No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco.

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En la primera hora de su viaje en avión, Isabella no podía pensar en nada más que Edward y en todas las cosas que quería hacerle cuando lo viera. El avión no podía llegar a Portland lo suficientemente rápido.

Finalmente, se cansó de mirar el reloj cada treinta segundos y de ordenar sus correos. Entre anuncios de libros y notas interdepartamentales encontró la carta de un organismo de financiación. ¡Su última salvación! Había perdido el plazo para la presentación y sabía que no era su mejor trabajo, pero sin una financiación de la investigación, la universidad no le dejaría mantener su trabajo por mucho tiempo y ella no tenía un empleo permanente hasta el momento.

Isabella dudó, temerosa de abrir la carta. Había aplicado de puro antojo un día después de que dejó a Edward en Des Moines. Tenía que agradecerle a las groupies por la inspiración. Y ahora que estaba segura de que su beca patrocinada por el gobierno no sería renovada para el próximo año, no sólo quería trabajar en este proyecto como una diversión de verano. Necesitaba el proyecto para mantener ocupada la cabeza.

Pero, ¿Sería una buena investigación? ¿A alguien le importaba la razón por la que las mujeres se volvían promiscuas en la compañía de estrellas de rock?

Su corazón martilleó, ella abrió la carta y escaneó su contenido. ¡Resultado! Financiamiento Total. Lo suficiente para tenerla ocupada este verano en cualquier caso y esperaba que le asegurara su posición en la facultad por un año más.

―¡Sí! ― dijo, sorprendiendo al hombre sentado junto a ella. Él soltó un bufido y volvió a dormirse.

Isabella podría usar los meses del verano para hacer su trabajo de campo. Eso le daría el tiempo que necesitaba para recoger datos sin su carga docente. Sólo necesitaba una banda de rock famosa para seguirla por tres meses. ¿Estarían dispuestos los Sinners a dejarla ir en el tour con ellos? No estaría de más preguntar. Probablemente no pasaría nada si la banda le negaba su petición. Ella se preocupada por ellos, como amigos. Pero si pasaba cada momento de los próximos tres meses con Edward, ¿Cómo podrían no tener una relación? ¿Quería tener incluso una relación con él? La alegría que había provocado su llamada le indicaba que estaba más que apegada a él de lo que le gustaría pensar.

Después de todo, aquí estaba sentada en un avión hacia Oregón para visitarlo.

Respiró profundamente. La única razón por la que quería ver a Edward tan desesperadamente era porque él es demasiado bueno en la cama. Demasiado abierto y muy complaciente. Nunca trató de hacerla sentir como una zorra. Podía ser ella misma cuando estaba con él. Sí, esa era la razón por la que la frecuencia de su corazón no había vuelto a la normalidad desde que la llamó. Independizar las cosas con él no sería un problema. En absoluto.

¿Pero si él no quería que ella fuera de tour con su banda? ¿Cómo se sentiría si él decía que no? A lo mejor debería de preguntarle a otra banda. No podía colocar su corazón en juego de nuevo. A duras penas había sobrevivido emocional, mental y físicamente a su matrimonio y al divorcio. Eso literalmente casi la mata.

Ella deslizó la mano por debajo de su cabello y distraídamente tocó la cicatriz en la parte posterior de su cabeza. No, no quería abrirse nunca más a ese tipo de devastación. Ni siquiera con un hombre tan grandioso como Edward. Jeremy había sido grandioso al principio. No podía olvidar eso.

Isabella metió la carta de la subvención en su bolso. Esta noticia era demasiado buena como para preocuparse con las posibilidades negativas. Decidiría si quería pedirle a los Sinners que participaran en su estudio al terminar el fin de semana. Por ahora, sólo disfrutaría sus momentos con Edward y no pensaría en la vida real. O en su ex esposo.

Cerca del término de su viaje, fue al baño y se quitó las bragas. Las metió en el bolsillo de su chaqueta. Un regalito para motivar a Edward y establecer este encuentro por el camino correcto desde un principio. No es como si Edward necesitara ayuda para motivarse, pero ella estaba compitiendo con chicas que le piden a gritos un autógrafo en las tetas. Si quería mantenerlo interesado en su cuerpo, lo sorprendería de vez en cuando. Con todos esos jóvenes coños disponibles rodeándolo, era seguro que se aburriera de ella en cualquier momento.

Cuando el avión hizo círculos en el Monte Adams y aterrizó en Portland, Isabella sintió una oleada de nerviosismo.

¿Qué pasaba si su opinión sobre ella había cambiado desde la última vez que lo vio? ¿Qué pasaba si esa insaciable chispa entre ellos se había desvanecido? ¿Qué pasaba si ya no se sentía atraído por ella? ¿Qué pasaba si…

―¿Nerviosa? ― Le preguntó el hombre sentado a su lado. Ella sacudió la cabeza, aunque sí estaba nerviosa. Necesitaba tranquilizarse. ― ¿Primera vez en Portland?

―Estuve aquí hace unos años atrás para una reunión.

―Es una hermosa ciudad. Espero que se divierta. ― Ella se ruborizó. Con Edward entre sus muslos, la diversión estaba garantizada.

―Eso espero.

Cuando ella salió de la rampa de acceso hacia la concurrencia, miró a su alrededor buscando un rostro familiar. Revestido en cuero de pies a cabeza, incluyendo su sombrero de fieltro, Edward estaba parado al final de la rampa. Ella lo reconoció al instante a pesar de los tonos oscuros que usaba para disfrazarse. Cada preocupación que nublaba su mente se desvaneció en el momento en que él le sonrió. Él se abrió paso a través de la salida de los pasajeros y la capturó en sus brazos, reclamando su boca en un apasionado beso. Las rodillas de Isabella se hicieron débiles. Dios mío, este hombre era grandioso besando. Él se apartó y la miró por todos lados.

―Te ves hermosa. ― dijo, besándola de nuevo.

―Tú te ves…misterioso. ― Ella le tocó el sombrero con la punta de los dedos.

―Parece que tenemos muchas fans en Portland. ― Se rió entre dientes. ―He estado esquivándolas todo el día. El pobre de Jazz le arrancaron la camisa esta mañana.

―¿En serio?

―Síp.

