Capítulo 24
Naruto
—Mi hermano siempre se las arregla para estar fuera del país cuando quiero verle. —Temari revisó sus mensajes de texto camino de casa de su madre—. Esto es lo que me ha enviado: «Lo siento, hermanita, estoy en París. Unos buenos clientes me dijeron, Vive la France! Y aquí estoy. Scotty puede hacerlo muy bien sin mi ayuda, es más grande y más fuerte que yo. Gaara». —Hizo una mueca burlona ante las palabras que leía en el móvil, pero sabía que estaba disgustada—. ¡Qué idiota!
—Es cierto. Pero piensa que si estuviera ayudándote a trasladarte a mi piso, luego no seríamos capaces de deshacernos de él. Se quedaría durante horas y horas, bebiéndose toda mi Guinness y esperando que le alimentáramos.
—Ahí le has dado, capitán. —Se giró en el asiento para mirarme mientras conducía. El ceño estropeaba la suavidad de su frente.
—¿Qué estás pensando, sunshine girl? Noto que los engranajes de tu cabeza se mueven a toda velocidad.
—Bueno, tú tienes que mirar la carretera y no lo que pasa por mi cabeza —replicó ella, de aquella descarada manera suya que me daba ganas de hacer cosas muy guarras. Algo que implicaba la participación de sus sensuales labios y mi polla.
—Me puedes decir lo que sea, ¿lo sabes, no? —Moví una mano para sujetar la suya—. Forma parte de mi puesto. Forma parte de ser tu hombre.
Noté que llevaba mi mano hasta sus suaves labios y me besaba la palma.
—Es por mamá. Durante los últimos días ha estado bebiendo más, y me preocupa.
—Sí, lo he notado. ¿Crees que es porque te vas de su casa?
Ella sacudió la cabeza.
—No, no lo creo. Estuve fuera durante años y vivió sola. Hace poco tiempo que regresé y no creo que se haya vuelto tan dependiente de mí en pocas semanas. Además, su mayor deseo era que regresara a Londres para que volviera a estar contigo. Quiere que estemos juntos. ¿Por qué iba a parecerle mal ahora que ha conseguido su anhelo?
—No lo sé. Tienes razón, no tiene demasiado sentido. —Karura Sabaku había mostrado una gran inclinación y devoción por mí desde hacía años. Su amor y apoyo no se habían visto cuestionados nunca. En mi mente, había asumido el papel materno que mi abuela había ejercido anteriormente. No había nada que no hiciera por ella si me necesitaba—. Vamos a intentar sonsacárselo hoy. La llevaremos al piso para que vea con sus propios ojos dónde vamos a vivir, y que sepa que será bienvenida siempre que quiera. Después de que lo ordenemos todo, os invitaré a cenar en algún sitio y quizá entre los dos podamos sonsacarle qué le pasa.
La escuché suspirar en su asiento y sonreír de medio lado.
—Eres consciente de que cuando decidimos adoptarte, hicimos una buena elección, ¿verdad
Sacudí la cabeza.
—No, querida. Soy el hombre más afortunado del mundo. Creo que cuando me hice amigo de Gaara no solo gané un amigo, sino una familia.
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Temari
En el momento en que entramos en casa de mi madre supe que algo iba mal. Todo estaba demasiado tranquilo. Naruto también se dio cuenta. Lo noté en la manera en que se tensó, en cómo comenzó a moverse con metódica rapidez, recorriendo la casa en busca de pistas.
—¿Mamá? —la llamé.
Silencio.
—Nos estaba esperando. Sabía que vendríamos al mediodía para recoger mis cosas —razoné, empezando a preocuparme.
—Su coche está aquí. Quizá haya ido a ver a un vecino, o algo así... —Naruto se interrumpió y ladeó la cabeza, escuchando como si hubiera oído algún ruido. Señaló hacia el techo—. El ático tiene una escalera desplegable, ¿verdad?
—Sí, pero ¿para qué iba a subir mi madre al desván?
Se escuchó un fuerte golpe por encima de nosotros. Naruto ya había subido al segundo piso y estaba abriendo la trampilla que liberaba la escalera del ático antes de que yo hubiera recorrido la mitad del camino. No dio tiempo a que se desplegaran los escalones por completo antes de que comenzara a subirlos.
—¿Está ahí arriba? —pregunté impaciente.
—¡Oh, mamá! Eso no está bien —le escuché decir.
—Estoy bien, querido. —La voz parecía la de mi madre, pero cuando subí la escalera y la vi, no tenía el aspecto normal que siempre presentaba. Estaba muy desarreglada. Todavía tenía puesta la bata, no se había cepillado el pelo y resultaba indudable que había estado bebiendo, aunque todavía no fuera mediodía.
