Capítulo 17
Temari
La floristería entregaba arreglos dos veces por semana para el mostrador de recepción. Me quedé mirando aquella magnífica creación realizada con algo que se parecía mucho a cerezos en flor, en un jarrón de color azul claro. De las largas ramas colgaban unas flores de color rosa pálido que me distraían de una manera terrible. ¿Sería posible que Naruto las hubiera encargado así? Parecían una composición específica... Mi intuición me susurraba que sí, pero no me atrevería a poner la mano en el fuego.
Resultaba bastante evidente que me había evitado durante los últimos días. Lo aceptaba, claro, pero no resultaba divertido sentarme ante mi escritorio y verlo pasar sin hacer otra cosa que saludar fríamente. Me entristecía y no sabía qué hacer al respecto. No sabía cómo debíamos actuar ninguno de los dos. Intenté imaginar lo que pasaba por su mente.
No había visto ninguna alianza en su dedo, claro que eso no significaba nada. Eran muchos los hombres que no la llevaban. No había entrado todavía en su despacho, por lo que no sabía si tenía sobre el escritorio alguna foto familiar, de Samui o de su hijo...
—Bueno, bueno, ¿qué tal estás adaptándote? Te llamas Temari, ¿verdad?
Mis pesimistas pensamientos se vieron interrumpidos por el jefe, que se había apoyado en el mostrador que había ante mi puesto de trabajo con una taza de café en la mano y asomaba aquel rostro apuesto y cincelado que poseía demasiado encanto para su bien.
—Sí, señor Uchiha, estoy muy contenta con cómo resulta todo aquí.
—Oh, por favor, llámame Sasuke. No somos demasiado formales en el despacho —me invitó al tiempo que me guiñaba un ojo—. De hecho, no me importa si prefieres llamarme S.
Si no lo considerara imposible, pensaría que estaba coqueteando conmigo. ¡Mi madre! Era tan guapo como un modelo. Las mujeres debían ir cayendo a su paso.
Solté una risita tonta.
—Mi hermano también me llama T, pero es el único.
—Cierto. Ya lo sabía. —Ladeó la cabeza sin dejar de mirarme—. Eres hermana de Sabaku, ¿verdad? Es una buena compañía para compartir dos o tres pintas —bromeó.
—Sí, así es mi hermano, siempre dispuesto a ir de pintas con cualquiera.
—No es una buena idea beber a solas —repuso en voz baja.
Asentí con la cabeza y sonreí, sin saber qué añadir.
—Bien, solo quería darte la bienvenida en persona, y comentarte que todos me cuentan maravillas de ti y tu trabajo. Sigue así, Temari. Y por favor, si necesitas algo, no dudes en preguntar, ¿de acuerdo?
Sonrió con calidez, pero me sostuvo la mirada durante demasiado tiempo como para que se tratara solo de una cordial bienvenida. Sí, era una invitación. Lo único que debía hacer era indicarle que estaba disponible y el señor Uchiha intentaría concertar una cita.
—Vale... Sí, señor.
Chasqueó la lengua y arqueó una ceja.
—Sasuke, ¿recuerdas?
—Sí, Sasuke. —Sonreí, esperando que se alejara.
Por suerte, la centralita se iluminó en ese mismo momento.
—Uchiha Seguridad Internacional, ¿en qué puedo servirle? —La línea se quedó silenciosa antes de que sonara el segundo tono, pero una segunda llamada apareció en el tablero casi de inmediato. Volví a responder.
Él alzó su taza a modo de despedida y me ocupé de las llamadas, segura de que nuestra conversación había terminado.
Marcó la clave correspondiente y regresó a los despachos de dirección. Sin embargo, cuando se abrió la puerta, pude ver a Naruto de pie, justo delante de él, con un móvil pegado a la oreja. Sasuke pasó junto a él camino de su despacho mientras Naruto me miraba con una expresión pétrea. No apartó la vista desde el interior hasta que la puerta se interpuso entre nosotros, cortando nuestro contacto visual.
—Uchiha Seguridad Internacional, ¿en qué puedo ayudarle? —Otro tono de llamada interrumpido me hizo fruncir el ceño. Estaba ocurriendo algo raro con las líneas telefónicas.
Pensé en la breve conversación con Sasuke.
