Capítulo 4
Durante todo el martes la concentración fue una habilidad esquiva para Levi. Abría un mail para contestarlo y, antes de terminar de leerlo, ya había agarrado su celular para revisar el Messenger.
Después del mensaje del mediodía, Eren se había resignado a que no podría obtener fotos durante su horario de oficina y en cambio había decidido llevar adelante un monólogo sobre los temas más diversos. Le contó sobre una película que había visto y como Levi solo le clavaba el visto (¿qué se le dice a alguien que nos cuenta una película que no nos interesa?) pasó a comentar el libro que estaba leyendo –Narciso y Goldmundo, de Herman Hesse–, con lo cual logró algunas intervenciones valiosas, como que reconociera que en su momento se había sentido un poco identificado con Narciso, el personaje que en la novela representaba la introspección y la mesura. Eren enseguida aseguró que entonces él podría ser su Goldmundo, la contrapartida extrovertida y aventurera de Narciso y, en algún punto, su verdadero amor. Sintiéndose acorralado por esa declaración, Levi dejó el celular a un lado.
Trató de escribir un informe que debía entregar esa misma tarde. Los ojos se le iban hacia la lucecita verde que parpadeaba. Incómodo, descartó la notificación sin abrir el mensaje. Pero al rato ya tenía la luz verde de nuevo. Sin que le importaran un rábano sus silencios súbitos, Eren continuaba hablándole del libro, luego de lo que había cocinado ese día y finalmente explicaba que lo dejaba un rato porque le surgió una urgencia en el trabajo. "Bien, por lo menos tiene trabajo, no puede tener 15 años entonces", pensó Levi. El alivio lo ablandó y lo decidió por contestar el último mensaje.
"Suerte con eso."
Miró durante un momento el rectángulo azul con su frase, tan diminuto puesto en perspectiva junto a las parrafadas que le escribía Eren. Pero no sabía qué más decir. Realmente no lo sabía.
"De todos modos no vaya a creer que se libró de mí, Narciso! Cuando regrese a su casa le recordaré que quiero más fotos ;)"
Sonrió frente a la posibilidad de que le llamaran Narciso. Un hombre serio, inteligente, admirado por todos. Acarició la pantalla de su celular, la sonrisa desvaneciéndosele mientras releía el nombre. Narciso. Un hombre que era capaz de dejar sola a la persona que más amaba, para poder mantenerse encerrado en las cuatro paredes de su monasterio. Suspiró. El informe, el informe, debía volver al informe.
Cuando se hicieron las seis, apenas había contestado cinco correos y completado el dichoso informe, que solo era uno de los tres que tenía que hacer. Estaba espantado. Nunca en su vida había sido tan improductivo. Todo era culpa de Hange. Maldita cuatro ojos y sus ideas.
Una vez en su casa, procedió a bañarse minuciosamente. No sabía si tenía algo que ver con su nueva presencia en las redes sociales, pero de pronto se sentía más sucio de lo normal. Su transpiración era más fuerte o… ¡qué sé yo! Tan solo estaba intranquilo. Pasó al menos cuarenta minutos bajo la ducha.
Lo primero que hizo al salir del baño, con el pelo aun goteándole en la cara, fue revisar el celular. Ya eran las siete y media pero Eren no había vuelto a escribir por lo de las fotos. Bueno, mejor, ¿no? Así no tendría que rebuscárselas pensando qué foto se podía sacar. Después de todo, él odiaba las fotos. Mejor sin fotos.
Se acercó a la biblioteca y buscó su vieja edición de Narciso y Goldmundo. Era bastante agradable encontrar una persona que también disfrutara de este libro. A decir verdad, era uno de sus favoritos. Y la gente común que había leído a Hesse, en el caso hipotético y poco probable de que lo hubiera hecho, en general conocía Demian. Esa novelita también le gustaba (el hermoso beso entre Sinclair y Demian era la primera escena gay que había leído), pero había algo en la personalidad de Goldmundo que siempre había… envidiado. De adolescente, solía pasar horas imaginándoselo, con el cabello un poco largo y desarreglado, una sonrisa amplia, ojos grandes… luminoso. Sí, esa era la figura que tenía en su cabeza, la figura que hubiera querido rellenar alguna vez con alguien de carne y hueso. Un persona como un sol.
Suspiró frente a su propia imbecilidad. En verdad, estaba pensando en el ojo enorme de Eren. ¿Se verían realmente así si un día estaban frente a frente? ¿Brillarían tanto o sería algún filtro que le había puesto? Sus manos también eran bonitas. Esas eran las fotos que le había mandado ayer, en recompensa por las suyas. Siguiéndole el juego, la primera foto fue su mano derecha y la segunda, su mano izquierda. Con lo cual, al final, no sumó demasiada información. Pero no le importaba mucho porque se había entretenido bastante mirando esas manos.
