Capítulo 18
Temari
Naruto me llevó a casa. Me sentía entumecida y no era por la frialdad de la lluvia. Suave era una buena palabra para describir la manera en que volábamos sobre el pavimento. Jamás había visto a Naruto perder los estribos de esa manera. Estaba muy enfadado. Si hasta había subido el coche a la acera, ¡por el amor de Dios!
Se detuvo frente a mi casa.
—¿No entras? Mi madre quiere que te quedes a cenar —logré preguntarle.
Se giró hacia mí y me miró fijamente sin apartar sus grandes manos del volante.
—¿Y tú, Temari? ¿Quieres que me quede?
—Bueno... ¿es c-correcto que te q-quedes?
Pareció quedarse perplejo ante mi pregunta.
—¿Cómo?
Estaba claro que no me lo iba a poner fácil. Tragué saliva y me lancé al vacío.
—¿Estás casado?
Abrió mucho los ojos.
—Repite...
—No me hagas repetirlo, por favor.
Hizo una pausa antes de responder, como si estuviera buscando las palabras adecuadas.
—Voy a considerar que no eres tú misma en este momento; estás calada hasta los huesos y hemos tenido una pelea de las gordas pero, ¿acabas de preguntarme si estoy casado?
—Sí —susurré.
Hizo una mueca burlona al tiempo que sacudía la cabeza mirando a lo lejos por la ventanilla.
—No. No estoy casado.
—¿Samui y tú ya no estáis juntos?
Volvió a mirarme.
—Mmm... No —pronunció lentamente, sin dejar de mover la cabeza, con los labios entreabiertos.
—¿Por qué, Naruto?
—Yo no quería, Temari.
El miedo había vuelto a surgir en la boca de mi estómago y, de repente, me volví a sentir helada.
—Pero el be... el bebé... Vi a Samui antes de irme. Estaba embarazada, no podía ocultarlo. La vi con mis propios ojos. —Mientras Naruto seguía sentado a mi lado, mirándome, un pensamiento inundó mi mente. «¡Oh, no!»—. ¿Lo perdió?
—No, no lo perdió. Tuvo un hijo. —Naruto apartó la mirada de nuevo, como si no pudiera soportar mi vista. Contestó a mis preguntas hablando hacia la ventanilla, mirando la lluvia.
—Oh, ¿cómo se llama?
—No lo sé. Solo lo vi una vez y no le pregunté.
—¿No ves a tu hijo? —Aquel no era el hombre que yo conocía. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. ¿Por qué Naruto no veía a su hijo? ¿Por qué no sabía cómo se llamaba?
Volvió a girar la cabeza hacia mí una vez más, con los ojos repletos de tanta tristeza que podía leerla incluso con la tenue luz que había en el interior del coche.
—No lo veo porque no es mi hijo.
Me estremecí. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo antes de que me quedara paralizada. Me quedé muda durante un momento, incapaz de hablar, con miedo a mirarlo. Aterrorizada por lo que podía llegar a ver en sus ojos.
«No lo veo porque no es mi hijo».
—P-pero ella dijo... Te dio la ecografía... No negaste que ella...
«No lo veo porque no es mi hijo».
—Te escribí una carta. Te dije que entendía por qué debías estar con Samui...
Naruto no reaccionó. Solo me miró con una expresión cada vez más oscura. Como si de pronto surgiera la comprensión entre nosotros, me di cuenta de por qué estaba tan enfadado.
«No lo veo porque no es mi hijo».
—¡Oh, Dios...! —Me cubrí la boca con una mano y traté de contener el pánico que me inundaba.
Como si eso pudiera funcionar.
Se trataba de una reacción involuntaria, nada más.
Él todavía no había dicho nada, me estaba dejando hablar, dándome un montón de cuerda para que me ahorcara yo sola.
—Si no era tu hijo, entonces ¿por qué...? ¿Por qué no dijiste nada? ¿Por qué permitiste que me fuera y no me contaste que...? Naruto, por favor, no me digas que todo esto fue por nada.
Me notaba cada vez más histérica. La verdad se apoderaba de mi interior con una fuerza tan brutal que apenas podía respirar.
«No lo veo porque no es mi hijo».
Se inclinó sobre mí y me sujetó por los hombros, obligándome a confesar que mi horrible error se hacía cada vez más grande. Me estremecía más y más con cada palabra que decía.