Mi jefe era un tipo interesante. Además de ser increíblemente guapo, también era un hombre educado y sociable. Pero había algo en Sasuke Uchiha que no encajaba. Algo que no parecía demasiado educado, ni siquiera social. Me sentía segura con él, sí, pero supe que podía llegar a hacer mucho daño a una mujer si esta era lo suficientemente tonta como para permitírselo. No me equivocaba con respecto a eso. No tenía intención de ser esa mujer, por lo que esa faceta suya no me preocupaba en absoluto, pero alguna chica sí lo haría... algún día.
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Naruto
Me dirigí a su despacho y me encaré con él.
—Que no se te pase siquiera por la cabeza.
Sasuke se reclinó en el sillón y arqueó una ceja.
—Que no se me pase por la cabeza, ¿qué?
—No estoy ciego, ¿sabes? —me burlé—. Te he visto a través de la cámara. Estabas ligando con ella, con la polla dispuesta para el abordaje.
Lo vi entrecerrar los ojos.
—¿De qué coño hablas, tío? ¿Te has dado un golpe en la cabeza o algo por el estilo? —Abrió el cajón del escritorio donde guardaba los cigarrillos.
Me incliné sobre él con las manos plantadas en el escritorio.
—No sucederá. No lo harás con ella —susurré ante su cara, con el cuello tan rígido que podía rompérseme en cualquier momento.
—¿Te refieres a la nueva recepcionista? ¿A Temari? —Sasuke me miró con suspicacia.
—Exacto. Queda fuera de tu alcance, y también de tu polla y tus pelotas.
—Tranqui, tío. Solo estaba siendo amable con ella. —Encendió un Djarum, uno de esos cigarrillos negros que tanto le gustaban, y la esencia a clavo flotó entre nosotros—. Solo quería que se sintiera bienvenida al equipo, eso es todo. Todavía no había tenido ocasión de presentarme.
Soltó el humo delante de mi cara, seguramente porque seguía cerniéndome sobre él, aunque eso no me hizo retroceder.
—Olvídalo, S. Te lo advierto. —Alcé la cabeza y crucé los brazos para no hacer algo de lo que luego me arrepentiría—. Deja en paz a Temari. No va a ser otro de tus polvos de una noche. Si necesitas alivio, busca en otra parte.
Sasuke me miró fijamente, con aquellos fríos ojos negros, mientras daba otra calada al cigarrillo.
—¿La conoces de antes? Imagino que sí, dado que es hermana de Sabaku. Tengo razón, ¿verdad?
Asentí.
—¿Quieres contarme algo al respecto? —me preguntó en voz baja.
—No. No quiero —sacudí la cabeza.
—Bueno, vale. No te preocupes, solo estaba dándole la bienvenida. Intentaba ser amable. Sabes que no me gusta confraternizar con los empleados en el trabajo, y jamás me llevaría a la cama a una subordinada.
—Quieres decir que no lo harías en horas de trabajo —musité. Sabía que S se había acostado con un par de chicas en la oficina. Sin embargo, si era justo, se trataba de dos mujeres que trabajaban en otros despachos del edificio.
Sasuke se rió y se reclinó en la silla, con el cigarrillo colgando en los labios.
—¿Te encuentras bien, Naruto?
—No —confesé, hundiéndome en una silla frente a su escritorio.
Permanecimos en silencio durante un buen rato; él fumando y yo respirando su humo. Aquel olor me recordaba a Afganistán, me llevaba de vuelta a otros tiempos y lugares. Sitios donde había estado con Sasuke hacía mucho tiempo, cuando todo era muy diferente. Mi amigo era muy sagaz e imaginé que ya había unido todas las piezas del puzle en su cabeza.
—Temari es aquella chica, ¿verdad? La que hace años... La que perdiste justo antes de la última misión. —Encendió otro Djarum.
—Sí. Es esa chica.
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Temari
Me puse el abrigo y eché un vistazo por la ventana de la planta cuarenta y cuatro.
¡Vaya mierda!
Era salir tarde del trabajo y ya te encontrabas con noche cerrada. El clima de otoño reinaba también con toda su fuerza. Las temperaturas descendían cada vez más y llovía.
