Éste es un One-Shot, escrito como continuación de mi primer fic "Juro solemnemente que ésto es una travesura". Muchas personas se quedaron con ganas de saber qué ocurrió con nuestra pareja principal, después de aquel final tan abierto. Y esto es lo que pasó. Espero que les guste, y queden resueltas sus dudas.
.
Disclaimer; Todos los personajes y el ambiente de éste One-Shot, pertenecen al universo de J.K Rowling.
.
Caprichos del destino.
…
El 31 de agosto el clima empezó a cambiar, el sol no había salido en la mañana y no parecía que fuera a aparecer, en mucho tiempo. El cielo poblado de nubes oscuras, anunciaba lluvias. El verano había acabado de golpe.
Draco recordaba con cierta nostalgia, cómo cada año se quejaba de lo mismo, tener que abandonar la comodidad, las diversiones y las libertades de Malfoy Manor, para regresar al cumplimiento de las normas y la rigidez de Hogwarts. Durante años había odiado el colegio, nunca se imaginó que fuera a extrañarlo tanto. A pesar de todo, había sido una de las etapas más felices de su vida.
Observó a través del cristal del largo ventanal, el cielo negro sin una sola estrella que lo iluminara. Unos relámpagos brillaron anunciando la inminente tormenta. La lluvia cayó de inmediato, fuerte y sonora. Cerró las espesas cortinas y apagó las luces, dejando únicamente la lamparilla de la mesa de noche.
—Papá, ¿y si no voy a Slytherin? — Draco sonrió, acomodó las mantas y se sentó en el mullido sillón, junto a la cama de su hijo.
—Estoy seguro de que irás a Slytherin…
—¿Pero y si voy a otra casa?, eso podría pasar —. Draco miró a su hijo, sabiendo que estaba nervioso, aunque el niño lo disimulaba muy bien, lo conocía. En ése aspecto era igual que él, a su edad.
—Si vas a otra casa, no pasará nada. Como siempre dice tu madre, todas las casas son buenas. Pero yo sé que irás a Slytherin. A menos… que realmente no quieras. El sombrero seleccionador tiene en cuenta tu opinión —. El niño se encogió de Hombros, tratando de que pareciera que le restaba importancia a ése hecho.
—Todas las casa son buenas…
—Bien, deberíamos cerciorarnos de que está todo comprado —se levantó y se acercó al baúl en el que estaban los útiles perfectamente ordenados —, a ver… están las tres túnicas de trabajo, el sombrero negro de punta, los guantes protectores y dos capas de invierno. ¿Qué más…?, El Libro Reglamentario de Hechizos de Miranda Goshawk. Una Historia de la Magia, de Bathilda Bagshot. Teoría Mágica, de Adalbert Waffling. Guía de Transformaciones para principiantes, de Emeric Switch…. —siguió enumerando todos los demás—, sí. No falta ningún libro.
—Me sé de memoria lo que falta —indicó con suficiencia.
—Genial, ve diciéndome.
—Mi varita. Un caldero de peltre número dos. Un juego de redomas de vidrio o cristal. Un telescopio. Una balanza de latón. Y…
—Y una mascota que puede ser un sapo una lechuza o un gato. No Scorpius, ya hemos hablado de eso.
—Pero papá… —se quejó, sabiendo que no le permitían tener una mascota.
—No —Draco cerró el baúl y volvió a sentarse junto a Scorpius, con un viejo libro en las manos.
—¿No se supone que ya estoy mayor para que me leas cuentos? —Draco alzó las cejas, no esperaba esas palabras de su hijo.
—Es cierto, ya tienes once años… —una media sonrisa orgullosa y un poco melancólica, asomó en sus labios—, pero me gustaría que escucharas ésta fábula. Ésta es diferente a las demás, y estoy seguro de que no te la han contado nunca.
—¿Ni siquiera mamá?, ella me ha contado miles de cuentos. Hasta me ha contado todos los de los Muggles —rió, negando con la cabeza.
—Ni siquiera tu madre te ha contado ésta. Quería hacerlo yo, en una ocasión especial ¿y qué mejor ocasión que ésta?, mañana es tu primer día de colegio —Scorpius sonrió animado y expectante —¿Te apetece escucharlo?
—¡Sí!, ¿cómo se llama? —Draco abrió el ajado libro casi por el final, y comenzó a leer.
—Se titula… Los Tres Hermanos —Scorpius se acomodó en la cama y prestó atención— Había una vez… tres hermanos que viajaban hacia la hora del crepúsculo, por una solitaria y sinuosa carretera. Los hermanos llegaron a un río demasiado profundo para vadearlo y demasiado peligroso para cruzarlo a nado. Pero como los tres hombres eran muy diestros en las artes mágicas, no tuvieron más que agitar sus varitas e hicieron aparecer un puente para poder cruzarlo —Draco alzó la vista un segundo y vio a su hijo muy interesado, pero también sabía que pronto caería profundamente dormido, como era su intención —Cuando se hallaban por la mitad del puente, una figura encapuchada les cerró el paso. Era la Muerte, y ella les habló. Estaba contrariada porque acababa de perder a tres posibles víctimas, ya que normalmente los viajeros se ahogaban en el río. Pero fue muy astuta, y fingiendo felicitarlos a los tres por sus poderes mágicos, les dijo que cada uno tenía opción a un premio por haber sido lo bastante listo para eludirla —un sonoro trueno, se unió a tres relámpagos que desperezaron al niño. Cambió de postura, y fijó la vista cansada en el rostro de su padre.
—La muerte es extraña… y no sabía que pudiera hablarnos.
—Bueno, "se supone" que es una fábula —Le contestó, guiñándole un ojo —. Así pues, el hermano mayor, que era un hombre muy combativo, pidió la varita mágica más poderosa que existiera, una capaz de hacerle ganar todos los duelos a su propietario; en definitiva, ¡una varita digna de un mago que había vencido a la Muerte!. Ésta se encaminó hacia un saúco que había en la orilla del río, hizo una varita con una rama y se la entregó.