—¿Por qué te marchaste tú sin darme la oportunidad de explicarme? Me dejaste allí, solo, sabiendo que al día siguiente tenía que incorporarme. Me abandonaste. ¿No me amabas lo suficiente como para escucharme, Temari? ¿Es que yo no valía la pena para ti?
Cerré los ojos mientras notaba cómo se me rompía el corazón. Mi error era ahora tan trágicamente evidente que tenía que escapar. ¿Qué había hecho? Había sido la causa de todo aquel dolor, un dolor innecesario, y solo porque había tenido miedo de escuchar, de compartir una parte de él con otra persona.
Unas silenciosas lágrimas se deslizaron por mis mejillas mientras trataba de encontrar las palabras.
—¡No! ¡No! ¡No! —lloré—. La vi embarazada. Todos pensábamos que era tu hijo... Incluso tú lo creíste... —No pude seguir hablando. Y, de todos modos, ¿qué podía decir? ¿Qué palabras servían para explicar aquello?
Muy pocas. En realidad, ninguna.
Yo no me había quedado para descubrir la verdad entonces, ¿por qué debería creer él nada de lo que le dijera ahora? No podía entender siquiera por qué Naruto seguía a mi lado en ese momento. ¿Por qué le importaba lo suficiente como para tener en cuenta mis necesidades y haberme llevado a casa esa noche? No me lo merecía. Debía estar haciéndolo únicamente por mi familia, después de todo, ellos no le habían abandonado. Eso solo lo había hecho yo.
Hablé. Las palabras salieron de mí porque era lo único que podía darle. Palabras. El amargo serrín que notaba en la boca no me ofrecía consuelo, solo dolor al comprobar lo que todo aquello significaba para lo nuestro, para los largos años que habíamos estado separados.
—Valías la pena, Naruto. Tú sí. Yo, sin embargo, no. Lo s-siento mucho...
Cerró los ojos sin soltarme, como si no pudiera escuchar la confesión de mi pesar.
En algún lugar de mi interior bombeó un manantial de adrenalina. Me zafé de su férreo control y salí del coche. Corrí.
Siempre se me había dado bien huir.
Me las arreglé para entrar en casa trastabillando, ignorando los comentarios que hacía mi madre sobre venir sola bajo una tormenta, fingiendo no oír cómo preguntaba por Naruto, si cenaría con nosotras. No sé qué le dije.
Huí hacia el santuario que era mi dormitorio. Un lugar en el que podía llorar en soledad, en paz. Ya pensaría mañana qué hacer.
Solo quería dormir y llorar por lo que le había hecho. Lo que nos había hecho a ambos.
Dolía incluso aceptarlo. Me daba miedo cerrar los ojos por lo que me ofrecerían los sueños cuando por fin lograra quedarme dormida. .
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Tenía que averiguarlo por mí misma. Hay algunas cosas que una mujer no puede creer sin más, y esta era una de ellas. Tenía que verla y preguntarle por qué lo había hecho. Era posible que no me respondiera y que mis esfuerzos supusieran todavía más dolor, pero necesitaba hacerlo.
Estaba en la calle, mirando una casa en el barrio Barnet, cuya dirección me había facilitado mi hermano. La casa donde Samui vivía con su marido.
Justo cuando estaba a punto de cruzar la calle, se abrió la puerta y salió una mujer con dos niños pequeños. Una de las criaturas iba de la mano, un varón, y la otra, una niña de corta edad, iba en un cochecito. Era Samui. Tenía prácticamente el mismo aspecto, quizá no tan esbelta como antes después de dar a luz dos hijos, pero se trataba de ella.
Los seguí hasta el parque.
No hacía falta ser muy listo para entender por qué Naruto no era el padre de ese niño. Aquel crío con la piel tan oscura no podía proceder de Naruto y sus genes caucásicos. En un momento dado, el chico se acercó al banco donde estaba sentada y hurgó en el cajón de arena, buscando algún juguete. Era un niño muy guapo, pero no era hijo de Naruto. El padre de esta criatura era negro.
—Me pareció reconocerte. —Samui me había visto y se había acercado—. He oído decir que has vuelto a Inglaterra.
La miré fijamente.
—¿Por qué? —me limité a preguntarle.
Se sentó en el banco, a mi lado.
—¿Por qué le dije a Naruto que mi pequeño Omoi era suyo? Mucho me temo que no te va a gustar esa historia.
