22. Descubrimiento


[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]


—No quiero quedar con él —protestó Chiyo mientras Hinata la conducía a la cafetería donde se suponía que debían reunirse con Jiraiya Mahoney al cabo de, exactamente, diez minutos—. Va a pensar que soy una vieja que ha perdido la cabeza.

Era una buena descripción para cómo se sentía Hinata, demasiado vieja para su edad y apenas capaz de funcionar. Echaba de menos a Naruto con desesperación. Levantarse de la cama cada mañana era un esfuerzo ímprobo y solo el sentido del deber la obligaba a cumplir lo que consideraba su obligación con Chiyo.

Se la jugó dirigiéndose directamente al buen corazón de la anciana.

—Es un buen hombre y se siente solo. Ya sabes lo que se siente al perder al compañero de toda la vida. Eres la persona perfecta para animarlo un poco.

—No entiendo que tenga que ser yo. Va a pensar que estoy loca.

—Pensará que eres interesante, y tienes que verlo con tus propios ojos para poder dejar todo esto atrás.

Quizás ella misma podría empezar a superar lo de Naruto si él dejara de intentar ponerse en contacto con ella, pero era demasiado competitivo como para renunciar sin luchar a brazo partido. Pensó que debería haber hecho lo que quería.

Tendría que haberse ido a vivir con él y dejar que la cubriera de tanto amor que dejara de ser un reto. Si lo hubiera hecho, él habría salido por la puerta lo más rápido posible. Pero no había tomado ese camino porque no era lo suficientemente fuerte.

Chiyo y ella llegaron con diez minutos de antelación, pero Jiraiya ya estaba sentado en la misma mesa de la parte de atrás donde había estado hablando con Hinata semana y media antes.

—Es él —señaló.

—No me dijiste que fuera tan guapo —susurró Chiyo.

Él se había peinado hacia atrás su blanco cabello. Parecía que había tratado de planchar la camisa, que había combinado con unos pantalones grises y lo que tenía todo el aspecto de ser un nuevo par de zapatillas blancas. Hinata rodeó la cintura de Chiyo con el brazo, agradeciendo la sensación de solidez.

—Quería sorprenderte. Vamos.

Chiyo avanzó como si estuviera dirigiéndose a su ejecución. Jiraiya se levantó y Hinata los presentó.

—Sé que debes de pensar que soy una vieja loca... —Chiyo fue directa al grano.

Hinata no podía dejar que ocurriera eso.

—La primera vez que viste a Jiraiya llevaba una porción de queso en la cabeza.

—Eso es cierto —convino Jiraiya mientras todos se sentaban—. Mantiene a la gente alejada.

Chiyo lo miró preocupada.

—¿Por qué quieres que ocurra eso? Las personas necesitan estar en contacto con otras personas.

—Eso es lo que me dicen mis hijos cuando me llaman. Hablo con ellos una vez a la semana, pero no se molestan en visitarme.

—Tienes suerte de tener hijos. Sakumo y yo no pudimos. Él tenía un recuento bajo, ya me entiendes.

Jiraiya asintió.

—Eso es malo. Muy duro para los dos.

Chiyo dejó caer el bolso al suelo.

—¿Qué me vas a decir? Cuando Sakumo...

Hinata se levantó de un brinco.

—Tengo que hacer algunas llamadas. —No era cierto, pero ya estaba lo suficientemente deprimida como para conocer los detalles del bajo recuento espermático de Sakumo.

Chiyo le indicó que se fuera.

Hinata acampó fuera de la cafetería, sentada en una de las dos mesas metálicas diseñadas para días más cálidos en vez de para las sombrías horas de noviembre. Las nubes bajas y grises oscurecían cualquier posibilidad de que el sol se asomara.

Se preguntó cuánto tardaba una persona media en superar un corazón roto.

Quizá si triplicara ese tiempo podría hacerse una idea de cuándo regresaría a la normalidad, porque en ese momento se sentía como si se hubiera roto en un montón de piezas irregulares que pugnaran por atravesar su piel.

Sonó su teléfono.

—Hinata, soy Temari Nara.

La alegre voz de Temari la hizo sentir un poco mejor. Temari conversó durante unos minutos antes de ir al grano.

—Me gustaría contratarte para que hicieras algunos trabajos para mí. La compañía que verifica los antecedentes comienza a entregarme los informes tarde, así que quiero que te hagas cargo del trabajo.

Un mes antes, Hinata habría estado en éxtasis, pero en ese momento sus límites eran más suaves, como si su antiguo yo hubiera alcanzado su fecha de caducidad.

