Capítulo 20


Naruto

Temari me evitó como si tuviera la peste durante la semana siguiente. La observé atentamente para ver si lograba producir una grieta en la armadura que había construido a su alrededor, pero sin éxito. Sin embargo, terminaría hablándome, estaba seguro.

Le dejaba cosas en el escritorio cuando no estaba allí. Me ofrecí para llevarla a su casa después del trabajo con la esperanza de poder estar a solas con ella durante un par de horas y así poder hacer algún tipo de progreso, pero no lo logré. Me esquivó cada una de esas veces con la disculpa de que la llevaba Gaara.

Sin embargo no me di por vencido. No perdí la esperanza. Había presenciado su reacción cuando se enteró de la verdad sobre Samui y yo, y percibí lo que supuso para ella aquella revelación. La verdad —tan diferente de lo que había creído durante todos estos años— la había dejado devastada.

Temari tenía rabia, ira y mucho arrepentimiento acumulado en su interior por haber roto nuestra relación. Había sido testigo de su encuentro con Ōtsutsuki y vi la cruda furia que la poseyó cuando le echó en cara haber pagado a Samui para separarnos. Jamás supe que había existido tal acuerdo ilícito, y menos mal, porque si lo hubiera sabido estaría encerrado por asesinato, no me cabía duda alguna.

El ataque en el pub había sido catalizador. Un acontecimiento que abrió los ojos de todos sobre lo que había ocurrido realmente, y puso en evidencia las elecciones que se habían tomado seis años antes. Las que tomó ella, y las que tomé yo. Temari no era la única culpable. Yo tampoco había ido a buscarla ni la obligué a escuchar la verdad cuando debería haberlo hecho. Permití que creyera una mentira porque el orgullo no me permitía aceptar la idea de que si me amaba fuera capaz de huir de esa manera.

Sí, las cicatrices que había dejado el pasado eran jodidamente profundas, ¿verdad?

Pero también pensé que era algo que no podíamos remediar. Que por mucho que nos lamentáramos, solo conseguiríamos esparcir la mierda. Y por eso tomé una decisión. No permitiría que me eludiera ni siquiera un momento más.

Era imposible que no le importara a Temari, después de lo que había visto con mis propios ojos. Si la hubiera dejado habría matado al responsable de nuestra separación.

Me sentía optimista y vivía con la esperanza de que ella todavía me amaba; no me parecía una simple fantasía.

Lo único que faltaba era convencerla de ello.

Había dispuesto algunas pistas sutiles, como los acuerdos con la florista que nos suministraba los arreglos para recepción, pero disponer flores de cerezo en jarrones azules no iba a conseguir que cayera de nuevo en mis brazos o en mi cama. No con la actitud que mostraba. Pero creía que podíamos superar el dolor y las mentiras; que volveríamos a amarnos el uno al otro como antes. Si quería que formara parte de mi vida, tenía que subir las apuestas.

Mi sunshine girl necesitaba un empujón.

.

.

Temari

A principios de semana me llegó un aviso del departamento de personal informándome de la programación de defensa personal. La esencia del mensaje era que todos los empleados estaban obligados a recibir un curso básico de autodefensa. Como en USI se proporcionaba seguridad para clientes VIP, nunca se sabía cuándo podía aparecer un lunático con malas intenciones. Por ello, todo el personal debía recibir un entrenamiento a fondo para saber cómo reaccionar si se presentaba un incidente de esas características.

«¿Y esa era una buena noticia para mí?». Si tenía en cuenta que mi mesa era la primera línea a traspasar por dicho lunático, si se le ocurría visitarnos en la planta cuarenta y cuatro, no cabía duda de que sería mejor que me enseñaran un poco de autodefensa.

Durante el almuerzo Koharu me indicó la mejor manera de llegar al entrenamiento y me contó lo que debía esperar. Miré el reloj. Todavía faltaban tres horas para ir.

Naruto me había presionado durante toda la semana, exigiéndome que le permitiera llevarme a casa. Me negué a aceptar y busqué una alternativa a través de Gaara. Si el clima se ponía de mi parte, llevaba en el bolso unas deportivas para poder caminar y me cambiaba en la estación. Por desgracia, no lo hacía a menudo; en esa época del año llovía y hacía frio, igual que la noche que Naruto me había contado la verdad. Recordar aquella noche me puso de muy mal humor, porque sabía que iba a seguir insistiendo en llevarme a casa.

Y, además, estaba aquel correo electrónico suyo que encontré en la bandeja de entrada cuando regresé de almorzar.

Para: tsabaku .uk

Hoy no te desharás de mí. Te llevaré a casa. N.

Lo cierto era que no tenía ninguna excusa real para rechazarle, y fue eso lo que me hizo sonreír cuando respondí a su mensaje. No iba a permitir que me intimidara para que le acompañara. Si era sincera conmigo misma, ni siquiera sabía qué pretendía él últimamente. Me dejaba cafés y dulces en el escritorio cuando no estaba; me enviaba mensajes de correo electrónico y mensajes de texto. Estaba segura de que me observaba por la cámara de seguridad para saber cuándo me alejaba del escritorio. «¿Qué ha sido de la privacidad, Naruto?». ¡Menuda manera de perder el tiempo! Comenzaba a sentirme irritada de verdad.