—¿Mamá? ¿Qué te ha pasado? —Me senté a su lado en una vieja chaise y le puse el brazo sobre los hombros—. ¿Has dormido aquí? Hace demasiado frío. —Le froté el brazo de arriba abajo para conseguir que se le reactivara la circulación y entrara en calor.
Tendió una mano señalando la estancia, pero la dejó caer.
—¡Oh, Temari...! —Giró la cara, avergonzada, y sollozó en voz baja. Las cajas en las que guardaba la ropa de mi padre, sus recuerdos, estaban abiertas y el contenido se hallaba esparcido a nuestro alrededor junto con una botella vacía de Bombay Sapphire y una lata de Schweppes. Sin embargo, lo más significativo de la escena era lo que parecía una carta, que ella presionaba contra su pecho.
Traté de que me mirara a los ojos, pero no quiso. Siguió llorando con la cabeza girada, con aquel papel aferrado a su corazón.
Naruto se agachó para que sus pupilas quedaran al mismo nivel que las de ella.
—¿Qué ocurre, mamá? —Tomó la esquina de la carta entre los dedos—. ¿Me dejas leer esto? ¿Te ha alterado algo de lo que está aquí escrito?
A veces, una sabe que algo es malo. La sensación de temor que me invadió en ese momento me señaló que esta era una de esas ocasiones sin ninguna sombra de duda. Fuera cual fuera el contenido de esa misiva, era muy malo.
Naruto palideció al leerla y a mí me dio un vuelco el corazón, aunque no dejé de frotar el brazo de mi madre.
—Es del Departamento de Defensa de los EEUU, en Washington DC. — Me lanzó una mirada llena de compasión, con aquellos ojos azules que tanto amaba, tratando de suavizar el golpe.
Me cubrí la boca con la mano, preparándome.
—¿Papá?
—Sí. Comunican que han identificado los restos de Rasa Sabaku a través de un análisis avanzado de ADN. Se trata de una solicitud para conocer los deseos de la familia al respecto... Umm... para resolver el lugar del descanso final de sus restos mortales... —Naruto odiaba decir esas palabras. Noté que le dolía hablar de eso.
—¡Oh... mamá...! —No podía decir nada más. Estaba tan aturdida tratando de procesar lo que nos decía la carta, y preocupada por el estado de mi madre, que realmente no encontraba nada más. ¿Y qué podría decir? Papá había desaparecido, no estaba con nosotros desde el 11 de septiembre de 2001. Lo que acababa de escuchar desenterraba sentimientos que había empujado profundamente en mi interior. Los había disparado directamente a la cabeza de las emociones en una fracción de segundo. No quería ni imaginar cómo se había sentido mi madre... Y se lo había guardado para sí misma, sin decírnoslo a ninguno de sus hijos. Bueno, era evidente cómo había reaccionado; vaciando una botella de Bombay.
Y eso me asustaba a muerte.
—Mmm... ¿cuándo recibiste la carta? —preguntó Naruto con suavidad.
Ella ahogó otro angustiado sollozo.
—El viernes hizo una semana —repuso.
Temía hacer la siguiente pregunta, pero era necesaria. Miré a Naruto y respiré hondo, porque sabía lo que ella iba a responder.
—¿Qué quieres que hagamos, mamá?
Giró la cabeza para mirarme, ahuecó la mano sobre mi mejilla y la mantuvo allí. Las lágrimas veteaban su piel, pero seguía siendo una mujer muy hermosa cuando me dijo lo que deseaba.
—Cariño, por favor... Por favor, id allí y traédmelo de vuelta a casa, con la familia que le ama. No puedo s-soportar la idea de que esté allí... t-tan solo... t-tan lejos de nosotros.
—Tranquila, mamá. Lo traeremos.
Respondí con rapidez, porque sabía de antemano qué me iba a preguntar. Y también porque no era posible otra respuesta. Quería ir a Washington DC para recoger los restos de mi padre y traerlo de vuelta a casa. No importaba lo duro que fuera, ni el dolor que acarrearía, era lo que debía hacer.
—La acompañaré —añadió Naruto, envolviéndonos a las dos entre sus brazos; eran tan fuertes que podían soportar perfectamente el peso de dos corazones rotos.
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Naruto
La morgue de la base aérea de Dover albergaba los restos de los pasajeros del avión que se estrelló contra el Pentágono el 11S. Me pregunté cómo habían tratado a las cientos de familias que habían pasado por allí, afligidos por la pérdida de sus seres queridos, a lo largo de la última década. Pero sobre todo, me preocupaba cómo manejarían la situación en el caso de Temari. Tomé su mano y entrelacé mis dedos con los suyos antes de subirla hasta mis labios mientras recorríamos juntos el pasillo.
