No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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Edward llevó a Isabella al dormitorio y cerró la puerta. Ella lo miró expectantemente con la limitada luz que se derramaba entre las pesadas cortinas. Él sonrió, ahuecando su mejilla y deslizando el pulgar sobre su pómulo. Esta mujer. Esta hermosa, inteligente, ingeniosa, divertida y sexy mujer. ¿Cómo no iba a enamorarse de ella? Sabía que aplastaría su corazón como un insecto y no le importaba. Se preguntaba si ella tenía una maratón sexual con cada amante que había tenido. Era ciertamente deseosa y habilidosa. Él no se atrevía preguntarle. No quería saber que no era especial. Quería creer que era el primero, el único hombre con el que había experimentado este nivel de pasión. Podía fingir. Y podía satisfacerla. Si nuevas experiencias era lo que ella quería, él iba a hacer su mayor esfuerzo para dárselas.

Ella puso una mano suave sobre su descubierto vientre y él se tensó. Todavía estaba duro como una roca, pero quería ir despacio esta vez, no perderse en la niebla sin sentido. No es que fuera malo perder el sentido. Era espectacular y ella estaba abierta a eso. Ese pensamiento tocó su mente. Ella merecía ser atesorada y él se tomaría el tiempo para hacerla sentir hermosa, como lo había prometido.

Nunca debió dejar que Emmett los observara. Sabía que esa era la razón por la que ella se estaba sintiendo sucia. Cuando ese solo había llegado a él. No había pensado en que el desprecio por sus sentimientos la afectaría.

Él inclinó la cabeza para besar sus parpados. Sus mejillas. La punta de su nariz. A pesar de que ella le ofrecía su seductora boca, el rehusó sus labios. Todavía no. Pero su mandíbula, sí, él la beso allí y a su cuello debajo de la oreja. Su pulsó palpitaba justo debajo de sus labios.

Ella suspiró y hundió los dedos en su cabello, inclinando la cabeza hacia un lado para permitirle un mejor acceso. Su piel estaba húmeda y fría. Él usó su boca para calentar un sendero al lado de su cuello.

Ella se estremeció.

―¿Tienes frio? ―susurró él, llevándola hacia la cama y las cálidas mantas.

―Estoy ardiendo.

Él sonrió. Ella siempre estaba ardiendo. Y él dispuesto a apaciguarla, sabiendo que iba a quemarse. Tal vez eso era parte del atractivo.

Él la levantó y la tendió sobre la cama, dejando la mayoría de sus partes seductoras cubiertas por la toalla. Llegaría a esas partes eventualmente, pero quería comenzar por donde ella no lo esperara. Se arrodilló en el extremo de la cama, levantando su pierna y tomando su delicado pie en las manos, masajeando el empeine con los pulgares. Él apoyó el talón de ella sobre su hombro y le besó el tobillo, la pantorrilla y la parte posterior de su rodilla. Ella suspiró. Su lengua se precipitó sobre la sensible piel, trazando caóticos modelos detrás de su rodilla. Casi pudo ver el lugar dulce entre sus muslos. La sombra de la toalla era la única cosa que mantenía sus secretos fuera de vista. Su polla palpitaba de necesidad. Las bolas le dolían.

Hoy, ya había explotado varias veces. ¿Cómo podía su cuerpo desear más? Generalmente no se excitaba de esta manera. ¿Por qué con ella?

¿Por qué no?

Él sacudió la toalla hacia un lado. Sólo quería echar un vistazo. Fue un error. No quería empezar a bramar detrás de ella como un adolecente caliente, pero la encantadora visión de sus rosados labios entreabiertos en partes que rogaban ser llenadas, lo hizo alcanzar la bragueta de sus pantalones. Él soltó los botones y liberó a La Bestia, agarrándola firmemente con una mano para tratar de mantenerla bajo control.

Ella se echó a reír y él la miró, con la lengua todavía moviéndose sobre la piel detrás de su rodilla. Ella estaba mirándolo. Él levantó la cabeza.

―¿Qué es gracioso?

―Nada. Sé lo que estás pensando, es todo.

―¿Qué estoy pensando?

―Que hay un sedoso agujero en tu línea de visión que necesita ser llenado, pero prometiste hacerme sentir hermosa, de manera que te vas a mantener alejado tanto como sea posible.

Él sonrió y liberó su polla para deslizar un dedo en su interior. Su resbaladiza carne tragó su dedo con un calor húmedo.

―¿Este sedoso agujero? ― Amaba ver su dedo hundiéndose en su interior y siendo incapaz de retirarlo.

―Ese es el agujero en el que estaba pensando. ¿Ese era el mismo en el que pensabas?

