Capítulo 2
Ella estaba equivocada.
El viento empezó a rugir, enloquecido, y la nevada se volvió pesada. Con el anochecer, Hinata no pudo seguir mirando por las ventanas, así que abrió la puerta principal para asomarse fuera, y el viento salvaje empujó la puerta contra ella, casi golpeándola y haciéndola caer. La nieve irrumpió en el gran salón. No podía ver afuera nada más que una pared blanca.
Jadeando, asió la puerta y apoyó todo su peso contra ella, forzándola a cerrarse. El viento se coló por los bordes con un agudo gimoteo. Kurama le olió las piernas, asegurándose que estuviera bien, entonces le ladró a la puerta.
Hinata se retiró el pelo de la cara y soltó un profundo suspiro. Esto era una ventisca hecha y derecha, era una nevada terrible, donde el viento azotaba y movía la nieve e impedía toda visibilidad. El hombro le dolía donde la puerta la había golpeado, y la nieve se derretía en su piso encerado.
– No haré esto otra vez -, murmuró ella, yendo en busca de un cepillo y un trapo para secar el piso.
Mientras estaba limpiando el agua, las luces bajaron, después parpadearon brillantes otra vez. Diez segundos después, se apagaron.
Habiéndolo esperado, tenía una linterna a mano, y la encendió. Por un momento la casa estuvo misteriosamente silenciosa, entonces el generador arrancó automáticamente y en la cocina el refrigerador volvió a la vida. Ese ruido apagado fue suficiente para desterrar la alarmante sensación de estar incapacitada.
Por anticipado, Hinata había sacado las lámparas de aceite. Encendió la lámpara en la repisa de la chimenea, después acercó un fósforo a la leña seca y al rollo de periódico bajo los troncos que ya había colocado. Pequeñas llamas amarillas y azules lamieron el papel, elevándose para encender la leña. Miró el fuego por un momento para cerciorarse que había agarrado, y entonces fue encendiendo las otras lámparas, girando las mechas dejándolas bajas para que no humearan. Normalmente no hubiera encendido tantas lámparas, pero normalmente no estaba sola, tampoco. Nunca había pensado que era tímida y tampoco que la atemorizada la oscuridad, pero algo acerca de estar solo en una ventisca era un poco atemorizante.
Kurama se acomodó en la alfombra, su hocico descansando sobre sus patas delanteras. Totalmente tranquilo, él cerró sus ojos.
- No deberías excitarte tanto -, le aconsejó Hinata al perro, y le respondió poniéndose de lado y estirándose.
No había habido señal de la televisión en toda la tarde, y la radio emitía en su mayor parte estática.
La había apagado más temprano pero ahora la cambió para que operara con batería y la encendió otra vez, esperando que la recepción fuera mejor. No lo era. Suspirando, la apagó otra vez. Porque, a este ritmo, quizás pasaría un par de días antes aprendiera que había una ventisca.
Era demasiado temprano para acostarse; se sentía como si debiera estar haciendo algo, pero no sabía qué. Inquieta anduvo dando unas vueltas, el chillido le estaba atacando los nervios. Quizá un baño ayudaría. Subió las escaleras, desnudándose a medida que subía. El calor se iba intensificando, y como la puerta de su dormitorio estaba abierta, la habitación estaba caldeada.
En vez de darse una ducha, llenó la tina con agua y se hundió hasta el cuello, su pelo negro sujeto encima de la cabeza y la luz parpadeante de una lámpara alumbrándola. La carne desnuda brillaba en el agua, curiosamente diferente a la luz de lámpara; sus curvas estaban muy iluminadas y las sombras se profundizaban así que los senos parecían más voluptuosos, el pelo de su entrepierna más oscuro y misterioso.
No era un mal cuerpo, para tener treinta y uno, pensó mientras se inspeccionaba. De hecho, era un maldito buen cuerpo. El trabajo duro mantenía su cuerpo delgado y tonificado. Sus senos eran grandes, altos y bien formados; el vientre estaba plano, y tenía un lindo trasero.
Era un cuerpo que no había tenido sexo en cinco años largos.
Inmediatamente hizo una mueca de dolor ante ese pensamiento. Aunque había disfrutado haciendo el amor con Toneri, en general no estuvo atormentada por la falta de sexo. Hasta un par de años después de su muerte, no había sentido el más leve cosquilleo de necesidad sexual. Eso había cambiado gradualmente, pero no hasta el punto de generar en ella la suficiente frustración como para hacer algo al respecto. Ahora, sin embargo, sus entrañas se apretaron con una oleada aguda de necesidad. Quizá el baño de inmersión había sido un error, el roce del agua tibia en su cuerpo desnudo, era demasiado parecido a un toque, a una caricia.
