Capítulo 19


Temari

Me había jurado a mí misma que no volvería a poner un pie en The Racehorse. Nunca. Me habían ocurrido allí muchas cosas malas. Había tomado el peor tipo de decisiones entre esas viejas paredes. Había perdido mucho y ganado poco... en aquel pequeño pub de Hampstead, situado en el corazón de la comunidad en la que crecí.

Hice a Bert un gesto para que me rellenara la copa mientras esperaba a que él apareciera.

Llevó algún tiempo, pero acabó apareciendo. Primero escuché el rugido de su moto, como si me anunciara su llegada.

La arrogancia de sus andares, la sonrisa de engreimiento en su rostro, deletreaban a la perfección sus pensamientos con respecto a mi presencia. ¡Cuánto se equivocaba!

—Hola, guapa. Tengo que confesarte que recibir tu mensaje me alegró el día. —Permití que me besara en la mejilla y se sentara ante mí junto a la barra.

Tomé un trago de vino y le miré.

—¿De veras? ¿Por qué?

Se inclinó hacia mí, haciendo que un mechón le cayera sobre la frente y pareciera un donjuán. Me estudió con una de esas miradas que le servían para avivar su imagen de chico malo. Sin embargo, aquello no me había afectado nunca en los años que hacía que le conocía.

Sonreí de medio lado y me contuve para no apretar las manos en torno a su cuello hasta ahogarlo.

Me habló en voz baja, demasiado cerca.

—Te voy a llevar a mi casa, a ver si te gusta.

—Ah, menuda invitación... Hay chicas muy afortunadas.

—Es posible, nena. Será igual que en los viejos tiempos.

—¿Qué viejos tiempos, Toneri?

—Los de antes de que huyeras, nena. —Agitó un dedo ante mis narices—. Jamás debiste marcharte. Me sentí muy perdido cuando te largaste a Europa...

Mientras Toneri seguía derramando sus retorcidas ideas con aquellos exuberantes labios suyos, yo seguía concentrada. Toda aquella energía y concentración, que hervían en mi interior al rojo vivo, acabarían por encontrar una salida. Mantenerlas en mi interior durante más tiempo habría acabado conmigo. Inicialmente fui capaz de contener la ira, esperando mi momento, pero después de que él dijera en voz alta «jamás debiste marcharte», me resultó imposible reprimirme.

Toneri tenía razón, después de todo. Jamás debí marcharme.

Me escapé de Naruto cuando debería haberme quedado.

Una experiencia extracorpórea es una sensación muy extraña. Me sentí liviana y los sonidos de la habitación se convirtieron en silencio. Mi cuerpo flotó sobre el suelo y pude verlo todo con suma claridad. Ocurrió sobre la barra. Sabía lo que estaba sucediendo y recibí con los brazos abiertos el estado alterado de mi realidad.

Observé con calma, desde arriba, cómo me transformaba en una bestia; un demonio que comenzó a machacar a Toneri Ōtsutsuki en cualquier parte de su cuerpo que alcanzara, y resultó muy satisfactorio. Golpeé, pegué y arañé. Traté de arrancarle el pelo. Le lancé la copa de vino, mi bolso, todo lo que tenía a mi alcance.

Pude escuchar muy lejos unos gritos femeninos que ni siquiera sonaban humanos, pero que demostraban un terrible dolor, una opresiva angustia que podía percibir cualquiera que los oyera.

Al cabo de un rato me di cuenta de que eran míos.

Toneri se defendió como pudo una vez que superó la sorpresa inicial de mi ataque. Me empujó hacia el suelo, y me deslicé hacia atrás arrastrando sillas y taburetes con la fuerza de la caída.

—¡Joder! ¡Estás como una puta cabra! —gritó. Los arañazos que le había causado tenían cada vez peor aspecto y la sangre se deslizaba por la comisura de su boca—. ¿Qué cojones te pasa, jodida puta?

—¡Sabes lo que me pasa! Te mereces esto y mucho más por haber pagado a Samui para que mintiera a Naruto. Le pagaste por mentirnos sobre el padre de su bebé. Espero que te pudras en el infierno, ¡sucio y degenerado hijo de puta!

Él cerró el puño para golpearme, pero no llegó a tener la oportunidad de hacerlo. Naruto le dio un derechazo en la mandíbula que lo hizo caer al suelo. Un solo golpe y fue como un peso muerto en el terrazo lleno de marcas del The Racehorse.

