No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa Stephenie Meyer y la historia es de la genial Olivia Cunning. Yo solo me divierto un poco. Leer nota al final.

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Cautelosa, Isabella miró a Edward aproximándose a la cama. Sus ojos pasaron de las correas de color camel en las manos de él hacia la cadena suspendida en el techo por encima de ella. Nunca había sido inmovilizada. Estaba muy segura que no le iba a gustar. Sin embargo, era abierta a nuevas experiencias y estaba dispuesta a experimentar con Edward.

―Antes de que comiences. ― Dijo ella, ―Quiero que me prometas que te detendrás si te lo pido.

―Benajmin dice que debería amordazarte cuando eso ocurra. ― Sus ojos se abrieron violentamente y su corazón comenzó a acelerarse. ―Pero yo no soy Benajmin. ― continuó Edward. ―Me detendré si me lo pides. ¿Confías en mí? ― Ella dudó y sus ojos cayeron en las correas de nuevo.

―Eso creo.

Él caminó alrededor del borde de la cama, colocó las correas y un reproductor MP3 en la mesita de noche. Con las manos vacías, se arrastró a la cama con ella. Se arrodillaron en el centro del colchón, uno frente al otro.

Edward le tomó las manos y la miró a los ojos. Él todavía tenía puesto el maquillaje del escenario, lo cual le recordó lo sexy que se veía tocando la guitarra. Edward pareció darse cuenta de que ella necesitaba un momento para calmarse. Su ritmo cardiaco poco a poco regresó a la normalidad mientras se miraban en silencio. Ella se inclinó hacia adelante para besarlo. Él lo tomó como una señal para comenzar el último asalto a las sensaciones y convirtió el inocente beso en algo profundo y apasionado. El ritmo cardiaco de Isabella se incrementó de nuevo, pero no por la ansiedad.

Él le desabrochó la chaqueta y deslizó la prenda de sus hombros. Los dedos de Edward trabajaron los botones de su blusa, desabotonando los dos primeros antes de que perdiera la paciencia y los arrancara. Él le apretó los pechos con las palmas de las manos y luego desabrochó el cierre frontal de su sostén. La boca de él se movió por su mandíbula, su cuello, su oído. El hecho de que él todavía estuviera tan excitado la sorprendió. Tiró de su blusa, su sostén y arrojó las prendas a un lado.

Edward le quitó la falda, seguido por su ligero y las medias. Cuando la tuvo completamente desnuda, cogió las correas. El temor de Isabella regresó. A lo mejor esta no era la mejor idea.

Él le podría hacer cualquier cosa y ella no sería capaz de defenderse.

―¿Estás bien?― Después de mucho intentar, consiguió abrochar el primer puño. ― ¿Está muy apretada?

―Edward, no estoy segura de esto. ― Ella sacudió la cabeza.

―¿De qué?― Abrochar el segundo puño no le tomó mucho tiempo.

―Ser inmovilizada.

―Creí que confiabas en mí.

―Lo hago.

―Y creí que te gustaba intentar nuevas cosas.

―Me gusta.

―Entonces, ¿Cuál es el problema?

―No hay problema. ― Ella tomó un respiro y soltó el aire lentamente.

―Bien. ― Él le besó los labios, luego se paró y tiró de los brazos de Isabella y se los puso por encima de la cabeza. Él enganchó la correa a la cadena que Benajmin había suspendido en el aire. Sus rodillas tocaban la cama, pero no podía descansar las nalgas sobre los talones. Edward saltó de la cama y la miró. ―Te ves realmente sexy. ― Él se acercó por detrás de su cabeza y liberó la pinza que sostenía su cabello para dejarlo en un nudo flojo. Los largos mechones todavía estaban húmedos por la ducha y sus desnudos hombros y espalda se sentían fríos. Edward cuidadosamente dispuso de un mechón por encima de su hombro para rodear su pecho.

Cuando los dedos le acariciaron el pezón, sus manos suspendidas por encima de la cabeza, se empuñaron.

