Capítulo 1

Iba a nevar.

El cielo estaba bajo y plano, y se mezclaba con un amenazante gris purpúreo que oscurecía la cima de las montañas, así que era difícil decir dónde terminaba la tierra y comenzaba el cielo. El aire tenía un penetrante olor a amoníaco, y el borde helado del viento cortaba a través de los pantalones vaqueros de Hinata Hyuga como si estuvieran hechos de gasa en lugar de la gruesa tela del jean. Los árboles gemían bajo el azote del viento, las ramas crujiendo y fustigando, el bajo y lastimero sonido metiéndose en sus huesos.

Ella estaba demasiado ocupada para detenerse y mirar fijamente las nubes, pero sin embargo siempre era consciente de ellas cerniéndose, acercándose rápidamente. El sentido de urgencia la mantuvo en movimiento, revisando el generador y asegurándose que tenía el combustible suficiente a mano, llevando madera extra a su cabaña y apilando más en el amplio y cubierto porche que estaba detrás de la cocina. Quizá sus instintos estaban equivocados y la nieve no ascendería a más de las cuatro a seis pulgadas que los meteorólogos estaban prediciendo.

Ella, a pesar de todo, confiaba en sus instintos. Éste era su séptimo invierno en Konoha, y cada vez que había habido una gran nevada, había tenido ese mismo compulsivo sentimiento justo antes de que ésta sucediera. La atmósfera estaba cargada de energía y la Madre Naturaleza se estaba preparando para una explosión real. Fuera causada por la electricidad estática o sencillamente por un antiguo presentimiento, su columna vertebral hormigueaba con una inquietud que no le permitía descansar.

Ella no estaba preocupada por cómo sobrevivir: tenía comida, agua, resguardo. Sin embargo, era la primera vez que Hinata iba a pasar sola una gran nevada. Toneri había estado allí los dos primeros años; después de que él falleció, su padre se había mudado a Idaho para ayudarla a atender el centro de vacaciones. Pero su tío Hizashi había sufrido un ataque cardíaco hacía tres días, y su padre había volado a Suna para estar con su hermano mayor. El diagnóstico del tío Hizashi era bueno: el ataque cardíaco fue relativamente leve, y él había llegado pronto al hospital, lo suficiente para minimizar el daño. Su padre planeaba quedarse otra semana, ya que él no había visto a ninguno de sus hermanos o hermanas durante un año.

A ella no le molestaba estar sola, pero asegurar las cabañas era mucho trabajo para una sola persona. Había ocho, de una sola planta, algunas con una alcoba y otras con dos, protegidas por árboles muy altos. Había cuatro a un lado de la suya, una cabaña de estructura mucho más grande, y cuatro en el otro lado. Los nueve edificios rodeaban la orilla de un pintoresco lago lleno de peces. Ella tenía que asegurarse que las puertas y las ventanas estaban bien sujetas contra lo que podría ser un viento violento, las llaves de agua tenían que ser cerradas y las cañerías desagotadas para que no se congelaran y reventaran cuando la corriente se apagara, cosa en la que ella tenía una fe absoluta que ocurriría. Perder la energía no era un problema de si sucedía, sino cuándo.

Realmente, el clima había sido benigno este año; aunque era diciembre, había habido sólo una nevada, unas pocas e ínfimas pulgadas, los vestigios de ella todavía perduraban en las áreas sombreadas y crujían bajo sus botas. Los centros turísticos de esquí venían mal y sus dueños darían la bienvenida incluso a una ventisca, si ésta dejaba atrás una buena y espesa base de nieve.

Incluso el infamemente optimista galgo babeante (un dorado perro perdiguero conocido como Kurama) parecía estar preocupándose por el clima. Él se quedaba justo detrás de ella cuando Hinata caminaba de cabaña en cabaña, sentándose en el porche mientras trabajaba dentro. Su cola golpeaba en los tablones, en un aliviado saludo cuando reaparecía.

-Ve a cazar un conejo o algo parecido - le dijo ella después de que casi tropezó con él cuando iba hacia la última cabaña.

Pero aunque sus ojos castaños se encendieron con el entusiasmo ante la idea, él rechazó la invitación.

Esos ojos marrones eran irresistibles y la miraban fijamente con amor y confianza ilimitada. Hinata se puso en cuclillas y frotó detrás de sus orejas, haciéndolo retorcer, gimiendo de éxtasis como si él se derrumbara de placer.

- Eres un gran bobo - le dijo ella amorosamente, y él respondió a su tono pasando la lengua por su mano.

