Episodio 16: Waiting in the Darkness
Con el objeto de reservar fuerzas ante posibles sorpresas, los hermanos Belmont habían dejado de hablar y reducido la marcha, alargando así un descenso que ya de por sí se estaba haciendo eterno.
Pasaron 20 largos minutos desde el fin de su conversación hasta que se dieron cuenta de que las paredes metálicas habían desaparecido para dar paso a una pared húmeda y mohosa que parecía ser una cueva natural, así mismo, el ambiente estaba enrarecido, y una extraña sensación de desorientación se apoderaba de ellos. Hacía rato ya que la luz había desaparecido, pero no importaba, sus ojos se habían adecuado con rapidez a la oscuridad, pero eso no significaba que pudieran dejar de estar alerta.
Finalmente, tras otros cansinos 15 minutos, llegaron a lo que parecía el final de la escalera, con una gruta encharcada extendiéndose ante ellos; dudaron unos segundos, pero finalmente fue Erik quien se decidió a avanzar, sólo para acabar tropezando y cayendo en un bache lleno de agua salada.
- Sería mejor que nos iluminásemos un poco como buenamente podamos – sugirió Simon, aguantándose la risa a duras penas mientras su hermano maldecía en voz baja a todo el santoral – No creo que sea buena idea moverse a oscuras por aquí.
Acto seguido el muchacho elevó la mano derecha con la palma apuntando hacia arriba y creó una pequeña bola de luz, lo suficientemente potente como para permitirles ver bien a unos cuatro metros por delante suya.
- No deberías hacer eso – le regañó Erik mientras escurría su exagerada mata de pelo – ahorra fuerzas, no sabemos lo que hay aquí.
- Si no llevamos luz puede que la palmemos sin llegar a saberlo.
Erik se calló, era evidente que a su hermano menor no le faltaba razón, de modo que se levantó y, manteniéndose junto a él, comenzó a avanzar.
Fue entonces cuando una sombra negra pasó rápidamente ante ellos, haciendo que ambos echaran su mano a sus respectivas armas.
No se habían dado cuenta, pero aquella cueva se había llenado, tras su llegada, de extrañas y amenazantes presencias.
De repente algo se abalanzó sobre ellos, emitiendo extraños chillidos parecidos a los de una rata, Erik lo rechazó de un puñetazo y, cuando la criatura dio contra el suelo, pudieron observarlo con detenimiento: Era una especie de subhumano, como un bebé raquítico, donde debían estar los ojos había dos grandes cuencas vacías, no tenía nariz y su boca mostraba pequeños dientes puntiagudos, tenía la piel oscura, casi negra, y sus manos tenían más bien aspecto de garras.
Rápidamente aquello se levantó y volvió a atacar al pelirrojo que, implacable, desenfundó su espada, partiendo por la mitad en el mismo movimiento al ser, que se convirtió en una nube de humo antes de tocar el suelo.
- ¿Qué demonios era eso? – preguntó Simon a su hermano aún sobresaltado.
- Ni idea – reconoció Erik – es la primera vez que veo algo semejante.
El muchacho tragó saliva; si su hermano, cuya ávida afición a la lectura lo había convertido en una enciclopedia viviente, no tenía ni idea de qué era aquella criatura, entonces…
- Se ha disuelto en el aire – caviló Erik – incluso los vampiros dejan residuos físicos, éste no – se llevó la mano a la barbilla, pensativo – No sé que naturaleza tendrá esa cosa, pero no puede pertenecer a nuestro mundo.
- ¿Cómo que "nuestro" mundo?
Erik le lanzó una mirada de soslayo
- Ésta es sólo una de las múltiples dimensiones existentes, el mundo de los humanos y las criaturas orgánicas – explicó – aunque eso es sólo una de mis teorías – concluyó con una sonrisa.
Simon bufó, con la mano aún en alto sujetando la pequeña bola luminosa se echó la izquierda a la espada corta colgada de su cintura, listo para entrar en combate en cualquier momento.
- Sigamos – sugirió Erik – Si hay más de esos, quedarnos quietos sería un error.
El chaval asintió mostrándose conforme y ambos hermanos reanudaron la marcha, mientras avanzaban los ruidos emitidos por las demás criaturas, ocultas en la oscuridad, aumentaban la ansiedad del menor, que estaba tenso y mantenía los dientes apretados.
- Tranquilízate – le sugirió su hermano mayor en voz baja – no atacarán si no sienten tus intenciones… cálmate.
