Los últimos años ya no seducía a nadie, solo tomaba su alimento por la fuerza. Cualquier intento de provocar a alguien lo sentía como un engaño hacia su cachorro que, aunque ya no estuviera presente físicamente, él lo tenía siempre en su mente. Pasó de pensar que ser inmortal era lo mejor, a entender que se trataba de una maldición cuando ya no tenías razones para vivir y lo peor de todo era que no podía creer en las reencarnaciones, porque los vampiros no tenían alma. Estaba condenado a vivir por un deseo egoísta, pero eso era lo menos que podía hacer por él, quien dio su vida a cambio de la suya.

En un callejón de la ciudad que había cambiado demasiado con el tiempo, pudo encontrar a un sujeto que parecía no tener futuro. Un vagabundo que nadie extrañaría y del que podría alimentarse sin levantar sospechas, así que se acercó enseñando sus colmillos y provocando miedo en su presa, se acercó a paso lento dándose cuenta que no olía bien debido a la suciedad, pero comida era comida. Enterró sus dientes y bebió, notando como poco a poco su nariz sentía un aroma familiar logrando que se detuviera al instante.

―Suéltalo ―dijo alguien con voz temblorosa tras él, la voz que no había escuchado en tanto tiempo le provocó un montón de sensaciones que mantenía olvidadas en algún lugar de su ser.

Yuri dejó al sujeto a un lado y en un ágil movimiento, llegó hasta el "extraño" que lo había interrumpido, tomándolo de la cintura y dejando sus rostros a solo un par de centímetros. Ese olor y esos ojos… no eran iguales, pero tenían un parecido; algo dentro de él le decía que era por quien había estado esperando tanto tiempo.

―Yuu-

No alcanzó a terminar su frase, un golpe en el estómago por parte del azabache lo hizo retroceder. El humano salió corriendo del lugar, estaba asustado y sorprendido, jamás pensó que en su camino hacia la universidad se encontraría con semejante escena ¿Qué había sido eso? Un sujeto mordiendo a otro, parecía un vampiro, pero aquello era imposible, ¿verdad? Porque ese tipo de seres no existían en el mundo real. Lo sabía porque desde que tenía memoria, los vampiros llamaban su atención y debido a lo mismo, había averiguado todo lo que podía sobre ellos.

Todo el día, Yuuri estuvo pensando en su encuentro con el chupasangre, analizando lo que había visto y notando que todo calzaba. Colmillos afilados, piel pálida y unos ojos que lo hipnotizaban con solo mirarlos. Admitía que, si se hubiese quedado ahí un poco más, de seguro se habría dejado devorar gustoso por aquel sujeto tan bello; pero el sentimiento de dejarse a merced de alguien que no conocía, lo había asustado y por eso salió corriendo después de su acto de valentía.

Para cuando la noche llegó, ya se había convencido de que había visto mal al haber olvidado sus lentes ese día. Era imposible que los vampiros existieran…

―Hola, Yuuri ―saludó alguien desde su ventana situada en el segundo piso de la casa.

El chico intentó encender las luces, pero el rubio fue más rápido y lo inmovilizó contra el colchón de su cama antes de que pudiera levantarse. A pesar de la obscuridad, podía ver aquellos verdes que lo observaban con atención y algo más que no podía descifrar, no parecía que quisiera devorarlo, al menos, no como comida.

― ¿Quién eres? ―preguntó sin oponer resistencia a su agarre y notando como este lo aflojaba cuando lo notó― ¿Por qué estas aquí? ―susurró mientras llevaba una de sus manos a la pálida mejilla de su visitante. Aquella sensación se sentía nostálgica, casi como si alguna vez hubiese pasado por lo mismo, logrando que su corazón latiera con fuerza.

― ¿No me recuerdas? ―cerró los ojos ante su toque, hacía tanto tiempo que había anhelado algo como esto― estúpido perro ―movió su rostro y besó la palma del contrario, no le importaba si el otro no entendía nada, porque él sentía en la gloria con solo haber podido encontrarlo de nuevo ¿Este era el premio por cumplir su promesa?

Yuuri podía sentir como todo su cuerpo reaccionaba al otro, aunque no se estuvieran mirando, aunque aquellos ojos verdes no lo hipnotizaran; era como sí lo hubiese estado esperando su vida entera.

―No lo sé ―confesó con tristeza, su corazón le decía que algo faltaba.