Luego me tomó en brazos y me sacó de allí. Me metió dentro de su Rover para llevarme muy lejos. Yo lloré en el asiento del copiloto, presa de la desesperación más absoluta.

Con cada lágrima, la angustia se volvía más intensa. Naruto no me preguntó nada, salvo comprobar con rapidez si estaba herida.

—¿Te duele algo?

«Solo mi corazón».

—No. Estoy bien. Es la calma después de la tormenta.

Después no dijimos una palabra más, ni siquiera le agradecí que se deshiciera de Toneri antes de que me pudiera atacar. Me dejó en paz mientras me llevaba a casa de mi madre. Cuando rodeó el coche para abrirme la puerta y me ayudó a bajar, se lo agradecí; estaba tan agotada que no estaba segura de si las piernas me podrían sostener.

Tampoco tuve que preocuparme de eso.

Me llevó en brazos al interior de la casa.

Cerré los ojos. Estar tan cerca de él dolía demasiado; sentir sus músculos, oler su aroma, contemplar su belleza... Sabía que lo había tirado todo por la borda a causa de una sucia mentira.

Me dejó encima de la cama después de quitarme la chaqueta y la bufanda. Me descalzó y me cubrió con una manta. Permití que Naruto se ocupara de mí porque no era capaz de hacerlo por mí misma en ese momento.

Por fin, giré sobre el costado y me acurruqué bajo la tela. Dormí. .

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.

.
El sonido de la risa me arrancó de un sueño profundo. Escuché que Naruto hablaba con mi madre. Su tono, profundo y ronco, me resultaba inconfundible; era algo que estaba profundamente enterrado en mis recuerdos de esa casa y del tiempo que habíamos pasado juntos en ella. Naruto había estado allí muchas veces, ayudando con la cena, y escucharle provocaba en mí una sensación de comodidad y nostalgia a la vez. Era una de esas vivencias atesoradas durante largo tiempo.

¿Se había quedado después de la crisis con Toneri? No podía imaginar por qué lo había hecho. Quizá mi madre le hubiera presionado para que cenara con nosotros, ya que no lo había hecho la noche anterior.

«No pienses en esa noche».

Miré el reloj en la mesilla.

Había dormido cuatro horas. ¿Qué demonios habría hecho Naruto durante ese tiempo? Bueno, mejor olvidarlo. No quería saberlo. Naruto y mi madre se adoraban y siempre había sido así. Les gustaba estar juntos, y punto.

Me incorporé para arrastrarme hasta el cuarto de baño. ¡Joder! Tenía un aspecto horroroso. Un híbrido entre un lémur y Lily Monster, debido a los ojos abiertos como platos y la piel pálida.

Reparar los daños iba a llevarme más de cinco minutos. Me lavé los dientes y la cara antes de peinarme el desordenado cabello. Luego me vestí con unos pantalones de yoga y una sudadera de color rosado con una línea azul eléctrico en el cuello, el borde y los puños. Era suave y grande y podía ocultarme en su interior, que era lo que deseaba en ese momento. Me recogí el pelo en un moño descuidado y me puse unas zapatillas UGGs de color azul bebé.

Lo que deseaba hacer era esconderme en mi habitación durante toda la semana, pero sabía que mi madre jamás me permitiría hacer tal cosa. Y menos cuando había un invitado en casa. De hecho, era sorprendente que no me hubiera llamado ya.

—¿Temari? —golpeó la puerta.

«Hablando del rey de Roma... por la puerta asoma».

—Salgo ahora, mamá —respondí.

Me perfumé con unas gotas de Light Blue de D&G y respiré hondo.

Había llegado el momento de que comenzara el espectáculo. O, más bien, de ver el espectáculo de Mama's & Uzumaki.

Seguí el sonido de su parloteo por el pasillo hasta la cocina. «¡Sorpresa!». Supe que iba a tener que contener el sarcasmo; aquel no era el momento ni el lugar para darle rienda suelta.

Los observé trabajar codo con codo durante un segundo, desde la puerta. Tenía que admitir que era muy tierno escuchar su conversación. Naruto llamaba mamá a mi madre desde hacía años y ella le consideraba un hijo, igual que a Gaara. Aquello era evidente para cualquiera y lo fue también para mí mientras les estudiaba, cubiertos con aquellos delantales de cocineros; mamá con su gintonic y Naruto con su Guinness.

Me acerqué a la cafetera y cogí una taza de la alacena.

—¿Qué tal has dormido? —me preguntó él mientras yo echaba el edulcorante en el café.

