23. Mi Estrella.
[La Historia, imágenes y personajes NO me pertenecen, los tome para entretenimiento, SIN ánimo de LUCRO]
Hinata se dirigió hacia el Daley Center como si fuera una rea camino de su ejecución. La ira habría sido una emoción más útil que el pánico que la atenazaba. Tenía que salir de eso con al menos una pizca de dignidad intacta. No importaba lo mucho que lo amara, lo mucho que anhelara caer en sus brazos, tendría que ser fuerte.
La escultura de un alien de Picasso dominaba la gran plaza frente al rascacielos de treinta y un pisos del Daley Center. El propio Picasso había donado la escultura a la ciudad y, una vez entregada, nadie había tenido el valor de devolvérsela. A medida que se acercaba, los ojos metálicos de la escultura la fulminaron con la mirada, que ella también fulminó a su vez. Fruncir el ceño era mejor que salir corriendo.
La sudadera con cremallera no abrigaba lo suficiente para un día tan frío y húmedo. Debería haber llevado su plumífero, pero para eso habría tenido que ocurrírsele antes.
Naruto ya estaba allí. Permanecía de pie a la sombra de la escultura de Picasso con la cabeza gacha, intentando que la gente no lo reconociera. Por un momento, ella se olvidó de respirar.
Cuando él la vio, no se acercó. Esperó a que ella llegara a su lado. Llevaba un traje oscuro, de vestir, con camisa blanca y una corbata de rayas rojas. Hinata se detuvo a unos pasos de distancia, lo bastante lejos para evitar sentir el calor de su pecho.
—Tú ganas —le dijo con frialdad—. Dime lo que quieres que sepa y luego déjame en paz.
Él la miró como si estuviera aprendiéndose su rostro de memoria. Ella esperó que de su boca saliera algo profundo, pero no fue así.
—¿Qué has estado haciendo? —preguntó él.
—Evitarte. Ha sido un trabajo a tiempo completo.
Él asintió con la cabeza como si estuviera de acuerdo con ella. La estaba mirando con tanta intensidad que tuvo que apartar la mirada.
—Acaba de una vez, Naruto. ¿Por qué me has enviado al tiburón que tienes por agente?
—Necesitaba hablar contigo y tú me lo estabas poniendo imposible.
No podía ablandarse ante él.
—Aquí me tienes. Dime lo que quieras.
—Es posible que no te guste.
—Entonces, quizá sea mejor que te lo reserves.
—No puedo. Es... —Lo vio encogerse de hombros contra el viento—. Es difícil, eso es todo.
Ella creyó comprenderlo.
—Quieres que esto termine siguiendo tus términos y no los míos, así que adelante. Rompe conmigo. Te sentirás mejor si lo haces tú, y a mí me da igual.
—No quiero romper contigo.
—Entonces ¿qué es lo que quieres? —explotó—. ¡No pienso irme a vivir contigo!
—Lo entiendo. —Un par de palomas revolotearon entre ellos—. Ya sé que no eres lo suficientemente fuerte para decir lo que sientes por mí, así que seré yo el que diga lo que siento por ti.
La estaba acusando de ser débil. Eso no se lo consentía a nadie y pasó a la ofensiva.
—Ya lo hiciste —le acusó—. Me dijiste que quizás estabas un poco enamorado de mí, ¿no lo recuerdas?
—Lo dije de esa manera para no asustarte.
Y la había desequilibrado por completo.
—Te muestras muy indecisa con respecto a nosotros —continuó él—. Ha sido así desde el principio, y si te hubiera dicho la verdad, habrías salido corriendo. Es posible que todavía lo hagas, porque con respecto a lo que sientes por mí, solo puedo hacerme conjeturas. Aunque soy capaz de adivinar lo que piensas sobre casi todo, soy incapaz de leerte la mente sobre esto.
Ella sintió una agridulce punzada de alivio al saber que había logrado protegerse, al menos un poco.
—No soy capaz de verle el sentido a esta conversación, pero ¿cuándo he sido capaz de entender lo que hacéis tú y tu gemelo malvado? —soltó refiriéndose a su agente.
—Te amo, Hinata. No me enamoré un poco de ti. Me enamoré de la cabeza a los pies.
El viento ululó en sus oídos mientras el corazón le daba un vuelco.
Naruto no se movió. No la tocó. Un mechón de pelo se agitó contra su mejilla.
