No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco. Leer nota al final.

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Tampa - 125 km

Edward pasó su mirada de la señalización verde a su reloj. Las once a.m.

—Tenemos mucho tiempo antes de tener que estar en Tampa —dijo—. Vamos a tomar un desvío.

—¿Qué clase de desvío? — Isabella quitó los ojos del camino el tiempo suficiente para mirarlo.

—No lo sé. Algo espontáneo.

—Me gustan los desvíos espontáneos. Sin embargo, tenemos que ser cuidadosos para no perdernos. Sin Master Cullen, no hay concierto de los Sinners.

—No nos perderemos. A la siguiente oportunidad, gira al oeste.

—Ese no nos llevará muy lejos. El Golfo de México está al oeste.

—Exactamente.

—Será al oeste. — Ella sonrió. Diez minutos después estuvieron fuera de la carretera principal y directo al oeste. — Parece que podría llover —comentó Isabella, mirando al horizonte.

Edward frunció el ceño hacia la hilera de nubes negras rodando en la distancia. Parecía que el clima no cooperaría en su primera cita real. Esperaba poder mantener sus manos fuera de ella lo suficiente para enamorarla un poco. Tenía diez días para convencerla de quedarse con él en L.A. Con el fin de lograrlo, necesitaría seducir más que su cuerpo.

—Oh, wow —dijo ella—. Mira el agua. ¡Es hermoso!

—No está mal —dijo Edward—. California tiene playas espectaculares.

—Supongo que hablas del área de Los Ángeles. — Ella lo miró de soslayo.

Y ya lo había descubierto.

—San Diego es mucho mejor, pero sí, Los Ángeles no es demasiado lamentable.

—Uh huh. Pensaba que las playas en California eran toxicas.

—No todas. ¿Alguna vez has estado en California?

—Bueno, no, pero estoy segura de que estaré allí, eventualmente. — Ella vaciló.

¿Eso significaba que estaba considerando unirse a él? Dudosamente. Entraron en un pequeño pueblo en el golfo. Cada señal que pasaban tenía una representación de una almeja. El estómago de Edward retumbó.

—¿Te gusta la comida de mar?

—Está bien. No soy una fanática del pescado, pero adoro la sopa de almeja.

—¿Manhattan o Nueva Inglaterra?

—Nueva Inglaterra. La más espesa, la mejor.

—¿Hambrienta? —preguntó él, mirando los pequeños restaurantes que pasaban.

—Famélica. Como de costumbre.

—Vamos a buscar un lugar para comer.

—Pero que no sea comida rápida. Creo que preferiría morir antes que comer otra papa a la francesa.

—Estaciona allí —apuntó al aparcamiento común al final de la cuadra—. Caminaremos hasta encontrar un buen lugar.

—¿Cómo vamos a saber?

—Siguiendo a los locales.

—Buen plan.

Tan pronto como entró en el lugar de aparcamiento más cercano, Edward saltó del auto y se apresuró hacia su lado a abrir la puerta. Él la observó tratando de arreglarse el cabello con sus dedos en el espejo retrovisor. Le gustaba que su cabello llevara ese estilo "acabo de tener un revolcón en el granero". Le sentaba. Y a él.

Abrió la puerta y ella lo miró directamente.

—Luzco como una mierda.

—¿Tu madre no te enseñó a no mentir?

—Nunca miento.

—Lo hiciste —Tomó su mano y la ayudó a salir del auto.

—Tengo ojos, ya sabes.

—Pues no deben está funcionando muy bien. Luces hermosa. Siempre luces hermosa — Llevó su mano a sus labios y besó sus nudillos suavemente. Ella lo sorprendió sonriendo en lugar de discutir.

—Gracias. Eres muy bueno para mi ego. —Miró hacia el suelo mientras caminaba junto a él—. Incluso si eres ciego.

—¿Estás pescando cumplidos, Profesora Swan?

—¿Esta cara parece como de pez para ti? — Ella señaló su cara.

—Es un poco escamosa. — Él se encogió de hombros.

—¿Oh, realmente? — Su boca cayó abierta.

—No, no realmente. Ya te dije que eres hermosa. Todo el mundo se va a preguntar por qué estás saliendo con un gamberro como yo.