«No es trabajo para una niña. Debiste creerme», le susurró Hiashi al oído.

Su padre estaba completamente equivocado. Su infelicidad no tenía nada que ver con el hecho de ser mujer y sí con la errónea creencia de que Investigaciones Hyūga era todo lo que quería en la vida.

Se frotó la palma de la mano en los vaqueros.

—¿Puedo volver a llamarte? Me siento muy agradecida, pero... Tengo que replantearme algunas cosas.

—¿Quieres contármelo?

Temari era una mujer tan abierta, tan carente de prejuicios, que Hinata casi se sinceró con ella, pero ¿cómo iba a entenderla una mujer feliz, con un negocio que iba viento en popa y un marido que la adoraba?

Dejó caer una respuesta real pero poco reveladora.

—Resulta que las vigilancias me aburren de forma considerable, no me gusta decir a las mujeres que sus maridos les están engañando.

—Es comprensible —repuso Temari.

—Tengo que meditar sobre ello.

—Es bueno que todos lo hagamos de vez en cuando. Deshacernos de lo que no funciona y crear algo nuevo a partir de lo que sí lo hace.

Un gran consejo, aunque Hinata no sabía qué era lo que funcionaba bien y mal en su vida.

Después de aquella conversación, Hinata volvió a entrar en la cafetería, donde Chiyo la despidió con la noticia de que Jiraiya la llevaría a casa.


Hinata le había dicho que no. Y «no» quería decir «no», ¿verdad? Pero Naruto no podía dormir. Se olvidaba de comer y comenzaba a mirar con nostalgia las botellas de licor que había detrás de la barra.

Había estado seguro de que al final acabaría respondiendo a una de sus llamadas o, por lo menos, a un mensaje de texto, pero no iba a ocurrir. En ese momento no estaba más cerca de hablar con ella de lo que lo había estado cuando salió de su habitación en el hospital, hacía ya una semana y un día.

No podía soportarlo más, así que se dirigió al viejo edificio donde estaba el apartamento de Hinata.

En el camino, se siguió recordando a sí mismo lo que le había dicho a Wasabi sobre el acoso, pero tratar de mantener una simple conversación con Hinata no podía considerarse acoso, ¿verdad?

Quizá pudiera considerarse una mera sombra.

Los chicos que vivían en la planta baja le habían dejado entrar con anterioridad, pero en esta ocasión no respondieron, a pesar de que vio movimiento en su apartamento a través de las ventanas de la fachada. A continuación, llamó al timbre en el piso de Kurenai, pero no obtuvo respuesta. Apretó el botón de la señora Chiyo.

—¿Quién es? —respondió ella por el intercomunicador.

—Soy Naruto Namikaze, ¿podría abrirme?

—¿Naruto qué?

—Namikaze. Naruto Namikaze. ¿Podría abrirme la puerta?

—Me gustaría —replicó ella con cierta vacilación—, pero... Me duelen las manos y no puedo apretar el botón.

Era mentira, evidentemente, ya que estaba usando el intercomunicador.

—Pruebe con el codo —indicó con paciencia infinita.

—Tengo artritis.

Él se lo pensó durante un minuto.

—Se me ha ocurrido que quizá podría dejarme probar un poco más de ese toffee tan bueno que hace.

Es el mejor que he probado nunca.

Hubo una larga pausa, seguida de un ronco susurro.

—Ella no me deja. Hinata nos dijo que no le abriéramos la puerta. —Luego dejó de susurrar—. No se puede jugar así con el corazón de una buena mujer, y no voy a añadir nada más.

El intercomunicador se apagó. Eso lo llevó a sentirse tan irracional que hizo lo que había jurado no hacer nunca. Se puso a esperarla junto a su coche, como si no fuera mucho mejor que el ex novio de Tamaki, Zabuza. Necesitaba hablar con Hinata y ¿qué otra cosa podía hacer?

Permaneció allí casi dos horas, muerto de frío, hasta que ella apareció por fin. Llevaba uno de esos plumíferos que usaban las mujeres de Konoha en invierno. Su cabello se agitaban con suavidad, como si fueran plumas.

Ella lo vio de inmediato y se detuvo.

—¡Déjame en paz! —gritó, metiéndose las manos en los bolsillos. La vio darse la vuelta y volver al edificio.

Naruto se sentía furioso consigo mismo. Ella le había enviado un mensaje muy claro, y él lo había ignorado. Necesitaba darse una ducha.

