No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco. Leer nota al final.

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Edward tiró de la cadena del retrete y se apoyó contra la puerta de la cabina. Presionó el dorso de la muñeca contra su boca y tragó saliva varias veces para luchar contra las náuseas.

No estaba bien.

Se precipitó hacia adelante y vomitó en el retrete nuevamente. Un día aprendería el límite de su tolerancia de alcohol. Aparentemente, hoy no era ese día.

―Amigo, ¿Necesitas que sostenga tu cabello? – Gritó Emmett fuera de la cabina. Y se rió disimuladamente.

―Jódete – exclamó Edward y vomitó de nuevo.

―Es un montón de buena cerveza la que estás desperdiciando.

―Sí la quieres, ven por ella.

Edward se inclinó contra el frio metal de división y tiró de la cadena del retrete con su pie. Se quedó allí por un momento y finalmente decidió que se sentía lo suficientemente bien para salir de la cabina.

Emmett lo miró esperanzado.

―¿Mejor?

Edward asintió ligeramente.

―Tienes que dejar de permitir que las chicas se acerquen a ti.

Dime algo que no supiera.

Edward se trasladó al lavabo y enjuagó su boca con agua varias veces antes de mirarse en el espejo. Sus ojos estaban inyectados de sangre. La piel pálida y cerosa. Él pasó una mano sobre su descuidado rostro.

―Dios, perezco mierda.

―No noto ninguna diferencia.

Edward levantó los tres dedos centrales de su mano derecha.

―Lee entre las líneas, idiota.

Emmett parecía más desconcertado de lo habitual.

―Nunca aprendí a leer.

―Déjame ayudarte. – Edward inclinó su dedo anular y el índice, dejando su dedo del medio extendido. ― ¿Sabes lenguaje de señas?

―Nop. Lo siento. – Emmett le dio un puñetazo en el brazo, le tocó la nariz y lo golpeo de nuevo. Edward sabía que sentiría los golpes en la mañana. Emmett nunca se refrenaba. ― ¿Estás listo para regresar? Te comportaste como un completo idiota en frente de esa chica con clase.

―Gracias por el recordatorio. – Afortunadamente, Edward no recordaría nada mañana.

―Vamos.

―¿Cuál es tu prisa? – preguntó Edward.

―¿Que tan seguido sales con una sofisticada chica ardiente como ella?

―¿Además de anoche cuando me acosté con tu mamá?

―Amigo, si tuviera mamá, podría sentirme ofendido.

Edward frunció el ceño. ¿Por qué había dicho eso? Estar borracho no era una excusa.

―Lo siento, hombre. No quise decir… - Él se frotó el rostro vigorosamente con las dos manos. ―Maldición.

―Si no nos apresuramos, Jazz estará encima de esa linda pieza de trasero.

Edward salpicó agua fría en su rostro.

―Sí, ¿Y eso es nuevo? – Jazz siempre estaba encima de cada dulce pieza de trasero.

―Eso es totalmente injusto. Jazz consigue todos los buenos coños.

A todos les iba bien con eso. No podían quejarse. En realidad, Edward dejaría los coños por un tiempo.

―Todos nos sentimos satisfechos.

―Pero Jazz obtiene los buenos coños. Estamos hablando de un coño de Categoría A Certificada. Probablemente él ya la tiene sobre su espalda con sus tobillos alrededor del cuello. – Inclinó la cabeza hacia atrás e hizo su mejor interpretación de una chica acostándose con Jazz. ― ¡Oh! Jazz. Sí. Sí. Jazz. ¡Ohhhh!

Edward rodó sus ojos y sacudió la cabeza.

―Eres un culo, Emmett. ¿Sabías eso?

―Me gustaría una pieza de trasero. Eso sí lo sé. Date prisa de una maldita vez o voy a regresar sin ti.

Edward se secó el rostro con una toalla y se dirigió a la salida del baño.

―De acuerdo, vamos a conseguir algunos coños de Categoría A Certificada. – Golpeó a Emmett en la espalda, caminando sin ninguna ayuda por el momento. Emmett no tendría oportunidad con Isabella si Jazz tenía su mirada en ella. Pero bueno, un hombre podía soñar.

Cuando llegaron a la mesa, Edward encontró a Isabella sentada tímidamente al lado de Jazz.