Kurama tenía cinco años; ella lo había conseguido un mes después de que Toneri falleciera, antes de que su padre hubiera venido a vivir con ella. La torpe, adorable, amorosa pelota de pelusa parecía darse cuenta de su tristeza y se había consagrado a hacerla reír con sus bufonadas. Él la sofocó con afecto, lamiendo cualquier parte de ella que estuviera a su alcance, llorando por la noche hasta que se rindió y llevó al cachorro a la cama, donde se acomodó alegremente contra ella. La calidez del pequeño cuerpo en la noche, de algún modo hacía más soportable la soledad.

Gradualmente el dolor se volvió menos agudo, su padre llegó y ella estuvo menos sola. Cuando creció, Kurama de a poco se fue distanciando, pasando de su cama a la alfombra que estaba a su lado, luego a la puerta, y finalmente abajo a la sala, como si él estuviera quitándole el hábito de su presencia.

Su acostumbrada mancha durmiente ahora estaba en la alfombra delante del hogar, aunque hacía periódicas recorridas por la casa durante la noche para asegurarse que todo en su mundo de perro estaba bien.

Hinata miró a Kurama, y sus pulmones se contrajeron de repente, comprimiéndose por el enorme sentido de pánico que se apoderó de ella. Él tenía cinco años. ¡Toneri había muerto hacía cinco años! La imposibilidad de esto la aturdió, sacudiéndola. Hinata miró fijamente, sin ver, al perro, con los ojos muy abiertos y fijos y su mano todavía en su cabeza.

Cinco años. Ella tenía treinta y un años, era una viuda que vivía con su padre y su perro, que no había tenido una cita en... Dios, casi dos años ahora, y habían sido en total sólo tres citas de todos modos. No había ningún vecino cerca, el motel la mantenía ocupada durante el verano cuando los viajes eran más fáciles, y se había propuesto no involucrarse con ninguno de los huéspedes, aunque no conoció a nadie con quien deseara involucrarse.

Herida, miró a su alrededor como si no reconociera su entorno. Había habido momentos antes, cuando la realidad de la muerte de Toneri la golpeaba con dureza, pero esto era diferente. Esto era como darse patadas en el pecho.

Cinco años. Treinta y uno. Los números siguieron haciendo eco en su mente, persiguiéndola en círculos como enloquecidas ardillas. ¿Qué estaba haciendo allí? Estaba viviendo su vida aislada en las montañas, tan inmersa en ser la viuda de Toneri Otsutsuki que había olvidado ser ella misma, administrando el pequeño y exclusivo centro de vacaciones que había sido el sueño de Toneri.

El sueño de Toneri, no el suyo.

Nunca había sido el suyo. Oh, había estado bastante contenta de venir a Konoha con él, ayudándolo a construir su sueño en ese paraíso desierto, pero su sueño había sido mucho más simple: un buen matrimonio, niños, el tipo de vida que sus padres habían disfrutado, penetrantemente dulce en su normalidad.

Pero Toneri se había ido, su sueño frustrado para siempre, y ahora el suyo también estaba en peligro.

No había vuelto a casarse, no tenía ningún hijo y tenía treinta y un años.

- Oh, Kurama - susurró.

Por primera vez comprendió que nunca podría volver a casarse y nunca podría tener una familia propia. ¿Adónde se había ido el tiempo? ¿Cómo se había marchado, inadvertido?

Como siempre, Kurama se dio cuenta de su humor y se colocó más cerca de ella, mientras lamía sus manos, su mejilla, su oreja, casi derribándola en su frenesí de simpatía. Hinata lo agarró y recobró su equilibrio, riéndose un poco a pesar de sí misma mientras limpiaba el último regalo del babeante perro.

- Está bien, está bien, no voy a compadecerme más de mí misma. Si no me gusta lo que he estado haciendo, entonces lo cambio, ¿correcto?

Su cola se meneaba, su lengua colgaba, y sonreía con su risa de perro que decía que él aprobaba su velocidad para deducir lo que ella debía hacer.

- Por supuesto - le dijo mientras bajaba por el sendero hacia la última cabaña - tengo otras cosas que considerar. No puedo olvidarme de papá. Después de todo, él vendió su casa y vino aquí por mí. No sería justo desarraigarlo de nuevo y decirle "gracias por tu apoyo, pero ahora es tiempo de que pasemos a otra cosa". ¿Y qué pasa contigo, papanatas? Estás acostumbrado a tener muchas habitaciones para vagar y, enfrentémoslo, tú no eres delicado.

