A/N: Los personajes mencionados en esta historia corresponden al manga Shingeki no Kyojin, los cuales son propiedad del autor Hajime Isayama.
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¡Adelante, guerrero valiente!
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No había nevado en Paradis desde cien años atrás, por lo que una vez se registraron los primeros indicios de nieve embellecer las vastas praderas de la isla, los habitantes cerraron las ventanas de sus hogares y de rodillas, rogaron a sus dioses que el mal augurio que vendría a visitarlos no fuese tan terrible. Pero ellos se encontraban equivocados.
La guerra entre el ejército Marleyano y los Paradisianos no tenía fin. El rey Tybur se rehusó a firmar el convenio de paz entre ambas naciones, siendo el hambre de conquistar las minas del más puro mineral de Paradis su objetivo principal por cumplir.
La reina Historia Reiss, heredera del trono de la descendencia del primer rey de la isla de Paradis se encontraba desaparecida desde hace algunas semanas. Los rumores indicaban que había sido secuestrada, otros susurraban que la joven mujer había sido forzada a renunciar a su puesto monárquico. Sin embargo, ni los más altos mandos de la milicia tenían reportes sobre su paradero. No había ley en la isla a raíz de su ausencia, por lo que la vida de los habitantes se encontraba dependiendo de un hilo.
El tiempo se terminaba.
—Mierda, debí haber traído una cajetilla más. —dijo un soldado al descender del vehículo de combate y respirar el gélido ambiente invernal. —Hace un puto frio.
—Si el capitán te escuchase en este momento Aurou, ya estarías muerto. —replicó Eld al reforzar su rifle ya que este requería ser recargado.
— ¡Bah! No es mi culpa que Gunther se haya robado la última que nos quedaba. —exclamó Oruo con una mueca.
—No digas tonterías y prepárate.
Ambos soldados se miraron por un instante, atentos por lo que estaba próximo a ocurrir.
''Por el bien de Paradis y la humanidad, dediquen sus corazones.''
Era la frase inolvidable del comandante Erwin Smith, líder de las tropas de la Legión; la cual se había impregnado en sus corazones hasta convertirse en una forma de vivir. Porque cada uno de ellos dejaron su futuro, sus familias, sus sueños, con el fin de dedicar su vida por el bienestar de la de la humanidad. Y aunque no encontraban una respuesta referente a si su labor valía la pena, la misma muerte se los recompensaría un día.
El grupo consistía de veinticuatro soldados y un capitán como mando al frente los cuales fueron enviados al pequeño distrito de Karanese para evacuar a los habitantes rumbo a la capital de Mitras. De acuerdo a los reportes de Erwin Smith; Karanese era el punto más débil de la isla, la cual la hacía un blanco perfecto para ser atacada por el ejército de Marley y desde ahí, partir hacia las subsecuentes ciudades en toma de posesión.
Oruo y Eld partieron rumbo a las diferentes casas y establecimientos con el resto de sus compañeros, para abrir las puertas de los hogares con violencia y ordenar a las familias que debían huir con las pertenencias más importantes en el menor tiempo posible. Algunos se rehusaban, en especial aquellos de edades avanzadas, siendo las jóvenes madres las más sencillas de persuadir junto con los incesantes lloriqueos de chiquillos que no tenían idea hacia donde serían guiados.
Cada una de las familias eran apresuradas a moverse lo más rápido posible e ingresadas en los autos militares para ser llevados a la zona de conteo más cercana. Después de ahí, no quedaría más que seguir las órdenes de Erwin Smith.
—Capitán. Nos faltan cinco secciones de Karanese por evacuar. —Gunther se acercó de frente a su superior, el cual analizaba un mapa en silencio.
—Schultz, no es suficiente. ¿Por qué putas se demoran tanto? —replicó con voz grave el capitán, aunque no era necesario conocer si la razón de su molestia se debía a ser interrumpido o por el informal reporte del soldado.
—Algunas familias se han mostrado renuentes, señor.
—Ustedes lo están haciendo mal, deben llevarlos a la fuerza.
—Por eso vine con usted. —Gunther era uno de los mejores soldados de su escuadrón. Si bien Eld Jinn era el segundo al mando y Oruo Bossard contaba con la mayor habilidad en batalla a diferencia del resto, Gunther Shultz poseía una destreza innata al igual que un oído lo suficientemente desarrollado para intuir situaciones de riesgo. —Escuché el sonido de granadas no muy lejos de aquí.