Toda su ropa estaba todavía en su lugar. La mano de Jazz no estaba levantando su falda. Ni siquiera se estaban besando. De hecho, estaban hablando y riéndose. Incluso Benjamin, quien dijo menos de cinco palabras en el día, charlaba tranquilamente con la Profesora del Sexo con Categoría A Certificada.

Cuando la sombra de Edward cruzó por su rostro, Isabella levantó la mirada y le sonrío alegremente. Ella tenía una gran sonrisa, mostrando sus perfectos dientes blancos entre unos suaves y besables labios.

―¿Te sientes mejor? – Lo miró con una preocupación genuina.

No hagas eso, pensó él. Todavía estoy tratando de superar a… ¿Cómo se llama? Jessica. Sí. Estoy tratando de superar a Jessica.

Edward miró a Jazz, quien evito su mirada acusatoria por encontrar a Benjamin inusualmente interesante.

Jessica… el corazón le dolió a Edward desagradablemente y apretó su puño. Esa maldita zorra.

―Sí, me siento mejor. – Le dijo a Isabella.

―Él vomitó. – Emmett encontró necesario informarles a todos.

Isabella palmeó la silla junto a ella, lo cual aparentemente señaló a Emmett que empujara a Edward fuera del camino para que él pudiera sentarse al lado de ella. Ella se rió y abrazó el brazo de Emmett.

―Gracias por cuidar de Edward.

Emmett resplandeció.

―Hey, no hay problema. Para eso están los amigos.

Idiota.

Edward tomó asiento al lado de Garrett, que descansaba en el banco frente a Isabella con el palo de una chupeta sobresaliendo de su boca. Garrett tenía que ser el único chico en la tierra que podía hacer que chupar una piruleta pareciera algo estupendo. Había dejado de fumar hace unos meses, pero todavía necesitaba algo en su boca todo el tiempo. Su dentista se forraría en dinero.

―Así que, ¿eres realmente una fan nuestra? – Emmett le preguntó a Isabella.

―Sí, hace años. Incluso antes de que se hicieran reconocidos. Yo acostumbro a poner piezas de sus sonidos de guitarra para discutir la sensualidad de los hombres… - Ella miró a Edward con los ojos bien abiertos como si hubiera sido atrapada haciendo algo malo.

Ella nunca terminó la idea, porque Benjamin decidió que ahora era un buen momento para romper su silencio regular.

―Incluso sabe todos nuestros nombres.

Luciendo aliviada por el cambio de tema, ella señaló a cada uno de ellos a su vez.

―Emmett McArty. Tres bombos, catorce platillos. Lo hace con un ritmo perfecto.

―Todo el tiempo. – dijo él, golpeando la mesa con sus palmas.

―Jasper Whitlock. Voz Líder. El sonido de su voz hace a las mujeres mojar sus bragas.

Jazz se inclinó cerca de ella y dijo en su distintivo gruñido de barítono.

―¿Incluidas las tuyas? Puedo cantar un poco, si quieres.

―Eso es totalmente innecesario.

―Ah, me estás matando, Bella.

Ella sonrió maliciosamente. Edward se preguntó que se había perdido mientras estaba adorando al dios de la porcelana.

Ella continuó.

―Benjamin Frann. Bajista. – Ella hizo una pausa, contemplando al miembro más reciente de la banda.

―Hey, ¿No tengo un texto de reconocimiento? – Benjamin se quejó.

Isabella se inclinó al otro lado de Jazz y le hizo señas a Benjamin para que se acercara. Susurró algo en su oído y él se sonrojó hasta las raíces de su cabello teñido.

―¿En serio? – preguntó él.

Ella lo miró fijamente a los ojos y asintió.

―En serio.

Ahora todo estaba mal. ¿Qué le había dicho?

―Garrett Jhonson. El guitarrista rítmico. Ojos verdes de ensueño para derretir los corazones. Dedos agiles para, bueno, hacer a los pensamientos de las mujeres ir en todas las direcciones inapropiadas.

Garrett guiñó un ojo y movió los dedos hacia ella.

Sus ojos se movieron a Edward.

―Edward Cullen. – Ella hizo una pausa. La mirada de Edward se centró en sus sensuales labios de color rosa. Él se preguntó cuántos de sus estudiantes masculinos se sentaban en su clase con una erección en sus pantalones. Cautivado, él esperó las palabras. Una sonrisa lenta se extendió a través de su hermoso rostro. ― Un genio musical.

