Episodio 13: Pressure

- ¡Estoy esperando!

El rostro del vampiro había vuelto a su forma humana y mostraba una mezcla de desprecio y temor, pero no parecía tener intención de decir una sola palabra, a pesar de que Luis mantenía su amenaza.

- ¡No tengo una mierda que decirle a un puto humano como tú! – exclamó con desdén el vampiro.

En respuesta a esto, el cazador alzó su mano izquierda contra la pared y apuntó con sus dedos a ésta, instantes después hubo un fogonazo y una nube de polvo que, cuando se disipó, dejó al descubierto un tremendo agujero.

- ¡No tengo todo el día, so capullo! Dime cómo encontrarlo y saldrás de aquí de una pieza – lo apremió, apretando los dientes en un gesto de ira e impaciencia.

El vampiro, lívido, señaló un punto de la pared, al lado de la mesa del DJ.

- Cómo me estés engañando, me hago un collar con tus colmillos.

Rápidamente Luis avanzo hasta el punto y empujó con fuerza, abriendo ligeramente lo que parecía una pequeña pero pesada puerta por cuya rendija escapaba una luz blanca artificial.

- ¡Venga! – Indicó al vampiro - ¡Sal de aquí cagando leches! ¡VAMOS!

Segundos después, el chupasangre había desaparecido por la misma puerta por la que ellos entraron, y Luis se dirigió hacia Erik que, arrodillado junto a su hermano, intentaba convencerlo de que se fuera.

- Simon ¿Estás bien? – se interesó el Fernández.

- Lo siento…

La disculpa de Simon pilló por sorpresa a Luis, que tenía pensado echar una reprimenda al joven por su insistencia a pesar de su estado.

- No te preocupes – lo disculpó – era de prever, esa herida está siendo bastante difícil del curar.

- No podemos dejar que continúe así con nosotros – saltó de repente Erik – Voy a sacarlo de aquí ¿Podrás seguir sólo?

- Claro, sin problema.

Fue entonces cuando el Fernández sintió algo extraño: El aire… no, el ambiente, las energías que poblaban la sala se estaban viciando, cómo si una nueva masa energética las comprimiera para hacerse sitio, era una energía tan maligna que dejaba en pañales la opresiva aura de Erzhabeth.

Y lo más extraño de todo: Daba la sensación de ser antigua, primitiva.

Y, para terminar de asustarle, la herida se marcó por encima de la ropa de Simon con un resplandor púrpura, o al menos a él le pareció verlo.

Entonces comprendió.

- Reacción entre energías – articuló repentinamente, haciendo así que los dos hermanos le entendieran – Aquí hay un emisor de energía oscura que sabe que estamos aquí, y nos es hostil…

Rápidamente, se agachó y colocó su mano sobre el torso del muchacho, ésta emitió un leve brillo azulado y, acto seguido, la retiró.

- ¿Te duele? – preguntó al muchacho

Simon, sorprendido, palpó la zona donde se encontraba la laceración.

- No, ya no – contestó como si no acabara de creérselo.

- Tío ¿Desde cuándo sabes hacer magia blanca? – preguntó Erik, igualmente anonadado.

- Desde nunca – respondió – lo que he hecho ha sido aislar la herida de su pecho para que la energía que se está apoderando del ambiente no le afecte – se detuvo unos segundos, cavilando – esa no es una herida normal…

- ¡No jodas! – rio sarcásticamente su amigo.

Los dos hermanos se levantaron; el menor, algo condolido, volvió a enrollar y enganchar su látigo en su cinto, el mayor por su parte clavaba sus ojos en la puerta recién abierta.

- ¿Vía libre? – Luis asintió.

No tardaron mucho en volver a ponerse en marcha; Erik, quien poseía la mayor fuerza física de los tres, empujó la puerta hasta abrirla del todo, encontrando ante sus ojos un lugar bastante aséptico, no muy típico de los sucios lugares que solían frecuentar los vampiros, focos halógenos iluminaban la estancia, y suelo y paredes estaban forrados de placas de aluminio raspado; frente a ellos se abrían dos caminos con sendas escaleras, una de ellas ascendía y la otra, de la que manaba un ligero olor a salitre, se hundía en las entrañas del edificio. Luis se colocó delante y meditó el camino a tomar.

- Vosotros iréis por esa – indicó a los hermanos señalando la escalera descendente de la izquierda – siento un aura corrupta emanar desde arriba.

Sin rechistar, Erik asintió y se encaminó a la escalera descendente con su hermano, pero antes de bajar dirigió la vista al Fernández y le preguntó:

- ¿Lo matarás?

Sus profundos ojos turquesa se clavaron en los ojos marrones de Luis quien, sin retirar la mirada, contestó sin vacilar.

- Si Esther ha sufrido algún daño, las torturas de la inquisición se van a quedar en simples caricias.

- ¿Y si no?

- Que los Belnades se encarguen de castigar su falta.

Dichas estas palabras, Luis tomó las escaleras ascendentes y los hermanos las descendentes, tal y como habían acordado.

Mientras bajaban, Simon recordó cómo Luis había pronunciado con desprecio el apellido Belnades; acuciado por la curiosidad, decidió consultar a su hermano.

- ¿Qué sucede entre los Belnades y Luis? – preguntó mientras bajaban.

- La verdadera cuestión – le corrigió Erik – es qué pasó entre los Belnades y los Fernández.

- ¿Afecta también a sus padres? – insistió, ahora con más curiosidad que antes.

Erik asintió.

- No estoy muy enterado – reconoció – pero por lo que sé la familia Fernández era hasta hace unos veinte años la más poderosa y prestigiosa del clan, se decía que llevaban en sus venas la más pura sangre de la fundadora, Sypha Belnades.

- ¿La que luchó contra Drácula junto a Trevor?

- Exacto – le confirmó – el caso es que Adela y Juanjo hicieron algo que ofendió a los jerifaltes del clan – continuó – no he llegado a saber qué es, hace tiempo que dejé de intentar sonsacárselo a Luis, pero…

- ¿Qué?

- Debió ser algo grave, ya que según tengo oído casi los expulsan de la hermandad y los destierran del país.

- ¿Y qué pasó al final?

- Los expulsaron – contestó escuetamente Erik.

- Estás de coña

- No

- Pero…

- ¿Has visto el hueco que hay al lado de la chimenea? – preguntó a Simon – ahí se hallaba el blasón de los Belnades, Luis lo arrancó y lo destrozó delante de mis narices cuando se enteró de lo sucedido, desde ese día los odia a muerte.

Simon se quedó atónito, no tenía ni idea de todo eso, él pensaba que los Fernández seguían perteneciendo al clan Belnades.

- O sea… que están en guerra – concluyó.

Erik asintió con cierta tristeza.

Varios pisos más arriba, Luis entraba en una sala en la que, sentado en un sillón, un joven trajeado, con una pierna cruzada sobre la otra, le invitaba a entrar con una sonrisa burlona, rodeado de cuatro guardaespaldas.

Dos miradas de odio se cruzaron, dos espíritus chocaron entre sí con inusitada violencia.

Solamente uno saldría de allí con vida.