Capítulo 3
Hinata lo sostuvo, murmurándole, tratando de hacerlo hablar con ella. Si pudiera hacer que se despertara para beber algo de café, el calor y la cafeína sería algo que a larga lo despertaría, pero tratar de verter café caliente en un hombre inconsciente era una forma de ahogarlo y quemarlo.
Él gimió otra vez, e hizo una rápida aspiración. Hizo un movimiento brusco con la cabeza, quitándose la toalla. El calor le había secado el pelo; era claro, con reflejos como de bronce al resplandor del fuego. Hinata volvió a poner la toalla alrededor de la cabeza para evitar que perdiera nada del precioso calor corporal que él había ganado, y acarició su frente, las mejillas.
- Despierta, cariño. Abre tus ojos y habla conmigo -. Ella le murmuró, utilizando inconscientemente los términos cariñosos para alentarlo y engatusarlo a responder.
Las orejas de Kurama se alzaron, porque él estaba acostumbrado a que utilizara ese tono dulce cuando ella hablaba con él. Él volvió a acostarse a los pies del hombre, apoyándose contra ellos otra vez. Quizá podía sentir el frió de los pies a través de la manta; con esa piel gruesa, eso sería bueno para él. O quizá fuera el instinto que lo hacía querer abrigar al hombre. Hinata habló con Kurama también, diciéndole lo buen perro que era.
Los débiles y ocasionales temblores comenzaron a intensificarse. Estos arrasaron el cuerpo del hombre, poniéndole áspera la piel, retorciendo sus músculos. Los dientes se apretaron y empezaron castañetear.
Hinata lo sostuvo mientras lo sacudían las convulsiones. Él estaba sufriendo, apenas consciente, gimiendo y respirando fuerte. Trató de hacerse una pelota, pero ella lo abrazó más fuerte.
– Está bien, todo está bien -, volvió a decirle ella. - Despierta, por favor. Abre tus ojos.
Increíblemente, él obedeció. Sus párpados se abrieron apenas. Sus ojos estaban vidriosos, desenfocados. Después se cerraron otra vez, las pestañas oscuras descansaron en sus mejillas. Sus brazos se levantaron y se cerraron alrededor de ella, adhiriéndose desesperadamente a su calor cuando tuvo otro ataque de temblores incontrolables. Su cuerpo entero estaba tenso, estremeciéndose.
Era tan fuerte como un buey; sus brazos eran como bandas de acero alrededor de ella. Murmuró para apaciguarlo, frotando sus hombros, apretándose a él tanto como pudo. Su piel se sentía definitivamente más tibia ahora. Ella estaba caliente, sudando por el esfuerzo y por estar envuelta en la manta caliente. Estaba agotada por el esfuerzo de arrastrarlo a él adentro y de luchar para quitarle sus ropas, tanto como del estrés de saber que él moriría si ella no podía hacerlo entrar en calor.
Él se relajó bajo ella, el ataque de temblores había pasado. Respirando pesadamente. Se movió inquieto, levantando las piernas, arrancándose la toalla de su cabeza. La toalla parecía molestarlo, así que ella no se la volvió a colocar. En lugar de ello la dobló y le levantó la cabeza para deslizarla debajo, haciendo de almohada entre la cabeza y el duro piso.
Al principio él había estado demasiado frío, y la situación era demasiado urgente, para que lo advirtiera, pero ahora se estaba dando cuenta de las sensaciones producidas por su cuerpo desnudo contra el suyo. Él era un hombre alto y bien construido, con un agradable pecho peludo e incluso más que agradables duros músculos. Buen mozo también, ahora que sus facciones no estaban apretadas y azules. Sus pezones hormigueaban al rasparse con el vello de su pecho, y Hinata supo que era tiempo de levantarse. Empujó suavemente contra él, tratando de levantarse, pero él gimió y apretó sus brazos, tiritando otra vez, así que se permitió a sí misma relajarse.
Los temblores no eran tan violentos. Él tragó y lamió sus labios, y sus ojos parpadearon, abriéndose otra vez, apenas por un segundo. Entonces pareció dormitar, y como estaba tibio ahora, Hinata no se alarmó. Sus propios músculos temblaban por el agotamiento. Cerró sus ojos también, descansando por apenas un minuto.
El tiempo pasó. Medio dormida, tibia, agotada por la fatiga, no sabía si había pasado un minuto, o una hora. La mano de él bajó hacia su trasero, curvándose sobre una de sus redondeadas nalgas. Él se movió bajo ella, moviendo sus musculosas piernas, deslizándolas entre sus muslos. Su grueso pene empujando contra su expuesta entrada.