El Capitán, era un hombre de cabellera oscura y pálido rostro. Su rostro, adornado por una extensa cicatriz que recorría su mentón hasta una de sus cejas y la pérdida de varios dedos en su mano derecha eran el remanente de un soldado que había vivido mucho a tal grado que nada le sorprendía en la vida. Con palabras crueles y fría mirada, se había convertido con el transcurso del tiempo en un símbolo de esperanza de la nación de Paradis, a tal grado que muchos le seguían a causa de su lealtad hacia el Comandante Smith.
Las segundas oportunidades no formaban parte de su mentalidad, por lo que él estaba diseñado para ejecutar una decisión sin remordimientos. Y hasta el día de hoy, le había funcionado.
Aunque muchos de sus seres queridos y compañeros se habían ido antes que él. Más no había marcha atrás.
— ¿Desde hace cuánto? —El capitán dirigió una seria mirada a su subordinado.
—Tres minutos, señor.
No hay tiempo. Pensó el hombre de cabellos oscuros al mirar brevemente el tétrico cielo decembrino con aburrimiento. Envió a Gunther a que se reuniese con los soldados más cercanos para llevarse otro grupo de familias, mientras él se encargaría de ubicar a Hange Zoe—mensajero de la legión para poder enviar la nota a Smith lo más pronto posible. Sin embargo, sus ojos se abrieron en desmesura por reacción natural al observar un edificio derrumbarse por una explosión.
Los Marleyanos habían llegado antes, o muy probablemente ya los estaban esperando desde hace un tiempo. Un falso en blanco. El capitán exclamó con sus fuerzas a los soldados cercanos que debían apresurarse y llevarse a las personas lo más pronto posible. Gritos horrorizados se escuchaban alrededor al igual que numerosos vehículos de combate se saturaban de civiles que clamaban desesperados por salvación. A lo lejos, aviones del grupo enemigo sobrevolaban el nublado cielo para hacer descender bombas, de las cuales los edificios y hogares se destruyeron uno tras otro como piezas de dominó.
El sonido de las sirenas se activó. El quieto paisaje de Karanese se vio envuelto en llamas y cenizas. Una mujer lloraba desconsolada por su hijo muerto en sus brazos. Algunos soldados se perdieron durante el incierto camino. Cuerpos envueltos de sangre yacían en el suelo y entre los escombros. Un canino de la calle huía entre las atolondradas multitudes en búsqueda de salvar su vida.
El Capitán musitó frustrado al no encontrar rastro de Zoe. Era necesario que Smith se enterase lo más pronto posible. Al ingresar a una de las comunidades, decidió que lo mejor por el momento era socorrer a los necesitados en lo que encontraba a uno de sus subordinados para que enviase el mensaje. Al menos en esa zona, el ataque había cesado momentáneamente.
Un verdadero soldado debe permanecer inmune ante el quebranto de los seres humanos y ante las adversidades más horribles que sus mentes pueden maquinar. Moviéndose de casa en casa, con ayuda de algunos subordinados, el hombre de cabellos oscuros registró en su mente los diferentes rasgos y expresiones de los civiles que le recordaban nuevamente lo que era una guerra. El perderlo todo. La incertidumbre del futuro.
Con Historia Reiss fuera del reino, al menos tenía la certeza de que Erwin Smith sabía lo que hacía. Aunque por un momento lo dudó.
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Unos metros adelante, unos gritos captaron su atención. El barullo provenía de un pequeño establecimiento cuyas ventanas y gran parte del techo se derrumbó a raíz de las explosiones. Por la cantidad de escombros le daba la impresión que el edificio había sido construido de dos pisos, muy probablemente la sección superior hubiese pertenecido a una casa. El capitán se detuvo ante el umbral para encontrarse con una escena, la cual se sintió contrariado al recordarle cuán familiar se sentía.
—Debe retirarse con nosotros señorita. —dijo un soldado con gravedad al tomar del brazo a una joven mujer que yacía en el suelo de rodillas, llorando en agonía ante el cuerpo mutilado de un hombre de mediana edad y cuyos ojos permanecían abiertos, sin luminosidad.
— ¡No! ¡Suélteme ya! —se rehusó la joven con el rostro enrojecido.