¡De ninguna manera! ¿No tenía nada sexy que decir sobre él? Sin embargo, podría derretirse bajo el calor de su mirada. Ella lo quería. Él había estado rodeado de mujeres lo suficiente para reconocer esa mirada. ¿Por qué había bebido tanto? No estaba en condición de sacar ningún nivel de seducción.

―Supongo que sabes quienes somos. – dijo Emmett.

―¿Creíste que estaba mintiendo? – La mirada de Isabella se movió a Emmett.

―No luces como una rockera.

―¿Cómo luce una rockera?

―Más maquillaje. Menos ropa. Piercings. Tatuajes.

―¿Quién dijo que no tengo piercings?

Jazz trazó el borde de su oreja con la punta de su dedo, prestando atención a un par de pequeños diamantes en su lóbulo.

―Los piercings en los oídos no cuentan.

―Yo no estaba hablando de mis oídos.

Los ojos de Jazz recorrieron su rostro.

―¿Entonces dónde? No veo ningún otro. Oh…

Edward se movió incómodamente en su asiento.

―Entonces, ¿Dónde está? – Preguntó Emmett entusiastamente. ― ¿Ombligo? ¿Pezones?

―¿Clítoris? – preguntó Benjamin, con sus ojos bajos mientras sonreía retorcidamente.

Eso también era lo que Edward esperaba. Su clítoris. Maldición. Él lo encontraba lo suficientemente desafiante como para permanecer de pie con su cabeza nadando en la bebida. Seguramente no necesitaba desocupar de sangre su cerebro para inundar más piezas atentas de su anatomía. Él se agarró a la mesa mientras el salón se inclinaba.

Isabella sonrió, sus ojos de color avellana se movieron hacia el rostro de Edward.

―Nunca te lo diré. – dijo ella, pero sus ojos decían te lo mostraré, Edward. Ella estaba jugando con él.

Tenía que estar haciéndolo. Él prácticamente tenía un "borracho perdedor" tatuado en su frente en este momento.

Jazz se inclinó acercándose a ella y susurró algo en su oído. Ella sacudió la cabeza.

―Me estás matando, Bella.

―¿Tienes algún tatuaje? – preguntó Emmett.

―No tantos como tú. – Los ojos de Isabella se abrieron. Ella sacó la mano de Emmett a la superficie de la mesa y la liberó. ― No tienes permiso para tocarme.

Edward se mordió el labio para contener la risa y bajó su mirada. ¡Brutal! Sorpresivamente, ninguno de los chicos bromeó con Emmett por el evidente rechazo. Esta chica era intimidante como el infierno. Edward no podía recordar la última vez que una mujer hubiera sacudido su auto-confianza. ¿Fue en la Secundaria?

―Asumo que tu arte corporal tampoco es visible. – Jazz tiró del cuello del traje hacia un lado para revelar una clavícula sin marcar. El codo en sus costillas lo convenció de renunciar a su inspección.

―Soy una profesora universitaria. Tengo que mantener cierto nivel de decoro.

―¿Y pasas el rato con nosotros en público? – Garrett resopló y se echó a reír.

Ella miró a sus acompañantes, considerándolos individualmente.

―Buen punto. – Ella rió.

Deliciosa. Cálida. Edward apostaba que había otras cosas en ella que era deliciosas y cálidas.

―Necesito ir a la cama. Ha sido un largo día.

―No te vayas todavía. – protestó Emmett.

Las cejas de Edward se alzaron en sorpresa. ¿No acababa de rechazarlo públicamente y él quería que ella se quedara?

―¿Vas a ir a nuestro concierto mañana en la noche? – preguntó Garrett.

La boca de Isabella se abrió.

―¿Van a tocar en vivo? Oh Dios mío. ¡Me encantaría ir!

―Todo está vendido. – dijo Jazz.

Ella frunció el ceño.

―Eso apesta. Bueno, quiero decir, es genial por ustedes, pero en realidad apesta para mí.

―Te pondremos en la lista de invitados. Ve a la puerta trasera y dales el nombre de Isabella SuxJazz. – Dijo Jazz. ―Te darán un pase tras bastidores.

