Episodio 0: Prologue to the Black Abyss
Habían pasado ya varios meses desde que Drácula fuera destruido. Julius, que sólo recordaba que la inicial de su nombre era J, fue ingresado en un sanatorio a fin de que pudiera hacera hacerse algo por su maltrecha memoria.
Kraus Van Helsing dedicó el dinero que recibió como recompensa a viajar alrededor del mundo, dispuesto a adquirir poder y conocimientos que le fortalecieran, en cuanto a Águeda y los gemelos, se retiraron y vivieron una vida tranquila, dispuestos a olvidar el horror de aquella batalla.
Por su parte, Schneider y Selene volvieron a su rutina habitual, criando y entrenando a sus hijos Simon y Erik en la Villa Belmondo de Veros, mientras cobraban su sueldo estipulado por las cazas nocturnas de vampiros que llevaban a cabo diariamente.
Sólo una cosa había cambiado en sus vidas: El vampire killer.
Cada vez que Schneider miraba el látigo sagrado su rostro se hundía de pesar, pensando que había tenido que perder a su hermano para obtenerlo.
Era una carga demasiado pesada...
Pero aquella noche algo le causaba aún más tristeza: Sabía que debía abandonar a su familia, tal vez para siempre.
Exactamente tres meses y tres días despues de la batalla de 1999, un castillo diferente al de Drácula en aspecto externo, coronó la isla del lago neblinoso, rodeado por el Bosque del Silencio, y el terror se volvió a apoderar de los habitantes de Veros, Valaquia y Cordova.
Aquello supuso un duro golpe para todos los que confiaban en que la dura batalla que Julius libró hubiera servido para dar fin a todo aquello; la hermandad, comandada por un Marcus exhausto, se puso manos a la obra en sus investigaciones sin sacar nada en claro, llegando a la conclusión de que, si nadie entraba en ese castillo, jamás se sabría nada sobre él.
Un inesperado voluntario se ofreció a hacerlo: Schneider Belmont.
Aquella noche era mucho más oscura y fría de lo habitual, los negros nubarrones tapaban una luna llena que relucía a duras penas y la lluvia golpeteaba los cristales de las casas, de las cuales sólo una mantenía sus luces encendidas.
- Por última vez, Schneider ¿Estás seguro?
La voz al otro lado del teléfono sonaba temblorosa e insegura, destilaba miedo.
- Completamente. Alguien tiene que entrar ahí - Contestó el joven Belmont con seguridad.
- No, ni hablar. No quiero perder a otro hijo por una mala decisión, jamás me lo perdonaría...
- Tú no has decidido nada, papá, he sido yo.
- Pero ¿Cuales son exactamente tus intenciones?
- Destruir y sellar ese maldito castillo.
- Dios... - Marcus respiró hondo, su voz se quebró - ¿Por qué demonios...?
- Lo sabes tan bien como yo: Mientras haya un castillo ocupando ESE lugar no seremos capaces de dormir tranquilos, ni tu, ni yo, ni Selene, ni nadie en el mundo. Sabes lo que significa que haya un castillo ahí.
- Castlevania…
- Si.
Se hizo el silencio por unos momentos, era patente que ni el padre ni el hijo deseaban seguir adelante con aquello, pero, como Schneider había manifestado, alguien debía entrar.
- Bien - prosiguió Marcus algo más calmado - redactaré y haré efectiva la orden enseguida.
- Muchas gracias, papá - Contestó Schneider con una ligera sonrisa.
- ¿Que pasará con Simon y Erik?
- Los Fernandez se harán cargo de ellos hasta que volvamos, llegarán mañana por la mañana.
- Una cosa más, hijo
- Dime
- Tienes que volver de una pieza, y es una orden prioritaria ¿Comprendido?
A Schneider se le saltaron las lágrimas.
- Por supuesto – asintió antes de colgar.
Tras relajarse un poco y terminar de colocarse la armadura, subió al piso superior de la casa, en éste había varias puertas, de las cuales una de ellas estaba aún abierta y dejaba salir una tenue luz; Schneider se acercó en silencio, encontrando dentro a su esposa Selene, sentada en un taburete y con una expresión de ternura en el rostro, contemplando a un niño pelirrojo de ocho años que dormía tranquilamente en su cama.
- ¿Se ha dormido ya? - preguntó Schneider en voz baja.
- Hace rato - contestó ella - le ha costado dejar de leer - su sonrisa se acentuó.
Schneider sonrió, le encantaban aquellas peculiaridades de sus hijos, mientras que otros niños prefería juguetes o videoconsolas, el pequeño Erik ya a tan corta edad era un ávido lector, no era una afición que él compartiera, pero sin duda eso le hacía... especial.
Selene se inclinó y besó al pequeño en la frente, al hacerlo éste esbozó una pequeña sonrisa en sueños.
- ¿Vamos a ver a Simon? - sugirió.
Schneider asintió con la cabeza y ambos se encaminaron a la habitación de al lado, abriendo con sigilo la puerta. En la cama yacía pacíficamente dormido un niño de no más de 6 años y cabello negro abrazado a un peluche. Dibujaron una amplia sonrisa al verlo.
- ¡Fíjate! Parece un angelito...
- Si, cuando duerme - contestó ella riendo por lo bajo.
Tras unos minutos, salieron de la habitación cerrando la puerta tras de sí; Selene se apoyó sobre esta, cabizbaja y con una triste sonrisa en los labios.
- ¿Estás segura de que quieres venir? - Preguntó él.
- Será lo mejor
- ¿¡Lo mejor, por qué!? - Estalló Schneider - ¡Ya lo hemos hablado! ¡Aunque a mí me suceda algo tu podrás seguir... con ellos! ¡Podrás forjar otra vida!
Selene elevó la vista, su mirada era triste a la par que decidida.
- No sin ti.
Schneider abrió la boca para decir algo, pero no le salían las palabras, nunca había sido capaz de manejar esas situaciones.
- Quiero que nuestros hijos crezcan con su padre y su madre, y sin ningún peligro que les aceche - continuó - y si ha de caer alguien en esta batalla seré yo... o los dos.
- ¿Por qué? ¿Por qué tú?
- Tu eres... Schneider Belmont... su padre... y ellos son Belmont a su vez, han heredado tu poder y ya tenemos pruebas de ello. El clan ha de perpetuarse como tú mismo me dijiste hace años, y yo no puedo hacer lo que sólo está en tus manos.
- ¡Basta! - la interrumpió - En estos momentos el clan me importa una mierda ¡Me importas tú! ¡Y me importan ellos! ¡Me importa que sobreviváis! - la abrazó cariñosamente - Si fuera a morir, sería feliz sabiendo que estáis a salvo.
- Pero... - Contestó Selene - No me sentiré tranquila hasta que regreses, confío en Adela y Juan, sé que los cuidarán bien ¡Necesito ir contigo!
- Entonces, estás decidida…
Selene asintió con la cabeza.
- Bien - prosiguió él, resignado - coge todo lo que creas que necesitarás, yo ya estoy preparado.
Selene desapareció en una de las puertas y salió de ella armada con una enorme cruz de cristal, con los extremos rematados en oro y ataviada con un vestido blanco decorado con motivos verdes.
- ¿Es todo? - Preguntó él.
- El resto - Selene se señaló la frente - está aquí.
- Entonces vamos.
Tras salir de la Villa, aseguraron la puerta con llave y desaparecieron en la oscuridad de la noche y la cortina de lluvia; sólo una ventana de la casa permanecía encendida, con una cabecita pelirroja asomándose por ella, viendo cómo los dos cazadores desaparecían en la oscuridad.
