Capítulo 27
Después de permitirse un tiempo prudente con la frente pegada a la ventana del bondi, mirando las casas pasar con cara de tarado, volvió al mundo real y agarró su celular. Por algún motivo execrable, estaba lleno de notificaciones (que no eran de Eren). Entre las cosas que había estado tocando en la semana, en un afán de asegurarse de que no quedaban rastros del chico en su teléfono, al parecer había conectado el aparato con su casilla de correos personal. Por eso, hacía unos días que le llegaban sistemáticos avisos de correos con publicidades de todo tipo, recordatorios de Google Calendar que no sabía que había programado y otras basuras similares. No obstante, no era eso precisamente lo que ahora saltaba a la vista.
Era un correo personal. De Hange. ¿Qué quería ahora esa cuatro ojos de mierda? ¿No había comprendido que estaban en guerra? Pues no, no había comprendido; después de todo, sobre malentendidos como este habían construido la perdurabilidad de su relación. Rodando los ojos, como si quisiera mantener su imagen de amigo enojado ante un público invisible, leyó el correo:
"Querido Levi:
Ya sé que estamos en una pausa en nuestra relación, pero después de haberle visto la cara a ese chico abajo en la puerta, estoy segura de que te esperó toda la noche si fue necesario, por lo que entiendo que eventualmente se encontraron y todo debe de haberse revolucionado en tu mundo, como tanto suele pasarte últimamente. Por eso, quiero decirte que, si necesitás hablar con alguien, podés contar conmigo. Aunque quieras dejar de hablarme de nuevo después de saciar tu urgencia. Yo estoy disponible.
Por otro lado, también debo aclarar que pienso que… ¡por favor, deberías darle una oportunidad! Un mentiroso de cuarta común y corriente no habría armado ese intríngulis para encontrarte en persona y pedirte de charlar. Me generó admiración. Es decir: ¡sería hermoso que lo trajeras a mi casamiento!"
¿¡Otra vez tomaba partido por el mocoso!? ¿¡Cuándo iba a priorizarlo a él!? Con rabia, salió de la aplicación de Gmail y revisó sus Whatsapp. El primero y más urgente era un comentario de su madre, rebosante de signos de pregunta y exclamación:
"¿Qué es esto de cancelarle la llamada a tu madre dos semanas seguidas? Más vale que te estés reconciliando con ese pibe y que me des nietos, ¡tu madre quiere nietos, Levi! Eso, o ni te pienses que te voy a perdonar estos dos plantones".
Uff… se le venía la tormenta encima. ¿Por qué carajos Eren había tenido que elegir para encontrarse justo el horario y el día que solía dedicar devotamente a su madre? Ahora debía pensar muy bien cómo contestarle, para calmar a la fiera. Kuchel podía ser un demonio cuando él la contrariaba, y lo sabía por experiencia. Aunque, ¿qué era eso de los nietos? Creía que ya la había acostumbrado a su tendencia a la soledad… pero parecía que no. Todavía tenía muchas cosas que negociar con ella. No pensaba darle nietos, tendría que hacerse a la idea.
Y a continuación, un mensaje de su prima:
"Mamá escuchó nuestra conversación telefónica y no entiende que no estás como para hablar ahora por mucho que le diga. Ya sabés cómo es. Mejor llamala en cuanto puedas o te va a caer en tu casa con una pila de los manju* que tanto odiás".
¡Ahora también tendría a su tía Kiyomi encima! ¿Por qué le pasaba esto? ¿Cómo mierda se le había ocurrido que saldría algo bueno de llamar a Mikasa? Además… realmente odiaba esos bollos rellenos de aduki, ¡no pensaba recibirle ni uno a su tía!
Desde su ingreso en su vida, cerca de sus 15 años, Kiyomi había mostrado siempre una preocupación exacerbada por Levi: lo visitaba cuando menos se lo esperaba, aparecía con regalos inexplicables y lo interrogaba como a delincuente. Él, que hasta entonces desconocía que tuviera parientes fuera de su madre y su recientemente fallecida abuela, la contemplaba con desconfianza, pero no podía escaparle. Solo cuando consiguió su primer trabajo, ella se calmó un tanto, como si lo considerara de pronto encaminado, aunque nunca dejaba de reprocharle que no se hubiera metido en una carrera universitaria. En los últimos años, su relación se había enfriado, tal vez porque la ausencia de Kuchel hacía más difícil convencer a Levi de asistir a cualquier reunión familiar, aunque la misma consistiera en juntar solo cuatro o cinco personas. Sin embargo, alcanzaba que Kiyomi se enterara del más leve cambio en su rutina (un curso que hubiera empezado, un viaje, un compañero nuevo de trabajo) para que le saltara encima desesperada por darle una ayuda que él no creía estar interesado en recibir.