―De manera que mi plan para arrancarte la camisa no es muy original. ― Él se echó a reír y la besó tiernamente.

―No debería decirte esto, pero te he tenido en mi mente sin parar durante todo el mes. Verdaderamente te extrañé. ― El corazón de Isabella dio un vuelco.

―Yo también. No me di cuenta cuanto te extrañaba hasta que escuché tu voz.

―¿Estás abierta a las posibilidades entre nosotros? ― Él le retiró un mechón de cabello de la mejilla y se lo metió detrás de la oreja.

―Posibilidades sexuales. ― Ella sonrió.

Él sonrió y la besó de nuevo.

―Tomaré lo que pueda conseguir. Deberíamos ir por tu equipaje.

―¿Cuál equipaje?

―¿No trajiste nada?

―No tuve tiempo de empacar.

―Ya veo. ― Él sonrió con aire de suficiencia.

―Te traje un regalo. ― Ella sacó las bragas de satén blanco de su bolsillo y se las entregó. ―Se mojaron de tanto pensar en ti, me las quité en el avión.

―¿Estás tratando matarme? ― murmuró. Él se las llevó a la nariz e inhaló profundamente. ―Dios, Isabella.

Ella se echó a reír. Edward le susurró en el oído.

―¿Esto significa que no tienes bragas debajo de esa falda?

―Eso es lo que significa. ― Ella le sonrió.

―Cristo, Isabella. ¡Estás matándome!

Le tomó la mano, instándola a que lo siguiera rápidamente. Ella tenía dificultades para llevar el paso por sus tacones. Él encontró un pasillo vació y tiró de ella a través de la puerta del baño de hombres.

―Edward, ¿Qué estás haciendo?

―¿En realidad crees que soy capaz de esperar a que lleguemos al bus?

Él abrió de un empujón la puerta de una cabina y tiró de ella para que entrara, presionándola para levantarla contra la puerta de la cabina. La boca de Edward descendió en la de ella. Movió las manos por sus caderas para levantarle la falda hasta la cintura.

Ella se estremeció cuando sus dedos encontraron el húmedo calor entre sus muslos.

―Estás realmente mojada. ― dijo él, como si estuviera impresionado por el descubrimiento.

―¿Creíste que lo estaba inventando para tu diversión?

Las manos de Isabella se movieron hacia la cremallera de sus pantalones, liberándole la polla. Cuando lo tocó, él dejó salir un suspiró tembloroso entre sus dientes.

―La abstinencia no es lo mío.

Sus palabras no tuvieron tiempo para ser registradas antes de que le levantara el muslo hacia la cadera y se hundiera en su cuerpo. Ella se aferró a sus hombros, gimiendo por el entusiasmo de cada una de sus embestidas.

―Ligas debajo de un conservador traje gris, Profesora. ― Murmuró con los dedos recorriendo las correas que sostenían sus medias. ― ¿Sabes lo ardiente que es eso?

―Me gusta mantener mi obscenidad cuidadosamente oculta.

―No me engañas. ― murmuró él.

―No estoy tratando de hacerlo, pero eres el único que lo sabe.

―Eso lo hace más ardiente.

Él la sujetó contra la puerta mientras la embestía, llenándola profundamente como él sabía que a ella le gustaba.

―¡Edward! ¡Edward! ¡Oh. Dios!, ¡Edward!

―Shh, alguien podría entrar. ― dijo él. ―Lo último que necesito es ser arrestado por indecencia pública.

Ella se puso tensa.

―Lo siento. ― susurró. ―No era mi intención ser indecente.

―No hay nada indecente en ti, carió. ― Él la tomó por la barbilla y la besó suavemente. ―Grita mi nombre todo lo que quieras.

Isabella abrió los ojos para mirarlo y lo encontró llevando todavía sus gafas de sol. Se las quitó y las metió en el bolsillo de su chaqueta. Quería verle los ojos. Dorados. Intensos. Con una mirada de deseo. A causa de ella.

Él sonrió.

―¿Podemos cambiar de posición? La espalda me está matando.

―¿Te estás envejeciendo?

―Sí, supongo.

Él se apartó y le guió las manos hacia la pared en la parte posterior de la cabina. La inclinó sobre el toilet, no era la vista más romántica y le empujó la falda hasta la cintura.

Edward enteró el rostro en su trasero y le lamió el cálido líquido entre los muslos.

―Mmm… ― murmuró, extendiéndole los labios vaginales con los dedos para tener mejor acceso. ―También extrañé esto. ― Mientras él le lamía y le succionaba la carne, pasaba las manos por sus muslos, fascinado por la piel desnuda por encima de sus medias. La respiración de Isabella comenzó a ser errática y débil mientras se acercaba al orgasmo.

Él se puso de pie y se inclinó sobre ella, hundiéndose nuevamente en su cuerpo con su gruesa polla. Ella gritó cuando su cuerpo tembló por la liberación.

Isabella creyó escuchar una puerta abrirse, pero no le importó mientras deslizaba hacia atrás para encontrarse con cada una de las embestidas de Edward.

―Dios, cariño, te he extrañado. La escucho de nuevo.

―¿La música?

―Sí, la música. ― El sonido de una cremallera vino desde la cabina junto a ellos. Edward la sorprendió al aumentar su ritmo, buscando una rápida liberación. ―Necesitamos salir de aquí. ― le susurró él en el oído. ―Quiero hacerte el amor lentamente. Con muchas hojas de papel y bolígrafos cerca. ― Ella retorció las caderas y él gimió. ―Haz eso otra vez.

Ella lo hizo. Edward gimió.

El tipo en la cabina de al lado hizo eco del gemido de Edward y dejó que un pedo rasgón sonara en el toilette. Isabella se cubrió la boca con la mano, tratando de contener la risa. Otro gemido, seguido por un chapoteo y luego…el olor más horrendo.

Isabella aguantó la respiración.

―Bueno, ni siquiera yo puedo venirme en estas condiciones. ― Edward se retiró y obligó a su rígida polla a meterse en los pantalones. Ella se puso de pie y se acomodó la falda. ―Vamos, cariño. ― dijo él.

Ella sonrío y asintió, esperando que Edward no terminara con un enorme caso de pelotas azules. Pobrecito.