Kurama trotaba detrás de ella, brincando en sus talones como un cachorro demasiado crecido y paró sus orejas cuando escuchó su tono. Era familiar, ya no triste, y entonces su cola se sacudió alegremente de un lado para otro.

- Quizás debería hacer un esfuerzo para salir más. El hecho de que haya tenido sólo tres citas en cinco años podría ser mi culpa – reconoció Hinata irónicamente.- Enfrentémoslo, la desventaja de vivir en un área remota es que no hay muchas personas alrededor. Bahh.

Kurama se paró en seco, sus brillantes ojos fijos en una ardilla que correteaba por el camino delante de ellos. Sin siquiera una mirada arrepentida por abandonarla, salió en furiosa persecución de la ardilla, mientras ladraba locamente. Eliminar de Konoha las villanas ardillas era la ambición en la vida de Kurama; aunque él nunca había atrapado una, no dejaba de intentarlo. Después de tratar infructuosamente de sacarle ese hábito, temiendo que se metiera con una ardilla rabiosa, Hinata había abandonado su esfuerzo y en cambio se había asegurado que siempre tuviera aplicada su vacuna contra la rabia.

La ardilla corrió al árbol más cercano y sólo se detuvo cuando estaba fuera del alcance de las arremetidas de Kurama, chillándole e incitando a Kurama a ladrar y saltar aún más, como si sospechara que estaba burlándose de él.

Dejando al perro con su diversión, Hinata se acercó al largo porche delantero de la última cabaña.

Aunque el pequeño centro de vacaciones había sido idea de Toneri, su sueño, entrar en una de las cabañas siempre le producía un sentimiento de orgullo. Él las había diseñado, pero fue ella la que las había decorado, encargándose de ellas. Los muebles eran diferentes en cada una, pero similar en su simplicidad y comodidad. Las paredes estaban decoradas con buen gusto, en lugar de tener destartaladas cabezas de ciervo compradas en las ventas de garaje. El mobiliario era bastante cómodo para una pareja en su luna de miel y suficientemente sólido para una partida de caza.

Había intentado hacer que cada uno se sintiera como en casa en lugar de estar en una cabaña alquilada, con las alfombras, las lámparas y los libros, así como con una cocina totalmente equipada.

Había radio pero no televisión, porque la recepción en las montañas era deficiente y la mayoría de los huéspedes mencionaban qué tranquila era su estancia sin ese aparato. Había una televisión en la cabaña de Hinata, pero esta sintonizaba una sola emisora durante el buen tiempo y ninguna en absoluto durante el mal tiempo. Estaba considerando invertir en una televisión con antena parabólica porque los inviernos eran muy largos y a menudo aburridos, y ella y su padre sólo podían jugar a las damas.

Si lo hiciera, pensó, podría agregar un receptor extra o dos de manera que un par de cabañas pudieran tener servicio de televisión para ofrecer como una opción. Las cosas no podrían permanecer igual; si mantenía el complejo de vacaciones, tendría que hacer cambios y mejoras continuamente.

Tomando una llave inglesa de su bolsillo lateral, cerró la válvula de agua de la cabaña, entonces comenzó a desagotar las cañerías. Las cabañas estaban eléctricamente calefaccionadas, así que cuando la energía se fuera, rápidamente se pondrían frías. Cada cabaña tenía un hogar, pero si viniera una ventisca, de ninguna manera podría abrirse camino de cabaña en cabaña, para encender el fuego y mantenerlo encendido.

Una vez hecho, aseguró las contraventanas, y cerró con llave la puerta. Kurama había perdido el interés en la ardilla y había estado esperándola en el porche.

- Ya está - le dijo. - Todo terminado. Y justo a tiempo, también - agregó, cuando un copo de nieve flotó delante de su nariz. - Vamos a casa.

Él entendió la palabra "casa" y brincó a sus pies, mientras jadeaba ávidamente. Un copo de nieve flotó delante de su nariz, y él lo corrió. Cayó otra lágrima maníaca, y el perro correteaba de un lado a otro, mientras saltaba sobre los copos de nieve e intentaba atraparlos. Su expresión invitó a Hinata reírse de él, y lo hizo, entonces se unió a él en una persecución de copos de nieve que se convirtió en un juego infantil, y terminó con ella corriendo y saltando en la nieve como cuando tenía cinco años.

Cuando llegó a la cabaña grande, estaba exhausta, jadeando más duramente que Kurama y riéndose tontamente de sus bufonadas.

Él alcanzó la puerta antes que ella, por supuesto, y como siempre estaba impaciente por entrar. Giró la cabeza para ladrarle, demandando que se apurara y abriera la puerta.