—Ha sido un sueño reparador—repuse, ocultándome detrás de la enorme taza para tomar un sorbo del ardiente líquido negro.

Mi madre se acercó y me puso el dorso de la mano en la frente.

—Querida, espero que no hayas pillado una de esas gripes horribles. No creo que te haya sentado bien caminar anoche bajo esa lluvia helada y espantosa.

Ignoré su sutil recordatorio de los traumáticos hechos ocurridos la noche anterior. No podía asimilarlo todo. La noche de la revelación llegué a sentirme al borde de la consabida cornisa, dispuesta a saltar al vacío. Después de lo que me había revelado Samui cuando hablamos en el parque, apenas me sostenía con las puntas de los dedos.

—No fue para tanto, mamá —mentí, inclinándome para besarla en la mejilla.

Forcé mi mejor sonrisa y se la brindé a Naruto, fingiendo una enorme alegría.

—¿Qué estáis preparando para cenar? Parece que os lo estabais pasando muy bien —hice un mohín—. De hecho, me despertaron vuestras risas.

Naruto se apoyó en el mostrador y me estudió. Parecía muy relajado, con sus vaqueros y la camiseta negra de manga larga remangada. Era un hombre guapísimo. Cuidaba su cuerpo e incluso era más atractivo que antes. La madurez le había sentado bien. Tenía el cabello más claro de lo que recordaba, como si se hubiera aclarado en las puntas. Un nuevo tatuaje en un brazo, y supe lo que era en cuanto lo vi: la firma de Jimi Hendrix. Era muy propio de Naruto haberse tatuado eso en la piel.

No me resultaba fácil verlo y no recordar el aspecto que tenía desnudo... o cuando me hacía el amor.

Bien, eso dolía. Me di una bofetada mental con mano dura. No podía permitirme más pensamientos errantes sobre el pasado. No podía pensar en lo que me había alejado de él. No podía permitírmelos o me volvería loca y mi madre e Gaara acabarían visitándome en el hospital psiquiátrico Bethlem, donde llevaría una camisa de fuerza.

—Bueno, si no te hubieras despertado ahora, por la noche no tendrías sueño —repuso él tras apurar un sorbo de la Guinness.

—Vale —repliqué con desdén—. Bien, ¿qué vamos a cenar? —Miré al horno—. Sea lo que sea lo que habéis metido ahí dentro, huele de maravilla —olfateé el aire.

—Es carne de ternera asada con patatas, tal y como la hace tu madre —me respondió Naruto.

—Oh, pero fue él quien se encargó de comprar la carne más tierna mientras tú dormías, Temari. Está en todo, incluso ha pensado un postre que hará que nos chupemos los dedos más tarde —parloteó mi madre alegremente.

—Oh, estupendo. ¿De qué se trata? —pregunté.

—Compota de fruta con nata.

—Suena... mmm... interesante. Creo.

Se echó a reír.

—Bueno, no hay más que mezclar la fruta cocida con la nata recién batida. Muy fácil. Incluso yo puedo hacerlo.

—Cuéntale a Temari qué fruta elegiste, querido —pidió mi madre con una ansiedad apenas reprimida.

—¡Oh, sí! Después de pensármelo mucho, me decidí por... cerezas. —Me brindó una sonrisa infantil y frunció los labios para no reírse.

Puse los ojos en blanco.

—Es increíble. Sois muy divertidos juntos. Aseguraos de que mi ración tiene un poco más de fruta, por favor.

El espectáculo que estaba desarrollándose ante mí acabaría quebrándome en poco tiempo. «El juego es divertido hasta que alguien sale herido», dice el refrán. Solo podía quedarme mientras eso no ocurriera. Lo peor eran las burlas suaves, las amables palabras, las sonrisas y los guiños. Todo eso me mostraba lo que había perdido. Lo que me gustaría tener y que jamás recuperaría.

Oh, era agradable que pudiéramos mostrarnos civilizados el uno con el otro. Existía cierta torpeza entre nosotros, por supuesto, pero ¿cómo no iba a haberla con Naruto? ¿Viejos amantes que ahora eran amigos? ¿Durante cuánto tiempo lograría soportarlo? Trabajar en USI iba a ser una tortura. Lo mejor sería que me pusiera a buscar otro trabajo.

Sentí un vacío absoluto en mi interior. La motivación para encontrar algo remotamente bueno en aquel escenario entre Naruto y yo, murió de pronto.