Salieron de la cabina y Edward tocó la puerta de al lado.

―¿Alguien está aquí? ― dijo la voz de un hombre asustado.

―Sí, amigo. Lo oí. Elegiste un momento horrible para cagar. Ten un buen día.

Isabella se echó a reír y corrió a la salida, abriendo de un tirón la puerta y sorprendiendo a un chico que estaba tratando de entrar.

―Disculpe. ― dijo ella.

Él miró el cartel de hombres en la puerta y luego a Isabella con una expresión de confusión.

Edward se detuvo detrás de ella. El hombre parecía estar incluso más confundido cuando localizó a Edward y luego una mirada de entendimiento se dibujó en su rostro.

―No, discúlpeme usted a mí. ― dijo el hombre y se hizo a un lado para que Isabella pudiera salir del baño de hombres. El tipo le ofreció un gesto de aprobación a Edward mientras pasaban por la puerta.

―No sé porque me da esa señal de aprobación. Las cosas no fueron como esperaba.

―Hey, me vine fuertemente, así que no me quejó.

Él la abrazó a su lado mientras caminaban al estacionamiento.

―Si no te estás quejando. Entonces tampoco lo haré. Pero me debes una.

―Te la pagaré. ― Él le besó la sien y se puso las gafas de sol de nuevo.

―No tengo ninguna duda de que lo harás.

Edward la llevó a la primera planta del estacionamiento. Al lado de la escalera, una grande Harley Davidson roja se inclinaba sobre su pie de apoyo. Él insertó la llave en la ignición de la moto y le entregó a Isabella un casco.

―¡Una Harley Fat Boy! Genial. No sabía que tenías una moto. ― dijo ella. ―Parece nueva.

Ella se puso el casco y le sujeto la carrillera.

―No es mía. Benjamin me la prestó, la compro hace un par de semanas.

―Tengo que agradecerle. Las motos me calientan.

―¿Hay algo que no te caliente? ― Él le levantó la visera del casco y la besó. Ella pensó por un momento.

―Impuestos y política.

Edward se rió.

―Tan sólo dile a Benjamin que te montaste sin bragas y ese será todo el agradecimiento que necesitará.

Isabella se miró la falda gris y los tacones de tres pulgadas.

―No estoy vestida para esto, ¿verdad?

―Ponte esto. ― Él se quitó la chaqueta de cuero y se la entregó.

Ella se deslizó en la chaqueta y respiró hondo. La chaqueta olía a cuero y a Edward—eran dos de los estimulantes más grandes—en la tierra. Esperaba que no estuvieran lejos de del bus.

La chaqueta era varias tallas más grande y le cubría las manos. Ella podría incluso ponérsela como un mini-vestido. Finalmente, deslizó la cremallera hasta la barbilla.

Él le sonrió.

―Te ves adorable. ― Edward le tocó la nariz con la punta del dedo índice.

Edward apretujó el bolso de Isabella en el pequeño compartimiento bajo el asiento. Él se quitó el sombrero de cuero y trató de meterlo, pero no pudo.

―¿Te molestaría llevar mi sombrero mientras conduzco? ― le preguntó a Isabella.

―No, en absoluto.

Él se lo entregó.

―Es algo bueno que no hice la maleta. ― dijo ella. Él se rió y se rascó la cabeza mientras miraba la falta de espacio de la moto.

―Es cierto. Estaba tan apresurado por llegar aquí que no pensé las cosas con claridad. La moto de Benjamin parecía más fácil de conducir que el bus.

―Esto será divertido. ― Ella le sonrió y se bajó la visera.

Edward se puso el casco y se montó a la moto. Dios, se veía muy ardiente montado a horcajadas sobre la gran máquina. La Harley rugió a la vida, retumbando a través del cuerpo de Isabella mientras él aceleraba el motor. Edward la sostuvo con la mano mientras ella se subía a la moto detrás de él. Tenía que recogerse la falda hasta los muslos para sentarse. Sus ligas se veían a ambos lados, pero no había nada que pudiera hacer para ocultarlas.

La mano de Edward se apoderó de la piel desnuda por encima de las cintas de encaje de sus medias.

―¡Debí de haber llamado un taxi! ― Gritó Edward mientras el motor rugía.

―¡No, no tenías por qué hacerlo! ¡Esto es genial! ¡Vamos!

―Si tú lo dices.

Él sacó la moto del estacionamiento y una vez en el carril de salida, salieron disparados como un tiro. Ella se agarró fuerte, apretándose contra su espalda con un suspiró de satisfacción. Su mano libre se extendía por encima de la camiseta negra de Edward y de los duros músculos de su pecho. Ella no podía pensar en ningún lugar en el que preferiría estar en ese momento.

Salieron del parqueadero y tomaron la rampa hacia la calle. Ella supuso que él evitaría la I-5 para su beneficio. El sol se establecía bajo el horizonte como una niebla de color naranja. Las farolas parpadeaban mientras viajaban por la calle principal que atraviesa la ciudad.

La brisa que soplaba hacía que la parte exterior de los muslos de Isabella picarán por el frío, pero las caderas de Edward entre sus muslos mantenían su interior completamente caliente. Los carros reducían la velocidad para mirarlos estúpidamente. Colgando por las ventanas de un coche compacto, un grupo de jóvenes silbaban como locos mirando las ligas expuestas de Isabella. Cuando tocaron la bocina y saludaron, ella les devolvió el saludo.

Las mujeres la miraban al pasar, pero a ella no le importaba.

Edward se detuvo en un semáforo.

―Faltan por lo menos quince millas. ― dijo. ― ¿Estás bien allí atrás? Podemos parar en algún sitio y comprarte ropa más cálida.

―Estoy bien. ― dijo ella. ― ¿Y tú?

―Estoy sufriendo, cariño. Las bolas me están comenzando a doler como no tienes idea.

Sosteniendo el sombrero por encima del regazo de Edward, ella movió una mano hacia su entrepierna. Su polla se endureció al instante y se puso tensó. El semáforo cambió a verde. Salieron disparados como un tiro con el motor rugiendo por debajo de ellos.

―¡No aceleres! ¡Podemos parar! ― Gritó ella. ―Aunque nos tomará más tiempo el llegar.