—Les diré que he sido secuestrada.

—Probablemente lo creerán.

Ella tomó su mano. Edward sonrió, su corazón regocijándose. Ella podría negarlo todo lo que quisiera, pero él sabía que le importaba.

—Lo que dijo ese policía te molestó, ¿cierto?

En realidad, no había pensado en ese policía desde que los dedos de sus pies habían sido usados en maneras que jamás habían sido usados antes. Se encogió de hombros.

—Eh, estoy acostumbrado a eso.

—Siento escuchar eso. Nadie debería tolerar ser discriminado basado en su apariencia. — Ella apretó su mano.

Se detuvieron en la esquina de una calle y esperaron a que el tráfico se redujera lo suficiente para cruzar. Edward miró a los clientes entrando en los restaurantes en los alrededores. Personal de construcción, varios empleados de oficina, y tres ejecutivos bien vestidos entraron en un pequeño restaurante en el centro de la cuadra. No parecía elegante, así que la comida debía ser buena. Pam's Clams. Isabella no estaba mirando el tránsito de peatones. Lo estaba mirando a él de nuevo. Le gustaba cuando ella no podía quitar sus ojos de él. Pretendía que no lo notaba, pero lo miraba fijamente durante mucho tiempo.

—¿Pam's Clams? —preguntó.

—¿Huh?

—¿Quieres comer allí? —Tiró de ella hacia la calle y se apresuraron a cruzar.

—Bien para mí.

Para el momento en que estuvieron sentados, cada persona en el lugar había mirado boquiabierto a Edward al menos una vez. Era un pueblo pequeño, y aparentemente no estaba acostumbrado a hombres con cadenas, tatuajes, cabello teñido y atuendo de cuero. Al menos no llevaba puesto su maquillaje de escenario. Si hubiera estado borracho, probablemente los habría insultado, pero la presencia calmada de Isabella lo hacía parecer poco importante.

—¿Qué suena bien? —Edward examinó la pequeña lámina del menú. La cerveza sonaba bien para él. Cerveza y almejas fritas con papas a la francesa. A diferencia de Isabella, él nunca se cansaba de las papas a la francesa.

—Tienen sopa de almeja con tazones de pan recién horneado. —Ella miró con deleite orgásmico.

—¿Es eso lo que quieres?

—Sí, y una ensalada. Una ensalada enorme. Extraño los vegetales.

—¿Qué puedo traerles para beber? — La mesera apareció.

—¿Tiene limonada? —Isabella revisó el menú para buscar su selección de bebidas.

—Sí —Ella garabateó en su bloc de pedidos—. ¿Qué te traigo, muñeco? —preguntó, apuntando el final de su lápiz hacia Edward.

—Corona. Y estamos listos para ordenar. — Él ordenó por los dos y la mesera recogió sus menús antes de dirigirse a la cocina.

—Deberíamos tomar desvíos con más frecuencia —Isabella se extendió a través de la mesa y arrastró ligeramente sus dedos sobre el dorso de su mano.

—El autobús puede ser muy aburrido. — Él sonrió.

—No lo sabría. Nunca me das la oportunidad de aburrirme.

—Ese ha sido mi plan desde el principio.

—Estaré en problemas cuando finalmente te aburras de mí.

—Creo que estás segura por al menos cien años —Enlazó sus dedos a los de ella y frotó su pulgar sobre el dorso de su mano.

—¿Siempre eres así de dulce?

—¿Dulce? Ahora hay algo de lo que nunca he sido acusado antes. — Su ceja se levantó por la curiosidad.

—¿De verdad? Estoy sorprendida. Eres tan considerado y generoso.

—En realidad, eso no es típico en mí, es sólo porque te a… —Se detuvo a sí mismo y pasó su mirada al mantel de vinilo rojo a cuadros—. Me gusta verte sonreír —Casi había dicho las palabras prohibidas para ella. ¿Lo había notado? Cuando no habló por un momento, forzó su mirada hacia arriba, esperando que sus ojos estuvieran llorosos al pensar en ese otro hombre. ¿Cuál era su nombre? Jeremy. Sin embargo, Isabella no tenía los ojos llorosos, estaba mirando reflexivamente hacia sus manos unidas.