Para: nuzumaki .uk

No, no lo harás. Tengo que ir a clases de autodefensa después del trabajo.
T.

«¡Chúpate esa, señor dominante!», pensé mientras presionaba el botón «enviar».

Mi victoria tuvo una duración muy corta. Eso, y el hecho de que debía estar sentando en su despacho con el correo electrónico abierto, porque respondió casi al instante.

Para: tsabaku .uk

Entonces esperaré hasta que termine la clase.

Su respuesta me irritó y me dije a mí misma que no iba a permitírselo. Me lo seguí recordando mientras me levantaba de mi lugar de trabajo y atravesaba las puertas para dirigirme directamente a su oficina.

Su secretaria, Susie, me sonrió cuando pasé por delante de su escritorio. Le devolví la sonrisa mientras la saludaba como si fuera la cosa más normal del mundo irrumpir en la oficina de Naruto con intención de asesinarlo. «No pidas perdón por decir la verdad».

Y entré en su despacho.

Él levantó la cabeza de la pantalla del ordenador, que observaba atentamente. Seguramente estaba pensando en el siguiente correo que iba a enviarme.

—No, no lo harás —dije con voz firme, al tiempo que cruzaba los brazos.

Él torció la boca en una mueca burlona, como si estuviera divirtiéndose. Me dieron ganas de comenzar a golpearle.

—Oh, te lo aseguro, Temari. Lo haré —musitó en voz muy baja.

Tensó la mandíbula mientras me recorría de arriba abajo con la mirada. Desde los zapatos con tacón de aguja negros que cubrían mis pies, hasta mi cara, pasando por mis piernas, mi cuerpo, y deteniéndose un poco en las proximidades de mis pechos. Aquella mirada hablaba de sexo en estado puro; sexo salvaje y frenético... El aire se espesó entre nosotros y al instante noté que humedecía las bragas; tuve que luchar para respirar. Si intentaba cualquier cosa conmigo, me rendiría a él. Tragué saliva mientras trataba de sostenerle aquella mirada que estaba a punto de derretirme sin remedio sobre el suelo de su despacho.

Y lo supo.

«Esto es malo».

—¿Por qué me haces esto, Naruto?

—Por qué te hago, ¿qué? ¿Por qué quiero llevarte a casa para que no tengas que caminar bajo la lluvia?

—¡Sí! ¡No! Quiero decir ¿por qué haces esto?

—¿Esto?

—No te hagas el idiota. No es necesario que te lo explique.

—Lo siento, nena, pero en este momento me conviene ser un poco idiota. ¿A qué te refieres cuando dices «esto»? ¿Qué es lo que te molesta tanto?

—Naruto... por favor, basta. No puedo seguir así... día tras día.

—Te equivocas, preciosa, claro que puedes seguir así... —Me guiñó un ojo —. Y todavía no me has dicho qué es «esto».

Ladeó la cabeza, mirándome. Ahora era él quien tenía los brazos cruzados.

«No puedo seguir siendo fuerte si me llama preciosa, o me guiña un ojo. ¡No puedo!».

Tenía que salir de aquel despacho. Y debía hacerlo ya.

—Bien, estoy esperando...

Iba a hacer que se lo dijera, ¡menudo capullo! Y, de todas maneras, ¿qué era lo que le pasaba?

—Que te comportes en el trabajo como si yo te importara —grité por fin —. Si no me quieres... ¿por qué no me dejas en paz de una vez?

«¡Ay, Dios! ¿Qué acabo de decir?».

Se levantó de la mesa y dio un paso hacia mí. No dijo nada mientras se acercaba. No sabía lo que pensaba hacer cuando me alcanzara, pero el instinto me hizo pensar en correr. Naruto parecía un depredador peligroso y me sentí como una presa indefensa.

—¿Qué estás haciendo? —exigí, retrocediendo varios pasos hasta chocar contra la pared.

Siguió aproximándose hasta que me encerró poniendo un brazo a cada lado de mis hombros para bloquearme la salida.

—Estoy demostrándote que huir no volverá a funcionar, Temari. —Me puso la boca cerca del cuello e inhaló mi olor—. Mmm... De todas maneras, ahora no quieres escapar. Puedo olerlo.

«¡Ay, Dios...!».

Sacudí la cabeza, tratando de protegerme de la intoxicación que provocaba aquella maldita esencia de dominación masculina que me enardecía como el más poderoso licor.

—¿Qué quieres de mí? —susurré contra su mandíbula cubierta de barba incipiente. Tenía los labios tan cerca de su piel que podría rozarlos contra ella sin esfuerzo. Apenas pude contener un sollozo.