Edward sacó algo del estuche abierto de Benajmin y regresó a su lado para deslizarle una máscara gruesa de color negro sobre los ojos.

―No.― Ella giró la cabeza a un lado tratando de evitar que le vendara los ojos.

―Todo estará bien. ― El rostro de Edward desapareció de vista mientras deslizó la máscara para vendarla en su lugar. ―Dios, eso también se ve sexy. Estoy empezando a pensar que voy a disfrutar esto tanto como tú lo harás. ― Isabella no estaba segura de que lo fuera a disfrutar por completo. No le gustaba sentirse impotente y así era exactamente como ser inmovilizada y vendada la hacía sentir.

A continuación, el colocó algo en sus oídos. El sonido de la música de Los Sinners llenó su cabeza. Él le quitó uno de los audífonos.

―¿Estás muy fuerte?

―No. Me gusta fuerte.

Él la besó amorosamente.

―No te haré daño. ― Le dio una palmada en el trasero y ella se estremeció. ―No mucho. ― Le puso el audífono de vuelta en el oído, ella esperó, su corazón latía con aprensión. ¿Qué planeaba hacerle? No podía ni verlo, escucharlo ni tocarlo. Y ella había visto algunos de los instrumentos de tortura en el estuche de Benajmin.

Algo cálido y húmedo pasó por sus hombros, alrededor del cuello y de su mejilla. El aroma del cuerpo de Edward la invadió. Ella gimió y enterró la nariz en la camiseta húmeda por el sudor. Los dedos de él le acariciaron la espalda y su cuerpo se estremeció. Al estar privada de su vista, los otros sentidos se intensificaron. El sonido de la guitarra nunca había sido tan excitante, su aroma la distrajo y la suave caricia de sus dedos disparó un centenar de sensores de placer en su piel.

El saber que no podía tocarlo la hacía querer sentirlo mucho más. A lo mejor este juego le iba a gustar después de todo.

Algo pasó a lo largo de la parte inferior de su pecho. Suave. Ligero. ¿Una pluma? Isabella se concentró en la sensación, tratando de entender que sentía. La pluma rozó su caja torácica, bajó por su vientre y luego subió por el otro lado. Ella se estremeció, un suave gemido salió de sus labios.

Algo sujetó con fuerza su pezón, bordeando el dolor, pero definitivamente placentero. Ahora el otro pezón. Su cuerpo tembló mientras la suave caricia de la pluma contrastaba con el apretado dolor en el centro de los dos pezones. ¿Pinzas para ropa?

El dispositivo que pellizcaba su pezón fue retirado, dejándolo sensible y estimulado. Edward calmó el dolor con sus labios y lengua. Ella gimió y tiró de la cadena sobre su cabeza.

―Por favor, ahora el otro. ― Él se alejó y le sujeto el pezón izquierdo de nuevo. Ella jadeó por la frustración. Algo frío y ligero se movió a lo largo de su espalda entre sus omóplatos. ¿Un pedazo de tela? Tal vez era satén. El ligero material bajó por su columna hasta una de sus nalgas. Una punzada asaltó su otra nalga. Ella gritó por la sorpresa. Él le dio una nalgada de nuevo. No con su mano. Isabella decidió que él tenía una pala. Se preguntó cómo era capaz de sacar los objetos del estuche tan rápido y comenzó a sospechar que no estaban solos. Pero, ¿Quién?...

―¿Benajmin?― Susurró con recelo.

Edward se movió detrás de ella, la longitud de su cuerpo se presionada contra el suyo. Ella podía sentir el pecho desnudo contra su espalda y la áspera tela de los pantalones contra sus nalgas. Él le quitó un audífono.

―Soy yo. ¿Todavía estás bien?

―Sí. Esto es excitante. No te detengas todavía.

―No lo haré hasta que me lo digas.