Tenía los nudillos grandes y se le hacía un huequito simpático debajo del índice. Las uñas estaban cortas y limpias –algo que no era tan fácil de encontrar en un hombre en estos tiempos. La piel era de un color tostado agradable que le hacía pensar en días pasados al aire libre. Contempló sus propias manos pálidas sosteniendo el libro. Manos de encierro, manos de soledad. Revoleó los ojos hacia el celular, que había dejado sobre la mesita ratona. No despedía ninguna luz.
No pudiendo controlar su ansiedad, dejó el libro y prendió la computadora. Entró a Facebook y puso el perfil de Eren. No había nada nuevo, ninguna publicación diferente de las que ya había visto el lunes por la mañana. Repasó algunas de sus fotos y leyó los comentarios. La mayoría solo eran piropos de más o menos mal gusto. Otros eran memes y chistes que no entendió. Se aburrió rápido y volvió a su página de inicio. Después recordó el famoso "Intereses: Hombres" y pensó que lo mejor sería explorar a fondo su propio perfil, en la búsqueda de cualquier pavada que Hange hubiera podido poner.
Y efectivamente encontró algo en lo que todavía no había reparado. Tenía 52 contactos. 52. ¿Cuándo había agregado a esa gente? ¿Quiénes eran? Era imposible que él conociera a tantas personas. Buscó el celular para interrogar a su compañera y se encontró con que tenía un mensaje de Eren. Volteó hacia la pantalla de su PC. ¿Por qué no mostraba la notificación? Le dio a actualizar y entonces sí, apareció. Estúpida tecnología, nunca se podía confiar. Se quedó un momento mirando el aviso con el inicio del texto en su celular.
"Ey, capitán… estaba pensando…"
Hasta ahí se podía leer. Aguardó. Le llegó otro mensaje antes de que lo abriera.
"Pero si lo incomoda, podemos…"
Hizo el celular a un lado y abrió la conversación en la computadora. Se le habían ocurrido mil cosas pero ninguna era que el chico fuera a pedirle su número de teléfono. Y que dos minutos de silencio suyo hubieran alcanzado para hacerlo arrepentirse.
"Pero si lo incomoda, podemos seguir hablando por este medio."
Lo pensó un momento.
"Sí, me incomoda."
Recibió un smiley representando tristeza. Este chico usaba muchos smileys. Eso era lo malo de hablar con gente de otra generación. O de hablar con gente, en general.
"Al menos", decía un nuevo mensaje, "envíeme un audio. Quiero escuchar su voz."
Nervioso, Levi se levantó y empezó a caminar en círculos por la habitación. Un audio. Era una tontería. ¿Qué era eso de hablar contemplando la nada, como en un show de stand up? Le parecía ridículo. Había visto a otras personas hacerlo, incluso en la calle, apretando un botón y hablando con la mirada perdida. No le gustaba nada. Además, su voz era muy grave. Ya le habían dicho varias veces que había algo de raro en su voz. Hange le señaló que él había entendido mal, que intentaban elogiarlo, que su voz era incluso sensual. Pero era Hange y nunca se podía confiar en Hange, menos si te estaba elogiando. Dejó pasar tanto tiempo que Eren volvió a escribirle.
"¿Eso también le molesta? No se ofenda, por favor."
Le llegó el aviso de que le enviaban una foto. Clickeó y la abrió: era una boca haciendo un puchero. Aunque el gesto era infantil, los labios se veían hermosos, grandes, carnosos. Quiso culpar al hecho de que ocuparan gran parte de la pantalla por lo hipnotizado que se sintió. Parpadeó varias veces para volver en sí.
"No me ofendo, Eren."
Y soltó el botón de grabar.
Notas de Autora: muchísimas gracias por leer y por los lindos comentarios que me han enviado hasta ahora, en verdad es importante para mí. También les agradezco a quienes se tomaron el trabajo de recomendar alguno de mis fics, son un sol. Me disculpo si este capítulo quedó medio seriote, no era mi intención pero bueno, a fin de cuentas esta es mi escritura habitual, solo de vez en cuando me salen los diálogos graciosos… pero bien! El próximo capítulo volverá al estilo de antes. No reconocí ningún argentinismo, avísenme si precisan que agregue una definición. Ojalá no les moleste que de pronto le dé tanto rol a los libros… la verdad es que de tenis y cocina no sé nada y me pareció que para que fluyera más al menos alguno de los temas de los que conversaran tenía que ser algo que me apasionara de verdad :P Para compensar, trataré de ir reseñando en mi página de Facebook todos los libros de los que hablen. Narciso y Goldmundo lo reseñé la semana pasada, si quieren ir a echar un vistazo. En otro orden de cosas, quiero agradecerle mucho mucho mucho a Andrea Cano, quien hizo unas hermosas ilustraciones para este relato, que podrán ver en unos días en mi Facebook también. Es una genia! Bueno, nos vemos el sábado próximo, los quiero mucho!