—Es una orden de la Legión. —el semblante del soldado parecía perder la paciencia, moviendo el rifle que cargaba hacia su espalda con la ayuda de su correa. Preparándose para el siguiente paso en caso de que la joven se resistiera.
— ¿Y eso a mí que me importa? Mi padre está muerto. Muerto…
Con palabras entrecortadas, el llanto se tornó más agudo hasta llegar al grado que el soldado perdió por completo la compostura y tomó con violencia a la muchacha por los brazos, arrastrándola por el suelo ya que a pesar de poseer una figura femenina, tenía mucha fuerza.
— ¡Déjeme en paz! —exclamó nuevamente con furia y desesperación la joven, logrando soltarse del agarre del soldado y corriendo rumbo al cuerpo de su padre. — ¡Papá! ¡Papa!
Lo repetía una y otra vez. La joven cortó con sus manos un retazo de tela de su vestido azul cielo el cual se encontraba ensangrentado y con este, limpiaba con sus lágrimas la frente desfigurada del cadáver.
El capitán observó el momento en que su subordinado—el cual parecía no darse cuenta de su presencia—giró nuevamente su rifle y estuvo a punto de jalar el gatillo en dirección a la espalda de la joven, por lo que se abalanzó contra el cuerpo del hombre y lo aventó hacia el suelo para pisar con violencia el rostro, hasta que el soldado suplicaba agonizante a causa del dolor.
—Tch. Si deshacerte de civiles es tu pasatiempo, debiste haberte quedado en la policía. —dijo el capitán, para quitarle el rifle y acto seguido, situarse frente a frente de la joven.
Ella levantó su mirada, sus ojos se cruzaron por primera vez. Eran de color ámbar.
—Mocosa, es momento de irnos de esta pocilga.
La joven sin dejar de sollozar, hizo un gesto de desagrado.
—Mi nombre es Petra.
—Ah, no me digas. —replicó el capitán con sorna, para después tomarla del brazo y levantarla. —Larguémonos de aquí, es una orden.
—Pero... ¡Mi padre!
—No volverá.
La joven se echó a llorar aún más. Mierda, ¿Qué no se callaba? Una vez más, se resistió a su agarre hasta morderle la mano con fuerza para que la dejase en paz. Sin embargo, un cañonazo se escuchó a metros adelante por lo que la sacudió con violencia y la tomó entre sus brazos, para cargarla como un saco de patatas.
—¡Bájeme! —exclamó la muchacha hasta perder la última imagen del cuerpo de su padre y perderse entre los sonidos de granadas, bombas que caían con velocidad del cielo y el aroma a sangre que se mezclaba con el aliento invernal. En cuestión de minutos, sus lágrimas se perdían entre los gritos de personas que corrían desesperadas alrededor.
Algunos automóviles de los soldados huían con civiles rumbo a la capital. Otros de ellos fueron destrozados por la violencia del impacto a causa de la caída de edificios, por lo que lo único que pudo hacer fue cerrar sus ojos y sostenerse con fuerza del uniforme del capitán que no la soltaba.
Petra deseó con todas sus fuerzas morirse en aquel momento.
Durante el camino, el hombre de cabellos oscuros se encontró con varios cuerpos sin vida de algunos compañeros de batalla en diferentes ubicaciones, entre ellos el de Hange Zoe por lo que no pudo ni siquiera detenerse y dirigirle una despedida final, a causa de que cada segundo era crucial para sobrevivir. Maldita guerra, ahora el mensaje para Smith tardaría aún más en llegar.
El capitán escapó con la joven, furioso ante la situación que se encontraba fuera de control. No convenía escapar por medio de un vehículo, debido a que los ataques permanecerían por largas horas, por lo que era más favorable refugiarse en alguna zona segura.
Perdió la noción de cuántos kilómetros había recorrido, hasta que llegó a un callejón del cual había sido sacudido por las tropas de Marley en menor expansión. A pesar de ello, aún existía el riesgo de ser atacado nuevamente.
Ingresaron a una bodega olvidada, por lo que colocó a la joven en el suelo para que se sentase al borde de una de las paredes. La muchacha se mantuvo en silencio por un largo tiempo, temblando por la magnitud del resonar de las armas a la distancia y por lo que sus ojos habían contemplado. Cadáveres en el blanquecino suelo, el líquido carmín proveniente de la sangre humana adornar la tarde decembrina, el cuerpo de su padre olvidado en una vacía habitación...