El viaje a casa en el tren no me preocupaba, pero si lo hacía el paseo que había desde la estación hasta mi casa. Quizá podría avisar a mi madre para que viniera a buscarme.
Sin embargo, prefería no hacerlo; era un riesgo porque sabía de sobra que estaría apurando un gintonic a estas horas.
Estaba planteándome llamar a mi hermano y averiguar si existía alguna posibilidad de que no hubiera quedado con alguien esa noche de viernes, cuando Naruto se acercó a recepción.
En su rostro había una expresión solemne y llevaba puesto el abrigo. Al ver que tenía un maletín en la mano, supuse que estaba a punto de salir del trabajo, igual que yo.
—Te llevaré a casa —anunció antes de echar a andar delante de mí hacia los ascensores.
Lo miré sorprendida. Era la primera vez que me dirigía la palabra desde aquel primer día, y eso me hizo desconfiar.
Entró en el ascensor. Yo parecía haberme quedado petrificada en el pasillo.
Después de un rato, asomó la cabeza mientras sostenía la puerta abierta con la mano.
—Bueno, ¿vas a venir o no?
—¿Qué? No. Iré en el metro, como siempre.
Él sacudió la cabeza lentamente.
—No pienso permitir que camines hasta tu casa bajo esta lluvia en plena noche, Temari.
—Llamaré a mi madre para que venga a recogerme a la estación.
—No, no la llamarás, y los dos sabemos por qué. Entra.
Hice una pausa sin saber muy bien cómo responder. Me tentaba seguir su orden directa, pero me daba miedo estar cerca de él. El interior del ascensor era muy pequeño y Naruto muy grande. Estaría a mi lado y... podría decirse que intimidador como un demonio era una buena descripción para él en ese momento.
—¿Entras, Temari? —Ladeó la cabeza con impaciencia. La campana del elevador resonó en el pasillo al tiempo que se encendía una letra en rojo en el panel, una G, lo que indicaba que se dirigía al garaje del edificio.
—No, gracias. —Meneé la cabeza—. Iré a casa en metro. —Las puertas se cerraron dejando a Naruto dentro y a mí fuera. Observé que mientras ocurría, me miraba con el ceño fruncido, algo que no afeaba en absoluto aquellos hermosos rasgos con los que había nacido.
Me sentí tan aliviada que cerré los párpados durante un momento.
Con mano firme, presioné el botón para llamar a otro ascensor. Cuando llegó, me aseguré de bajarme al nivel de calle; sabía que Naruto podría insistir en llevarme a casa a pesar de que me hubiera negado.
Sabía demasiado sobre mí. Sabía en qué parada me bajaba, el camino que recorrería para llegar a casa. Conocía los hábitos de bebida de mi madre y que no podría conducir para venir a buscarme. También sabía que Gaara habría quedado con alguien, dado que era viernes por la noche. Naruto lo sabía todo.
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Naruto
Temari era la prueba viviente de que se podía querer proteger a alguien y, a la vez, estrangularla. Se trataba, por supuesto, de un estrangulamiento metafórico que iría acompañado de otras cosas que se me ocurría hacer con ella.
¡Dios Santo!, iba a volverme loco si no la encontraba en los próximos minutos.
Una vez que me abandonó en los ascensores, aquello había sido una carrera contrarreloj a través de la ciudad para llegar a tiempo a su parada de metro. Y eso no era nada fácil de conseguir en una noche de viernes, cuando el tráfico londinense estaba más congestionado. Y si encima llovía, como ocurría ahora, aquello se convertía en un sangriento caos. Sí, estrangularla me parecía una opción muy viable en este momento. Eso, o besarla hasta que no pudiera respirar.
Sin embargo, tenía un as en la manga. Había llamado a su madre y le había asegurado que recogería yo a Temari y la llevaría a casa. La señora Sabaku todavía me adoraba, aunque su hija no lo hiciera.
Sí, aquello haría que Temari se enfadara, pero no me importaba. Podía unirse a mi club de cabreados anónimos. Me había pasado la última semana en aquel continuo estado de locura por culpa de la situación. Ella tendría que aceptarlo... y aceptarme a mí.
Al fin la vi. Iba caminando bajo la lluvia con la cabeza gacha. Reconocería sus largas y torneadas piernas en cualquier lugar. Podrían haber pasado cien años y todavía las recordaría con exactitud.