—¿Se la entregó? —preguntó sorprendido.
—Así es —contestó observando su cara incrédula—. A continuación, el hermano mediano, que era muy arrogante, quiso humillarla aún más, y pidió que le concediera el poder de devolver la vida a los difuntos. La Muerte sacó una piedra de la orilla del río y se la entregó, diciéndole que aquella tendría ése poder —Scorpius se tapó la boca bostezando, ampliamente.
—No hay nada que pueda resucitar a los muertos… —terminó de decir, frotándose los ojos.
—Por último, la Muerte le preguntó al hermano menor qué deseaba. Éste era el más humilde y también el más sensato de los tres, y no se fiaba ni un pelo. Así que le pidió algo que le permitiera marcharse de aquel lugar sin que ella pudiera seguirlo. La Muerte, de mala gana, le entregó su propia capa de invisibilidad —El niño estaba visualizando en su mente, cada escena. Con una expresión pensativa y soñolienta, quiso saber si aquello realmente era una leyenda, o un simple cuento infantil. Pero decidió seguir escuchando, y dejar las preguntas para después— Entonces la Muerte se apartó y dejó que los tres hermanos siguieran su camino. Así lo hicieron ellos mientras comentaban maravillados, la aventura que acababan de vivir y admiraban los regalos que habían obtenido. A su debido tiempo, se separaron y cada uno se dirigió hacia su propio destino. El hermano mayor siguió viajando algo más de una semana, al llegar a una lejana aldea buscó a un mago con el que mantenía una grave disputa. Naturalmente, armado con la Varita de Saúco, era inevitable que ganara el duelo que se produjo. Tras matar a su enemigo y dejarlo tendido en el suelo, se dirigió a una posada, donde se jactó por todo lo alto de la poderosa varita mágica que le había arrebatado a la propia Muerte, y de lo invencible que se había vuelto gracias a ella —Scorpius volvió a bostezar y se arrebujó bajo sus sábanas —Esa misma noche, otro mago se acercó con sigilo mientras el hermano mayor yacía borracho como una cuba, en su cama. Le robó la varita y por si acaso, le cortó el cuello. Y así fue como la Muerte se llevó al hermano mayor —. Scorpius alzó las cejas, imitando el mismo gesto heredado de Draco, pero irremediablemente, sus ojos le pesaban como ladrillos, y empezaban a cerrársele —. Entretanto, el hermano mediano llegó a su casa, donde vivía solo. Una vez allí, tomó la piedra que tenía el poder de revivir a los difuntos y la hizo girar tres veces en la palma de su mano. Para su asombro y placer, vio aparecer ante él a la muchacha con quien se habría casado si no hubiera fallecido prematuramente. Pero ella estaba triste y distante, separada de él por una especie de velo. Pese a que había regresado al mundo de los mortales, no pertenecía a él y por eso sufría. Al final, el hombre enloqueció a causa de su desesperada nostalgia, y se suicidó para reunirse de una vez por todas con su amada. Así fue como la Muerte se llevó al hermano mediano. Después buscó al hermano menor durante años, pero nunca logró encontrarlo. Cuando éste tuvo una edad muy avanzada, se quitó por fin la capa de invisibilidad y se la regaló a su hijo —Draco sonrió al pensar en Scorpius y alzó la vista. Pudo comprobar que tenía la respiración acompasada y tranquila. Estaba completamente dormido —. Y entonces recibió a la Muerte como si fuera una vieja amiga… se marchó con ella de buen grado. Y así, como iguales… ambos se alejaron de la vida…
Cerró el libro y lo dejó en su mesita de noche. Apagó la luz de la lamparilla, besó a su hijo en la frente y salió de su habitación con sigilo, para no despertarlo. Antes de cerrar la puerta, lo contempló un instante. Una nueva vida comenzaba para él, y una sensación agridulce, de felicidad, orgullo y tristeza, lo embargó. El tiempo era cruel, le había arrebatado sus mejores momentos.
Como cada año, el andén nueve y tres cuartos estaba abarrotado de familias que se estaban despidiendo se sus hijos, quienes partirían a un nuevo año escolar. Muchos ya sabían lo que les esperaba, y para otros tantos, era su primera despedida del cuidado y la vigilancia paterna. Draco había sido de los primeros en llegar por la insistencia de Astoria, para que Scorpius pudiera elegir donde sentarse, y no tener el problema de que fuese rechazado en algún vagón, por sus antecedentes familiares. El niño sabía toda la verdad, no le habían ocultado nada, pero ella se había preocupado de educarlo de una forma más abierta, y sin prejuicios hacia los Muggles, los nacidos de Muggles y los mestizos. Draco se sentía tranquilo y feliz, de que su hijo no fuera como lo había sido él, en aquel entonces. Pero no había resultado una situación fácil con sus padres, habían aceptado su enlace con, sólo porque no lo habían podido impedir. Aunque la muchacha era de Sangre Pura, su ideología chocaba a más no poder, con los valores y tradiciones de Lucius y Narcissa.
Astoria entregó a Scorpius, una enorme bolsa de golosinas. "Los dulces ayudan mucho a hacer amigos", le había indicado. Lo besó en la mejilla y lo estrechó con fuerza. Se sentía muy débil a causa de su enfermedad, la cual llevaba años castigándola. Le dolía todo el cuerpo, pero estaba encantada de haber hecho el esfuerzo de poder despedirse del niño. Ya no lo volvería a ver hasta Navidad, y sabía que lo extrañaría muchísimo.
Draco echó un vistazo a su alrededor, pudo reconocer a varias caras conocidas. Algunos, como él, llevaban a sus propios hijos por primera vez. Allí también estaba Harry, junto a Ginevra y sus tres hijos. Harry lo miró una sola vez, también lo reconoció y le hizo un cordial gesto con la cabeza, a modo de saludo. Entonces, muy cerca de ellos, la pudo ver. Por primera vez en tantísimos años, la volvía a ver. Estaba diferente, muy cambiada, más alta, más madura, más mujer. Su corazón se disparó.