- Eres peor que un niño -, dijo ella, inclinándose sobre él para girar el pomo de la puerta.- No podías esperar para salir, y una vez que estuviste afuera, no puedes esperar para volver a entrar. Deberías disfrutar del aire libre mientras puedas, porque si esta nevada es tan mala como pienso que va a ser, pasarán un par de días antes que puedas salir a correr.

La lógica no hizo mella en Kurama. Simplemente movió la cola más rápido, y cuando la puerta se abrió, él se lanzó por la abertura, ladrando un poco mientras trotaba alrededor del espacioso, alfombrado piso, verificando todos los olores familiares antes de lanzarse hacia la cocina y salir otra vez, volviendo entonces con Hinata como diciendo, "yo he verificado las cosas afuera y está todo bien". Ella lo acarició, y después soltó su pesado abrigo de piel de oveja y lo colgó en el perchero del vestíbulo, suspirando con alivio ante la sensación de libertad y frescura.

Su hogar era hermoso, pensó, mirando alrededor. Ni grande, ni lujoso, pero definitivamente hermoso.

El frente del chalet era una pared de vidrio, permitiendo una vista maravillosa del lago y las montañas.

Una chimenea grande de piedra se elevaba y unía los dos pisos, y ventiladores gemelos de techo colgaban de vigas expuestas, haciendo circular el aire tibio que se elevaba, devolviéndolo al piso bajo.

Hinata tenía lo que se decía "dedo verde", y helechos lujuriosos y otras plantas domésticas daban al interior de la casa una frescura exuberante. El piso era de anchas tablas de madera, de color oro pálido y cubierto con gruesas alfombras en ricos matices de azul y verde. Una escalera elegantemente curvada iba hasta el primer piso, y la baranda blanca de la escalera continuaba a través del balcón.

Para Navidad ella siempre enrollaba luces y follaje verde sobre la baranda de la escalera y la del balcón, y el efecto era conmovedor.

Había dos dormitorios arriba, la habitación principal con baño y un dormitorio más pequeño, que ellos habían pensado utilizar como dormitorio de los niños, y en el piso inferior un dormitorio grande detrás de la cocina. Su padre utilizaba el dormitorio de abajo, diciendo que la escalera era dura para sus rodillas, pero la verdad era que el arreglo les dio a ambos más intimidad. La cocina era espaciosa y eficiente, con más espacio en los gabinetes de los que ella utilizaría jamás, una isla para cocinar que adoraba, y un enorme refrigerador-congelador de lado a lado que podía contener suficiente comida para alimentar a un ejército. Había también una despensa bien surtida, un pequeño lavadero y un tocador de servicio, y después que su padre se había mudado, Hinata había agregado un pequeño baño completo que conectaba con su dormitorio.

El efecto total era innegablemente hermoso y cómodo, pero cada vez que la electricidad se iba, Hinata deseaba que ellos hubieran tomado mejores decisiones acerca de qué había o no que conectar al generador. El refrigerador, el extractor, y el termotanque de agua estaban conectados. Para ahorrar dinero compraron un generador más pequeño, y decidieron no conectar la calefacción, las luces, ni ningún enchufe de pared excepto ésos en la cocina. En un apagón, habían razonado, la chimenea en la sala de estar proporcionaría suficiente calor. Desgraciadamente, sin el ventilador de techo trabajando para mantener el aire circulando, la mayor parte del calor producido por la chimenea iba directamente al primer piso. El primer piso estaría sofocante de calor, mientras que el de abajo quedaba helado. La situación era soportable, pero no cómoda, especialmente por un lapso de tiempo.

Olvídate de la antena parabólica, pensó. El dinero se gastaría mejor en un generador más grande y en mejorar la parte eléctrica.

Ella miró por las ventanas; aunque eran sólo las tres de la tarde, las nubes estaban tan pesadas que parecía que estuviera anocheciendo afuera. La nieve caía más rápido ahora, gruesa, pesados copos que ya habían cubierto el suelo de blanco en el poco tiempo que había estado adentro.

Tiritó de repente, aunque la casa estaba perfectamente confortable. Una gran olla de estofado de carne de vaca vendría muy bien, pensó. Y si la electricidad estaba apagada durante mucho tiempo, quizás terminaría terriblemente aburrida de estofado de carne de vaca, pero calentar un plato de eso en el microondas gastaría mucha menos energía del generador que cocinar una comida de la nada cada vez que tuviera hambre.

Pero quizás estaba equivocada. Quizás no nevaría tanto.

Continuará...