Él desaceleró. La mano de Isabella continuó acariciándolo a través de los pantalones de cuero. Él se las arregló para abrirse la cremallera y liberar su polla. Bajo del sombrero, la mano de ella hacía círculos en la caliente e hinchada carne, acariciándola constantemente por toda su longitud. La suave piel se sentía como el satén bajo sus dedos.

Ella no sabía cómo él se las arreglaba para concentrarse en conducir.

Otro semáforo en rojo.

Él se detuvo y puso los pies en el pavimento. Ella escasamente podía escuchar sus gemidos de placer por encima del rugido de la motocicleta mientras le acariciaba la cabeza de la polla más y más rápido. Más y más rápido. Su cabeza cayó hacia atrás y su cuerpo se estremeció frente a ella.

El semen caliente brotó entre los dedos de Isabella y en el sombrero. Él aceleró el motor cuando gritó con voz ronca. El semáforo cambió a verde. A pesar del estremecimiento ocasional, Edward no se movió.

Alguien detrás de ellos tocó la bocina. Él trató de recuperar el aliento.

―¿Podrías soltarme la polla, Isabella?

―Aw, pero es muy divertido jugar con ella. ― Ella sonrió y le metió la polla de vuelta en los pantalones.

―Gracias, cariño. Ahora me siento mucho mejor.

―Bueno, yo no. Estoy caliente de nuevo. ¿Te vas a quedar aquí todo el día? ― Él miró hacia la luz verde. El semáforo cambió a amarillo. Edward arrancó, riéndose.

―Eso les enseñará a no tocar la bocina cuando me estoy viniendo con el semáforo en rojo.

―Creo que vas a tener que botar este sombrero. ― dijo ella, limpiándose los dedos.

―Al diablo con eso. Lo enmarcaré para colgarlo en la pared. Justo al lado de mi Álbum de Oro.

Para el momento en que llegaron al estadio, Isabella estaba temblando. Estaba agradecida de que Edward le hubiera prestado su chaqueta. Se hubiera muerto de frío si no lo hubiera hecho. Edward dio vuelta en la parte posterior del estado en donde un par de buses de color plata y negro estaban parqueados. Él se detuvo al lado de uno de los buses y cerró la cremallera de sus pantalones.

―Tienes frío, ¿verdad? ― Le preguntó.

Ella no podía mentir con sus dientes castañeando.

―¡Estás congelada! ― Su cálida mano le rozó la parte exterior de su helado muslo.

Él la ayudó a bajarse de la moto. Ella se acomodó la falda. Eso la calentaría un poquito. Se quitó el casto y se lo entregó a él. Edward sacó el bolso del compartimiento y guardo el casco en su interior. Se quitó el suyo y la miró con un aire de disculpa.

―Lo siento. Soy un idiota. En realidad, debí de haber llamado un taxi.

―Pero, honestamente fue divertido. ― Ella sonrió y sacudió la cabeza.

―No te divertiste ni la mitad de lo que yo me divertí. ― Él le entregó el bolso y cogió el sombrero para ponérselo sobre la cabeza.

― ¡Espera! ― Él le sonrió.

―Es una broma. ― Ella se echó a reír y le dio un manotazo.

―Haré que Emmett se lo ponga. Shhhhh… ― Él se puso un dedo sobre los labios, se veía tortuosamente magnifico. Ella se rió mientras la abrazaba. ―Eres muy divertida, Isabella. ¿Lo sabías?

―Soy una viejita. ― Ella negó con la cabeza.

―Mi viejita. ― Él la besó y ella se olvidó de negar que no era suya.

La puerta del bus se abrió.

―¿La encontraste? ― Gritó Benjamin desde la puerta.

―Nop. ― dijo Edward. ―Me tuve que conformar con esta viejita que encontré en el aeropuerto.

Isabella le dio a Edward un golpe en el intestino.

―Hola, Benjamin. Me encanta tu moto.

―¿La montaste con eso? ― Le preguntó con los ojos bien abiertos mientras miraba su atuendo.

―¡Se veía ardiente! ― Edward envolvió un brazo alrededor de sus hombros y la dirigió hacia el bus.

―Pero parece tener frío.

―No encargaremos de eso justo ahora. ― Murmuró Edward en su oído. Le entregó el sombrero a Benjamin mientras pasaban por su lado. ―Dáselo a Emmett.

―¿Tu sombrero de la suerte?

―Ahora tiene mucha más suerte.

―Me lo quedaré. ― Él comenzó a ponérselo sobre la cabeza, pero Isabella lo agarró.

―No quieres usarlo, Benjamin. Créeme.

―¿Por qué?

Edward acarició la mejilla de Benjamin con elegancia.

―Escucha a Isabella, Benjamin. Eres un buen chico. ¿Tienes idea de lo duro que es correrse en un sombrero de la suerte?

Él arrugó la nariz.

―¿Por qué hay…no importa, no quiero saberlo.

―Edward dice que contarte que no tengo ropa interior es un agradecimiento suficiente por el aventón en la moto. ― Dijo Isabella. Los ojos de Benjamin se abrieron violentamente. ―Pero creo que te debo un mejor agradecimiento. ― Ella le besó la mejilla. Él era por lo menos cinco años menor que Edward y que el resto de la banda. Isabella no solía perseguir a hombres que estaban en el jardín cuando ella se había graduado de la secundaria. Sólo esperaba que su besito no le diera pesadillas.

―Puedes pedírmela prestada en cualquier momento, Isabella. ― Él tragó saliva con dificultad.

―Eres muy dulce.

―Eso es lo que todas las mujeres piensan. Al principio. ― Benjamin se rió entre dientes.

―No caigas en su trampa, Isabella. Podrías no sobrevivir la experiencia. ― Edward la instó a que subiera los escalones del bus.

Isabella subió los escalones y entró en el bus. El área común era bastante espaciosa y estaba desordenada. Era igual que un apartamento de soltero sobre ruedas.

―Emmett. ― Gritó Edward en la cabina. ―Maldito perdedor. Se suponía que limpiarías este lugar. ― Emmett asomó la cabeza por la puerta cercana al final del pasillo.

―Estoy fregando el toilette, amigo. ¿Ella ya está aquí?