Hermione abrazaba a una niña pelirroja, tan pelirroja como Ronald Weasley, él estaba junto a ellas, y llevaba a otro pequeño, de la mano.
—¿Puedo ir yo también, mamá? —escuchó que le preguntaba a Hermione.
—No, cielo. Tú aún no puedes ir.
Draco se había quedado estupefacto, y de eso pasó a un desagradable sentimiento de rabia, no podía creer que finalmente se hubiera cansado con Weasley, y le hubiera dado hijos. Su boca se torció en una mueca de asco. Estaba de mal humor.
—Draco… ¿todo bien? —le preguntó Astoria, preocupada.
—Sí… no pasa nada. Es sólo que detesto los lugares abarrotados de gente — en ése momento el Expreso pitó, anunciando que los alumnos debían subir —. Vamos Scorpius, te ayudaré con el baúl. El niño volvió a despedirse de su madre, y se apresuró a cargar junto a Draco, su baúl de clase.
El tren partió a los pocos minutos, y todos los padres se quedaron para decir adiós con las manos, desde el andén. Cuando hubo desaparecido por el camino, giró la cabeza para ver si ella aún estaba allí, pero ya no estaba cerca, la vio a lo lejos llevando de la mano a su hijo, en busca de la salida a King's Cross. En cambio se encontró cara a cara con Ronald Weasley, que le dedicaba una de sus típicas miradas de profundo odio.
Draco pasó a su lado ignorándolo, abrazado de Astoria. Pasó por alto las tremendas ganas que tenía de darle un buen puñetazo.
Ésa noche soñó con ella, en sus sueños estaba justo como la había visto por última vez, en aquel viejo apartamento junto a Dervish y Banges. Eran sólo unos adolescentes sin idea de cómo los iba a tratar la vida. A partir de ahí, no se la pudo sacar de la cabeza. La tenía dolorosamente incrustada en sus pensamientos, y terriblemente clavada en el alma. Se daba cuenta de que a pesar de tantos años, todavía perturbaba su sosiego. Recordó con cierta amargura, todos los encuentros que habían tenido a escondidas. Recordó perfectamente cada vez que la había tenido en sus brazos, paladeando cada exquisito momento prohibido para ambos. Recordó con el ego inflado de satisfacción, que él había sido el primero al que se había entregado. Volvió a su mente cada palabra, cada beso, cada caricia. Cada uno de sus movimientos.
Se sintió mortificado por la perdida tan brusca, de ése pequeño paraíso, pero no habían tenido más opción que dejar de verse. Poco después estalló una guerra, y ellos estaban en bandos enemigos. Habría sido imposible seguir con esa fantasía, y mucho menos enfrentarse al mundo, por algo que tenía claro, que no podía ser. Después de la guerra se centró en recomponer lo poco que le quedaba de sus seres queridos. Trataron de limpiar el apellido familiar y desparecieron algunos años, hasta que las aguas volvieron a su cauce. Fue entonces cuando conoció a su esposa, y juntos volvieron a dar una nueva cara sin prejuicios, y libre de todo aquello que los relacionara con las filas de "Quien Ustedes ya Saben".
Le costó años ganarse el respeto de la sociedad mágica, y sobre todo la confianza. Tenía claro que si no hubiera sido por Astoria, no lo habría logrado. Tener a su hijo, era el mayor regalo que le habían dado, verlo crecer junto a él, y tener la posibilidad de enseñarle en base a sus propios valores, mucho más justos, no tenía comparación. Por desgracia, Astoria padecía una enfermedad producto de una maldición lanzada a sus antepasados. Era algo que les afectaría generación tras generación. Ella sabía que era débil físicamente para tener hijos, siempre se lo habían advertido, "un solo embarazo, podrá acabar con tu vida", pero no le había importado, su mayor alegría era poder darle un hijo a Draco. En San Mungo hicieron todo lo que pudieron por sacarla adelante, y contra todo pronóstico lo lograron. Ella salió radiante del hospital, junto a su esposo y su bebé. Había cumplido su mayor deseo.
Draco se sentía miserable, por no poder sacarse a Hermione de la cabeza. Necesitaba olvidarla de una vez por todas. No podía convertirse en un ingrato con su esposa.
Decidió mantenerse ocupado todo el día, pasaba largas horas en su despacho, revisando los libros de cuentas, de sus cámaras en Gringotts. Ordenando minuciosamente su biblioteca, y visitando a menudo, a los viejos amigos a los que tenía algo abandonados. Necesitaba despejarse. Aquel primer trimestre resultó mucho más duro para él, que para su propio hijo. Escribía a Scorpius una vez por semana, y el niño le contaba todo cuanto veía, todo lo que le pasaba y hasta las veces que le quitaban puntos. En su primera carta, le anunció que el sombrero seleccionador lo había colocado en Slytherin. No obstante, le comentaba apesadumbrado que casi no tenía amigos, sólo un muchacho era su amigo de verdad, un tal Albus Potter. Otro chico al que no parecía que le iba muy bien, con sus compañeros de casa. Al final, se habían hecho inseparables. También le confesó que le gustaba una chica pelirroja, le parecía preciosa y muy resuelta, pero era una Gryffindor, y no quería saber nada de él. Ni siquiera lo saludaba. A través de su hijo, Draco revivió aquellos años de colegio, que jamás pensó que fuese a añorar.
Astoria quería celebrar para Scorpius, unas Navidades por todo lo alto, así que Draco decidió que iría al Callejón Diagon, a comprar todo lo que necesitaban.
El día oscuro y frío no había evitado el típico trasiego de gente, tan habitual en la zona. Era un constante ir y venir de trabajadores cargando mercancías en carretillas, tenderos vendiendo los mejores productos al mejor precio, o eso hacían ver. Y todo tipo de magos y brujas, bien envueltos en sus túnicas de invierno, tratando de no resbalar en la nieve, recién caída ésa misma mañana. Todos se apresuraban a hacer las pertinentes compras para sus hogares.