—Estás herida. —indicó el hombre al notar la manga del vestido de la joven empapado de sangre.
—Al menos ya no me duele. —replicó Petra con una sonrisa forzada, frotando por inercia la herida de su brazo derecho. No existía dolor alguno, ninguno que se comparase al recuerdo de su padre exclamar que se escondiera debajo del mostrador mientras él tuvo que enfrentarse al impacto de la explosión.
—Pasaremos la noche en este lugar y mañana temprano rumbo a la capital.
—Pensé que iríamos con el resto de los soldados.
—No es conveniente.—dijo el capitán buscando algo de su interés alrededor de la habitación y ella lo contempló. Si bien era un hombre de baja estatura, la cicatriz de su rostro le hacía verse aún más mayor o quizá era el cansancio proveniente de sus ojos azules. Un hombre que lo había visto todo.
—Lo siento mucho.
El hombre pareció ignorarla, enfrascado en encontrar lo que necesitaba, por lo que se abrazó a sí misma con fuerza y cerró sus ojos en cansancio. Tenía mucho frío y sentía su brazo adormecido. Se imaginó la cálida imagen de la pequeña mesa de madera de su hogar, una sopa de verduras en su plato de barro y frente a ella, la gentil sonrisa de su padre. Además, habría risas, un poco de té negro para compensar el momento y la habitual plegaria antes de ingerir los alimentos.
Después, observaría cómo las paredes empezaban a temblar y derrumbarse ante sus ojos.
Los ojos de Petra se abrieron con lágrimas, las cuales intentó secarlas con sus manos más aun así no cesaban.
La bodega contenía en su totalidad cajas de cartón y uno que otro ratón merodeando en las esquinas. El capitán suspiró con pesar al encontrar que en una de las cajas existían algunos papeles y plumillas olvidadas. Eso le servirá para escribir el mensaje que Smith debía enterarse, aunque le preocupaba que el tener que esperar hasta el amanecer podría truncar algún cambio de planes. Sin embargo, el cuerpo sin vida de Zoe en una de las calles de Karanese le recordó que él mismo era el siguiente por ser aniquilado.
Para Erwin Smith, era muy fácil reemplazar soldados caídos por nuevos. Esa era su labor, el holocausto a favor de salvar las tierras de Paradis. Más si el capitán perdía la vida, sería muy difícil para el comandante establecer una nueva estrategia en tan corto tiempo.
Una vez finalizó de escribir el breve mensaje, guardó la pieza de papel en su bolsillo y regresó a donde la joven se encontraba situada. La manera en que el cuerpo le temblaba y el sonido de sus dientes rechinaban no pasó desapercibido.
—No te quedes dormida, o morirás de hipotermia. —dijo el capitán extendiendo una caja de cartón e indicando que se sentase debajo de ella.
—Tengo frío.
Ella le contempló en la quietud de la oscura habitación una vez el hombre quitó su chaqueta militar y la acomodó alrededor de su cuerpo.
—Ahora no te quejes.
— ¿Cuál es tu nombre? —preguntó Petra con curiosidad una vez que sus ojos se encontraron.
— ¿A qué se debe la razón de tu interés?— el hombre alzó una de sus cejas perspicaz.
—Ya te dije el mío. —replicó la joven con una débil sonrisa.
— Levi.
— ¿Por qué me salvaste?
El capitán permaneció en silencio, sentándose a un costado de la joven. Sintió el cuerpo de Petra relajarse ante la calidez y acercarse un poco más en búsqueda de calor. Suspiro al recordar la última imagen de Isabel y Farlan despedirse junto a los caballos en aquella expedición lluviosa, para después encontrarlos destazados horas más tarde. Fue la única vez que lloró en su vida.
—Las muertes sin sentido no son lo mío. —respondió Levi con simpleza, sus ojos vacíos contemplando un punto lejano de la habitación.
— ¿Sabes? Si sobrevivo a esta guerra, prometo prepararte una taza de té. —dijo Petra con ironía, intentando entablar una conversación ya que el capitán parecía ser una persona de pocas palabras.
—Mañana irás al primer hospital que encontremos.
— ¿Y después? ¿Me dejarás ahí?
—Tengo que entregar un mensaje importante en la capital.
—Yo quiero ir contigo. —confesó la joven de cabellos anaranjados, su mirada fija en el rostro del hombre que la había rescatado de las armas de aquel soldado de su mismo escuadrón.
