Capítulo 16


Temari

Entré hecha una furia en la casa donde crecí y comencé a gritar.

—Mamá, ¿cómo has podido? —exigí, lanzando el bolso sobre la mesa y quitándome los zapatos de tacón—. Sabías que Naruto trabaja en Uchiha Seguridad, ¿verdad? Y me imagino que Gaara también lo sabía. ¡Menudo capullo!

—Querida, por favor, no te enfades. Piensa en tu nuevo empleo y en lo mucho que has disfrutado trabajando allí durante estas dos semanas. Es una oportunidad única para ti. Sé que aprecias a Naruto a pesar de lo que haya podido ocurrir entre vosotros —me amonestó.

«Sí, claro, mamá. Esto no es nuevo para mí». Miré a mi madre, totalmente alucinada de que hubiera podido ocurrírsele manipularme de esa manera.

—Él siempre ha sido muy bueno conmigo... —Se interrumpió y tomó un sobro del gintonic mientras intentaba parecer inocente. Se le daba muy bien, también.

—¿Fue cosa de Naruto que me sugirieras este trabajo? ¿Me ha recomendado Gaara? —Se me ocurrieron de pronto aquellos pensamientos y sentí la necesidad de atacar a alguien—. Espera un momento, mamá, ¿qué quieres decir con que siempre ha sido muy bueno contigo? —Estaba a punto de echar humo por las orejas al darme cuenta de que había sido mi propia familia la que me había engañado para conseguir que regresara a Inglaterra y a Naruto. Sin embargo, en mi teoría había algo que no encajaba; Naruto no había actuado como si estuviera esperándome. De hecho, parecía tan sorprendido de verme de nuevo como yo de verlo a él. Nadie le había dicho que me habían contratado, apostaría todos mis ahorros.

De pronto todo encajó. Mi familia había conspirado para juntarnos de nuevo.

Y eso ¡no iba a ocurrir!

—Bueno, Naruto siempre ha sido un encanto, Temari, querida. Reconócelo. Siempre ha sido de mucha ayuda, sobre todo después de que muriera tu padre. —La vi tomar otro saludable trago de gintonic e hipar—. S-se pasa por aquí con cierta regularidad, querida. Jamás te he dicho nada porque me pidió, específicamente, que no te molestara con esas cosas.

—¿De verdad, mamá? ¿Qué será lo siguiente? ¿Hacerme caminar por una tabla sobre aguas infestadas de tiburones?

Me sentía absolutamente anonadada por lo que estaba oyendo.

—Oh, no seas melodramática, Temari.

—¡Mamá! —Mi madre necesitaba seguir su propio consejo sobre los melodramas, pero me ignoró para continuar cantando alabanzas sobre Naruto.

—Se hizo cargo de la reparación de mi coche y me ayudó también cuando esa horrible tormenta derribó el olmo del jardín delantero. La verdad, no sé cómo nos las hubiéramos arreglado si no hubiera sido por él. Ya sabes que lo considero un hijo más, y siempre lo haré. —Bebió otro sorbo y, a continuación, me miró arqueando aquella elegante ceja suya por encima del borde del vaso.

Increíble. Crucé los brazos y la miré como si le hubiera crecido una segunda cabeza. No sabía qué responder, me sentía disgustada y traicionada, así que me dirigí al cuarto de baño con intención de darme un largo baño.

—Equivocaste la vocación, mamá —grité con todas mis fuerzas desde la mitad del pasillo para que me oyera antes de que cerrara la puerta del cuarto de baño—. Deberías haber sido actriz.

Mientras se llenaba la bañera, llamé a mi hermano.

—¿Qué tal, hermanita? —Sonaba muy alegre al otro lado de la línea y por el ruido de fondo deduje que estaba en un pub.

—¡Vete a la mierda, Gaara!

—Vale. Lo cierto es que no es la primera vez que me mandan allí hoy.

—No me sorprende lo más mínimo, ¡idiota! —grité justo antes de colgar.