Movió una mano y colocó entre mis pechos el dorso de los dedos. Los deslizó lentamente hacia arriba, tocando mi sensible piel hasta llegar a la garganta, y luego me acarició el cuello, la barbilla y, finalmente, los labios.

Estaba tan excitada que, seguramente, podría alcanzar el orgasmo si él me lo ordenaba. No era necesario demasiado para que lo alcanzara con él. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuvimos juntos, pero mi cuerpo lo recordaba. Lo recordaba todo. Había sido demasiado bueno.

Me metió los dedos en la boca sin que yo opusiera resistencia.

—Quiero esto, sunshine.

Acercó sus labios a los míos, con los dedos todavía sobre mi lengua, indagando, mojándolos con mi saliva.

—Quiero que grites mi nombre cuando esté dentro de ti; cuando estés a punto de correrte. Te quiero en mi cama para que podamos follar durante toda la noche... una y otra vez, hasta que seas una esclava del placer como solías serlo.

Cerré los ojos y agradecí el apoyo de la pared, porque fue lo único que me sostuvo cuando me fallaron las piernas. .

.

.

Naruto

La tenía justo donde quería, cómo quería; caliente, excitada y sometida. Y resultaba todavía mejor de lo que recordaba. ¡Joder!, el deseo me nublaba la mente y lo que decía apenas tenía coherencia.

Estaba con mi sunshine una vez más.

El aroma a flores de su piel provocó en mí una ferocidad que no me dejaba pensar en nada más que en enterrar en ella mi erección. Iba a follarla en mi despacho. Sobre el jodido escritorio. Dentro de unos minutos, esa mesa se convertiría, literalmente, en un escritorio jodido.

Comencé a pensar cuál era el mejor camino a seguir desde la pared hasta el lugar donde podría colocar a mi chica de pelo rubio en toda su gloria, para demostrarle lo que era tan evidente para mí: que ella también me deseaba. Sabía que lo hacía, lo sentía en los huesos.

¡Oh, sí! La visión que apareció en mi mente era increíble. Tomarla en brazos y llevarla hasta el escritorio. Allí apretaría el botón que cerraría la puta puerta para que nadie nos interrumpiera. Pondría la boca en su garganta y, desde allí, bajaría para saborear sus pechos, que solían ser más dulces que la miel. Le subiría aquella falda negra que se ceñía a sus nalgas como una segunda piel antes de mover las manos a la parte interior de los muslos, donde podría...

Sasuke entró en mi despacho en ese momento y lo arruinó todo.

«¡Me cago en su puta madre!».

—Mira lo que acaba de llegar, tío. Tenía que venir a decírtelo en persona. Es jodidamente increíble... —Sasuke se interrumpió de golpe y cerró la puerta mientras murmuraba algo sobre regresar más tarde.

«Sí, hazlo, S».

Así podría matarlo.

Mientras yo trataba de fulminar mentalmente a Sasuke por su inoportuna visita, Temari se zafó de mí. Se me escapó, agachándose para pasar por debajo de mi brazo y me dio esquinazo. Traté de detenerla, pero era demasiado rápida y yo no tenía margen de maniobra para esquivar la puerta y la manilla.

Mi mano solo tocó aire.

Pero todavía olía su perfume. Aquel suave aroma a flores que me encantaba más que ningún otro seguía presente en el despacho, incluso aunque ella ya no estaba.

Me acerqué a la mesa y me senté despacio. Lento era la palabra más adecuada, debido al estado en el que se encontraba mi polla. Estaba tan dura en ese momento que podría haberla utilizado para teclear el número de recursos humanos.

—Departamento de personal de USI, Helen al habla. ¿En qué puedo ayudarle?

—Helen, soy Naruto. Necesito saber quién será esta tarde el instructor de defensa personal de Temari Sabaku. Tiene cita a las cinco.

—Le toca con Terrence, señor Uzumaki.

—Gracias, Helen. Necesito variar un poco la programación. Me has ayudado mucho.

Marqué de nuevo.

—Terrence Shaw al aparato.

—Terrence, soy Naruto. Lo siento, pero no vas a poder instruir esta tarde a Temari Sabaku en defensa personal. Está programada a las cinco. Tienes que hacer otra cosa.

—De acuerdo, jefe. Solo dime lo que quieres y adónde tengo que ir —respondió Terrence sin dudar.

«Buen chico, Terrence. Es posible que tenga que hacerte un buen regalo por Navidad por ser tan colaborador conmigo».

—Bien, ha surgido un asunto prioritario. La señorita Sabaku tendrá su clase la próxima semana. ¿Tienes un lápiz a mano?

Puse fin a la llamada y me recliné en la silla, sintiéndome muy, muy satisfecho por mis habilidades planificadoras. Estaba aprendiendo a hacer trampas y tenía que confesar que me sentía muy bien. Por primera vez desde que ella había vuelto a aparecer en mi vida, sabía lo que debía hacer. Tenía una estrategia.

Miré el reloj.

Faltaban dos horas.

Dos horas más y la tendría solo para mí en un espacio cerrado.

Y en esta ocasión no iba a haber ninguna interrupción.