Draco fue a ocuparse primero de comprar los regalos. Había pensado en una buena escoba para su hijo, le había dicho por carta, que era bastante bueno volando y que era probable que el año siguiente entrara en el equipo de Quidditch. Le regalaría la mejor que hubiera.
Recorrió el callejón en dirección norte hasta encontrar la tienda "Artículos de calidad para Quidditch", miró desde en frente la vitrina, recordando todas las veces que lo hizo en su infancia, de la mano de Lucius. Ahora era un hombre, y era él, quién compraba para su hijo. Se acercó para entrar y de repente escuchó su risa. Supo enseguida que era ella, la pudo ver a través del cristal, caminando por la calle junto Ron. Algo que él decía le causaba gracia. Sin saber cómo, sus pies se pusieron en marcha. Él no entendía nada, no lo había decidido, actuaba como por inercia. La estaba siguiendo con cautela, mirándola, tratando de saber hasta el más mínimo detalle de la nueva persona que era. Tenía un corte de melena por encima de los hombros, la brisa gélida acariciaba sus ondas castañas, que danzaban en el aire como invitándolo a tocarlas. Llevaba un largo abrigo negro abierto, que dejaba ver su figura bien mantenida y envuelta, en un ajustado vestido de lana roja. Calzaba unas botas altas del mismo color que su abrigo, y en sus manos llevaba varias bolsas con regalos.
A Draco se le secó la garganta observándola. Estaba hermosa. Ya no era una cría, los rasgos de su cara se habían perfilado, y podía ver la serenidad de la experiencia en su mirada. En unos ambarinos ojos de gata, que lo estaban volviendo loco otra maldita vez. Su boca pintada esbozó una leve sonrisa, y Draco quiso paralizar el mundo, para poder volver a besarla como si no existieran nada más que ellos dos.
Ron le pasó un brazo por encima del hombro, y la acercó a él. Draco sintió un dolor agudo en el pecho, su respiración nerviosa y descompuesta. No podía ser que se estuviera sintiendo tan mal, sus manos estaban inquietas, buscando a tientas su varita. Cuando la notó en sus dedos se sobresaltó, ¿qué narices le estaba pasando?, ¿qué estaba haciendo acechando a Ronald Weasley y a Hermione, con su varita en las manos?. No, no podía estar enloqueciendo nuevamente, por ella. Otra vez no, ya la tenía superada, ya no le causaba nada, ya la había… ¿olvidado?, por supuesto que no, era ridículo hasta planteárselo. Se obligó a parar y trato de coger una buena bocanada de aire apoyándose en una pared de piedra, perteneciente a una pequeña pastelería. Se inclinó sintiendo cada vez más el peso de su cuerpo. No, no podía permitirlo. Otra vez no. Estaba casado, felizmente casado con una mujer muy bella, que muchísimos magos le envidiaban. Tenía un maravilloso hijo con ella. No podía ser tan cruel.
Decidido, haría todo lo que estuviera en sus manos para arrancársela del pensamiento. Tardó varios minutos en estar restablecido, luego salió de allí lo más rápido que pudo.
Aquellas primeras vacaciones fueron esperadas por todos, tanto por los alumnos como por los padres ansiosos, por tener a sus hijos en casa. Scorpius estaba más feliz y sociable que nunca. No paraba de hablar de cómo era su día a día en Hogwarts. Todo bajo el amargo y mal llevado estupor, de sus abuelos, que estaban en contra de su educación, tan distinta aplicada a Draco. Lo mejor había llegado para la cena, estando sentados a la mesa, con los lujosos y suculentos platos intactos, escuchándolo atentamente contar una anécdota tras otra. Parecía que Lucius contenía la respiración, y Narcissa miraba a Draco a los ojos, como si tuviera ganas de asesinarlo.
—Pues bueno, papá siempre me decía que iba a caer en Slytherin y así fue, está bien la casa aunque… la gente no es tan amable. Algunos sólo han querido acercarse a mí, porque papá y tú habéis sido… Mortífagos. Otros me han dicho directamente, que yo no debería estar en Hogwarts, que mi apellido mancha la casa de Slytherin, que por mi culpa y la de quienes siguieron al Señor Tenebroso, la casa tiene mala fama. ¡Además han querido pegarme!, pero por suerte, un maestro lo ha visto y ha castigado a quienes querían hacerlo. Algunos de otras casas han sido algo más agradables, pero muy pocos. Mi mejor amigo, bueno… —rectificó riendo— mi único amigo es Albus Potter, dice que es hijo de Harry Potter, y que fue a la casa de Gryffindor, ¡pero él ha caído en Slytherin!, a él también lo tratan mal… —comentó, lamentándose, y encogiéndose de hombros —aunque lo pasamos muy bien los dos juntos. Antes éramos tres, su prima Rose, Albus y yo. Pero… en cuanto supo cómo me apellidaba, y quién era realmente dejó de hablarme. Y es una pena… porque es la chica más guapa del colegio. Albus dice que no me quiere hablar, por culpa de su padre que es un Weasley, porque dijo que los Weasley y los Malfoy siempre hemos sido enemigos. Me habría encantado que cayera en mi casa, pero es una Gryffindor, como toda su familia.
—Bueno hijo… —seguro que podrás hacerte amigo de ella más adelante —contestó Astoria, tratando de normalizar la conversación.
—Eso quisiera pero lo veo difícil, Albus dice que su padre la ha convencido de que no me hable —Lucius tenía la cara tan roja como una langosta, estaba controlando con todas sus fuerzas, las ganas que tenía de extrangular a Draco, por la forma tan libre en que estaba educando a su nieto.
—Lo importante es que al menos ya tienes un amigo, estás a gusto en el colegio y sacas buenas notas… —comentó Draco, desviando un poco la conversación —te felicito, tus calificaciones son bastante buenas.