Condujo sin rumbo; ya no sabía qué hacer. Al final, se dirigió hacia el gimnasio, a pesar de que los médicos le habían prohibido que entrenara. En el camino, un policía lo detuvo por exceso de velocidad aunque, como era de prever, se negó a ponerle una multa aunque él insistió en ello. Hinata tenía razón. Era un peligro al volante y debía ser responsable.

Hinata apuntada por una pistola... Aquella imagen se había quedado grabada en su cabeza como el fotograma de una película pegado al proyector. Aquel fue el momento en el que la niebla por fin se despejó, y comprendió lo que su corazón había tratado de decirle durante semanas; amaba a Hinata Hyūga con toda su alma. Era parte de él. Su risa, su consuelo.

Más que eso. Era también su conciencia y su equilibrio. Además suponía un reto, pero no de la forma en que ella pensaba. Estar con ella lo desafiaba a convertirse en alguien mejor, a encontrar un lugar en el mundo que no dependiera de una victoria en el marcador. Lo desafiaba a permitir que dependiera de otra persona y confiara en ella para que le ayudara a cargar el peso.

Pero ¿qué podía ser él para Hinata? Gracias a Hiashi Hyūga más lo averiguaría.

Ella le había contado suficientes cosas sobre su infancia para que él imaginara el resto. Para Hiashi, ser agradable significaba que ella tenía que tragarse cualquier emoción que a él le disgustara.

Su padre había castigado las lágrimas y recompensado el estoicismo. Hiashi se había encomendado la misión de formar a una guerrera lo suficientemente fuerte como para sobrevivir al duro mundo que había matado a su madre, y lo había conseguido. Pero luego la había coartado, negándole el campo de batalla que era su derecho por nacimiento.

Su niñez había sido muy diferente. A pesar de que su abuelo había luchado contra sus demonios particulares, nunca le había avergonzado cuando demostró las emociones normales que todos los niños experimentaban al crecer.

«Todos los hombres tienen que llorar a veces, hijo. Es bueno sacarlo fuera.»

Hinata no sabía gestionar ni aceptar las emociones. Complacer a un padre que adoraba había significado no poder demostrar debilidad, ternura o vulnerabilidad.

Naruto frenó de golpe tan bruscamente que el coche que iba detrás casi se empotró contra el suyo. Claro, eso era, ella tenía miedo a hablar con él. No estaba entrenada para verse forzada a mantener una conversación que se adivinaba llena de emociones, una conversación en la que él se aseguraría muy bien de decir todo lo que debía y que haría que a ella se le removiera hasta el alma.

Ver aquella pistola... Los sollozos de Wasabi... Y Hinata allí, de pie, sin poder hacer nada, con la mirada clavada en él... El mensaje era tan claro como si lo hubiera dicho en voz alta.

«Trabajo en equipo.»


Ver a Naruto junto a su coche el día anterior había interrumpido cualquier microscópico progreso que Hinata hubiera hecho para seguir adelante con su vida

Su figura alta, sus manos grandes y capaces caídas a los costados, las sombras que la tenue luz de noviembre arrojaba sobre sus pómulos...

Todo ello había hecho crecer un alocado anhelo tan doloroso que había estado a punto de caer de rodillas.

Cuando Wasabi la llamó, miraba sin ver por la ventana del despacho.

—Eres detective —declaró la adolescente—. Clara y yo pensamos que deberías hacer algo al respecto.

—No estoy precisamente en condiciones de resolver el tráfico sexual de niños.

—Pero puedes hacer algo, como fingir que eres una niña en internet. Desenmascarar a todos esos tipos y detenerlos.

—Soy detective. No puedo detener a nadie.

—Podrías trabajar conjuntamente con la policía —insistió Wasabi—. Y hablar con gente importante, decirles que no pueden detener a esas chicas como si fueran prostitutas.

La pasión de Wasabi resultaba admirable, pero Hinata casi no sabía cómo llegar al final del día, era impensable que pudiera resolver un problema de esa magnitud.

Cuando puso fin a la llamada, Hinata se cubrió la cara con las manos. Temari le había ofrecido trabajo verificando antecedentes, y Shion la había llamado para que hiciera algunas labores más para Mōryō Investment. Investigaciones Hyūga estaba empezando a despegar, pero ella no lograba motivarse con ello. La visita de la noche anterior al apartamento de Kurenai había sido el único momento agradable de la semana.

—Te envío por correo electrónico un enlace de YouTube —le había dicho a la meteoróloga más elegante de Konoha—. Utilízalo como creas conveniente.

—¿A qué te refieres?

—Ya lo verás.