Emmett resopló con risa.

―Eso sería fantástico. – dijo ella. A Edward le pareció difícil creer que ella no había entendido la connotación de Jazz. O tal vez lo había hecho. Ella agarró el brazo de Jazz y de alguna manera se las arregló para evitar sus inquisitivos labios. ―De acuerdo, muévete, Emmett. Voy a subir a mi cama ahora.

―Si me niego a moverme, no puedes ir a ninguna parte. – dijo Emmett con un aire de suficiencia.

―Oh, ¿en serio?

―En serio.

―Sólo tomaré el ejemplo de Edward.

Edward no podía entender lo que ella trataba de decir hasta que se subió poco a poco sobre la mesa. Ella salió de la mesa posándose en el regazo suyo y en el de Garrett. Olía fantásticamente a coco, vainilla y algo autentico de Isabella.

Su boca se secó, sus palmas se humedecieron. Por Dios, era un masoquista. Ya había tenido el corazón roto una vez más esta semana.

Isabella se inclinó acercándose a su oído y susurró.

―Tengo algo para ti en mi habitación si quieres un poco de ayuda con tu condición.

¿Su condición? Le encantaría que lo ayudara con su condición. Ella lo había puesto en esta condición después de todo. Su auto-confianza se restauró, Edward sonrió. Su mano se envolvió alrededor de su angosta cintura.

―Habitación 615. – susurró ella, con su aliento haciéndole pequeñas cosquillas en su oído. ―No esperes mucho para subir. Quiero irme a la cama pronto.

―Habitación 615.

―Correcto. – Ella se bajó de su regazo y enderezó su falda andes de mirar por encima de su hombro a Emmett. Él estaba golpeando su cabeza repetidamente sobre la mesa.

―Vas a quedarte después del concierto mañana, ¿Verdad? – preguntó Jazz.

―Por supuesto.

Garrett se despidió de ella con dos dedos en su ceja.

―Buenas noches, Profesora.

―Buenas noches, Garrett, Benjamin, Jazz, Emmett. – Ella asintió a cada uno a su vez. ―Me divertí hablando con ustedes. Gracias por dejarme participar.

Ella recogió su laptop y dejo el lounge con los ojos de cada hombre en el salón siguiendo lento balanceo de sus caderas.

―Y gracias por hincharme. – murmuró Jazz.

―Ella viste una liga debajo de ese traje. – gimió Emmett.

―Vi eso. – murmuró Jazz. ―Cuando se subió a la mesa.

―La sentí… cuando deslicé mi mano debajo de su falda. – Emmett golpeó su cabeza en la tabla nuevamente.

―No hiciste mucho progreso, ¿Verdad? – dijo Jazz. ―Ella es buena cortando los avances de un tipo sin hacerlo obvio.

―O en el caso de Emmett, haciéndolo totalmente obvio. – Benjamin se rió y se movió para evitar el salvaje golpe de Emmett sobre la mesa.

―Nada de eso aquí, Emmett. – dijo Jazz. ―Terminarás siendo arrestado otra vez.

―¿Por qué ella no se despidió de Edward? – preguntó Garrett, siempre perceptivo.

―Quiere que suba a su habitación.

―Bastardo afortunado. – Dijo Emmett alcanzó a lo largo de la mesa a Edward y lo agarró por la camisa. Edward retiró bruscamente sus manos.

Él se quedó sentado, luchando contra el impulso de golpear su cabeza sobre la mesa. Se las arregló para masajearse el rostro, pero estaba enteramente adormecido.

―Sólo desearía que no estuviera tan borracho. ¡Cristo!‖

―Vas a ir, ¿Verdad? – Garrett partió su chupeta entre sus dientes y arrojó el palillo en un cenicero. ― ¿Un coño rotante?

Edward miró a su mejor amigo y compañero de guitarra.

―¿Qué crees?‖

―Creo que deberíamos atarte y ocultarte en el Bus. – dijo Emmett. ―Ella pensará que la rechazaste. Y entonces yo podre consolarla y tendré las de ganar. – Él abrió la boca y palmeó la punta de sus dedos índice y el del medio contra su lengua.