—La mejor alumna de todo mi curso es Rose Weasley, es brillante en todas las materias. Dice la directora Minerva que es idéntica a su madre cuando tenía la misma edad, ¡y la profesora Sprout una vez la llamó Hermione dos!, ¡y todo el mundo se rió! —respondió el niño, risueño.
Draco fijó la vista en su copa de vino, sintiendo un fuego quemándole las entrañas. ¿Acaso el malvado destino, pretendía repetir la historia, con su hijo?, no era justo. Su hijo no tenía la culpa de nada de lo que él había hecho. No tenía porqué pagar por sus errores —Puedes aclararle a ésa niña, que tú y yo somos personas diferentes, con pensamientos diferentes, y deseos diferentes. Tú eres tú, y puedes ser tan buen chico y tan buen amigo, como el que más. Dile que no te rechace por un prejuicio de su padre —Lucius respiró profundamente y soltó el aire muy despacio, intentando calmar sus nervios. Draco y Astoria lo contemplaban con una mirada muy atenta, de advertencia. Ya habían discutido en infinidad de ocasiones, sobre la crianza de Scorpius, y no pensaban cambiarla ni por sus apellidos, ni por viejas tradiciones en las que no creían, ni por sus abuelos, ni por nadie.
El niño volvió al colegio con nuevas expectativas, y la esperanza sembrada por el ánimo de su padre, de poder acercarse nuevamente a la popular hija de Hermione. Scorpius no podía ocultar estar embelesado con ella, tampoco quería quedarse de brazos cruzados, su padre siempre le había dicho que fuera perseverante para conseguir lo que quería.
Lo que Draco no sabía, era que por esos mismos consejos que le había dado, tendría que verse metido en el despacho de Minerva Mcgonagall, para atender un asunto un tanto desagradable.
La directora de Hogwarts lo había hecho pasar y sentarse frente a ella. Luego fue a buscar a los implicados. A su lado, casi sin podérselo creer, estaba ella, con esa mirada de desconcierto, como si recopilara de un solo golpe, todos los recuerdos que tenía de él.
—Granger… —pronunció Draco, mirándola de arriba abajo, sin ápice de vergüenza
—Weasley —lo corrigió ella.
—¿Perdón?
—Mi apellido es Weasley, Malfoy. Me casé con Ron y mi apellido pasó a ser Weasley —Draco frunció el ceño, asqueado.
—Entiendo… —ella le lanzó una mirada furiosa —cuántos años sin vernos… —Hermione pensó en eso, en aquella última vez en la que habían visto juntos el amanecer. A pesar de saber que se amaban, se habían despedido jurándose guardar el secreto, hasta la tumba.
—Sí, han pasado muchos años…
—Más de veinte. Y sin embargo, sigues estando… —Hermione clavó su mirada en la de Draco, a punto de acallarlo. Él sonrió con diversión, comprobando que seguía teniendo el mismo carácter— el tiempo te ha tratado muy bien.
—Gracias. Tú… tampoco has cambiado tanto —Draco alzó las cejas y sonrió, pensando en mil formas para molestarla.
—¿Entonces sigo más o menos igual a la última vez que nos vimos? —aquella pregunta la desarmó por completo. La llevó años atrás, a aquel apartamento prestado, al que acudían con todo el cuidado del mundo, para no ser descubiertos. Con unas ganas terribles del uno por el otro, y toda la noche para descubrirse, para volver a amarse, y entregarse mutuamente, sabiendo que sería la última. Se ruborizó hasta la raíz del pelo, con todos los recuerdos que se quedaron en ése apartamento. Brotaron en su mente con fuerza y una nitidez pasmosa, los detalles de cada unión, las sensaciones, el gozo, el placer, la pasión, y el dolor agrio de la despedida.
La puerta se abrió y entraron Rose y Scorpius, con caras asustadas y la incertidumbre de los castigos que les esperaban. La directora cerró la puerta tras ellos y se sentó en su escritorio.
—Bien… he de ser totalmente franca, y de verdad quisiera que ésto no se volviera a repetir. Es importante la educación en el colegio porque es lo que preparará a sus hijos, para su futura vida laboral. Pero la educación en casa, es fundamental. No es la primera vez que la señorita Weasley, pone en entredicho la procedencia del señor Malfoy, haciendo alusión a su origen. Una cosa es una chiquillada sin importancia, pero afirmar que el señor Malfoy es un Mortífago actual, que trabaja en las sombras para otros Mortífagos, es una acusación muy grave. Sobre todo si no hay pruebas. Esto ha desatado un revuelo en el colegio y una ola de animadversión hacia Scorpius, como nunca había sucedido desde que llegó —Draco abrió los ojos a punto de soltar un improperio, pero Minerva alzó una mano —, no he terminado señor Malfoy. No pienso tolerar ésta clase de mentiras e incoherencias por parte de ningún alumno o alumna —aseguró, mirando a Hermione—, mucho menos, ideas absurdas que vienen ya, formándose desde casa. Me habría gustado que hubiera venido hoy, el señor Weasley.
—Lo siento, Minerva. Ron está reemplazando a su hermano en "Sortilegios Weasley", le ha sido imposible venir.
—Bien, pues espero que el mensaje le llegue claro dese aquí. No quisiera a éstas alturas de la vida… tener que enviarle un Howler —Draco soltó una risita, recordando aquel que le había mandado la señora Weasley, en su segundo año de colegio. Fue motivo de mofas continúas, durante todo curso.
—Y tampoco quiero que piense, señor Malfoy, que su hijo es totalmente inocente. Resulta que ha estado haciendo apuestas con chicos de todas las casas, a que conseguía que la señorita Weasley, saliera con él —A Draco se le abrió la boca.
—¡Scorpius!
—¡Pero papá!, ¡tú me dijiste que fuera perseverante!
—¡Pero de esa forma no! —le inquirió sin poder creer que su hijo hubiera llegado tan lejos. Minerva volvió a alzar la mano, para imponer silencio.
