Prólogo: Before fate unfolds
Tras una larga noche de espera, los rayos del sol iluminaron por fin los viejos muros de piedra de la hermandad; prácticamente todos los residentes estaban despiertos, esperando el regreso de los tres hombres y tres mujeres que, dos días antes, habían partido al castillo de Drácula buscando acabar definitivamente con el horror que asolaba Europa cada siglo. Por fin, cuando la luz alcanzaba ya el patio exterior, sonó una voz en la radio que, entre interferencias, anunciaba su regreso, sobresaltando a todos los presentes en el salón principal.
- Se acabó, hemos destruido al príncipe de las tinieblas.
Un hombre, de complexión fuerte, pelo marrón despeinado y bastante ojeroso, se abalanzó sobre la radio, cogió el micro y empezó a hacer preguntas.
- ¡Helicóptero! ¡Aquí Marcus! ¿Me oís?
- Perfectamente
- ¿Ha acabado ya? ¿Se ha terminado de verdad?
- Ya lo he dicho líder ¿Está usted sordo?
- ¿Ha habido bajas? ¿Heridos? ¿Cómo están todos? ¿Y Julius?
Se hizo el silencio por unos segundos, una pareja joven, él de cabello pelirrojo largo y alborotado y ella de melena lacia y rubia, se había acercado también a donde se encontraban la radio y Marcus; la preocupación de él era palpable.
- Helicóptero ¡RESPONDA! - gritó Marcus -
- Estamos llegando - contestó el hombre al otro lado con voz queda - será mejor que lo compruebe usted mismo, líder.
Aquello no era buena señal; la tensión aumentó tanto en la sala que era palpable, al cabo de unos interminables segundos se oyó por fin aterrizar al helicóptero no lejos de allí, y tras unos minutos que se hicieron aún más largos aparecieron por fin los miembros de la misión.
El panorama era sencillamente desolador.
Entre tres personas y el piloto sujetaban dos camillas que portaban cuerpos completamente cubiertos por sabanas y que no hacían movimiento alguno, de hecho, ni siquiera respiraban. Tras dejarlos en el suelo, el más alto y corpulento de los cuatro, de pelo corto y barba rubios y que parecía dirigir el grupo, hizo una seña a los demás, que fueron a por la otra camilla.
Después de que éstos se fueran empezaron a oírse sollozos en el gran salón; Marcus, completamente pálido, se acercó al hombre corpulento y a la mujer que se quedaron allí.
Pasaron diez segundos antes de que pudiera articular palabra.
- Kraus... Águeda... ¿Qué demonios ha pasado?
Kraus apartó sus ojos de los de Marcus, unas tímidas lágrimas resbalaron por sus mejillas y se perdieron en su barba. Águeda, de piel morena, pelo ondulado y ataviada con una armadura plateada que apenas se mantenía sobre su cuerpo, tenía una mirada cargada de rabia.
- ¿QUÉ HA PASADO? - Repitió Marcus.
No dio tiempo a que Kraus respondiera cuando llegaron los otros dos compañeros, una chica y un chico de pelo negro y ojos marrones, idénticos como dos gotas de agua, portando una camilla con otro cuerpo, dormido pero vivo, con el torso lleno de cicatrices y quemaduras.
- ¡JULIUS!
Marcus y la pareja que estuvo junto a él en la mesa de la radio se abalanzaron sobre el cuerpo del Belmont.
- ¡Julius! ¡Despierta! ¡Despierta! - gritaban los tres desordenadamente.
- No os esforcéis, aunque despierte no os reconocerá - interrumpió Águeda.
- ¿¡Qué!? - preguntó el chico pelirrojo, sobresaltado - ¿¡Y eso por qué!?
Kraus dio un paso al frente
- Schneider, tu hermano ha perdido la memoria.
Fue como si ambos, Marcus y Schneider, hubieran recibido un mazazo en la cara; Marcus quedó completamente aturdido, y Schneider pareció perder la fuerza en las piernas, siendo sujetado por su compañera.
- Y en cuanto a Victoria y Brian - continuó Kraus - fueron asesinados por Drácula durante la batalla.
Aquellas palabras pesaron más que cualquier otra mala noticia; hubiera dado igual que Drácula no hubiera podido ser sellado, hubiera dado igual que ni siquiera hubieran podido derrotarlo, cualquier cosa, menos la pérdida de algún miembro del equipo.
- Pero... Julius... mi hijo... - contestó Marcus tras recuperarse de la impresión - Cómo... ¿Cómo ha podido perder la memoria?
- No lo sabemos - respondió Kraus - cayó inconsciente tras realizar el sello... Tuve que sacarlo a rastras - dio un profundo suspiro - al despertar no recordaba ni su nombre.