—¿Estás bien? —pregunté.
Sus ojos verdes azulados me miraron con solemnidad antes de asentir.
—Te agradezco mucho que estés aquí.
—No existe nada que me hubiera mantenido alejado. Donde tú vayas, voy yo.
Ella pronunció «Te amo» mientras seguíamos a la funcionara que nos guiaba.
La mujer nos condujo a una habitación neutra, parecida a la que realizaría la misma función en una funeraria. La iluminación era tenue y la decoración oscura, con vidrieras de colores, incluso había una especie plataforma. Aquella resultaba una experiencia espeluznante. La mera idea de que en aquella instalación se habían depositado restos parciales tantas veces explicaba su existencia, un lugar de consuelo aunque el propósito fuera tan deprimente. Me preocupaba un poco lo que significaría para Temari. La lógica indicaba que no iban a mostrarnos el cuerpo de Rasa Sabaku; si hubieran quedado restos físicos tan grandes, hubieran sido identificados casi inmediatamente, no una década después. Así que era razonable pensar que habría muy poco que ofrecer a la familia, y yo sufría por mi chica, por su madre y por su hermano.
—Aquí es donde se los entregaremos. —La sargento Knowles hizo un gesto con el brazo—. La documentación está en el altar, junto a los restos de su padre, y tiene que llevársela también. —Le dio a Temari algunas instrucciones más—. Esta sala está a su disposición durante el tiempo que necesite. Cuando desee marcharse, por favor, utilice la salida, a la derecha. Una vez que abandone el edificio, estará esperándola un coche para llevarla de regreso al hotel. —Sonrió serena, como si hubiera recitado aquel discurso miles de veces y lo repitiera de memoria—. Ya le digo que cuando esté preparada. Una vez más, le recuerdo que puede tomarse todo el tiempo que necesite.
Sí, en la morgue de la base aérea de Dover habían hecho aquello demasiadas veces. Los yanquis tenían un protocolo muy claro que había sido pulido hasta la perfección. Odié todo aquello. Odié que Rasa Sabaku hubiera resultado muerto en un ataque terrorista. Odié que un buen hombre hubiera muerto sin necesidad, como tantos otros, en una guerra sin sentido sobre ideas e ideales que jamás cambiarían. ¡Qué estúpidos!
Haber prestado servicio en la misma guerra me había convertido en un cínico. Ver caer a las tropas ante mis propios ojos era algo que mi mente jamás olvidaría. Había perdido amigos, casi hermanos, gente con la que hablaba, con la que compartía la comida. Gente que me había confiado su vida. Estaba muerta. Perdida. Desaparecida. Resultaba difícil para mí reprimir la sensación de culpa; yo seguía vivo y ellos no. ¿Por qué?
También odiaba que su hija tuviera que estar allí, para tomar posesión de los escasos restos de su padre, una década después de su muerte, para que la familia tuviera algo que enterrar. Odiaba lo que las circunstancias de su muerte habían hecho a los Sabaku, a los tres. Llevó a su hogar el conocimiento de lo rápido que se podía perder para siempre a alguien que amabas. Igual que me había ocurrido a mí con mi madre y con mi abuela.
La sargento Knowles se despidió marcialmente y el sonido de sus botas se alejó a paso regular, cadenciosamente, dejándonos a solas una vez más.
Temari avanzó hacia el altar sin soltarme la mano. No se había derrumbado ni parecía especialmente molesta por estar allí, pero yo sabía que era duro para ella haber hecho aquel viaje. Supe desde el primer momento que la acompañaría. Me necesitaba a su lado y eso era todo. La familia era lo primero, no importaba nada más. Y los Sabaku eran mi familia.
Nos detuvimos ante la plataforma y la vi estudiar lo que había encima: un sobre y una pequeña caja cuadrada de cartón, con una tapa de cierre automática que tenía pegada una etiqueta con su nombre y dirección.
Alargó la mano y la tocó.
—Es tan poco...
No supe qué decir. Me limité a rodearle los hombros con un brazo y a clavar los ojos en la pequeña caja que contenía los restos de su padre.
Una persona reducida a lo que podía caber en aquel minúsculo recipiente.
—Vámonos ya —dijo.
Tomó la cajita y el sobre y me miró. No había ninguna expresión en su precioso rostro, solo una especie de vacío que me demostró que estaba sometida a un profundo dolor. Tenía que costarle aceptar que estaba ante lo que quedaba de su padre, y que tenía que llevárselo a casa.