Durante el tiempo que estuve sumergida en el agua, estuve pensando sin distracciones que me entretuvieran. La impresión por haber visto a Naruto de nuevo era muy poderosa, y el dolor seguía allí.

Sí, definitivamente, seguía en mi interior.

Verlo todos los días iba a resultar muy duro para mí. ¡Oh, Dios!, ¿cómo demonios iba a conseguirlo? ¿Lo lograría? No quería renunciar a mi trabajo, pero me planteé hacerlo.

Lo cierto es que no sabía nada de la vida de Naruto desde que rompimos. Él había respetado mis deseos y jamás intentó buscarme. Había leído mi nota y hecho lo que le pedía. ¿Cómo iba a abandonar a Samui después de que tuviera a su hijo? Sabía que no hubiera sido capaz de hacerlo y no me equivoqué. Justo antes de marcharme para Italia la había visto salir de la clínica y mostraba una incipiente barriguita que apenas desdibujaba su espléndida figura. Era el bebé de Naruto que crecía en su interior; el hijo de él, lo que haría que jamás la abandonase.

No sabía que había conseguido un fabuloso trabajo en Londres después de licenciarse en el Ejército, siempre me figuré que habría seguido la carrera militar durante todos estos años; la última vez que lo vi era capitán y ese no era un cargo al que se renunciaba sin más.

Sin embargo, si era justa conmigo misma, reconocía que había dicho a mi madre y a Gaara que no me hablaran ni transmitieran mensajes suyos; era algo que jamás me perdonaría. Les anuncié mis intenciones de convertirme en au pair y que no pensaba compartir con ellos los detalles de nuestra ruptura. Y así fue. Ellos habían cumplido mis deseos, o eso pareció. Ya entonces había sabido que jamás hubiera sido capaz de sobrevivir si hubiera sabido los detalles de su vida después de estar conmigo. Renunciar a él, al principio de nuestra relación, había sido lo mejor para mi supervivencia. Enfrentarme a la vida sin él había sido aterrador, una pura agonía, pero era preferible eso a que nuestra relación muriera lentamente.

Sabía muchas cosas sobre mí misma y lo que sentía por Naruto. ¡Dios! Las evidencias estaban en mi propia piel; él sabría el significado de lo que me había tatuado en la espalda.

También sabía que sería incapaz de compartirlo con Samui, incluso con su hijo, desde que ella hizo aquella revelación. No hubiera podido aceptarlo ni manejarlo. Sé que no soy perfecta, pero al menos soy honesta sobre la realidad. Quedarme habría supuesto mi muerte, me habría convertido en una persona amargada y vengativa, y eso también habría destruido el amor que Naruto sentía por mí.

Me había quedado claro por su reacción que era posible que, cuando estuvieron juntos, hubieran creado una nueva vida. No salía conmigo cuando se acostó con Samui, fue cuando acababa de regresar tras una larga misión y se sentía solo. Lo entendía. Pero también entendía que él jamás abandonaría a un hijo suyo. Conocía su carácter, sabía que había sido abandonado por su padre y que él no repetiría la historia.

Me levanté para salir de la bañera y tomé una toalla. Mientras lo hacía vi mi flor de cerezo reflejada en el espejo. La tenía en la espalda, sobre el hombro derecho, donde estaría siempre. ¿Por qué me la había hecho?

Por egoísmo.

Era una pequeña parte de nosotros que siempre sería mía. Flores de cerezo contra el cielo azul que reflejaban sus ojos. Mis recuerdos. Todo eso era mío y nadie podría arrebatármelo jamás.

Tenía la esperanza de que Naruto fuera feliz. Quería que lo fuera, pero eso no cambiaría lo que debía hacer para sobrevivir a haberlo perdido.

Me conocía. Hubiera sido incapaz de compartirlo con Samui, no importaba lo limitada que fuera su relación. Ella siempre poseería un pedazo de él y yo codiciaba esa parte preciosa que le había sido robada. El trato que Naruto mantendría con Samui habría envenenado nuestro amor, rompiéndolo hasta que no quedara nada hermoso. Solo dolor; celos horribles; heridas. No podía hacer eso a mi amor. Él no se lo merecía, después de la infancia que había tenido.