- Ya veo - contestó la compañera de Schneider, que había mantenido la compostura hasta entonces - Si es una pérdida de memoria tal vez pueda arreglarlo.
Los rostros de Marcus y Schneider se iluminaron.
- Selene - contestó Águeda con voz quebrada - si Drácula ha tenido algo que ver, dudo que puedas, eres una gran hechicera, pero no se puede luchar contra ese tipo de magia.
- Debo intentarlo - contestó sencillamente la muchacha.
Las siguientes horas pasaron arrastrándose agónicamente. Para Marcus, la tarea de comunicar la muerte de los difuntos a sus familias fue una experiencia terrible; Schneider simplemente se limitaba a pasear cabizbajo, mientras en la enfermería Kraus y Águeda se recuperaban de sus heridas gracias a los sanadores de la hermandad y, en una sala habilitada especialmente para ello, Selene ponía todas sus fuerzas en intentar restablecer la memoria de Julius.
Finalmente, Selene y Schneider se reunieron en el patio interior; el muchacho no tardó en preguntar por su hermano, pero la respuesta de ella fue tan tajante como desalentadora.
- No puedes replantar un árbol si no lo tienes en las manos, la memoria de Julius no ha sido sellada... parece arrancada de cuajo.
Schneider no tuvo tiempo de deprimirse aún más, ya que casi inmediatamente Kraus apareció por la puerta del patio.
- Pareja, siento interrumpir, pero el líder quiere veros.
Schneider frunció el ceño ¿Cómo podía invocarlos Marcus en un momento así?
No tardaron mucho en aparecer por su despacho seguidos de Kraus, la expresión de Marcus hizo al muchacho comprender que aquella no iba a ser una charla de líder a subordinado, sino de padre a hijo.
- ¿Pasa algo?
- Verás... - Marcus se aclaró la garganta antes de seguir - Selene me ha comunicado la situación de Julius
- A mí también.
- He estado pensando... - titubeó - Schneider, yo ya no puedo usar el vampire killer, ni siquiera puedo casi salir de aquí, mis deberes me lo impiden...
- Al grano - Schneider sonaba seco, su tristeza había devenido en enfado y no tenía ganas de conversar.
- He decidido que, en vista de que Julius no puede seguir, seas tú el portador del látigo.
Era lo que faltaba, Schneider se quedó callado mientras su mirada, clavada en su padre, se llenaba cada vez más de odio
- ¿PERO COMO DEMONIOS PUEDES PENSAR EN ESO AHORA? ¡TIENES DOS MUERTOS AHÍ Y TU HIJO, MI HERMANO, ESTÁ AMNESICO! ¿COMO DEMONIOS PUEDES SER TAN FRÍO?
- Es algo que tengo que hacer, Schneider - contestó Marcus completamente impasible - no me gusta hacerlo ahora, pero es necesario.
- ¡PERO SERÁS…! - Schneider levantó el puño para atacar a su padre, pero fue retenido de inmediato por la poderosa mano de Van Helsing.
- Schneider, relájate – intercedió con seriedad – Es cierto que no estamos para tirar cohetes pero, aunque Drácula haya caído, aún hay muchos vampiros ahí fuera. Necesitamos que alguien recoja el testigo de Julius.
- Ya basta – Intervino Selene a su vez, situándose entre él y su padre - Schneider, él tiene razón, alguien debe llevar el vampire killer, y sólo un Belmont puede hacerlo - Más relajada, lo cogió de los hombros y lo empujó ligeramente hacia atrás - Cálmate por favor...
Sus palabras parecieron tranquilizarlo, ya que se separó un par de metros y empezó a dar vueltas por el despacho, deteniéndose tras cavilar durante un minuto.
- Pero el vampire killer lo ha usado Julius para sellar a Drácula ¿Qué sentido tiene que yo pueda usarlo si no está?
Marcus sonrió, metió las manos en un cajón de su escritorio y sacó un látigo que despedía un brillo muy particular. La pareja se quedó anonadada.
- Este látigo - contestó Marcus a su hijo mientras lo empuñaba - es uno de los mayores secretos de la iglesia. Existen tres: uno pertenecía a nosotros, el clan Belmont, otro al clan Morris y el último es propiedad de la hermandad - Marcus extendió el brazo hacia Schneider, ofreciéndole el arma - y ahora es tuyo.
Schneider aceptó el látigo, cruzó la mirada con su padre y asintió; tras salir de la sala y alejarse un poco, miró a Selene y, apoyándose en la pared con tristeza, articuló:
- Yo quería ser el portador del látigo sagrado, pero no a cambio de mi hermano...
