Episodio 24: The goodbye of the lovers

Tras dar por terminada la conversación, los dos jóvenes salieron de la cocina cogidos de la mano, ligeramente cabizbajos, tristes por saber que, apenas uno o dos días después de haberse recuperado de su crisis, tendrían que separarse de nuevo.

Intentado no aparentar demasiada intranquilidad, Luis alzó la cabeza sólo para encontrar una escena ligeramente diferente a la habían dejado cuando se separaron del grupo para hablar: ahora los hermanos estaban de pie y ataviados con ropas elegantes.

- ¿A dónde vais con esas pintas? – preguntó extrañado.

- Nos vamos con tus padres – contestó Simon despreocupadamente, mientras abrochaba su chaleco negro.

- ¿Qué?

- Habrá que comunicar nuestra decisión al pavo de la iglesia – aclaró Erik – Yo me encargo de ello, me llevo a Simon para que vea cómo va esto.

Luis y Esther se miraron, igual de confusos los dos.

- Tú no hace falta que vengas – le indicó Adela mientras se dirigía a la puerta principal y la abría.

- Aún queda mucha noche por delante – completó Juanjo con una sonrisa – disfrutadla ¿eh?

Su hijo alucinaba

- ¡Bueno…! – concluyó Erik ajustándose la chaqueta – pues nosotros nos vamos… ¡Bonne nuit!

Y así, tal cual, se fueron – quien sabe si de verdad – a hablar con el tipo aquel, dejando sola a la pareja, que se quedó parada allí mismo, sin pronunciar palabra durante unos minutos.

- Eehhhh… - reaccionó Esther al final – no quisiera ser una molestia, pero… ¿Me enseñas tu casa?

Luis pegó un respingo

- Mi… ¿casa?

- Si, vamos… si no te molesta…

- ¡N-no, por supuesto! – el chico se rió nerviosamente - ¿Empezamos por el sótano?

Se adelantó y se dirigió a la puerta que, la noche antes, habían cruzado para prepararse para la batalla contra Kasa, seguido de su novia.

Ella estaba contenta por poder ser al fin partícipe de los secretos de su novio, él, nervioso por haberse quedado a solas con ella en su propia casa.

Y es que, a fin de cuentas, nunca habían tenido una relación de verdad, en la que ella fuera partícipe de su auténtica vida.

Cuando llegaron a la puerta, el muchacho introdujo lentamente el código – "Contrólate, Luis, venga ¡llevas tres años con ella, por el amor de dios!" – sin molestarse en ocultarlo, al terminar se oyó el mecanismo de la cerradura y varios chasquidos, al terminar bastó con empujarla un poco para abrirla del todo.

- Siete cierres – indicó Luis con cierto orgullo – haría falta un tanque para entrar aquí.

- ¿Por qué tanta seguridad? – preguntó ella, curiosa.

- Lo verás cuando estemos abajo.

Apenas pusieron un pie en el rellano de la escalera, las luces halógenas empezaron a encenderse por sí solas mientras se adentraban cada vez más, hasta que llegaron al enorme espacio iluminado.

Al verlo, Esther se quedó con la boca abierta, impresionada por la enormidad, la asepticidad y la rareza de la enorme sala.

- Esta es nuestra sala entrenamiento – comenzó a explicar Luis mientras avanzaba junto a ella hacia el armario del fondo – tú no puedes sentirlos, pero está cubierta de hechizos… paredes, techo y suelo repelerán cualquier impacto…

La chica no paraba de mirar de acá para allá, fijándose en los tatamis, lo extraños objetos de cristal y las armas de madera preparadas en los límites de algunos espacios, entre otros elementos.

- …Aquí hay mucho material peligroso – prosiguió – según hemos ido alcanzando un rango mayor hemos podido bajar y usarlo… Simon no pudo hasta hace una semana, y sólo por necesidad.

Ella asintió

- Pero… las armas son de madera ¿no…? – detuvo la pregunta para pasar a otra enseguida – oye ¿y esas taquillas? – preguntó refiriéndose al armario del fondo.

- Ah… ¿eso? A ello vamos precisamente – contestó él.

Cuando llegaron Luis le pidió que cerrara los ojos mientras abría una a una las puertas.

- En realidad… - continuó explicando – esto es un armario empotrado… tenemos que cambiar las puertas… al principio sólo lo usábamos para nuestra ropa de combate… ahora… es… algo más… ¡Ya! Ya puedes abrirlos

La muchacha le hizo caso sólo para encontrarse un espectáculo más propio de las películas de corte medieval; hachas, espadas, mandobles, látigos, mayales, látigos de cuero y cadenas, pergaminos y libros antiguos, protecciones de todo tipo y material…

- Dios… ¡Dios mío! ¿¡Todo esto es real!? – preguntó impresionada mientras avanzaba hacia aquel improvisado almacén.

