Capítulo 21
Temari
En el momento en que regresé a mi puesto de trabajo, era un manojo de nervios, preocupaciones y hormonas. La parada que hice en el aseo para recomponerme no me ayudó demasiado. Me conocía lo suficientemente bien como para saber que tenía problemas muy serios, pero no se me ocurría ninguna manera de solucionarlos.
«Naruto había querido follar conmigo. En su despacho».
«Y yo le hubiera dejado».
¿Qué demonios le ocurría a Naruto? Su comportamiento como hombre de las cavernas igualaba su apariencia de dios griego, y eso suponía grandes problemas para mí. Si Sasuke no nos hubiera interrumpido, ahora mismo estaríamos sobre su escritorio, follando como locos. ¡Ay, Dios...!
Me senté y permanecí ensimismada durante un minuto, tratando de procesar lo que acababa de ocurrir en el despacho de Naruto.
¿Qué significaba todo eso? ¿Estaba tratando de torturarme?
¿Esperaba que me acostara con él cada vez que tuviera ganas? ¿Era así como pretendía hacerme pagar que lo hubiera dejado hacía tantos años? ¿Estaba, simplemente, comportándose como un bastardo manipulador y tratando de hacerme sentir culpable para llevarme de nuevo a su cama?
Bueno, si era así, era mucho más que un bastardo manipulador. Me acomodé en mi silla hirviendo de cólera, sintiéndome más furiosa a cada minuto que pasaba.
Abrí mi cuenta de correo electrónico y me puse a escribir.
Para: nuzumaki .uk
Si crees que voy a permitir que me lleves a casa esta noche, estás como una puta cabra. ¡Déjame en paz!
Mantuve la vaga esperanza de que hubiera hecho caso a mi mensaje, tanto en sentido literal como figurado, porque no me respondió. Quizá había entrado algo de sentido en esa cabeza dura después de que el jefe hubiera estado a punto de pillarle manteniendo relaciones sexuales con una de las empleadas. No era culpa mía, eso estaba claro; solo suya. Había sido él quien se metió en ese lío y él debía arreglarlo.
Cuando llegaron las cinco, me había tranquilizado lo suficiente como para pensar en la clase de defensa personal. Quizá me vendría bien aprender algunas técnicas, las podría utilizar contra Naruto si intentaba seducirme de nuevo en su despacho.
¿Habría una próxima vez? «No puede haber una próxima vez, estúpida».
Me decidí a archivar el asunto de momento, ya que tenía que concentrar mi atención en la clase que estaba a punto de recibir. Me dirigí al vestuario, que se encontraba junto a las instalaciones de entrenamiento, y me puse la ropa apropiada. La nota sugería que utilizara prendas cómodas y zapatos deportivos, así que había llevado todo en una bolsa.
Una vez vestida fui al gimnasio, donde se suponía que debía reunirme con el instructor, un tal Terrence. Las clases eran unipersonales, para maximizar el tiempo que se dedicaba al entrenamiento. Al parecer en USI no se andaban con chiquitas cuando se trataba de estos asuntos.
Me encontré las luces encendidas y había un PowerPoint a punto de comenzar en una pantalla instalada en la pared, pero no había nadie en la estancia.
—¿Hola? ¿Hay alguien aquí? —grité. Solo me respondió el silencio.
Me aproximé al centro de la colchoneta y miré a mi alrededor. Las instalaciones eran las típicas de entrenamiento: máquinas estáticas, cintas de correr, pesas y otros elementos adecuados para el adiestramiento en artes marciales. Seguramente también se practicaría Krav Maga en ese lugar. Estaba muy de moda y tenía amigos que jamás se perdían una clase.
Me gustaría tener una mente abierta, pero no la tenía para este tipo de cosas. Prefería caminar al aire libre, o practicar pilates o yoga en el parque. Eran ejercicios mucho más suaves que los que se podían hacer tras las paredes de un gimnasio.
Escuché el sonido de las puertas y me giré hacia allí. No se trataba de un instructor anónimo llamado Terrence.
Era Naruto.
Vestido de negro de pies a cabeza, con pantalones de entrenamiento ajustados y una dri-Fit de manga larga, que se ajustaba a las formas de su pecho y sus brazos como una segunda piel.
Caminó lentamente hacia mí. Me miraba de nuevo con ojos depredadores que parecían querer devorar todo mi cuerpo.
«¡Oh, por favor, no!».
—Ha habido un cambio de instructores. Me temo que la clase te la daré yo.
«¡Joder!».
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Naruto
—¿Q-qué demonios...? —tartamudeó ella, con una hermosa expresión de furia y de desprecio absoluto.