Él le puso el audífono y liberó sus pezones del fuerte dolor. Unos segundos después, algo frío y mojado le acarició los dos pezones. El agua se escurría por debajo de sus pechos mientras el hielo se derretía entre los dedos de Edward y su piel. Él frotó un frío rastro por su cuerpo, rodeando su ombligo y luego yendo más abajo. Cuando él acarició la carne hinchada y caliente entre sus piernas, ella se estremeció contra él. Edward estimuló su clítoris brevemente antes de deslizar col los dedos el cubo de hielo dentro de su vagina.

Sus muslos le sujetaron fuertemente la mano, manteniéndola en su lugar.

Un momento después él le dio una nalgada con la pala y sorprendida, le soltó la mano. Él dejó el hielo en su interior y se apartó. El agua fría caía por la parte interna de su muslo mientras el hielo se derretía.

Algo caliente hizo un rastro sobre la parte baja de su espalda.

―¡Ah!― Jadeó ella, tratando de alejarse del calor. Estaba muy caliente pero no la quemó por mucho tiempo. El olor de la parafina la alertó de las travesuras actuales de Edward. Un segundo toque de cera caliente cayó por su muslo.

El bus se balanceó hacia adelante. Iban a partir de nuevo. Ella se preguntó fugazmente si alguien había recogido su coche, pero perdió el pensamiento cuando un cubo de hielo trazó su piel, al lado de la cera endurecida de su muslo. El pulgar de Edward tocó su mejilla.

Cuando ella abrió la boca, él puso algo en su lengua. Un cuadro de chocolate dulce se derritió en su boca. Isabella volteó la cabeza para inhalar el aroma de la camiseta de Edward que todavía estaba sobre sus hombros. Uno de los mejores solos de Edward se estaba reproduciendo en su oído.

Ella protestó cuando le quitó el audífono. Le gustaba estar completamente inmersa en el genio musical.

―¿Tus brazos están cansados?― Él le preguntó en voz baja al lado de su oído. Su aliento agitaba los finos cabellos que descansaban contra su cuello y ella se estremeció.

―Si digo que sí, ¿Te detendrás? ― En realidad, no podía sentir los dedos, pero eso no le importaba mucho.

―¿Quieres que me detenga?

―No, en absoluto. ― Ella sacudió la cabeza vigorosamente.

La risa de Edward le puso la piel de gallina, estaba tan consciente que todo lo que él le hacía la excitaba.

―Sólo iba a bajar tus brazos por unos minutos para que puedas descansarlos. No tengo planeado detenerme hasta que el salga el sol.

―De acuerdo.

Él pasó un brazo alrededor de su cintura y la ayudo a levantarse de sus rodillas. La cadena que le suspendía las manos por encima de la cabeza se soltó.

―Acuéstate sobre tu vientre.

Desorientada, ella palmeó el colchón para no caer de frente al final de la cama. Cuando se tendió boca abajo, él le puso a un lado el brazo derecho y cerró las correas.

―No voy a ir a ningún lado. ― dijo ella.

Edward le aseguró el otro brazo y luego sujetó algo alrededor de su tobillo. Ella trató de levantar la pierna, pero escasamente podía moverla. Él le aseguró la otra pierna, para que ella se extendiera sobre su estómago y no pudiera soltarse de las correas.

―Uh, Edward. ― Dijo, su corazón palpitaba con una mezcla de excitación y temor. ―No puedo moverme.

―Esa es la idea. ― Él le volvió a poner el audífono.

Edward la dejó así por lo que pareció un eón, sus nervios colgaban del filo de una navaja.

Ella volteó la cabeza para oler la camisa sudada que todavía estaba sobre su cuello. Isabella respiró su olor y movió las caderas, retorciéndose para tratar de aliviar las palpitaciones entre sus muslos. Hubo un pinchazo áspero sobre sus nalgas y ella se quedó inmóvil, jadeando por ninguna buena razón.

El colchó se hundió a su lado. Isabella podía sentir a Edward cerca de su lado izquierdo sin embargo no la tocó.

Algo húmedo corrió por el centro de su espalda.

Ella se tensó.

Él le dio una nalgada.