—Creo que lo sé desde hace mucho tiempo —continuó él en voz baja—, pero no entendí del todo lo que sentía hasta que ese imbécil te apuntó con la pistola. Entonces fue como si me abrieran una grieta en el pecho.
Ella metió las manos en los bolsillos de la sudadera sin creerle, luchando contra el señuelo de la esperanza.
—Una descarga de adrenalina puede hacer sentir un montón de cosas raras.
—No me hables de adrenalina, sé todo lo que produce. Y es algo efímero. Mis sentimientos no lo son.
Hinata dejó que la amargura hablara por ella.
—Todavía no han pasado dos semanas. Dale tiempo.
—¿Cómo puedes ser tan cínica?
Ella no se sentía cínica, sino tan frágil como el azúcar hilado. Había empujado a su campeón hasta arrinconarlo contra la pared, y él estaba luchando por salir de la única manera que sabía, por la fuerza.
—Arriésgate, Hinata —insistió él—. Yo no soy Hiashi Hyūga. Dime lo que sientes de verdad. Me amas o no. Mira en tu interior. Necesito saberlo.
No tenía que mirar en su interior. Pero le resultaba imposible decirlo en voz alta. Sin embargo, si no lo hacía, ¿no estaría tomando la salida de los cobardes?
Era dura. Y vivía así, con la dureza como compañera. Cerró los puños en las profundidades de los bolsillos.
—Sí, te amo. Claro que lo hago. ¿Cómo podría no hacerlo? —escupió las palabras—. Y te amo lo suficiente para no dejar que esto vaya más lejos. Somos demasiado diferentes para tener un futuro juntos, así que da igual.
—Lo único diferente entre nosotros es nuestra cuenta bancaria.
—Es una gran diferencia.
—Solo si piensas que el dinero es lo único importante.
—Y la fama. Y las discotecas. Y el anillo de la Super Bowl.
—Algo que no tenemos ninguno.
—... Y amigas en Hollywood.
—Dicen que los opuestos se atraen. Lo curioso de todo esto es que ni siquiera somos opuestos. Somos iguales, diferentes caras de la misma moneda. —Vio que le palpitaba un músculo en la mandíbula—. Pero yo tengo la cabeza despejada y tú no.
—Eso no es...
—Hay algo que no entiendo. ¿Por qué te resulta tan difícil aceptar que te amo?
Estaba tratando de confundirla, y ella soltó lo primero que se le pasó por la cabeza.
—No soy guapa. Y tú eres famoso. Y tampoco soy hogareña.
—¿Es en lo único que puedes pensar? —replicó él con beligerancia.
—Y en tu dinero.
—Eso ya lo has dicho.
Un grupo de hombres vio a Naruto y se dirigieron hacia él. Ella se volvió hacia ellos.
—¡Ahora no!
Por una vez, Naruto no trató de suavizar su brusquedad con una sonrisa de chico bueno. Ni siquiera los miró.
Los hombres le lanzaron una mirada de reproche pero se alejaron. Como si le importara. Sería el poli malo si así le protegía.
—Esto es lo que está claro. —La intensidad de Naruto comenzó a asustarla—. Puede que tu padre no lo haya hecho tan mal, pero te ha endurecido tanto que has perdido el contacto con tus sentimientos. Eres tú contra el mundo, y te mueres de miedo ante cualquier cosa que te hace sentir vulnerable.
—Y esto lo dice el señor Duro en persona —replicó ella con acritud.
—Sí, soy terco e impulsivo, pero jamás he pretendido ser invencible. Eres tú la que muestra una voluntad de acero.
—¡Eso no es verdad! —exclamó ella—. Me he enamorado de ti, ¿verdad? Nada puede hacerme sentir menos invencible que eso.
—Entonces ¿por qué exactamente estás tan empeñada en alejarme?
Estaba equivocada, solo había una manera en que pudiera hacer a Naruto todo aquello y terminar para siempre. Tendría que pasar por ello. Pegarse a él hasta que estuviera cegadoramente claro para... ambos... que eran una pareja imposible. Alzó la barbilla y lo miró.
—Vale. Lo haré. Iré a vivir contigo. Nos daremos un par de semanas y luego ya veremos.
Naruto la apretó contra su pecho.
—Oh, nena...
Hinata cerró los ojos. Apoyó la mejilla contra su corazón. Rindiéndose. Él le encerró la cara entre las palmas de las manos y apretó la frente contra la de ella. Sus narices se rozaron y él le frotó la punta suavemente con la suya.
