Capítulo 25


Temari

Cuando nos marchamos de Washington DC, Naruto me llevó a Escocia.

Me había dicho que necesitaba disfrutar de un fin de semana de relax en el que estuviéramos juntos sin que nos distrajera el trabajo o cualquier otro tipo problema capaz de hacernos alejar la atención de lo que realmente importaba. Necesitaba que me concentrara en él por completo, y a mí me pareció bien.

También me había dicho que era el mejor momento para ver la herencia que le dejó aquel tío al que nunca había conocido.

Todavía me sorprendía aquel hecho; Naruto era dueño de unas tierras, era un terrateniente con una gran cantidad de propiedades.

—No puedo creérmelo —murmuré mirando desde la ventanilla del coche mientras este recorría una larga avenida bordeada por árboles.

—¿Qué es lo que no puedes creerte, sunshine? —Naruto estaba jugando conmigo de esa manera que tanto le gustaba, y no me facilitaba casi información, solo me torturaba. Me volvía loca, pero él parecía disfrutar enormemente.

—Esta es una propiedad enorme, con una gran extensión de tierras y... Bueno... Tú hablabas de ella como si fuera solo una vieja casa rodeada por una parcela con algunos árboles. Resulta que es una mansión como las que aparecen en Orgullo y prejuicio.

—¿Te refieres a la casa del señor Darcy?

—Sí, y se llamaba Pemberley, si te interesa saberlo. —Todavía no había visto la casa de Naruto, y estaba deseando hacerlo. Me asomé por la ventanilla, impaciente, pero todavía no estaba al alcance.

—Lo anotaré. —Se inclinó para darme un beso en la sien—. Sé lo mucho que adoras tus libros románticos. Siempre estás leyendo uno en la cama.

—Y tú siempre estás intentando distraerme cuando intento leer en la cama.

—¡Maldita sea, mujer! ¿Crees que soy idiota o algo así? —me acarició el cuello.

—Shhh... —Señalé al conductor del taxi con el dedo.

—Pero si solo estoy besándote el cuello —susurró él—. No hago ruido.

Seguí mirando por la ventanilla, y dejé escapar un gritito un minuto después, cuando el vehículo tomó lo que parecía ser un camino privado.

—Y ahora quién necesita que le mande a callar, ¿eh?

No le presté ninguna atención. Mis ojos estaban clavados en lo que aparecía al final de la carretera. A ambos lados había unas hileras de árboles cubiertos de flores blancas y rosadas. Una sorpresa, dado que estábamos en noviembre, pero estaban, sin duda, floreciendo. Cerezas de otoño. «Florecen una segunda vez en otoño». Nos acompañaron durante el resto del trayecto hasta la casa.

—Estos son los cerezos de otoño de los que me hablaste el otro...

—Sí, cariño. ¿No son preciosos?

No contesté. No pude, mis cuerdas vocales no respondían. Asentí con la cabeza mientras él sostenía mi mano con firmeza junto a la ventanilla.

Tenía las mejillas manchadas de lágrimas.

Los siguientes minutos estuve sometida a un maremágnum de sentimientos que me hicieron seguir llorando. Sin embargo, Naruto parecía saber qué hacer conmigo. Gracias a Dios se hizo cargo de mí con tanta competencia como hacía con todo lo demás. Siempre había poseído una extraña habilidad para saber cuándo tenía que ocuparse de mí.

Pagó al taxista y se despidió de él antes de ayudarme a subir los escalones de piedra de su casa con piernas temblorosas.

Lo cierto era que mansión era un término que se adecuaba mucho más a lo que estaba mirando.

Cuatro enormes columnas de piedra blanca sostenían la fachada y enmarcaban una hermosa puerta de un profundo tono azul oscuro. Piedra tostada y gris, combinada con ladrillos blancos formaba el resto. La casa estaba flanqueada por un pino de gran tamaño y robles frondosos en un jardín muy verde, que se extendía por lo que parecían kilómetros y kilómetros.

Saludó a un hombre mayor, de pelo canoso, que parecía estar esperándonos en el escalón superior. Me lo presentó como Iruka, y los dos sostuvieron una breve charla mientras yo sentía que las rodillas iban a fallarme en cualquier momento. Hice un breve intento de saludar al pobre hombre y no llevarlo a una muerte temprana. Dudaba que tuviera éxito en esa empresa; no quedaba más remedio que esperar y ver si el señor Iruka moría mientras dormía esa noche, ¿verdad? Alto, la cuestión que se planteaba no era esa, ¿Naruto tenía un sirviente? ¿En su mansión escocesa? ¿En su increíble propiedad en el campo?