—Lo que yo quiero que tengan ustedes bien claro, es que la educación empieza en casa. Eduquen a sus hijos adecuadamente, para que no falten al respeto a otros. No se puede echar por la borda la reputación de una persona, y menos ¡sabiendo que lo que decimos es falso!, eso no está bien —Miró a Rose, y ella agachó la cabeza, avergonzada —Tampoco se puede tratar a una persona como si fuera un objeto que podamos conseguir a cualquier precio —Ésta vez miró a Scorpius, que al igual que Rose, agachó la cabeza —. Espero que tengan una charla con sus hijos al llegar a sus casas, porque a partir de éste momento, tienen una semana de expulsión.
—Minerva, por favor… ¿no sería posible que…
—No, señora Weasley. Mi decisión ya está tomada. Con respecto a los deberes y los trabajos. Enviaremos una lechuza a cada uno, con todo lo que tienen que hacer para que estén al día—. Hermione suspiró, con pesar.
—Está bien… de acuerdo. Lo acepto, hablaremos con Rose, cuando lleguemos a casa.
—Perfecto. Es todo, se pueden ir.
Hermione se despidió y salió agarrando a Rose. Detrás de ella salió Draco —Señor Malfoy —le llamó la atención, la directora—, haga el favor de llevarse con usted a su hijo. No me lo deje aquí, le recuerdo que está expulsado—. Draco agarró a Scorpius por el cuello de su túnica, y tirando de él, alcanzó a Hermione.
—Granger.
—Weasley —respondió molesta.
—Sí, sí, lo que sea… oye… ¿podemos hablar?—Hermione lo miró extrañada y algo turbada.
—¿Hablar?, ¿sobre qué?, Malfoy, tengo prisa.
—Quizá deberíamos hablar de nuestros hijos —Hermione se paró en seco, sintiendo que le estrujaban las entrañas. Ése "nuestros hijos" había sonado muy diferente. Pensó en todo lo que habían vivido, se daba cuenta de que lo que había sentido por él, le había dejado una marca imborrable.
—Yo creo que ya está todo dicho y todo muy claro. Cada uno debe hablar con su hijo, en casa. Por mi parte, te aseguro que Rose no volverá a mentir sobre tu hijo —. Y tirando de la mano de la niña, casi corrió a sacarla del colegio, dejando a Draco atrás, con una nueva y devastadora sensación de pérdida.
—Expulsado… —dijo Scorpius, preocupado— Papá, por favor… no se lo digas a mamá —Draco miró a su hijo, volviendo a pisar suelo firme— ya sabes que últimamente no se encuentra bien…
—Le diremos a tu madre que hay unos días de vacaciones o algo así… —El pensar en Astoria, enferma, lo hizo sentirse como un cerdo repugnante. Tenía una esposa increíble esperándolo en casa. Sabía que la más mínima posibilidad de acercarse a Hermione, era impensable. Su historia con ella, sólo era un mal sueño no apto para todas las mentes. Una placentera pesadilla, destinada a desvanecerse como la niebla. No podía permitirse tropezar de nuevo con esa horrible piedra. No había podido controlarse siendo sólo un chico caprichoso e irresponsable, pero ahora era un hombre. Estaba casado con una buena mujer y tenía un hijo. Debía darle ejemplo, y debía honrarla a ella.
Trató de pasar todo el tiempo libre que tenía, con Astoria. Pero a pesar de lo mal que se sentía, no quería estar tanto tiempo encerrada en la mansión, quería estar en las calles y mezclarse con el gentío. Quería consentir a su hijo, comprarle regalos y verlo feliz. Estaba satisfecha de que su amistad con Albus Potter, no hubiera sido cortada de raíz, por el padre del chico. Ella había temido eso, sin embargo Harry había sido un poco más razonable, y sólo le había prohibido ir a Malfoy Manor.
Draco se convenció de que todo era como tenía que ser, él con su esposa y su hijo, y Hermione, con la comadreja y sus hijos. Le había parecido una aberración, un desperdicio terrible, pero era como tenía que ser.
Durante los años siguientes, se cruzaron a menudo. Él la miraba de lejos junto a su familia, cuando iban al Callejón Diagon. No tenía dudas de que la madurez le sentaba bien. Tampoco tenía dudas de que su matrimonio estaba en declive. Ya no los veía sonreírse, no se veían enamorados. Eran un matrimonio común como muchos otros, que habían caído en una lamentable rutina, y cuya pasión se había esfumado sin remedio.
Astoria murió poco después de que Scorpius comenzara el tercer año en Hogwarts. El chico no lo llevaba nada bien, ni una sola lágrima había salido de sus ojos. Se encerró en sí mismo y sólo era capaz de sincerarse con su mejor amigo. Harry dio permiso a Albus, para acompañar a Scorpius en el entierro de su madre. En efecto, no le agradaba que su hijo estuviera cerca de Draco, pero era comprensivo, y conocía el valor de una verdadera amistad.
Draco guardó todo un año de riguroso luto, pero por el bien del chico, sabía que no debía alargarlo mucho más. Ya tenía bastante con perder a su madre a una edad temprana. No quería apartarlo también, de un mundo que podía brindarle otras oportunidades de ser feliz.
Aunque no lo quisiera reconocer, a Hermione le estaba costando horrores, olvidar todas las veces que había vuelto a cruzarse con Draco. Trató de anular sus recuerdos refugiándose en su familia y su trabajo, pero a Rose solamente la tenía en casa, en las vacaciones, y Hugo contaba los meses para ingresar en Hogwarts por primera vez. Eso significa que tendría mucho más tiempo libre, y más que nada, tiempo para enfrentarse a lo que le estaba ocurriendo a su matrimonio. Ella lo había ignorado, no lo había querido ver, le había restado importancia pensando que así el problema desaparecería por sí sólo. Pero cuan ingenua había sido, nada más lejos de ésa realidad. Ronald siempre fue un marido atento y cariñoso con ella, intentaba tenerla satisfecha en todos los aspectos de su vida diaria, se esforzaba por ser un buen amante, pero ella nunca fue capaz de sentir con él, aquello que había sentido con Draco. La parte física de su relación era lo de menos. Hermione no se había casado enamorada de él, lo había hecho porque era lo que todos esperaban de ella. No quería defraudar a nadie, no quería romperle el corazón a Ron, y no quería quedarse sola. Él había sido inmensamente feliz a su lado, pero estaba tan seguro de tenerla en sus manos y de que siempre iba a ser así, que la monotonía los había devorado a ambos, convirtiéndolos en un matrimonio gris, sumido en la más absoluta decadencia.