Más tarde, cuando ya habíamos terminado la cena y degustábamos el postre de cerezas, pensé en que aquello había resultado agradable, divertido y muy, muy surrealista.

—Naruto, querido, háblale a Temari sobre la herencia que recibiste.

—Oh, estoy seguro de que no le interesa, mamá —repuso él, concentrándose en el cremoso postre, como si así pudiera evitar el tema.

Me entró la curiosidad al instante. Una vez más yo era la última persona en la tierra en saber algo sobre Naruto; detalles de su vida. Pero, ¿quién más que yo tenía la culpa de ello? Respiré hondo, intentando que mi agitado corazón se sosegara y comenzara a acostumbrarse a él.

—Sí, claro que me interesa —intervine.

—Sí, claro que le interesa —repuso mi madre, hablando al mismo tiempo que yo.

Naruto suavizó la mirada cuando me miró y supe por qué. «Está tratando de suavizar el golpe porque sabe que estoy luchando contra esto».

Me conocía demasiado bien.

—Así que has recibido una herencia. ¿De quién?

—De un tío abuelo que no conocía. Era el hermano de mi abuela. No tuvo hijos y yo era su pariente más cercano. —Encogió los hombros—. Nadie se sorprendió más que yo.

—¿Cuándo ocurrió?

«Una pregunta estúpida. Ya sabes la respuesta».

—Mientras estaba en el frente. —Acomodó su gran cuerpo en la silla—. Los abogados tuvieron que esperar a que regresara a casa para comunicármelo. Pasaron meses antes de que pudiera acercarme a examinar el lugar.

Si hubiera seguido con él, podría haberle ayudado en su ausencia.

—Sí, y es una hermosa finca con una preciosa casa en Escocia, Temari —intervino mi madre—. Está formada por una gran cantidad de tierras de caza y un lago donde se puede pescar desde una barca. Gaara ha pasado allí con él varios fines de semana, cazando. En las fotos resulta impresionante... con todos esos cerezos. Cuéntale lo de los cerezos, querido.

Naruto pareció incómodo mientras mi madre hablaba sobre la hermosa casa escocesa que todo el mundo —menos, por lo visto, yo— sabía que había heredado.

Dejé la cuchara en el plato y me concentré en él, ofreciéndole toda mi atención y una sonrisa. Supe, de alguna manera, que lo que se avecinaba sería doloroso escucharlo. A veces, una tiene premoniciones y esta era una de esas ocasiones.

—Hay muchos cerezos en la finca —murmuró—. Son de una variedad inusual que florece dos veces al año. Una en primavera, por supuesto, y otra en otoño, después de que las hojas cambien de color y caigan... Entonces florecen una segunda vez. Los frutos se conocen como cerezas de otoño.

«No es justo».

Parpadeé cuando terminó de hablar con la intención de contener las lágrimas. Consideré que había hecho un gran trabajo, teniendo en cuenta lo que acababa de salir de sus labios y el significado que ocultaban.

«...florecen una segunda vez...».

—Parece estupendo. Espero que me enseñes fotos en alguna ocasión. Me alegro mucho por la suerte que has tenido, enhorabuena.

Asintió con la cabeza, aceptando mis felicitaciones. Empujé la silla y me levanté de la mesa con una sonrisa... creo. Sin duda lo intenté con todas mis fuerzas.

—Bueno... vais a tener que disculparme. —Me llevé la mano a la sien—. Me palpita la cabeza de una manera horrible, creo que es mejor que me rinda y regrese a la cama.

Naruto clavó en mí una mirada compasiva mientras balbuceaba, alejándome. No me juzgaba, no había ni rastro de la dura ira que había visto en sus ojos durante los últimos días, solo bondad y aceptación. No podía volver a mirarme en ellos. Era demasiado doloroso darse cuenta de que nunca más sería la destinataria de una mirada de amor suya.

—Mamá, Naruto... gracias por la cena. Ha sido magnífica. Buenas noches.

Él se levantó de un salto en deferencia a mí. Sus modales seguían a la orden del día después de los años que su abuela había dedicado a instruirle.

—Ha sido un placer.

Me di la vuelta y salí del comedor. Me mantuve firme hasta que llegué a la puerta.

—Mejórate, sunshine. —Le escuché decir.

Las piernas me fallaron cuando lo dijo. Mis tendones fallaron igual que si fueran una hoja arrastrada por el viento; como si dependieran de mi corazón.

Hubiera logrado salir indemne de allí si no me hubiera llamado sunshine.

«¡Maldito seas, Naruto Uzumaki!».