De pronto, comenzó a dolerme la cabeza.

Necesitaba una buena copa de vino tinto y, a continuación, algo más fuerte. Estábamos en Escocia y quizá tuviéramos al alcance de la mano botellas de whisky añejo. Quizá quedara en las bodegas un poco de escocés desde los días en que Jack Sparrow y sus secuaces hacían contrabando con él. Aunque apostaría lo que fuera a que mi sarcástico pensamiento no iba bien encaminado.

Le seguí cuando me llevó de la mano, sintiéndome cada vez más fuera de mi elemento. La sensación de seguridad que tenía con él, lo segura que estaba de nuestra relación, se veía amenazada de alguna manera. Todo esto era nuevo para mí. Una parte de él que no conocía se había introducido en su vida en un momento en el que yo no estaba. Había conocido ese lugar... sin mí.

Dejé que me arrastrara a ciegas, sin ser capaz de ver nada del interior de aquella magnífica mansión debido a las lágrimas que empañaban mis ojos.

Sin embargo, Naruto sabía lo que me pasaba. Siempre sabía qué me pasaba.

Sin decir palabra, se detuvo al pie de una enorme escalera antes de atraparme entre sus brazos. Me llevó por esa escalinata de mármol hasta una habitación donde había una cama con dosel cubierta por un mullido edredón blanco.

Me dejó caer sobre el lecho y se inclinó sobre mí. Los ojos justo a la altura de mi cara, leyendo en mi interior, entendiendo lo difícil que era dejar atrás el pesar. Debía tener también sus propios remordimientos. Sabía que los tenía y que esas eran las razones por las que perdonaba los míos.

—Sé lo que necesitas, sunshine —aseguró mientras bajaba—. Déjame ocuparme de ti.

Me besó con suavidad, su cálida lengua lamió cada una de mis lágrimas hasta que hizo desaparecer cualquier pensamiento triste que inundaba mi conciencia en ese momento. Me quitó la ropa lentamente, poco a poco, hasta que me quedé totalmente desnuda y pudo pasar las manos y la boca por todo mi cuerpo.

Hasta que no quedó intacta ninguna parte. Hasta que me dio demasiados orgasmos para que pudiera contarlos. Hasta que me hizo sentir tranquila en su casa, con él, en Escocia. Sí, mi hombre me conocía muy bien.

Salió de la cama y se desnudó. Lo hizo más rápido de lo que me había desvestido a mí. Estaba preparado mucho antes de que su pantalón aterrizara en el suelo.

Cuando regresó, me senté y extendí las manos por su pecho para obligarle a tenderse en el lecho.

—Es mi turno.

Sonrió, sus labios todavía estaban brillantes por lo que me había estado haciendo durante los últimos minutos de gloria, y esperó con una expresión de anhelo en su hermoso rostro.

Me acomodé a su lado y agarré su engrosada erección, que acaricié de arriba abajo, rozando la piel aterciopelada que envainaba aquella pétrea dureza. Tomé el glande en mi boca y lo introduje profundamente, hasta el fondo de mi garganta, hasta que no pude albergarlo más.

—¡Oh, joder, sí...! —gruñó él mientras jugaba con su hermoso pene.

Porque era precioso. Naruto, presa de la agonía de la pasión, era impresionante para mí. No rechazaría sacarle alguna vez una foto si se ofrecía a ello. Resultaba increíble contemplar aquella dorada belleza masculina con los perfectos músculos tensos por lo que le hacía. Por lo que yo le hacía sentir con todo el amor que contenía mi corazón.

Le chupé hasta llevarlo al límite, hasta que supe que estaba a punto de derramarse en mi boca, entonces se retiró y se alejó de mí.

—No, quiero... —susurró con dureza. Cambió de posición y me alzó en el aire por debajo de los brazos. Me colocó sobre su regazo, encima de su polla, y se clavó en mi interior con violencia. Tomó el control de su orgasmo mientras reclamaba mi boca con la suya más o menos con la misma intensidad con la que su pene había reclamado mi sexo—. Sunshine... Sunshine... ¡Te amo...! —gimió contra mis labios.

Se apoderó de mis caderas clavándome los dedos de manera casi dolorosa, manteniendo nuestros cuerpos fusionados con su erección enterrada profundamente en mi interior incluso después de que me hubiera tendido en la suavidad de la cama, abrazada a él.