Isabella se quedó sin aliento. Obligándose a relajarse. Las manos de él se movían a lo largo de su espalda para expandir el líquido en su piel. Las palmas le masajearon los músculos mientras sus dedos suavemente la acariciaban.

Él comenzó en los hombros y se abrió camino lentamente. Cuando alcanzó su espalda baja, se sentó a horcajadas en sus muslos. Ella podía sentir los vellos de sus piernas rozándole la espalda. ¿Estaba desnudo? ¿Significaba que la tomaría pronto? Dios, eso esperaba. Las manos de Edward se movieron por sus nalgas. Después de golpearlas, las masajeaba con las manos y eso se sentía increíble. Los pulgares le acariciaron el ano con movimientos circulares. Isabella podía sentir los sonidos animales que salían de su garganta, pero apenas podía escucharlos por encima de la música.

Luchó contra las correas, tensionándolas hacia él, levantando las caderas de la cama tan alto como pudo con la esperanza de que la penetrara. Sus muslos se sentían como mantequilla caliente, haciendo el dolor incesante entre sus muslos, insoportable.

Él dejó de masajearla. El aguijón de la pala sobre su aliviada nalga fue un shock para su sistema. Ella no podía soportar más esto.

―Por favor, Edward. ― Sollozó ella. ―Por favor, tómame. Por favor. ― Él se alejó. El colchón se levantó mientras él dejaba la cama. ― ¡No! No me dejes así, ¡Imbécil! ― Ella luchó contra las correas hasta que se cansó y se quedó quieta, respirando con dificultad debido a sus infructuosos esfuerzos. Entonces él regresó, sentándose sobre la parte trasera de sus muslos. Ella podía sentir su dura polla descansando contra la raja de su trasero. De manera que la torturaría, ¿verdad? No dejaría que la follase de nuevo después de que esto termine. O mejor aún, le daría el mismo tratamiento para ver como disfrutaba.

Probablemente no sería ni la mitad de lo que ella lo hizo.

Ella gimió.

Sus manos se perdieron ligeramente sobre la piel de su espalda. Por lo que pudo descifrar, él tenía dos guantes diferentes. El de una mano era como el satén mientras acariciaba su piel, el otro era áspero, como una esponja vegetal. Los guantes se movieron rápidamente por su espalda y sus costados. Era un estímulo muy diferente al de su masaje. Vigorizante. Enloquecedor. Cuando sus manos se sumergieron bajo su cuerpo para acariciarle los huesos de la cadera y el vientre, ella se estremeció violentamente.

―Ah Dios, me estás volviendo loca. ― dijo ella.

Ella sintió los labios de Edward contra su hombro y luego él comenzó a frotar su polla de arriba hacia abajo en la raja de su trasero mientras le acariciaba la piel—suave en un lado y áspero en el otro. Isabella clavó los dedos en el colchón y se meció con él, deseando que dejara de burlarse de ella y la embistiera. Ella estaba tan caliente y mojada que sabía que se vendría en el momento en que él la reclamara.

―Ponla dentro de mí. ― declaró ella. ―Sólo un minuto. ― Él se alejó de nuevo.

Ella gruñó de frustración. Un momento después, el frío atravesó su espalda. Hielo de nuevo. Pero esta vez Edward puso los cubos en varios lugares y los dejó derretirse. Los colocó en la parte trasera de sus muslos, las rodillas y también en las pantorrillas. Luego tomó un cubo y lo pasó por la raja de su trasero, por encima de su ano, alrededor de la abertura de su vagina y finalmente en su clítoris.

Él lo deslizó en su interior, presionándolo profundamente con el dedo. Repitió el tratamiento con un segundo y tercer cubo de hielo. Los que todavía descansaban en su piel, formaron charcos fríos que se escurrían por sus costados y el centro de su espalda. El hielo en su interior también se estaba derritiendo y goteaba líquido frio sobre su caliente e inflamado clítoris. Edward inesperadamente se acomodó entre sus piernas y entonces la llenó con una salvaje embestida.