—La cosa es que... —continuó Naruto—, esa oferta ya no está sobre la mesa.
—¿¡Qué!? —Ella se echó hacia atrás. Él le había tendido una trampa. Una típica trampa de quarterback.
—Soy capaz de confiarle mi vida a Hinata Hyūga. —La hirió la ternura que había en sus ojos—. Pero no de confiarle mi corazón a la hija de Hiashi Hyūga.
—Entonces ¿qué quieres de mí? —gimió.
—Quiero un documento legal.
—¿De qué hablas?
—De matrimonio.
Ella se apartó de él.
—¡No puedes hablar en serio!
—No pensaba sacar el tema todavía. Tenía intención de darte un poco de tiempo para que te tranquilizaras y te acostumbraras a la idea de que te amo, pero ahora veo que sería un gran error. Estás tan nerviosa que lo único que harías es buscar razones para separarnos.
—¡Eso no es cierto! —Por desgracia, sí lo era. La plaza comenzó a difuminarse a su alrededor y percibió un pitido en los oídos.
—Eres tan terca como yo. —Naruto le pasó los nudillos por la mejilla—. Tal y como yo lo veo, en cuanto estemos legalmente casados, vamos a ponernos a tope para encontrar la manera de hacer que vaya adelante.
—¡Es una locura! Nadie hace eso.
—Está claro. Pero estas son circunstancias extraordinarias, y esta es la única manera en que lograremos que funcione.
—¡Es una locura! —repitió.
—Seguramente lo sea para la mayoría de la gente. Nosotros somos diferentes. Así que tienes que tomar una decisión.
—¿No es suficiente con que te haya confesado que te amo? —Sus palabras fueron casi un sollozo—. Eres el mejor hombre que he conocido nunca. Solo tengo que escuchar tu voz para derretirme. Pero eso no significa que debamos casarnos. Ya te dije que viviría contigo. ¡Esto es intimidación!
—Algo así. —Él le acarició el pelo con los dedos—. Sin embargo, ponte en mi lugar. Si fueras yo, ¿qué harías por ti?
—Yo... Yo... Es imposible responder a eso.
—Solo porque no te gusta la respuesta. —Él señaló con la cabeza el edificio que tenían detrás—. Me parece recordar que hay una oficina de licencias de matrimonio en el interior.
En ese momento lo supo.
—Lo has planeado todo, ¿verdad? Por eso querías reunirte aquí conmigo. No fue una ubicación elegida accidentalmente.
—Admito que se me ocurrió, pero solo como un plan de emergencia, y parece que ahí es donde estamos ahora. —Naruto la agarró por el codo y comenzó a tirar de ella a través de la plaza hacia el edificio de vidrio—. No te preocupes de nada. No es más que un pedazo de papel. No tienes nada que temer.
—No estoy...
—Respira hondo. Es lo único que tienes que hacer. Yo me encargo de todo lo demás.
En ese momento, ella se rindió. En lugar de clavar los talones en el suelo para impedirle avanzar, se dejó llevar. Caminó a su lado como si no tuviera voluntad propia. No lo miró, no habló con él, pero tampoco escapó. Simplemente cedió a su imparable determinación.
La oficina de licencias de matrimonio estaba en el primer piso, ocupando una amplia zona frente a la fachada de cristal con un largo mostrador tras el que había una fila de ordenadores. Un fornido empleado se levantó detrás de uno de los ordenadores y atendió a Naruto. Unos segundos después entraron en un despacho privado.
Todo ocurrió como un borrón. El empleado le pidió el carnet de conducir, y Naruto tuvo que sacárselo de su cartera. Luego, cuando llegó el momento de que estampara su firma, él le guio la mano hasta la línea de puntos. Y, durante todo el proceso, le frotó la espalda como si estuviera tratando de calmar a un animal asustado.
Con el papeleo final en la mano, la condujo al exterior. Al llegar a la plaza de nuevo, él le puso los dedos debajo de la barbilla.
—Sé que estás enfadada. Que tienes miedo. Y puesto que el miedo es algo que no sabes manejar demasiado bien, tenemos que superar esto lo antes posible. Yo me encargo de todos los arreglos. Invita a quien quieras. Lo único que tienes que hacer es presentarte en mi casa. Mañana a las seis de la tarde.
—¿Mañana? —Aquella aguda voz aflautada no podía ser suya.
—Llama a Shikamaru si necesitas algo antes de esa fecha. Es mejor que él se ocupe de ti.