—Cuéntamela de todas maneras —pedí, aturdida. Estaba a punto de saberlo. De conocer la verdad que se escondía detrás de la mentira que había cambiado mi vida, y tenía miedo de que se me rompiera el corazón.
—No me siento orgullosa de lo que le hice. Sin embargo, tener hijos te cambia la perspectiva de las cosas. He aprendido mucho desde entonces. En el fondo fue una cuestión de supervivencia.
—¿De supervivencia, Samui? ¿De la supervivencia de quién?
—Necesitaba dinero y Toneri Ōtsutsuki apareció con él en el momento adecuado. Toneri odiaba a Naruto por haberte apartado de su lado. Le conté que lo habíamos dejado y que no había posibilidades de que volviéramos; que tú y Naruto parecíais los amantes eternos. Él me ofreció una bonita suma de dinero para que le enseñara mi ecografía y le dijera que el bebé era suyo. Yo cumplí con mi parte y Toneri con la suya.
—Por lo tanto, abandoné a Naruto por culpa de una mentira. —No era una pregunta, sino una afirmación. Como si intentara explicarme a mí misma lo que había hecho.
Samui seguía a mi lado. No se había regodeado ni me lo había contado con palabras duras, solo había compartido una simple verdad sin subterfugios.
—Toneri no consiguió nada con esa artimaña. No volviste con él y, unos meses después, te marchaste a España.
—A Italia... Fui a Italia. —Mi voz me resultaba irreconocible.
Samui siguió hablando.
—Donde sea. Te fuiste, por lo que Toneri no consiguió volver contigo. Sin embargo yo le debía a Naruto la verdad, y se la dije en cuanto pude. Incluso me lo encontré en una ocasión en el supermercado y nos saludamos. Todo salió bien. Me casé con Omoi y dos años después tuvimos a Allison. Un final feliz.
—No ha salido bien para mí —repuse, mirando a los niños que jugaban en el parque.
—¿Por qué no le preguntaste al respecto? Naruto te habría dicho lo que le conté, que el bebé no era suyo. —Noté que me miraba con expresión de desconcierto.
Era una pregunta lógica. ¿Por qué no se me ocurrió preguntarle? ¿Por qué no me quedé y dejé que me explicara? ¿Por qué no se me ocurrió darle a Naruto la oportunidad de que me pusiera al tanto de lo que había ocurrido en realidad?
—No lo sé —susurré.
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Naruto
Lo vi todo. La seguí a distancia y supervisé el encuentro en el parque con Samui. Todavía estaba loco por ella y sentía curiosidad por ver lo que hacía. Seguramente estaba comportándome como un psicópata, pero espiaba a Temari y no tenía intención de detenerme.
Tuve la suerte de que Gaara me llamara para contarme lo que sospechaba que estaba haciendo su hermana. Le había pedido la dirección de Samui, y eso significaba que estaba dispuesta a enfrentarse a mi ex.
Sin embargo, me sorprendió su conversación en el parque. Fui capaz de leer algunas palabras en sus labios gracias a los prismáticos de largo alcance que usaba en el trabajo. Lo más sorprendente fue, precisamente, que no discutieron. No hubo una pelea de gatas gritándose de todo. No vi tirones de pelo ni frases altisonantes. Nada. Las dos se comportaron de manera muy civilizada durante el tiempo que estuvieron juntas. Al final, Samui le preguntó algo con respecto a mí. Supe que estaba haciéndolo porque vi claramente que sus labios formaban las palabras «Naruto» y «por qué».
Temari respondió con brevedad, solo un par de palabras. Luego se levantó del banco y se fue del parque. La vi llevarse la mano a los ojos un par de veces. Llevaba la cabeza gacha para protegerse del viento otoñal y una bufanda azul cuyos extremos se balanceaban a su espalda mientras se alejaba.
Parecía como si estuviera llorando y era fácil deducir por qué estaba molesta, pero no intervine. Podría parecerle mal lo que estaba haciendo; a mí me lo hubiera parecido si estuviera en su piel. Cada uno debía disponer de su privacidad.
La vi caminar a la parada de metro más cercana y bajar a los andenes.
No me quedó otro remedio que continuar mi camino en el Rover e imaginar dónde podía dirigirse. Envié un mensaje de texto a Gaara y le pedí que la llamara para descubrirlo.
Tenía que acudir a ese sitio por ella. Iba a estar allí para ella.
No podía estar en otro lugar.