—Quiero salir de aquí.
Así que la acompañé fuera del edificio. Bajo el sol. Había algunas nubes blancas en el cielo, un cielo azul de otoño, brillante por encima de nuestras cabezas. Los dos miramos arriba, e imaginé que estábamos pensando lo mismo, por lo que no era necesario decirlo en voz alta.
Aquel día debía ser muy parecido al último de la existencia de Rasa Sabaku. .
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Temari
Me senté ante la mesa que había en la habitación del hotel y miré la caja. Un recipiente que contenía en su interior las partículas que quedaban de mi padre. Eran muchas las emociones que pasaban por mi cabeza. Cosas que había dejado a un lado durante los últimos años, debido a que el paso del tiempo adormece el dolor cuando la vida sigue avanzando diariamente. Además, yo apenas era una cría cuando murió, así que cuantos más años pasaban, más corto y lejano parecía el tiempo que había vivido con él. De alguna manera, con la muerte parecía más fácil renunciar. Cuando una persona muere, no queda más remedio que aceptarlo. La muerte es el final. Pero cuando alguien sigue vivo y ya no es tuyo, el dolor continúa vivo también.
Pero mi madre había pasado muchos años maravillosos con mi padre... Pensé en Naruto y en cómo me sentiría si nos ocurriera algo así. Si me quedara sola... Si él desapareciera y no hubiera otra oportunidad para estar juntos de nuevo. Me estremecí. Sí, tomar gintonics todos los días no parecía tan malo cuando me ponía en su lugar. Mi madre había perdido a su marido, al padre de sus hijos, al amor de su vida... ¿Quién era yo para juzgar cómo debía aceptar su dolor? Ni siquiera sabía cómo iba a entregarle aquella... ¿Cómo llamarla? ¿Porción de mi padre? Cuando llegáramos a casa.
—Naruto, no puedo entregar los restos a mi madre en esta caja... Tenemos que encontrar algo mejor.
Su respuesta fue llevar la mano a mi nuca y frotármela con suavidad con el pulgar. Había estado cerca de mí en todo momento, apoyándome con su fuerza tranquila, demostrándome lo mucho que me amaba, y lo que significaba mi familia para él. Ahora era consciente de lo que había producido en Naruto que le dejara seis años antes. Me daba cuenta de que le había hecho mucho daño, al punto de que se mostraba irrazonablemente preocupado por mí, de que no me perdía de vista. Imagino que temía que volviera a desaparecer.
Por eso agonizaba cada vez que notaba su obsesiva preocupación por mí. Me hacía sentir culpable y no me gustaba sentirme así. Sabía que me vigilaba en el despacho, que me espiaba en mi puesto de trabajo y me escuchaba hablar con los clientes. Por ahora me mostraba paciente con él, pero no creía que aquello fuera saludable para nuestra relación.
—En la calle vi algunas tiendas de antigüedades, incluso había una casa de empeños. Quizá podríamos encontrar algo adecuado en alguna de ellas. ¿Te apetece que vayamos ahora? —me preguntó.
—No es necesario que me acompañes, ¿sabes? —suspiré sin saber por qué —. Estaré bien. No me alejaré mucho del hotel.
Él meneó la cabeza con el ceño fruncido.
—Voy cont...
—No tienes que preocuparte tanto por mí, cariño. Sé que te herí cuando te dejé de esa manera, pero no volveré a hacerlo. —Le acaricié la cara—. Siempre regresaré contigo. Te amo y no puedo vivir sin ti. Nada me impedirá regresar junto a mi hombre. Siempre volveré. Te lo prometo.
La mirada que me dirigió casi me rompió en dos el corazón. Sus ojos estaban empañados cuando colocó la cabeza en mi regazo y la mantuvo allí, reposando, sin decir nada. Luego me cogió la mano y la apretó contra los labios. Le acaricié el pelo con la otra y nos quedamos así un rato. No eran necesarias las palabras, nos comunicábamos muy bien sin ellas.
Las decisiones pasadas son algo permanente, y aunque podríamos lamentar alguna de ellas, no había manera de rectificar. Yo me había equivocado en ocasiones y él también. Supongo que solo quedaba esperar el futuro, amarnos el uno al otro lo más sinceramente posible cada día que estuviéramos juntos. Y esperar que fueran muchos los días que nos aguardaban en el futuro.
Todavía tenía la cabeza en mi regazo cuando habló.
—Por favor, ¿me permites que te lleve a un lugar antes de regresar a Londres?
—Por supuesto, cariño —respondí de inmediato. Donde tú vayas, allí iré yo.