Y esta era la razón por la que Levi prefería no andar contando sus cosas (ni tener a nadie cerca cuando sus cosas sucedían, como el caso de Hange): luego la gente te atosiga con preguntas, expectativas, consejos y otras tantas cuestiones que no habías pedido. Él todavía tenía bastante que responderse a sí mismo antes de andar dándoles explicaciones a los demás.
Como por ejemplo, todo ese asunto del celibato forzado. ¿Qué había sido eso? Definitivamente no se trataba de algo que hubiera llevado planeado. En realidad, no había planeado nada, porque de su intercambio con Mikasa solo había sacado en limpio que, si Eren lo molestaba, él debería amenazarlo con su fuerza física y todo se resolvería. ¿Qué tipo de relaciones tenía su prima, por dios?
Así que la propuesta había sido una improvisación. Simplemente, tener a Eren en frente le había cambiado todo. Nada que hubiera pensado con anterioridad tenía verdadero sentido al estar cerca de él. No creía que eso fuera el famoso enamoramiento del que tratan tantos libros y películas, no. Esto era distinto. Mientras estaba junto a Eren, se sentía bien. Incluso en una situación incómoda como el encuentro de ese día. El chico irradiaba una especie de calidez o bienestar, una… ¡una alegría, eso es! Algo que balanceaba bastante bien (mejor que ninguna otra cosa) su propia tendencia natural a la oscuridad y la angustia. Eren lo sacaba a flote para que diera un manotazo bajo el sol e inspirara fuerte el oxígeno puro de una playa olvidada.
Esa sensación era tan fuerte que se convirtió en una urgencia de conservar su proximidad. Sabía que esta suerte de felicidad no solo desaparecería sino que incluso se invertiría —ya estaba demostrado— si Eren volvía a decepcionarlo o a lastimarlo de alguna manera. Así que debía pergeñar un método que asegurara su cercanía pero, a la vez, le diera la paz mental que solo permite la confianza plena en el otro. Y lo que se le había ocurrido era esto. Una prueba definitiva de que Eren no era como los otros. Que no era como… en fin. Que Eren iba tan en serio como él.
Al llegar a su casa, estaba mareado y no había contestado ningún mensaje ni correo. Se preparó un baño de inmersión y estuvo allí tirado un largo rato, reflexionando sobre la idea perturbadora que había descubierto: en verdad deseaba ir en serio con alguien. Tantos años convenciéndose a sí mismo de que la soledad le sentaba perfecto, para ahora venir a descubrir que nada lo emocionaba tanto como la perspectiva de tener un verdadero compañero. Metió la cabeza bajo el agua con la esperanza de ahogarse, pero para su desgracia, su cerebro hueco flotaba.
Pasó el fin de semana limpiando, corriendo, paseando, mirando el techo: vanas excusas para rumiar una y otra vez lo que estaba pasando, para entender sus necesidades reales, para conocerse. Porque era un imperativo que aclarara sus ideas pronto: al despedirse de Eren el sábado en la tarde habían acordado continuar su tenso y extraño diálogo el lunes por la noche. Esta vez, Levi había elegido el lugar: un pequeño restaurante tailandés ubicado en el barrio de Palermo, que solía ser muy silencioso y tranquilo. No lo había dicho, pero planeaba invitarle la comida. Ni a sí mismo podría decirse exactamente por qué había resuelto eso, pero así era. No tenían permiso para volver a conversar por las redes ni para besarse ni nada hasta que terminaran sus conversaciones. Por lo tanto, lo mejor sería que pudieran acabar la cena con alguna decisión tomada. Debía llegar lúcido.
No le jugó a favor el hecho de que el lunes entrar en su oficina fuera un infierno. Las miradas de cada uno de sus compañeros y compañeras se le pegaban en la espalda y la nuca como figuritas en un horrible álbum de chismes. Se esforzó en potenciar al máximo su aura de odio y misantropía, pero aun así no pudo eludir las risitas tontas, los murmullos y las expresiones inquisitivas. El punto álgido fue cuando Moblit, sin dudas enviado por Hange, le acercó un café a su cubículo.
—Che… ¿todo bien? Te ves un poco tenso.
—Tu cara se ve un poco tensa —respondió Levi, y era cierto: Moblit era un manojo de nervios empujado por los hilos curiosos de su prometida.
El hombre suspiró, desenmascarado.
—Dale, Levi… está toda la oficina preocupada por vos. Tirá por lo menos un signo de que no estás al borde del suicidio o del asesinato en masa. Me sacrifiqué por el grupo y vine a preguntarte yo, pero obviamente no lo hago a gusto.