Él movió la otra mano de su pie y probó su trasero con otro dedo.

―También está este.

―¿Prefieres ese? ― Ella se retorció.

―En realidad, prefiero el anterior.

―Yo también. Ahora lo sé con certeza, gracias a ti.

Él retiró la punta del dedo de su trasero y deslizó un segundo dedo dentro de su coño. Sí, era incluso mejor. Su pulgar frotaba la capucha de su clítoris. Su cuerpo se sacudió.

―Siento ser tan predecible. ―murmuró él. ―En realidad te traje aquí para sofocarte con mis caricias.

―Prefiero que te sometas a lo que realmente quieres hacer.

Retirando los dedos levemente, los presionó dentro de ella de nuevo, absorto por la atractiva vista. Decidiendo que prefería mucho más ver su polla embistiéndola, él miró alrededor de la decorada habitación. El tocador estaba a la altura de sus caderas. Él se deslizó desde el extremo de la cama, se paró y se puso el último condón que tenía en su bolsillo. Esperando que no hubiera otra opción. Él se inclinó sobre la cama, se apoderó de su suave trasero y la arrastró hacia él.

Ella se quedó sin aliento por la sorpresa cuando la levantó y se dio vuelta para sentarla encima del tocador.

―¿Aquí? ― preguntó ella.

―Quiero mirar. ― murmuró él. ― ¿Alguna vez lo has hecho así?

Ella sacudió la cabeza, besó su frente y se sentó en el borde del tocador, abriendo las piernas para darle una vista sin restricciones. Tenía que poseerla. En ese mismo momento. Sin más esperas.

Él agarró su polla y la insertó en su cautivante calidez. Suspiró y se deslizo profundamente, sus ojos se concentraron en la acción entre sus cuerpos. La visión de su polla hundiéndose en su interior, encajó con la sensación de su calidez rodeándolo, causando que su estómago se apretara con la necesidad. Su frente descansaba sobre el hombro de él para que ella también pudiera ver.

Él dejó que la urgencia llevara el ritmo, entrando y saliendo cada vez más rápido. Viendo el ir y venir de su carne mientras que lo aceptaba perfectamente. Él se balanceaba sobre las puntas de los pies para poder tomarla duramente. Enterrando su polla tan profundo, que la hacía suplicar y maullar en la parte posterior de su garganta. Él no sabía si ella se estaba dando cuenta de lo que estaba haciendo, pero eso lo volvió loco.

Y entonces, la escuchó de nuevo.

La música.

Trató de ignorarla, sólo queriéndose concentrar en la vista de su polla desapareciendo dentro del apretado cuerpo de Isabella. En la sensación de calidez rodeándolo y en la excavación ligeramente dolorosa de sus dedos en sus brazos. Quería oler su piel, su sudor, su sexo. Escuchar nada más que los sonidos enloquecedores que hacía. Probar sus labios.

Él puso un dedo bajo su barbilla y reclamó su boca, hundiendo la lengua en el interior de su boca. Demasiado dulce.

Las series de acordes se repitieron en su cabeza.

Él apartó la boca de la suya y la miró fijamente a los ojos.

―Di mi nombre. ―susurró.

―Edward.

Todavía podía escuchar la música.

―Más fuerte.

―Edward.

No era lo suficientemente fuerte. La haría gritarlo. Sus gritos ahogarían la música.

Él la cogió del tocador, todavía con su polla dentro de ella y la llevó a la cama. Se tumbó en la cama con ella, conduciéndose más profundamente. Su espalda se arqueó y ella hizo ese sonido que lo enloquecía. Él la embistió chocando contra su clítoris y luego retirándose completamente. Ella gritó en protesta.

―¿Qué quieres, cariñó? ― susurró él en su oído. ―Dímelo.

―Tu polla. Tómame duro, Edward. Por favor.

―Lo siento. No puedo escucharte. ¿Qué quieres que haga?

―¡Duro! ¡Fóllame duro, Edward!

Sí, eso era. Apenas podía escuchar el riff. Él se deslizó en su cuerpo lentamente.

―¿Así?

―¡Más duro!

Él se retiró lentamente.

―¿Quieres que me salga?

Ella le golpeó el rostro fuertemente. Él se estremeció con el ardor en su mejilla. Estaba demasiado aturdido al principio para responder. Ella agarró un puñado de su cabello.

―¡Dije que me follaras! ¿Lo escuchaste? ― Oh, él la había escuchado. La follaría hasta que le rogará que se detuviera. Él la tomó rápido y fuertemente. Ahora ella estaba gritando su nombre. ― ¡Sí, Edward, Sí! ― pero no sirvió de nada. La música lo consumía. Su cuerpo convulsionó debajo de él, los músculos dentro de ella se ajustaron alrededor de su polla con fuertes espasmos. Él se apartó lo suficiente para encontrar su clítoris con los dedos. La acarició persistentemente hasta que ella se vino, con su coño succionando su polla en una manera enloquecedora.