—Parece que sonrío mucho cuando estoy contigo —dijo, sonriendo como era usual—. Supongo que eso significa que también eres encantador.

—Te olvidaste de viril y sexy. — Él rió.

—No, no lo olvidé.

—¿Estás diciendo que no soy…

—Quise decir que no lo olvidé. Es obvio, lo sabes. Ni que decirlo. — Ella lo miró.

—Pero podrías decirlo.

—Podría.

La mesera regresó con sus bebidas y la ensalada de Isabella. Mientras Edward bebía su cerveza, observó su metódico movimiento de tomates y cebollas rojas a la esquina del plato.

—Creí que extrañabas los vegetales.

—No me gustan los tomates crudos. Y pensé en saltarme las cebollas así podría enrollarme con el hombre vivo más sexy después del almuerzo sin someterlo a mi aliento de muerte.

Él sonrió a su cumplido. Estaba acostumbrado a chicas fomentando su ego, pero cuando Isabella lo hacía, era feliz. Ella tenía esa clase de efecto inusual en él. No trató de pelear contra eso. Ya estaba listo para esto y esperaba que ella lo estuviera pronto. Sabía que tenía que mantener las riendas de expresar emociones fuertes en frente de ella. Lo último que quería era asustarla.

—¿Quieres? —Tomó un tomate con el tenedor y se lo ofreció.

—Si le pones un poco de aderezo —No podía tomar vegetales sin aderezo. Ella hundió el pequeño tomate en la taza de aderezo ranchero y se lo extendió. Él masticó lentamente, observándola devorar su ensalada. —¿Cuánta información crees que necesitas ingresar en tu computador? —preguntó. Ella lo miró, su tenedor a medio camino a su boca.

—¿Por qué preguntas?

Estaba preguntándose cuanto tiempo iba a tomar su trabajo.

—Sólo curiosidad.

—Vamos a ver. He estado haciendo cerca de veinte entrevistas por noche, cada una de cuarenta y dos preguntas. Y han pasado ocho conciertos, así que serían cerca de 6500 piezas de información que necesito ingresar. Más o menos.

—¡Eso es mucho! —farfulló—. ¿Tienes que entrar esa cosa a mano?

—Bueno, sí. No tengo un asistente en mi bolsillo trasero —Rió ella—. Sin embargo, no es que ingresar información sea difícil. Es el análisis estadístico y el reportar los resultados en artículos de revista lo que toma más tiempo.

—Vas a esta verdaderamente ocupada, ¿cierto?

—Traté de explicártelo antes. Parece que piensas que no quiero ir a L.A. contigo porque no quiero pasar tiempo en tu compañía. — Él se encogió de hombros. ¿Era tan fácil de leer? —No quiero ir a L.A. porque no quiero pasar demasiado tiempo contigo. — Cuando él trató de responder, ella introdujo otro tomate en su boca. —Así que espero que no me lo hagas más difícil poniendo mala cara.

—No pongo mala cara. ¿Qué si terminar con todo tu trabajo antes? ¿Vendrás conmigo entonces? — Él tragó saliva.

—Lo consideraré, pero no pongas tus ilusiones en eso.

—¿No quieres conocer a mis padres?

—¿Tus padres? — Ella palideció.

—Sabes quién es mi papá, ¿no? Siendo una coleccionista de riffs de guitarra y todo eso.

—Uh —Ella se detuvo—. No conozco ningún otro guitarrista con el apellido Cullen.

—Él usa un nombre artístico. No puedo creer que no sepas esto —sonrió—. Te daré tres conjeturas.

—¿Es tan bueno como tú? — Su ceño se frunció con concentración.

—Mucho mejor. — Edward bufó.

—Ahora sé que estás inventando historias. — Ella sacudió la cabeza.

Se comería esas palabras después que lo averiguara. Edward había estado parado a la sombra de una leyenda toda su carrera.

—¿Todavía toca profesionalmente? —preguntó.

—En la gira de reunión ocasional, pero en realidad no.

—¿Leftie?

—No.

—Carlisle Masen.

—Así que lo sabías. Me preguntaba cómo no sabías algo como eso.