―Sueña. McArty. – Edward se tomó la mitad de su vaso de agua y revisó su aliento soplando en la palma de su mano. Hizo un guiño. Sacó una de las chupetas del bolsillo de la chaqueta de Garrett, la desenvolvió y la metió en su boca. Demasiado dulce. Él comenzó a arrojarla en el cenicero, pero Garrett la rescató.

―Iba a comerme esa.

―¿Nadie tiene spray para el aliento? – Preguntó Edward. ―Mi boca sabe cómo a un animal muerto.

Jazz sacó de su bolsillo varios tubos de spray, un paquete de mentas y goma de mascar.

―El arsenal de Jazz para besar. – dijo Emmett.

Edward lanzó un poco de spray de menta en su boca, le arrojó el tubo a Jazz, la sacudida que sintió lo llevo a ponerse en pie agarrando el borde de la mesa. Él se tambaleó hacia los lados en la parte trasera del asiento, pero rápidamente recuperó el equilibrio. Junta los pies, hombre. Hay una chica realmente ardiente esperando para ayudarte con tu condición.

―Veinte dólares a que él se desmaya antes de que pueda sacar su polla de sus pantalones. – dijo Jazz.

―Tomaré la apuesta. – dijo Emmett. ―No hay un hombre vivo que se desmaye antes de deslizarse en ese coño de Categoría A Certificada.

―Él lo sacará, pero se desmayará antes de que pueda hacer algo con él. – dijo Benjamin.

―Ni siquiera va a encontrar su habitación. – Garrett entró en la apuesta y se acabó su cerveza en tres tragos. Él se metió en la boca la chupeta de cereza que había rescatado de Edward.

Edward sacudió su cabeza. ¿Qué clase de compañía tenía? ¡Jesús!

Se concentró en caminar en línea recta hacia el elevador y una vez adentro, presionó el botón del sexto piso. Se apoyó contra la pared del elevador mientras subía con su estómago asentándose en sus botas. ¿Cuál era el número de la habitación? ¿Seis y algo, quince, dieciséis, catorce? Debió de haberlo escrito. Sus ojos se cerraron mientras pensaba en la sensación del aliento de Isabella contra su oído. Su suave voz se reproducía en su cabeza.

Seis quince. Lo recordó. Él sabía que no estaba en su mejor condición. ¿Por qué lo había elegido? ¿Podría ser posible que ella lo encontrara atractivo en ese momento? No era como si se estuviera quejando. Era solo que no lo entendía. Ella había estado sentada al lado de Jazz. El tipo por el que las chicas caían como pajas a la hoguera. Incluso chicas no disponibles. Como Jessica.

Esa perra chupona. Necesitaba otra cerveza. O tres. Tal vez podría asaltar el mini-bar de Isabella. O tal vez ella podría usar esos labios sensuales para borrar de su memoria la imagen de Jessica chupando la polla de Jazz.

Sí, le gustaba ese plan. ¿Cómo lo había llamado Garrett? Coño rotante. Era exactamente lo que necesitaba. Sólo tenía que mantener su cabeza firme y no enamorarse de ésta.

Una vez fuera del elevador, siguió la señal del pasillo correcto, se detuvo en la puerta del letrero 615 y tocó.

―Un segundo. – Gritó Isabella desde adentro. Una pequeña victoria. Garrett perdió la apuesta.

Edward apoyó su antebrazo contra el marco de la puerta para mantenerse en pie y descansar su frente contra su brazo. Realmente necesitaba dormir. Esperaba que ella no fuera difícil de satisfacer. No estaba seguro de poder mantener una erección en su condición.

Finalmente ella abrió la puerta y sonrió cuando el levantaba la cabeza para mirarla. Ella se quitó la chaqueta de su traje, revelando una sedosa y blanca camisola y una piel blanca cremosa rogando por su toque.

Dios ella era malditamente ardiente. ¡Anotación!

―No estás sintiendo bien, ¿Verdad? – preguntó ella, con la ceja arrugada por la preocupación. Él no quería mentir, así que no dijo nada. Ella se hizo a un lado. ―Entra.

El soltó el marco de la puerta y entro en su habitación. Ella cerró la puerta y él supo que tenía que moverse rápido o Jazz ganaría la apuesta. O peor aún, Benjamin la ganaría y se desmayaría con sus pantalones alrededor de sus rodillas. Él le dio vuelta a Isabella y la presionó contra la puerta con su cuerpo. Ella jadeó sorprendida justo antes de que su boca la reclamara en un beso apasionado.