―Entonces, te haré recordar ―sentenció el vampiro y acortó la distancia entre sus rostros para besarlo, lento y suave como recordaba que le gustaba a su cachorro. El sabor familiar inundó su boca, pero en vez de satisfacerlo, solo lo incitaba a ir por más― soy Yuri Plisetsky ―indicó mientras bajaba por el cuello ajeno, mordiendo levemente, evitando sacar sus colmillos para no dañarlo― soy un vampiro ―confesó lo obvio y coló sus manos bajo la ropa del que fue su amante en algún momento de su vida.

Yuuri sentía su mente nublada, en su cabeza se mezclaban las sensaciones y algunas imágenes de momentos que no sabía haber vivido, se sentía extraño. Había mucha intensidad en aquellos sentimientos nostálgicos, amor, excitación, alegría, miedo, dolor, desesperación y luego… nada. Lagrimas empezaron a escapar de sus ojos sin poder detenerlas, mientras el rubio seguía tocando y besando cada parte de su cuerpo, haciendo notar su deseo por poseerlo.

Esa noche el azabache se dejó llevar por palabras de amor que salían de los rojos labios del contrario, dejó nuevamente que el vampiro hiciera lo que quisiera con su cuerpo mientras él disfrutaba de su toque. Yuri se introdujo en su interior y sus cuerpos encajaron perfectamente como si hubieran estado hechos el uno para el otro…

―Estamos hechos el uno para el otro, Yuuri ―murmuró en su oído como si supiera lo que estaba pensando, aumentando la intensidad de sus embestidas y sellando los sonidos lujuriosos con extensos besos que también le robaban suspiros. No quería que fueran interrumpidos si había alguien más en esa casa.

Por cada interacción, la mente del humano se llenaba de imágenes de una vida pasada, pero aún si algunas cosas eran dolorosas, no quería parar. Necesitaba seguir hasta el final, quería que Yuri lo tomara por completo en este reencuentro del que recién se estaba haciendo consciente.

―Te amo… Yuri ―aprovechó de decirle lo que no había alcanzado a hacer en su momento.

El rubio lo abrazó con fuerza, dejando salir toda su esencia dentro del cuerpo de su amado al darse cuenta de que este lo había recordado― te amo también ―respondió mientras ocultaba su rostro en aquel espacio que quedaba entre el hombro y el cuello de su pareja.

Aquella noche fue especial, Yuri pudo encontrarlo nuevamente, dándose cuenta de que ser inmortal no había sido una maldición y que el cumplir con la petición de su alma gemela había tenido un buen resultado al final. Aunque sabía que esta vez si había fecha de caducidad, después de todo, Yuuri solo era un simple y frágil humano.

―Entonces… conviérteme en uno de los tuyos ―ofreció el azabache, tomando al otro por sorpresa un día cualquiera donde se juntaron a conversar― antes, si me mordías podía ser mortal, pero ahora… ahora tenemos una nueva oportunidad ¿No crees que nací humano para esto?

El como Yuuri lo miraba le hacía imposible el negarle algo, menos cuando la solución estaba claramente en frente de sus narices. Si convertía a Yuuri en un vampiro serían inmortales y no habría reglas rotas al ser ambos de la misma especie; tantos años esperando tenían un significado, al parecer siempre lo tuvieron y el destino era sabio.

―Va a dolerte y no pararé, aunque te quejes ―avisó y pudo ver como el otro sonreía ante la advertencia.

―No creo que sea mas doloroso que estar sin ti ―respondió y lo besó― solo hazlo.

La transformación no era muy larga, con solo un día soportando el veneno podría ser inmortal, así que rentaron una habitación de hotel para poder estar tranquilos. Antes de empezar el proceso, se amaron mutuamente sobre la cama del lugar para poder relajar sus cuerpos y aplacar el nerviosismo que los invadía al saber que pronto podrían llegar a la felicidad eterna. En el momento final, Yuri mordió a su amado el tiempo justo para que una transformación se diera a cabo.

Durante las horas que el humano estuvo sometido al veneno, el rubio no se apartó de su lado, tomando su mano y diciéndole que todo estaría bien para cuando despertara.

Yuuri abrió los ojos luego de un día completo de sensaciones dolorosas, donde se retorció y lloró, pero dándose cuenta del cambio en su cuerpo al despertar. El rubio pudo ver la piel pálida y sentir el hambre por parte de su pareja, al ser él quien lo había convertido habían formado un lazo que les permitía conectar sus emociones. Ahora podrían ser felices, no solo estaban destinados a estar juntos, sino que ahora su conexión era completa.