—Pero...
En su rostro apareció la expresión más grave que le hubiera visto nunca.
—Necesito un compromiso firme por tu parte, Hinata. Soy fuerte con respecto a muchas cosas, pero no cuando se trata de ti. Por lo que a partir de ahora tendrás que hacerlo sin que yo te presione. Te he llevado hasta la línea de anotación. Serás tú la que la cruce.
—Pero ¿mañana? ¿No podemos... posponerlo un poco?
—¿Cuánto tiempo? ¿Un año? ¿Cinco? ¿Cuándo te sentirás lo suficientemente cómoda para hacerlo? Ella bajó la mirada.
—Pues a eso me refiero. Cuanto más tardemos, más difícil será para ti.
—Pero ¿mañana?
—No soy tan duro como tú, nena. Es mejor acabar de una vez y poner fin a tanto sufrimiento.
—No creo que pueda hacerlo.
—Espero que estés equivocada, porque yo te he dado mi palabra. Te prometí que si hoy hablabas conmigo no intentaría ponerme en contacto contigo otra vez. —Él inclinó la cabeza, y cuando ella volvió a levantar la vista percibió tanto sufrimiento en sus ojos que sintió como si viera reflejadas sus propias emociones—. Esta es mi única baza, Hinata —susurró él—. No puedo hacer la última parte por ti. Depende de ti que continúes adelante... o no.
Y eso fue todo. Naruto se alejó.
Temari tenía grandes contactos y un talento natural para hacer milagros, por lo que Naruto dejó en sus manos todos los preparativos de la boda. Aunque solo después de que le hubiera hecho sentarse para soltarle un sermón.
—El matrimonio es un compromiso serio, Naruto. No es algo que se deba hacer de forma impulsiva, y de sopetón... —Una y otra vez, él trató de hacerle entender que aunque podía parecerlo, jamás en su vida había hecho nada menos impulsivo. Hinata lo entendería. Tenía que hacerlo. Si se presentaba... Porque si no lo hacía... No, no quería pensar en ello.
El día siguiente lo pasó tratando de encontrar algo que hacer hasta las seis de la tarde, algo que no fuera emborracharse. La prensa se había enterado de que había pasado por la oficina de licencias de matrimonio, pero no quiso hablar con los medios de comunicación.
Finalmente, comprobó si se había recuperado corriendo cuatro o cinco kilómetros, luego se tomó una taza de café, y corrió un par más. A continuación se fue a su oficina y se puso a mirar el ordenador. Encendió el televisor para ver ESPN. Lo apagó. Trató de leer.
A eso de la una, le llamó Shikamaru.
—Tengo aquí a tu investigadora favorita. He de decirte que está un poco nerviosa. Y que grita.
Naruto agarró el teléfono con más fuerza.
—Entre otras cosas.
—No puedes casarte sin firmar un acuerdo prematrimonial —oyó que gritaba Hinata al fondo—. Eres idiota. ¡Y no se puede redactar un acuerdo en solo dos horas!
—Me temo que ella tiene razón, campeón.
—¡Vales millones de dólares! —seguía gritando ella, seguramente para Shikamaru, aunque lo hacía con la fuerza suficiente para que Naruto alejara el teléfono de la oreja—. ¿Ves a lo que me enfrento? Es un adicto a la adrenalina.
—Es evidente que ella está usando la cabeza —comentó Shikamaru —. Bajo las circunstancias actuales, te recomiendo no llegar más lejos sin hablar con tus abogados.
—De lo contrario, ¡te voy a dejar sin un centavo! —Incluso con el móvil alejado de la oreja, pudo escucharla sin problemas.
—¿La has oído? —preguntó Shikamaru.
—Es difícil no hacerlo. Dile que se preocupe de sí misma.
Y colgó.
Temari creó magia. Los muebles de jardín y las macetas habían desaparecido de la terraza. Los empleados llevaron sillas, así como calentadores para aire libre con los que mantener calientes a los invitados aquella fría tarde de noviembre. Cuando los profesionales de la restauración se apropiaron de la cocina, él se encerró arriba, cada vez más ansioso. Cuando no pudo soportarlo más, llamó a Shikamaru.
—¿Va a aparecer?
—Ni idea. Calculo que tienes un cincuenta por ciento de posibilidades a tu favor en el mejor de los casos.
Eso no era lo que él quería oír.