Isabella dejó el bolso en un mostrador y miro la chaqueta de cuero de Edward, bajando la cremallera con más concentración de la requerida. Un cálido rubor se extendió por su rostro. Ella no podía mirar a Emmett. ¿Alguna vez sería capaz de mirarlo sin avergonzarse? Él nunca había mencionado el hecho de que la vio a ella y a Edward haciendo el amor.

Probablemente no era la gran cosa para él, pero sí lo era para ella. Isabella se quitó la chaqueta y se la entregó a Edward. Él la arrojó en el sofá.

―¡Ella está aquí! ― Emmett camino rápidamente por el pasillo y la agarró en un abrazo entusiasta, haciéndola girar vertiginosamente. ―Te ves hermosa, Profesora del Sexo. ― Él le besó las mejillas sonoramente.

―Estás de buen humor. ― Ella se echó a reír.

Él se acercó a su oído y susurró:

―Todos estamos felices. A lo mejor Edward va a dejar de quejarse ahora que estás aquí. Ha estado devastado desde que te fuiste.

―Oí eso, McArty. ― dijo Edward.

Benjamin cerró la puerta y entró en la habitación.

―Hey, Emmett. Edward dijo que podías tomar su sombrero de la suerte por limpiar el bus.

―¡Genial!

Emmett pasó entre Isabella y Edward y le quitó el sombrero a Benjamin. Él se lo puso en la cabeza y los otros tres ocupantes se echaron a reír.

―¿Qué? ― Emmett los miró.

―Te ves como un trasero, eso es todo. ― Dijo Edward.

―¿Tú te ves bien cuando te lo pones, pero yo me veo como un trasero?

―Sí. ― Edward asintió con los labios fruncidos.

Benjamin cayó en el sofá, agarrándose el estómago mientras se reía. Emmett saltó sobre él y lo agarró por el cuello.

―¿Qué es tan gracioso?

Benjamin se atragantó y luchó para liberarse del agarre de Emmett.

―¿Quieres morir, Hombrecito? ― Le preguntó Emmett. ― ¿De qué te ríes?

―No…me estoy… riendo de…ti. ― Jadeó Benjamin.

―Será mejor que no lo hagas.

Emmett liberó a Benjamin, que estaba sentado en el sofá tosiendo y frotándose el cuello. Debía apestar ser el miembro más joven y pequeño de todo este grupo cargado de testosterona. Isabella le guiñó un ojo y él sonrío. A espaldas de Emmett, él señalaba el sombrero repetidamente con una enorme sonrisa en su rostro y con la lengua afuera.

―¿Dónde está Jazz? ― preguntó Edward.

―Llevó un par de chicas al otro bus. ― dijo Emmett.

―¿Y no los estás filmando?

―Estaba fregando el toilette.

―Cierto. ¿Dónde está Garrett?

―Creo que se llevó a su juguete para que le hicieran el tatuaje.

―Eso deja la habitación libre. ― Edward tomó la mano de Isabella y la llevó a la parte posterior del bus.

―Hasta luego, amigos. No vayan a molestar.

―¡No me dejes solo con McArty! ― Se quejó Benjamin. Emmett lo agarró del cuello nuevamente.

―Diviértanse, niños, yo voy a patearle el trasero a este hombrecito.

―Emmett. ― Gritó Isabella, mientras Edward abría la puerta al final del pasillo. ―Creo que el sombrero te queda muy bien. Y sabes que…devolverlo está mal. ― Él probablemente nunca se daría cuenta de que se estaba refiriendo a que el semen en su cabello era una venganza por la vez que él se masturbó al lado de ella.

―¿Qué? ― Emmett le dio una mirada extraña, pero Edward la metió en la pequeña habitación antes de que pudiera responder.

―¿Benjamin estará bien? ― preguntó.

―Sí, está acostumbrado a que le golpeen el trasero.

―Eso no está bien. ― Ella frunció el ceño.

―Por lo general Jazz mantiene a Emmett bajo control, pero Benjamin está tan agradecido por este trabajo que se aguanta a Emmett. Creo que es porque no ha estado con nosotros desde el principio.

―Eso no debería importar, él es un gran bajista. ― Ella sacudió la cabeza. ―No entiendo la manera de pensar de los chicos.

―Nadie niega que es un excelente músico, pero tiene que ganarse el respeto de los chicos. Nadie lo va a hacer por él. Hasta que Benjamin no logre hacerse respetar, Emmett lo seguirá atormentando. Así es Emmett. ― Edward le quitó el gancho de cabello a Isabella, permitiendo que éste diera vueltas hasta liberarse sobre sus hombros. ― ¿Por qué estamos hablando de eso?

Demonios, no lo sabía. Ella se sentía la necesidad de proteger a Benjamin por alguna extraña razón.

―Deberíamos hablar sobre lo frías que están mis piernas.

Ella lo miró mientras sus dedos le desabrochaban los botones de la chaqueta. Él le besó la sien, la barbilla y el cuello, mientras se deslizaba la queta de los hombros. Los ojos de Isabella se cerraron. Ella se sentía caliente de nuevo.

Edward le acarició los brazos con sus nudillos, su boca se abrió para lamer la carne bajo su oreja. Ella le sacó la camiseta de la pretina de los pantalones y él le ayudó sacándose la por la cabeza.

Isabella mantuvo los ojos cerrados mientras exploraba con las manos los fuertes músculos del pecho de Edward. Sus manos de ella circulaban su cuerpo. Él la acercó, acariciándole la espalda con dulzura. Ella descansó el oído contra su pecho, escuchando los fuertes y constantes latidos. Él la abrazó por un largo rato, con una mano acariciando la camisola de satén blanco a lo largo su espalda y con la otra mano masajeándole suavemente el cuero cabelludo.

El ritmo cardiaco de él se aceleró. Ella sonrió.

―¿Qué estás pensando? ― Él la abrazó más fuerte.

―Es algo emocional. No lo aprobarías.

―No seas así. Quiero saber.

―Te lo diré luego. ― La mano de Edward se movió para bajarle la cremallera de la falda. La prenda cayó a sus pies. Ella la pateó a un lado.