Hinata había sido capaz de ayudar a Kurenai sacando a la luz un vídeo que habían publicado recientemente, un vídeo que alguien había grabado en la universidad al tonto del culo. Hinata lo había guardado para la posteridad.

En la filmación, se veía al jefe de Kurenai a cuatro patas, sin camisa, con sujetador y un par de bragas sobre la cabeza mientras un compañero de hermandad universitaria de pelo en pecho montaba sobre su espalda.

—¡Oh, Dios mío! —había exclamado Kurenai—. Ese imbécil pomposo es mío para siempre jamás.

Hinata parpadeó para borrar el recuerdo. Era algo que hacía mucho últimamente. En ese momento se abrió la puerta del despacho. Abrió mucho los ojos al ver entrar a Shikamaru Nara.

—Cuánto tiempo sin verte... —la saludó el agente.

Ella no podía manejar más problemas. Pero, al mismo tiempo, era una buena distracción a sus cavilaciones.

—¿Qué deseas?

—Estoy aquí para negociar un acuerdo —explicó él—. Para Naruto. Quiere que vayas a vivir con él.

—¿Qué? ¿Ha enviado a su agente para negociar eso?

—Jugadores de fútbol americano... —dijo él con aire de disgusto—. Son unos niños malcriados. No saben hacer absolutamente nada por sí solos.

Ella se clavó las uñas en las palmas de las manos.

—No me lo puedo creer.

—Al menos no tiene nada que ver con ganado. Odio tener que negociar sobre ganado.

—Señor Nara...

—Shikamaru. Creo que nos conocemos lo suficiente como para tutearnos.

— Shikamaru... No voy a vivir con tu cliente. —Había comenzado a dolerle el cuello, y también el estómago. Y quería llorar. Se clavó las uñas con más fuerza—. Solo por curiosidad... Los agentes cobran un diez por ciento de los acuerdos que hacen para sus clientes, ¿verdad?

—El porcentaje varía, dependiendo del tipo de negociación.

—Así que si consigues llegar a un acuerdo conmigo, algo que no va a ocurrir, ¿qué es lo que obtendrás?

—Verduras. El próximo verano.

—Entiendo.

Él se balanceó sobre los mocasines de marca.

—Solo quiero tener claro algo. ¿No quieres vivir con él?

—Exacto. —Si se mudara al piso de Naruto estaría comportándose como si no fueran más que follaamigos. Antes de que terminara el primer día le estaría pidiendo que se enamorara de ella. El mero pensamiento hizo que comenzara a sudar.

—Bien, haz una contraoferta —repuso Shikamaru.

—¡No voy a hacer ningún tipo de oferta!

—Esto es una negociación. Eso forma parte de ella.

Su exagerada paciencia hizo que ella quisiera saltar por encima del escritorio y estrangularlo.

—Mi contraoferta es que salga de mi vida.

Él tuvo el descaro de parecer decepcionado con ella.

—Eso no es una contraoferta. Es un ultimátum. Según mi experiencia, y tengo mucha, estas cosas salen mejor cuando ambas partes negocian de buena fe.

Había caído justo en medio de la Ciudad de la Locura y eso, por irónico que fuera, consiguió estabilizarla. Recordó su primer encuentro con Shikamaru, cuando Naruto había firmado el contrato que Shikamaru había negociado por más dinero. Más dinero para ella. Aquellos dos hombres no mantenían una relación normal entre cliente y agente, y querían volverla loca. ¡Genial! A loco, loco y medio. Eso era algo que podía permitirse.

—¿Una contraoferta? ¿Qué te parece esto? Si se aleja de mi vida, prometo que le regalaré todas mis camisetas de los Bears.

—Te puedo garantizar que no va a aceptar un par de camisetas a cambio de vivir en un apartamento de lujo. Sin duda, puedes hacerlo mejor.

Ella solo quería que aquel sufrimiento se detuviera, y eso no ocurriría hasta que Naruto la dejara en paz.

Miró a Shikamaru.

—Si sale de mi vida, le arreglaré personalmente una cita con Shion.

—Sigues sin tomártelo en serio.

Estaba tomándoselo más en serio de lo que imaginaba. ¿Por qué Naruto la hacía pasar por eso? Debería haber hablado con él el día anterior. Debería haber permanecido junto a él soportando el frío para que le dijera lo que creía que debía decir, sin responder ni una palabra. Pero había sido una cobarde. Y seguía siéndolo.

—Trabajaré un mes gratis en la página web del club. Pero solo hablaré con Obito, y solo si Naruto se olvida de que existo.