«¡Genial! Podré aprovechar toda esa ira a mi favor».
—No puedes hablar en serio —continuó, a pesar de estar boquiabierta por la sorpresa.
—Oh, me tomo muy en serio las lecciones de autodefensa que reciben todos los empleados de USI.
—No me refiero a eso, Naruto, y lo sabes de sobra. —Golpeó el suelo con el pie, al tiempo que esbozaba un mohín con los labios que me pareció la mueca más sexy del mundo y que logró que mi polla se pusiera dura al instante. Quería besar aquella airada boca suya hasta que cediera a lo inevitable.
Yo... Ella... Lo haríamos. Una vez que rompiera aquella cáscara suya en la que se había encerrado, podría llegar a ella, y solo podía imaginar el resto.
Encogí los hombros.
—¿Qué? ¿Empezamos? —Le tendí el brazo con la palma hacia arriba y la invité a ocupar la posición adecuada en la colchoneta.
—¡No! —gritó—. No vamos a empezar nada.
—Estás aquí para recibir una clase, ¿sí o no? —comencé a caminar en círculos lentamente a su alrededor. Ella se fue girando para no perderme de vista—. Tienes que tener nociones de defensa personal. —La señalé con dos dedos—. Y yo estoy aquí para enseñártelas. —Apunté mi propio pecho con los pulgares sin dejar de dar vueltas, notando que estaba más incómoda según pasaban los segundos.
«Siempre es bueno tener un plan».
—Pero, ¡no puedes entrar aquí e instruirme como si tal cosa, después de lo que ha estado a punto de ocurrir en tu oficina hace menos de tres horas!
—Pues no veo a ningún otro instructor en la habitación, ¿y tú? —Miré a mi alrededor con una expresión dramática—. Solo yo. —Reduje el radio del círculo, acortando la distancia entre nosotros, y percibí que sus pupilas se agrandaban. Mis burlonas respuestas estaban consiguiendo que cada vez estuviera más enfadada.
—Esto no está bien, Naruto. ¿Por q-qué me haces esto? —farfulló.
—Ya estás de nuevo con esa palabra, sunshine. «Esto» es un término muy impreciso, si no te importa que te lo diga. En serio, creo que tengo que exigirte que me expliques claramente qué quieres decir cuando la pronuncias.
—¿Por qué eres tan cruel conmigo? ¿Es que no he sufrido lo suficiente? ¡No eres más que un sádico, imbécil!
—¿Por qué estás tan enfadada, sunshine? ¿Quieres golpearme por lo que estuve a punto de hacerte antes, en mi despacho?
Ella me miró jadeante, con aquellos hermosos pechos subiendo y bajando al ritmo de su respiración entrecortada bajo el ajustado top deportivo de color rosa que se había puesto. Quería arrancárselo, necesitaba ver sus tetas desnudas.
«Pronto...».
Le sostuve la mirada.
—Sabes de sobra lo que habríamos hecho si S no hubiera entrado cuando lo hizo, ¿verdad? —Le tendí las manos con las palmas hacia arriba—. Reconócelo, te hubiera puesto en el escritorio y estarías gritando de placer en menos de dos minutos.
Me abofeteó con tanta fuerza, que me afiancé en mi intención de poner fin a todo aquello.
—¡Cállate! ¡No digas eso, cabrón! ¿Por qué me dices esas cosas? ¿Por qué te burlas de mí de una manera tan cruel?
Le tendí las manos ofreciéndole mi cuerpo, ofreciéndome por completo.
—Sigue, sunshine, deja que salga todo. Golpéame, puedo soportarlo. Suelta todo lo que te carcome por dentro; todo lo que hace que estés enfadada conmigo. Es por mí, ¿verdad? Estás enfadada conmigo.
Se detuvo, con los pechos todavía agitados, y la furia a punto de descontrolarse por completo.
—Ha llegado la hora de la verdad, preciosa. ¡Venga! —Le hice un gesto señalando mi pecho—. Acabemos con las mentiras, con todo lo que nos separa. Solo la verdad. Dila en voz alta para que pueda oírte. ¡Dime la puta verdad de una jodida vez!
Me golpeó el pecho, los brazos y la cara, con toda la volátil ira de una mujer enfurecida. Y cada bofetada y golpe nos acercaba un poco más.
—No fuiste a buscarme. Deberías haber ido a buscarme a Italia, deberías haberme contado la maldita verdad. Me hiciste creer que algo nos mantenía separados. Te amaba, y me mantuviste alejada cuando podías haber venido a explicármelo todo. ¡Nos mantuviste separados, Naruto!
Se dejó caer sobre mí, presa de intensos sollozos de angustia. Por fin había dejado de luchar consigo misma, por fin me había revelado la verdad.