A veces se quedaba en el ministerio varias horas de más, haciendo tiempo para volver a casa, se preguntaba qué le estaba pasando. Quería con locura a sus hijos, y quería a Ron, claro que lo quería, por eso no entendía porqué se sentía tan mal. Tampoco entendía en qué momento había comenzado a tener miedo de hablar con su esposo, de aquella parte tan importante de los dos que estaba muriendo.
Cuando finalizó su horario de trabajo, no se dirigió directamente a su casa como de costumbre. Necesitaba aclarar sus ideas. Se dirigió al Caldero Chorreante, se sentó en la barra y pidió un Whisky de fuego doble,
—Antes no te gustaba nada. Y ahora lo tomas doble… —Hermione se sobresaltó, con el vaso aún en los labios.
—Malfoy… —dio un trago, mirándolo de soslayo —¿qué haces tú aquí?
—Pensaba preguntarte lo mismo. ¿No trabajabas en el ministerio? —cuestionó, mirando su reloj de pulsera. Hermione tenía el pulso acelerado, era la última persona que esperaba encontrarse allí, bajo aquella luz tenue, con muy pocas personas a su alrededor, y la extraña sensación de estar metiéndose en la boca del lobo.
—He acabado la jornada —Draco pidió lo mismo que Hermione, y se sentó junto a ella, tan cerca que sus brazos casi se rozaban —. Por cierto, lamento la perdida de tu esposa — Él la observó con una mirada profunda, analítica y algo mezquina. Dio un buen trago a su vaso, y le sonrió de medio lado.
—¿No vas a casa con "tu marido"? —ella notó su tono ácido, pero no tenía la menor intención de comenzar a discutir con él. Sólo quería relajarse un poco, tomarse el Whisky, y marcharse de inmediato.
—No es asunto tuyo —respondió intentando quitar aspereza a su voz, meneó el vaso y fijó la vista en el hielo —Malfoy… no te ofendas, pero no me apetece charlar contigo —Draco soltó una carcajada.
—¿Acaso eres la dueña del pub?, estoy aquí sentado porque quiero, al igual que tú. ¿O también te crees con derecho a decirme dónde me puedo sentar? —Hermione meneó la cabeza negativamente y suspiró, con cansancio.
—Está bien, haz lo que quieras, Malfoy. Sólo… déjame en paz.
—Ya veo… —dio otro trago y se acabó el vaso— ¿Problemas maritales, eh? —Ella giró la cabeza para mirarlo a los ojos, indignada.
—¿¡Cómo te atreves!? —Draco se encogió de hombros y sonrió feliz, de haberla hecho enojar.
—Se nota —le respondió con sorna— Se-te-no-ta, Hermione… —pronunció su nombre en un susurro, acercándose más a ella. Colocó una pierna pegada su muslo, he hizo un lento movimiento hacia arriba y hacia abajo, acariciándola. Vio complacido que sus mejillas se teñían de rojo y su mirada se velaba. Le sonrió con todo el descaro del mundo, y ella se apartó de inmediato, asustada por lo que estaba sucediendo— Estás mustia. Reconozco que te has convertido en una mujer muy atractiva, pero estás mustia. Te has opacado por el tedio y la falta de atenciones. ¿No es cierto?
—¡Por supuesto que no!, no tienes ni idea de lo que dices.
—¿Ah, no?, pues yo me acuerdo perfectamente de lo diferente que lucias, cuando nos acostábamos —Hermione se atragantó con el Whisky y tosió fuerte.
—¿¡Estás loco!?, ¿¡qué es lo que te ocurre!?, ¡además, éramos niños!, ¡no puedes comparar ésa vida con la que tenemos ahora!
—Pero tengo razón. Y estoy seguro, por mucho que me lo quieras negar… de que sabes que es así.
—No tienes ningún derecho a meterte en mi vida y juzgarme.
—No me interesa juzgarte. Sólo tengo curiosidad por saber, cómo puedes seguir atada a un hombre, que está desperdiciando los mejores años de tu vida —Hermione lo miró dolida, no tanto por sus palabras, sino por haber acertado tanto. Era un golpe bajo, muy real.
—Te has emborrachado… no te voy a escuchar más—. Hermione sacó de su bolso el dinero para pagar su bebida, lo dejó sobre la barra, y salió del lugar a toda velocidad. A los pocos minutos de estar caminado a grandes zancadas, sintió que una mano firme, se cerraba sobre su brazo.
—¡Haz el favor de soltarme, Malfoy! —se quejó, intentando zafarse.
—No, vamos a hablar en un lugar, lejos de miradas chismosas.
Draco la arrastró rápidamente hacia el Callejón Knockturn, caminó con ella hasta una vieja pensión medio oculta, que estaba desierta. Dejó una bolsita de galeones en el mostrador vacío, y alargó una mano para alcanzar una de las llaves, que se encontraban en la pared de madera.
—¡Malfoy! —gritó Hermione, furiosa —¿¡Qué se supone que hacemos aquí!?, ¡suéltame de una maldita vez o te juro que…
—¿Qué sacarás tu estupenda varita y me apuntarás con ella?, no, creo que no. No querrás un escándalo y que tu marido se entere de que has estado bebiendo a solas conmigo, ni tampoco querrás que se sepa, que nos han encontrado solos, buscando habitación en una pensión. Así que… tranquilízate un poco, y concédeme un momento de tu valiosísimo tiempo, para que podamos hablar con tranquilidad. ¿Qué te parece si volvemos a tutearnos? — tiró de ella, subiendo por las escaleras hasta el primer piso. Abrió una de las habitaciones con la llave, la metió con brusquedad y luego cerró la puerta apoyándose en ella. Estaba nervioso, con el corazón latiéndole a mil por hora. Tenía muy claro lo que debía hacer, era en ése momento, o nunca.