—Tres meses.

—Dos.

—Es razonable. —Sacó el teléfono—. Voy a consultarlo con él.

—Hazlo... —dijo ella.

Él se dirigió al aparcamiento. Lo vio hablando por el móvil a través de la ventana. Observó que se paseaba entre el Sonata y su SUV. Por fin, guardó el teléfono y volvió a entrar.

—No hay trato. Quiere un encuentro cara a cara.

No podía. No podía hacerlo.

—No.

—¿No querías deshacerte de él?

—Más de lo que nunca he deseado algo.

—Entonces, ofrécele algo que no pueda resistir. Además de ti.

Ella se levantó de golpe de la silla.

—¿Cuándo me he convertido en alguien tan condenadamente irresistible? ¿Puedes decírmelo?

—No soy quien debe responder. Y no es que no te encuentre encantadora.

Ella le enseñó los dientes.

—¡No quiero hablar con él!

—Lo entiendo. Pero esto es una negociación.

Era una locura, eso era.

—Dos meses con la página web y verificar los antecedentes de sus empleados durante un año. ¡Un año entero!

—Ahora empezamos a hablar. —Él volvió a salir al aparcamiento, y ella se dejó caer en la silla, detrás del escritorio. Habían firmado un pacto para torturarla.

Al otro lado de la ventana, Shikamaru seguía hablando. Vio cómo llevaba una mano a la cadera, empujando hacia atrás el borde de la chaqueta sport. Siguió hablando un poco más antes de, por fin, volver a entrar.

—Ha rechazado la oferta.

—Claro que sí —replicó ella con amargura—. Odia tanto perder que es capaz de hacer lo que sea para ganar. No importa lo inconcebible que sea.

—No es una opinión demasiado amable para venir de una mujer enamorada.

Ella clavó los ojos en el punto medio entre sus cejas.

—No estoy enamorada. Y quiero que te vayas.

—Podría hacerlo, pero... Temari ha metido la nariz en este asunto y ha decidido que Naruto y tú necesitáis una especie de cierre. No sé qué es lo que les ocurre a las mujeres con eso, pero así están las cosas. Debo advertirte de que esto, al final, se ha convertido en una manera de que me sea más fácil lidiar con mi esposa. Sé que parece una mujer normal, pero cuando se pone es una fiera.

—¿Temari quiere que me hagas pasar por esto?

—Es una firme devota de eso, del «cierre». —Él sonaba triste—. Si no consigo nada, le he prometido que la llamaría para que se presentara aquí enseguida.

Hinata se derrumbó. Podía luchar contra los hombres, pero no contra Temari.

Cayó sobre ella una oleada de cansancio.

—Me reuniré con él a solas, pero en un lugar público. —Se reclinó sobre la silla—. Mañana por la tarde en el Big Shoulders Coffee. Y solo si me da su palabra de honor de que no intentará volver a ponerse en contacto conmigo más adelante.

De alguna manera, se había sosegado lo suficiente como para enfrentarse a él. La cafetería estaría bien iluminada, y era lo bastante pequeña para tener que conversar en voz baja, y él no podía resultar demasiado irresistible, allí estaba garantizado que se dejaría la ropa puesta.

—Espera. — Shikamaru sacó el móvil de nuevo.

Ella quiso gritar. O llorar.

En esta ocasión, Shikamaru se quedó dentro.

—Naruto, se reunirá contigo, pero solo en un lugar público. En Big Shoulders Coffee mañana por la tarde, y solo si te comprometes a no volver a ponerte en contacto con ella. — Shikamaru escuchó y frotó la pierna con la mano—. Er... de acuerdo. —Colgó y se volvió hacia ella—. Tiene que ser hoy. Y no en Big Shoulders. Tiene una reunión en el ayuntamiento, así que te encontrarás con él en la plaza del Daley Center después. A las dos. No puedes pedir un lugar más público que ese. Creo que deberías aceptar.

¿Cómo era posible que a él le importara tanto ganar? Ya tenía su corazón. Ahora quería pisotearlo hasta destrozarlo.

—¿De acuerdo? —preguntó Shikamaru.

Ella hundió los hombros.

—De acuerdo.

—No volveré a quejarme nunca de los tratos sobre ganadería —murmuró él mientras se acercaba a la puerta y salía.

Ella voló por encima de la alfombra y abrió la puerta trasera.

—¡Espero que te atragantes con las verduras! —gritó al aparcamiento.

Él se dio la vuelta y le mostró el pulgar hacia arriba, significara lo que significase.