Él le quitó la camisola, dejándola en sujetador, ligas, medias y zapatos de tacón. Las bragas estaban todavía dentro de su bolsillo. Edward le cogió las manos, le levantó los brazos y dio un paso atrás para poder mirarla completamente.

Sonrió maliciosamente.

―Sabes cómo excitar a un hombre, Profesora. Me preguntaba que tenías bajo ese traje conservador. Esto es incluso mejor de lo que me imaginaba. ― Ella se sonrojó de placer.

―Siempre me pregunto por qué compro ropa interior llena de plisados si nadie puede verla más que yo.

―La estoy viendo. Es muy linda. Femenina. Sexy.

Él la tomó en brazos y ella se quedó sin aliento por la sorpresa. Arrodillándose en la cama, él se arrastró por el colchón, llevándola en brazos. Los zapatos de Isabella cayeron en el extremo de la cama haciendo un ruido fuerte. Edward suavemente la depositó en la parte superior de la cama y se acostó a su lado, acariciándole la piel del vientre bajo con el dorso de la mano. Ella se estremeció.

Los dedos de Edward trazaron el borde de su sujetador de encaje blanco.

―¿Así que nadie consigue ver tu ropa interior? ― Él sonrió con aire de suficiencia.

―No recientemente. ― dijo ella. ―La presente compañía es la excepción.

Él la basó apasionadamente con su mano acunando su pecho por encima del sujetador. Cuando apartó su boca él susurró:

―Mantengamos las cosas de esa manera.

Cuando ella no negó la lógica de la idea, Edward sonrió.

―Claro que el resto de tu banda me ha visto desnuda. ― le recordó.

―Pero eso no significó nada. ― Las piernas de Isabella comenzaron a hormiguearle como si el calor se le hubiera hundido en la carne. Ella alcanzó el borde del edredón y se enrolló en él. ―Todavía tienes frio, ¿verdad?

Ella asintió, temblando ligeramente. Edward se bajó de la cama, se quitó las botas, los pantalones y luego se subió entre las sábanas en bóxer y calcetines. Levantó las mantas y se metió entre ellas. Él se apretó contra la espalda de Isabella y le pasó una pierna por encima, compartiéndole su calidez. Cuando ella se estremeció de frio, él la arropó con el edredón hasta la barbilla.

―Estás helada. ― susurró Edward, pegando la nariz en su oreja.

―Lo sé. Y tú estás muy cálido. ― Ella se acercó más a él. Edward la abrazó con fuerza.

―Te gusto, ¿verdad?

―¿Qué te hace decir eso?

―Cuándo te llamé esta tarde, creí que me habías colgado. Estaba con esas chicas gritándome que les firmara las tetas mientras hablaba contigo por teléfono y pensé Gran momento. Me había tomado dos semanas decidirme a llamarte.

―Si tuviera algo de sentido común, te hubiera colgado.

―Y ahora estás aquí. Dispuesta a dejarlo todo y a subirte en un avión para verme.

―Por razones completamente egoístas. Créeme.

―Dispuesta a congelarte y a montarte en moto con una falda para estar aquí.

―Oye, es una linda moto.

―Te gusto. Admítelo.

―Un poquito. ― dijo ella, sonriendo para sí misma.

―¿Quieres ir a Las Vegas y casarte? ― Él la abrazó mucho más fuerte.

Ella frunció el ceño.

―No. ¿Por qué siempre me preguntas eso?

―Porque quiero casarme contigo, ¿Por qué más?

―El matrimonio no es mi idea de pasar un buen momento.

―¿Cómo lo sabes?

―Lo intenté y no me gustó.

―¿Estuviste casada? ― Él se apartó. Ella lo miró por encima del hombro.

―Sí. He estado divorciada desde hace cinco años y me gustaría mantenerlo en esa manera.

―Bueno, eso explica unas cuantas cosas. Él te lastimó mucho, ¿verdad? ― Edward le retiró de una caricia el cabello del rostro y le besó la sien.

―Sí, realmente lo hizo.

―Nunca te lastimaré, Isabella.

―¿Cuántas veces he escuchado la misma vieja canción? ― Ella resopló burlonamente.

Él le besó la mejilla y la barbilla tiernamente.

―Nunca. Nadie oye las canciones que hacemos juntos. Las escribimos a medida que avanzamos. No he escrito más de tres notas desde la última vez que hicimos el amor.

―Entonces, creo que es tiempo de escribir otra.

―Estoy de acuerdo. Pero tengo unas preguntas.

―Esto parece serio. ― Ella rodó para quedar frente a él.

―Ahora, que no estás durmiendo con ningún otro hombre…

―Bueno, está BOB.

―¿Bob? ― El rostro de Edward se tensó.

―Sí, pero técnicamente nunca duerme conmigo. Sólo me da unos fantásticos orgasmos, luego lo regreso al cajón. Tengo que cambiarle la batería de vez en cuando, pero su manutención no es muy costosa.

―¿Un vibrador? ― Él arqueó una ceja.

―Multifuncional con adiciones. BOB. My Battery Operated Boyfriend. ― Ella sonrió.

―Dios, no me tomes el pelo así. Me arrancaste el corazón del pecho por un breve minuto.

―Aw, lo siento. ― Ella le retiró el cabello de su rostro. ―En realidad, no estoy durmiendo con nadie.

―¿De manera que no estás en un control de natalidad?

―Tengo Un Dispositivo Intrauterino. Espera un minuto. ¿Está es la conversación de que es tiempo de dejar los condones?

―Sigo soñando con venirme en tu interior.

―¿Sueñas con eso?

―Todo el tiempo. Normalmente me despierto, pero…

Ella se echó a reír y lo besó. Se veía tan esperanzador mientras la miraba directamente a los ojos.

―El embarazo no es la única cosa por la que nos debemos de preocupar, Edward. Hay enfermedades de transmisión sexual…

Él se inclinó sobre su cuerpo para abrir el cajón de una mesita y sacó un pedazo de papel.

―Ya me he hecho los exámenes. Observa. Todo está bien. ― Le mostró la copia impresa de una clínica.

―¿Pero qué tal si yo no?

―¿Es una posibilidad? He estado dentro de ti en más de una ocasión si ninguna protección. ― El rostro de Edward se tensó.

―Los exámenes me salieron bien en el último chequeó.