Sucedió tan rápido, que estaba dentro de ella antes que estuviera completamente despierta. Él se dio vuelta, sujetándola bajo él en la manta, montándola, metiendo su pene en ella, profundamente, con empujones rápidos y duros. Después de cinco años de castidad, la penetración la lastimaba, estirando su vagina para dar cabida a su grueso miembro, pero se sentía bien también. Desorientada, increíblemente excitada, Hinata arqueó las caderas y lo sintió penetrar profundamente, empujando su útero. Hinata gritó, jadeante, arqueando el cuello hacia atrás al notar las sensaciones que llegaban hasta sus terminales nerviosas.
No hubo delicadeza, ningún persistente juego previo. Él empezó simplemente a empujar, su pesado cuerpo manteniéndola abajo, y ella envolvió sus brazos y piernas alrededor de él y encontró sus empujes con sus propios empujones inconscientes. A la suave luz del fuego y de la lámpara ella vio su cara, sus ojos estaban abiertos ahora, muy azules y todavía aturdidos, su expresión absorta en la dureza de su reacción física. Él operaba únicamente con su instinto animal, su cuerpo despertado por la cercanía del suyo, por la desnuda intimidad que había sido necesaria para salvar su vida. Él sólo estaba enterado que estaba abrigado y vivo, y del desnudo cuerpo de ella entre sus brazos.
En un nivel puramente físico, el placer era más intenso que cualquiera que hubiera conocido jamás.
Nunca se había sentido más mujer, nunca fue tan agudamente conciente de su propio cuerpo, ni de la ruda masculinidad de un hombre. Ella sentía cada pulgada de su pene grueso y duro mientras él se impulsaba dentro y fuera de ella, sentía la excitación, dándole la bienvenida y aferrándolo con su carne interior mientras cada estocada la llevaba más y más cerca del clímax. Ella estaba intolerablemente caliente, su piel ardía, temblando por ese placer que estaba apenas fuera de su alcance. Aferró su trasero, apretándolo contra ella y hundiéndose tan profundamente en él como le era posible, gritando cuando la intensidad del placer llegó a ser demasiado. Él dio un grito ronco y se convulsionó, corcoveó, las caderas bombeando, eyaculando, derramando su semen caliente en Hinata, que sintió que se disolvía en un agonizante placer.
Él se hundió en ella, temblándole cada músculo, el corazón latiéndole violentamente, su respiración rápida y jadeante. Tan sacudida y aturdida como él, lo abrazó y lo mantuvo cerca.
Increíblemente, ellos se durmieron. Escurrida, vacía, hueca, sentía la oscuridad que descendía sobre ella y no pudo hacer nada para resistirla. Él estaba débil y pesado encima de ella, ya dormido. Logró tocarle la mejilla, apartar su claro pelo de la frente, y entonces se rindió a la necesidad agobiante de descansar.
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Un tronco al desplomarse la despertó. Se movió, dando un respingo cuando sus músculos protestaron por la dureza del piso bajo ella, y el pesado cuerpo que la apretaba contra él. Confusa, al principio pensó que estaba soñando. Esto no podía ser real, ella no podía estar yaciendo desnuda en el piso con un hombre extraño, que estaba también completamente desnudo.
Pero Kurama dormitando en su lugar acostumbrado, el aullido del viento, y el suave parpadeo de la luz de la lámpara, le recordó la ventisca. Todo quedó en su lugar.
Y de repente se dio cuenta de que él estaba también despierto. Aunque estaba acostado sobre ella todavía, cada músculo estaba tenso, y su pene todavía anidado dentro de ella crecía más grueso y más largo a cada segundo.
Si estaba confundida, no podía imaginarse lo desorientado que él estaría. Suavemente ella tocó su espalda, acariciando con la palma toda la extensión de sus músculos.
– Ya estoy despierta -, murmuró ella, su toque diciéndole que estaba allí porque quería, que todo estaba bien.
Él levantó la cabeza, y sus ojos la encontraron. Sintió un golpe casi palpable al mirar fijamente esos ojos azules, ojos que estaban completamente concientes y revelaban la agudeza de la personalidad detrás de ellos, así como su comprensión de la situación.
Hinata se ruborizó. Las mejillas le ardían y casi gimió en voz alta. ¿Qué se le debía decir a un hombre al que se acababa de conocer, cuándo una yacía desnuda debajo de él y su erección se alojaba firmemente dentro de ella?.
Él pasó la punta de sus dedos por sus labios, después le tocó levemente la mejilla caliente.
–¿Quieres que pare? - murmuró él.
La primera vez la había agarrado desprevenida, pero Hinata era siempre brutalmente honesta consigo misma, y no iba a fingir que no había estado dispuesta. Esta vez, sin embargo, ambos estaban plenamente concientes de lo que estaban haciendo. No paró a analizar o cuestionar su respuesta; simplemente la dio.