Los acordes se reproducían a través de su mente absorbiéndolo a él casi desesperadamente.

―Edward, tienes que parar. ― jadeó ella. ― Por favor, no puedo aguantar más.

Retiró la mano y ella se relajó un poco. Él se rió maliciosamente y acarició su clítoris de nuevo. Más fuerte y más rápido, mientras el continuaba conduciendo la polla en su interior.

Todo el cuerpo de ella temblaba incontrolablemente.

―¡Oh Dios! ¡Oh Dios!

―¿Sí? ― Él le mordió el lóbulo de la oreja. ―Voy a tenerte aquí, haciéndote venir repetidamente, hasta que te deje ir. ¿Está bien?

Él dejó de mover sus dedos para que ella pensara lo suficiente para responder.

―Por favor, detente. ― jadeó ella. ― Oh. Oh. No pares. Nunca te detengas. Nunca. ― Ella se estremeció violentamente de nuevo. ―Oh Dios, tienes que parar. ― Él hizo una pausa, dejándola recuperar el aliento. ―Tienes que cumplir el compromiso. ― Sus dedos la acariciaron de nuevo sin piedad.

El solo lo golpeó mientras su coño lo apretaba en otro orgasmo y ella se retorcía debajo de él por el éxtasis. Maldición. No podía pretender ignorar la música.

―No vas a creer esto. ― murmuró él.

Ella parpadeó, como si le hubiera pedido definir el significado de la vida y luego pareció regresar a sus sentidos.

―¿Estás escuchando música de nuevo?

―Sí. Y…es una balada.

―¿Necesitas reducir la velocidad?

―Desafortunadamente.

―Creo que puedo tolerarlo, si tú puedes. ― Ella sonrió cansada, con su cuerpo inerte debajo de él.

Él suspiró y se retiró antes de coger un cuadernillo del hotel y un bolígrafo de una mesa cerca a la ventana. Se puso encima de ella y estableció el papel sobre su hombro, destapando el bolígrafo con los dientes y anotando las primeras notas. No podía escuchar la música cuando no estaba en el interior de su encantadora Isabella y se deslizó dentro de su cuerpo, concentrándose en los sonidos de su cabeza mientras llenaba su cuerpo lentamente con embestidas constantes.

Él era apenas consiente de los suaves suspiros de ella, mientras las notas aparecían por arte de magia, igual que antes.

Resulto que estaba escribiendo una serie de solos conectados. En el momento que termino de anotarlos, se había agotado por completo. El bolígrafo cayó de su mano y miró a Isabella.

Ella le sonrió.

―¿Todo terminado?

¿Cuántas mujeres lo dejarían ir a la deriva como lo acababa de hacer en medio del sexo sin molestarse? ¿Cuántas mujeres evocaban esa respuesta en él? Sólo una.

Sonrió soñoliento.

―Creo que estoy demasiado cansado para terminar.

―Has estado trabajando durante más de una hora. ― susurró ella. ― ¿Quieres que me haga cargo y te ayude a terminar? ― ¿Más de una hora? Eso explicaría por qué estaba empapado de sudor y débil por el cansancio.

―Te lo agradecería.

Rodó sobre su espalda. El aire frío bañó su entrepierna. Él se estremeció. Ella se sentó a horcajadas sobre sus caderas, aliviándolo con su celestial calidez. Isabella debió de darse cuenta que él necesitaba encontrar la liberación rápidamente. Se había esforzado más allá de lo usual sin darse cuenta. Le dolía. Lo montó rápido, aumentando su urgencia.

Ah, ella se sentía bien. Apretada. Cálida. Suave. Lisa. Resbaladiza. Apremiante. Ah, Dios. Demasiado cálida. Él tenía que venirse. Tenía que dejarlo ir. No podía detenerlo. Tenía que hacerlo. Tenía que…

Estalló con un grito ronco, brotando en ella con la gloria de su liberación, deseando que no estuviera usando un condón. Queriendo su semilla en su interior. Confundido por esos sentimientos.

Ella colapso y él envolvió sus brazos alrededor de ella para estrecharla cerca. El sueño lo arrastró con su suave mejilla presionada contra su pecho, su corazón palpitaba dolorosamente en su interior. Por fin. La había encontrado. Su única.

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¡Hoy hubo doble actualización! Es que estoy festejando que ya tengo grupo de Facebook jaja no olviden darse una vuelta! "Twilight Over The Moon"!

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!