Después nos instalamos entre las sábanas y tiró del edredón para protegernos del frío. Me acomodé, pero me agarró las nalgas para seguir conectados.

—Quédate así

Le acaricié la cara.

—¿Por qué?

—Porque quiero estar dentro de ti.

—¿Por qué? —Tenía mis propias teorías sobre sus razones.

Miró a la izquierda, para no traicionarse a sí mismo.

—Me encanta permanecer en tu interior cuando ya hemos acabado. Te amo.

—Yo también te amo, y creo que sé lo que intentas. —Apoyé la barbilla con cuidado en su esternón para no hacerle daño—. Aunque lo más seguro es que no funcione. Sabes que estoy tomando la píldora. Me has visto tomarlas.

Suspiró despacio, con expresión de derrota. Había adivinado sus motivos para correrse en mi interior en lugar de en mi boca.

—Bueno, espero que fallen en algún momento, porque eres la única mujer del mundo que será la madre de mis hijos.

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Naruto

Cuando admití mi plan de cavernícola para no volver a perderla otra vez, ella sonrió. Mi sunshine girl me conocía muy bien.

—No tienes que dejarme embarazada para conservarme. Me quedaré de todos modos —replicó con dulzura, antes de apoyar la mejilla en mi pecho.

Le acaricié la espalda de arriba abajo mientras me imaginaba a nuestros hijos. Pensé que deberíamos tener varios. Niños y niñas que se parecieran a ella, que jamás tuvieran que enfrentarse a una vida sin padres que les apoyaran a cada paso del camino, que les ayudaran a crecer y a convertirse en personas de provecho.

—Seguiré intentándolo, gracias —dije—. Tengo unos planes que seguir, sunshine... y, como bien sabes... —carraspeé antes de murmurar las palabras— por las clases de defensa personal que te dejaron sin aliento, los planes que hago con respecto a ti me los tomo muy en serio.

Ella se rio y bajó la mano a mis costillas para hacerme cosquillas.

—Oh, vas a tener que dejar de hacer eso, mi preciosa chica —aseguré mientras me giraba para ponerla bajo mi cuerpo.

Mantuve mi promesa.

Una y otra vez.

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Seis semanas después

—¡Feliz año nuevo! —Los gritos de los invitados se alzaron en la noche y luego reinó el silencio, cuando las parejas se besaron para recibir el nuevo año. Sin embargo, nada de eso me importaba. Solo había una persona que captara mi atención.

Y mi corazón.

La fiesta era muy animada, porque habíamos aprovechado para anunciar en ella que USI se ocuparía de la seguridad de la Familia Real durante los Juegos Olímpicos que se desarrollarían en Londres durante el próximo verano. Era un logro trascendental para el negocio. Aunque yo tenía algo mucho más trascendental en mente para ese momento. Algo que tenía que ver con mi sunshine girl, que estaba tan apetitosa como de costumbre.

Había elegido un vestido de encaje color azul oscuro que se ceñía a su cuerpo de una manera que debería ser considerada ilegal. Los zapatos y las joyas azul celeste, el color que tanto le gustaba, suponían un alegre contraste. Su increíble pelo rubio como los rayos del sol caía sobre uno de sus hombros, como si fuera un largo abrigo de suaves rizos. Enterraría profundamente las manos en él más tarde, cuando estuviéramos en casa y nos hubiéramos deshecho de su precioso modelo.

Cuando se sentó sobre los cojines, en el asiento junto a la ventana, parecía una princesa. Me acarició la cara y me devolvió el beso.

—¡Feliz año nuevo, capitán! —respondió.

—Feliz año nuevo, mi preciosa chica... —musité contra sus labios.

Parecía como si se me fueran a romper los huesos en el interior del pecho por lo fuertes que eran los latidos de mi corazón. Jamás me había imaginado haciendo lo que estaba a punto de hacer... de una manera pública. Pero ahí estaba...

Puse una rodilla en el suelo y cogí sus manos con las mías.

Apareció en su rostro una mirada de sorpresa y luego contuvo la respiración, como si se hubiera dado cuenta de que...

—Temari... quiero preguntarte algo. Es algo que quise preguntarte hace seis años, pero no lo hice. Ahora, por segunda vez en nuestras vidas, estoy dispuesto a hacer esta pregunta, y esta vez, nada va a detenerme. Debes saber algo que nunca te he dicho, pero ha llegado el momento de que lo sepas. —Me llevé sus manos a los labios y se las besé—. Siempre me has hecho sentir como si la única razón de mi existencia fuera que... Fuera poder encontrarte, amarte, y que tú también me amaras. Mi corazón me dice que es así.