- No,- susurró ella. -No pares.
Entonces, él la besó, un beso tan gentil y explorador como si nada hubiera pasado jamás entre ellos, como si él no estuviera ya dentro de ella. Él la cortejó como si fuera la primera vez, besándola durante mucho tiempo hasta que la boca de Hinata se inclinó con ansia bajo la suya, hasta que ambas lenguas se trenzaron. Las manos de él fueron tiernas con sus senos, aprendiendo cómo que ella quería ser tocada, sobando sus pezones hasta convertirlos en tensos picos. Le acarició el vientre, las caderas, entre las piernas. Él lamió la punta de sus dedos y acarició con ellos el brote ultrasensible que era su clítoris, exponiéndolo, haciéndola boquear y arquear sus caderas. Él gruñó ante la sensación resultante al tomarlo ella aún más profundamente.
Pensó que moriría por el sensual tormento antes que él finalmente empezara moverse, pero ella estaba gozando tanto que no lo urgió a que se apurara, no se había dado cuenta de cuán hambrienta estaba de esto, de la atención de un hombre, de su cuerpo, de la exquisita liberación de hacer el amor.
Aún su frustración de más temprano, en el baño, no la había preparado para su total rendición a la sensualidad. Gozó de cada beso, cada toque, cada caricia. Se adhirió a él y devolvió sus caricias, tratando de devolverle parte del placer que él le daba, y a juzgar por sus gemidos, tenía éxito.
Llegó el momento cuando ellos no necesitaron más los toques gentiles, cuándo nada mas importó el latido que llevaba al orgasmo. Hinata se permitió a sí misma perderse en la urgencia del momento, permitió que su cuerpo se ahogara de puro placer… y entonces él la excitó otra vez, susurrándole,
-Déjame sentirlo otra vez, déjame sentir como te corres otra vez.
Él mantuvo su control, apenas. Cuándo los pulsos de su tercer orgasmo empezaron, él emitió un sonido profundo e indefenso con la garganta y se estremeció sobre ella.
Esta vez no se permitió el lujo de dormirse. Esta vez él se retiró suavemente y se desplomó en la manta al lado de ella. Su mano buscó la suya, apretando sus dedos con su palma callosa.
- Dime que sucedió -, dijo él finalmente, en voz baja y serena. - ¿Quién eres?
Una presentación a esta altura parecía insoportablemente embarazosa. Hinata se ruborizó otra vez, y se aclaró la garganta.
– Hinata Hyuga
Los ojos azules examinaron su rostro.
– Uzumaki. Naruto Uzumaki.
El fuego estaba apagándose. Necesitaba agregar otro par de troncos, pero levantarse y pararse desnuda delante de él, era de algún modo imposible. Echó una mirada alrededor buscando su pijama y, con un angustiante desconcierto, se dio cuenta de que necesitaba el baño antes de ponérselo.
Él vio hacia donde estaba mirando, y no sintió la misma modestia. Despegando su larga estatura del piso, dio un paso hacia el montón de madera y abasteció de nuevo el fuego. Hinata hizo con él exactamente lo que ella había estado demasiado avergonzada para permitir que él se lo hiciera a ella, le echó una buena mirada, de la cabeza a los pies. Le gustó lo que veía, cada pulgada de él. Sus músculos estaban delineados por la luz del fuego, revelando la inclinación y la curva de los amplios hombros, su pecho ancho, los largos músculos, fuertes y marcados. Sus nalgas eran redondas, firmes.
Aún flácido, su pene era fascinantemente grueso, y los testículos se columpiaban pesadamente debajo de ellos. Naruto Uzumaki. Hinata repitió su nombre en su mente, las sílabas fuertes y vigorosas.
Kurama miró un poco malhumorado cuando lo despertaron. El se levantó y olió al extraño, y movió la cola cuando el hombre se inclinó para acariciarlo.
- Recuerdo al perro ladrando -, dijo Naruto Uzumaki.
- Él te oyó antes que yo. Su nombre es Kurama.
- ¿Kurama? -. Él la miró, sus ojos azules incrédulos. - ¿Él es gay?.
Hinata farfulló, riendo.
- No, es sólo un eterno optimista, perro tonto. Piensa que el todo el mundo está aquí para acariciarlo a él.
- Puede tener razón -. Naruto estudió la masa empapada de su ropa, el charco de agua en el piso. – ¿Cuánto tiempo he estado aquí?.
Ella miró el reloj. Dos y treinta.