—Eres una mocosa, yo soy un capitán. No pierdas la cabeza. —espetó Levi contrariado, no era el momento adecuado ni las circunstancias favorables, además su vida se encontraba en peligro y ella era muy joven. Más existía algo familiar y cálido en aquellos ojos ámbar que no dejaban de mirarlo.
Si tan solo...
—No quiero terminar en un refugio.
—Lo único que puedo hacer es enviar una nota a la policía militar para que te asignen en una mejor ubicación.
— ¿Pero eso significa que no volveré a verte? —preguntó Petra con tristeza. Por alguna extraña razón, el comprender que jamás volvería a verle contristaba aún más su corazón, cuando apenas se conocían pero a la vez sentía que no sería suficiente para ella.
—Lo único que sé es que no sabemos qué sucederá en el futuro, mientras tanto vive sin remordimientos. —respondió Levi con el mismo lema que le recordaba una y otra vez a sus subordinados, antes de prepararse para cada batalla.
—Tengo una petición.
—Adelante. —el hombre cerró sus ojos intentando relajar las punzadas que provenían de sus sienes, a raíz del cansancio.
—Quiero que me des un beso.
—No digas estupideces, Petra. —Era la primera vez que le hablaba por su nombre.
—Por favor...—la joven se acercó aún más, por lo que no pudo evadirla —No sabemos qué pasará mañana pero presiento que moriré. Lo siento dentro de mí misma, al menos quiero despedirme con tu recuerdo.
En otras circunstancias, quizá pudo pensar que la idea era lo suficientemente descabellada. Apenas la conocía, no sabía su edad pero pensaba que era muy joven para alguien como él. Si la dejaba en una zona resguardada con la ayuda de la policía militar, seguramente tendría un futuro por delante. Más el tiempo se terminaba y él mismo lo sabía, en la forma en que el rostro de ella perdía su vitalidad y en la manera que ella se encontraba aún más cerca de él.
Con su vestimenta ensangrentada y los labios entreabiertos, la encontró linda a su parecer.
Por primera vez en su vida, un intenso deseo de olvidarse de su realidad se apoderó de sí mismo y la besó. Ella emitió un suave suspiro y acarició su rostro por inercia, dejando pasar su lengua alrededor de la cicatriz de sus labios, una vez que se conocieron por primera vez. La mezcla de tristeza y añoranza era el bálsamo que sus heridas necesitaban.
Levi se separó por unos breves momentos, más Petra se rehusó, buscando su boca una vez más con desesperación, como si hubiese esperado ese momento por toda su vida. Y él se dejó llevar por su ternura y calidez, hasta que ella escondió su rostro en su cuello.
De vez en cuando acariciaba su desordenada cabellera para intentar calmar la violencia dentro de su interior sobre lo que les acontecería. Ambos habían perdido la noción del tiempo por lo que no quedaba más que esperar. En ocasiones la respiración de la joven se entrecortaba a causa del cansancio, por lo que optaba por jalar una de sus orejas para que se mantuviese en alerta.
Llegó un momento en que el silencio fue lo suficientemente abrumador, del cual Petra entabló una conversación sobre su vida. Levi la escuchó con atención ante la fría quietud de las altas horas de la noche. Su vida había sido misericordiosa al contrario de la suya, por alguna razón escuchar el delicado relato reconfortó su alma. Era suficiente.
—Cuéntame sobre ti. —dijo ella en un susurro.
No había mucho que decir, más que aquel viejo relato de un hombre que portaba un viejo sombrero que le enseñó a sobrevivir por medio de un cuchillo en la ciudad de la muerte, hasta que Erwin Smith logró salvarlo de las manos de la policía de Paradis. El resto de sus recuerdos, era un mar de sangre y las incontables cabezas de sus compañeros desmembradas alrededor. Las pesadillas que le avecinaba noche tras noche y la duda sobre si algún día lograría cumplir su promesa de honrar sus vidas.
De vez en cuando el rostro de Petra se le acercaba a su mejilla, en búsqueda de refugio. Sin darse cuenta que ella misma se había convertido en su santuario de paz.
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Los primeros indicios del sol se reflejaron en una de las ventanas tiempo después, para volver a desaparecer ante el cristal. Era tiempo de partir, Mitras les esperaba.
La dejaría por un momento en el primer hospital, para después reunirse con Smith.