- Es nuestra armería – le aclaró él – todo esto es material que nos ha proporcionado la hermandad o hemos conseguido nosotros mismos, los pergaminos y los libros… - cogió uno del armario – son tomos de armas… literalmente

Con un gesto rápido, Luis lanzó un golpe frontal al aire con el libro que ahora sostenía, abriéndolo, y haciendo salir de él varias mazas, espadas y puñales, que volvieron al interior del tomo al cerrarlo; volvió a mirar a su novia una vez acabada la demostración, y no hubiera podido determinar si tenía más abierta la boca o los ojos.

- Bueno… - continuó mientras cerraba una a una las portezuelas de las taquillas – el resto de las habitaciones son más normales, te lo aseguro.

Tras acabar, le pasó un brazo por los hombros y empezaron a andar de nuevo hacia la escalera.

- Ha sido… - repuso ella finalmente – impresionante… ¡Alucinante!

Luis sonrió.

- Supongo que ya debes haber comprendido el motivo de los siete cerrojos.

Esther asintió.

Siguieron hablando – más bien ella preguntaba y él respondía – hasta que volvieron por fin al salón, acto seguido y, dado que Esther ya conocía la cocina, subieron al segundo piso, donde Luis la guió al ala izquierda, con una sóla puerta.

- Este es el segundo lugar más interesante de la casa – le dijo mientras franqueaba la entrada – al menos para mí.

La pareja cruzó el umbral para entrar en una sala a oscuras, rápidamente el joven tiró de una pequeña cadena que había a su lado y una serie de bombillas que daban una tenue pero suficiente luz desveló el lugar en el que se encontraban.

Era una biblioteca de tamaño considerable y formas irregulares, Esther dedujo rápidamente que debía ser el resultado de la unión de tres o cuatro habitaciones. El lugar era, en efecto, interesante, lejos de contener libros de lectura comunes todo eran tomos antiguos, con los lomos grabados en lenguas a cada cual más extraña, desde el castellano antiguo al latín, por mencionar dos de las que la chica podía identificar; las estanterías prácticamente forraban las paredes, y en el centro había una mesa, similar a la mesa de comedor de la cocina, en la que reposaban en un extremo una pila de libros y, en el otro, un solitario libro alumbrado por dos velas con una llama cuyas tonalidades variaban entre el rojo y el verde.

- ¿El segundo lugar más interesante para ti? – preguntó ella, divertida, pero sin salir de su asombro mientras se adentraba en la librería – no sabía que te gustaba tanto leer.

- Nah, leer me aburre – admitió el – pero el contenido de los libros sí que me es útil, aquí hay manuscritos de magia medicinal, magia ofensiva, tratados de anatomía y manuales de artes marciales por mencionar algunos.

- ¿Los estudias?

Luis, que le había echado la vista al libro franqueado por las dos velas, se adentró también en el lugar.

- Es mi obligación, un cazador estancado es un cazador muerto – contestó mientras hojeaba el libro - ¡Ey! Parece que mi padre ha destruido éste – exclamó con alegría, comprobando que era el libro que Simon y Erik habían encontrado en la gruta.

Ella acudió a donde se encontraba Luis y se fijó en las páginas del libro.

- ¿Destruido? – inquirió, extrañada – pero si está entero… hasta tiene texto.

- Sí, pero – el joven se detuvo en una página cualquiera – intenta leer una palabra.

Ella abrió la boca, parecía costarle muchísimo pronunciar el más mínimo sonido sacado de aquellas páginas.

- Pero… ¿¡Qué pasa!? – exclamó con frustración.

- La mejor forma de destruir un libro no es quemarlo o borrarlo – explicó – es destruir su espíritu… Aquello que crea un vínculo con el lector.

- ¿Lo mata? – preguntó Esther sin estar muy segura de entenderlo.

- Por decirlo de alguna forma, sí – respondió él – Un libro muere cuando no puede ser leído o recordado. Si destruyes su poder para llegar a la audiencia, no es exagerado decir que lo matas – explicó con elocuencia - ¿Hay algo que quieras mirar aquí?

Ella negó con la cabeza.

- Bueno, pues vamos a ver la parte normal de la casa.