Dirigí los faros hacia ella y se detuvo en la acera.
Alzó la cabeza, sorprendida, mientras me miraba con los ojos como platos.
Abrí la puerta del copiloto.
—Sube.
Se quedó allí, con el pelo empapado por la lluvia pegado a la cara, desafiante.
—Naruto, ¿has llamado a mi madre?
—Sí. Ahora sube al coche —le grité, dispuesto a salir y arrastrarla al interior si era necesario.
—Pues ha sido una estupidez por tu parte —me recriminó, alzando el brazo.
—No tan estúpido como ir andando a casa bajo una lluvia torrencial en plena noche, ¡joder!
Me ignoró y comenzó a caminar de nuevo.
Lo vi todo rojo, y reaccioné. El Rover acabó sobre la acera, bloqueando su camino, mientras ella me miraba como si quisiera cortarme las pelotas y dárselas de comida a su mascota-cocodrilo.
—¿Cuál es tu problema, Naruto? —me gritó.
—En este momento, tu terquedad —repliqué sarcástico. Señalé el asiento vacío—. Ahora, ¡pon ese maldito culo tuyo en el puto asiento del coche!
Lo hizo.
En el interior del Rover reinaba un silencio que solo se veía interrumpido por el golpeteo de la lluvia. El olor a tierra mojada flotaba en el aire, mezclado con el aroma de su cabello húmedo. Creo que los dos estábamos en estado de shock.
Estoy seguro de que jamás había gritado tan fuerte a nadie. Aquellas emociones extremas eran extrañas en mí. Era el tipo que siempre mantenía la calma y la cabeza fría. No me reconocía.
La miré de reojo. Estaba sentada a mi lado con los brazos cruzados, el pelo chorreando y la mirada al frente; tan absolutamente hermosa incluso en aquel estado deplorable, que podría perder el control al tenerla tan cerca. Me dolía porque, a pesar de la corta distancia, estaba muy lejos de mí y no sabía cómo hacer para que me aceptara.
Sonó el móvil en el interior del bolsillo de su chaqueta. Lo sacó con los ojos en blanco y respondió a la llamada.
—Sí, mamá. Estoy con Naruto. Me lleva a casa. —Se interrumpió para escuchar—. Se lo diré. Vale. Hasta luego.
No lograba imaginar qué estaba pensando. No hablaba ni tampoco luchaba contra mí, solo permanecía allí, sentada en el asiento del copiloto de mi Rover, muy quieta.
Me acerqué para ponerle el cinturón y noté que temblaba.
—Tienes frío. —Puse la calefacción y bajé el vehículo de la acera, enderezando el volante y traqueteando por el bordillo. Los limpiaparabrisas se movían metódicamente ante nuestros ojos.
—M-ma-má q-quiere que t-te q-quedes a cenar —tartamudeó sin expresión y sin dejar de mirar la noche oscura y lluviosa.
«Pero, ¿qué quieres tú, Temari?».
—Lamento haberte gritado —me disculpé en voz baja.
Me hubiera gustado que me mirara, pero no lo hizo...
¿Cómo podría después de aquellos terribles gritos?
Me quedé allí, observándola mientras la calefacción elevaba la temperatura del habitáculo.
—De acuerdo —repuso por fin, limpiándose un lado de la cara con los dedos. ¿Estaba llorando?
—Temari... mírame, por favor. —Esperé mientras el tiempo se hacía eterno.
Volvió la cabeza hacia mí con la barbilla alzada, temblando como si estuviera a punto de romperse en mil pedazos.
—No sabía que trabajabas allí. Si lo hubiera sabido, no hubiera presentado la solicitud. Me engañaron, no quiero que pienses que lo hice a propósito...
La interrumpí poniéndole los dedos en los labios.
—Lo sé. Sé que fueron ellos y no tú. No te preocupes por eso.
Se quedó paralizada cuando la toqué, tan frágil que era un milagro que no se rompiera.
Dejé caer la mano aunque no quería. Deseaba llevar la mano a su nuca y atraerla hacia mí. La deseaba. A pesar de todo lo que había pasado entre nosotros, de que me había traicionado y abandonado... Nada de eso importaba a mi corazón.
Temari estaba allí. Mi sunshine girl estaba junto a mí.