Las lágrimas quemaban sus ojos y los cerró, recostándose y hundiéndose aún más profundamente en el agua, permitiendo que la envolviera. Ella deseaba sexo. Los duros embates, el sudor, su sexo latiendo de deseo. Y ella quería amar otra vez, ser amada otra vez. Ella quería la cercanía, el calor, el poder extender la mano en la noche y saber que no estaba sola. Ella quería un bebé. Quería ir andando lentamente con los senos hinchados y el vientre abultado, la vejiga bajo presión constante, sintiendo a su niño retorciéndose de ella.
Oh sí, ella lo deseaba.
Se permitió cinco minutos más de lástima por sí misma, entonces inspiró profundamente y se incorporó enérgicamente, usando los dedos del pie para abrir el desagüe. Una vez parada, cerró la cortina para no mojar el piso y abrió la ducha, aclarando al mismo tiempo el jabón y la melancolía.
Quizá no tuviera un hombre, pero tenía un pijama de franela grueso y agradable, y se lo puso, gozando con el calor y el consuelo. El pijama de franela poseía el mismo poder de consuelo que un tazón de sopa caliente en un día frío, un subliminal "allí, allí".
Después que cepillarse los dientes y el pelo, humectarse el rostro, y ponerse un par extra-grueso de calcetines, se sentía considerablemente mejor. Consentirse con un baño caliente, el llanto, y un ataque de autocompasión era algo que no había hecho en mucho tiempo, y que había ido postergando. Ahora que el ritual había quedado atrás, se sentía lista para enfrentarse a una ventisca.
Kurama estaba acostado al pie de la escalera, esperándola. El se meneó en saludo, y se extendió delante del último escalón por lo que tuvo que dar un paso sobre él.
– Podrías moverte -, le dijo, mientras seguía caminando. No hizo caso de la insinuación, asumiendo era su derecho tirarse dondequiera que quisiera.
Después del calor de arriba, abajo estaba fresco. Avivó el fuego, entonces calentó en el microondas una taza de chocolate. Con el chocolate, un libro, y una pequeña lámpara para leer que operaba a pilas, se instaló en el sofá. Cojines detrás de su espalda y una manta sobre sus piernas agregaron el toque perfecto. Tranquila, mimada, cómoda, se perdió en el libro.
Las horas de la noche llegaron. Dormitó, despertó, echó una ojeada al reloj en la repisa de chimenea: diez y cincuenta. Debía acostarse, pensó, pero levantarse solo para poder acostarse otra vez parecía ridículo. Por otro lado, tenía que levantarse de todos modos para atender el fuego, que estaba bajo.
Bostezando, agregó un par de troncos al fuego. Kurama se acercó a mirar, y para que Hinata lo acariciara detrás de las orejas. De repente él se puso tieso, las orejas levantadas, un gruñido retumbado en la garganta. Corrió hacia la puerta principal y se paró frente a ella, ladrando furiosamente.
Había algo afuera.
Ella no sabía cómo Kurama podría oír algo sobre el rugido del viento, pero confiaba en la agudeza de sus sentidos. Tenía una pistola en el cajón de su mesita de noche, pero eso era arriba y el rifle de su padre estaba mucho más cerca. Corrió hacia el dormitorio, los calcetines deslizándose sobre el piso encerado; al llegar asió el rifle y la caja de balas del estante de abajo. Llevó ambos al hall central donde podía ver, y cargó cinco balas en el cargador.
Entre el viento y los ladridos de Kurama, no podía oír nada más.
- ¡Kurama, cálmate! – le ordenó. – Ven aquí, chico -. Ella se tocó el muslo, y con una preocupada mirada hacia la puerta, Kurama trotó hasta pararse al lado de ella. Le acarició la cabeza, murmurándole un elogio. Él gruñó otra vez, cada músculo de su cuerpo en tensión mientras se paraba delate de ella y empujaba contra sus piernas.
¿Fue eso un golpe en el pórtico? Esforzando las orejas, mientras tocaba a Kurama para que estuviera callado, inclinó la cabeza y escuchó. El viento aullaba.
Su mente volaba, pensando en todas las posibilidades. ¿Un oso? Normalmente ellos estarían en sus guaridas para esta época, pero el tiempo había estado templado. Puma, lobo… evitaban a los humanos y a una casa, si era posible, ¿podría una ventisca volverlos lo suficientemente desesperados para buscar el mismo refugio que los animales tímidos y cautelosos, ignorando sus instintos?.