Luis la llevó a ver las habitaciones una por una, empezando por la de sus padres, todo un nidito de amor con una cama de matrimonio bien mullida, un armario, una mesita de noche a cada lado del lecho, un televisor plano – bastante grande, por no decir demasiado – colgado en la pared frente a la cama y, como nota curiosa, un maniquí con una coraza azul de rebordes dorados y unas grebas que descansaban a su lado.

La segunda habitación era la de los hermanos Belmont, con dos camas separadas, una mesita de noche común y un armario empotrado de dos puertas – ella imaginó que una para cada hermano - sobre la cama de Erik descansaba su doble cinturón junto a su espada y la ropa que había llevado durante el combate, cuidadosamente doblada, con las grebas de color plúmbeo a los pies de la misma, mientras que en la cama de Simon solamente se hallaban el látigo, la cota de anillas y los guantes, dejados de cualquier manera, sin rastro de las botas – Luis supuso que se encontrarían bajo la cama.

Al llegar a la habitación de Alicia, el joven se derrumbó ligeramente, acostumbrado a entrar y encontrarse a su hermana escuchando música o leyendo, recibir un zapatillazo por pillarla cambiándose o sencillamente contemplarla dulcemente dormida, entrar y encontrar la cama hecha, su ropa de diario pulcramente doblada y su escritorio con los libros aún abiertos después de su última sesión de estudio le resultaba desolador; dándose cuenta de esto, su novia le apretó la mano cálidamente, confortándolo y dándole la entereza que, pasada una semana de su forzada ausencia, empezaba a flaquear.

Finalmente llegaron al último dormitorio, el suyo, con la puerta cerrada y más separado que el resto; parecía buscado a posta – y de hecho así era – para tener momentos de tranquilidad e intimidad.

Esther sonrió nerviosa. Al fin iba a entrar en el espacio de su novio, después de tres años.

Luis giró el pomo de color dorado y abrió la puerta, su habitación, más grande que la de los Belmont y su hermana, era también diferente en decoración y composición, de paredes pintadas en color crema, con el armario al lado de la puerta y un maniquí – del mismo estilo del que sujetaba la coraza en la habitación de Juanjo y Adela – al lado izquierdo, pegado a la ventana, unas estanterías en la pared frente a la cama albergaban unas cuantas películas en DVD y un pequeño escritorio en la esquina alojaba una televisión de unas diecisiete pulgadas y un reproductor.

Esther se adentró unos pasos, fascinada; era mucho más sobria, más normal de lo que había imaginado.

- ¿Qué te parece? – preguntó él mientras bajaba la persiana.

- Preciosa – contestó ella con una sonrisa de oreja a oreja.

Hubo un momento de silencio que Luis rompió, dirigiéndose de nuevo a ella sin darse la vuelta.

- Ahora que ya has visto mi casa… puedo enseñarte algo más.

Dicho esto, se quitó el guante y desabrochó el deteriorado chaleco, despojándose de él y dejándolo en el maniquí para darse la vuelta y mostrarle a Esther algo que llevaba tres años ocultándole.

Un torso lleno de cicatrices que iban desde pequeñas heridas a grandes laceraciones que cruzaban su abdomen y pectorales, con algunas alcanzo. Por su expresión, se le veía notablemente avergonzado.

Esther se llevó las manos a la boca, horrorizada.

- ¡Dios! Cariño… pero, qué…

- Estas heridas – explicó él – me las he hecho en las misiones más peligrosas que he cumplido… las de los brazos no son muy profundas y desaparecen con facilidad, pero éstas… - cerró los ojos y suspiró, resignado a lo que estaba haciendo, en realidad era lo único que le quería seguir ocultando – algunas tienen ya hasta cuatro años.

- Dios… - articuló ella, asustada, mientras avanzaba hacia él – era por esto… nunca querías ir a la playa ni a cualquier sitio donde tuvieras que quitarte la camiseta…

- …Y cada vez que hacíamos el amor, tenía que ser a oscuras…

- Todo esto… en tus misiones… - Esther puso su mano sobre una de las cicatrices más grandes y la acarició – es horrible…

Luis le retiró la mano sonriendo, halagado por su preocupación, su escandalización… de alguna forma, gracias a ella se había olvidado de su vergüenza… esperaba una reacción mucho más adversa por su parte.

- Por esto – dijo mientras se daba la vuelta, apoyándose en el escritorio – no quería decirte nada… sin duda también está el tema de las normas, pero… - suspiró – nos jugamos la vida en cada misión, casi cada batalla es un combate a muerte… nuestros enemigos nunca se andan con chiquitas.