La abracé y apreté su cabeza contra mi pecho; contra mi corazón, donde siempre tenía un sitio, incluso aunque estuviéramos separados. Donde siempre tendría su lugar.
—Lo sé —susurré en su oído para que pudiera escucharme con claridad—. Fue culpa mía.
Encerré su cara entre mis manos y la obligué a mirarme. Su rostro estaba veteado por las lágrimas, manchado de negro por la máscara de pestañas y, sin embargo, la tranquila quietud con que me sostenía la mirada hacía que me pareciera absolutamente hermosa. Supongo que fue la trascendencia del momento. Por fin estábamos en sintonía otra vez, en la misma puta página del mismo jodido libro.
—Lo sé, lo sé... Me equivoqué. Debería haber ido a buscarte. —Le acariciaba las mejillas mientras la sostenía, tratando de hacerle entender—. Lo siento mucho.
Acerqué más su cara, entre mis manos, e incliné mis labios hacia los suyos.
La vi estremecerse.
—Déjame, sunshine. Déjame entrar ahora —susurré con ternura. Mi voz contenía una súplica, pero también una orden.
Lo intenté de nuevo, y esta vez aceptó mi lengua. Sus labios suaves temblaron bajo los míos cuando se entregó a mí. Profundicé el beso. Le mostré todo lo que había aprendido en los años en que estuvimos separados. Le demostré lo bueno que era sentir la lengua de tu amante en la boca. Le enseñé mi amor.
A partir de ahí, todo se descontroló. Agradecí para mis adentros haber desactivado la cámara de seguridad que filmaba lo que ocurría en esa sala.
Caminé con ella hasta una pared acolchada y me apreté contra su cuerpo. Nada iba a detenerme esta vez. Nada.
Ni siquiera ella. .
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Temari
Naruto tenía las manos sobre mí, la lengua en mi boca, su cuerpo me poseía. No podía hacer nada más que dejarme llevar.
Me sentía arder por todas partes, y mi mente se había visto obnubilada por el sabor y el aroma de él mientras nos consumíamos el uno al otro en el gimnasio de entrenamiento, contra una pared acolchada.
Me subió bruscamente el top deportivo y soltó un gruñido cuando se derramaron mis senos. Era un sonido hambriento, emoción en estado puro. Cuando me miró, mis pezones ya estaban duros, anhelando sentir su boca sobre ellos de nuevo.
Apreté la cabeza contra la pared, presa del éxtasis, cuando percibí el primer y exquisito toque de su lengua degustando mi piel. Me chupó despacio, lamió mis pezones y me hizo delirar de necesidad. Sostuve su cabeza contra mis pechos mientras les rendía homenaje.
—Te necesito ahora —jadeó con la respiración áspera.
—Sí... —Mi voz era casi incoherente por el deseo, ni siquiera me importaba que estuviéramos en una sala pública. No nos importaba a ninguno. No pensaba en nada más allá de Naruto, en estar lo más cerca de él que pudiera.
Se apartó un poco y se dejó caer de rodillas ante mí. Puso las manos en la cinturilla del pantalón de yoga y tiró hacia abajo. Con fuerza. Y las bragas bajaron también con él. Puso entonces los labios en mi monte de Venus y comenzó a besarlo con suavidad, como si estuviera saludándolo con dulzura después de tanto tiempo de separación.
Eso pareció. Mi cuerpo conocía el suyo tan íntimamente como se podía conocer y, sin embargo, allí estábamos, a punto de subir juntos otro peldaño.
—Levanta el pie —me ordenó, antes de liberar la pierna derecha de los pantalones y las bragas con un solo movimiento. La otra le dio igual; solo necesitábamos un lado libre para lograr nuestro objetivo.
Naruto se levantó y me besó antes de que pudiera respirar. Me deslizó la mano por la cadera y el pubis, cubriendo el montículo con toda la palma.
—Te deseo, sunshine. —Deslizó dos dedos entre los pliegues—. Aquí y ahora. —Sondeó mi sexo con las yemas, profundizando en la resbaladiza humedad que había creado hasta encontrar mi clítoris.
Gemí con fuerza cuando lo rozó, el contacto era tan placentero que supe que alcanzaría el orgasmo en solo unos minutos. Saqueó mi boca con la lengua y mi sexo con los dedos, me moví de adelante atrás sobre su mano, buscando mayor fricción en el inflamado brote, hasta que no pude evitar gritar perdida en el clímax. Su boca amortiguó el volumen de mis gritos mientras yo cabalgaba sus experimentados dedos.
Noté que con la otra se bajaba los pantalones deportivos, liberando su erección, ya preparada para mí.