Me consideraba una persona horrible, de verdad, pero jamás hubiera podido vivir con eso, y menos comprendiéndolo. Era muy egoísta cuando se trataba de amor. Era egoísta cuando se trataba de Naruto. Sencillamente, no hubiera podido soportar el dolor que me habría producido verlos juntos.

Su hijo tenía ahora cinco años. Me pregunté si sería un niño o una niña. ¿Tendría el pelo rubio y los ojos azules de Naruto, o habría heredado los rizos pálidos y los iris de Samui? Con respecto a mi madre y a Gaara, ¿conocerían a esa criatura?

Terminé de secarme y colgué la toalla. Me puse el albornoz y me miré en el espejo una vez más, con el hombro descubierto. Era una obra de arte. No me arrepentía de haberlo hecho, ni ahora ni nunca. Era un pequeño pedazo del amor de Naruto que estaba grabado y a salvo en mi piel.

La única parte que me quedaba de él.

.

.

Naruto

A pesar de que quería matarlo, estaba de pintas con él como si tal cosa.

Gaara dejó el móvil y bajó la cabeza.

—Todo el mundo me manda hoy a la mierda. Ahora fue Temari, dicho sea de paso.

Así que Temari también estaba enfadada. ¡Genial!, por lo menos teníamos algo en común. Los dos habíamos sentido como si se abriera la tierra bajo nuestros pies. Le di a Gaara un puñetazo en el hombro.

—¿Por qué? ¿Por qué c-coño la has metido en USI? ¿Por qué has hecho e- eso? —Cuatro pintas y ya estaba como una cuba. Menos mal que había ido allí andando, porque si de algo estaba seguro era de que no era capaz de conducir—. ¿Estás trat-tando de matarme, hermano? —pregunte, arrastrando las palabras mientras le interrogaba con la mirada.

Gaara me hizo un gesto con la mano, como si fuera un molesto mosquito que zumbara alrededor de su cabeza.

—Sois los dos unos putos ridículos, con vuestros tatuajes y vuestros suspiros por el amor perdido. Terminad ya con eso y haced algo al respeto. ¿Por qué no...? —Entrecerró los ojos para concentrarse. Estaba casi tan borracho como yo—. Mamá y yo no os soportamos ni un minuto más, así que os hemos dado un empujón. Es solo una p-pequeña ayuda... Eso es todo.

—Bueno, pues ha sido una estupidez. Ella no quiere tener n-nada que ver con-conmigo, y-y ahora t-tenemos que trabajar j-juntos.

—No, no seas estúpido. Sigue enamorada t-todavía de ti. Y t-tú de ella. He visto vuestros tatuajes y vuestras reacciones cuando se menciona el nombre del otro... —Se tocó la cabeza y luego casi se metió un dedo en el ojo—. Veo c-cosas. Y sé c-cosas.

Lo agarré por el cuello de la camisa.

—¿No le habrás dicho nada sobre el tatuaje? S-si lo has hecho... te mato.

La expresión de Gaara se torció en una enorme sonrisa. ¡Gilipollas!

—Qué jodido idiota eres. No sabes nada, ¿verdad?

—¿Q-qué cojones significa e-eso?

—Dejaré que lo resuelvas solo, hermano. S-solo añadiré una cosa... —Se apretó un dedo contra la frente—. No eres el único que se ha tatuado una flor de cerezo.

Las palabras de la canción me golpearon como un ladrillo en la cabeza mientras escuchaba a Hendrix en Spotify. La música formaba parte de mi vida y no podía imaginarme estar sin ella, pero además, ahora, esa letra encajaba de manera perfecta con lo que nos había ocurrido a Temari y a mí. No era bueno para mí escucharla, solo hacía que el dolor fuera más intenso.