Sin saber cuando darse la vuelta – no tenía ganas de ver la cara de preocupación de su novia, la verdad – echó un vistazo al escritorio, al entrar le había parecido ver algo raro en él, algo fuera de su lugar: Una especie de forma amarilla de plástico que localizó, identificando la forma enseguida, pero… no podía ser.

Un… ¿Preservativo? Él no usaba esa marca, además.

Lo cogió disimuladamente. Estaba sujeto con un clip a una cuartilla de papel, la cual tenía algo escrito:

"El resto de la caja la tengo guardada ¡Y exigiré un rescate por ella!

¡Pasadlo bien!"

¿El firmante?

Erik Belmont

"Iban a acompañar a mis padres, ya…" – pensó mientras estrujaba el condón entre sus manos – "¡Su puta madre!"

Seguía maldiciendo a Erik, Simon y la madre que los parió cuando la mano suave y cálida de Esther le acarició la cintura, decidió esperar unos segundos y ésta le abrazó, primero pegando sólo la cadera a la suya y, después, subiendo su abrazo hasta el torso, todo el cuerpo.

- ¿Luis…?

- Dime…

La voz de la chica sonaba ahora melosa, con un tono dulce y cariñoso que lo acariciaba dulcemente, envolviéndolo en un suave bienestar.

- Oye… ¿Cuánto hace que no… lo hacemos?

El muchacho tragó saliva, de repente se sentía a punto de estallar, de vivir en un dibujo animado estaría echando vapor a presión por las orejas.

- Puesssss – se había embotado, ahora le costaba pensar – desde tu cumpleaños, más o menos…

- Casi seis meses… – concretó ella.

Si, seis meses, y él llevaba tiempo notándolo; en aquella época hacía poco que habían discutido por lo mismo de siempre e intentaban encauzar su relación, el día del cumpleaños de ella Luis consiguió escabullirse de hacer patrulla nocturna y lo celebraron juntos, finiquitándolo con una guinda deliciosa.

Después, todo empeoró.

Pero todo aquello quedaba asombrosamente lejano ahora. El presente era muy distinto…

Suavemente, se irguió, y acarició las manos de su novia con las suyas.

- Me has cogido de sorpresa con esto – reconoció.

- ¿El cazador cazado? – le preguntó ella suavemente sin dejar de acariciarlo.

Luis se dio la vuelta, con el regalito de Erik en la mano. ¿Quién hubiera dicho que iba a acabar usándolo de verdad?

Lentamente acercaron sus caras el uno al otro, él le besó la frente, después juguetearon un poco con sus narices, sonrieron y cerraron los ojos, buscándose para darse un beso.

Un beso tierno, cálido.

Húmedo.

Sin darse cuenta ya se habían cogido de las manos, ella le arrebató suavemente el condón y acto seguido lo tiró al suelo.

- Lo quiero natural – le susurró al oído antes de besuquearle el cuello.

- Se hará como tú quieras – contestó el con una sonrisa.

Acto seguido volvieron a besarse.

Sus manos se desentrelazaron para pasar a abrazarse, y de ahí a acariciarse mutuamente, él no tardó mucho en desabrochar un botón de la blusa y hundir sus labios en el escote, haciéndola jadear de excitación, mientras ella mesaba su melena cariñosamente.

Poco a poco Luis subió de nuevo besándola y acariciándole la piel con sus labios hasta alcanzar su boca, desabrochándole lentamente la prenda mientras le masajeaba el pecho y la besaba; cuando al fin la desnudó de cintura para arriba se separó de ella, jadeando los dos, y la miró directamente a los ojos.

- A estas alturas esta pregunta es una tontería – le dijo – pero, igualmente ¿quieres continuar?

Esther sonrió, aunque su mirada tenía un aire triste.

- Lo más seguro es que mañana por la noche ya no estés aquí – respondió ella – quiero que sea inolvidable, quiero darte algo en qué pensar cada vez que te acuestes.

- ¿A mí sólo?

La dulce sonrisa de la muchacha se volvió picarona.

Se sentaron juntos en la cama, besándose y acariciándose hasta que ella se dejó caer, arrastrándolo, y así mismo continuaron desvistiéndose, sin dejar un solo centímetro de piel por recorrer con sus manos y sus labios, desvelando su océano, y buceando en el del otro.

Sintiéndose hasta niveles que nunca habían experimentado, despertando sensaciones dormidas durante incontables días.

Hasta que el deseo superó a la razón, y se ofrecieron el uno al otro, haciendo físicos sus sentimientos.

Ardiendo de pasión, se fundieron en un solo ser, perdiendo la noción del tiempo en una noche eterna que duró apenas un segundo.