Ella torció la cabeza hacia un lado, respirando difícilmente.

―¿Qué estás haciendo?

―Besarte.

―Nunca beso en la primera cita.

―Esta es nuestra segunda cita.

Ella dudó con una expresión pensativa.

―Buen punto.

Sus dedos se deslizaron por su espalda y se enredaron en el cabello que llegaba a su nuca.

Ella cerró los ojos y se acercó. Él descansó los antebrazos en la puerta a ambos lados de su cabeza y la torturó ágilmente con un movimiento suave de sus labios contra los de ella. A pesar de que su cuerpo le decía que la devorara, la parte funcional de su cerebro quería atesorar la sensación de sus labios suaves contra suyos por primera vez.

Sus manos se empuñaron por encima de su cabeza para no arrancar su ropa.

Él la miró a través de sus ojos entrecerrados mientras sus labios acariciaban los suyos. Ella respondió con una sumisión total, abriendo la boca, con el cuerpo flojo, clavando los dedos en su cuero cabelludo como si estuviera tratando de controlarse. Eso lo volvía loco.

No era lo único que lo estaba volviendo loco. El sabor de su boca, su olor, su calidez, su cuerpo suave contra el suyo, el apenas perceptible sonido de anhelo que hizo en la parte posterior de su garganta. Su lengua acariciando sus labios. Su cuero tensándose como sí hubiera sido alcanzado por un rayo. Ella retiró su lengua, persuadiendo a la suya para que se metiera en su boca con movimientos suaves. Él siguió entusiasmado, acariciando sus labios con la punta de su lengua y luego tocando su lengua con la de ella. Cuando su lengua tentativamente acarició la de él, sus ojos se cerraron a la deriva.

Después de varios minutos, él se apartó y la miró con la poca luz proveniente del baño.

―No te pedí que vinieras a mi habitación para esto. – murmuró ella.

―¿No?

Ella sacudió la cabeza.

―No, pero eres tan bueno besando. – La mirada de ella cayó en su boca. Él sonrió y bajó la cabeza para besarla de nuevo. Se apartó de la puerta y la empujó contra él, sus manos se deslizaron sobre la forma de su trasero mientras él unía la parte inferior de sus cuerpos.

¿Cuándo fue la última vez que una mujer lo había llevado a un frenesí tan rápidamente?

Uh, nunca. Él se movió, hacia la cama, atrayéndola con él. Ella clavó sus tacones en la alfombra y volteó la cabeza a un lado.

―Nunca tengo sexo en la segunda cita. – dijo firmemente.

―Esta es nuestra tercera cita.

Ella negó con el dedo.

―Eso sólo funciona una vez, Master Cullen.

El uso de su nombre de escenario lo enfrió considerablemente, pero aun así la deseaba. Desesperadamente. ¿Qué había en ella que hacía que su sangre hirviera? Era tan diferente de las demás chicas con las que normalmente salía. ¿Demasiado… adecuada? Pero no, no era adecuada del todo.

―¿Qué tal si voy al pasillo por un par de minutos y luego regresó? – Sugirió él. Ella se rió.

―Edward, estás borracho. No duermo con borrachos.

Él frunció el ceño.

―Pero estaré sobrio en la mañana.

Sus manos se deslizaron por la espalda hasta su trasero. Ella lo acercó, aplastando su polla parcialmente inflamada contra su hueso púbico.

―¿Lo prometes?

Él la miró con una sonrisa perezosa en los labios.

―Oh, lo entiendo. Eres una torturadora de pollas.

Ella sonrió.

―Las pollas se hicieron para ser torturadas. – Ella movió sus caderas, frotándose contra él.

Él gimió, endureciéndose. Estando más distraído.

―Además…te gusta. – dijo ella.

Su lado travieso se estaba mostrando, brillando intermitentemente en sus ojos de color avellana. Y sí, le gustaba. Le gustaba demasiado.

―¿Estás segura?

―Segurísima. Tengo un Doctorado en Torturología de Pollas.

―¿Era un Doctorado Honoris Causa?

Ella se rió.

―He estudiado durante años. Soy algo así como una experta.

Él suspiró.

―De acuerdo. Entonces, sí no me voy a echar un polvo, ¿Por qué me pediste que viniera a tu habitación?