Una escoba barre tristemente

las piezas rotas de la vida de ayer.

En algún lugar, una reina está llorando.

En algún lugar, un rey no tiene esposa.

Y el viento grita Mary.

No, Mary no. El viento está gritando... Sunshine.

Me había mantenido alejado de Temari en el trabajo durante los últimos días. Ella había hecho lo mismo. Resultaba extraño porque, por alguna razón, no era tan doloroso como imaginé que sería. Tenerla cerca resultaba muy relajante después de haber pasado tanto tiempo sin saber dónde o cómo estaba, qué y con quién lo hacía. Por fin tenía las respuestas a esas preguntas.

Pero también tenía otras nuevas en las que reflexionar.

La borracha confesión de Gaara en el pub había despertado mi curiosidad. Según su hermano, ella se había tatuado una flor de cerezo en alguna parte de su cuerpo. Interesante. ¿Por qué habría hecho eso?

Solo se me ocurría una razón para que lo hubiera hecho. La misma que la mía.

Busqué en el cajón de mi escritorio hasta que encontré la unidad USB donde guardaba las fotografías que saqué hacía casi seis años. Me aseguré de que la puerta estaba cerrada con llave, por supuesto, y le ordené a Susie que no me pasara llamadas.

Las imágenes estaban cargadas con formato de presentación de diapositivas.

Casi doscientas imágenes de flores de cerezo. Temari sobre las flores caídas, selfies de los dos juntos en la barca, algunos primeros planos de una libélula azul sobre una rama de cerezo. Recordé las fotos de una libélula en especial. Había impreso una para llevarla a una tatuadora para que me la grabara en la piel; un precioso diseño. Una libélula azul sobre flores de cerezo ocupaba un lugar en mi pecho, justo en el lugar donde me latía el corazón.

Miré todas las fotos, una por una, recordando cómo fue tomada cada imagen. De nuevo me inundó una sensación extraña. Pensaba que me había olvidado de los recuerdos, o que al menos los había escondido todo lo profundamente que podía, pero no era ese el caso. Las vistas, los sonidos, las emociones daban vida a mis recuerdos, llegaban a la superficie en un instante con suma facilidad, como si nuestro fin de semana en Hallborough acabara de ocurrir.

Seguí presionando la flecha de la derecha cada vez más rápido, hasta que la serie llegó a las fotos que tomé en casa.

Me detuve y miré fijamente lo que se mostraba ante mis ojos, incapaz de apartar la vista.

Temari. Desnuda en la cama. Sus ojos me miraban. Tenía la cabeza inclinada hacia un lado; su hermoso cabello extendido sobre la almohada; su cuerpo, perfecto y suave, lánguido después de haber sido tocado, besado y poseído solo unos momentos antes.

Le había preguntado si podía sacarle algunas fotos para llevarlas conmigo y ella accedió con generosidad. Qué extraño resultaba saber que apenas unas horas después terminaría nuestro tiempo juntos de una manera desgarradora. Un momento en el tiempo, capturado en unas imágenes sorprendentes que lo significaron todo para mí el día que las tomé.

Avancé con interés a la siguiente imagen, consciente de que había sacado más de una. ¡Santo Dios! Era muy hermosa entonces. Todavía lo era, y estaba dentro de este mismo edificio, sentada en el ala derecha. ¡Joder!

Podía salir del despacho, dirigirme a recepción para mirarla a los ojos si quisiera. Podía invitarla a comer o cenar. Podía acercarme lo suficiente como para captar el increíble perfume que usaba, o el champú con el que se lavaba el cabello, o lo que fuera que oliera tan bien. Podía escuchar su voz dirigiéndose a mí cuando le preguntara algo. Incluso podría extender la mano y tocarla en un gesto social, aceptable y tolerado por los compañeros de trabajo.

Podía hacerlo.

«Sí, y quiero».

Mantuve el trasero pegado a la silla y estudié las fotos que le había tomado desnuda.

Pensé en masturbarme hasta que me derramara.