Se le llenaron de lágrimas los ojos mientras me escuchaba. Esperando pacientemente, como era ella.

Saqué la cajita de plata con forma de corazón que le había visto mirar en una de las tiendas de antigüedades de Washington DC, que compré porque pensé que le gustaba. Me recordaba a ella. Metal precioso elegantemente repujado con un delicado diseño, hermoso y con fuerza suficiente para resistir el paso del tiempo.

La sostuve ante ella y le mostré el broche que la abría.

—Temari Sabaku, es nuestra segunda oportunidad. ¿Quieres ser mi cherry de otoño y florecer para mí por segunda vez? ¿Casarte conmigo y ser mi mujer? ¿Vas a hacer posible que sea feliz contigo? ¿Que haga realidad la razón por la que nací?

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Temari

Me quedé mirando lo que había en aquella caja de plata con forma de corazón. Lo miré a él, a aquellos ojos azules que siempre había amado y que poseían el mismo tono que el vestido que llevaba puesto, y respondí a su pregunta.

—Sí, Naruto Uzumaki, me casaré contigo. —Estiré la mano temblorosa para acariciarle la mejilla, la barbilla, los labios, y cerré los ojos por un segundo para tranquilizarme—. Yo también quiero decirte algo. —Lo miré y acaricié con la vista cada uno de sus rasgos, tan hermosos ahora como cuando era apenas un muchacho de diecisiete años y me había guiñado un ojo por encima de la mesa —. La noche que Gaara te trajo a cenar con nosotros, me enamoré de ti. Supe que acababa de conocer al chico con el que me casaría algún día. Para mí... solo has existido tú.

Él sonrió.

—¿Me permites? —me pidió, tomando el anillo de la caja en forma de corazón.

—Sí.

Deslizó la sortija de platino con un diamante de color aguamarina en mi dedo y a continuación me besó a fondo, todavía de rodillas en el suelo. Enredé los dedos en su pelo y aferré a mi hombre.

Mi atractivo, valiente, cariñoso y atento hombre.

Nos levantamos en medio de fuertes aplausos y silbidos de felicitación, procedentes de personas que al parecer estaban atentas a lo que estábamos haciendo frente a la ventana. No importaba. Lo cierto es que no veía más allá de mi guapísimo hombre y el brillante diamante azul que centellaba en mi dedo.

Naruto me alzó en brazos y me secuestró.

Me llevó a casa y me hizo el amor en nuestra cama.

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Naruto

—Así que ahora que tengo tu consentimiento, ¿cuándo vamos a fusionarnos de verdad?

Tenía a Temari acurrucada a mi lado, caliente y desnuda junto a mi piel, encajados nuestros cuerpos como cucharas en un cajón.

—Acabamos de fusionarnos —bromeó.

—Espero que nunca desaparezca ese descaro tuyo, mi preciosa chica.

—Tomo nota de eso, capitán, por si acaso mi descarada boca se mete algún día en aguas demasiado profundas.

La besé en el hombro derecho, justo sobre el tatuaje.

—Todavía no has respondido a mi pregunta, sunshine. ¿Cuándo vas a convertirte en la señora Uzumaki?

Se giró hacia mí y encerró mi cara entre sus manos, como le gustaba hacer.

—¿Cuánto tiempo duró tu última maniobra en el ejército? —me preguntó bajito.

—Diez meses.

—Entonces, nos casaremos dentro de diez meses. —Me besó—. Quiero casarme contigo en Escocia, en otoño, cuando los cerezos tengan su segunda floración.

Asentí con la cabeza, entendiendo sus razones, comprendiendo por qué había elegido ese momento. Y también, porque estaba seguro de que no sería capaz de decir nada coherente en ese instante. Sentía el corazón lleno y, por fin, en paz.

Luego dijo algunas palabras que yo no esperaba escuchar. Palabras que solo confirmaban el amor que sentíamos el uno por el otro y cómo el destino había exigido su papel, una vez más, y en esta ocasión en toda su sabiduría.

—Te daré... Te ofreceré esos diez meses. Los que nos robé hace seis años. Diez meses en los que dormiré contigo todas las noches; en los que despertaré a tu lado cada mañana. Diez meses de vida en común para hacer cosas hermosas y mundanas. Así sabrás que pasen diez meses o diez años, nada cambiará para mí, Naruto... Siempre seré tu sunshine girl.