—Allá vamos, preciosa —me dijo, mirándome a los ojos mientras me alzaba del suelo sujetándome las piernas y me las abría para que le recibiera. Sentí el glande en la entrada de mi cuerpo un instante antes de que se enterrara hasta el fondo—. ¡Joder! —gimió—. Eres muy estrecha.
—¡Oh, Dios...! —Nos detuvimos un momento mientras nos acoplábamos por primera vez en muchos años. La conciencia de lo que estaba pasando entre nosotros era abrumadora. Me olvidé de los pensamientos y me aferré a sus fuertes brazos. Notaba la pared contra la espalda una y otra vez, mientras su deliciosa y enorme longitud me dilataba por completo. Dentro y fuera. Más rápido, más intenso con cada envite. Nuestras bocas se devoraban, nuestros cuerpos luchaban por alcanzar el clímax... Yo llegué primero, mis músculos internos se cerraron, palpitantes, alrededor de su pene.
Grité cuando ocurrió, una vez más, incapaz de moverme. Solo podía aceptar lo que él continuaba dándome.
Naruto me traspasó con la mirada cuando comenzó a correrse. Su pene se hizo más grande en mi interior, más ardiente, y comenzó a latir cada vez más hinchado cuando llegó a la cima de su propio orgasmo.
El tiempo se ralentizó y se suavizó... Apoyé mi frente en la de él mientras continuaba meciéndose con ternura en mi interior, como si fuera una caricia. Me besó sin pausa, amorosamente. Aquel instante había sido precioso, perfecto, pero cuando fuimos saliendo de la neblina en la que nos envolvía el sexo, la realidad nos mostró lo que acabábamos de hacer.
—Te voy a bajar, ¿vale?
Asentí con la cabeza y el persistente placer fue reemplazado por preocupación.
Se retiró con cuidado y me puso los pies en el suelo, sosteniéndome hasta que recuperé el equilibrio. En esta ocasión sentí mucha humedad y me di cuenta que jamás había notado tanta. Cuando bajé la vista, vi un reguero de semen brillante en el interior del muslo.
—¡Oh, no! ¡No usaste un condón! —Me incliné frenética para tratar de ponerme la otra pernera del pantalón de yoga y la braga, absolutamente aterrada por lo que Naruto podía decir o hacer.
Me los puse y me bajé el top hasta que me vi decente. Pensé en correr hacia la puerta. Sí, lo pensé.
Naruto debió de evaluar correctamente mi estado emocional, porque me sostuvo por los brazos y me abrazó con firmeza.
—No pasa nada, ¿me oyes? Todo está bien.
—Pero no hemos usado nada. Te has corrido en mi in...
Me besó en los labios, seguramente para hacerme callar, pero consiguió que me tranquilizara un poco.
—No importa —repitió mientras sacudía la cabeza lentamente—. No importa, porque no pienso volver a usar condones cuando haga el amor contigo.
Comencé a llorar. Las emociones eran demasiado intensas y necesitaba un poco de intimidad.
—N-necesito asearme... Vestirme para... para regresar a casa.
—Shhh... no te asustes. No pasa nada, sunshine. Te ayudaré. —Me pasó la mano por el pelo una y otra vez mientras intentaba tranquilizarme con tiernas palabras.
—¿Naruto?
—Sé dónde ir. Ven conmigo. —Me tomó de la mano sin soltarme. No me la soltó ni una sola vez mientras tomábamos el ascensor hasta la planta cuarenta y cuatro, ni después, cuando me hizo pasar por una puerta trasera que conducía a una entrada por la que se accedía a una suite privada situada detrás de su despacho.
—Esta habitación es mía. Nadie más que yo puede acceder a ella.
—¿Puedo darme una ducha? —pregunté, insegura ahora de todo y de todos, incluida yo misma.
—Por supuesto. —Todavía con mi mano en la suya, la llevó a sus labios y depositó un suave beso en los nudillos.
—¿Qué pasará ahora, Na...?
Me besó con firmeza en la boca. Un beso exigente y posesivo, con su lengua indagando para encontrar la mía y moverse con ella en profundos remolinos. Terminó cuando quiso, dejando muy claro que se haría cargo de la situación a su manera.
—Te vas a quedar aquí.
—¿Cómo? —pregunté, rodeándole el cuello con los brazos y aferrándome a él para evitar que me flaquearan las piernas y caerme al suelo.
Él sonrió y volvió a besarme, esta vez con dulce suavidad, como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Mis preocupaciones comenzaron a diluirse, pero el beso no sirvió para que mis rodillas se fortalecieran.
—Vas a quedarte conmigo... Toda la noche... En esta suite.