—¿Carlisle Masen es tu padre? ¡Oh, Dios mío! — Ella dejó caer el tenedor y lo miró directamente, sorprendida.

Si las personas no los estaban mirando antes, ahora lo hacían.

—No lo sabías. — Él frunció el ceño con confusión.

—Estaba bromeando cuando dije Carlisle Masen. Él era el único guitarrista de rock clásico que podría pensar que es mucho mejor que tú —Agarró su mano—. Sin ofender. —Dejó caer su mano y presionó sus dedos sobre su frente—. Quiero decir, creo que eres mucho mejor que él, pero…

—Cálmate, Isabella. — Edward rió. — ¿Es ese un incentivo suficiente para que vayas a Los Ángeles? Bueno, en realidad, ellos viven en Beverly Hills.

—No podría —dijo ella—. Haría una tonta de mí misma.

—¿Cómo ahora? —Estaba bromeando, pero ella miró alrededor de la habitación y se sonrojó avergonzada.

—¿Puedo traerles algo más? — La mesera les entregó los almuerzos.

—Un desfibrilador. — Isabella se apretó el pecho.

—¿Estás teniendo un ataque cardiaco? — Los ojos de la mujer se agrandaron.

—Está bromeando —Le aseguró Edward—. ¿Isabella?

—Estoy bromeando —agregó ella, todavía sin respiración—. No puedo creer que no me dijeras que eras el hijo de Carlisle Masen.

—¿Eres el hijo de Carlisle Masen? —preguntó la mesera—. ¿El guitarrista líder de Winged Faith?

—No sea ridícula —dijo Edward.

—Te pareces un poco a él, si tuvieras enormes patillas y una cara rechoncha —dijo la mesera—. Los vi en Woodstock. Eso fue antes de que se hicieran grandes. ¿También tocas la guitarra, muñeco? Tienes apariencia de estrella de rock.

—Un poco —admitió Edward. Esperaba que ella no hiciera una escena. Había estado disfrutando de su oscuridad, incluso si estaba siendo objeto de miradas curiosas.

—Me encantaría que te quedaras y hablaras, pero estoy tan ocupada —dijo la mesera—. ¿Quieres otra cerveza?

Él miró a Isabella, que sorbía cautelosamente la sopa humeante de su cuchara.

—Sólo agua. — Cuando la mesera se fue, él empezó a comer sus almejas fritas. Estaban deliciosas. Tiernas en lugar de fibrosas. Fritas con una precisión crujiente, pero sin grasa. Deliciosamente sazonadas. —Prueba una de estas, Isabella —Colocó una en su plato al lado del tazón de pan. Ella mordió la almeja frita.

—Está buena —Tomó un poco de sopa con su cuchara y se inclinó sobre la mesa—. Cuidado, está caliente. — Su sopa también estaba buena.

—Sé cómo las recogen —dijo, sonriendo para sus adentros.

—¿Entonces, cómo es que siempre terminamos comiendo comida rápida?

—Es rápida.

—Por eso el nombre —Ella robó una de sus papas—. Ahora, esta es una papa a la francesa.

Después de almorzar, Edward se dirigió al baño. En el camino de regreso, arrinconó a la mesera cerca de la cocina y la convenció de revelar la ubicación de una playa bonita y tranquila. Le dejó una gran propina, dos veces el costo de la comida, y escoltó a su encantadora cita de vuelta al auto.

—Yo conduciré —dijo, abriéndole la puerta del pasajero.

Isabella se enderezó y deslizó sus dedos entre su cabello hasta la nuca de su cuello. Se puso de puntillas para reclamar su boca en un beso mordaz. Su corazón dio un latido cuando su lengua se frotó contra su labio. Ella sabía cómo hacer hervir su sangre, pero él tenía otras cosas en mente para su visita a la playa romántica.

—Gracias por el almuerzo —susurró ella—. ¿Vamos a Tampa ahora?

—Todavía no.

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Bueno… hasta aquí termina nuestro maratón no planeado jajaja ¿les está gustando la historia? No olviden pasarse por mi grupo super exclusivo de Facebook 'Twilight Over The Moon'. Y no olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!