Pero no era tarea fácil, los ruidos provocados por aquellas infrahumanas criaturas, la opresiva oscuridad y el incesante gotear de las filtraciones de agua salada en paredes y techo eran más que suficiente para alterarlo; se detuvo un momento y miró alrededor, después cerró los ojos y acompasó su respiración; gracias a este ejercicio consiguió reducir su ansiedad, al menos hasta que una sombra pasó rápidamente detrás de ellos.
Y otra.
Y otra.
Y varias más.
Erik, que había agudizado el oído tras sentir el primer movimiento, llegó a contar más de treinta criaturas moviéndose a su alrededor, ante lo que decidió que, si querían continuar, debían luchar de nuevo, y se dispuso a dar instrucciones a su hermano.
- Escúchame – indicó a Simon – cuando yo te lo ordene, apaga la luz.
- ¿¡Te has vuelto loco!?
- Hazme caso… – dejó pasar quince segundos mientras sentía el movimiento a su alrededor, pasado ese tiempo los sonidos cesaron - ¡Ahora!
Creyendo que había llegado su fin, Simon cerró su mano derecha, apagando así la única fuente de luz de la que disponían, oyó a aquellas cosas lanzar sus ensordecedores chillidos de roedor y, un segundo después, una luz anaranjada, muchísimo más intensa que la suya, inundó la estancia desde varios focos.
Eran fuegos, decenas de pequeñas luminarias incandescentes les iluminaban y revelaban con total claridad la posición de aquella pequeña horda de infraseres que corrían hacia ellos para atacarles.
Cuando estuvieron prácticamente encima suya, los hermanos, en un sorprendente acto de perfecta sincronización, desenvainaron a la vez sus espadas, cubriendo en un solo movimiento una circunferencia completa para, después, mantenerse espalda con espalda, protegiéndose el uno al otro.
Aquellas pequeñas criaturas eran en grupo mucho más peligrosas que lo que imaginaban, más pequeñas que los vampiros de la pista de baile, eran así mismo más ágiles, moviéndose como pequeños monos que les herían superficialmente clavándoles sus garras y dientes afilados; finalmente consiguieron acabar con ellos tras casi veinte minutos de frenética batalla, con la inestimable ayuda del fuego de Erik y el látigo de Simon.
- ¡Al fin! – exclamó el menor, apoyado en sus rodillas – Esas luces han venido de maravilla ¿Quién las habrá encendido?
Erik sonrió orgullosamente, su hermano comprendió.
- Ahora toca pasar a cosas más serias – decidió el mayor, envainando su espada – vamos a ver a donde lleva esto.
Continuaron caminando, más relajados, apoyados esta vez por los fuegos flotantes que crepitaban a su alrededor, calentando e iluminando la gruta; gracias a estas luces vislumbraban el final de la cueva, que se estrechaba quedando cerrada por un portón de piedra grisácea. Al alcanzarlo, Erik lo examinó cuidadosamente, dándose cuenta de que había varias runas y otros símbolos mágicos que sólo Luis o cualquier hechicero en condiciones podría descifrar.
Decidido hasta llegar hasta el final, el joven pelirrojo empujó la puerta, que al abrirse dejó escapar una fuerte corriente de aire que apenas duró un par de segundos; tras un instante de duda la empujó una vez más hasta abrirla del todo, cuando Simon le dio una palmada en el hombro.
- ¿Pasa algo? – preguntó Erik escudriñando la habitación recién descubierta entre la oscuridad.
- O… oye… - titubeó – algunos de los símbolos de esa puerta me suenan de los libros de magia que estudia Luis…
- Ya ¿y?
- Pues que creo que si se colocan en una puerta sirven para mantener algo sellado - Erik tragó saliva ¿No habría sido tan estúpido como para…? – y me parece que la hemos cagado.
Expectante y temeroso a la vez, el pelirrojo se dio la vuelta para encontrar, materializándose detrás suya, un esqueleto de más de dos metros de altura, ataviado con una sólida armadura y equipado con una gran espada y un brillante escudo, por cabeza tenía el cráneo de un toro, de cuernos grandes y afilados.
- Parece que Luis no es el único que va a divertirse esta noche – comentó Erik sonriendo mientras desenvainaba su espada Salamander – Me da que si queremos entrar ahí tendremos que acabar con ese bicho.
La bestia emitió un rugido sobrenatural, Simon desenrolló inmediatamente su látigo, pero su hermano lo retuvo.
- Éste es de los que me gustan – le dijo mientras se adelantaba – yo me encargo de él.