―Ya te lo he dicho. Quiero ayudarte con tu condición.

―Lo hiciste. Y esa es la razón por la que me apresuré a llegar aquí, en vez de desmayarme sobre la mesa en el lounge.

―Siéntate.

Él no quería dejarla ir, sus curvas suaves encajaban perfectamente contra él, pero ella se soltó de sus brazos y desapareció en el baño. Él se sentó en el borde de la cama para hacer que la habitación no diera más vueltas.

Ella regresó un momento después y puso dos píldoras en su mano.

―¿Éxtasis? – Él arrojó las píldoras en su boca sin mirarlas. Ella le dio una bebida deportiva y él se tragó las píldoras.

―En realidad, eran vitaminas B y C. – dijo ella. ―Tómate toda botella.

―¿Me estás dando vitaminas? – Él irguió una ceja y tomó otro trago de la botella.

―Prevendrán una resaca. – Ella fue a un gabinete y regresó con un banano.

Él miró la fruta con cautela.

―No soy tan pervertido, Profesora Sexo.

Ella sonrió.

―Esperaba que lo fueras.

―De acuerdo, lo soy. – Su polla palpitaba. Ahora completamente erecto, tratando desesperadamente de liberarse de sus jeans. ¿Realmente iba a dejarlo en esta condición?

Ella dijo que lo ayudaría. Y no estaba ayudando del todo.

Ella se paró cerca de él, con las rodillas entre las suyas. Entonces el dobladillo de su falda rozó su muslo. Él quería poner algo más que su rodilla bajo esa falda. La seda de su top tiraba contra sus senos cuando ella se movía. Tenía unos senos hermosos. Demasiado suaves contra su pecho. La única cosa que mantenía sus manos lejos era la bebida deportiva de naranja la cual estaba agarrando con las dos manos. Bueno eso y el temor de que ella le dijera que no tenía permiso para tocarla.

Ella peló el banano, partió un pedazo y lo deslizó en su boca.

―Cómelo. Asentará tu estómago y también ayuda a prevenir la resaca.

Él masticó el pedazo de banano y lo ingirió.

―¿Estás cuidando de mí?

―Trato de hacerlo. ¿No quieres que lo haga?

Tomando su mano, él besó el interior de su muñeca suavemente.

―Me gusta. ¿Puedo hacer algo por ti? – Él pasó su lengua contra el interior de su muñeca sugestivamente mientras levantaba su mirada hacia ella. Sus dedos se cerraron involuntariamente y sus pezones se endurecieron bajo su delgado y blanco top. Él se encontró completamente inmerso en ella.

Su olor. El sonido suave de su voz. El sabor de su piel. Y su cuerpo perfecto. ¿Cuánta resistencia ofrecería ella para arrojarla sobre la cama y tatar de hacer su camino con ella?

―Grrrr. – Uh… ¿Acababa de gruñir? Sólo esperaba que se lo hubiera imaginado.

Ella alejó su mano y dio un paso atrás. Parecía darse cuenta de que él no era tan inofensivo como había medido en primer lugar.

―Duérmete, Edward. Y podría dejar que me beses mañana.

Ella partió otro pedazo de banano y lo metió en su boca. Él masticó, tragó y paso la banana con el resto de su bebida deportiva. Dejó la botella vacía en la mesilla y puso una mano en la parte posterior de su pierna, justo por encima de la rodilla. Ella emitió un grito ahogado.

Él le sonrió.

―Será mejor que descanses. Necesitarás tu fuerza vital.

―Tú también. – Ella le dio más banano y se hizo a un lado para salir de su agarre. ―¿Necesitas que te ayude a llegar a tu habitación?

Él frunció el ceño.

―¿Me puedo quedar aquí? – Si regresaba la suite de la banda, nunca terminaría de oír las burlas de los chicos.

Eso hizo que su cabeza navegara para mirarla. Le gustaba mirarla. Bellísima. Femenina. Madura. No era una niña, era toda una mujer. Ella mantenía una apariencia exterior adecuada, pero él sentía una corriente de resplandeciente sexualidad. Nunca había estado con una mujer como ella. Con una sensualidad sofisticada. ¿Cómo sería en la cama? ¿Reservada? ¿Pervertida? ¿Apasionada? ¿Calmada? ¿Dominante? ¿Sumisa? Tenía que saberlo.