―¿Y?

―Y no he dormido con nadie después de ti.

―Maravilloso. ― Él tiró la impresión a un lado y se le subió encima. Se bajó los boxers hasta los muslos y se las arregló para besarle el cuello.

―¿Edward?

―¿Hmmm?

―¿Planeaste todo esto? ¿Por qué tienes el resultado de tus exámenes al lado de la cama? ― Él levantó la cabeza para mirarla.

―Isabella, estás bajo mi piel. He estado planeando tu regreso desde el momento en que me dejaste en Des Moines. Y realmente tengo muchas sorpresas para ti.

―¿Qué tipo de sorpresas? ― Intrigada, arqueó una ceja.

―Si te digo no serían sorpresas.

―Es verdad.

―Así que, ¿puedo venirme dentro de ti?

―No hay razón por la que no puedas.

―Sí. ― Con el puño cerrado en señal de victoria, Edward rodó sobre la cama para sacar algo del cajón. ―Ahora, una de tus sorpresas.

Él abrió con los dientes un empaque cuadrado. Parecía el empaque de un condón. Edward lo puso en la palma de la mano. Ella lo miró perpleja. No era un condón, era un anillo de goma rosada para el pene. En uno de los bordes, tenía una adición en forma de píldora.

―Es…

―Un anillo para el pene con una parte especial para tu disfrute.

―No lo necesitas. ― Ella sacudió la cabeza.

―Creo que te gustará. ― Él sonrió maliciosamente, apretó el anillo y comenzó a vibrar. Edward retiró las sábanas y deslizó el anillo en su polla hasta llegar a la base. Él se estremeció. ―A mí también me gusta.

―Bien, lo probaremos. Yo sólo creo que nos deseamos tanto el uno al otro que no necesitamos juguetes.

―¿Te estás quejando? ― Él volvió a ponerse encima de ella con un persistente zumbido en la entrepierna.

―No. Es solo que…

Edward se deslizó en ella, retrocediendo varias veces para mojarse con los jugos de Isabella. Ella olvidó todo menos la sensación de él en su interior. Cuando Edward se hundió completamente, la adición vibrante del anillo para pene le rozaba el clítoris. Ella se sacudió.

―Whoa. ― Él prestaba atención a cada terminación nerviosa de su cuerpo.

―Sí, eso es lo que dije. ― murmuró él.

Rápidamente encontró un ritmo que los excitara a los dos.

Ella estaba segura que su polla era aún más gruesa y larga de lo habitual. La Bestia la extendía hasta el límite y el increíble aparato electrónico zumbaba contra su sensible clítoris con cada golpe penetrante.

―Oh, Dios mío. ― jadeó ella, estremeciéndose fuertemente contra Edward.

Él se quedó en su interior mientras ella se venía, estimulándole continuamente el clítoris hasta que gritó.

―¿Te gusta? ― Él le besó la barbilla mientras ella seguía estremeciéndose.

Su cuerpo se arqueó, haciendo que la penetrará más profundo. Él se retiró y la embistió de nuevo.

Isabella no podía dejar de temblar. El placer entre sus muslos necesitaba ser compensado por algo. Se desabrochó el cierre frontal del sujetador y retiró la tela con impaciencia.

Cubriéndose el pecho con las manos, ella apretó los dientes y se pellizcó los pezones tan fuertemente como pudo. Un pequeño dolor equilibró el placer. Cada vez se estremecía más fuerte. Él le retiró una de las manos y succionó el pezón.

―Ah. ― gritó ella.

Los dedos de Edward le acariciaron el cabello suavemente mientras que le lamia el pecho con la boca. La succión se sentía incluso mejor que el dolor que ella se había infligido. Juraba que la polla de Edward se hacía más gruesa. O tal vez ella estaba más hinchada que lo habitual.

La cabeza de la polla de Edward frotaba su punto G con cada embestida. Isabella sabía de la eyaculación femenina. Pero nunca la había experimentado mientras hacía el amor. Con el vibrador lo había logrado en unas cuantas ocasiones, pero un hombre nunca la había llevado tan cerca de la experiencia. Hasta ahora.

―Edward. ― susurró con urgencia.

Él levantó la cabeza de su pecho y la besó en los labios. Gimió, apretando los dientes y con el labio curvado.

―Dios. Se siente fantástico. ― murmuró él. ―Piel con piel. A mí alrededor se siente cálido y suave como el terciopelo. Quiero estar en tu interior por siempre.

Esa era la diferencia de no usar condón.

―Sí. ― Estuvo de acuerdo. ―Oh… ― jadeó ella. ― ¿Edward? ¿Edward? Creo que. Creo que me voy a…

―Déjate llevar, cariñó. Te haré venir de nuevo. No tienes por qué reprimirte.

―No lo entiendes. Esto es…

Isabella oprimió la polla de Edward como si estuviera tratando de hacer pis y no se decepcionó. Un fuerte y pulsante orgasmo se apoderó de sus entrañas. Ella gritó. Era algo mucho más diferente a un orgasmo clitoridiano. Era una intensidad primitiva. Cada órgano de la parte inferior de su cuerpo tenía espasmos, luego se relajaba y tenía espasmos de nuevo.

Una follada fantástica.

Sus uñas se clavaron en los hombros de Edward mientras su espalda se arqueaba en la cama. Él la sostuvo con una mano hasta que el orgasmo disminuyó.

―¿Qué pasó? ― susurró Edward.

Cuando el cuerpo de Isabella dejó de temblar, ella abrió los ojos para mirarlo con el rostro consternado.

―Se sintió diferente, Isabella. ¿Estás bien?

―Mejor que bien. ― sonrió. ― ¿Nunca has escuchado de la eyaculación femenina?

―Creí que era un mito. ― Él arqueó una ceja. Ella se echó a reír entrecortadamente, casi como una maniática.

―¿Lo sentiste como si fuera un mito?

―No. En absoluto. ― Edward sonrió.

―Sin condón, la cabeza de tu polla roza mi punto g cada vez que te retiras y vuelves a embestir. Es como si fuéramos…

―Hechos el uno para el otro.

―Sí. ― ella se rió. ― ¿No es la cosa más ridícula que hayas escuchado?

―No creo que sea ridículo. ― Edward frunció el ceño.

