Episodio 22: Ephemeral Rest
- ¿Crees que habrá servido para algo?
Erik dio un pequeño sorbo a su botellín de cerveza sin alcohol mientras fijaba la mirada en el blasón de la familia Fernández, que descansaba sobre la pared de la chimenea.
- Más vale que sí – contestó a su hermano – espero que Luis no sea tan tonto como para desaprovechar la situación.
- ¿No tendrás problemas por haberle desobedecido?
- Si todo sale bien igual hasta nos cae paga extra – respondió el pelirrojo con una semisonrisa.
Tras aquellas palabras guardaron silencio de nuevo, había sido una noche agotadora para ambos y sólo deseaban descansar sin pensar en nada más, aunque había un recuerdo que se negaba a abandonarles.
Aquella energía, cálida y serena, que les ayudó en el último momento.
Simon no dejaba de preguntarse qué era, y por qué despertó en él aquella sensación de nostalgia.
Tampoco era capaz de quitarse de la cabeza que su hermano sí que parecía haberla reconocido.
Lo miró de reojo, Erik continuaba absorto en la chimenea, su cara tenía una expresión seria.
- No consigo quitármelo de la cabeza – comentó el mayor de repente.
- ¿El qué?
- Saber que llevas la sangre de un clan que te repudia y al que odias a muerte… no dejo de preguntarme qué tuvieron que hacer Juanjo y Adela para ser expulsados de los Belnades.
Simon no contestó, no tenía la cabeza en eso, pero ahora que lo pensaba, si él se encontrara en esa situación quizá se habría vuelto loco.
De nuevo se hizo el silencio durante un buen rato, los dos se hallaban absortos en sus pensamientos cuando escucharon abrirse la puerta de principal.
- ¡Holaaaaaaaaaaaa! – oyeron saludar a Juanjo, con voz cansada pero animada - ¿Hay alguien por ahí?
El mayor se levantó pesadamente y fue al recibidor a dar la bienvenida a los recién llegados; ligeramente sorprendido, observó que Luis no se encontraba con ellos.
- Dijo que quería pasear un poco – informó Adela – estaba hecho polvo.
El muchacho sonrió.
- Con un poco de suerte, cuando llegue estará como unas castañuelas.
La madre le lanzó una mirada suspicaz.
- Erik, hijo ¿Qué has hecho?
- ¿Yooo? – respondió el pelirrojo, haciéndose el inocente – Ab-so-lu-ta-men-te nada…
Con una pícara sonrisa, el joven siguió a los Fernández hasta el salón, donde se encontraba Simon, aún en su mundo.
- ¿Habéis cenado? – preguntó Juanjo despreocupadamente mientras dejaba su chaqueta sobre el respaldo del sofá.
- La verdad es que no había ganas de encender los fogones – confesó el hermano menor, saliendo momentáneamente de su ensimismamiento – estamos bastante cansados…
- Ya veo… en ese caso voy a preparar algo rapidillo – resolvió Adela encaminándose a la cocina.
En ese momento Erik pareció recordar algo y la siguió rápidamente, cerrando la puerta tras de sí al entrar en la estancia.
- ¿Pasa algo? – preguntó ella, extrañada.
- Hay algo… que debo consultarte – contestó el muchacho.
El chico relató a la madre lo sucedido en la gruta subterránea, el momento en el que encontraron el libro y aquella milagrosa energía que les devolvió las fuerzas y despertó en él tanta nostalgia.
- Pero… ¿Podrías identificar aquella energía? – preguntó Adela tras terminar de escuchar el relato del Belmont - ¿Sabes a quien pertenecía?
- Sí, si que lo sé, pero… - dudó – me tomarías por loco.
- Bueno, tú dímelo y después juzgo.
El muchacho miró a la puerta, nervioso
- No quiero que Simon lo oiga.
- Pues dímelo al oído
Dicho y hecho, la mujer se inclinó unos centímetros y el chico le susurró al oído lo que fuera que tenía que decir; ella se retiró enseguida, con una amplia expresión de sorpresa.
- Pero… ¿Estás seguro?
Erik asintió sin variar un ápice la expresión de su cara.
- Al cien por cien…
- Pero es imposible… no… tienes que haberte confundido…
- ¿Y quien podría ser si no?
Adela se apoyó en la encimera y empezó a pensar, se encontraba nerviosa, asustada y emocionada al mismo tiempo, entonces se volvió hacia él y le puso la mano izquierda sobre el corazón.
- Voy a buscar restos de esa energía en tu aura, tengo que sentirla por mí misma, si realmente es quien tú dices…
Sin terminar la frase cerró los ojos, concentrándose en su objetivo; su cuerpo se iluminó con un tímido resplandor turquesa que se fusionó con el aura rojiza de Erik, y empezó a buscar en ella algún resto de energía ajena.
Finalmente, tras un par de minutos de búsqueda, la encontró; era un resto diminuto, casi imperceptible, pero su inconfundible brillo, de los siete colores del arco iris, no dejaba lugar a dudas.
Lentamente abrió los ojos y separó la mano del pecho de su ahijado, acto seguido lo miró a los ojos y, con un hilo de voz y expresión atónita, se dirigió a él.
- Dios mío, Erik… está viva…
El muchacho asintió, se le había hecho un nudo en la garganta y era incapaz de pronunciar palabra.
En ese momento, interrumpiendo completamente el momento, oyeron abrirse la puerta principal y una voz masculina saludando alegremente.
Rápidamente salieron a recibir a los recién llegados, olvidando su conversación.
Era Luis, y venía con Esther; ambos, a pesar de su apariencia cansada, presentaban un humor por las nubes, y un aspecto francamente radiante.
Los dos compañeros de armas cruzaron miradas y se sonrieron.
- La satisfacción del deber cumplido – murmuró Erik para sí.