Algo golpeó contra la puerta, duramente. Kurama se alejó de ella, cargando contra la puerta, ladrando enloquecido otra vez.
El corazón de Hinata latía con fuerza, sus manos sudaban. Se restregó las manos en su pijama y agarró el rifle más fuertemente.
- ¡Kurama, estate quieto!
El perro la ignoró, ladrando aún más fuerte al sonar otro golpe, éste lo suficientemente fuerte para sacudir la puerta.
¿Oh, Dios, sería un oso? La puerta probablemente aguantaría, pero las ventanas no lo harían, no si el animal estaba determinado a entrar.
- Auxilio.
Ella se congeló, no segura de haber oído la amortiguada palabra.
- ¡Kurama, cállate! - gritó ella, y el tono de su voz calló brevemente al perro.
Ella se acercó a la puerta, el rifle preparado en sus manos.
–¿ Hay alguien ahí? – Preguntó.
Otro golpe, mucho más débil, y algo que sonó como un gemido.
-Dios Mío -, susurró, pasando el rifle a la otra mano y acercándose para destrabar la puerta.
Había una persona afuera con este tiempo. Ella ni siquiera había considerado esa posibilidad, porque estaba muy alejada de la carretera principal. Cualquiera que hubiera dejado la protección de su vehículo no habría sido capaz de llegar a su casa, no en estas condiciones.
Abrió la puerta y algo blanco y pesado chocó contra sus piernas. Ella gritó, tambaleándose hacia atrás. La puerta chocó contra la pared, y el viento desparramó nieve por todas partes sobre el piso, entonces chupó el calor de la cabaña con su aliento helado.
La cosa blanca en su piso era un hombre.
Hinata dejó el rifle a un lado y lo asió de los brazos. Ella apoyó bien las piernas, tratando de arrastrarlo a través del umbral y así poder cerrar la puerta, y gruñó cuando solo logró moverlo unas pocas pulgadas. ¡Maldición, él era pesado!. Bolitas de hielo golpearon su cara como abejas, y el viento era increíblemente frío. Ella cerró sus ojos contra el ataque violento y se preparó para otro esfuerzo. La desesperación le dio fuerzas; tiró hacia atrás, acarreando al hombre. Ella cayó, el peso del hombre sujetándola al piso, pero sus piernas estaban sobre el umbral.
Kurama estaba a su lado él mismo preocupado, ladrando y oliscando, a veces gimoteando. Empujó con su hocico la cara de Hinata, dándole un rápido lamido, como animándola, sin saber si era para ella o para él mismo; después él olió al extraño y volvió a ladrar. Hinata juntó fuerzas para un nuevo intento, y dejó al hombre completamente adentro.
Jadeando, se apoyó contra la puerta y luchó para cerrarla. El viento arremetió contra ella, como enfurecido por haber sido dejado afuera. Ella podía sentir la pesada puerta estremecerse bajo el violento ataque. Hinata aseguró el cerrojo, entonces volvió su atención al hombre.
Él tenía que estar muy mal. Frenéticamente se arrodilló al lado de él, sacudiéndole la nieve y el hielo que cubría sus ropas y la toalla que él había envuelto sobre su cara.
-¿ Puede usted oírme? - preguntó ella insistentemente. -¿ Está despierto?
Él estaba mudo, fláccido, ni siquiera tiritaba, lo que no era un buen signo. Ella empujó la capucha de su pesado abrigo y desenvolvió la toalla de su cara, después la utilizó para limpiar la nieve de sus ojos.
Su piel estaba blanca por el frío, sus labios azules. De la cintura hacia abajo, sus ropas estaban mojadas y cubiertas por una capa de hielo.
Tan rápidamente como le fue posible, dado su tamaño y la dificultad para sacarle la ropa mojada que se había congelado a un hombre inconsciente, congelado y tieso, ella empezó a desnudarlo. Los guantes gruesos fueron lo primero, después el abrigo. No tenía tiempo de inspeccionar para ver si los dedos estaban congelados, pero se movió hacia abajo, a sus pies y empezó a desenlazar las botas aislantes, y luego a quitárselas. Él llevaba dos pares de calcetines, y se los sacó. Los pies estaban helados. Volviendo a subir, empezó a desabrochar su camisa y sólo entonces advirtió que él llevaba el uniforme de un delegado del sheriff, la camisa se estiraba apretada a través del pecho y los hombros.