Ella le tocó el rostro. Era un romántico.

―¿Por qué estás tomando un descanso, Edward? Pensé que querías venirte dentro de mí.

―Ya lo hice.

―¿En serio? ― Él se echó a reír.

―No, cariño. Esa fuiste tú. ¿Quieres estar encima por un momento? Me estoy mareando.

¿Encima? Cuando ella estaba encima, siempre se venía dos veces más que lo habitual. No sabía si podría manejar el anillo vibrante en esa posición. Sin embargo, estaba dispuesta a complacerlo.

―Sí, de acuerdo.

Él se retiró lentamente, haciendo una mueca cuando se sintió fuera del cuerpo de Isabella y se puso sobre su espalda. Ella no sólo había imaginado que su polla era más gruesa de lo normal sino también que era más pulsante. La piel se tensaba sobre las venas y la cabeza era de un color purpura.

―Esa Bestia en verdad me va a partir a la mitad. No es de extrañar que estés mareado.

Isabella le chupó la cabeza de su polla y acunó las bolas en su mano, masajeándolas suavemente. Él gimió. Se movió hacia el cajón de la mesita y buscó algo. Después de un momento, le puso algo en la mano.

―Pon eso dentro de mí.

Ella examinó el pequeño objeto. Era negro y del tamaño de su pulgar. Isabella liberó la polla de su boca y le apretó las bolas hasta que él se quedó sin aliento. Cuando las liberó, Edward gimió.

―¿Un tapón para el trasero? Eres un poquito pervertido, Master Cullen. ― Él dudó y luego levantó la cabeza para mirarla fijamente.

―¿Te molesta? Puedo dejarlo a un lado. ― Y extendió la mano para que ella se lo entregara. Ella lo miró y se tendió sobre el vientre, para meter el rostro entre sus piernas. El cuerpo de Edward se estremeció cuando ella empujo la lengua en su trasero. Lo lamió con entusiasmo, mojando la zona con la humedad de su boca. ―Oh Dios, Bella. ― gimió él. ―Mi polla está desesperada por la necesidad de atención.

Ella le apretó las bolas de nuevo, pero ignoró su congestionado miembro y empujó la lengua de a dentro hacia afuera en el trasero de Edward. Si le tocaba la polla, él explotaría y le había prometido que se podía venir en su interior—no es su vientre. Cuando sus muslos empezaron a temblar, ella decidió que había sido suficiente y le deslizó el tapón en el trasero. Él se tensó, gimió y se estremeció. Dios, quería montarlo.

Isabella se arrastró por su cuerpo y se sentó a horcajadas sobre él, guiando la dura polla en su interior. Ella apretó los dientes y se dejó caer, tomándolo todo al a vez. Él arqueó la espalda y se cubrió los ojos con las palmas de las manos.

―Ah, maldición, Isabella. Maldición. ― Ella se deslizaba por su polla.

La espalda de Edward se le arqueó aún más. Su cuerpo tembló. Ella lo tomó profundamente de nuevo, el anillo vibrante le estimulaba el clítoris y ella se estremeció, subiendo y bajando más rápido. Ella le rastrillaba el vientre con las uñas. Él convulsionó, gritando su nombre y retorciéndose de éxtasis. Isabella nunca había visto a un hombre estremecerse con tanta fuerza. Eso la excitó más que cualquier otra experiencia. Él comenzó a moverse en su interior, levantando las caderas, como si fuera incapaz de quedarse quieto.

Él la embestía una y otra vez como un animal.

Los jadeos y los gemidos puntualizaban cada embestida mientras se tensaban el uno contra el otro, los dos se dejaron llevar. Cuando el cuerpo de Isabella se estremeció por la liberación, él la agarró de las caderas mientras se venía, brotando en su interior. Su cuerpo se tensó y el rostro se le contorsionó por el placer.

Él se olvidó de respirar.

Ella no podía apartar los ojos de él.

Después de un momento, Edward aspiró profundamente y se relajó en la cama, todavía estremeciéndose. Ella colapsó encima de él y con sus brazos alrededor de su espalda.

Isabella volteó la cabeza para poder mirarlo. Él jadeaba desigualmente para recuperar el aliento con una sonrisa delirante en su rostro.

―Eso… ― murmuró, ―eso…

―Fue fantástico.

―No hay palabras.

―¿Estuvo a la altura de tus expectativas? Me refiero a venirte en mí.

―¿Tienes que preguntar? Creo que creamos nuestra propia supernova con esa explosión. ― Edward abrió los ojos.

―Pero, ¿No escuchaste música esta vez? ― Ella le dio una sonrisa.

―Oí una orquesta sinfónica. ― Se rió. ―No estoy seguro si puedo usarlo. Tendremos que tomarnos un respiro si voy a sacar algo escrito para la banda.

―No estás hablando en serio, ¿verdad? ― Isabella levantó la cabeza y le hizo una mala cara.

―Sí, es en serio. No creo que pueda venirme así de fuerte más de una o dos veces al día. ― Ella suspiró.

―Supongo que tendré que aprender a vivir con eso. ― Agachó la cabeza para ocultar una sonrisa y lo besó en el hombro tiernamente.

Él la puso de espaldas y se quitó los aparatos, arrojándolos de vuelta al cajón. Se tumbó entre las almohadas y extendió los brazos.

―Ven, cariño. ― susurró casi dormido. ―Quiero abrazarte.

Si ella quería mantener sólo relaciones sexuales, sabía que no debería complacerlo, pero accedió y fue hacia sus brazos. Él puso paso las sábanas alrededor. Las piernas de Isabella estaban definitivamente calientes, pero el estar contra él calentaba más que su cuerpo.

Ella suspiró y se relajó con la cabeza descansando en su hombro.

Él le besó la parte superior de la cabeza y tarareó en voz baja un riff de guitarra mientras se quedaba dormido. Ella supuso que podía tolerar estar alrededor de este hombre y de sus compañeros de banda por tres meses. Asumiendo que ellos quisieran que continuará en el viaje.

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Este cap está muy largo jajajaja creo que subiré uno más y terminaremos el maratón hoy n.n No olviden darse una vuelta por mi grupo de FB 'Twilight Over The Moon'.

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!