cola en la mano y se la ofreció.
—¿Quieres una?
—No, gracias. —Shion parecía tan cómoda y elegante como siempre con un traje negro. Nada de vaqueros arrugados o camisetas de los Bears. Ni de ojos con el color de la luna. Su cabello era una suave cortina dorada en lugar de un desordenado conjunto de mechones.
—¿Qué tal va tu herida? —preguntó ella.
—Apenas la noto. —A menos que se moviera demasiado rápido. Le dolía un poco, pero no se quejaba.
—Me alegro. —Ella avanzó—. No me has devuelto las llamadas. —Lo dijo sin acritud, solo mostraba simpatía. Esa mujer era demasiado agradable y por eso, exactamente, jamás podría enamorarse de ella. Hinata debería conocerlo lo suficiente como para entenderlo—. He hablado con el abogado de Taruho —continuó ella—. Va a intentar llegar a un acuerdo.
Naruto se deshizo de la lata.
—Eso hará las cosas más fáciles.
—Fui a ver a Taruho para asegurarme de que entiende que una vez que el sistema judicial haga justicia con él tendrá que encontrar otro lugar donde vivir. Muy lejos de aquí. Imagino que volverá con su madre. —Deslizó el bolso de su hombro y lo dejó en el sofá—. Me siento un poco idiota. Sabía que era posesivo, pero como hacía mi vida mucho más fácil después de que Sam muriera, lo ignoré. He venido a disculparme por no haber sido más lista con él, y por ser la culpable indirecta de que ocurriera todo eso.
—Todos tenemos nuestros momentos de ofuscación. —Sobre todo él. Necesitaba hablar con Hinata. Tenía que explicarle cómo se había sentido cuando vio el arma apuntando a su cabeza, pero ella se lo estaba poniendo imposible.
Shion esbozó una brillante sonrisa.
—Mañana recibirás una oferta formal por nuestra parte. Tengo plena confianza en tu idea y estoy deseando financiarla. Debería haber confiado en mi instinto y firmar el contrato hace semanas, pero permití que Taruho me influenciara.
Había llegado el momento de decirlo en voz alta. Metió el pulgar en el bolsillo de los vaqueros y luego lo sacó.
—Me voy a deshacer del negocio, Shion. Pondré el club a la venta. —Se sentía bien después de poner las cartas boca arriba sobre la mesa.
Le falló la cara de póquer.
—Siempre te has mostrado muy apasionado al respecto. ¿Estás seguro? ¿Por qué has cambiado de idea?
—La desazón ha crecido lentamente en mi interior. —Todo lo lentamente que podía acumularse cualquier cosa con Hinata Hyūga empujando sus recelos como una apisonadora. Pero Hinata tenía razón.
La satisfacción que acostumbraba experimentar al entrar en el club había desaparecido. Rasengan era un sitio genial, y había disfrutado creándolo, pero no había contado con el día a día, y la idea de estar años pasando de un club a otro había perdido su atractivo.
—Me gustó el desafío, me atraía la idea de crear algo desde cero, pero me he dado cuenta de que eso era todo lo que me gustaba. Pensaba que una red de discotecas sería un buen negocio para mí, con la dosis justa de riesgo y una buena recompensa, pero me equivocaba.
—¿Debido a...?
Él le dio la respuesta más sencilla.
—A que echo de menos las mañanas.
Ella no lo entendió, pero Hinata hubiera entendido perfectamente que estaba cansado de multitudes, de tener que gritar para hacerse oír por encima de la música, de los olores y de las luces estroboscópicas y parpadeantes.
Estaba harto de vivir de noche. Quería aire limpio. Quería dormir más de tres horas antes de salir a correr por la mañana. Anhelaba justo lo que Hinata había dicho; hacer crecer esas cosas suyas.
No sabía cómo iba a enfocarlo, pero tampoco sabía cómo iba a enfrentarse a otras muchas cosas en ese momento. Solo era consciente de que tenía que hacer grandes cambios.
Miró su camiseta, colgada en la pared, detrás de ella.
—Alguien trató de decirme que era el negocio equivocado para mí, pero he tardado un poco en darme cuenta por mí mismo.
—¿Hinata?
No lo negó ni lo admitió.
—La llamé el otro día —confesó Shion—. Hablamos un rato.
Era como si todo el mundo hubiera hablado con Hinata menos él.
—¿Sabes que piensa que nosotros dos deberíamos salir juntos? —Shion hizo girar un anillo de plata en su dedo—. Pero no va a ocurrir, ¿verdad?
Naruto odiaba herir a las mujeres, pero debía ser sincero.
—Me temo que no. Y lo siento.
—No tanto como yo. —Vio cómo ella se ponía un mechón de pelo detrás de la oreja al tiempo que esbozaba una sonrisa triste—. Una vez que lo vi en perspectiva, entendí por qué no soy la mujer adecuada para ti. Necesitas a alguien... Menos convencional.
Era interesante que todas esas mujeres creyeran saber qué era lo que él necesitaba.
—Lamento que no vayamos a hacer negocios juntos —dijo ella—. Si cambias de opinión, házmelo saber.
—Lo haré. —Aunque sabía que no lo haría.
En cuanto Shion se fue, agarró el teléfono. Clavó la mirada en él y envió a Hinata otro mensaje de texto.
«Te quiero. No un poco, sino con todo mi corazón.»
El texto no llegó a ser entregado.
Finalmente, Hinata lo había bloqueado.