Bajo la camisa llevaba un jersey térmico, y abajo una camiseta. Había estado preparado para un tiempo frío, pero no para ser agarrado en el exterior. Quizá su vehículo se había salido del camino, aunque ella no sabía cómo podía haber avanzado semejante distancia bajo estas drásticas condiciones.
No era nada menos que un milagro, o pura casualidad, que hubiera logrado tropezar con la casa. Por lógica, tendría que haber muerto afuera, en la nieve. Y a menos que pudiera hacerlo entrar en calor, todavía podía morir.
Dejó las tres camisas en un montón, entonces atacó la hebilla del cinturón. Estaba cubierta de hielo, el cinturón mismo congelado y tieso. Aún la cremallera de su bragueta estaba helada. Incapaz de ver en la tempestad, debía haber entrado en el lago; lo maravilloso era que hubiera logrado permanecer de pie y no haberse sumergido completamente. Si se hubiera hundido y mojado la cabeza, no hubiera sido capaz de llegar a la casa; la mayor parte del calor del cuerpo se pierde por la superficie del cuero cabelludo.
Luchó con la tela tiesa, utilizando toda su fuerza para quitarle sus pantalones. La ropa interior térmica de abajo era aún más difícil porque se adhería. Finalmente quedó en su piso sobre un charco de nieve y hielo fundido, vestido sólo con sus calzoncillos blancos. Pensó en dejárselos, pero estaban húmedos también, y mantenerlo caliente era más importante que preservar su modestia. Se los bajó por sus piernas y los tiró en el montón de ropas mojadas.
Ahora tenía que secarlo y abrigarlo. Corrió al cuarto de baño de abajo y recogió algunas toallas, y después arrancó las mantas de la cama de su padre. Volvió corriendo. El hombre no se había movido de su posición extendida en el piso. Lo arrastró fuera del charco, apresuradamente lo secó, estiró una manta en el piso y lo hizo girar hasta que quedó encima. Envolviendo la manta alrededor de él, lo arrastró delante del fuego. Kurama lo olió, gimoteado, y luego se acostó a su lado.
- Eso es muchacho, acurrúcate más cerca -, susurró Hinata.
Los músculos le temblaban por el esfuerzo, pero corrió a la cocina y calentó una de las toallas en el microondas. Cuándo la sacó, la tela estaba tan caliente que apenas la podía sostener.
Volvió corriendo al gran salón y envolvió la toalla caliente alrededor de la cabeza del hombre.
Entonces, resueltamente, se quitó sus propias ropas. Estaba desnuda bajo el pijama, pero cuando la vida de este hombre dependía de cuan rápido ella lo pudiera calentar, no podía perder tiempo en correr escaleras arriba para ponerse ropa interior. Asiendo la otra manta, la sostuvo delante del fuego hasta que estuvo caliente. Tiró de la manta que envolvía al hombre y la colocó alrededor de sus pies fríos; después, colocó la manta tibia sobre él, y entonces ella se deslizó bajo ella, con él.
Compartir el calor del cuerpo era la mejor manera de combatir la hipotermia. Hinata se apretó contra su helado cuerpo, forzándose a no estremecerse cuando su piel helada tocó la suya.
Oh, Dios, él estaba tan frío.
Se subió sobre él, puso sus brazos a su alrededor, apretando su cara tibia contra él.
Masajeó sus brazos y hombros, le metió las manos bajo su vientre, acunó sus orejas hasta que estuvieron calientes. Deslizó los pies sobre sus piernas, de arriba abajo, alejando el frío, masajeando la sangre por sus venas.
Él gimió, un débil sonido que apenas se escuchaba salió de sus labios abiertos.
- Eso es -, murmuró ella. - Despierta, cariñito -. Ella acarició su cara, su barba crecida le raspó la palma. Sus labios ya no estaban azules, pensó ella.
La toalla alrededor de su cabeza se había enfriado. Hinata lo desenvolvió y salió de debajo de la manta, entonces corrió a la cocina y recalentó la toalla en el microondas. De vuelta en el gran salón, le puso la toalla alrededor de la cabeza, y se metió bajo la manta con él otra vez. Él era alto, y ella no lo era; no podía llegar a todo él al mismo tiempo. Se deslizó hacia abajo y le abrigó los pies con los suyos, rizando los dedos de los pies sobre los suyos hasta que la carne agarró algo del calor de su cuerpo.
Resbalando su cuerpo hacia arriba, ella se le colocó encima otra vez. Él era puro músculo, y eso era bueno, porque los músculos generaban calor.
Él comenzó a tiritar.
Continuará...