—Muévete, Petra. —éste la sacudió para que abriese sus ojos, sin embargo la joven apenas podía moverse. Su semblante había perdido la luminosidad que aún le quedaba de la noche anterior. En su brazo derecho, la manga de su vestimenta se encontraba manchada de sangre por lo que se encontraba débil.
No había tiempo que perder.
El capitán optó por guiarla por los hombros con cuidado sin olvidar apresurarse, mientras abría la puerta de la bodega con sus botas. La vista blanquecina del callejón les recibió, al igual que la quietud del amanecer.
Descendieron por algunas calles olvidadas, sin olvidar mirar a su alrededor. El respirar agitado de la joven de cabellos anaranjados resonaba en sus oídos. Quizá debían detenerse y esperar a que ella se sintiese mejor, o quizá necesitaba un milagro para salir ilesos.
No se permitiría perderla. Cuando su historia juntos apenas comenzaba.
En la esquina de un callejón, Levi encontró un auto abandonado de color gris. Con cierta destreza, logró abrir la puerta del conductor lo cual le permitió abrir la consecuente. Colocó a Petra con cuidado a que se sentase en el asiento, mientras fijaba su vista en el desanimado semblante de la joven.
—Levi, me siento muy cansada. —dijo ella en una débil sonrisa, sus ojos apagados por el agotamiento.
—Ya nos vamos, mocosa. —respondió él con firmeza, acariciando un mechón de su cabello.
Encendió el motor del automóvil, esperando a que la máquina se calentara lo suficiente. Al girar la perilla de la radio y acelerar con fuerza el pedal, mientras giraba a mano izquierda, escuchó lo siguiente:
''Hemos de informar que se encontró el cuerpo del comandante Erwin Smith, líder de las tropas de la Legión y responsable interino de Paradis a raíz de la desaparición de la reina Historia Reiss, sin vida a las afueras de la corte de justicia de Paradis, en la ciudad de Mitras. Se presume que fue asesinato premeditado. En breve les notificaremos sobre los avances de la investigación. ''
Después, el sonido de otro auto acercarse a lo lejos.
Erwin Smith estaba muerto.
El sonido se acrecentó, hasta escuchar otro ruido proveniente de un impacto quebrar uno de los cristales.
Habían perdido.
El grito desgarrador de Petra, generó que acelerara aún más su camino por inercia. No había marcha atrás, que importaba la guerra o el retazo de papel en su bolsillo si Erwin Smith había sido abatido.
No pudo salvarlo, maldita sea. Si las cosas fuesen diferentes, si no se hubiese detenido en aquel establecimiento destruido. Quizá se hubiese encontrado con Hange a tiempo, ambos partir rumbo a la capital y así planear la siguiente emboscada.
Solo era la sensación de la velocidad del auto y salir rumbo a un camino sin fin. La joven se aferró a su brazo, para mirarse por última vez una vez que una camioneta del ejército Marleyano se les adelantó por el camino.
Tomándola brevemente del rostro, como si fuese su mundo entero el capitán aceptó su destino con firmeza. Sin remordimientos.
No hubo tiempo para llorar, a pesar de que a ella se le salieron las lágrimas.
El automóvil fue bombardeado por balas durante varios minutos, nunca se conoció la cantidad de cuantos disparos fueron. Solo el remanente de dos cuerpos que terminaron olvidados. El rostro de la joven Petra terminó desfigurado a raíz de mayores impactos.
Era el fin.
Lo siento, Petra.
Lo siento, Erwin.
Isabel, Farlan. Hange y mi escuadrón.
A las afueras de Karanese, tres niños corrían con velocidad en búsqueda de socorro y refugio, respuesta que solo encontrarían por medio de la muerte.
A/N: Pensaba publicar este one-shot en Navidad, sin embargo tuve la necesidad de publicarlo unos días antes como una forma de huir de la realidad.
Esta trama está inspirada en la historia del soldadito de plomo, aunque en realidad el tono es muy diferente. Hay momentos en que parece que menciono una especie de reencarnación, aunque más bien traté de plasmar esa sensación extraña de encontrar a una persona en particular que sientes que la has conocido durante toda la vida.
Por cierto, Tocka es una palabra rusa que aparentemente no tiene un significado especifico más lo más cercano que se le asemeja, puede ser tristeza, melancolía o incluso añoranza.