La persona que oficiaría la ceremonia llegó a las cuatro y media. Y, en ese momento, Naruto estaba hecho polvo.
Poco después, comenzaron a aparecer los invitados. Era una lista pequeña, pues había elegido a personas que Hinata conocía y con las que se sentiría cómoda: Obito y los miembros del equipo de seguridad; Wasabi y Tamaki; la señora Chiyo, que apareció con un tipo bastante platicador al que presentó como Jiraiya Mahoney, su novio.
Le hubiera gustado que estuviera presente Ayame, pero todavía era muy pronto para que abandonara Canadá. Kurenai llegó con un muy feliz Kiba de su brazo.
Naruto la llevó a un lado.
—¿Has hablado con ella?
Kurenai parecía preocupada.
—Chiyo y yo llamamos a su puerta, pero nos dijo que nos fuéramos de malas maneras, y no responde al teléfono. Creo que este no ha sido un movimiento inteligente.
Temió que ella tuviera razón, y trató de recordar por qué había estado tan seguro de que funcionaría.
A se acercó a él.
—¿Quieres que envíe a los chicos por ella?
Se sintió tentado, pero negó con la cabeza.
—Tiene que hacerlo porque quiere.
—Es arriesgado, jefe. Muy arriesgado.
Como si no lo supiera ya.
Llegaron las seis. La hora del fin del mundo. Todos habían aparecido ya. Todos, salvo la novia. Había sido una locura darle un ultimátum. A nadie le gustaba que lo arrinconaran, y a Hinata menos todavía.
Pasaron cinco minutos más. Y otros diez. Pronto tendría que salir a la terraza para hacer el humillante anuncio de que debía suspender la boda.
En aquel momento, se abrieron las puertas del ascensor, y allí estaba ella.
Mostraba una expresión insegura. Llevaba un vestido corto de encaje, con los hombros al aire que, seguramente, había comprado en H&M y que le hacía pensar en helado de vainilla. Se había retirado el pelo de la cara con una estrecha diadema de diamantes falsos que dejaba al descubierto sus pómulos.
Era perfecta de pies a cabeza. Salvo aquellos grandes ojos grisáceos, a los que asomaba una expresión de terror que nunca había visto en ella.
Se acercó a ella con tres zancadas. Cuando lo miró, Naruto vio algo que jamás había imaginado. Algo tan inconcebible que pensó que era un truco de la luz.
Pero no lo era. Hinata Hyūga tenía los ojos llenos de lágrimas.
Ver aquello hizo que le picaran sus propios ojos y le cogió las manos.
—Hina...
Ella alzó la mirada hacia él, una sola y hermosa lágrima quedó atrapada en sus pestañas.
—Estoy asustada.
Nunca la había amado tanto como en ese momento. A pesar de que pudiera parecer una locura, estaba haciendo lo correcto.
—Lo sé. —La besó en los ojos. Saboreó la sal, comprendiendo lo que le costaba revelar tanto.
—¿No tienes miedo? —preguntó ella.
—Ahora no. Pero hace un par de minutos..., no quieras saberlo.
—Tenías miedo de que no apareciera —concluyó con labios temblorosos.
—Estaba aterrado.
—No podía hacerte eso. Te amo demasiado.
El nudo que se le puso en la garganta hizo que le saliera la voz ronca.
—Ya veo. Porque si no fuera así, no estarías aquí.
Ella apretó las palmas contra las solapas de la chaqueta.
—No tengo ni idea de cómo debe comportarse una esposa. ¿Estás seguro de esto?
—Al sesenta por ciento.
Eso la hizo sonreír. La sonrisa más dulce que hubiera visto nunca. Una sonrisa tan querida que tuvo que aclararse la garganta para poder hablar.
—¿Qué te parece si hacemos un trato? —propuso poniéndole el pulgar en la comisura de la boca—. Después de que hayan pasado un par de horas, fingiremos que esta noche no ha ocurrido. Viviremos juntos, avanzaremos hacia delante sin volver a pronunciar la palabra matrimonio.
Ella sonrió de oreja a oreja.
—¿Harías eso por mí?
—Claro que sí.
—De acuerdo.
Entonces le agarró la mano y la colocó en el hueco de su codo.
—Finge que es un mal sueño.
—No es malo, en absoluto —le pareció que susurraba ella.
La condujo hasta el otro lado de la sala, hasta la puerta de la terraza. Juntos, salieron al país de cuento que habían creado en la azotea.