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó Hermione, con rabia y humillación. Draco se tomó su tiempo en contemplarla entera, pasó su mirada por todo su cuerpo, recorriéndola, memorizando cada novedad con la que se encontraba. No había duda de que había cambiado, y no podía negar que le agradaba mucho ésa nueva faceta, de mujer.
Draco se quitó el abrigo y lo colocó en el respaldo de una silla. Hermione respiró profundamente, controlando su enfado. Echó un vistazo a la habitación, era muy pequeña, pero parecía completa. Una sola cama de matrimonio, un pequeña mesa junto a dos sillas, y un baño diminuto. Volvió a fijar su mirada en la cama, y se llevó las manos a la cara, tapándosela, preguntándose qué narices hacían ahí. Draco sonreía, adivinando sus pensamientos.
—¿No quieres ponerte un poco más cómoda?, ¿quitarte el abrigo y… quizá sentarte?
—¡No!, ¡no quiero nada!, ¡sólo quiero marcharme!
—¿A casa, con tu marido?
—¡Sí! —le respondió, indignada.
—¿Sí…?
—¡Claro que sí, Malfoy!, ¡por supuesto que sí! —Draco asintió, con las cejas levantadas.
—Muy bien… repítelo —Hermione no se lo podía creer, estaba jugando con ella, y ella no estaba dispuesta a seguirle el juego.
—¿¡Qué!?
—Ya me has oído…
—¡Me voy, Malfoy! —dio unos pasos hacia la puerta, y él se interpuso, volviendo a quedar apoyado en ella. Hermione contempló su mirada oscurecida y anhelante. Ésa misma que la había derrotado tantas veces, en su adolescencia. Ésa misma que la hacía derretirse.
—Dilo… Hermione. Di que quieres irte con él… y te dejo ir. Y ésta vez, desapareceré de tu vida para siempre.
Abrió la boca pero no fue capaz de decir ni una sola palabra. Lo miró con reproche sintiéndose embaucada, con los ojos aguados por las lágrimas. Trató de apartarlo de la puerta, sin éxito. Lo golpeó repetidas veces en la cara y en el pecho, lo empujó, lo zarandeó y le soltó una retahíla de insultos. Él aguantó estoico e impasible, a que ella se desahogara. Esperó sin inmutarse, quieto como una estatua, a que ella se calmara. Cuando por fin la vio agotada y rendida, la abrazó con fuerza, estrechándola contra su cuerpo. No la soltó ni un segundo, mientras la escuchaba llorar débilmente. Sintió un hondo pesar por ella. No podía evitar afectarse al verla tan triste.
Hablaron largo rato de ellos, de su pasado, de lo que habrían querido vivir juntos, y no pudieron. Hablaron de sus sentimientos, de lo mucho que aún se deseaban, y de ésa diminuta llamita de un amor imposible y lejano, que no estaba extinta, sino que había surgido más fuerte y viva que nunca.
Se desnudaron experimentando una especie de liberación. Los dos sabían que se amaban. Se necesitaban. Les era imposible reprimirse.
Se metieron en la cama olvidándose de todo, abandonándose a un verdadero placer, que sólo lograban sentir el uno con el otro. Volvieron a disfrutar como nunca. Buscaron el éxtasis una y otra vez, hasta acabar agotados, sudorosos y abrazados, con la cruda certeza que estaban dónde les correspondía estar. Justo en los brazos correctos.
Hermione yacía gustosamente recostada, en el torso cálido y desnudo de Draco. Él acariciaba con suavidad, su hombro y su espalda. Ella estaba preocupada, su vida acababa de dar un vuelco y un traspiés que marcaban un cambio innegable. No tenía respuestas a cómo arreglar lo que acababa de hacer. Había engañado a Ron, a su esposo, al padre de sus hijos. No había vuelta atrás.
—Este fin de semana voy a ver algunas casas —Hermione alzó la vista y lo miró extrañada —. Me voy a ir de Malfoy Manor. Ya no tengo ningún motivo para seguir estando allí. ¿Quieres acompañarme? — Hermione pensó horrorizada en los padres de Draco, en Scorpius y en sus propios hijos. Se llevó una mano a los ojos, tapándose la vista, con la culpa invadiéndola. La imagen de Ron, observándola, se le venía lacerante a la cabeza.
—Draco, ¿qué es exactamente lo que quieres?. Sabes que esto es una locura, ¿verdad?, soy una mujer casada, tengo hijos. Tú tienes un hijo. ¿Pretendes ir a ver casas para volver otra vez, a los encuentros furtivos y al sexo casual, cada vez que te entren ganas?, ¡ambos tenemos familia!,
—Hermione… voy a ver casas para poder alejarme de mis padres, y vivir de una buena vez, la vida que quiero. Y no te estoy proponiendo sexo casual ni encuentros furtivos. Te estoy proponiendo que compartas tu vida con migo—. Hermione parpadeó varias veces, tratando de entender.
—Draco… estoy casada.
—Divórciate de él —la miró a los ojos sin mostrar ápice de dudas. Hermione supo que iba muy en serio —Y cásate conmigo…—. Se contemplaron largo rato, hallando en sus miradas un universo distinto. Draco la volvió a besar.
—Es una locura…
—Cásate conmigo, Hermione.
Si algo quedaba claro, es que se amaban. A pesar del tiempo, a pesar de que habían seguido caminos diferentes, eran almas gemelas destinadas a encontrarse.
…
Muchas gracias a todas la personas que leyeron "Juro Solemnemente que ésto es una travesura", y me convencieron para escribir un final menos incierto. Muchas gracias también, a quienes leen en las sombras.