Ella tocó sus labios con la punta del dedo.

―Si dejo que te quedes, ¿Prometes comportarte?

―Absolutamente no.

Su dedo dejo sus labios para acariciar su ceja.

―En ese caso, insisto.

Él gimió y cayó sobre la cama, presionando las manos en sus ojos.

―¿Por qué tenía que emborracharme?

―Quítate las botas y sube a la cama.

―Al menos, ¿voy a conseguir un beso de buenas noches? – murmuró, sus ojos se negaban a abrirse. Su cuerpo quedó inerte cuando perdió la conciencia.

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Isabella se inclinó sobre Edward y presionó un beso de las buenas noches en su frente. Él pobre hombre se había desmayado en frío. Ella le quitó las botas de cuero negras, tomó el brazalete de púas de su muñeca y retiró una larga y plateada cadena de plata de su pasa cinturón. Ella lo movió hacia un costado, en caso de que él vomitara en medio de la noche y lo cubrió con una manta.

Lo miró dormir por un momento.

Edward Cullen. Edward Cullen, el renombrado guitarrista. Edward Master Cullen, héroe de la guitarra, dios del rock, un perfecto espécimen humano, se había quedado dormido en su habitación de hotel. La había besado. Dios, cómo la había besado. Si no tuviera reglas sobre permitirse tener sexo con un nuevo conocido, él probablemente estaría haciéndole el amor en este momento. Seriamente necesitaba modificar sus reglas. Su cuerpo le dolía por desearlo. El hombre era demasiadosexy para su propio bien.

Ella se mordió el labio inferior mientras lo miraba dormir, ¿Seguiría interesado cuando no la estuviera mirando bajo los efectos de la cerveza? Su diferencia de edad pesaba en su mente. Por lo menos era siete años mayor, pero parecía menor de 35. Todo el mundo lo decía. Tal vez él no se había dado cuenta… aunque probablemente lo averiguaría mañana.

Ella ya no tenía el cuerpo de una chica de dieciocho. Aunque acababa de mostrarle que estar con una mujer mayor tenía ciertas ventajas. Asumiendo que él estuviera interesado.

La manera en la que la miraba hacía que sus huesos se derritieran. Y su fuerte, pero gentil toque. Sus piernas casi habían desfallecido cuando él puso su mano en la parte posterior de su pierna.

Había pasado mucho tiempo desde la última vez que tuvo sexo. Esa tenía que ser la explicación por la criatura lujuriosa que él había despertado en ella. Así que lo sacaría de su sistema y lo enviaría por su camino.

Isabella se alejó de la cama para alistarse a dormir con él. El calor se elevó a la superficie de su piel. No, no iba a dormir con él, iba a dormir al lado de él. El dolor entre sus muslos se intensificó. Mientras cambiaba se ponía un camisón y colgaba su traje en el closet, se preguntó si iba a dormir esta noche. Si tuviera algún sentido, lo hubiera hecho regresar a su habitación, pero él la había besado dejándola completamente sin sentido. Siguió con su rutina nocturna y se metió en la cama junto a Edward, de repente agradecida de que hubiera tomado una suite con una cama matrimonial extra grande, en vez de una más pequeña. Con sólo una cama disponible, tenía una razón perfecta para compartirla con él.

¿Verdad? Y con él desmayado, nunca sabría que le había hecho mientras dormía.

Lo alcanzó y tomó su mano, trazando sus dedos con temor. Ella no sólo había estado haciendo una pequeña conversación en el lounge. Él hombre realmente era un genio musical. Esos dedos trabajaban mágicamente en el diapasón de la guitarra. No dudaba que hiciera magia con su piel. Suavemente besó cada uno de los dedos de su mano izquierda y la acunó en sus senos. Ella cerró los ojos y trató de despejar su cabeza lo suficientemente como para dormir. Cuando Edward se movió y la enterró bajo su duro cuerpo, ella decidió que dormir estaba altamente sobrevalorado.

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¡Holi, holi! Decidí dejarles un capítulo más, de esta forma todas empezaremos hermosamente nuestra semana n.n

Mil gracias por sus alertas y comentarios, me alegra saber que les está gustando tanto como a mí la historia.

¡Nos leemos pronto!