Los invitados estaban sentados en sillas Chiavari doradas bajo un dosel blanco en el que colgaban hilos con cientos de lucecitas centelleantes. Había flores en grandes jarrones, exhibiendo todos los colores del otoño: dalias doradas, rosas de color vino, hortensias verdes y calas naranja.
Los invitados volvieron las cabezas cuando entraron y se oyó más de un suspiro de alivio seguido por el agudo silbido de A. Hinata esbozó una temblorosa sonrisa. Tenten había viajado en un jet privado desde Houston para dar la sorpresa a Hinata, así que le hizo una seña y comenzó a cantar Come away with me con su exquisita voz de soprano.
Unas cintas de terciopelo marrón y las moreras marcaban un improvisado pasillo, y las luces se reflejaban en los diamantes de imitación de la diadema. Hinata se concentró tanto en la voz de Tenten que no se dio cuenta de quién los esperaba en la parte delantera de la carpa, no la vio hasta que el coro final se desvaneció y miró hacia delante.
Naruto notó que le clavaba los dedos en el brazo.
—¡No puede ser! —susurró ella.
—Alguien tenía que casarnos —repuso él en voz baja.
—Pero...
Cuando las últimas notas se apagaron, él puso la mano sobre la de ella, en el hueco de su brazo, y la condujo el resto del pasillo hasta el lugar donde Tsunade Senju Katō, propietaria de los Konoha Stars, esperaba para unirlos en matrimonio.
—Te advertí desde el principio que uso a los hombres —dijo Hinata a su marido esa misma noche mientras yacía entre sus brazos, mareada y saciada de sexo.
—¿Cuánto tiempo más crees que seguiré siéndote útil?
—Mucho. —Se acurrucó sobre su pecho. No sabía exactamente cómo iba a conseguirlo, pero tenía intención de ser la esposa ideal de una celebridad—. No puedo creerme que estemos casados —suspiró.
—Pensaba que no íbamos a hablar de ello.
—Solo lo haremos esta noche. —Se puso sobre la espalda—. Ahora que me he atado a un hombre, estoy pensando en dejarme llevar. No más vestidos, maquillaje o peinados...
—Ya no le dedicas demasiado tiempo al pelo —señaló él, atrayéndola de nuevo.
—Los vestidos son muy incómodos.
—Me parece bien, pero vas a echar de menos las miradas que te echo cuando te los pones.
Su sonrisa se convirtió en un ceño.
—Tienes que redactar un acuerdo prenupcial. O postnupcial. En serio, Naruto. Para presumir tanto de ser un crack en los negocios eres completamente irresponsable.
Él bostezó y deslizó la mano por su muslo.
—Ya se dedicaran a ello Shikamaru y tú.
—¿Es así cómo va a funcionar este matrimonio? ¿Los tres? ¿Tú, yo y tu agente?
—Así es como son las cosas cuando te casas con un privilegiado ex deportista.
Ella se rio y levantó la mano, admirando con la tenue iluminación del dormitorio el anillo que él había comprado. Una espiral de diamantes de pequeño tamaño envolviendo una estrecha banda de oro.
—Podías haberte permitido uno más grande.
—Cierto. —Él besó la curva de sus pechos—. Pero me habrías matado.
La conocía demasiado bien. No solo con respecto a sus preferencias en cuestión de joyas, sino también sus defectos e inseguridades, así como cada una de sus obsesiones. Y la quería de todas formas.
—Yo también tengo un anillo para ti —declaró ella—, aunque tardaré un par de semanas en recibirlo. Él hizo girar en su dedo la alianza de platino que ella le había comprado con una buena parte de sus ahorros.
—Ya tengo uno.
—No es un anillo de ese tipo.
Él levantó la cabeza de la almohada.
—No me digas que...
—Tenía que hacerlo. Me remordía la conciencia. La señora Senju y yo mantuvimos una larga conversación después de la ceremonia, y llegamos a un acuerdo. Un anillo de la Super Bowl a cambio del trabajo de seguridad informática que haré para los Stars este invierno.
—Hinata, me importa un comino ese anillo.
—¡Pues será mejor que no te importe un comino! —exclamó ella—. Porque ahora sí que voy a tener que renunciar de verdad a mis camisetas de los Bears.
Él se rio.
—Es una suerte que seas tan fuerte.
No era demasiado fuerte, pero sí bastante resistente. Porque cuando una se casaba con un campeón, había que estar preparada para jugar a lo grande.
