Episodio 21: Redemption
Esther abrió los ojos sobresaltada. Se había vuelto a dormir, se sentía agotada y su cuerpo le pedía descanso por todos los medios.
Pero antes debía hablar con él.
Impaciente, miró el reloj, habían pasado tres horas desde que Simon y Erik se marcharon a petición suya y empezaba a sentirse bastante sola, así mismo, según avanzaba la noche, se sentía cada vez más culpable.
A fin de calmarse se recostó en las cajas y cerró los ojos para dormitar otro poco, cuando oyó unos pasos en la lejanía. Eran unos andares bastante pesados, arrastrando consigo una gran pena que casi se podía palpar.
La chica se levantó sobresaltada y, iluminado por las farolas del puerto y la misma luz de la luna, allí estaba, con sus ropas rasgadas y su melena pajiza.
Luis caminaba como un fantasma, aparentemente sin rumbo.
Tuvo miedo de repente ¿Debía detenerlo? De alguna forma, ella era la causante de todo lo sucedido ¿Cómo reaccionaría él?
Mientras cavilaba, veía como el joven se alejaba, aquella visión la hizo sentir que lo perdería para siempre si no tomaba la iniciativa esa noche. Era ahora o nunca, de modo que corrió hacia él confiando en que el ruido de sus pasos lo alertara, viendo que no era así, llamó su atención con un "¡Espera!" que le salió del alma.
Luis se detuvo y Esther sonrió, deteniéndose a su espalda, pero su sonrisa se esfumó al darse cuenta de que él ni siquiera había girado un poco la cabeza.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó el Fernández con sequedad – creí haber ordenado a Erik que te llevara a tu casa.
La muchacha guardó silencio por un momento, buscando las palabras adecuadas.
- Yo les he pedido que me dejasen aquí – respondió finalmente – quería quedarme a esperarte.
- ¿Para qué?
- Para hablar.
Luis la miró de soslayo durante unos segundos, pero enseguida volvió la vista al frente.
- No hay nada de qué hablar – replicó mientras reemprendía la marcha – hemos terminado ¿recuerdas?
Verlo reemprender la marcha le puso un nudo en la garganta ¿La había jodido? ¿Cómo podía retenerlo? Por una vez era ella quien quería arreglar las cosas ¿Qué debía decir?
Luis se mostraba tremendamente frío y antipático, siempre era así cuando se enfadaba, pero nunca en tres años lo había sido con ella a pesar de haberle dado infinidad de razones.
Pero en esta ocasión aún era peor, había despreciado sus problemas sin pararse siquiera a escucharle y ese error la acuciaba, a cada paso que Luis daba para alejarse de ella sentía cómo la culpa pesaba más y más.
- No… - murmuró mientras sus ojos se humedecían – no hemos terminado…
Milagrosamente, el muchacho se detuvo.
- ¿Qué ha cambiado? – preguntó, sin perder el tono frío y distante.
- Todo… - respondió Esther intentando contener las lágrimas.
- ¿Y qué es "todo"?
- La verdad…
Aquellas palabras hicieron que Luis volteara su torso como activado por un resorte, mirándola ahora a los ojos.
- ¿Qué "verdad"? – preguntó con tono expectante.
- La verdad… sobre ti… y sobre los cazadores… - contestó ella con algo de miedo.
El joven se dio la vuelta por completo y deshizo lo andado, colocándose a pocos centímetros de ella; su rostro desencajado por la sorpresa y su tamaño, enorme en comparación con el de ella, hicieron que Esther, asustada, retrocediera un poco.
- ¿Qué te han contado? ¡Dime! – la apremió él.
Armándose de valor, la muchacha empezó a relatar a Luis, que la escuchaba con la mano en la barbilla, mirándola fijamente, todo lo sucedido.
- …Y eso es todo lo que me ha explicado – concluyó tras veinte minutos – después se fueron los dos…
- Ya veo… Erik, cabrón, haciéndolo todo a mis espaldas – comentaba él mientras daba vueltas a su ex y asentía con la cabeza – de todos modos… para mí que sepas todo esto no cambia nada.
Aquella última afirmación sorprendió a la chica.
- ¡Pues para mí sí! – Exclamó - ¡Durante este tiempo he estado pensando lo que no era!
Luis bufó
- Dime algo que no sepa, anda
- No… ¡No lo entiendes!
- Entiendo lo que tengo que entender – respondió él sin alterarse lo más mínimo.
- ¿A qué te refieres?
- ¡Me refiero a qué cuando no sabías esto y yo me iba de patrulla o de misión por las noches, tú desconfiabas igualmente! – le espetó - ¡Tuve que hacer malabarismos con mis noches libres de caza para poder estar contigo! ¡Te he demostrado cientos de veces que te soy fiel y cada vez que discutimos es porque crees que tengo un lío por ahí!
Esther agachó la cabeza, apenada y avergonzada.
- Yo… lo siento… - se disculpó con un hilo de voz – pero… sigo sin entenderte…
- Quiero decir… - respondió él algo más calmado – que, aunque sepas a lo que me dedico y pueda salir todas las noches a cazar sin preocuparme por ello… tú seguirás desconfiando de mí.
- ¡No! ¡No! – exclamó ella agarrándolo de los brazos - ¡Eso no es cierto! ¡Yo…!
Luis la cogió de las muñecas y se soltó suavemente de ella.
- No podemos volver… - dijo a Esther mientras la miraba a los ojos – Ya hemos sufrido demasiado… lo mejor para nosotros será seguir cada uno por nuestro lado… Sólo te pido que no reveles a nadie nuestra existencia… ¿De acuerdo?
Tras estas palabras la soltó lentamente y se dio la vuelta, caminando hacia la salida del puerto.
Esther se sintió morir, el nudo de su garganta la ahogaba, su corazón parecía a punto de reventar dentro del pecho y los ojos le ardían, dejando escapar las lágrimas que había estado conteniendo todo el rato.
Y mientras, Luis se alejaba de ella, igualmente triste por desaprovechar la oportunidad de recuperar a aquella a quien consideraba perdida, pero repitiéndose a sí mismo una y otra vez que era la mejor opción, intentando convencerse de ello.
Cuando la distancia entre ambos era considerable, ella, en un desesperado intento, corrió hacia él, y cuando se encontraban cercanos sacó valor para decir unas palabras más.
- ¿¡Qué pruebas necesitas!? – preguntó entre sollozos - ¿¡Cómo puedo demostrarte que será distinto esta vez!?
El muchacho se dio la vuelta, cruzando su mirada con la de ella y llevándose una sorpresa mayúscula.
Aquella era la primera vez en tres años que veía a Esther llorar tan desesperadamente por algo que no fuera rabia o celos, esta vez sus ojos revelaban amor, y un profundo miedo a perderle.
- ¿Pruebas? – lanzó al aire – no las necesito…
Lentamente llevó su mano desnuda al rostro de la muchacha y secó con ternura sus lágrimas cristalinas.
- …acabas de darme la única demostración que necesitaba – concluyó.
Ambos sonrieron a la vez, mientras, ya fuera de alegría o de emoción, Luis abría el grifo que hasta ese momento permanecía cerrado, dejando escapar dos gruesas lágrimas.
Emocionados, se acercaron el uno al otro y se dieron las manos.
Y, bajo la luna perlada, sellaron un amor renacido con un beso que concentraba la eternidad en cada segundo.