- Tres horas y media -. Muchas cosas habían pasado en tan poco tiempo, y sentía como si sólo hubiera pasado una hora en vez del casi el doble de eso. - Yo te arrastré hasta aquí y te quité la ropa. Debes haber entrado en el lago, porque estabas mojado de la cintura para abajo. Yo te sequé y te envolví en una manta.
- Sí, recuerdo haber entrado al agua. Sabía que este lugar estaba por aquí, pero yo no podía ver una maldita cosa
- No me imagino como hiciste para llegar tan lejos. ¿Por qué estabas a pie? ¿Has tenido un accidente? Y¿por qué estabas afuera con este tiempo de todos modos?.
-Estaba tratando de llegar a Kore. El Blazer se salió del camino y estalló el parabrisas, así que no pude permanecer allí. Como dije, sabía que este lugar estaba aquí, y tenía una brújula. No tenía muchas opciones salvo la de tratar de llegar aquí.
- Eres un milagro caminando -, dijo Hinata francamente. – Por lógica, deberías estar muerto afuera en la nieve.
- Pero no lo estoy, gracias ti -. Él volvió a la manta y se extendió al lado de ella, su mirada sombría.
Tomó un zarcillo de pelo negro, frotándolo entre sus dedos antes de acomodarlo detrás de su oreja.
- Sé que cuando te metiste bajo la manta para mantenerme abrigado, tu no esperabas que te saltara tan pronto estuve medio consciente. Dime, Hinata: ¿tú lo deseabas?
Ella se aclaró la garganta.
– Yo... yo estaba sorprendida -. Hinata le tocó la mano. – No me forzaste. ¿Cómo puedes decir eso?.
Él cerró brevemente sus ojos con alivio.
– En realidad no tengo una clara idea de lo que sucedió hasta que desperté encima de ti. Al menos, recuerdo lo que hice y lo que sentí, pero no estaba seguro que tu sintieras lo mismo -. Extendió la mano sobre su vientre y lo acarició levemente, subiendo hasta cubrir el seno. - Pensé que quizá había perdido la razón, despertándome con una pequeña belleza morena, de ojos perlas y desnuda pegada a mí.
- Estrictamente hablando, yo no estaba a tu lado. Estaba encima de ti -. Su cara se puso colorada otra vez. ¡Cómo odiaba ruborizarse! - Pareció la mejor manera de mantenerte caliente.
- Funcionó -, dijo él, y por primera vez una sonrisa curvó su boca.
Hinata casi perdió el aliento. Era tremendamente atractivo antes que guapo, pero cuando él sonrió, el corazón le dio un vuelco. Debe ser la química, pensó ella, aturdida. Había visto a muchos hombres buen mozos; Toneri había sido buen mozo, en una definida y clásica manera. Pero lo que sus ojos veían y su cuerpo sentía eran dos cosas diferentes, y nunca había experimentado una respuesta sexual tan fuerte ante ningún otro hombre. Quería hacer el amor otra vez, y antes de rendirse a la necesidad, se forzó a recordar que él había pasado por una espantosa, físicamente agotadora prueba.
- ¿Quieres un café? – preguntó Hinata apresuradamente, levantándose. Evitó cuidadosamente mirarlo mientras recogía su pijama. - ¿O algo de comer? Hice una olla grande de estofado ayer. ¿O que te parece un baño caliente? El calentador está conectado al generador, así que tenemos mucha agua caliente.
- Eso suena bien -, dijo él, parándose también. – Todo.
El se estiró y agarró sus brazos, girándola para que lo mirara. Inclinando su cabeza, él le dio otro de esos dulces, tiernos besos.
– Y también quiero hacerte el amor otra vez, si me lo permites.
Nada como esto le había sucedido jamás antes. Hinata lo miró. El corazón dio otra voltereta, y supo que no le iba a poner un alto a esto, ahora. Mientras la ventisca durara, ella y Naruto Uzumaki estaban juntos, y quizás nunca tuviera otra oportunidad como esta.
– A mí también me gustaría eso -, consiguió decir.
-¿Quizás en la cama en lugar del piso?.
Naruto acariciaba sus pezones con su pulgar haciéndolos ponerse duros y erectos.
- Subiendo la escalera -. Hinata tragó. – Está más templado arriba, porque el calor sube. No pude subirte, así que yo te puse delante de la chimenea.
- Yo no me estoy quejando -. Naruto le levantó los brazos y tiró del pijama, sacándoselo y dejando que cayera al piso. – Pensándolo bien, olvidémonos del café y el estofado. Del baño también, a menos que estés planeando estar en la tina conmigo.
Hinata no lo había pensado, pero no era una mala idea. Ella se arrojó en sus brazos olvidándose de todo menos de la terrenal magia que sus cuerpos creaban juntos.
Continuará...