Ella gritó.

―Oh Dios, Sí, gracias. ― Jadeó. ―Gracias. ― Él la embistió más superficialmente, una, dos, tres veces y luego se retiró. Un chorrito de agua fría alivio sus adoloridos genitales. Ella se estremeció. Él embistió de nuevo y apoyó el rostro en su espalda, frotándolo contra ella como si estuviera tratando de controlarse. Él se apartó de nuevo y dejó la cama. ―Bien, Edward, podemos terminar ahora. Suéltame. ― Sintió que un brazo se soltó de la cama y luego el otro. Ella se puso de rodillas y se acercó a él. Edward la sorprendió al sujetarle las muñecas de nuevo y al ponerlas por encima de su cabeza para colgarlas en el gancho del techo. ―Dije que me sueltes, prometiste que lo harías si te lo pedía.

Él le puso algo mentolado en la boca y le puso la venda de los ojos en la frente. Ella parpadeó contra la luz brillante de la habitación. No tenía idea de que todas las luces estaban prendidas.

Cuando sus ojos se adaptaron, Isabella decidió que podría llegar al clímax con sólo verlo en su actual condición. Sus ojos estaban vidriosos, el cabello se le pegaba a los lados por el sudor. Él se arrodilló frente de ella en la cama, su gruesa polla sobresalía entre ellos. Ella abrió las piernas cuanto pudo, viendo que todavía estaban atadas por los tobillos a la cama. Isabella envolvió las manos en la cadena y se puso de rodillas en la cama. Esta sería una posición excitante. No podía esperar para que él embistiera su interior.

Edward se llenó la palma de la mano con aceite y lo frotó sobre su polla desde la base hasta la punta. Aparentemente, no se había dado cuenta de que ella ya estaba mojada. Él continuó acariciándose la polla, de la base a la punta, una y otra vez. Ahora más rápido.

Ella no podía dejar de verlo masturbarse. El palpitar de sus muslos era doloroso.

Agonizante. Isabella soltó la cadena y apretó las piernas, retorciéndose mientras trataba de estimularse el clítoris para darse un alivio muy necesario. De nada servía.

Su mirada se desplazó al rostro de Edward. Su cabeza estaba inclinada hacia atrás, la boca abierta, su expresión se tensó esperando la inminente liberación. Su pecho subía y bajaba con una respiración dificultosa.

Sus manos se movían más rápido sobre la cabeza de su polla. Más rápido. Él se tensó y se estremeció mientras se venía—tres gloriosos chorros salpicaron el vientre de Isabella y su pecho. Esa tenía que ser la cosa más caliente que había visto en su vida. Un espasmo apretó sus entrañas con un orgasmo menos satisfactorio por su cuenta.

Edward se sentó por un momento, recuperando el aliento y luego se inclinó hacia adelante.

Lamió el semen de su vientre y luego la besó profundamente. Ella lamió su lengua, ambiciosa por su sabor. Edward le bajó de nuevo la venda de los ojos.

―¿Edward?― Susurró ella cuando él rompió el beso.

―¿Sí, cariño?― Él le quitó el audífono.

―Si quiero encadenarte, ¿me dejarías?

―Sabes que lo haría. ¿Quieres que cambiemos lugares? ― Él rió entre dientes. Ella sonrió.

Jeremy nunca hubiera considerado permitirle a ella tomar el control. Edward era tan diferente a ese bastardo frígido. Que él estuviera dispuesto a someterse sin vacilación la hacía pensar en todas las cosas que quería hacerle. Pero por ahora, quería que continuara. Ella estaba disfrutando tanto que no quería que esto acabara todavía.

―Tal vez mañana.

―Esperaré con ansias. ― Él gruñó en su oído y luego le volvió a poner el audífono en su lugar.

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Solo subiré uno más jajaja ¿Les gustó el capítulo? No olviden dejar un comentario c: Y no olviden ir a Facebook y buscar 'Twilight Over The Moon', así podremos estar en contacto n.n

¡Nos leemos pronto!