A Levi lo desarmó esa súbita sinceridad. Creyó que Moblit jugaría su papel cotidiano del tipo inocente que pregunta las cosas de forma casual, y al que podría esquivar con su clásico mal humor y su cara de pocos amigos. Sin embargo, enfrentar la verdad era levemente más complejo. Trató de pensar rápido qué respuesta podía traerle más provecho. Aceptó el café que el otro le extendía.
—Lo único que me tiene tentado de cometer una masacre es lo conventilleros* que son todos acá. Me miran como si tuvieran visión de rayos x. Pero fuera de eso estoy bien. Si lo que quieren es que tenga un poco menos de cara de orto (tampoco me pidan milagros), que prueben no atosigándome con su curiosidad malsana.
Entrelazando sus dedos, Moblit hizo una mueca que buscaba disculparlo por lo que estaba a punto de decir.
—Quieren saber quién era el chico que te visitó acá el viernes.
—Es el amigo de mi prima… del que ya les hablé, hasta lo vieron una vez, en ese after office de mierda. Que no jodan. ¿Qué se tienen que meter?
Tras encogerse de hombros, su compañero agarró la tacita ya vacía.
—Ya sabés cómo son. Nadie se come el cuento del amigo de tu prima, es ridículo, como ya te darás cuenta. ¿Por qué cuernos iba a escabullirse en la oficina ese pibe? En fin, yo no te quiero joder y ya me voy, pero sabé que te van a seguir molestando. Pensá una mejor explicación en el ínterin.
—Aprecio tu interés por mi bienestar —masculló Levi con sorna.
Ese Moblit no era mal tipo, pero sus palabras no lo ayudaban. ¿Qué iba a hacer? ¿Decir que estaba conociéndose con un psicópata que había averiguado la dirección de su oficina cuando lo bloqueó de Facebook? ¿Y que encima ahora estaba considerando darle otra oportunidad (por no decir algo más fuerte)? ¿Y que aparte era un pendejo al que le llevaba como 15 años? ¿Cómo mierda contar eso iba a salvarle de que se desparramaran los chismes? Todo lo contrario. Sería mejor guardarse cuanto pudiera. Eventualmente, se cansarían de tratar de sonsacarle una información que él no pensaba darles. Se habituarían a no saber. Así como no sabían tantas otras cosas, vagos del orto.
Arrastrándose dificultosamente entre la densidad de las miradas de sus colegas, a las 18 en punto Levi logró meterse en el ascensor para huir. Ya había hablado con Nanaba para pasar su clase a otro día, o de lo contrario no haría tiempo a bañarse, y Levi Ackerman sin bañarse no habría sido Levi Ackerman.
Cuando al fin entró al restaurant, se encontró con dos sorpresas. La primera, era que estaba prácticamente vacío. Hasta las moscas escucharían sus conversaciones. En fin, de todos modos, a él le gustaba el silencio. Y la segunda… era que, por una vez, Eren había llegado primero. Y. Que. Estaba. Jodidamente. Hermoso.
Se había puesto una camisa blanca con un delicado estampado en los bordes de las mangas y el cuello y un pantalón de jean ajustado. Sin embargo, no se trataba de eso para Levi: lo único que entraba por sus ojos era esa tibia iridiscencia, esa felicidad que emanaba de él como de un animal hermoso y libre. Extrañamente, durante un instante se cruzaron por su mente miles de desafíos que aún no había emprendido en su vida: viajar a otros países, estudiar, tal vez escribir; sintió que cada sueño abandonado, cada actividad realizada a medias volvía a despertarse en él, a encontrar su forma y su sentido. A pesar de sus nervios y su confusión, incluso frente a la posibilidad de la tristeza, sentarse junto a Eren lo fortalecía.
Se saludaron con un beso peligrosamente cercano a la comisura de los labios. Eren sonreía.
Qué estupidez haber pensado que toda variante del amor era una debilidad.
Notas de Autora: Mil disculpas por no haber podido actualizar a tiempo el sábado pasado. De todos modos, haré lo que pueda por actualizar en quince días, el 22 de septiembre. Me fui un poco de mambo en este capítulo (todo muy meloso de pronto, ja)… pero bueno. Espero que me tengan esa paciencia: siéntanse libres de señalarme lo que consideren un desacierto o una debilidad de la trama. Miles de gracias por leerme y comentar. Si les agrada esta historia, les suplico me dejen review, eso me ayuda mucho a seguir. Les doy un fuerte abrazo.
Glosario
* manju: bollo relleno de pasta de aduki tradicional de Japón. Es una comida dulce, de repostería.
* conventilleros: chismosos. En Buenos Aires usamos mucho esa palabra en relación a los "conventillos" que eran casas donde vivía mucha gente y que se usaban bastante a fines de siglo xix y principios del xx (cuando vinieron quichicientos mil inmigrantes), un poco al estilo del Chavo del 8, y donde por lo tanto toda la vecindad sabía y comentaba todo lo que pasaba ahí xD
